Hacia una comprensión animal del hombre (II)

¿Por qué pensar al hombre en comparación con el animal? Comentábamos en la entrega pasada que muchas veces algo se define desde lo otro: una aproximación que nos permita la comparación y el contraste normalmente ayuda a comprender no sólo aquello por lo que estamos preguntando sino también a eso otro que entra en relación. Así, la visión monolítica de la nación mexicana en aislamiento nos puede llevar a la tara diplomática de pedir que nos pidan perdón, o si no…; o para poner un ejemplo en positivo, cuando intentamos dirimir alguna diferencia con un amigo frecuentemente notamos que el malentendido sucede por visiones parciales, a veces hasta adulteradas, de lo sucedido. Pero en el afán de claridad por los hechos se nos revelan notas del ser del otro, y del mío propio que no eran accesibles hasta que se hablan las cosas.

En nuestra relación con los animales sucede algo similar si nos aguantamos la pereza de conformarnos con definirla como una relación utilitaria, ya sea porque nos alimentamos de ellos o producimos bienes a partir de ellos y su empleo. Podemos encontrar otro extravío frecuente, aunque en dirección opuesta en los casos en que se identifica lo humano con lo animal por el mero hecho de que la anatomía comparada y los procesos fisiológicos son los mismos entre hombres y animales. Esto va desde la gente que prefiere el trato con las bestias en lugar de los de su especie, hasta el caso de la gente que saca a sus perros en carriola, les ponen zapatos y hasta un lugar en la mesa. Ambos son casos que evitan la pregunta por la vía de ignorar la cuestión, ya sea reduciéndola al plano utilitario como en el primer caso, o mediante el truco de ignorarla en la identificación. Por supuesto que en estos extremos existen gradaciones, y uno de mis episodios favoritos de esta equidistancia es aquél en que la ciencia descubrió que produciendo vacas melómanas ávidas de Beethoven obtendríamos 7.5% más leche que si les dejamos a ellas sintonizar cualquier otra estación de su preferencia en la radio.

 

Pero esta entrada no va de estos asuntos, sino que nos preparamos para comparar dos visiones interesantes acerca de la relación que existe entre hombre y animal. La primera de estas nos lleva a revisar los tres fragmentos de Heráclito que hablan expresamente de dicha relación. Primero las cito, y a continuación haré algunas notas.

 

“Si la felicidad estuviera en los deleites del cuerpo, llamaríamos felices a los bueyes cuando encuentran legumbres para comer” Heráclito, Fragmento 4

En este primer fragmento podemos notar que el marco comparativo hombre-animal es la pregunta por la felicidad. Esta no puede identificarse con el placer. La relación entre placer y felicidad es a veces ambigua, pero en modo alguno identificable pues entonces también los animales serían felices al encontrar algo de comer. Aunque este fragmento se utiliza frecuentemente para dar pie en la conversación a que se analice el papel del placer en la felicidad, parece que hay que notar la manera sutil en que la palabra entra como elemento diferencial entre hombres y animales: el centro de la observación de Heráclito apunta a la manera en que apelamos de manera conjunta a las manifestaciones de la felicidad a través de la lengua y de las creencias que nos hacen comunidad. La palabra aparece como comprensión de lo que decimos y como ámbito en el que articulamos nuestro mundo y relaciones.

 

La felicidad animal queda en misterio para quienes mantienen tendencias agnósticas y en un imposible para quienes prefieren sacar conclusiones de lo evidente, pues al respecto sólo atina Heráclito a considerar que “los asnos elegirían antes las barrenaduras antes que el oro; pues para los asnos el alimento es más agradable que el oro.” como aparece en el fragmento 9 recogido por Aristóteles.

Heráclito mantiene bien diferenciados, en esferas similares pero distintas a hombres y animales. Estos no participan de la dura faena de las aspiraciones que en cambio performan la ventura o desventura del hombre. Y sin embargo dichos ámbitos no permanecen sin contacto, pero tampoco sin una importante aportación a otra de las cuestiones cardinales del hombre.

La relación entre el hombre y lo divino –más precisamente, el lugar del hombre ante lo divino– se ilustran como analogía descendente gracias a los animales como podemos ver en los fragmentos 82 y 83.

“El más bello de los monos es feo al compararlo con la especie de los hombres” y “El más sabio de los hombres parecerá un mono en comparación con Dios; en sabiduría, hermosura y todo lo demás”

Así pues, con la semejanza que mantenemos, y la imposibilidad de su identificación, parece que podemos comprendernos un poco más dentro de los límites vistos por Heráclito.

¿tú qué opinas, lector?

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