La música y su oposición

«La introspección es la expresión interna del movimiento externo que la gente llama vida interior. La introspección es la semilla del diálogo».

Un retrato inteligente del poder expresivo del drama delinea que, a diferencia del discurso técnico (o incluso del prosaico), el drama es capaz de suscitar en nosotros la experiencia de realidades complejas tejidas de opuestos. En ello, nos puede regalar imágenes más claras de nuestras vidas. Un ejemplo es el tratamiento de la justicia. En el trabajo analítico, el intento de definir la justicia termina a lo más en un señalamiento parcial. Esto es a causa de que su comprensión plena incluye al juez y al juzgado envueltos por los círculos íntimo, privado y público. Nos toca vivir todo esto al mismo tiempo en una difícil combinación, en circunstancias tan únicas y peculiares, que al mismo tiempo no pueden abarcarse en las definiciones universales pero son indispensables para captar el carácter de justicia del que pretendemos hablar. Cuando se está preocupado por las acciones propias, la visión reducida de las circunstancias nunca dejará juzgar con la abarcadora mirada de un dios las causas y las consecuencias; cuando se está preocupado por las acciones de los demás, el desconocimiento de su fuero interno nunca dejará juzgar con nitidez indudable sus intenciones. Y sin embargo, la experiencia de la justicia es el hecho, no la conclusión a demostrar. Esta idea no propone que el discurso técnico sea falso sino falto. Propone que es parco, que siempre carece de elementos fundamentales, y que por ello el drama es mejor para presentar esta unidad de la experiencia a manos de un buen dramaturgo. El drama, volviendo al ejemplo, es el único que puede enfrentarnos lúcidamente con el hecho de que la justicia es complicada al hacernos experimentar al mismo tiempo la posición del juez (siendo espectadores de las acciones de los personajes) y del juzgado (compadeciendo a los personajes en la acción), con ello logrando una imagen más cercana a la complicada totalidad. Y si en algo estamos casi todos de acuerdo, es en que nuestras vidas son en verdad complicadas.

Concedamos algo de razón a este retrato por representar bellamente tanto nuestra frustración al tratar de capturar la vivencia en la inmovilidad de la fórmula, cuanto nuestra admiración ante la posibilidad de la enseñanza del drama. Si se siente muy cauto, lector, concedámosela sólo por unos momentos, en lo que ensayamos la siguiente idea. No es exclusivo del drama proveernos con imitaciones de la vida. La poesía ama decir por cuantos caminos encuentra (y ama buscar). La musicalidad de la voz humana y, en imitación de ésta y de la diversidad de los sonidos del mundo, la musicalidad de los instrumentos que ha construido el ser humano para sonar, expresan una realidad compleja, vasta, cambiante, acompañada de palabras, suscitándolas en silencio, o dejándonos absortos en contemplación. Desde la Antigüedad se consideraba ya que algo como esto lograban los versos homéricos al revelar, por ejemplo, que las lágrimas de Penélope son como la nieve montañosa deshielándose en primavera. En la posibilidad del símil, Homero logra el modo más elocuente de mostrar en la imagen del mundo comunicado que algo es en realidad más que sólo ese algo. Es, además, eso otro. La pesada, sólida, definitoria genealogía de un guerrero es al mismo tiempo como las hojas de los árboles cambiando de estación, que van y vienen y vuelan al viento. Eran nacidas recién y ahora envejecen, ahora han nacido de nuevo. La música no es un arte de otro mundo distinto a éste. Explora el interior de lo que somos en el tiempo, mostrándonos como nosotros y como más que nosotros. Por eso, por ejemplo, la exposición marcial de la marcha es retadora, victoriosa y a la vez celebratoria: festeja inicio y fin de la guerra; la danza es frágil, liviana, pero al mismo tiempo carnal, siempre volviendo a la tierra; el jazz es un juego siempre irreverente, pero se juega con diamantina seriedad. La música ha sido siempre tradición e innovación de formas, solemne y juguetona, popular y elitista. Todo esto lo ha sido al mismo tiempo. Ambos, drama y música, pues, son capaces de imitar la vida humana.

Pero quienes convienen en esto suelen decir que la música imita una sola cosa cada vez: que este ritmo es vil porque propicia los movimientos más vergonzosos o que este otro es noble e invita a la mesura, que tal melodía es melancólica y aquella flemática, que esta composición se derrumba entre cacofonías o esta otra hace de la sinfonía una escucha palaciega, edificante. Pero ¿no es eso pensar toda la música como si fuera análoga a una obra de teatro de moralina?; es decir, como una de ésas que no presentan más que una cara, y en ello, obscurece la experiencia representada tanto cuanto lo hace la definición analítica. Tal comprensión superficial deja a la música estéril. Riezler dijo de Homero que él compuso sus versos de modo que «la muerte está junto a cada vida. Dulce y amargo, claro y obscuro, duro y blando están presentes el uno en el otro. Homero se preocupa porque ninguno de ellos esté solo –la pasión es acompañada por la deliberación, lo glorioso por lo vil, el valor por el miedo, la resistencia por la debilidad. En todas las batallas de la Ilíada, Homero relata los hechos no por ellos mismos, sino por la vida reluciente, que se alumbra en uno y es mitigada en el otro»1. Veamos si la música hereda de esta misma luz. ¿Podríamos pensar que así como el drama representa la oposición en la acción y a través de ésta, es capaz de iluminar la experiencia de actuar, así también la música representa alguna realidad humana compleja en cuya base yace una oposición?

Consideremos estos juegos de opuestos. Todo en la música podría explicarse como tensiones y relajamientos. Es así en el ritmo, lo es en la melodía, lo es en la harmonía. Toda teoría de composición enseña las sutilezas de estos movimientos que producen en el escucha un placer provocado por la diversidad de resoluciones (como el tono final al que «caen» los demás, y que asienta el centro al rededor del cual toda otra nota, dicen los músicos, «gravita»). Incluso en la unión de los tres elementos, en la instrumentación encontramos de nuevo estas oposiciones en los timbres distintos de lo audible –por no irnos a lo más general y hablar de la altura, la duración y la intensidad del sonido. Pero la consciencia de estas partes es el puro análisis, y poco nos dice del hecho dinámico, emotivo, de la experiencia musical. Algo que ocurre en nuestra experiencia mutua, es que la música nos reúne (o separa) más allá del lenguaje a través de su carácter temporal. La música hace resonar partes de nosotros que se comunican en el gesto más que en la descripción, en el sentimiento; pero además es también émulo del carácter. Su tejido revela al hombre sonoro: ora sombrío, ora jovial, ora piadoso, ora sacrílego. Entendemos el aspecto técnico de la música a través del análisis de sus elementos, pero nuestra experiencia de la totalidad de la que nos hace audiencia es una representación de la interioridad y de su comunidad. Lo que vivimos es una imitación de la compasión. Ésta es en el fondo la palabra, la razón de cuanto somos hoy en contraste con cuanto somos siempre: es número y es movimiento. Haciéndonos audiencia de proporciones que se anudan y resuelven, la música nos hace representarnos nuestra propia experiencia del tiempo e incluso de nuestro asombro ante órdenes que incluyen en apenas una fracción el propio. Por poner un ejemplo, el buen músico no produce una canción triste, sino que reproduce la experiencia interior de la tristeza. Lo que nos muestra al asirnos, sin embargo, es que la tristeza es imposible sin el tiempo, y por el tiempo es la tristeza siempre también otra cosa. Todo escucha que se haya sentido admirado en el poder mimético de una pieza musical así sabe que en su tristeza hay siempre un tono más allá del placer sensible en el orden de las notas, una suavidad casi alegre, difusa, brillante. La tristeza se vuelve esperanzadora gracias al tiempo. Por supuesto esto tiene su contraparte. Toda pieza esperanzadora es como una marea que se rompe en la roca: al partirse, sabe uno que hay algo doliente ahí, una inevitable falta. Éstas son apenas un par de posibilidades en una infinidad de vivencias del escucha atento. Sabe quien ama la música que aparece siempre esta oposición en su tejido. La música imita en oposiciones una totalidad vital compleja y, en ello, nos deja ver mejor algo de la naturaleza humana: su imitación es compasión en un sentido abarcador. Lo que muestra la música en su imitación de la palabra es una aspecto de la compleja temporalidad de la vida interior: nuestra imperfecta perfección.

En su imitación del tiempo, la música nos ilumina la oposición en una riqueza inagotable. La vida interior no es obscura, es brillante, abierta, convidada. La voz, no secreta, no callada, sonora, comunicable, no se acaba en la expresión pasional, sino que se sorprende a sí misma hallando su tiempo en ella; se sorprende hallando tiempo en la emoción, tiempo en el deseo. La música no ordena, revela que hay orden. Ese orden resuena. Y por eso revela la vida interior en su canto: es la oposición de lo eterno y lo mortal la que subyace a toda oposición musical. Que esto sea así, por más modos y ritmos e instrumentos que hagamos, no dejará de maravillarnos.


Kurt Riezler, La contribución de Homero al significado de la verdad, Philosophy and Phenomenological Research, Vol. 3, No. 3 (marzo, 1943), páginas 326 – 337.