La niebla

La intranquilidad dio paso a la costumbre, y ésta al olvido. ¿Cuánto había pasado desde que el humo grisáceo comenzó a recorrer las calles, cubrir las casas y apoderarse del entorno? Los más minuciosos juraban que los primeros pasos de la niebla comenzaron por las mismas fechas en las que había dejado de llover. Pero ese dato era impreciso, porque la lluvia se mezclaba incomprensiblemente con el entorno: parecía que las nubes habían descendido y siempre estaba lloviendo o a punto de llover. Los demás actuaban, o al menos esa impresión dejaban, como si nunca hubieran vivido con claridad; no extrañaban ver a su gente querida, tocar algún objeto que correspondiera con lo que estaban viendo, no se extrañaban ni a sí mismos. Hacían lo que podía hacerse con lo que tenían. Caminaban lento, para no chocar; comían alimentos enlatados, pues ya no existía el transporte; se curaban a ellos mismos, por la imposibilidad de ser tratados por quienes se ostentaban como médicos; procuraban no acercarse demasiado a las personas, ya que desaparecían rápidamente, devoradas por el humo; sólo tenían contacto para conversar y convencerse de que no eran animales, sin saber quién hablaba, pues nadie podía reconocerse. Las personas más memoriosas afirmaban que el ambiente actual no rebasaba los tres meses de antigüedad. Pero la mayoría actuaba como si la niebla jamás se fuera a disipar; actuaban como si la niebla hubiera llegado para quedarse.

 

La claridad del sol nunca había logrado disipar la frecuente costumbre de rumorar sobre asuntos importantes e imprecisos; en un ambiente enrarecido fue casi natural que los rumores fueran mucho más vagos, apenas una migaja de un recuerdo sustentaba su posibilidad. Se decía que no todos padecían del raro intruso, que allá donde se escuchaban las olas, la gente todavía se podía ver durante las tardes, que al menos durante seis horas vivían como personas normales. Los escuchas decían que esas eran puras mentiras, ecos del recuerdo que no quería irse. Pero los narradores se mostraban convencidos e intentaban persuadir a sus escuchas de que emprendieran una excursión. La mayoría mostraba indiferencia; unos cuantos aprovechaban el telón para insultar duramente a los propagadores de rumores; al parecer casi nadie quería salir de aquel turbulento contexto. Los rumores no se desmentían o comprobaban, no se podía saber si alguien se había ido o si todos se habían quedado, aunque como constantemente  alguien seguía rumorando, nadie se imaginaba que una sola persona se hubiera atrevido a salir. Los que sí querían irse no se decidían con facilidad: ¿y si realmente no había nada y morían de hambre o, en el caso más inaudito, eran devorados por algún animal feroz? Además, ¿quién contagiaría a los indiferentes de ánimo para buscar algo mejor? De una cosa estaban seguros los entusiastas: contra el rumor que el aire les había arrojado, ellos podían convencer a sus compañeros con la claridad de sus palabras.

 

Un día, sin ninguna señal de por medio, de cualquier manera nadie hubiera podido descifrar ninguna señal en esas circunstancias, la gente dejó de hablar. ¿Fue por una reacción ante lo que parecía un entorno virulento?, ¿nadie quería salir de su casa? ¿la mayor de las indiferencias, la imposibilidad de reconocerse, había desanimado a todos?, ¿había muerto tanta gente que hasta el sonido de los pasos había desaparecido o estaba a punto de desaparecer? Tal vez muchas personas, sin ponerse de acuerdo o en un acuerdo tácito motivado por el instinto de supervivencia, habían emprendido la huida hacia la prometida claridad. Tal vez la gente se había hartado de que los sueños fueran el único lugar que parecía real.

Yaddir