Los fragmentos del sabio

 

Encontraron el antiguo rollo en condiciones apenas suficientes para poder extraer su contenido sin que el pergamino se disolviera en polvo fino. Lo reprodujeron con técnicas de última generación, usando máquinas de ésas que a la vista de cualquier hombre de a pie son cajas ruidosas que chupan electricidad como agua las esponjas, que echan luces bonitas a intervalos regulares y que por artes inexplicables finalmente logran su cometido: una versión de la obra visible en un monitor de computadora. Al cabo del rescate, la totalidad de los caracteres se pudo conservar. Del tradicional puñado de fragmentos confundidos, se había brincado en cosa de días a una frondosa plenitud. Fue guardada en un banco de datos que se decía capaz de resguardar «hasta trecientos a la 16» veces ese número de palabras, o algo parecido, de haberlo requerido. Además, la veloz multiplicación en internet de la versión electrónica del documento aseguró su perpetuidad (por cuanto fueran perpetuos los servidores que sostenían la red). Y así, el texto de sabiduría que por más de dos mil años se había dado por perdido se aferró contra erosión y desgaste hasta alcanzar nuestra época, hasta encontrarnos precisamente a nosotros. Gran fortuna, porque de haber aparecido cien años antes, se habría desintegrado (y cien después los desintegrados seremos otros). Pero la máxima fortuna, la máxima confirmación de nuestras bendiciones, fue que, según me he enterado, el texto dice exactamente lo que nuestros expertos ya habían elucubrado que diría.

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