Transporte público

Curiosa es la historia que se vive en mi ciudad. Comenzó hace un par de décadas cuando existían los camiones famosos de la ruta cien. Los cuales salían del corazón de mi colonia y te llevaban al corazón de cualquier otra parte del Distrito Federal. Todos los conocían como los ruta cien, y confío que cuando hoy, alguien lea que hablo sobre los ruta cien puedan representarse en su mente el mismo camión que tengo en la mía. Y sí, el ingenio del mejicano que tanto enorgullece a la mayoría se quedó corto al nombrar a esta camada de trasportes públicos.

Poco me duró el gusto de usar esos camiones, ya que rápidamente fueron sustituídos por otro tipo de transportes más eficaces y menos baratos, llamados micro bus, que eran de tres cuartos del tamaño de un camión normal, un poco más achatados y con el techo un tanto más elevado. Éstos, que en un principio parecían ser un tanto más cómodos, poco a poco fueron deteriorándose y perdiendo partes, no solo de los asientos y del interior del vehículo, sino también de su nombre. Todos comenzamos a llamarles “micros”, así mismo, también hubo una confusión con respecto a su sexo, ya que hay, todavía hoy en día, quien les llama “la” micro, o “el” micro, por igual.

Los micros, terminaron por borrar del mapa (al menos en el DF) a otras subespecies de vehículos, llamadas peceras o combis. Las cuáles, para ser sincero, siempre me parecieron despreciables y muy invasivas. El viajar dentro de una de ellas siempre me resultó muy incómodo y todavía al día de hoy, procuro evitarlas lo más posible.

Les cuento esta historia porque me parece sencillamente curioso al mismo grado en el que me causa gracia, el hecho de que los micros, tengan ya, algo más de un año de haber sido reemplazados por unos autobuses morados que, a diferencia del microbus, conservan el tamaño de un autobús normal, como lo era el ruta cien. Sin embargo, esta nueva gama de transporte público, es conocida en mi rancho como “camioncitos”. No cabe duda que el ingenio mejicano no conoce límites, ni medidas, ni tamaños, ni etimologías, ni lenguajes, ni coherencia.

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