Retrato del temor

 

Retrato del temor

 

Temo la caducidad de los días. No, no creas lector que de pronto he comenzado a sentir náusea por la muerte, que me atenaza la preocupación por la enfermedad o sopeso soluciones cobardes a los días desagradables. No me angustia mi muerte, pues más o menos he vivido de modo agradable. No me preocupa sobremanera mi salud, pues ambos sabemos que al final poco podré hacer por ella. No soy valiente para llevar al final el desengaño, ni del todo cobarde como para cercenar la luz de la mirada. Temo la caducidad de los días porque no confío en que habrá más. De ahí que me sorprenda tanto la confianza con la que aquellos pocos a los que todavía veo, de los que todavía sé, postergan la vida. ¡Cuánto confían en su poder para administrar lo que dan! Yo ya soy un desconfiado: no creo en el mañana. Leo mucho porque a cada rato supongo que no podré volver a leer (y estos ojos que cada día enfocan peor me lo recuerdan recurrentemente, y esta cabeza que a cada rato duele no me deja olvidarlo, y el acecho constante de la migraña me impide mirar a otro lado; no se diga el pie que a veces arrastro, o el brazo que algunos días casi no siento). Cuando platico, quisiera agotar palabras y presencias. Escribo bastante, aunque sólo dejó aquí un breve testimonio cada semana. Ya no confío en el día de mañana. Lo mismo me matan al rato que me muero yo solo. Soy un desconfiado. Ya no confío en el día de mañana. Publico esta entrada creyendo que será la última: quizás pronto todos se van de este blog, quizá seré yo el que no vuelva a publicar aquí, quizá ya no sabré siquiera qué podría compartir con el lector imaginario, quizá no hay ya lector alguno. Temo a la caducidad de los días porque para muchos los días no parecen caducar. Ustedes tienen futuro; yo desengaño.

         En los momentos en que se incrementa el temor suele venir al alma un poema que me conquistó desde la primera vez que lo leí. No creo entenderlo, porque no me entiendo completamente, porque me ignoro demasiado, porque admiro la grandeza de su autor y me dejo llevar por la corriente solo orientado por la luz de su faro. ¿Encallaré? ¿Todo esto será un naufragio? No sé. Leo el poema, lo recuerdo, lo vivo. En lo demás no confío, pues me importa poco, me dice poco, quizá ya no es para mí. Comparto el “Soneto de la dulce queja” de Federico García Lorca.

Tengo miedo a perder la maravilla

de tus ojos de estatua y el acento

que de noche me pone en la mejilla

la solitaria rosa de tu aliento.

 

Tengo pena de ser en esta orilla

tronco sin ramas; y lo que más siento

es no tener la flor, pulpa o arcilla,

para el gusano de mi sufrimiento.

 

Si tú eres el tesoro oculto mío,

si eres mi cruz y mi dolor mojado,

si soy el perro de tu señorío,

 

no me dejes perder lo que he ganado

y decora las aguas de tu río

con hojas de mi otoño enajenado.

El lector ha de saber que entre las versiones del soneto hay algunas variantes importantes. Quizá la más relevante está en el primer verso, que en otra versión dice “No me dejes perder la maravilla”. A favor de esa versión se encuentra la concordancia con el esquema rítmico de todo el cuarteto; esquema que varía con la versión que aquí propongo. Además, argumenta a favor de esa otra versión la relación con el doceavo verso, por la que “maravilla” sería identificable con “lo que he ganado”; no estoy del todo seguro. Una variante más se encuentra en el sexto verso, pues la otra versión tiene coma, ésta tiene punto y coma. Por último, en otra versión el poeta escribe Otoño, así con mayúscula.

Yo recuerdo el poema siempre a partir del “tengo miedo”. Por una parte, lo recuerdo porque siento miedo. Por otra, más importante para que pensemos el poema, me parece que la sola presencia de la maravilla en la vida hace natural y sobrenatural el temor de la pérdida. Tener la oportunidad afortunada, el dón gratuito y la dicha enorme de maravillarse en la vida conlleva inevitablemente el temor de la pérdida. ¿Acaso en el Fedro es evitable el dolor del alma que sabe imposible volver a los cielos? “Tengo miedo a perder la maravilla” está dicho todavía en la plena contemplación de lo maravilloso. Ahí, cuando reconozco que mi vida podría ser plena, ahí también reconozco la fugacidad, la fragilidad, la debilidad con la que yo podría situarme en la plenitud. Temo que la maravilla pase de mí, se pierda y me pierda. “La maravilla de tus ojos de estatua”, dice el poeta. No, no son ojos vacíos e inexpresivos, pues no se explicaría la maravilla. Tampoco es la mirada esquiva de quien prefiere ver hacia otro lado en lo que cree prepararse para vivir la maravilla (se engaña, finalmente, pues la maravilla no es administrable). Los ojos de estatua los experimenta el maravillado, pues mira a ellos queriendo desentrañar el misterio, penetrar el arte, encontrarse en un más allá de la distancia por la que nos hace estatuas la materia.

La siguiente parte del cuarteto parece una sola oración y una sola idea. Sin embargo, el acento encuentra su complemento hasta un verso después. Deliberadamente, parece, el poeta ha dejado sólo al acento. ¿Por qué? El que encuentra en su vida la maravilla no sólo contempla con los ojos: nos maravillan todos los sentidos. Cierto, el acento del que habla el poema es la calidez de la cercanía. Pero un beso, una caricia, la presencia, siempre es algo más allá del tacto. La presencia de la maravilla sabe a la frescura que alegra los días. Las caricias huelen a la emoción del descubrimiento. Los besos se oyen como el concierto de la dicha. Sí, el poema habla de un solo acento, pero dejando al acento solo, nos muestra su pluralidad.

¿Por qué el acento aparece en la noche? No se trata, obviamente, de un beso de buenas noches. Tampoco es, solamente, la despedida. El acento aparece en la noche como el temor en la oscuridad. La noche es el sitio donde uno quisiera confiar en el futuro. La oscuridad es el lugar donde uno más necesita la presencia. Mientras todos van a dormir confiando en el día de mañana, el maravillado del poema sólo puede esperar a que de haber otro día siga siendo posible la maravilla. Mientras que la mayoría espera el alba para volver a trabajar, el maravillado del poema sólo puede volver a vivir cuando amanece, cuando la maravilla solar de su amor vuelve a estar presente en su vida. Por ello, me parece, García Lorca sitúa el acento en la noche.

El acento, decíamos, es el de “la solitaria rosa de tu aliento”. Parece un beso, un beso en la mejilla. Pero no lo es. El cambio en los acentos del verso (4 6 10, frente a 3 6 10 de los dos versos anteriores) modifica la sonoridad, y la modificación se recalca con la repetición de la “s”. Federico resalta la soledad. Es decir, en la noche, cuando se siente solo, el maravillado del poema suspira por un beso. Imaginemos al personaje del poema solo, en la noche, diciendo en voz baja, susurrando, el nombre de su amor. Aspirando a la compañía. Añorando la presencia. El solitario suspira doloroso el resquemor de su anhelo.

En la segunda estrofa se pierde plenamente la regularidad acentual de la primera. Es decir, el solitario penetra en el drama nocturno de su temor. Se sabe solo: “tengo pena de ser en esta orilla”. Véase bien. Tiene pena, le apena su soledad. ¿Cómo ha podido llegar a ese estado solitario? ¿Quién hubiese imaginado su tristeza solitaria? ¿Cómo explicar que alguien tan dado a tratar con el mundo y los hombres se arrincona solitario en su penar? Pero también tiene pena, le acongoja, le hace sufrir su estado. ¿Qué estado? El de una separación inevitable: él está en una orilla del mundo muy distinta a aquella en que se encuentran los demás. ¿Cruzó un río, como el Aqueronte? ¿Acaso libró el abismo? ¿O es que el maravillado del poema ha visto lo que todos los demás no podrían ver? No podemos decirlo en tanto no sepamos quién es el maravillado del poema.

El poeta describe al maravillado sucintamente: tronco sin ramas. El maravillado no puede dar frutos. La lectura vulgar señalará a la biografía del poeta. Yo prefiero pensar en una imagen platónica; pero no la diré. El tronco sin ramas carece de frutos, cierto, pero también es un mal árbol, no siguió su naturaleza perfecta. Pero también puede ser el árbol cercenado por la técnica. O bien, puede ser un mal refugio. No vengas a mí si quieres ocultarte, mentirte, engañarte. En el árbol sin ramas sólo puedes verte a ti mismo. El árbol sin ramas claramente es inútil para la mayoría de las utilidades, poco atractivo para las intenciones comunes, ni siquiera sirve para cruzar el río pues está allá en el lado solitario. La soledad del tronco sin ramas se recalca con la puntuación del sexto verso.

“Y lo que más siento” responde lo mismo al penar que a lo más evidente. El maravillado del poema siente sobremanera la pena de su soledad, de la inevitabilidad solitaria. O bien, lo que más siente es su incapacidad, siente que a pesar de todos sus esfuerzos la maravilla se quiere disipar. A mi juicio, no siente tanto la pena por su soledad como la limitación de su propia naturaleza: “no tener la flor, pulpa o arcilla”. Nada tiene el maravillado del poema para llamar la atención de su amor. Carece de flor, por lo que no parece ser capaz de atraer a su amor. Carece de pulpa, por lo que no podría mantener cerca a su amor en el pleno goce. Carece de arcilla, por lo que no podría satisfacer las necesidades productivas de su amor. ¿Por qué su amor busca la arcilla? Porque no se ha dado cuenta que no es Dios, que no puede hacer a otro hombre e insuflarle vida. El hombre busca arcilla confiando en la posibilidad de transformarse, de hacerse conforme a sus planes. Quiere arcilla para ser otro, teme conocerse a sí mismo, ser el que es. ¿Por qué su amor busca la pulpa? Porque no sabe qué es el placer y va por el mundo consumiendo los frutos. El hombre que cree al mundo inagotable hace todo por perderse en el mundo para nunca encontrarse. Quisiera perderse para justificarse. ¿Por qué su amor busca la flor? Porque afirma no tener ojos, supone tenerlos de estatua. ¿Hasta dónde puede uno olvidarse de sí mismo?

La segunda estrofa termina en uno de los versos más perturbadores: “en el gusano de mi sufrimiento”. Porque el hombre que se está viendo a sí mismo, que permanece en el ejercicio de conocerse, que teme perder la maravilla, parece que inevitablemente sufre. Y sí, el sufrimiento es como un gusano. No se trata del dolor que se identifica fácilmente en las superficies de lo que la gente llama cuerpo. No se trata de la depresión que los especialistas determinan como un estado. Se trata de un gusano que uno siente en su interior, que nos carcome, que va apareciendo donde uno no creía llegar a verlo. Uno sufre cuando descubre su vida como una crisálida abandonada. Este verso tiene el mismo esquema acentual que el onceavo, al final de la siguiente estrofa.

El primer terceto resalta por sus condicionales. En el verso noveno aparece por primera vez el “tú” que ha movido a todo el poema. El solitario que habla en el poema identifica plenamente a la maravilla como un tesoro oculto. ¿Quién lo ha ocultado? Precisamente en eso consiste la maravilla: sólo el enamorado encuentra lo mejor del amado. Sólo por la mirada del amante brilla la maravilla del amado. El tesoro permanece oculto en tanto el amor no sea posible. La maravilla podría ser preludio del amor, pero también obertura de la tristeza o prefacio de la desolación. Por ello el poema continúa con la cruz y el dolor mojado. Sí, la dificultad de vivir la maravilla parece casi un sacrificio, nos arranca lágrimas y dolor. ¡San Sebastián! Sin embargo, no es suplicio, no es reclamo: se trata de la dulce queja de quien cambia la sangre por llanto, de quien no necesariamente va a morir —se trata de evitar las culpas— pero sabe que sin duda por salvar la maravilla querría sacrificarse.

El onceavo verso es tan perturbador como el octavo: “si soy el perro de tu señorío”. Cualquier lector malintencionado vería aquí sólo un acto de sumisión. Alguien de pocas miras leería un chantaje exagerado. Yo no puedo pensar mal de Federico García Lorca, lo admiro. Creo que el verso no marca ni un reproche ni una humillación; se trata de una dulce queja. Quien habla en el poema le recuerda al amado que le ha sido fiel, que no están justificadas sus desconfianzas, que no se trata de una lucha de fuerzas, que nada resta su señorío. ¿Por qué sería importante resaltar la fidelidad? Porque quien habla en el poema no está en un acto desesperado. El temor por perder la maravilla no ha de arrastrarnos a la destrucción de lo maravilloso. Temeroso, quien habla el poema recuerda que han podido maravillarse. ¿Y no vale todo el esfuerzo para mantener la maravilla?

Los condicionales se resuelven en el doceavo verso: “no me dejes perder lo que he ganado”. Se trata de una apuesta total. La maravilla les permitió encontrarse. Destruir la maravilla, dejarla pasar, les hará perderse. El “no me dejes” pide al otro y pide a sí mismo: ¡estamos en la misma orilla! Nuestra condición es de iguales. La sospecha es que el otro no se ha dado cuenta. ¿Y qué pasaría si acaso se diese cuenta?

El poema termina presentando en una imagen la posibilidad de la vida junta: “decora las aguas de tu río con hojas de mi otoño enajenado”. No se trata ya de la preocupación por las flores que tuvo el otro cuando se creía del otro lado. Se trata ahora, tras saber que están del mismo lado, de que el otro se apoye en el uno para dar apariencia a su vida. Para ello, quien habla en el poema ofrece su otoño, su retraimiento, su retiro: la fidelidad que el otro ya ha experimentado pero llevada a ese sitio privado en que ambos se conocen y pueden hacer frente al mundo. El esquema acentual del último verso varía respecto a los otros dos del terceto (2 6 10 frente a 3 6 10), con lo que el poeta pone atención en las hojas. ¿Qué son las hojas de un hombre? A veces las palabras, a veces los actos públicos, a veces el modo en que alguien ha de hablar para que algo quede claro. Termina así el poema con el otoño enajenado: el poeta nos entrega sus palabras, el amante nos entrega sus letras, nos damos. ¿Y no es una dulce queja la maravillada invitación a darse?

Námaste Heptákis

 

Coletilla. “Soledad con caridad, purifica el corazón; soledad con odio, lo turba”. Evagrio Póntico

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