Un elefante triste

Es inusitado cuando un suceso cultural atrae atención. En el devenir de noticias, hard news, las referentes a la cultura se pierden hasta casi desaparecer. Es inusitado, entonces, que la Biblioteca Vasconcelos aparezca en tantos titulares y charlas. Los diarios reportan su centralización bajo un allegado sospechoso de nepotismo, la expulsión de su antiguo director, la negligencia en el mantenimiento de las instalaciones, el decaimiento del acervo; ¡hasta un problema sindical ha empujado al cierre del inmueble! Los tiempos tan vertiginosos, agitados, cambiantes marcan el ritmo de su existencia. Así como el país se transforma revolucionariamente, la Biblioteca Vasconcelos se descompone buscando reconfigurarse.

El nuevo director decidió abandonar a la tripulación. Aunque adujo razones personales, su texto publicado en La Jornada expresa bastante. Vislumbró lo duro que sería el viaje y prefirió no asumir la responsabilidad del naufragio. Supuso que sería arduo mantener administrativamente el gran inmueble. A los recortes impuestos al área de cultura, se suma la presión laboral y financiera. Al dificultarse el pago de honorarios, gran parte de sus trabajadores fueron recortados. Obviamente esto ralentizó el funcionamiento y dejo sin guía a los empleados futuros a integrarse. La transición sacudió la burocracia; inauguró un mandato nuevo. El control draconiano de Hacienda asfixió todavía más el recinto.

El daño más imperceptible está en los lectores y visitantes. Con los cambios abruptos, la oferta de talleres se ha visto menoscabada. Las negligencias en el mantenimiento hacen más incomodo el uso de sus instalaciones (imaginemos un anciano con problemas en sus rodillas que debe usar las escaleras al no haber elevadores funcionando o el lector que debe estar indagando cuál estación de préstamo es la que funciona). La falta de reparación del material reduce el número de ejemplares disponibles. Ni se diga de la deficiente rigurosidad en el inventario. A pesar de todo, los lectores y visitantes quizás hemos contribuido a su descuido. La Biblioteca es vista como imagen del despilfarro de las administraciones anteriores o prueba tangible de la ineficacia de la actual. La grilla política aleja la atención del inmueble en sí y su problema puede ser aprovechado como encomio o ataque. O incluso ambas. De un lugar que posee un acervo literario y hemerográfico pasa a ser un componente de la visión de país de cada gobierno. De un espacio común para leer se buscó integrarla a las “unidades que irradien información y cultura”. De un sitio de lectura libre intentó ser elevada a un “complemento más alto de la educación formal”. De un recinto de ocio se trató de perfilarla como “la rosa de los vientos, es decir, que atienda las demandas e intereses de la sociedad”.

Pese a que asumamos que la cultura siempre es deseable y valiosa, muchas de nuestras actitudes y proyectos cuestionan lo anterior. En realidad, transcurre como un asunto tolerado. Ahora el sector cobra mayor relevancia no sólo por sufrir los recortes federales, sino por ser una promesa no cumplida. Se especulaba que el primer gobierno de izquierda la pondría en su lugar. Actores de cine, directores de teatro, músicos, pintores, agentes culturales dieron brío a la campaña de la presidencia actual. ¿Qué fue lo que recibieron? La secretaría de Cultura fue la primera en cumplir el abandono de la capital. No fue únicamente relegada en su ubicación, sino también como prioridad. El FCE fue un premio de consolación. La Biblioteca Vasconcelos no llega ni a eso.

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