La falsa temperancia

La falsa temperancia

El tiempo no enmienda la ignorancia, como si la sola vivencia fuera el elemento purificador de la tabula rasa. Uno no sabe más de sí por acercarse a cierta edad ni logra reconocerse por haber tenido mayor seguridad. El equívoco que sufrimos al hablar de vida recae en el extravío que implica creer que es algo cuyos contornos están a la mano. Na3da ha sido hecho por nuestra mano. La duración de las cosas útiles se extiende con vívida indiferencia cuando no sirven al uso. Los atisbos de inmortalidad no son una garantía expedida por el poder de producir: no es el poder personal lo que hace lo inmortal, sino que es lo inmortal lo que da forma a la obra milagrosa. Pero esa está lejos de la sombra. Los muertos vivificados mediante la sangre son voces aullantes, divagantes. Curiosa operación la de dialogar mediante la vida con lo extinto. ¿Qué clase de vida puede llevar quien ha obstruido sus deseos, fabulando voces que no le pertenecían? Cualquier versión de la vida se dice que es pertinente ahora, y esto constituye un aullido general de la sombra. Nos purificamos ofreciendo a la rectitud, al compromiso, a la mentira. ¿No es verdad que debe uno siempre desconfiar de lo que dice saber con seguridad? Lo bello no lo produjo mano humana alguna, por lo que no es posible pensar el deseo como tendencia libremente fijada. Camina uno en círculos sobre la misma trivialidad: la procaz e inventada soledad, inmarcesible en su vulgaridad.

 

 

Tacitus

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