Textos breves

Leo un mensaje, luego otro, y otro y uno más. Hay cuatro mensajes que parecen tratar de lo mismo. Uno es un saludo, otro una pregunta, el tercero la duda de si la pregunta se escribió bien, y el último una carita. Lo último que tengo en mi pantalla es la carita. Resulta amenazadora. ¿Vale la pena abrirlo? Después de dudar, lo abro. ¿A qué le pongo más atención?, ¿a la pregunta o al cuestionamiento de la pregunta?, ¿esto es a lo que Martin Heidegger llamó preguntar la pregunta? Supongo que resultaría más comprensible hacerle caso a la segunda pregunta, no sólo porque sea producto de la reflexión que un par de minutos acumulan, sino porque replantea a la primera. Creo que es más importante porque es el preludio de una carita, y las caritas, al menos para quien me la escribió, intentan enfatizar la importancia que tiene lo escrito, pues recalca una emoción, enfatiza la vitalidad de lo recientemente escrito. Pensándolo mejor, ¿tendrán relación los cuatro mensajes? El saludo es una muestra de cortesía, una muestra de que es tan importante mi aliviadora respuesta como el saber cómo me encuentro. La pregunta es el motivo del saludo, pero la segunda pregunta bien se la pudo haber hecho sin necesidad de la primera pregunta; es decir, su relación temática, consecuencia de la primera duda, apenas si es visible, como si hubiera algo intermedio que no estuviera siendo escrito. La carita es una emoción, pero jamás me explicó si el enojo se debía a que no le di respuesta en un minuto (lo cual es sumamente improbable), a que se sentía tonta preguntándome eso, o porque alguien había provocado el enojo de la persona que me escribió los mensajes mientras me los escribía. La separación de los mensajes no sólo obedece a la brevedad, también obedece a la separación que tiene un mini texto con otro. ¿Podemos aceptar que la brevedad de los mensajes útiles, con chispazos de emoción, nos hacen separar nuestras ideas a tal grado que nos imposibilita expresarnos con un mensaje amplio y explicativo, que requiere un mínimo momento de concentración, lo que nos lleva casi necesariamente a la imposibilidad de entablar una conversación larga y significativa en una mesa?, ¿los mensajitos nos incomunican en lugar de comunicarnos?, ¿vivimos a pedazos nuestras vidas, sin relacionar un momento con otro, porque escribimos a pedazos?, ¿por eso no podemos comprendernos, porque apenas si somos capaces de relacionar cómo nos sentimos actualmente con lo que hicimos la hora anterior? Un quinto mensaje me saca de mi ensimismamiento: “Olvídalo, creo que no es tan importante”.

Yaddir