Mirando una caricia

Mirando una caricia

Dicen que el afán por pensar las diferencias del hombre con otros seres vivos puede llegar fácilmente a un absurdo comprensible: antropomorfismo. Pero, ¿qué sentido tiene esa palabra para quienes creen que no existe la forma, sino los eslabones, los abismos del fósil, las evidencias de la tierra? ¿Existe el carbono catorce para el alma? Devaneos: el alma es una quimera metafísica a la que toda empresa racional debe renunciar para salvarse del naufragio. Si uno vive, ¿cómo evitar mirar que las diferencias no pueden ser observadas sin algo en común con lo vivo? ¿O la vida no significa nada más que el proceso de duración y trabajo de las células? Es falso que el alma se vuelva algo comprensible sin que medien el pensamiento y la palabra. La experiencia de lo vivo no es suficiente: el misterio se mira en cuanto buscamos ofrecer razones para entender lo común a todo ser vivo.

¿Qué siente el gato cuando recorro su lomo? ¿O puedo hablar del gato? ¿No tengo que hablar más bien del bulto tembloroso y agazapado de nervios, sangre y aire cuya sensibilidad me responde como sabe hacerlo? Pero los nervios no obran por sí mismos, ni es el cerebro quien me responde: es el gato. Demasiado apego a lo visible. Sería falso decir que no hay un cuerpo que siento, que no hay fluidos que mantienen el calor del pulso que percibo, que no existe célula alguna obrando para que el gato pueda responderme. Lo que digo es que ninguna de esas partes es el gato. ¡Pero entonces el ser es de hecho visible! ¿No es algo obvio? ¿No es ya un recurso sofístico el comenzar una pesquisa sobre aquello que de hecho es comprensible sin análisis alguno? Recorro el mismo lomo con la mano en un nuevo intento de comprender su respuesta. Tal vez no haya otro medio para la claridad sino la anatomía. Pero yo quería comprender lo vivo, pues se supone que algo comparto en las caricias que le ofrezco a este símbolo de la lisonja.

Lo que pasa es que el cuerpo es la mortaja que vaga veleidosa con una sed inexpugnable de placer, de continua languidez, como nosotros, seres cuyas palabras son signos más complejos para una empresa semejante. El amor que creo que mi gato siente no es más que una respuesta habitual a las fuentes de las que mana el placer. ¿No será que lo más burdo de nuestra naturaleza animal no podría existir sin aquello que no puede hacerse burdo por más que nos empeñemos? Lo único que logra la palabra es oscurecer lo que no es complejo, más allá de lo intrincado que resulta el mecanismo de la conducta. Pero eso no hace menos complicada la pregunta: ¿qué es lo animal? No puedo prescindir de eso que observo: hemos dicho que el ser es patente, aunque no siempre sepamos sobre lo que vemos. ¿Basta entonces con que encuentre al antepasado más remoto de esa criatura doméstica, nocturna, caprichosa, para que comprenda qué veo? ¿O comienzo a buscar en mis obsesiones y mis costumbres para entender el molde en el que mi relación con él lo ha manipulado? Lo extraño de la actitud técnica hacia la vida (parece exageración) es que no nos exige saber lo que la vida misma es para acercarnos a ella.

Sería absurdo decir que la palabra, esencial para la autognosis, es algo tan simple de observar. La utilizo cada día y notarlo no me hace comprenderme mejor al momento en que la uso. Sabemos que el animal no puede hablar: lo único que tiene es su mirada, sus extremidades, su movimiento. ¿Lo tiene o eso es? El análisis sufre una carencia evidente: ni los movimientos de las extremidades animales se realizan sin un sentido (algo a lo que apuntan) ni el gato es alguno de sus rasgos individuales. Lo que sigue sería decir, andando por el camino más sencillo, aunque bastante oscuro, que el instinto es la marca que distingue a la vida carente de lógos. Pero por ese camino sólo evadimos la pregunta. Es falso que el instinto responda por la vida: falta saber qué mueve, no sólo que algo se mueve. No insistamos: el instinto es importante porque es la palabra que resuelve el hecho de que el placer se busca sin otra razón que la obtención del goce sensible. Pero entonces el instinto nos ha llevado de nuevo al mundo: lo sensible no es sólo el alma, pues no puede ella producir lo que percibe. Nuestro rostro es el mejor testigo porque nos delata fácilmente. ¿O eso que llamamos rostro es tan sólo una máscara hecha con la arcilla de la formación tradicional, como podría colegirse de los símbolos y palabras de los antiguos mexicanos? Parece sensato pensar que mi gato sería huraño si no estuviera bien alimentado, si no pudiera sentir esa invisible esclavitud del agradecimiento hacia mí, que le permitiera olvidar la necesidad. ¿No suena a la interpretación económica de la naturaleza del deseo? Mi gato no llega a desear cultura porque, por alguna razón, el destino natural se lo ha impedido. ¿Puede haber explicación general de lo vivo? Sólo sería esto posible si la experiencia puede pensarse, y no sólo describirse con afán por la complejidad.

 

Tacitus

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