La irrupción de la indiferencia

Persuadidos de que somos civilizados y profundamente racionales, confíamos devotamente en la educación. Si bien nuestras vidas se encuentran llenas de pesar, educarse aquilata nuestras dificultades y nos lleva a obtener la comodidad feliz merecida. Un hombre es capaz cuando ha sido educado. Domina la técnica para elaborar y tener suficiencia propia. Participa en su comunidad, aporta a su funcionamiento y asegura la integridad de ambos. Una frase atribuida a Confucio reza que un hombre que sabe pescar, tendrá alimentos por el resto de su vida. No sólo saciará su hambre, será independiente si lo hace siempre mediante sus propias fuerzas. Hay una hipótesis popular que asume que los miembros ajenos a la sociedad se criaron en familias conflictivas, sin mucho cuidado de su estancia en la escuela. Dicho hombres no son capaces de mantenerse en pie, incluso perjudica a otros en lo mismo. Quien no tiene sus capacidades instruidas, difícilmente se dirá que es un hombre de provecho.

En esta instrucción, se asume al maestro como pieza fundamental. De su esfuerzo depende la pertenencia y utilidad de su pupilo en la sociedad. Se vuelve tarea moral su afán por educarlo. Mediante la formación, el pupilo alcanzará su dignidad. La excelencia es alcanzada por el dominio de conocimientos y haber logrado apaciguarse en una serenidad objetiva. Después de seis años de lidiar con malos humores, faltas en constancias, exabruptos en disciplina, conocimientos que una y otra vez se repasan; al séptimo año, graduado su pupilo, puede tomar descanso y contemplar su obra. Produce hombres de bien por medio de su labor. La moralidad en su trabajo lo enaltece frente a otras ocupaciones.

Su instrucción es infundir los conocimientos, afinar las capacidades y conducir a su pupilo por una rectitud. El maestro sentirá orgullo cuando haya lugar en la sociedad para su educado. Su adaptación a las costumbres, dando margen sano para la innovación, es signo de virtud. Pensemos, así, que el educado tendrá su justa pertenencia y habrá equilibrio. La experiencia es referente en la adaptación; el maestro tiene mayor tiempo en tratar de adaptarse. Mientras transmite lo que sabe, es maestro valioso.

Podrá reprochársele al maestro perezoso que desperdicia el tiempo de juventud de su pupilo. No está a la altura de la disposición de éste ni aprovecha el interés puesto en clase. Podrá reprochársele al maestro exigente por hacer su clase muy difícil, casi inalcanzable para sus pupilos. Sin embargo, el maestro con la módica dificultad y la severa orientación es reconocido por hacer un hombre de bien (civilizado, preparado para las demandas de sus conciudadanos). La virtud ilustrada es evidente y deseable. Si el estudiante no sabe apreciar la conveniencia de instruirse, es problema suyo. No saberlo apreciar lo distancia y lo convierte en un miembro-problema de su sociedad. Dice C.S. Lewis que el maestro es quien sabe regar el corazón desértico de sus estudiantes. ¿Cómo hacerlo si el mismo muere en su aridez?

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