8 – Los representados

Encontré el siguiente parrafito rescatable entre varias hojas que hablan sin mucho provecho sobre obras dramáticas, personajes específicos de libros o películas, las modas de los televidentes de entonces, y cosas parecidas. Esto lo escribí, si recuerdo bien, sobre la estólida obsesión por «identificarse», aquella enfermedad por la que el aquejado no acepta ninguna historia, la que sea, si no está presentada a través de un personaje que le muestre lo que ya es y le diga lo que ya sabía.


Haré esta confesión algún día (quizá): de un tiempo acá se ha debilitado mi adherencia a las bondades de la representatividad. En privado no tendré tanto problema de admitirlo, pero definitivamente no están las cosas estos días como para hacer pública mi opinión. En algunos años, si mi esperanza tiene feliz mérito, será más fácil no atraer hosquedades injustificadas o por lo menos será una cuestión indiferente si se les atrae por eso o por cualquier otra cosa. Ya otras veces el tiempo me ha hecho atragantarme con mi ingenuidad. El problema es que estos días todos imaginan que deben verse representados, que frente a ellos debe haber un modelo de voz y carácter que los encarne, uno que además tienen derecho a exigir con toda la fuerza de su arrastre público. ¡Caiga sobre todos una maldición si no es así! De faltar este modelo popularmente aceptado, se conciben de pronto como incapaces de participar, impotentes, frustrados. «¡Todo debe estar representado!», gritan éstos, con el feísmo crudo blandido con ese orgullo que solamente los necios pueden exhibir, agitando banderas, cantando himnos, repartiendo propaganda… nada más les falta darse de alta como organización religiosa. Y si esta frustración les dura algunos días, acusan cómo todo se ha vuelto caótico e incomprensible y cómo la sección a la que pertenecen (porque siempre se miran a sí mismos como determinados por alguna sección abstracta que los define) ha quedado enmudecida. Pero el problema más serio en realidad es que la enmudecida es la pregunta por el bien. Éste los tiene sin cuidado. ¿Qué, no lo identifican en sus vidas? Vale más la pena quejarse de eso, diría yo. ¿No deberían estar representando más bien éste los que están frente a uno?

Proteófilo Cantejero