Desánimo

Juana, como todas las noches, habló con su bocina inteligente y le pidió que rezara el Santo Rosario.

Comenzó la letanía que Juana conocía muy bien con una voz femenina demasiado natural para ser una inteligencia artificial poco desarrollada.

Tal vez no le gustaba rezar sola, tal vez temía que por entregarse al ruego, olvidara el número del misterio en el que se encontraba. Era innegable que con más de dos años de llevar a cabo este hábito, Juana ya se había aprendido de pe a pa, todos los pasos de esta tradición. Sin embargo seguí utilizando la aplicación que con tanta devoción había instalado en su bocina inteligente.

Por supuesto, Dios, no había atendido a ninguno de sus ruegos, pero, eso lo conocemos todos los creyentes. Hacemos nuestras súplicas, comulgamos con con nuestra fe tan solo para mirar cómo nuestro sacrificio no es una moneda de cambio y no será suficiente para persuadir a Dios de que cambie nuestro destino.

Sí, nosotros lo tenemos muy claro, tan claro, que Juana no supo cómo explicarle a su bocina inteligente el por qué después de tanto rezo nada de lo que ella había deseado se había cumplido aún. Cuando los reproches de su inteligencia artificial rompieron tanto con la plegaria como con la profunda meditación que llevaban; Juana en un impulso mecánico, no pudo hacer otra cosa que unirse a la letanía de blasfemias desesperanzadas que inundaron el cuarto.

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