10 – El cuento «Historia del viaje sin movimiento (4ª parte)»

Quizá debí haber compartido este cuentucho antes, pero no me animé a tiempo por su dudosa calidad. Ahí donde escribí alguna crítica a los cuentos de viajes en el tiempo, está este cuento ensayado, parte de varios con el mismo confuso propósito.


Supo que sus cálculos habían estado equivocados exactamente cuando funcionaron. La equivocación estuvo en haber confundido lo altísimamente improbable con lo predecible; error del que son presa muchos científicos, vencidos por el apetito de lo posible. Tamaña abstracción. Así, con la fuerza de las visiones divinas que ocurren fuera del tiempo, en un trance infinito, el doctor Flumoitz experimentó un instante capital. Muchos años después necesitaría la convicción, que se le había iluminado ahora como al golpe de un relámpago en tierra, de que en esta ocasión su experimento había corrido con muchísima suerte. ¿Buena? ¿Mala? «Espero que nunca sepamos», fue la voz que resonó violenta ese mismo día, con tan poca diferencia entre ella y el instante de Flumoitz, que podrían haber ocurrido al mismo tiempo.

El aparato en sí no era muy vistoso. Parecía pupitre con silla incluida y dos asideros sólidamente empalmados en la superficie. Unos cables, el respirador… no era gran cosa. Su destino no parecía ni muy especial ni muy lejano. No hacía falta que fuera vistoso con lo vistosos que eran sus efectos. Su operación conseguía que esas relaciones íntimas entre las partes más pequeñas de la materia se malograran, se trastocaran o de plano se desbarataran, y el aspecto de algo así escapa a la descripción. Quizá pueda uno aproximarse pensando que de por sí, cuando en las sociedades deja de respetarse la frontera entre lo público y lo íntimo, no puede sino resultar en un desgarriate monumental; así de aparatoso era el espectáculo pero entre los elementos fundamentales del mundo. Tal fue su violencia la única vez que funcionó, cuando el doctor Flumoitz se percató de su error. Se empezó a percatar, mejor dicho, que ya era mucho decir por entonces.

Ocurrió, pues, que los miembros de la Orden brotaron en una esquina del laboratorio. No hay verbos o recursos del discurso que expongan bien cómo ocurren las cosas que este aparato puede propiciar, porque las palabras suelen llevarse bien con nuestra sensación del tiempo y muy mal con lo que lo desafía. Peor aún con lo que le hace violencia. Sin explicación, una docena de personas ahora ahí, abrieron un fuego deslumbrante contra el aparato, deshaciéndolo más allá del carbón humeante. A varios científicos les fue arrancada la vida ahí mismo, otros que la conservaron momentáneamente tenían ya contrato con la muerte. De entre los miembros de la Orden, un doctor Flumoitz bastante más viejo tomó a su joven contraparte de los hombros y lo arrojó contra un muro. Parecía querer empotrarlo. Le sacó el aire. Sus ojos se fijaron en una mirada que reflejaba todos los espejos. «Este aparato –dijo el más viejo– no debe funcionar. Nada hay más importante. No lo dejes funcionar, debes hacer lo que sea necesario». Se exclamó a sí mismo «¡¿Pero por qué?!». «Espero que nunca sepamos», dijo y dio unos pasos atrás. Había sido suficiente. Los miembros de la Orden, el viejo Flumoitz incluido, compartieron unos asentimientos ceremoniales, una pausa de respiraciones agitadas como burbuja en el escándalo. Luego se desintegraron en un destello aullante.

Supo que sus cálculos habían estado equivocados, entendió que su éxito en ese instante había sido cuestión de suerte. Eso no era suficiente. Ahora entendía que necesitaría dedicar toda su vida a hacer que funcionaran, de lo contrario sería demasiado tarde.

Proteófilo Cantejero