Conductores virtuales

¿Se puede, mediante la palabra, incitar a la acción? Los más optimistas caminan hacia una máquina, la encienden, preparan determinados programas y comienzan a teclear creyendo que cambiarán el mundo. Pero la palabra escrita en los medios virtuales, específicamente en las redes sociales, carece de vitalidad. Más si se dirige a lectores avezados en dichas redes. No resulta raro que algunos internautas  crean que argumentan, y en consecuencia que refutan posturas contrarias a las suyas, usando memes y likes. Aunque habrá quien arme sus discursos en Facebook como discutiría con una persona cara a cara, como si estuviera dando un consejo a un amigo. Desafortunadamente en redes se tiene a una amplia cantidad de contactos, seguidores y otra clase de desconocidos, lo cual dificulta saber cómo afectó mi comentario a alguno de mis contactos (en un discurso público el tema y el modo en el que se dice son tan importantes como el efecto buscado). No importa si alguien comenta o reacciona, pues se reacciona a un espacio, no a una persona, es decir, no se piensa a quién se responde lo que se responde. Si esto no fuera poco, esta despersonalización acostumbra al preocupado por la educación (por el diálogo cara a cara) a escribir con desparpajo, con un descuido que sólo podría ser explicable si él se hubiera infectado de algún virus semejante a los que se cuelan en las computadoras y afectan su funcionamiento. Más que desafortunado sería si este descuido al usar la palabra infectara sus conversaciones pedagógicas. ¿Cuántos profesores no se habrán visto más afectados que beneficiados por creer que Facebook era una extensión de sus preocupaciones educativas, que ahí podían completar las breves enseñanzas a las que se inevitablemente se veían conducidos por dar clases durante un puñado de horas? Visto así, las redes dañan más de lo que se cree que podrían beneficiar. Pero el profesor que utiliza las redes para educar, podría defenderlas diciendo que él se daría cuenta cómo afectan sus comentarios a sus estudiantes cuando los vea. Aunque su respuesta tiene sus claros límites, pues ¿el efecto de lo que dice es igualmente claro de ver cuando recién se dice que muchas horas después de que se dijo?, ¿qué pasa con lo que padecen aquellos que no son sus alumnos pero son sus contactos?, ¿cómo ven a su docente los alumnos al conocer sus gustos, al entrever la imagen que el docente presenta a amigos y familiares? Además, pocos profesores serán tan atentos y perspicaces como para ponerles la debida atención a sus alumnos en redes y en el aula. Sobre los pesimistas se puede decir mucho, aunque sobre ellos se hablará a detalle después. Baste por el momento con decir que sólo podemos saber hacia dónde vamos, así como saber si tomamos una buena o mala dirección, con la adecuada comprensión de las palabras que nos decimos a nosotros mismos. El maestro es quién mejor debe comprender lo que dice.

Yaddir

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