15 – La erupción de Reyes

Deseando que quienes lo celebran hayan pasado un feliz día de Reyes, leyéndolo y pensándolo, comparto ahora algo escrito en una tal ocasión de hace probablemente muchos años, pero sin fecha registrada que me lo asegure.


En una ocasión Alfonso Reyes hizo esta observación sobre una divertida ocurrencia de la vida literaria. Supervielle escribió en El hombre de la Pampa sobre un personaje que «se empeña en transportar un volcán de América a París». Tiempo después, cuando el poeta regresó a su natal Uruguay unos «señores muy cavilosos» manifestaron su descontento con la obra. Se sintieron, cuenta Reyes, aludidos y hasta difamados por la imagen del estanciero sudamericano que cruza el mar con su volcán a cuestas. Intitula a su notita «Realismo» con pluma jovial y en una exclamación en la que puede leerse la risa borboteando dice: «¡oh paradoja estética, oh símbolo provechoso para los realistas del arte!».

¿Qué nos enseña el maestro en su buen humor? Un poco nos complacemos por la desventura del muy caviloso, seguramente muy profesional y gran administrador de su tiempo: ocupadísimo, condenado a la importancia. Otro poco nos condolemos de la envidia que mal esconde mirando a este estanciero ilusionado por sus delirios imposibles, entrometiéndosele de llena atención por llevarse un corazón de fuego para presumirlo lejos, donde sí le presten atención. Sorprende el desatino de este hombre dizque simple y confirma con algo de admiración que, como se sabe desde hace mucho, es muy probable que pasen muchas cosas improbables. Pero, cuidado, Reyes no se ríe de los muy cavilosos (no principalmente). Se ríe de los realistas del arte. Se ríe de que hayan sido puestos en jaque por los muy cavilosos. ¡Mayor la desventura y más honda la envidia! ¿Por qué? Pues porque en los eventos de la vida diaria, de la real existencia del hombre, resulta tan elocuente y bien formada la descripción del fantasioso viaje que en todo su tangible realismo hay pechos calentados y recrujiendo de tectónicos corajes. No hay cómo negarlo sin trenzar cuentos. Mientras, lo ridículo del realismo así autonombrado «del arte», se revela en su fealdad: no es sino misología disfrazada de sabiduría. Absurdo de absurdos, el realista dice olvidarse de las ilusiones y posarse en lo crudo, y para ello tiene que hacer un arduo trabajo de abstracción. Más que muchos se esfuerza negando la realidad. Tarde o temprano esto lo lleva a estacionarse en lo más feo que su imaginación le da para figurarse y proclama que tal condición es la prueba incontestable de verdad; pero por supuesto que para entonces ya hasta a la verdad le agarró suspicacia. Tal niñería Reyes se la toma con regocijo. Lo valioso queda repicando tras la claridad de la risa: el fabricante de volcanes es una maravilla. Que la literatura abre la vida, que la palabra expande el mundo y que afina la vista para ver mejor lo que ya estaba ahí, se percibe con realismo incandescente. Pues prorrumpe lo obvio: si de veras los realistas del arte aprovecharan el símbolo, como les propone Reyes, precisamente por eso «se les caería el teatrito».

Proteófilo Cantejero