El oído del rey

Hace mucho tiempo me contaron que un rey se sienta en el trono para poder dar audiencia y escuchar atentamente lo que deben decirle sus súbditos y consejeros.

Su oído debe estar afinado y dispuesto a escuchar y distinguir lo falso de lo verdadero, toda voz debe llegar a los oídos del rey e incluso debe aprender a guardar silencio para reconocer sus límites y atender a la voz de los dioses.

 Aunque hay reyes que como Agamemnon son engañados mediante los sueños, también los hay quienes buscan la sabiduría que obtienen al escuchar atentos.

La diferencia entre el monarca y el tirano no se encuentra en el solio que ocupan, el tirano también suele estar sentado, pero acostumbra más estar de pie para que su voz suene en toda la sala, de hecho el salón de audiencia deja de ser tal y se convierte en un lugar de prédica.

El monarca escucha, el tirano habla, grita, manotea, acusa, incita a la guerra, aunque no sea justa.

El rey sabio se arrodilla ante Dios, el tirano se considera inmune ante los designios divinos, porque la única voz que oye es la de él mismo.

Quizá nos cueste trabajo distinguir entre reyes sabios y tiranos en tiempos en los que el discurso democrático se impone.

Pero si vemos lo que hacen ambos gobernantes por sus gobernados, la disposición a escuchar o a hablar para ser siempre alabados, y la capacidad para rodearse de consejeros o gente dispuesta a adularlos. Quizá logremos distinguir entre los que se dicen demócratas o liberales a tiranos ocultos, berrinchudos y malvados.

Quizá en tiempos oscuros en los que el discurso parece agotado haya lugar a la palabra que logra iluminarnos algo.

Maigo