Devuelto

Ahora que las abejas habían abandonado el planeta, los seres humanos se vieron en la penosa necesidad de buscar enmendar todos las atrocidades que cometieron a lo largo de la historia en contra de las avispas. Éstas, rencorosas y malintencionadas, tenían su propio plan para el nuevo mundo. El paso uno de su plan de conquista había sido un éxito, ahora, solo era cuestión de tiempo para que ni los humanos, ni las plantas se interpusieran en su camino del dominio global.

Control

Creimos durante tanto tiempo, quizá por ilusos, quizá por necios, que podíamos controlarlo todo.

Pero la realidad es lo que es, y a pesar de nuestros programas e intensiones, nos quitó el control de juguete con el que pensábamos que teníamos el gobierno del mundo.

Nos dejó llorando cual niños sin un juguete preciado y ahora nos obliga a buscar por dónde empezamos para tratar de ordenar el desastre, que por juguetones, hicimos con nuestros pensamientos.

Maigo

Estudiar sin amigos

¿A qué vamos a la escuela? La obvia respuesta es a estudiar, a aprender, a llenarnos de conocimiento. No necesitamos demasiada evidencia para afirmar que en los primeros años de formación escolar apenas si nos importa lo que aprendemos de los maestros. Algunas habilidades las adquirimos de manera mágica para nosotros. ¿Cómo aprendimos a leer?, ¿qué nos permitió percatarnos que podíamos hacer sumas de cifras de más de dos dígitos y multiplicar o dividir elementos sin tener clara la referencia con la realidad? Tal vez adquirir habilidades sea la finalidad principal del aprendizaje en los primeros años, y por ello las clases continúen de manera remota o con estrictas medidas pese a la pandemia. Aunque si lo que más se aprende, o lo que se va desarrollando, es la capacidad de relacionarnos con otras personas, de socializar, la escuela en tiempos del Covid-19 fracasará.

No me refiero a que los niños vayan a socializar a las aulas como lo haría un adulto. No empiezan a comprar contactos que posteriormente les serán de suma utilidad para sus productivas actividades y juegos de poder. Los niños comienzan a experimentar ese gusto de interactuar con sus compañeritos, de jugar con ellos, van empezando a sentir la amistad. Se ríen, platican, comparten intereses, forman grupos, o simplemente pasan el tiempo a lado de personas semejantes a ellos. Muchos estudiantes al dirigirse a sus instituciones educativas ni por asomo se les ocurre que van a adquirir algún tipo de conocimiento, algo que les servirá para su futuro; ellos simplemente van a jugar, a pasarla bien. Estoy lejos de creer que aprender a leer y escribir no sea tan valioso como la amistad misma, pero los amigos vuelven más placentero el leer y el escribir; ver el tráfico con la compañía adecuada es muy agradable. Sin amigos nadie querría ir a la escuela.

Aunque los amigos también podrían fungir como una distracción. La escuela sin amigos, o por vía remota, podría ayudar a que los estudiantes desarrollen ampliamente su concentración, que lean desmedidamente, que investiguen diferentes maneras de explotar su potencial y que contribuyan al progreso social. ¿Para qué lo harían? La escuela en un principio puede ser una obligación molesta. Los alumnos más jóvenes apenas si se percatan que sus clases en algo servirán para su futuro (ni los mismos universitarios saben con claridad para qué están estudiando lo que estudian). Pero tanto los incipientes estudiantes, así como los más avezados, están seguros que, pese a sus obligaciones, quieren disfrutar el paso del tiempo con sus amigos.

Yaddir

22 – El zorro

Hoy comencé con el nuevo trabajo. Si yo fuera de quienes creen en los espíritus del bosque, como dicen que los hay en otras culturas, estaría animado a preguntarme quién y por qué me visitó por la madrugada; y es que saliendo muy temprano, como debo hacer de ahora en adelante, se me cruzó un zorro en la esquina de mi casa. Primero lo confundí con un perro, pero era más delgado de facciones, más grácil de movimientos. Se hizo para atrás sin dejar de mirarme nunca, ni un momento, mientras tomaba algunas migas del piso. Pronto salí de mi error viendo su color anaranjado como arce en otoño y, claro, su rabo peludo con punta blanca. ¿Qué hubiera pensado de creer que era más que un zorro? ¿Sería buen, mal agüero? ¿Sería una visita para probar mi compasión? (Si sí, fallé la prueba: no le di comida al zorro). ¿Sería un mensajero y me habría perdido del anuncio? ¿O tal vez habría sido tan solo un dios fisgón, curioso, mirando a ver qué hacía y dándome el dudoso placer de sentirme muy importante por despertarle la curiosidad a un dios? Ya investigaré quién visita a los mortales disfrazándose de zorro. Ah, porque además tendría que suponer que es disfraz, y que la verdad que esa mirada feroz escondía era una mirada colmada de una inteligencia atroz, imposible de sostener con la mía. No dudo que hubiera podido desbaratarme una pierna de haber querido, eso sí. Pero se mantuvo alerta solamente, atento y pendiente a la vez de su bocado. Y pensándolo bien, no es la primera cosa extraña que me pasa en un trabajo; ¡y sí que los he variado! En el primero conocí a un hombre de abrigo tres tallas pasadas de la suya que leía la suerte en las estrellas, que callaba y escuchaba en el viento los hados del futuro: le dictaban los números correctos de la lotería. Pero se los dictaban confusamente, y los mensajes siderales los revolvían ocultando el verdadero con cientos falsos. Necesitaba por eso toda su atención y a quien lo interrumpiera no lo perdonaba nunca (no me ha perdonado todavía) para poder entender. O para poder ahora sí entender, porque nunca, aún, había podido leer la fortuna sin cometer algún error. Me pregunto si ya hoy entendió lo que el Cielo le dice. También conocí, en otro trabajo, a un muchacho con cabeza y manos de gigante que todas las mañanas aprendía de nuevo lo que iba a haber olvidado para la noche, de discurso confuso y un temperamento de tormenta, cuyas fuerzas necesitaban mantenerse aflojadas por un medicamento. Si lo había tomado, era dócil, risueño y juguetón; si no, podía matar a alguien sin plantearse la duda ni pensar demasiado en qué había hecho. También trabajé una vez para un jefe que era más bien rumor, al que nadie que yo viera veía y de quien nunca se sabía dónde estaba, la mejor actuada incertidumbre cuántica, una energía lejana que incidía de un modo que nadie tenía del todo claro en las vidas de sus empleados, del que se escuchaban muchas cosas, contradictorias en una medida alarmante, y que vivía al son del capricho pidiendo y queriendo y ordenando y requiriendo cuanta cosa le ebullera de la cabeza. Sus demandas se hacían tan lejos, tardaban tanto en llegar, pasaban por tantas personas y cambiaban con tanta frecuencia, que antes que acatarlo hubiera sido más fácil para mí interpretar en las olas que pegan en la costa cómo se movieron las aguas en altamar. Total, pues, que comencé el nuevo trabajo y, fuera de las imágenes, nunca antes en mi vida había visto un zorro. Un zorro de verdad. Zorro, espíritu del bosque, dios disfrazado o portento, supongo que un zorro nunca es solamente un zorro.

Proteófilo Cantejero

Desfiguros

Sergio había logrado robar toda la atención de la fiesta. Sus pasos eran medidos, su ritmo, deliciosamente contagioso. En menos de treinta segundos, todos y cada uno de los presentes, comenzaron a imitarle sin mucho éxito. No cabía duda que si la inspiración pudiera verse, sería muy parecida a lo que estaba aconteciendo en aquella pista de baile. Su presteza era tal, que cualquier ser humano se hubiera maravillado con tanta excelencia. Alguno (si no es que todos) de los presentes llegó a imaginar que aquél baile encantaría a más de un dios, si estuviéramos en tiempos muy antiguos.

Y así lo fue, la belleza de su hacer, no pasó desapercibida a los ojos de los más antiguos, de los más ambiciosos, de los más olvidados, de los más fríos y silenciosos de los dioses. Que no tardaron mucho tiempo en despertar para obligar a toda la humanidad a que les rindiera culto para siempre de aquella hermosa manera.

Pretender la normalidad

Queremos creer que todo es normal, que si no vemos o no oímos nada entonces nada pasará, vivimos entre desconfianzas y confianzas extremas, entre ideas que nos dejan más solos que encerrados en nosotros mismos.

Dejamos que pase el tiempo con la esperanza de que todo vuelva a ser como antes, y al esperar dejamos que la real esperanza de ser salvos se nos escape sin remedio.

Nos hundimos en el silencio, y silentes nos dejamos ir, no nos damos cuenta de que estamos perdidos y esto nos pierde más en el desierto.

Maigo

La escandalosa publicidad

La publicidad es tan importante que hasta nos espían para saber con precisión lo que buscamos. Los vendedores son más conscientes de lo que compramos que nosotros mismos. Con sólo estudiar los hábitos de consumo, saben más de su mercado de lo que muchos saben de sí mismos. ¿Sería exagerado suponer que la publicidad nos da un panorama general sobre la población? Por ejemplo, si hay un anuncio o una campaña escandalosa, que genere una acalorada discusión, ¿eso quiere decir que queremos opinar sobre lo que más alborota nuestros prejuicios?, es decir, ¿queremos demostrar, con un tuit o alguna manifestación virtual, que nuestros prejuicios no son prejuicios sino el modo correcto de entender la interacción humana? O tal vez aún más elemental que esto, ¿queremos manifestar que tenemos la razón simplemente porque así nos da la gana, porque ya sabemos la respuesta a las preguntas que no nos hemos hecho? Lo difícil para los publicistas es saber exactamente qué nervio deben presionar para que su producto se haga viral. En la serie Mad Men se exploran algunos de estos temas sobre los que nunca hay dos equipos claros: religión, aborto, infidelidad, racismo, exhibicionismo. Dado que la serie está ambientada en la década de los sesentas, esos temas apenas si se mencionan. Pero en algunos casos su mención provoca la misma reacción que puede provocar en la actualidad: descuido y alarma. ¿Las reacciones muestran que generalmente no nos importan los temas sino tener una postura?, ¿nos preocupa saber hasta dónde puede llegar la tecnología para convencernos de comprar más? En el futuro ya no sólo sabrán (gracias a las cámaras) quién compra qué, cuánto y la frecuencia con la que lo hace, sino quizá podrían escanearnos (con una aguja o algo mucho más sofisticado) para saber lo que tienen que vendernos.

Yaddir