Violencia en el transporte público

¡Estamos hasta la madre de injusticias! Fue lo que sentí al ver cómo un grupo de pasajeros pateaba a un ladrón (caco, ratero, la rata, afanador) por dos largos minutos en una combi (Minivan, colectivo, transporte público). En ningún momento del video a nadie le roban nada, pero esto se debió a una hábil maniobra del chofer: dos sujetos le hacen la parada a la combi, se sube el que no trae la pistola diciendo “a ver hijos de su puta madre, ya se la saben. Denmen (sic) los teléfonos…”, mientras el otro también lanza amenazas, pero no alcanza a treparse porque en ese momento el conductor acelera. El ladrón, al percatarse que su compañero delictivo no lo respalda, intenta bajarse. Pero el pasajero que está a lado de la puerta lo detiene con su pierna, otros usuarios cercanos lo agarran, lo tiran al suelo y comienzan a propinarle una vehemente zapateada principalmente entre tres personas. Al final aventaron al ladrón ensangrentado, con la ropa rota, al negro asfalto. No hablaron con la policía, pese a que en algún momento se sugiere hablarle a la tira (la ley, los azules, los puercos). Nadie denunció nada.

Esto sucedió en México, específicamente en los límites entre el Estado de México y la Ciudad de México (los dos estados más habitados del territorio mexicano). Para un extranjero, el video podría resultar sorprendente, salvaje, digno de un país tercermundista. Para los mexicanos, la escena alegró las redes sociales. Le pusieron música de fondo de los Avengers, de Dragon Ball, de Bob Esponja, etcétera. Fue un espectáculo, un deleite. Los robos son comunes en cualquier país, pero en países como el vecino sureño de Estados Unidos son más comunes, y en el Estado de México impera el asalto a mano armada y con violencia. El transporte público es el lugar favorito para robar en el referido estado. En menos de cinco minutos dos ladrones podrían hacerse de hasta quince celulares (más dinero) en una Minivan. Si a esto se añade que casi el 95 por ciento de los delitos no se denuncian, y de los que se denuncian sólo la mitad procede, el robo en esa entidad resulta redituable y seguro. Hasta que un grupo de personas (quienes probablemente han sido víctimas en repetidas ocasiones de los asaltos) se toman la justicia por mano propia. La única justicia que, desafortunadamente para algunos, van a obtener.

El asaltante no les robó nada, y según él mismo dijo, sólo lo llevaban de compañía. Sin arma, no puede atacar, sólo puede defenderse con palabras. Pero la ira acumulada, el constante miedo de ser asaltado por un pasajero sospechoso, no acepta pretextos. El problema de un contexto donde la impunidad y la corrupción hurtan hasta las más pequeñas posibilidades de que la ley sea cumplida es que las víctimas se convierten en jueces y ejecutores de su hambre de justicia. En muchas ocasiones esta situación les ha quitado la vida a muchos inocentes. ¿Cuál es el castigo justo o correspondiente a la ley que le tocaría a un posible ladrón? Los pasajeros de la combi, así como los espectadores, supusieron que el vapuleado con toda probabilidad habría robado antes y, lo que es peor, jamás había pisado la cárcel. Vieron en el ladrón la conjunción de los posibles delitos de los que fueron y serían víctimas. Se desquitaron como tal vez no habrían podido hacer ni jamás lo harían. Pero pese al gusto que da desquitarse y la diversión, ¿actuaron justamente?, ¿qué pasaría si al ladrón sí lo habían obligado a robar?, ¿hubiera sido justo o injusto dejar descender al joven que los quería robar?

Yaddir

6 Comentarios

  1. Tus preguntas son muy buenas y válidas.
    De ese ladrón no podemos saber si es alguien como Dimas o como Gestas.
    Y del cansancio de las personas sólo podemos saber que se comparte en muchos sentidos y que el cansancio y el hambre pueden desatar consecuencias políticas terribles.
    Ojalá pudiéramos reflexionar más sobre lo justo antes de simplemente reclamar justicia.

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  2. Es semejante, claro. Aunque seguro el ladrón baleado seguirá sufriendo y nosotros habremos olvidado el escandaloso castigo.
    El caso presente tiene como peculiaridad la participación de casi todos los pasajeros. Luego cómo esto vinculó a los golpistas con quienes han padecido un asalto en el transporte público, se vieron representados y quisieron participar haciendo memes y montajes.
    En ambos casos, me parece, no se aspira más allá del desquite, del impulso momentáneo por castigar al ladrón. Creo que esa es la manera en la que se concibe comúnmente la justicia.

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  3. He leído que muchos celebran el que los usuarios hayan sabido aprovechar el momento. Como si sólo así, por breves lapsos, en ratitos, se pueda tener lo más cercano a un castigo justo.

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  4. Sí, si hubiera sobrevivido así sería, en efecto. Pienso que el foco del caso no es la multitudinaria aspiración al desquite, sino cómo ella nos permite ver la carencia. Al no observarse la ley, no se hace visible la justicia en la vida cotidiana. Su perversión termina en esto, como lo apuntas, en una simulación en la que parece convertirse incluso en ritual este desquite.

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