Palabras en un palacio de arena

Hace tiempo se dijo que no sólo de pan vive el hombre, anulando así la tentación que se tiene frente al hambre, de convertir lo humano en algo bestial, además se añadió que la vida proviene de toda palabra emitida por boca de Dios.

Con esa anulación de la tentación y afirmación del poder creativo de la palabra divina, se indicó durante siglos lo que implica ser hombre. El hombre tiene la cualidad de ser criatura hecha por Dios con la capacidad de elegir entre la mera satisfacción de las necesidades del cuerpo y la satisfacción de necesidades que van más allá, es decir las del espíritu.

El hombre hambriento y sediento que pronunció estas afirmación de lo humano colocó al hombre como un ser con libre albedrío y con la capacidad de mantenerse en pie ante un engañoso abandono por parte de un padre cuidadoso, que ante todo procura el bien de sus criaturas.

Pero, años más tarde, mucho más tarde, después de que el desierto cubriera lo que quedó de las ciudades, se empezó a pretender que con palabras de hombre se podría mantener la vida del hombre.

Todo inició cuando el hombre confundió a la mezquindad con la humildad y se creyó en la posibilidad de evitar el hambre mediante palabras zalameras y melifluas capaces de negar la realidad.

El desierto ocasiona espejismos, y entre espejismos no falta quien niegue que está en un lugar ruinoso y cubierto de arena, incluso llega a decir que se encuentra en un palacio en medio de un oasis.

El calor del desierto llega a ser terrible para quienes sin fe creen más en su palabra que en la existencia de un Dios vivo, el extravío por el calor, les hace pensar que sus palabras dan agua para aplacar la sed propia y la de unos seguidores que se esfuman entre la arena, les hace pensar que son reyes porque se encuentran en las ruinas de lo que pudo ser un palacio.

Y su extravío es peor que la del primer hombre evitando la tentación en el desierto, porque aquel creyó que la creación viene de Dios y no de la boca del hombre; mientras que el segundo sólo acepta lo que dice, aunque por momentos se pierda el espejismo de vista y muestre una seca y desesperanzadora realidad, llena de huesos secos y clamores enterrados.

Es muy triste la suerte del que vive de espejismos, porque así no satisface ni las necesidades espirituales, ya que ha negado al espíritu, ni las necesidades corporales, porque una palabra no creadora es incapaz de hacer que salga agua de las rocas, que lleguen codornices como alimento o que caiga maná del cielo.

Entre castillos de arena, secos y calurosos se pierden las palabras huecas que pretenden ser creadoras, se pierden los ingenuos y se pierde lo que a muchos les pudiera quedar de humano, sería bueno cuidarse de esos palacios de arena en medio de desiertos que quizá antes fueron lagos, pero ¡ay! es tan difícil distinguir entre espejismos que parecemos condenados al extravío

Maigo