23 – La pregunta por la edad

Extraje este pasaje algo destacable de una entrada en el diario que por lo demás describe tediosamente detalles demasiado cotidianos. Ojalá entonces me hubiera centrado en el carácter de Sven antes que en todo lo demás; pero, como dicen, a falta de pan, cemitas.


Que nos preguntemos nuestras edades es un ritual desfondado. Me di cuenta hoy platicando con Sven. Me gustaría escribir sobre ello, pero dudo poder hacer entender que no me refiero a cualquiera de un número de tonterías que suelen creerse hasta cuando uno no las está diciendo; como que tengo escrúpulos de hacer a otros pasar por una situación delicada o que todos somos tan jóvenes como nos venga en gana según el corazón o cosas por el estilo. Pero el punto es que llevo dos días de conocer a Sven y no nos hemos preguntado nuestras edades y de pronto me pareció extraño. No debería. Qué sandez estar acostumbrado a saber qué talla de vida tiene la persona como si nunca saliéramos de la escuela. «¿En qué año vas?». Estoy seguro de que es porque estamos queriendo imaginarnos dónde situar al otro en nuestro esquema de acuerdo al caminito del éxito que está dispuesto para todos nosotros en el mundo del progreso en serie. Queremos verlo, catarlo y pensar que, si a estas alturas está haciendo esto o aquello, entonces sabemos qué clase de persona es. Queremos poder pintarlo de un brochazo. Me retracto: no queremos pensar qué clase de persona es sino en qué lugar está, cuánto es el avance que lleva, dónde en la máquina de la producción en la que nos acurrucamos adormilados a que nos lleve a donde dice que nos lleva. Para que las cosas ocurrieran según mis costumbres Sven tendría que haber querido calar qué tan fregado estoy, teniendo tantos años en tal posición. ¿Extraño que no fuera así? Extraño y triste más bien que eso sea lo que pase siempre, o casi siempre, que decimos que estamos conociendo a alguien. Y si escribo con algo de ácido es porque no me di cuenta antes. Qué desperdicio, ser los únicos vivientes en la Tierra que pueden vivir diferentes tipos de vidas, y empeñarse por empotrarse a una sola. ¡Y además una en donde es tan obvio que ya ni cabemos!

Proteófilo Cantejero

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