27 – El pueblo de la abulia

Hoy tuve noticias de Pano. Alegres, por fortuna.

Entre los extraños lugares en los que he sido yo mismo un extraño, estuve algunos meses viviendo en un pueblo con tan poca imaginación que no puede saberse si la fue perdiendo toda o si más bien no la tuvo nunca. Además, es de gente que se conforma con hacer las cosas bien; lo cual no tiene nada de censurable, pero esconde el problema de modo curioso. Por estar tan acostumbrados a hacerlo todo de un solo modo, y por ver que siempre les sale más o menos como lo esperan, no piensan que sea necesario cambiar nada nunca, ni se les ocurre que pueden vivir mejor de lo que viven. No tienen ganas de hacer nada además de lo que ya hacen. El ejemplo más doloroso, y el que me inspiró escribir de nuevo en mi diario ya por años abandonado, es el de un muchacho que conocí ahí, Pano. Creció triste y llegó a ser un adulto con una notoria debilidad para tomar decisiones por sí mismo. La depresión, ésa que es famosa como si fuera una sola cosa, le fue diagnosticada desde pequeño y se habituó a tenerla como se acostumbra uno a sus gestos faciales. Eso le previno a su alma crecer, como se hacía con los pies de las niñas ricas japonesas hace unos siglos. Todos en ese lugar asumían que la depresión era una cosa que podía equipararse a malformación congénita o a maldición de goeta; o sea, era un golpe de la fatalidad que le había acaecido y nada que hacer. Uno no elige su química cerebral. Así como unos nacieron con poliomielitis, así venía éste afligido de tristeza. Y ¿cómo no se iba a ver él mismo así? Así se vio por mucho. Cuando nos hicimos amigos, le costaba siquiera imaginar que fuera posible actuar del modo que fuera cuando su desamor por los gozos del mundo se le manifestaba. Pienso que su mal es acedia —de los peores males de amores— y se lo dije. Si estaba de buenas, se decía a sí mismo que era por su elección; si no, era algo que le pasaba, que no lo dejaba elegir. Se avergonzaba de no querer hacer nada, pero al mismo tiempo sabía que así era él. Su enfermedad se manifestaba como pereza y falta de ímpetu. «Abulia» lo llamaba. Y miraba esta condición con tal claridad científica que hasta podía él solo recetarse y analizar sus etapas cuando venían las olas sombrías. Pero allí no vivían como en las tierras en las que la gente se juega la vida luchando por garrafas de agua, ni tampoco como en los que las condiciones psicológicas están estigmatizadas y cazadas por paisanos devenidos policías estalinoides. En este lugar eran considerados y suficientemente ilustrados como para no caer en las incompasivas cantaletas que confunden lo aborrecible con lo desdeñable. Por eso digo que hacían las cosas bien, nadie preferiría a esto sed o crueldad. No, aquí había servicios de conversación y ayuda y terapia y consulta y demás, todo gratuito. Hablaban de ello con la normalidad con la que se habla de la calvicie. Pero como «estaba malito», cada vez que sentía la zozobra de sus pesados pensamientos, lo ayudaban a escapar de sí mismo, lo alejaban de enfrentarse con lo que más odiaba. Sabían, como lo habían sabido mucho tiempo, que si no lo cuidaban, podía hacerse daño. Así que hacían lo correcto que habían hecho siempre, la única opción, y lo protegían. En tales condiciones, Pano no había tenido nunca que enfrentarse virtualmente a ninguna dificultad más que a la gigantesca y casi indomable bestia que se lo comía desde dentro apenas había tenido un poco de calma mental para mirarse a sí mismo y observar, con dolorosa nitidez, que no era todas las promesas que habían hecho todos sobre él y su futuro desde que era niño. En este pueblo tenían todo, menos imaginación. Por supuesto, no había quien pensara que lo que le faltaba a este afligido era hacer algo por sí mismo, ¡si había hecho todo bien!: se había ido a checar, tomaba lo que le medicaban, expresaba su condición sin pudores. ¿Cómo le iba a faltar hacer algo por sí mismo? Como me dijo hace mucho mi maestro, maduro es el que tan bien sabe gobernar cuanto obedecer, y ¿no es lo más importante, lo más difícil (y gozoso), aprender a gobernarse y obedecerse a uno mismo?

Alegres noticias, pues. Ojalá con su proyecto pueda infundirle algo de vida a ese pueblo moribundo.

Proteófilo Cantejero

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