29 – La música secreta

Casi al final del cuaderno hay unos rayones: notas, acordes, indicaciones de secciones que cambian de un lugar para otro, cuentas de tiempos y pasos y proporciones harmónicas, y también unas cuántas ideas de instrumentación. Ninguno de ellos es útil ni tampoco legible. Cuando recordaba todavía frescamente a qué se referían los pasé en limpio a otro sitio y en orden; pero rodeando todo esto y también apelmazado en los recovecos en los que la hoja todavía tenía espacio, está colgada una nota del diario que por poco paso por alto.


Hace mucho tiempo que no componía. ¿Y cómo, si no tengo mis cosas? Ésas las dejé allá, en México. Eso me decía cada vez que recordaba con vaguedad. Pero el sábado fui a un concierto celebrando la primera noche de primavera en la sala del museo Miho. Presentó una mujer experta. Tal vez deba ser otra la palabra. Había experiencia, pero especialmente algo más; una comprensión de la experiencia, una comunicación entre mundo y cosa viva. Busqué en el diccionario mundanear para escribirlo y vengo a enterarme de que es peyorativo. ¡Ahora es cuestión de lujo atender las cosas el mundo! Bueno, pues ella, con sabiduría exhalada tocó una música extrañísima. Nada que hubiera escuchado antes se le parecía. Sorprendente, cautivadora, amenazante y honda, honda como la inteligencia. De pronto notaba una repetición, o creía haberla notado, pero se escapaba entre sonidos tan inesperados que me hacían dudar. Era apenas suficiente para presentir una forma, pero no se la podía asir. La tensión de los lamentos y la dulzura daban apenas para su reconocimiento cuando se perdían en silbidos rasposos, innaturales. Evocaba miradas de criaturas, negruras de lagos, incógnitas boscosas. Era hermosa y feroz. Despertaba algo en mí como un vértigo al filo de un acantilado. Siempre ocurría así: ni bien me parecía haberme afinado a la melodía, se disipaba, perfecta mímesis del despertar de un sueño divino. No de un sueño cualquiera, porque eso es lo que pienso que estaba pasando: la música mostraba, o más bien señalaba lejos hacia lo sagrado. El mundo se abría, o más bien, se revelaba abierto. Al silencio del shakuhachi toda la gente dejó un ceremonioso lugar para que recobrara la vida su ímpetu, para que volviera de allá a donde nos fue a llevar un arte casi olvidado. Todos supimos que había que esperar antes de aplaudir. La artista presentó una pieza más. Es imposible para mí saber cuánto tiempo duraron, o siquiera cuál lo hizo más. Tal vez ni siquiera sea justo pensar que de hecho duraron. Fueron como ensimismamientos en los que estuvimos todos y todo estaba ahí con nosotros.

Al final encontré a alguien que me entendió un poquito y me explicó (porque fui sin saber a qué me metía, he de confesar) que estas piezas son tradicionalmente «secretas», solamente enseñadas oralmente a alguien elegido por un maestro con quien ha estado por años y años. Yo sabía que había habido música así —algunas piezas de música de la India, por ejemplo, que no fueron escritas antes porque quienes las conocían y las transmitían oralmente se negaban al engaño que suponían inevitable en la letra— pero no sabía que aún existía tal costumbre. ¿Y cómo me iba a enterar, fuera de una feliz casualidad como ésta? Si yo creía que componía cuando escribía las notas en la computadora. Desde ese fin de semana lo retomé aunque intuyo que no es por pura voluntad propia.

Proteófilo Cantejero

Ruidos

Todos sabemos lo que el aleteo de una mariposa puede causar, ya saben, su efecto puede ser devastdor. Lamentablemente ni los teólogos ni los cientificos tuvieron la más mínima duda antes de morir, de que habían enfocado su atención en el animal equivocado.

Y es que después de que un millar de cuervos pasaran 14 horas graznando y aleteando al unisono. No era de extrañarse que el fin del mundo estuviera más que declarado.

Los que nos quedamos

Distinta es la suerte de los que nos quedamos en el tiempo, olvidados de todos y de todo, algunos consideran que es triste porque no jalamos para el mismo sitio, porque no vemos el mundo como lo ven los demás.

Yo creo que los demás, los que sí partieron lo hicieron deslumbrados por la luz que estaba lampareandoles los ojos desde hace tiempo.

Los demás decidimos quedarnos, bueno, no todos, algunos no alcanzaron a subirse al último tren hacia la luz… esa luz que dejaba ciegos a bastantes y que los hacía agachar la cerviz con tanta frecuencia.

Muchos se lamentan de que no pudieron subir al tren, dicen que era muy rápido, otros agradecemos no estar con la mirada gacha observando esa luz rápida, deslumbrante y tan llena de productividades.

La suerte de los que nos quedamos es diferente, no necesariamente mala, batallamos sí porque no nos resulta tan cómodo encontrar lo que necesitamos, pero quíen no batalla en este mundo.

Se puede decir que me está gustando esa mala suerte de los que nos quedamos resagados ante la velocidad del tren, quizá porque a veces cuando llega a haber una noche despejada veo las estrellas y me doy cuenta de que no hay tanta diferencia entre los que se fueron y los que nos quedamos.

Quizá la única diferencia radica en la dirección que tiene nuestra mirada, supongo que los afortunados en realidad son los que pueden voltear hacia donde quieren, pero eso es imposible estando dentro de esta cueva obscura, a la que a veces llegan chispazos de eternidad.

Maigo.

El diálogo en la oficina

Trabajar en una oficina es querer contradecirse. Se entroniza el diálogo, pero las voluntades particulares (los yoes trajeados) gustan de imponer sus deseos; se alaba la empatía, pero cuando se le pregunta a alguien “¿cómo estás?” sólo queremos que nos responda “bien”. Se busca el éxito personal, pero se trabaja en equipo. Se cree que algo del lugar es propio, pero el puesto es temporal. Se quiere resolver cualquier problema de manera racional (sólo con palabras y suponiendo que el otro está totalmente dispuesto a ser buen compañero).  

Pero la oficina no modifica el alma de sus oficinistas, son los oficinistas los que le dan alma a la oficina y entre sí se forman en ese tipo de persona. La naturaleza humana ya es contradictoria. Lo mismo se toma una decisión por los mejores motivos, como por los peores, buscando a veces evitar lo peor y a veces querer lo mejor, respectivamente. Pocas personas son tan congruentes como para no cambiarles constantemente de adjetivos. Decir algo general sobre las personas es casi imposible, y cuando puede decirse, resulta de poca ayuda para entenderlas. Que el amor sea una serie de químicos relacionados complejamente en el cerebro, no nos ayuda a evitar actuar como tontos, locos, inspirados o una mezcla de las tres cuando nos enamoramos. El neurólogo más sagaz no podrá evitar enamorarse de una persona a la que jamás pensó siquiera voltear a ver en una calle. Podemos desear algo hasta la locura y al momento de obtenerlo comenzar a aborrecerlo. Podemos odiar y amar a la misma persona.

Una mujer odiaba profundamente a un hombre. Él le dijo que quería verla en la noche. Ella sabía que si lo veía, perdería la calma, comenzaría a actuar como una loca. Él tenía el poder de llevarla a la locura cuando quisiera; ella podía hacer que él jamás dejara de pensar en ella. Ambos sabían que si se veían, si cometían el error de encontrarse, no sabrían de lo que serían capaces. Ninguno de los dos quería verse. Ella y él querían verse.

Es falso que las contradicciones nos definan. Pero bajo tanta aparente contradicción, solemos tomar decisiones motivados por algo misterioso, a veces le damos una explicación, en muchas ocasiones la tiene, pero en las más importantes, en las más problemáticas, la explicación es insuficiente o incompleta. No encuentro otro motivo para ello que el percatarme lo poco que nos conocemos a nosotros mismos. Ignoramos por qué odiamos tanto el trabajo de oficina y seguimos haciéndolo.

Yaddir

Progresando hacia la nada

Sin Dios, sin razón y sin nada más que hacer, o decir, nos pasamos el tiempo y la vida siendo provechosos, productivos y útiles, algunos se la pasan siendo ejemplos de moralidad y virtud, o al menos en lo que creen.

En ser útiles nos acabamos, en ser únicos nos uniformamos y en pensar que tenemos tiempo nos perdemos, así como muchos juegan a hacer las cosas que deben cuando sólo dicen discursos de autoelogio y alabanza

<p value="<amp-fit-text layout="fixed-height" min-font-size="6" max-font-size="72" height="80">Y así llevamos años sin notar lo acabados que ya estamos, la nada hacia la que vamos y el vacío en el que navegamos para perdernos en la inmensidadY así llevamos años sin notar lo acabados que ya estamos, la nada hacia la que vamos y el vacío en el que navegamos para perdernos en la inmensidad

Maigo

Adicción al enojo

Entre la alegría y el enojo preferimos el enojo. Preferimos enojarnos con un extraño en redes sociales que ser felices con las personas que queremos. Estamos prefiriendo lanzarnos a los contenidos de internet que estar con alguien. De alguna manera nos preferiremos perdiendo el tiempo que compartiéndolo con alguien más.

Nos gusta ese modo raro de aprobación que es el convencimiento a las multitudes. Viéndolo más allá de la superficie, nos gusta creer que lo que decimos es sagaz, inteligente e ingenioso porque parece convencer a muchos. Nos interesa que estén de acuerdo con nuestras opiniones nuestros amigos virtuales más de lo que sabemos de ellos. ¿Será buena persona quién dijo que tenía toda la razón en el meme que recién puse en mi muro?, ¿cómo habrá llegado a la misma conclusión? Poco importan los detalles cuando el resultado nos gusta. Nos gusta gustar a los demás porque eso, creemos, es ser de buen gusto.

Sabemos que nos enojaremos si nuestra opinión es rechazada aunque sea por una sola persona. Ese no es impedimento para buscar que los demás piensen que poseemos el conocimiento del bien absoluto. Este es precisamente el inicio de nuestra finalidad en la vida. Sabemos que nos enojaremos por no moldear el cerebro de los otros, pero persistimos en permanecer en redes. Pasamos horas seguidas educando a las masas. Alargamos largas cadenas de comentarios para asfixiarnos con los eslabones. Nada ni nadie cambian si pasamos una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete u ocho horas en una misma discusión. Seguimos siendo los mismos dogmáticos, quienes intentan incendiar a quienes comentan el dogma totalmente contrario, de esos dogmas del pasado, que por ser del pasado no tienen razón, están totalmente equivocados aunque podrían ser verdaderos, pero son dogmas débiles porque casi nadie los comparten o porque no coinciden con lo que creemos que pensamos. ¿Cómo romper las cadenas de los dogmas propios y extraños?, ¿todo dogma es perjudicial o sólo lo es el dogma que está en contra del dogma de la mayoría de las personas?, ¿y si precisamente ese, el dogma de la minoría, es el dogma que no perjudica, y que, con un atento y minucioso examen, resulta no ser un dogma cualquiera sino algo así como la verdad? Las respuestas a estas preguntas involucran muchas más preguntas, involucran nuestra vida misma. En claro vemos que no podemos seguir creyendo que hacer el bien consiste en violentamente querer convencer a una mayoría, en que con las redes, de manera furibunda y alocada, podremos hacer un cambio crucial y decisivo. Pocas veces lo que se escribe coincide e incide con la realidad. Nadie es tan inteligente ni tan tonto como para educarse con un tuit.

Yaddir