Pan y sangre

Un torrente de palabras y facundia ha sido de muchos la muerte
y ha habido quien se pierde
confiado de la fuerza de sus admirables brazos.

El interés público está, si no en otra cosa, en el discurso. Si sí en otra cosa, está predominante y vistosamente en el discurso. El interés público late en la conversación, descansa en el intercambio. Va y viene entre los dichos de las opiniones convidadas en privado y las expuestas en público. Las mentes que dialogan en una sociedad son la sociedad, fundamentalmente por el hecho de que dialogan. Esto es lo mismo que decir que la reunión de gente en una sociedad política es diferente del agregado de cuerpos, aunque estén muchos muy juntos (como en las horas pico del transporte público), por la palabra: en ella se luce el bien común. No ha habido ni parece que pueda haber otra cosa igual por la que las personas podamos vivir juntas como lo hacemos (por lo menos, como lo intentamos). Lo que más nos importa se descubre hablando, o así es como se comparte descubierto. No hay amistades que se den por la sola contigüidad, lo mismo que no hay política por ósmosis. En el discurso público, por eso, está el interés público.

Aún así, veo que se le deja mangonear como si fuera poca cosa. La administración del Estado (tan lejos de gobernar que ni cuenta se da de lo lejos que está el «gobierno» de este título que ella sola se pone) tiene intereses asentados en el poder: en su adquisición, en su ejercicio, en su conservación y en su expansión. Y esto ni es sorpresa ni es prerrogativa del actual régimen ni nada parecido: ha sido así desde tiempos sin cuenta y en todas partes. (Ni siquiera he mencionado de qué país estoy hablando por más que seguramente lo has supuesto ya, lector). Que la administración esté preocupada por el negocio del poder significa que difícilmente coincidirá su interés con el interés público. Las más de las veces, se tratará de alcanzar la ambición privada mientras se simula su trascendencia para la sociedad; no por pura maldad, sino porque es más fácil perseguirla de este modo (y muy difícil es mostrar por qué estas persecuciones son en realidad más perjudiciales que benéficas para todos los involucrados). Hay, además, más que un solo funcionario o grupo de ellos, de modo que no es apropiado reducirlos a una figura única de poder. Eso añade aun más importancia al diálogo social, porque en el discurso público debe fomentarse alguna alerta, alguna precaución: hay que ser cuidadosos con lo que se dice para evitar que la mentira sofoque la palabra compartida. Insisto, veo que se le deja mangonear. Y no es poca cosa. En nuestro discurso está la convivencia. Pero esta semana uno es el escándalo y a la siguiente la noticia es otro. Algunos se lanzan a la nueva polémica como palomas al pan, otros ya huelen la siguiente como los tiburones la sangre. En unos meses, ni recuento hay ya de lo hablado y sólo queda una confusión, una desagradable sensación cruda de haber estado muy comprometido… quién sabe ya con qué. Podrán ser muy enriquecedores, interesantes, reveladores, lo que sea, los temas con que la administración riega la airada plaza, y no hay duda de que podrá hablarse seriamente de ellos; pero es insensato suponer que no es parte importante del ejercicio del poder esa selección de asuntos con su consecuente polarización; es una barbaridad delegar la responsabilidad de la palabra en común a los proyectos privados (¡y ajenos, además!); es peligroso no hacer consciencia sobre la diferencia entre lo relevante y lo trivial; es imprudente, por último, abrevar en esas aguas sin por lo menos hacer consciencia de la posibilidad por las preguntas: «¿es esto lo que de verdad nos interesa? ¿Por qué?».

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El pueblo sumergido

Se dice que en Xilpatlilco las lágrimas no se ven. El 9 de agosto de 1966, Xilpatlilco de San Onofre fue voluntariamente inundado. Tal vez no deba tomarse eso con literalidad. La voluntad no fue la de los lugareños, ni precisamente de los causantes, tampoco. Es más, hasta podría decirse que al pueblo se lo chupó el agua por casualidad, por mala suerte, como «daño colateral», o algo así. Éste fue un típico pueblo mexicano, alguna vez cuna de un estilo de mariachi muy percusivo sin metales, y del mixiote más rico en 20 kilómetros a la redonda. Más famosa que por todo eso debía haberlo sido por la extraordinaria indiferencia de su gente para cuidarse de los acontecimientos circundantes; y hablando de fama, ahora la ganaría por sus adornos de algas y sargazos si hubiera quien corriera el rumor. No hay. Una guerra politiquera cundía desde entonces: una de ésas que mata de hambre al ya de por sí famélico estado desde hace más de 50 años y que produce discursos esperanzadores como producen lama los tinacos. Se batían dos grupos de profesionales de la rapiña cuyos nombres hoy ya no sirven ni para calles del despoblado. Reñían que por si «la planta» se cerraba o no, que si «el programa Fuerza Social» entraba en vigor en serio o se moría de anemia, que si la gente del sindicato movía más o mucho más…, etcétera; la cosa es que varias jugadas de hábil administración convencieron de cambiar pueblo por presa a un funcionario que en ese instante tenía en sus manos la posibilidad de hacerlo, y así fue como se firmó la institucionalizada inundación para Xilpatlilco de San Onofre con miras a una presa que, abandonada más tarde, ahora no es sino un lago. Malo fue que nadie les avisó cuando pasó.

Lo sorprendente en realidad no es la falta burocrática cuyos vericuetos soporíferos dejaron a los habitantes desinformados del torrente que venía, sino la calma con la que los xilpatlilquenses se lo tomaron cuando empezaron a caer los manguerazos. Habrían podido avisarles que ya había subido la tarifa del transporte público y se habrían preocupado lo mismo. Un día vivían entre el trabajo y las fiestas de los santos, al siguiente ya estaban tapados por litros sobre litros de agua. Casi sesenta años después, durante una transferencia rutinaria de archivos de un formato a otro nuevo (para que el nuevo programa pudiera leerlos antes de que llegara el programa más nuevo) el licenciado Fósforo Rincón se encontró el acta de todo el procedimiento. Él era un funcionario típico mexicano, y como es muy típico, tenía una que otra sorpresa escondida. ¡Qué suerte! Resultaba que además de licenciado, Fósforo era un buzo aficionado bastante capaz. ¡Qué curiosidad! ¿Estaría todavía la iglesia al centro del pueblo? ¿Se notarían las calles trazadas con sus nombres en las esquinas de los edificios? ¿Habría signos de los niños que jugaron en el parque, con bancos de peces paseándose entre los columpios oxidados, anguilas deslizándose donde alguna vez se jugó futbol y mantarrayas bajando y subiendo en torno a los subeibajas? ¡Qué ambición! Si su expedición salía bien (por supuesto que ya estaba planeando la expedición), podría salir de ahí con cualquier cantidad de tesoros y baratijas que de todos modos ya no estarían usando los xilpatlilquenses más que para hacer bulto entre las corrientes.

En tan poco tiempo que no hubo ni para sacar la cuenta, lámpara a la frente, aletas a los pies, tanque lleno con oxígeno, Fósforo estaba puesto ya para hundirse en el pueblo al fondo del lago. El clavado tronó como latigazo en la lluvia. La señora Caraspina fue la primera en ahogarse del puro susto. Le siguieron los hermanos Abadejo y luego un pastor borracho al que le decían «El Tobo». Pudo haber sido peor. Y es que cualquiera se espantaría a morir si de pronto viera deslizarse suavemente por los aires a un buzo, con todo y las burbujas enfrente de los gogles, pataleando hacia uno cuando uno no está haciendo más que estar como se ha estado toda la vida, ocupado de sus propios asuntos. Pobres: apenas se daban cuenta de que habían estado viviendo bajo el agua, terminaba con ellos la urgencia por llenarse la boca de aire. El funcionario no daba crédito a lo que había hallado, pero no empezaba todavía a entenderlo cuando, muy a tiempo, se dio cuenta el alcalde de Xilpatlilco de San Onofre, don Memo, de lo que pasaba (su nombre completo era Nicanor Amnemo de Jesús Torres Gálvez). Ya había sido más que bastante de tragedia. Don Memo invitó al licenciado a una cena en su casa, a una cuadra de la iglesia y éste, educado en lubricología de influencias por sus años de servicio al gobierno (ora de unos, ora de otros), aceptó de inmediato. Al día siguiente fueron los funerales, y se dijo que una plaga había enfermado a los ahora difuntos. Se les lloró como se debe y no se indagó más. Y ahí todavía descansan hoy los cuerpos de Caraspina, los hermanos Abadejo, el Tobo, y el nunca suficientemente ducho Fósforo Rincón.

Sacrificio por la ciencia

Anyway, they say she comes on a pale horse,
But I’m sure I hear a train.
–Genesis.

El antropólogo se sentó a suficiente distancia. Su asombro era sobrehumano. Su mirada aventajada le permitía observar el ritual y escribir los detalles en su cuaderno mientras todo se desenvolvía con naturalidad. Haber renunciado por meses a la comodidad de la tecnocracia valía tan sólo por ese momento. La aparente contradicción entre lo desarrollados y alejados de la civilización que eran estos nativos le producía algo más que fascinación. De vez en cuando algún aborigen lo miraba a la cara y el antropólogo no podía evitar sonreírle. No olvidaba que haber sido invitado al sacrificio era un privilegio, un lujo. Por supuesto que estaba agradecido. Ellos no sonreían de vuelta, pero no porque desconocieran el agradecimiento, sino muy probablemente por una diferencia cultural fácil de explicar. Una nota más al cuaderno. Las hojas onduladas, pesadas ya por la tinta, contenían interesantísimas observaciones proporcionales a esta interesantísima comunidad. «Viven tan cerca de la naturaleza que…» empezaba el primero de los párrafos sorprendidos que había escrito; pero semanas después había dejado las generalidades y se había adentrado en las complicadas relaciones familiares de los lugareños, en la vastedad y hermosura de sus mausoleos, en su extraña interpretación de mapas de la voluntad de los dioses en artefactos labrados para casi toda actividad, en su cuidada y avanzada técnica para fabricar herramientas resistentes al tiempo y a la torpeza, en su visión jerárquica minuciosamente organizada con todos los seres del universo, en la calidad de sus armas cuyos filos perpetuos eran tan asombrosos que primero arrancaban el habla, etcétera.

Las páginas de esa noche, sin embargo, pintaron un retrato distinto. El antropólogo había empezado como tantas otras veces: con su estudiada combinación de rigor científico en su labor y respeto humanista a sus anfitriones; pero el ritmo de la danza y el sonido entusiasmado de las flautas parecían haber despertado algo en la selva. Algo que no se había mostrado antes, pero que se sentía como si hubiera estado siempre ahí. Se sospechaba su inmensurabilidad, su indiferencia fértil, su mudez infinita. Alguien más se revolvía en el humo, transido de estupor. Y con ello, algo en todos había estado cambiando. Ningún humor se quedó quieto. Llegó el momento en que el documento y sus cientos de datos se volvieron irrelevantes. Era clarísimo: todo este tiempo el antropólogo había pensado que se mantenía afuera mirando el espectáculo, sin percatarse de que en ese sitio no había paredes ni umbrales ni puertas. Había sido una grave equivocación. Se dio cuenta de que sus palabras eran como aullidos, su lengua era inútil. La palabra «ritual» no significaba nada ni podía pronunciarse ya. Ahora, con la colosal luna mirándolo todo, participaba al fin. No importaría la edad del mundo, seguiría siendo verdad que participó. Y nunca volvió. No habría habido manera de hacerlo, de todas formas. En la obscuridad de esa selva le robaron el corazón.

Intento de completar «tan bella gacela»

 

A principios de este mes, Námaste Heptákis lanzó el reto de terminar el incompleto ghazel que, según nos cuenta su sospecha, compuso la más famosa de las ya desconocidas pérfidas de Córdoba. Aquí comparto mi respuesta a su reto:

 

Moriré esperando la dicha
de celar a las rosas contigo,
recorrer el jardín como amigos
perfumando las flores sin prisa.

Nuestra luna sería el testigo
de los besos, abrazos y risas;
y en tus brazos mi vida, clarita,
rubicunda se haría con su abrigo.

Mi suspiro engañado imagina
que pasea disuelto en el tuyo
escondido por esa divina

ilusión con que tú y yo quisimos
burlar la mirada de inquina;
o quise: hoy soy, ayer fuimos.

 

الغزال

La moralidad de autor

Que si tal señor no tiene autoridad moral para acusar a Fulano de que no sé qué; que si tal señora menos porque antes hizo no sé cuánto; que si este grupo o más bien aquél cree tener autoridad moral y por eso se vale que digan o hagan… etcétera. Tal logorrea, que últimamente fluye a caudales, haría pensar que en el fuero público es clarísimo lo que quiere decir la autoridad moral. ¿Lo es? Del uso hasta un niño entiende que debe de tratarse de alguna clase de permiso especial, como un documento que avala la facultad legal de uno para andar de criticón con todo mundo. «¿Quiere usted acusar a alguien más de una injusticia, una falta a la ley, un atropello a los derechos, o quizá un visaje que de algún nebuloso modo hiere sus muy particulares susceptibilidades? Pues mire, antes de que haga el ridículo, necesita ir a tramitar su autoridad moral, ahí en cualquier módulo de probidad del gobierno con el primer asesor competente que encuentre. Éste le leerá su currículo de conducta en escuela y trabajo, revisará sus redes sociales en busca de exabruptos o faltas a la noble sensibilidad de los siempre buenos, y le tomará una muestra de sangre». Pero si de eso se tratara y la credencial del club se sacara habiéndose conducido según tales o cuales estándares por encima (o por debajo) de lo criticable, estaría equiparándose la autoridad al báculo regente del poder censor y moralidad vendría a ser la fuerza de los timagogos ejercida sobre el pueblo acrítico. Pero la experiencia más básica con alguien al que le reconozcamos autoridad debe bastar para sospechar de este manoseo de las palabras.

El uso más viejo que encontré de la frase «autoridad moral» aparece en las lecciones Los problemas del socialismo que dio Nicomedes-Pastor Díaz Corbelle en el Ateneo de Madrid en 1848. La usa en la última de 16 sesiones, epilogando los argumentos con los que proclama que ninguna organización política que se base en la defensa de algún interés puede resolver los principales problemas a los que se enfrentan las sociedades humanas. Fue ahí donde el académico dijo que la política interesada puede ser tan sólo de tres tipos: retrógrada, revolucionaria o ecléctica; que la primera «no comprende el pasado puesto que quiere volver a él», cosa imposible, y por eso «mal puede comprender lo presente»; que la segunda «quiere aniquilar el presente en nombre del progreso. Para adquirirlo todo nuevo, quiere quedarse sin nada»; y que la tercera «lo teme todo, fluctúa entre todos, de todos toma, de todos acepta, contra todos protesta, y de todos reniega. Proclama la tutela social, y sólo cuida de las formas políticas. Invoca la autoridad moral, y no organiza más que la fuerza física. Afecta preocuparse de la riqueza pública, y sólo atiende a la cobranza del impuesto. Se impone como un deber la protección de la industria, y empieza por encarecer todos los productos, cuando no por monopolizar las primeras materias. Hace alta y ostentosa profesión de fe, y no cree en nada»1. Al aparecer aquí opuesta a la fuerza física, queda la impresión de que la autoridad moral es otra clase de fuerza o de poder. Suena como la del poder del justo, que el injusto muchas veces falsifica con pantallas y fachadas espectaculares: organiza la fuerza física mientras invoca la autoridad moral. ¿Equivale esto a que neguemos al injusto la legitimidad de su crítica, incluso si está justamente expresada? Podría ser, si se sigue pensando la autoridad como potestad para deliberar exclusiva del que es superior. Pero con una idea así, ¿a qué orgulloso demócrata no se le revuelve el igualitario estómago?

Rodó, medio siglo después en su Ariel, parece pensar no en una contraposición, sino en complementariedad en el poder: presenta a la autoridad moral como la única fuerza capaz de evitar la degradación de la democracia. «Abandonada a sí misma, –sin la constante rectificación de una activa autoridad moral que la depure y encauce sus tendencias en el sentido de la dignificación de la vida–, la democracia extinguirá gradualmente toda idea de superioridad que no se traduzca en una mayor y más osada aptitud para las luchas del interés, que son entonces la forma más innoble de las brutalidades de la fuerza»2. Ahora la idea parecería ser que la autoridad moral es una fuerza subordinada a la física, cuya función es la rectificación del poder. Una clase de amortiguador de la barbarie, un afinador para que el regidor rugidor practique su solfeo. Una dupla parecida había sido publicada antes, en 1853 a la pluma de Miguel Luis Amunátegui para descalificar a la dictadura: «Un gobierno que carece de autoridad moral y de fuerza material, no puede hacerse respetar» y a la de Juan Crisóstomo Falcón seis años después: «Para hoy la revolución [la Revolución de Marzo] tiene toda su fuerza material; yo creo traerle el complemento de su autoridad moral». No era fácil concluir que las líneas de Díaz Corbelle significarían que la fuerza física no puede ser moral; sin embargo, sí podría decirse de estos últimos tres ejemplos. En todo caso, ya que el poder es el de la conquista de quien tiene las armas más letales, el de la bota marcial que amenaza con la muerte al insubordinado (cuyas botas están más viejas y amoladas), se discute si además hay otra forma del poder de la que nazca el respeto. Una que, presumiblemente, cuide la dignidad. ¿Y ésa será autoridad entonces?

Aunque aquél de 1848 sea el uso más viejo que encontré de la frase, no es la idea más antigua; Mariano Roca de Togores dice: «Su brazo [el de Carlomagno], además, elevándose a más altas regiones, dividió y consolidó a la vez y para siempre el imperio y el sacerdocio; es decir, la autoridad civil, libre como el humano albedrío a quien sirve; y la autoridad moral, soberana como la Divinidad a quien adora»3, 4. Y yéndonos todavía más atrás, aunque no sea nombrada como «autoridad moral», el problema del reconocimiento de La Ley y su relación con las instituciones convencionales es probablemente tan antiguo como el habla. Ya podríamos discutirlo desde Mateo 22, 21: «Den a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios», o el inicio de Las Leyes de Platón: «¿A un dios o a los hombres, extranjeros, toman ustedes como causa de haber ordenado las leyes?». Es en la tradición de esa honda y perenne discusión que la idea de la autoridad moral aparece como si fuera una institución. Ésta que Carlomagno distinguió; o más bien aquélla, como reconocimiento público, el que Falcón se autoconfirió y que Amunátegui le negó a la dictadura del capitán O’Higgins5. Ambas tienen espacio para que imaginemos el uso farolero del ofuscado mexicano contemporáneo y «la crueldad del cristalino matadero que se nos ha vuelto la moral», con gran preocupación por administrar el derecho a la opinión. (Que haya espacio no quiere decir que no tenga uno que apretar la noción un poquito para que entre: parece ser consecuencia ya no natural, como los brotes de los árboles, sino más bien exagerada, como los brotes de viruela). En la Wikipedia, el artículo en español de Autoridad moral es una traducción directa de uno inglés sobre Moral high ground, expresión preferida por los angloparlantes en situaciones precisamente como las que pensábamos al principio, en las querellas sobre si se vale o no amonestar, aconsejar o criticar. La traducción viene de ahí, con todo y que en esa enciclopedia en inglés existe también el artículo sobre Moral authority6. La diferencia es curiosa: el primer artículo se refiere a la respetabilidad que ostenta una persona o institución cuando tiene reputación de conducirse según estándares «universalmente» reconocidos como justos o buenos. El segundo se refiere a la autoridad que ejerce una persona o institución por su reconocimiento de verdades fundamentales de la vida humana que se erigen independientemente de la ley escrita. Sólo en este segundo sentido se ejemplifica con un poder político: el de la iglesia, como fue ostentado (o detentado, según a quien se le pregunte), durante siglos anteriores en buena parte del mundo.

Presumiblemente todo descansa, pues, en que se reconozca el poder. Si el acuerdo público es que hay una regencia eterna que convive con una regencia mutable de costumbres, resulta una cosa. Otra, si este acuerdo aboga más bien por una base única de la autoridad en una avasalladora reputación aprobatoria, aunque relativa al momento social y dada a cambiar con el tiempo. Pero entonces ¿qué puede querer decir alguien como Pablo cuando escribe que «no hay autoridad sino desde Dios»?7. No puede haber ignorado que muchos que dominan por la fuerza son profanos. Si no muchas otras cosas (que seguro sí), por lo menos parece significar que no es lo mismo tener autoridad que blandir el poder. Los habría entonces, que podrán ser reyes de reyes y pastores de hombres, como Agamemnón, pero por más berrinche que hagan no tendrán más autoridad que la que confiere uno de nuestros millones de títulos universitarios (bien o mal habidos). San Agustín parece pensar que si algo es injusto, no puede ser ley, y Santo Tomás coincide, diciendo que las instituciones injustamente erigidas, si acaso tienen autoridad, es en la misma medida en que ésta es reconocida como tal, por su disposición para la perfección humana8. Juan Donoso Cortés llamó «autoridad religiosa» a la que por derivar de la verdad de Dios se distinguía de la civil, reconocida por convención, y observando la relación de ambas en un régimen es posible comprender mejor sus leyes. Aquí la autoridad se ocupa necesariamente del bien, y por ello no puede sino ser moral. Hay muchos, pues, que al escuchar la expresión «autoridad moral» preguntarían: «¿pues a poco hay de otras?».

Si la justicia no está en la fuerza del tirano ni en el dominio del emperador, cabe pensar que tal vez no sea la autoridad moral otro poder o una fuerza. Todos estos caminos quizá se desprendan de preguntarnos si renunciar al poder es digno o indigno del ser humano. La palabra autoridad está etimológicamente emparentada con el término aumentar (así como con muchos otros, por ejemplos: auge, augur, y augusto). Ambos vienen de augere, que es aumentar, promover, hacer crecer, prosperar o progresar9. Una idea verosímil es que el autor, según el pedigrí del término, sea quien puede hacer que otro crezca, que prospere, que se vuelva mejor. ¿Y puede lograr esto quien pretende dominar al otro? El maestro de a de veras, por ejemplo, tiene a su cuidado a los jóvenes y por su disciplina éstos se nutren de todo lo bueno que pueda darles. No los hace crecer por accidente, los lleva por el camino correcto. Lo que él dice merece ser escuchado: es autoridad. Igualmente los padres, que son autoridad para los hijos. Y si queremos complacernos todavía más imaginando estas cosas tan satisfactorias, los buenos amigos constantemente se alimentan del consejo. Se diría con propiedad que una persona, institución o incluso gobierno, tiene autoridad por su capacidad para fomentar la convivencia, cuidar el bien común, hacer verdadera política. Autoridad moral será el ejemplo digno de emular. Muy lejos de la cédula del comité cuentapecados. En sus raíces, entonces, tiene sentido pensar que hay bien en la autoridad, que se le practica con justicia, que no se confiere por reconocimiento como las medallas de los caballeros de la orden británica, sino más bien al revés: el que ve bien es capaz de reconocerla allí donde está (y el miope está amolado). Esto no quiere decir que el uso haya sido muy apegado a esto en el pasado. El ejercicio del poder lleva fácilmente a la voz que nombra autoridad al que ha sido públicamente reconocido, capacitado, potestado, o facultado para hacer algo que la mayoría no. Así también desde Roma se presentó la ambigüedad con la auctoritas patrum en el senado, que recuerda a la autoridad del padre pero ejerce el poder como potestad del cargo público; y en griego exousía10 podía querer decir autoridad, poder, ministerio o también el adjetivo desposeído, desheredado. Primero, pensaría uno, aunque no nos haga mejores, vemos que Mengano es el mejor o el único calificado: es autoridad en la construcción de trirremes y fragatas, o en el aprecio numismático, o en la decodificación del dialecto abogadil; pero segundo, pasa más bien que su compadre lo puso en ese cargo y ya. Quien trate de hacer lo que sólo a él le corresponde, lo hará ilegítimamente y más le vale persignarse. Y esto ha sido desde que el español es español, como cuando Vicente Fernández –no el cantante tapatío, sino un escribano en 1356–, registró que si él registra lo que registra, es porque tiene permiso expreso para registrarlo: «por la licencia y autoridad que el alcalde me dio»11. Esto acaba por provocar cierto gusto por el poder del alcalde y de todos los de su estirpe, cierta soberbia que no hincha nomás al que agita la batuta, sino a los que le siguen la corriente. La envidia hace perfecto maridaje con el deseo de tener más poder que el que se tiene. Sin la guía de la autoridad, el deseo se desboca. Deseable es que si un potentado vanidoso no nos va a ayudar a crecer, por lo menos que no nos friegue; pero la experiencia de la vida política defrauda esa esperanza: en todas partes y en todos tiempos ha sido riguroso y esforzado el intento de impedir que el poder termine por despertar los apetitos más voraces. Al final, la autoridad termina de cabeza: Calígula fue César. Y si un Nerón latinoamericano o un Rey Sol huasteco tiene o es autoridad moral, lo demostrará antes en el bienestar, en el justo aprecio a la ley, en el cuidado por la razón, que en la censura de la opinión y el envenenamiento del discurso. Triste caso para todos, entonces, en el que acaban siendo los enemigos del bien común quienes expiden las dichas licencias y sancionan las dichas homilías, por las que el público criba quiénes sí, por ungidos, y quiénes no, por manchados, tienen permiso de acceder a la vida moral.


1 El texto está en Obras de Nicomedes-Pastor Díaz, tomo IV, RAE, Madrid, 1867. Disponible en línea aquí: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/obras-de-don-nicomedes-pastor-diaz-de-la-real-academia-espanola-tomo-iv–0/html/fefe29fa-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html#1.

El documento es de interés. Después de lo citado, Díaz Corbelle galopa a su conclusión entusiasmado: «La armonía entre la propiedad y el trabajo, entre el capital y la ganancia, entre la producción y el consumo, entre la acumulación y la repartición, entre la pobreza y la miseria, entre las clases opulentas y las necesitadas, entre las necesidades físicas y las aspiraciones ideales, entre la conservación y el progreso, entre el dolor de la humanidad y los placeres de la vida, entre la necesidad del trabajo y la esperanza del reposo, entre la abnegación del deber y el desarrollo de la pasión, entre las sugestiones de la utilidad y los sentimientos del corazón; no, Señores, no –lo repetiré por la vez milésima–, no la encontraréis, ni en el interés de los ricos, ni en el interés de los pobres, ni en el interés de todos, ni en el interés de nadie. […] Esta armonía, Señores, tiene que ser un sentimiento moral. Esta armonía tiene que ser más que una autoridad, y más que una doctrina, más que un sistema, más que una teoría. El principio de ésta armonía tiene que imponerse más que al entendimiento; tiene que dominar al corazón, y avasallar la conciencia: tiene que poner freno a los intereses, y hacer callar la voz de las pasiones».

2 José Enrique Rodó, Ariel, 1900. En el punto sobre el desinterés hay concordia con Díaz Corbelle. Después de lo citado sigue: «La selección espiritual, el enaltecimiento de la vida por la presencia de estímulos desinteresados, el gusto, el arte, la suavidad de las costumbres, el sentimiento de admiración por todo perseverante propósito ideal y de acatamiento a toda noble supremacía, serán como debilidades indefensas allí donde la igualdad social, que ha destruido las jerarquías imperativas e infundadas, no las substituya con otras, que tengan en la influencia moral su único modo de dominio y su principio en una clasificación racional».

3 La dictadura de O’Higgins, 1853; Proclama de Palmasola, 1859; Discurso de contestación a Ramón de Campoamor en su recepción ante la RAE, 1862.

4 Hice estas búsquedas con la herramienta de la Real Academia Española: Banco de datos (CORDE), Corpus diacrónico del español, consultable en línea aquí: http://www.rae.es.

5 Si uno busca «autoridad religiosa» en el CORDE, da primero con dos ejemplos de 1657, en la Crónica agustina de Bernardo de Torres. El segundo de éstos hace el siguiente contraste: «Dos años, y tres meses avía governado la Provincia Nuestro Padre Maestro Fr. Gonçalo Díaz Pineyro, con buena paz y observancia, pero no sin quexas de muchos, que juzgavan su govierno por absoluto […], les obligó con escabroso estilo a que eligiessen de nuevo al que su Paternidad desseava, con que parecía que el govierno paternal se avía convertido en dominación señoril, y la autoridad religiosa en magestad profana». Después, la tercera aparición de la frase registrada es hasta el año 1836, en las Lecciones de derecho político de Juan Donoso Cortés, que dice que «la autoridad de los herederos de San Pedro fue tutelar y legítima, porque, siendo la autoridad necesaria, sólo su autoridad era posible. A su sombra creció la autoridad de los príncipes; la autoridad civil nació del seno de la autoridad religiosa. La misión de ésta había sido constituir la sociedad; no contenta con su alta misión, quiso traspasar sus límites: proclamó el dogma absurdamente impío de la soberanía de derecho de los reyes, encadenó el entendimiento, aniquiló la ley del individuo y sofocó la libertad humana». De nuevo, el contraste se manifiesta.

6 https://es.wikipedia.org/wiki/Autoridad_moral;
https://en.wikipedia.org/wiki/Moral_high_ground;
https://en.wikipedia.org/wiki/Moral_authority.

7 Romanos, 13:1.

8 San Agustín, El libre albedrío, Libro 1, V, §11; Santo Tomás, Suma teológica, II-I, Cuestiones 95 y 96.

9 Según se encuentra en: http://etimologias.dechile.net/?autoridad

10 Es ésta la palabra usada en el pasaje citado de Romanos.

11 Modernicé el español original. Anónimo, Traslado de varios privilegios y franquicias concedidos por Alfonso X, según se encuentra también en el CORDE. El texto original dice: «E, porque yo Vicente Fernández, escrivano público sobredicho, fue presente ante el dicho alcalde e vi e leý los dichos previleios de los dichos reys, donde esto que dicho es fue sacado, e por la licencia e autoridad que el dicho alcalde me dio, registré los dichos previleios en mi registro e por ende fizlos escrivir, que van escritos en diez fojas de este quaderno e en fin de cada foja es escrito mío nombre, e fiz aquí este mío signo atal en testimonio de verdad e só testigo».

Vida mosaica

 

La roca le cortó el paso mientras avanzaba confusamente entre los escombros. La apartó del camino. Necesitó un momento para recuperarse. El esfuerzo de mover el bloque había enrojecido su cara y nublado su entendimiento. Hilos de sudor revelaban la carne bajo el polvo. Los oídos le zumbaban todavía. Era su canto de despedida: cuando el silbido se fuera, nunca más escucharía el tono. Sus ojos sólo veían fragmentos. En cuanto el tumulto se le hizo visible, el perseguido se levantó a traspiés y huyó. El bloque de mármol tenía pegadas aún algunas teselas: un soldado romano siendo derribado de su caballo. Su nombre ya no era legible y su guerra se había hecho humo, disipado por el viento con todo y sus demandas. Mil años, más de mil años, y seguía cayendo.

Cuento desde la ventana

 

Cerró Ignacio la puerta del estudio. Esperó a que la voz de su esposa dejara de oírse desde el otro lado y luego se sentó a acomodar los papeles del trabajo. Ésa fue la primera vez que vio a Pablo y Lourdes. Ignacio estaba a un par de años de retirarse de una longeva carrera de médico pediatra. Su estudio era un cuartito con un librero de piso a techo que habían ensamblado ahí mismo los carpinteros, un escritorio con película protectora de vidrio y alfombra verde. Tenía un olor a madera y encierro que se fortalecía año con año. Estaba separado del resto de la casa por un pasillo en el segundo piso y su ventana observaba un callejón empedrado, demasiado angosto para que cupieran los carros, demasiado empinado para ser recorrido con frecuencia y demasiado viejo para haberse llamado de un solo modo. «Callejón de Bulevar de Manzanares» podía leerse en el letrero de la esquina; pero ese nombre era un desatino. Cualquiera de sus nombres anteriores fue mejor. En el librero del estudio unas seis novelas acompañaban los abundantes textos de medicina, desde libros especializados hasta artículos de conferencias. Eran artículos como éstos los que ese día acomodaba y revisaba Ignacio.

Reposó los anteojos de vista cansada sobre el escritorio cuando vio de reojo al par en el callejón. Ahí estaban: una joven de ojos acogedores y un alto muchacho sonriente. No se alcanzaban a oír sus palabras desde lo alto. Él cargaba una maleta negra, probablemente con un instrumento musical. Ignacio se imaginó un saxofón, estrenado por primera vez hace muchos años y probablemente puesto a prueba frente a una audiencia benévola un par de veces, que estaba protegido por esa maleta nueva. ¿Qué dirían? Se los figuró descubriéndose los pensamientos encantados. Duró poco el momento. Regresó a su labor después de la distracción.

La segunda vez que los vio fue una semana después. Reían y jugaban, se empujaban y jalaban suavemente, por momentos se quedaban callados. Era miércoles. Él había recargado la maleta con cuidado sobre el muro de la casa frente a la que se encontraban, cerca del ufano pirul que había llegado a habitar el lugar muchos años antes de que Ignacio y su esposa se mudaran. Abajo, a unas dos cuadras del callejón había una escuela de música, la Academia C. P. Emanuel Bach. Junto a la entrada tenía un letrero que decía «Estudios musicales sin reconocimiento oficial», cosa que siempre despertó la curiosidad de Ignacio: ¿era un requisito avisarlo o habría sido algún signo de modestia?, ¿o tal vez un desafío a la autoridad? Nunca supo la respuesta, pero ahora recordaba que la primera vez que vio a los chicos por la ventana también era miércoles. Probablemente el muchacho tomaba ahí una clase semanal de saxofón y aprovechaba la cercanía para venir a visitar a la joven. Ignacio se imaginaba que hablaban de sus escuelas, sus familias, sus miedos… Ahora se habían sentado. Él mostraba a ella algo en su celular, algo muy chistoso. Ignacio hubiera querido atestiguar más tiempo, pero el trabajo lo reclamaba y se distrajo de la ventana por fin.

Pasaron las semanas y, a exceptuar una vez en que lo visitaron sus hijos y otra en que fue junto con su esposa a una cena, cada miércoles Ignacio se alentaba con la compañía de Pablo y Lourdes. Se habían estado quedando más tiempo juntos. Ahora obscurecía antes de que él se forzara a irse. Nunca tocó su saxofón para ella, pero varias veces platicaron de música. A Lourdes le gustaba más la que era para bailar, pero después de un poco de persuasión de Pablo, admitía que había un mundo desconocido para ella y sin duda muy meritorio en la música para escuchar. Él había tenido problemas para avanzar en las prácticas semanales; especialmente porque se salía de clase antes de lo debido para aprovechar más tiempo al lado de Lourdes. No se arrepentía de ello. Cuando Lu, como él la llamaba, se sentía culpable, él la aliviaba: de todas maneras no aspiraba a ser John Coltrane. Ninguno de los dos había estado prestando mucha atención a la escuela tampoco. Ya el padre de Pablo (su madre los había abandonado) estaba desasosegado. Lourdes era mucho más avispada para las materias tradicionalmente difíciles. Se llevaba mucho mejor con su familia, que además era numerosa; pero por razones ajenas al interés juvenil les esperaban meses de carestía. Ella siempre estaba de buen ánimo, entre faltas o abundancia. Y así se estaban horas. Si abandonaban el callejón, era nomás cuando caminaban o se iban al cine; pero casi siempre se quedaban a la ventana de Ignacio.

El último día Ignacio miró a Pablo solo en un trance. Desesperaba, veía su teléfono al acecho de mensajes, buscaba explicaciones en los rincones, vagaba en círculos y miraba por largos ratos al pirul. Pero no pasó nada más. El muchacho recogió la maleta con su saxofón y se fue al caer la noche. La había traicionado. Ignacio no volvió a ver a ninguno de los dos, aunque cada miércoles se encerraba en el pequeño estudio y arrojaba los ojos por la ventana. Su esposa entró al estudio un día y lo vio. Tenía la mirada empinada hacia el callejón. Trató de abrazarlo, pero fue muy tarde.