Tres formas del desprecio a la razón (segunda parte)

El carácter que en cada tipo de gobierno está como en casa
es la salvaguarda habitual de ese gobierno y lo erige desde el principio. (…)
Y un mejor carácter siempre es responsable de un mejor gobierno.

Aristóteles, Política, 1337a.

(Si desea leer la primera parte, puede hacerlo aquí).

II. LA TIMAGOGIA

Además del deterioro que hace de la razón golosina, está también el que la usa como arma. No hizo falta ni mucho tiempo viviendo en el capitalismo voraz, ni desmedida reflexión en los círculos de politólogos, para que las luchas sociales llegaran a ser explotadas como nichos de mercado al grado al que están ahora. Tratar de convencer a unos o a otros, primero de que son parte de cierto grupo que se comporta siempre de cierta manera y, segundo de que están opuestos a tales otros grupos, es una aspiración comprensible (si bien, no justificable) si se piensa en la preeminencia actual de la búsqueda eficiente del poder. Este fenómeno consiste en una simplificación muy atractiva de las preocupaciones relevantes en la vida práctica. Estos grupos de luchadores sociales se forman, muchas veces, de legítimas indignaciones; pero por nuestra sobrepoblación y nuestros hábitos comunicativos, tales grupos no prosperan por la fortaleza de sus postulados, por la claridad de su ideología, ni por lo razonable de sus demandas (si acaso tienen alguna de las tres). Prosperan por su publicidad. La retórica que los mantenga en la memoria pública es la que más fácilmente puede reproducir la indignación que los movió originalmente y así puede acrecentarlos. Como todo nicho de mercado, mantenerlo creciendo, interesado, consumiendo y demandando más, es lo preferible para el vendedor, incluso si éste es un vendedor de causas sociales. Naturalmente, la retórica que existe en un mundo político que se comporta como mercado desarrolla más que otros aspectos su selectividad. Una de las causas de que exista la retórica, así o como sea, es que a todos nos encanta dejarnos convencer. Esto no es decir que a todos nos convenzan las mismas razones, o que accedamos a cualquier disparate; quiere decir nomás que hay un placer de lo más humano en encontrarle plausibilidad o verosimilitud a alguna imagen o razón que nos proyecta beneficiándonos. Cuando la palabra se reduce a la publicidad, las discusiones de lo trivial y las de lo importante se confunden porque el grado de prioridad lo establece el publicista. Él dirige la retórica. La información que ha de propagarse, la propaganda, mide la indignación y a ella se dirige.

Es por eso que el discurso público empieza a volverse terriblemente selectivo. No con miras a lo mejor, ni con miras a lo justo, ni con miras a nada por el estilo; sino apelando a los diferentes grupos que más efervescen a la vista de todos. Estas modas justicieras, o más bien vengativas, invitan un tipo de jaloneo del furor público que no es precisamente demagogia. Se le parece porque usa un discurso que pretende antes conseguir seguidores para la sujeción efectiva del poder, que lograr la convivencia o la comunicación; pero difiere en dos cosas importantes: primero, en que no es solamente populista, no va dirigido nomás al dḗmos, al pueblo (casi siempre identificado con quienes son pobres, honestos y chambeadores); segundo, en que este poder, o si se quiere sonar menos intrigoso, esta influencia, la busca también más allá de los intereses de la politiquería. Piénsese, por ejemplos de esto último, en el movimiento por el desprestigio de los fumadores o el creciente rechazo de los «críticos» literarios a personajes ficticios que no sean «representativos» del lector1. Otro caso es el de la campaña de guerra contra los nombres de los ciegos, sordos, cojos, y demás, o los de actividades tradicionalmente vergonzosas como la de la prostituta o la del pepenador; pero no está tan claro si esto haya empezado como eco de políticos originalmente, o si venga de alguna susceptibilidad herida que éstos aprovecharon. En cualquier caso, este tipo de desvío es conveniente para el mercado porque mantiene una controlada diversidad en la que los consumidores pueden verse reflejados y, sin embargo, sienten también que se les considera como únicos2. El establecimiento de las nuevas prioridades públicas a través de la propaganda allana así el camino a una vida en la que la palabra no puede hablar de bien en las cosas que nombra; pero se puede ella misma usar como trofeo de superioridad (que no es lo mismo que bien). Esta manera de desarraigar la razón de la posibilidad de compartir el bien permite manejar la indignación en muchos niveles. Hace así de las palabras herramientas, armas, que apuntan siempre contra todo menos contra quien las usa. Esta clase de discurso pretende arrear el ánimo que se hincha con indignación, éste que los griegos llamaron thýmos. Por eso bien dijo Námaste Heptákis que conviene llamar a esta forma de desprecio a la razón, timagogia3.

Esta contaminación del lenguaje común y corriente se va depositando en nuestras vidas sin que sea fácil percibirla. Pero una vez que ya se ha propagado es muy vistosa. Aprovecha la naturalidad de la retórica, nuestra disposición compasiva (si no con todos, sí con los nuestros, los más cercanos) y la celeridad que tenemos para llegar a conclusiones sin cuidado4. Por eso los discursos timagógicos de los defensores de causas vengativas sociales están llenos de entimemas5, razonamientos en los que se sacan conclusiones apresuradas con premisas silenciosas, sugeridas y dadas por sentadas. No es sólo lo que suele decirse lo que empieza a afectarnos, sino lo que puede decirse. En estas circunstancias la indignación fermenta rápido, se distribuye fácilmente y se piensa muy poco. El ambiente en el que se da el discurso se adapta. En estas condiciones nuestras palabras empiezan a perder su fertilidad: decimos menos cosas y se nos ocurren menos cosas que decir. Cuando preferimos no externar lo que opinamos por juzgar que no es prudente ante nuestro público, estamos siendo reservados; pero cuando esa sensibilidad está dictada por un hábito nacido de la timagogia, de evitar en absoluto tales o cuales ideas, estemos frente a quien estemos, nuestra opinión está efectivamente censurada. El discurso que se piensa y así se calla se estanca en un silencio forzado. No es raro que empiece a apestar: cualquiera que le dé voz en adelante será mal visto, como alguien incómodo para todos, independientemente de sus razones. Él se ha vuelto el incorrecto, no nada más lo que dice. Su presencia enciende los ánimos. Está del lado afilado de la palabra salida de la forja. Y no sólo pasa con el discurso articulado, sino hasta con sus artículos, las palabras solitas, a las que se encasilla (a todas juntas aunque sean de significados diferentes) en una bóveda obscura, teñidas de inapropiadas por sí mismas. Quedan inútiles bajo la mordaza como si por sí solas tuvieran terribles potencias malignas. Este desuso recuerda al tabú de las tribus polinesias de Tonga. El diálogo público se arrancia, toda opinión es potencialmente un desafío opositor. Y las palabras del lenguaje que se vuelve el «apropiado», admitido como corriente y sancionado por los que se asumen gente sensible, es mínimo, producido en masa y entregado a todos en una canastita con moño. En letras chiquitas trae la advertencia de que está sujeto a capricho y que pronto algunos de sus contenidos podrían ser inapropiados.

El mal que la timagogia le hace a la vida pública no debe ser subestimado. En un lenguaje tan minimizado las palabras pierden mucho de su potencial creativo, la diversidad discursiva se reduce y las realidades que señalan las palabras pierden distinción y profundidad a medida que aquéstas se adelgazan. Se vacía el lenguaje de su contenido y se confina a los mismos únicos significados, entre los permitidos o los censurados. No es gratuito que donde cunde la timagogia abunden los eufemismos. Abundan también los estorbos, como por la afectada deferencia que hace referirse a «los y las» en un grupo de personas, o espantosamente a «lxs o l@s», en vez de hablar y escribir buen español6. Muchas veces estas demandas al lenguaje son, como dice Gabriel Zaid, «mera ostentación de militancia». El discurso queda entonces famélico, impotente, asalvajado ante los problemas de la vida práctica. No hay capacidad heurística en el lenguaje timagógico porque su «brújula moral» está imantada por el prejuicio. Por la misma razón tampoco hay capacidad hermenéutica. Resta lugar a la invención, que tan natural es en el habla. Nos atrofia. Nos embravece. La complejidad política se vuelve prácticamente inasible porque nos quedamos sin nombres para las distinciones (imagínese, lector, tratando de explicarle a un angloparlante la diferencia entre ser y estar en español, cuando él sólo conoce el verbo to be). La comprensión de las cosas se empobrece así en una farsa que adula la debilidad de la mente y nos habitúa a desear con toda nuestra fuerza anímica la molicie que la conserva. Esta disposición no es muy distinta a la de los bebés malcriados. Nada más afín que la seguridad del anonimato en línea para jugar a que se es defensor de los desvalidos (incluyendo prominentemente en sus campañas de auxilio a los que ni ayuda pidieron). Y además de que la timagogia aplana así el lenguaje, lo polariza, porque finge que todo insulto es igualmente violento y que cualquier palabra que no considere todas las posibles susceptibilidades es un insulto. Simula que sólo hay dos opciones: luchar contra el sistema o ser un indolente sin consciencia. De ahí que ocurran casos como el del sexista –es decir, quien tiene la convicción de que cierto sexo es humanamente inferior a otro por naturaleza y actúa en congruencia–; casos como el del sexista, digo, que acaba siendo tratado igual que quien usa el lenguaje denominado sexista, comparta esta opinión o no. Si todo es igualmente vil, todo defecto es vicio; o en la de peores, no hay nada vicioso. Incluso las causas en serio justas quedan igual de trivializadas que las tonteras de turno. El lenguaje timagógico engaña suponiendo un mundo donde el único «bien», que es relativo, será la completa ausencia de molestias, donde la seguridad reine, las sensibilidades susceptibles sean veneradas y los soldados justicieros sean fáciles de reconocer hasta para el más ingenuo: ante esta promesa, es fácil enojarse por cualquier cosa. La virtud, cosa que es difícil por sí, aquí ni siquiera se sospecha. Si acaso esto es por otras razones, también es porque el discurso sobre la virtud está lleno de temas prohibidos por la timagogia. La timagogia es un cuarto de manicomio donde el lenguaje a ratos acolcha los muros que nos salvan de nosotros mismos y a otros nos enfurece hasta la demencia. Cualquiera en su sano juicio sabe que el encamisado que vive así, si no estaba loco, se vuelve.


1 En inglés se habla mucho del personaje con el que uno se identifica, relatable, como si fuera un requisito indiscutible del buen drama. Hay consecuencias interesantes de esta perspectiva para la tragedia y para la comedia, si es que entendemos ambas como dramas en los que los personajes son mejores o peores que nosotros.

2 Hay nichos de muy diversos tipos de causa para la lucha social. Suele suceder que los que se sienten cómodos participando en alguna de ellas no sean, sin embargo, conmovidos ni mínimamente por lo que acaezca a alguna de las otras.

3 La palabra surgió a partir de la observación, más o menos juguetona, de que la frase políticamente correcto, tan usada ahora, no nombra bien, pues sugiere la vida política y su forma correcta de manifestarse. No deja ver la ironía con la que realmente se usa, que connota el uso discrecional (en su sentido de selectivo) de las imágenes y los discursos para afectar superioridad moral. En otras palabras, políticamente correcto es una frase timagógica ella misma, y oculta lo terrible que es su origen: la desnaturalización del bien, del recto actuar, o de la deliberación sobre lo preferible, en la vida práctica. Es notorio, dicho de paso, que este granjeo del ánimo en el discurso incluye también al nicho, muy numeroso, de partidarios de la incorrección política usada como contraprotesta, como respuesta reaccionaria, al mismo nivel belicoso (o mayor en ocasiones) al que está la protesta «justiciera» de los luchadores sociales.

4 En la Ética nicomaquea (1102a 26 – 1103a 4 y 1149 a29-b3) Aristóteles reflexiona sobre la razón y observa que no parece ser solamente aquel aspecto calculador, frío e imposible de desviar que notamos, por ejemplo, en el pensamiento matemático; sino que puede ser burlada por su propia disposición a sacar conclusiones, puede ser más o menos cuidadosa, e incluso parece a veces, durante la deliberación (y tómese en cuenta que esto es sólo una imagen), que puede en ella haber a la vez un deseo de escuchar consejo de alguien que sea mejor que ella, y un deseo de aconsejar. Llega a suceder que la celeridad provocada por un mal, uno que infla el ánimo, haga que este lado de la razón sea malo para escuchar consejos prudentes. También véase Jenofonte, Memorabilia, I.2.21: «Olvidar los buenos consejos [las enseñanzas (νουθετικῶν λόγων)] es olvidarse de aquello que hizo al alma desear la sensatez [σωφροσύνη]».

5 Que, ya que hablamos de Aristóteles, éste entendió el nombre de esos razonamientos como viniendo de en- y thymós (del verbo enthyméomai que quiere decir ponderar, sopesar en el ánimo, llevarse al corazón) y así lo usó para darle el sentido que llevó a nuestra palabra entimema. Sus premisas son probables o se aceptan sin ser explícitas por darse por consabidas (o por ser atractivas, seductoras). Están en oposición a los silogismos apodícticos, en los que las premisas son explícitas, visibles y llevan a la conclusión necesariamente.

6 Aquí, Carlos Ivorra escribe contra la violencia de género, arguyendo que ésta es la que al idioma español le hacen los justicieros sociales que luchan contra la violencia de sexo mientras, equivocadamente, la llaman violencia de género. Esta violencia tiene su fuente en la confusión del género gramatical con el sexo de lo nombrado, confusión ésta más bien afectada y arropada por la indignación común de la propaganda, porque de tenerse en serio, imposibilitaría la comprensión del español en general. (Recomienda además que los luchadores sociales se batan contra la discriminación numérica o contra la temporal, haciendo al idioma además las violencias de número y de tiempo que nos obligarían a escribir para «el, la, los o las ciudadano, ciudadana, ciudadanos o ciudadanas que leyó, lee, leerá, o leyeron, leen, leerán, esto»). Y, por si hay por ahí alguno (o alguna) que esté muy indignado por mi ejemplo, entiéndase que no me he pronunciado en contra de los esfuerzos que luchan por la equidad política de todas las personas; esfuerzos que me parecen de propósitos encomiables. A estas exigencias al lenguaje Gabriel Zaid («Señoras y señores» en Mil palabras) las nombra «redundancias interesadas» y las considera un retroceso en el uso del idioma por ser más trabajosas tanto para hablantes y escritores cuanto para oyentes y lectores.

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Tres formas del desprecio a la razón (primera parte)

¿Qué debemos entonces hacerles, o si acaso, decirles?
Buen hombre, primero advirtamos lo que adivino que ellos dirán de nosotros,
burlándose por el desprecio que nos tienen.

Platón, Las leyes, 885c.

El discurso público está muy mermado. Y no lo digo acusando a la mayoría de las personas de hablar mal o de descuidar el lenguaje. Sé que eso es natural. Sé que se da el habla en el uso, que sirve a veces a algunos de un modo y a otros de otro, que constantemente cambia, conservándose las palabras que mejor nombran lo que hablamos, adquiriendo nuevos modos, lados, aspectos, haciendo distinciones o sintetizando variedades, mutando en sus formas, y desapareciendo las que menos y menos se escuchan. Eso no es merma. No me malentienda, lector: cuando digo que el discurso está mermado lo digo más bien porque su fuente está desmejorada. Ni siquiera los representantes de los grupos dizque intelectuales, los funcionarios públicos o, en general, las personas que abanderan el discurso común de muchos, hacen con la palabra sino una labor mediocre cuando más; nefasta las más veces, a decir verdad. Parece que nuestros oradores son bufones junto a los que han sido extraordinarios en la historia y que son muy silenciosas, hasta ridiculizadas, las autoridades que aún cuidan la palabra. Repito, el descuido de la palabra no es insólito, pero es muy evidente que vivimos no solamente el descuido corriente, sino el desprecio. Ambas son formas que dificultan el cuidado de la palabra valiosa, del bien hablar; pero el desprecio provoca un mal por mucho mayor. Y no es poco notorio. Los debates entre políticos, por ejemplo, son una vergüenza. Las discusiones sobre temas de interés de todos los ciudadanos están por lo general deshabitadas de imaginación. La poesía es de nicho, los refranes desvaríos de viejitos y la filosofía una oclusión que dificulta la administración lubricada de las academias. Las ideologías defendidas por los activistas sociales parecen caricaturas de sus antiguos partidarios (y, a la vez, los que se las toman en serio parecen confinados al fanatismo extremista). Las causas que se aducen para tomar decisiones importantes, la rendición de cuentas de responsables ante la sociedad, el diagnóstico de las fallas o los males de nuestras vidas, la exposición de propósitos y planes a deliberar; todo esto en nuestros días está, con pasmosa regularidad, malhecho. Y para colmo, rara vez se cuestiona en serio, porque incluso los cuestionamientos se toman todos por igual, aunque difieran mucho en inteligencia. Así, la razón pareciera ser entre nosotros mayormente superficial, estéril, o hasta falsa.

Entre los muchos males que promueven esta degradación, noto tres especialmente relevantes para nuestras circunstancias: la idolatría de la banalidad, la timagogia y la paralógica de la acedia.

I. LA IDOLATRÍA DE LA BANALIDAD

Es un lugar común observar que, ahora que estamos «más conectados que nunca», más que nunca antes estamos alejados los unos de los otros. Nada más banal. La observación, aunque debería ser escandalosa, se ha hecho lugar común precisamente porque estamos más conectados que nunca: todo mundo lo dice y vive todo mundo hundido en palabras que señalan éste y otro millar de problemas de comunicación, entre risas. Lo hacen todos los días a todas horas y en un sinfín de sitios. Es lugar común porque se ha normalizado y se ha normalizado porque ahora, quizá menos que nunca, sabemos comunicarnos con algo más que con lugares comunes.

Éste no es un mal exactamente nuevo. Es uno viejísimo pero exacerbado por las posibilidades técnicas que tenemos. Hemos echado mano de esta tecnología para la idolatría que consagra la banalidad. Claro, los cínicos dirán que actuar así es a propósito, porque «es una ironía hacer sagrado lo más prosaico. Con ello –seguirán–, solamente hemos tomado nuestras vidas en nuestras propias manos en vez de dejarlas al arbitrio de la providencia». Lo dirán, para empezar, porque no saben lo que es la ironía y para continuar porque atienden antes a las risas de sus congéneres que a la razón, como jóvenes que se desternillan en una borrachera entre sus irreverencias. Siempre ha habido modas del lenguaje, formas fáciles para referirse a problemas complicados, tendencias a generalizar malentendiendo la variedad de las circunstancias especiales de cada caso, estereotipos y, en general, gente estúpida1. Siempre ha habido quien atraiga el interés del oyente o el del leyente con espectáculos vistosos y sin substancia (ya sea por el placer de ser enfocado por los otros, o para finalidades ulteriores). Sin embargo, hay peligro de que el lenguaje sufra ahora una atrofia a la que no estaba igualmente expuesto antes. La banalidad enaltecida se observa en toda la complejidad de la vida pública inmersa en las redes sociales: desde las peroratas sobre fake news (que ya no hacen distinción sobre si se llaman así de verdad o de farsa, si se está a favor o en contra, etcétera) hasta los memes, pasando por conceptos ininteligibles como la postverdad o el counter gas lighting y por la producción trivial de peticiones de atención (selfies, food porn, hashtags o grupos multiplicados de whatsapp). Todas éstas son formas de idolatría de un mundo sin razón en el que todo tiene realidad en la percepción solamente (fugaz, por supuesto). Por eso parece que todo es siempre parodia de algo más. Donde todo es a la vez su propio contrario, no puede esperarse hallar sentido en las imágenes; por ejemplo, no se dice viral pensando en lo espantoso de la epidemia sino en la colosal cantidad de personas afectadas (para bien o para mal).

La palabra hinchada en la idolatría de la banalidad a través de las redes sociales normaliza el escándalo. Va transformando poco a poco la vida pública hasta hacerla un mercado de sensacionalismo donde vence el que vende y vende el que más grita. Esto se fomenta recompensando toda exacerbación de la expresión. Se asume un mundo lingüístico en el que la respuesta maquinal es la única con sentido (porque es relativa) y, en ello, fomentan su propia asunción sembrándola en la percepción vana de la realidad. Esto parece asimilar el mundo humano al modelo especulativo de finanzas que dicta que la percepción de la realidad en un momento dado produce la realidad que percibe, sentando las nuevas condiciones para la nueva percepción de la realidad, y así circularmente. Quien controle la percepción no sólo manejará el mundo, sino que lo creará. ¿Hay duda de que esto es idolatría? Y así, el mundo humano se presume ilusión, la vida liviandad2. Dada tal transformación, la comunicación no comparte ni fomenta el convivio, solamente anuncia gritos disfrazados de «saludables dosis de emoción». La calidad de la emoción, la diversidad del placer, la dignidad del deseo, la bondad de la vida: todas éstas son nociones que se vuelven invisibles a los ojos pervertidos por ver sin descanso puras luces de neón. La vida conectada entre memes difiere del antiguo mal de la moda superficial del lenguaje por su magnitud, pero especial y peligrosamente, por su capacidad para el veloz deterioro de la razón. El comercio de información diseñada con fachada de extrema, nace de ese cinismo risueño con el que se cancela que lo dicho sea invitación a unirnos en la contemplación de lo nombrado. La simulación pretende que las vidas se homologuen en un ruidero bruto. Lo que estoy diciendo se ve muy fácil en los foros en los que el «chiste» de lo dicho es la mutilación de las palabras. La imagen evoca la única respuesta «sí es cierto: eso es así». Este combinado ya normalizado ahoga la posibilidad de la metáfora en la vida comunicativa. Lo dicho queda reducido a lo mínimo, a un señalamiento vano, y la sinrazón de su cacografía voluntaria es el grito, el maquillaje morboso que clama atención a toda costa entre carcajadas imbéciles simbolizadas con algún estandarizado, vulgar emoticono. Explotar la emoción y reducir la razón cuanto se pueda enloquece. Una palabra de un solo lado no es más real que el disco áureo de Odín3. Y la vulgaridad no está en el exangüe vocabulario, sino en la carencia de la imaginación para usarlo. En su negación de la multivocidad de la palabra, la idolatría de la banalidad cercena el alma. La presenta en cortes, como superficies reactivas, impulsos nacidos de estímulos predecibles (es decir, juega a que no hay tal), legibles bajo la lupa de la estadística, y en ello, nos denigra, nos va deshumanizando.


1 «Todo está lleno de estúpidos (stultorum plena sunt omnia)», le dice Cicerón a Peto, en Cartas a los familiares, IX 22 (carta 189 en la edición de Gredos).

2 Hace poco fue muy sonada la noticia de una compañía de informática que usó una base de datos de una red social recopilando millones y millones de perfiles de sus usuarios y, con ayuda de algoritmos diseñados bajo el ala de la disciplina psicológica cognitivista, dedujeron inclinaciones políticas, tendencias en problemas sociales específicos (por ejemplo, a favor o en contra del aborto, o de la censura del discurso intolerante) y modos de dirigir campañas de propaganda que manipularan las elecciones de funcionarios públicos. Los nombres del caso no son importantes para esta observación. Lo que sí es importante es que la intención de manipulación se hizo pública por un desertor de la compañía quien asegura poder ver con toda claridad la diferencia entre persuadir por medio de publicidad, por un lado, y controlar o forzar una respuesta por medio de propaganda diseñada con la base de datos, por el otro. La clave de esta distinción, dice el delator, está en el hecho de que a través del perfil electrónico una computadora conoce mejor al usuario incluso que sus amigos más cercanos, porque con éstos sólo revela una cara para cada uno, mientras que el perfil conoce todas las facetas de su vida. Aprovechar esa posición privilegiada (esto no lo dice, lo implica) es inmoral, porque en vez de persuadir en el nivel del discurso común donde todos jugamos a que tenemos poder de decidir, le aprieta los botones indicados a la maquinita humana, los que hacen funcionar tal discurso detrás de la fachada de persona con libre arbitrio, y de ese modo controla lo que el sujeto en cuestión cree que es elección. «Toda tu vida está en línea –dice este bato–, y yo puedo capturar eso, y con ello anticipar tus vulnerabilidades mentales y sesgos cognitivos (…) luego puedo decir las cosas de tal modo que indique el camino por el que quiero que vayas». Él clama que la potencia de tal programa propagandístico es la causa de la victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses del 2016. Esto, supone todo el asunto, prueba la tesis de que el alma entera del hombre es de tal naturaleza que puede ser capturada en una matriz informática; lo que no considera es la posibilidad de que se esté probando más bien que la degradación del alma en la vida política la ha llevado a tal merma, que sea pensable capturarla en una matriz informática.

3 Ver Borges, «El disco» en Ficciones.

Papel, metal y tela

ARCHIVO DEL DR. HÉCTOR BERRIOZÁBAL NÚÑEZ.
CORRESPONDENCIA PERSONAL.

México, DF, 12 de marzo, 1997

Querido Héctor:

Espero que ya haya cedido la tos. Si no, por lo menos en la regularidad de los espasmos encontrarás una muerte más ordenada de la que mereces. Mientras llega procura poner cara de contagioso, que así hasta ventaja le sacarás al asunto y tendrás incluso menos zopilotes circulando que los que te siguen normalmente. Bromas aparte, te deseo mucha salud. Te contaba en mi carta anterior que estuve deshaciéndome de cachivaches acumulados con los años (cada vez falta menos para la abominable mudanza). No recuerdo si te he contado que en esta casa vivieron mis padres también. Abajo, en la covacha, mi padre guardaba un baúl que no me atreví a mover por años sobre años y, en él, había montones de cosas que yo nunca había visto. Comprenderás, por cómo era su carácter, que si mandaba no abrirlo… pues mira, que hasta casi quince años después de su muerte seguía yo observando su prohibición, como si en ausencia estuviera él tan sediento de obediencia como en sus años de más vigor. Total, que ya te contaré de varias de las sorpresas que me llevé al hurgar en el baúl. Para mi padre ésta fue la caja de recuerdos, mientras que para mí fue la de los descubrimientos. Pensándolo bien, fue ambas. Es curioso cómo escuchamos lo que nos dicen los objetos, cómo hay algunos cuyos murmullos tienen mucho más sentido para nosotros que otros, y cómo es de brillante en nosotros la imagen de la gente que los tuvo, la gente que los quiso, la gente para la que significaron algo, mientras los consideramos. Es vertiginoso pensar, mirando algo tan inocuo como una moneda, que puede convertirse en un espejo de cara a otro espejo: es algo más que moneda porque alguien la guardó, y alguien la guardó por ser algo más que moneda. Todo el contenido del baúl fue nuevo para mí, y sin embargo, no dejo de estar consciente de que cada pieza es una antigüedad.

Ya habrá tiempo para mayores sentimentalismos y la cercanía (con un cognac) para darles su lugar. Mientras tanto, hay un hallazgo que más que los otros quiero compartirte sin demora. ¿Recuerdas al señor Guillermo Noboa? Por si no: era conocido de mi padre del tiempo en que trabajó en la planta, con los españoles. Parece que fueron amigos desde antes y quizá se alejaron con los años (esto sólo lo sospecho por la familiaridad de lo que te mostraré). De cualquier modo, entre las cosas que ahora me encontré había una carta mecanografiada que este señor le escribió a mi padre. De lo más impresionante. Te la transcribo completa a continuación:

En Ourense, a tres de Diciembre del año 1940

Mi buen amigo Álvaro:
   han llegado las novedades y no paran las promesas azucaradas. Caminos, puentes, edificios, y la multitud se desvive en elogios. Vislumbres y espejos, es lo que digo. Sé que no te lo crees pero no lo soporto más. Llegará el día en que colapsen las habladurías aquí y en todo sitio a la redonda y prefiero ausentarme antes de ser testigo de cómo caen también las expléndidas (sic) estructuras. Me marcho para México. Si vieras lo que llevo de equipaje te echarías a reír. Un cajón y no más. La Carmen –ella sí que lleva hasta el embaldosado a cuestas– ha pasado por tal trance que a Dios juro ni con tres meses de valeriana que se repone. Mas es necesidad, ha de hacerse así. Pero me he extendido sin llegar al artículo de mi intención: he de confesarte un agobio. Tengo un diario, precioso para mí. Debo decir quizás que lo tuve: lo he extraviado. No lo hallo por más que he vuelto la casa al revés. Lo que te estorbará figurarte es que sea tan valioso para mí y, sin embargo, no sea diario de mis días. Se trata de un librillo que encontré cuando era un chaval. En esos días estuve con mi familia por algunos meses en los bosques que había ahí en el Candán (y que quiera sigan ahí, aunque no me fío) y solía merodear en soledad a la hora de la siesta. Conoces los juegos leves a que se dan los mozos. El tiempo era magnífico para correrías, para distracciones. Pero un día fue la diferencia. Quiso la fortuna pues que diera con el formidable visaje de un colgado. El primero que había visto, abominable, visión que aún hoy retorna ocasionalmente a fastidiarme. Nada supe hacer sino quedarme admirado. Habría sido un viejo centenario o un hombre como tú y yo, el que sepa la verdad la diga. Para mis ojos jóvenes era anciano cual Titono. A sus pies descansaba un diario: una libretilla forrada de piel, no más que un legajo pequeño y amarillento de pocas letras con toda suerte de razones, ocurrencias, registros y entre todo, una asombrosa confesión. El hombre anónimo se había dado fin porque, según recuerdo lo escrito, «mucho antes había perdido la vida». De todo lo contenido en el diario es esta carta final la que más sentidamente grabose entre mis sienes. Que tú de mejor memoria lo conserves cuando a mí la edad me haya cobrado la deuda, a continuación contaré lo que dijo aquel anónimo:
   Dijo que de joven deambuló esos bosques. Allí mismo donde lo hallé tristemente paseó con regularidad en tiempos de mayor sol y de menos odio entre los hombres. Un día dio con un gitano que también por los parajes del despoblado se paseaba. Era éste un mercader. Rara postura tenía, corcovado y de mirada alerta como la del gato montés que siente la tormenta venidera al tacto. La cara de plato, tornada al frente casi dificultosamente, enjuto de carnes y velludo de las cejas mediterráneas a los mechones que brotaban de sus orejas. Extraño de gestos y de melodía en el discurso. Negro era. Negros los ojos, los pelos, las ojeras, la voz. Todo este detalle recoge el diario y aún lo evoco. El mercader cargaba al lomo un saco abultado. «Milagro que uno como tú y uno como yo se hayan encontrado», le habría dicho al anónimo en su lengua. Le habría hablado más: «¿deseas comprar algo? Nada cargo que no sea precioso». Cuenta el diario en profundidad un largo regateo y un discurso estupendo que dio el gitano a tiempo que vaciaba su saco. Si enciende tu curiosidad, ya podré contarte todo pedazo (preferiblemente en persona). Dice que quedó vuelto el lino y todo cacharro en el pasto y a fastidio del gitano que al joven anónimo nada había seducido. «Le he dicho ya (y sí que le había dicho ya) que nada sino un maravedí poseo. Obsequiado me fue por mi madre y lo estimo por encima de estos artes». Casi se había marchado el mercader rabiando cuando se decidió a hacer un último intento. «Algo traigo mucho más estimable que ninguno de estos ingenios que adviertes. Mucho más vale que el maravedí más caro en este mundo». En la libretilla reflexionan las letras arrepentidas sobre el obvio truco que el mercader avezado lanzó como arroja el gancho un pescador, sobre su condición de inocencia que lo entregó a la curiosidad y sobre otras semejantes consideraciones. Especula dos páginas y poco más acerca de negarse o de haber fingido indiferencia. El caso fue muy otro: «¿a qué se refiere?», le preguntó el mozo. De entre sus ropas el viajero extrajo un pañuelo de lienzo coloreado anudado por las puntas. Lo abrió como si revelara algo contenido, mas nada había por ver. Preveía la decepción y la contravino con la historia del misterioso artículo:
   «Hace muchos años salvé de la muerte a un hombre perdido en el desierto entregado a visiones de fiebre en las que atestiguaba otras épocas», contó en su lengua, «y siete años ha que dio conmigo nuevamente. Se le veía rozagante, complacido. Me dijo que traía el único entre sus enseres con que podía saldar su deuda y me entregó en el acto este pañuelo doblado. ‹He aquí mi vida›, me aseguró jurando en nombre del profeta, ‹que puede parecer poca cosa a quien los ojos le vengan opacos. No a ti. Aguzado quien ve en verdad cuán llena de bendiciones y maravillas es: no ha andado hombre bajo el orbe que mejor fortuna que yo haya tenido. Riquezas, amores, dignidades: en cuanto pueda uno representarse mejora, mejores todavía han sido los míos. Su fuente es divina, su corriente perpetua. Y todo cuanto resta de ella y cuanto fue que de recuperar se puede, toda cosa ventajosa que estuviera por acaecer, toda buena hora y feliz encuentro, toda oportunidad beneficiosa, todo pensamiento merecedor de elogio o plácida ocurrencia al entretenimiento; todo digo, lo renuncio aquí y ya mismo y lo entrego a ti, mi salvador, para que hagas de esta vida lo que mejor te parezca›. Aquí, a que me juzguen los cielos, que tal vida tengo».
   Ya estarás pensando, y acertarás, que el anónimo descreyó del forastero. Insistió en el valor incalculable de su prenda. Mas el gitano ya no pensaba en dineros. «Cuando mude tu vida», le dijo, «tendrás cien veces cien maravedíes y entonces me buscarás para pagarme uno solo de ellos. Lo que vale esta vida es únicamente un respiro. Aspira el aroma del pañuelo y seguido sopla en él. Es todo». El mozo lo hizo. Sus razones habrá tenido, que el diario no daba relación de ellas. Me inclino a pensar que fue el aspecto trivial del acto. El mercader se fue ya entonces. La confesión afirma tal evento como el último de su vida. Imagino que quedarás tan suspendido como yo por esto y lo que sigue. El anónimo no concedió gran importancia primero. Mas con los años comenzó a dudar pues que ocurrieron muy asombrosos sucesos. Las más improbables peripecias lo dejaban tan bien parado que pensaríase tenía concurso con demonios o videncias del porvenir. Halló brío donde no lo había tenido nunca antes. Se hizo de gentes en altos puestos. Tarde o temprano tornose rico y alcanzó ser magistrado en Valencia bajo el ala del mismo Espadón de Loja. No había placer que desconociera ni dolor que lo acompañase. Nada reprensible había en su comercio con los hombres. Mas crecientemente recorría en su seso la idea de que esa vida no era suya. Escribe el difunto, esto lo recuerdo con mucha claridad, que «nunca en estos mis años de madurez tomé una sola determinación sin sentir un impulso repugnante, ora poderoso, ora débil, que evoca en mí imágenes de otro hombre cuyo natural camino me fue vedado y ya nunca andaré». Explica que cada año turvábase (sic) peor, mas en su desesperanza no había asunto que le concerniera y que no se compusiera o prosperara prácticamente solo. Intentó renunciar a todo y desentenderse de sus dignidades, amores y riquezas. Fracasó. Quiso perder el entendimiento mas no aprendió nunca cómo. En sus últimos días no quebró su voluntad la consideración de sus jornadas impostoras, sino la de sus jornadas perdidas. Rumiaba sin sueño sobre hombres y mujeres que nunca conoció, pensamientos que nunca tuvo y decisiones que nunca deliberó. ¡Qué singular confesión, amigo! ¿Cómo vine a perder semejante diario? Ahora que ya no me aprovecha, quisiera haberme dado las horas para transcribirlo (que muy capaz que soy de extraviar uno y su copia). De cualquier manera abandonó todo el anónimo y regresó al Candán buscando al mercader. Tamaña insensatez, que habría sido polvo hacía décadas. Mas eso hizo, con un maravedí en la bolsa y sin dar nunca con él ahí en los bosques de su juventud se ultimó.
   ¿Entiendes ya que abandono la tierra natal con una única pena? Escucharé las tuyas pronto esperando que sean pocas. Adiós. Cuando nos veamos menos te hablaré de cuentos y más de un par de planes que te agradará conocer.

Un tierno abrazo con saludos y recuerdos (y aquí viene un rayón que, aunque parezca pintura de Franz Kline, supongo que es la firma).

¿Qué te parece? Fuera por lo extraordinario del relato del señor Noboa o por otras causas que se me esconden, otear así las palabras pasadas me dejó pasmado. Es una especie rara de pasmo, una sensación liviana, como el presentimiento de una afinidad; de que en cosas como esta carta que guardó mi padre en su baúl, y en el resto de ellas, se percibe un tejido que las enhila a todas, aun siendo tan distantes, tan dispares. Y con estos fantasmas te dejo, Héctor. Quedo a la espera de tu respuesta y de que pronto nos encontremos con el convocado cognac para que ya, por fin, me reveles a detalle todas las intrigas de la academia. Todas, pero especialmente las de la procesión de doctores (que nadie se atrevería jamás a comparar con zopilotes revolviendo el cielo).

Un tierno abrazo con saludos, recuerdos y una firma decente.

(AQUÍ LA FIRMA A TINTA NEGRA DEL SEÑOR LORENZO ALANÍS FERAUD).

Batología

Conviene escribir bato en vez de vato, en el sentido coloquial que nombra a una persona cualquiera o a alguien con afecto, como suele hacerse en Estados Unidos y en México (mayormente en el norte y cada vez más extendido por el resto del territorio). La forma con v es por mucho la más vista en la escritura cotidiana así como en la literatura chicana1, cosa que afianza su aspecto en la imaginación de los hablantes y puede generar resistencia a la forma con b. No hay ninguna base fonética para preferir la una a la otra, pues en español la pronunciación de ambas grafías es la misma2. Tampoco es muy confiable la etimología que ofrece Luis Urrea3, que deriva la palabra del uso de chivato que hacían los hispanos en Estados Unidos en los 50s. Popularizado por los Pachucos, esto es un insulto para nombrar a los delatores y también un epíteto de cariño rudo; pero más probable es que chivato así usado coexistiera con bato, palabra mucho más antigua que el epíteto del soplón, y que de ahí se asumiera una falsa relación por la que se asimiló su grafía. Algo similar parece haberle ocurrido a vaho, cuya forma baho desapareció por la cercanía aparente que tiene su significado con la palabra vapor. La segunda dificultad para aceptar esta escritura con b puede ser que la definición del DRAE, «hombre tonto, o rústico y de pocos alcances»4, parece desdeñosa o cuando menos condescendiente, mientras que el uso coloquial suele ser más bien impersonal y tibio (se usa de modo semejante a tipo y fulano, o a güey en el centro de México) o hasta afectivo. Esto no basta para admitir que bato sea una palabra distinta a la que nos ocupa. No son raros los casos de palabras que siendo algo ásperas terminan por perder la raspa por su uso juguetón y muy frecuente (como güey, de buey, que el DRAE sigue refiriendo únicamente como «persona tonta», o precisamente como supone Luis Urrea que sucedió con chivato). Una lectura del Diccionario de mexicanismos apunta a esta evolución de la palabra bato y confirma la conveniencia de escribirla con b, pues la presenta en sus cuatro acepciones como persona, como joven, como persona indeterminada, y finalmente como interlocutor afectivamente cercano5 (en ningún caso como alguien rústico o tonto).

La presencia de bato en el español es notoria históricamente para referir a aldeanos o campesinos6, pero la etimología de la palabra es discutida. En las últimas tres ediciones del DRAE se dice que su origen es incierto7. En la de 1925 se decía que venía del rey Bato I, fundador griego de Cirene en el 631 a. C., que era famosamente tartamudo, mientras que en la de 1884 se hablaba de la tartamudez en general en «alusión a la torpeza de los rústicos en la manera de expresarse» (en griego antiguo, tartamudo se decía báttos8). Corominas, sin embargo, piensa que tal es una etimología falsa surgida de una coincidencia casual. Él dice que probablemente venga de que el verbo batir nos dio batueco, que es como se llama al huevo huero por el ruido que hace al agitarlo. En España la palabra batueco ha sido usada como nombre para aldeanos y, como dice la definición actual de bato, gente rústica o de pocos alcances, con otras variaciones regionales (como baturro en Aragón, nombre del campesino), habiendo llegado hasta a ser aplicado «por antonomasia a los habitantes de Las Batuecas»9. Éste es un valle en España donde viven los batuecos, quienes son proverbialmente desconocedores de los ires y venires del resto del mundo10. Me imagino que el paso supuesto por esta etimología figura del huevo huero a la persona, en referencia metafórica a la oquedad de su cabeza y, seguramente, como ocurrió con bato, su madre batueco (según Corominas) ha tenido el mismo pulimento por el que empezando por ser despreciativo se vuelve apelativo jocoso. ¿Sería demasiado imaginar que una coincidencia hubiera dado pie al juego de palabras por el que a quien se tuviera por batueco se le dijera bato, recordando al renombrado tartamudo?

Hay otro famoso Bato que no he visto mencionado en ninguna etimología de esta palabra. Se trata del pastor anciano que atestiguó cómo Mercurio se robaba las reses de Apolo (quien tocando la zampoña más ocupado estaba de su amor que de su grey)11. Mercurio primero lo soborna con una vaca para que no diga nada, pero luego luego regresa disfrazado y pregunta por el ganado perdido prometiéndole un toro a cambio de su ayuda. Bato, que evidentemente es de pocas luces, no vacila en aceptar también el segundo regalo y delata el escondite. Mercurio se le revela entonces y lo convierte en piedra por su perfidia; en una piedra de toque específicamente. En latín «piedra de toque» y «delator» se decían igual: index. Así, este chivato termina dándole la mala fama de delatoras a todas las demás piedras de toque, que ninguna culpa tienen12. ¿Será que no es defecto del habla lo que acaece al bato, el tartamudeo, sino que en la parlería tiene un vicio del lenguaje? Nos excederíamos suponiendo que este cuento es en algún modo causa de la palabra bato en su uso en el español actual, lo que explicaría su falta de consideración en las etimologías, y no parece posible saber si se llamó Bato a este pastor por bato, o si por Bato es que son batos los pastores; pero elucubrando por puro gusto, es posible imaginar que el tartamudo rústico de cabeza hueca tal vez sea también chivato de cabeza dura, pues es la mayoría de la gente descuidada con la lengua, y que como ha ocurrido con tantos nombres con el tiempo fue puliéndose y gastándose como se gasta la piedra vieja, hasta que pierde todo filo de animosidad y no le queda sino la cercanía del semejante.


1 Quizá esta popularización tenga su causa en la pandilla «Vatos Locos» fundada en los 30s en la ciudad de Los Ángeles y cuyos grafitis siguen siendo parte del imaginario popular. En 1979 escribe Alejandro Marcos Morales, estadounidense de California que publica en inglés y español, y que figura entre los exponentes de la literatura chicana, en La verdad sin voz: «Chingao y yo porque me siento estúpido, que no soy inteligente, que no valgo nada, pero él sí no es estúpido, y es inteligente, y sí vale. Qué suerte tiene el vato». Ni el CREA ni el CORDE de la Real Academia Española registran otra aparición de vato además de ésta. (Las excepciones son un pueblo llamado Vato e, incidentalmente, un registro por error del Lunario sentimental de Leopoldo Lugones con la frase «vato ademán» ahí donde debería ser «vasto ademán»).

2 Como dice el Diccionario panhispánico de dudas: «No existe en español diferencia alguna en la pronunciación de las letras b y v. Las dos representan hoy el sonido bilabial sonoro /b/ (…) En resumen, la pronunciación correcta de la letra v en español es idéntica a la de la b, por lo que no existe oralmente ninguna diferencia en nuestro idioma entre palabras como baca y vaca, bello y vello, acerbo y acervo».

3 Luis Alberto Urrea y José Galvez, Vatos. Por supuesto, esto no es decir que no sea correcta su observación sobre el uso de la palabra. Es valiosa su sugerencia: los chicanos en Estados Unidos, hermanados por el racismo vertido hacia ellos, asimilaban insultos y nombres que eran desagradables para los «buenos mexicanos», inmunizándose así contra el desprecio.

4 «bato1» en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, ed. 23. Interesante sería averiguar si hay alguna relación con el caló bato que, según este diccionario, significa «padre»; aunque Corominas dice que ese uso en Andalucía, tomado del gitano («seguramente de origen eslavo»), es independiente (Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, volumen 1). Hay además una palabra judeoespañola bato que significaba una medida de líquido y el cántaro en el que se le sirve (Alfonso X, General Estoria, libro XXV, §11); y parece haber otra que refiere a alguna hondura de un cuerpo acuoso, probablemente relacionada con la anterior (Anónimo, Relaciones topográficas de Venezuela, 1815-1819, consultado en el CORDE), además del nombre de una pelota en el juego de los indígenas de algunas islas del mar de Antillas (Alemany y Bolufer, Diccionario de la lengua española, 1917).

5 «bato» en el Diccionario de mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua, 2010. Véase también que el Diccionario del español de México de El Colegio de México (consultado en línea en febrero del 2018) refiere a bato como «Hombre o muchacho».

6 Por ejemplos:

  • Diego Saiz San Martín, Súplica, por 1600: «que Vuestra Alteza mande que los corregidores y jueces que tuvieron los indios no puedan tratar ni contratar con ellos, so graves penas, porque por haber tratado con ellos están los naturales muy pobres y la tierra muy estrecha, por haberse los batos de la provincia convertídose entre los corregidores como cosa propia y ser muy en perjuicio de ellos», consultado en el CORDE (la traslación a la ortografía actual es mía).
  • Lope de Vega, Pastores de Belén, prosas y versos divinos, 1612, cuyo personaje idílico Bato es acompañado por otros como El Rústico, y dice: «Cantaba en esta selva un sabio histórico, | que a Dios agrada un simple ingenio tépido [¿tibio?] | más que las elocuencias del retórico».
  • Julián Zugasti y Sáenz, El bandolerismo. Estudio social y memorias históricas, 1876-1880, consultado en el CORDE: «Ya sabéis que en la carta se le decía al bato que el que tráese la respuesta había de ir por el camino marcado, subido en una burra… […] …en seguida se me cayeron los palos del sombrajo, cuando me dijo que los batos eran unos pobrecitos, y que era una locura pedirles doce mil duros».
  • Emiliano de Arriaga, Lexicón etimológico, naturalista y popular del Bilbaíno neto, 1896: «Bato se llamaba el aldeano ya maduro, que venía á la villa con el clásico y cónico sombrerote negro (…) á pesar de su rusticidad conocía bien á fondo la gramática parda».
  • Miguel de Unamuno, Recuerdos de niñez y de mocedad, 1908: «El aldeano –jebo o bato, que con estos dos nombres se le conocía en Bilbao entre nosotros…».

7 Curioso es que las ediciones de 1970 y 1984 del DRAE dijeron que bato venía de la voz onomatopéyica bat, del bostezo. ¿Por qué ocurrió este cambio? Después no se volvió a considerar esta etimología. Lo sugerente es que se insista en la expresión del que bosteza como si la del imbécil nos la recordara, y ésta (supone esta etimología) fuera la característica notable del bato. Contrastan el hablador rústico, parlero e insensato, con el silencioso boquiabierto que no entiende nada. Probablemente se haya tratado de un error de alguien que leyó la onomatopeya baf y la tomó por bat, en algún tratamiento de voces como vaho, baho, o bafo, que se suponen brotadas de este sonido que «expresa el soplo o aliento del vapor», dice Corominas (entrada «vaho»), y añade que «la onomatopeya BAF está en relación de apofonía vocálica con BUF», de donde siguen bufar, bofe y búho.

8 βάττος, según el lexicón de Liddell, Scott y Jones es el tartamudo o el zipizape (dicho de paso, el DRAE no registra «zipizape» como se le usa en México, como quien tiene problemas de ceceo, sino como una riña ruidosa). El nombre del rey de Cirene es ése también, Βάττος. El verbo de tartamudear es βατταρίζειν (battarízein), voz que Beekes sospecha onomatopéyica (Etymological Dictionary of the Greek). En el Teetetes de Platón, Sócrates dice que quienes están acostumbrados a enfrentar polémicas con erística quedan, a la vista de los hombres libres, como tartamudos ridículos cuando se les empuja a discutir con seriedad sobre la naturaleza de los temas que suelen rozar, como la realeza o la felicidad humana (175b-c). Desconozco si la primacía la tiene el tartamudo o el rey; es decir, si por llamarse Báttos el rey tartamudo se decía que quien hablaba como él era un báttos, o si por llamar báttos al tartamudo en general, se llamó Báttos a este rey que tartamudeaba, como un apodo (así como se le decía a Demóstenes «Βάτταλος (Báttalos)», otra forma de decir tartamudo). Dice Juniano Justino que el nombre original del rey Báttos era Aristeo (Historias filípicas, XIII, 7), lo que convendría a la segunda alternativa; pero Heródoto afirma que báttos era una palabra libia para rey, lo cual convendría más a la primera alternativa (IV, 155. En realidad, Heródoto no hace sino mantener esta ambigüedad, afirmando al mismo tiempo aquesto y que se cuenta que lo nombraron así por ser de débil y tartamudo discurso). Claro, es posible una tercera: que sea todo coincidencia, que rey se dijera tartamudo en el idioma de los libios, y que el rey llamado Tartamudo fuera, incidentalmente, tartamudo; pero aunque en este mundo es verosímil que pasen muchas cosas inverosímiles, lo dudo.

9 Joan Corominas, Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, volumen 1.

10 Véase Lope de Vega, Las Batuecas del Duque de Alba, de donde viene probablemente tal fama. Esta comedia se puede leer completa en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Se puede leer también esta relación en el diccionario etimológico en línea Etimologías de Chile.

11 Ovidio, Metamorfosis, libro II, vv. 676-707. Es mencionado como nombre del pastor en esta historia en el Diccionario nacional de la lengua española de Don Ramón Domínguez, y en el Diccionario enciclopédico de la lengua española de Gaspar y Roig, ambos de 1853. El primero indica que por extensión nombra al hablador.

12 Un maravillante recuerdo de esta historia, y de otros sufrimientos iguales o más terribles, está en una canción llamada Las maldiciones de Salaya: «…como el hecho por Oileo | rayo de fuego tifeo | te traspase tus entrañas, | siempre tengas tales mañas | como las de Polimnestor, | como Bato el mal pastor | seas convertido en canto, | Dios te dé tanto quebranto | como tuvo el rey Edipo, | Tideo como a Melanipo | comas cabezas de hombre, | robador tengas por nombre…»; está recogida en el CORDE y también, con algunas diferencias de ortografía y menores variaciones en el orden de las coplas, en el segundo volumen del Romancero general de Agustín Durán, coplada por Diego García (En otras partes se le encuentra mencionada con el muy colorido título Maldiciones de Salaya contra un criado suyo llamado Misancho sobre una capa que le hurtó). Bernardo Pérez de Chinchón, en su libro La lengua de erasmo nuevamente romançada por muy elegante estilo, de 1533, escribe sobre el lenguaje que «de ninguna cosa tienen los hombres menos cuidado que de la lengua, pues traemos en ella a lo uno y a lo otro: conviene a saber veneno mortal y medicina saludable», y sobre los vicios del lenguaje hace esta observación: «a los que no guardan secretos los llaman ‹cántaro horadado›, ‹harneros›, y al mismo vicio de la parlería ‹borrachera sin vino›, porque como el beodo no sabe con el calor del vino callar los secretos, así hay algunos beodos de este vicio de hablar, y que cuanto más hablan, más devanean. El evangelio reprehende también este vicio y llámase ‹Battología›, que quiere decir la parlería de Batto» (la traslación al español actual es mía). Después procede a contar el cuento de Ovidio referido aquí. También Ignacio de Luzán, en su Arte de hablar, piensa que hay una relación entre el Bato de Ovidio y «uno de los defectos más ordinarios en el vulgo, o por ignorancia o por falta de memoria», por el que se repite inútilmente muchas veces la misma cosa. «Este defecto se llama, con griego vocablo, tautología; o batología, por un cierto Bato», y luego procede a mostrarnos que incluso Ovidio es repetitivo en estos versos para producir el efecto del bato.

Ocurrencias del convite

«All true friendliness begins with fire and food
and drink and the recognition of rain or frost».

–G. K. Chesterton

La idea de celebrar comidas comunes entre los que conviven en la ciudad tiene mucho tiempo de haber sido inventada. Por lo menos desde la Antigüedad se discute si conviene, si aprovecha, si será mejor obligarla o mejor procurarla. E «inventada» lo digo con cautela, porque puede sonar a estadistas reunidos en concejo lanzando lluvias de ideas hasta que uno logra articular entre sus sorprendidos compañeros la estrategia, que repica con timbre de inaudita; cuando lo más probable es que la comida en común sea a iguales partes designio y heurística. Por un lado se organiza que los que tienen vida en compañía coman juntos, por el otro se sabe que los que viven en casa suelen hacerlo así con toda naturalidad, sin que nadie les diga nada. La palabra que en el griego de Jenofonte quería decir «vivir bajo la misma tienda» es la misma que se extiende a significar «comer juntos»1. Igual de normal ha sido siempre que quienes son amigos se reúnan a comer con mayor o menor frecuencia. La naturalidad de la política es peculiar así: ni exactamente como la constancia con que crecen las plantas, ni exactamente como la plasticidad de la obra manual. Es Jenofonte quien nos platica cómo Licurgo, en Lacedemonia, llegó a la conclusión de que todo el tiempo que pasaban encerrados los espartanos culminaba en males del carácter y problemas para la ciudad, por lo que se le ocurrió establecer las comidas públicas, abiertas, a vista de todos. En ellas los viejos contaban su experiencia a los jóvenes, mientras aquéstos se preocupaban por lucir siempre bien y saludables frente al resto. Las ordenó para que nunca se sirviera tanto que abundara ni tan poco que escaseara, jamás negando el agua a quien quisiera beber más, y todo de forma que «la mesa no está vacía mientras no se ha separado la compañía»2. Que no nos cueste trabajo entender por qué puede haber funcionado bien un proyecto tal, puede achacársele a la potencia para unir que tienen mesa y sobremesa. La comida se convida. Por esa razón esta celebración tan humana puede ser una fuerza civilizatoria.

Los placeres de la mesa y los deleites de la sobremesa requieren algo de ocio. Tienen un paso jovial que no imita el ritmo esquizofrénico del multitasking ni tampoco hace eco de los frenéticos excesos de la bolsa de valores. En la mesa el tiempo no es oro, es sazón. El apuro hace malas comidas. Hace que sepan lo mismo el dulce y el salado, el agrio y el amargo, el frío y el caliente, en una experiencia gris que fácilmente deja la memoria. «Una mala comida no se recobra nunca. | El águila en su roca ni el tigre en su espelunca, | ni el hombre que no fuere de condición adunca | gozan de amor a medias ni de merienda trunca»3. Con buen tiempo no solamente se nutre uno como un árbol reverdece, sino que se nutren las voces que toman parte de lo mismo; y claro, esto requiere que se acate su justo paso. Se fortalece así la compañía porque se da naturalmente a la conversación. La palabra rebosa en la mesa. En sus acercamientos puede encontrarse la amistad. Podrá ser peor para la productividad (porque el que se queda platicando hace menos gráficas de Excel), pero no hay duda de cuánto mejor es para la vida política, si es que puede amigar a los que viven juntos. Cuando la palabra se tiene por valiosa, el ser humano se apersona. Al revés, la devaluación de la palabra simplifica, seca y embrutece la vida humana hasta la barbarie en la que los otros no son sino útiles. «Las palabras saturadas de mentiras, atrocidades y malversaciones –dice Sicilia–, no pueden hablar de la vida ni rehacer la cultura que han destruido, sólo pueden exhibir el salvajismo de lo inhumano y del estado del terror»4; y como dice Zaid, «hay que reconocer, sin embargo, qué difícil y hasta imposible puede ser levantar el nivel de la conversación en una comunidad embrutecida por los agobios de la supervivencia o la obsesión de la abundancia»5. Las comidas comunes pueden fomentar la comunidad de la vida pública completa: se une y se comparte, se disfruta y se conoce, se apalabra al otro y se le dignifica. De ese modo, tal idea podría ser valiosa para recuperar la convivencia allí donde la vida se nos ha vuelto indigna, allí donde se nos ha fragmentado la comunidad y atrofiado la imaginación6. No parece, pues, ni que la idea sea desdeñable sin consideración, ni que haya razones para pensarnos incapaces de hacer algo con ella, si la apuesta es por la dignidad.

Conviene por eso pensar qué tan benéfico y factible sería para nuestras ciudades que buscáramos maneras de hacer comunes las comidas. Existen los comedores comunitarios, que reciben ayuda del gobierno para ofrecer un menú baratísimo en lugares marginados. Funcionan como una opción para ayudar a quienes no pueden pagar su comida de otro modo (o muchas veces, para los que trabajan cerca). Los atienden voluntarios y la comida es de calidad muy variable, dependiendo del lugar. ¿Podríamos pensar en un modelo que no los tenga por último recurso para los más necesitados, sino como fuentes del encuentro de todos los ciudadanos? Deberíamos aprovechar además que uno de los más grandes motivos de orgullo, comunes entre casi todos los paisanos aquí, sea la comida. Bien preparada, la comida mexicana confirma la bondad de la vida y la riqueza de la variedad humana. ¿Podría de algún modo tenerse en todas partes comedores comunitarios donde se sirviera buena, sabrosa y variada comida, se ofreciera música, y se celebrara la convivencia, para todos? Tendría que haber muchos, para que todo mundo o casi todo mundo tuviera alguno cerca, que sirvieran platillos tan ricos como en cualquier buen mercado, y tendrían que ser gratuitos (completa o prácticamente) de manera que no promovieran la marginación7. Otra ventaja sería que en el contacto de gente tan variada se debilitaría la timagogia que los nichos, populacheros e intelectualoides por igual, fomentan. La música sería importante (no muy alta para no impedir la conversación), no solamente para fomentar el ambiente harmónico de todo el asunto, sino también para contribuir a que los presentes se mezclaran más entre sí; tal vez podrían presentarse bandas locales, o hasta hacerse otras presentaciones públicas como obras teatrales, declamaciones poéticas o muestras de cine. La comida tendría que servirse en un tiempo acotado, quizá de dos o tres horas, para que se concentraran los comensales, que no sirvieran al exceso de quienes quisieran aprovechar todo el día, y para permitir que los que lo atienden tengan el tiempo adecuado de preparar y de recoger. Los encargados deberían ser servidores públicos, con sueldo y prestaciones acordes, de manera que pudiera garantizarse un estándar de calidad de la comida y que se dedicaran a ello sin preocupación, hasta hacerse experimentados en el manejo del comedor. Claro que muchas cosas distan de ser obvias. Por ejemplo: ¿convendría sancionar el consumo de alcohol, permitirlo con límites, dejarlo a discreción del bebedor; y en caso de que se permitiera, se vendería aparte o estaría incluido en la comida? O ¿habría manera de realizar el proyecto, quizá con los recursos que ahora se usan para programas sociales que no tienen en realidad el impacto positivo que persiguen? ¿Los ingredientes vendrían todos del mismo lugar repartidos por un solo proveedor, o cada comedor tendría la posibilidad de buscar los suyos? ¿Los menúes serían iguales en todas partes o a juicio de los cocineros? ¿Habría siempre opciones vegetarianas, avisos en protección de los alérgicos y demás cautelas? Sé que faltan muchísimas cosas y que esta idea está muy lejos de ser viable. Tal vez haya muchas otras maneras convenientes de promover la convivencia. Pero que haya mil detalles que faltan por exponerse y discutirse no debería impedirnos considerarla. En la comida en común podríamos encontrar un respiro a la crueldad de esta barbarie que vivimos; podríamos tener la fortuna de que fortaleciera la palabra, hoy tan desgastada, y nos acercara a amigarnos.


1 συσκηνέω en Liddell-Scott-Jones Greek-English Lexicon (LSJ). La palabra que más comúnmente se usaba era συσσίτιον, literalmente comida en conjunto, como la emplea Plutarco (Licurgo, 12). Muy interesantemente, éste cuenta que los cretenses llamaban hombría (ἀνδρεῖα) a estas comidas comunes. Después especula sobre el posible origen de la palabra que los espartanos usaban para éstas, φιδίτιον, porque le parece que puede venir de que conducen a la amistad (φιλία) o tal vez a acostumbrarse a ser frugales (φειδώ).

2 Jenofonte, La constitución de los Lacedemonios, V. La palabra que traduzco aquí como «vacía» comparte en griego el sentido de solitaria, desierta e incluso huraña. Por ello en el original es más obvio que Jenofonte juega elegantemente con dos clases de vacío. ἐρῆμος en el lexicón LSJ. Digo de paso algo que creo: si esta frase se acuñara como dicho en español, tendría probablemente la forma de «la mesa no está vacía mientras haya compañía».

3 Alfonso Reyes, Proemio de Memorias de cocina y bodega.

4 Javier Sicilia, El retorno a lo salvaje.

5 Gabriel Zaid, Citas exóticas.

6 Mientras platican sobre la sabiduría de las leyes cretenses, el cretense Clinias le dice a su invitado ateniense que las comidas comunes fueron maravillosamente bien pensadas porque sabiendo que toda ciudad está en constante guerra contra todas las demás, en la unidad hallan seguridad los ciudadanos. El ateniense no está convencido de que su compañero esté entendiendo correctamente los bienes de la mesa, ni en general de la ley, por enfocarse en la guerra (piénsese aquello de que para los cretenses las comidas comunes se llamaban hombría, en nota 1). Los convence a él y al espartano que los acompaña de admitir la preeminencia de la amistad contra la de la enemistad en la ciudad y la sabiduría de sus leyes. En la convivencia, argumenta, se fomentan la vergüenza y la reverencia en común. Con ello propone la conveniencia no solamente de comidas comunes, sino de multitudinarias fiestas de beber alcohol (claro que no exento de burla). «Pasar tiempo bebiendo juntos es una gran contribución a la educación, si se hace correctamente». Mucho después en la conversación, el ateniense concede una nueva consideración sobre la guerra y parece admitir que hay un sentido en que lo que el cretense decía, podría ser verdad: todos libramos –afirma el ateniense– una «batalla inmortal» contra la injusticia, ayudados de los dioses como asombrosos guardias del bien. Las leyes, 625e, 648b-c y 906a. En esta dramática guerra inmortal contra la injusticia, la convivencia política es capital.

7 Véase lo que al respecto dice Aristóteles en Política, 1271a 25-40.

La confusa coexistencia citadina

«A quienes así les es ordenada la vida,
¿no les queda alguna actividad necesaria y plenamente apropiada?
¿O cada uno de éstos ha de vivir su vida siendo engordado como ganado?».

–El extranjero ateniense en Las leyes, de Platón.

La convivencia es el latido natural de la comunidad política. Cosa muy distinta es la coexistencia, aunque haya quienes no encuentren la diferencia. Coexisten sin problema muchos animales, siempre y cuando se encuentren rondando en un mismo lugar1. Coexisten minerales en las venas de la tierra y en la carretilla del minero. Coexisten los astros en el firmamento y los neutrones en un núcleo atómico. Coexisten ruecas, tubos, goznes, cadenas, bandas, pistones y perdigones en alguna máquina ruidosa que alguna incomodidad nos ha de resolver. En verdad, si uno se esfuerza bastante, coexiste prácticamente lo que sea, siempre que ahí esté al mismo tiempo que algo más. Por supuesto que coexisten las personas también: se visita cualquier día laboral el transporte público y listo, fin de la investigación. Ahora, que convivan los que están diario metidos en los autobuses y trenes subterráneos… eso es mucho más difícil. Decir que un grupo coexiste es hablar de una relación coincidental, ya sea que tenga fondo arbitrario («ya estaban esos objetos ahí») o que sea convencional según algún campo semántico en el que uno está interesado («vamos a poner esto y aquello ahí»). Cambia la cosa cuando se dice que hay convivencia. Cambia porque ya entonces se está hablando de vidas que se acompañan. Sólo el muy cínico olvida la vergüenza diciendo algo tan obviamente falso como que es lo mismo estar solos pero amontonados y estar todos amigados. Y con todo, hay muchos no tan cínicos que sin embargo confunden la política con la administración de los coexistentes.

La confusión empieza pensando que el bien común es la conservación. Éste es el primer paso en un camino2 que, de seguirse, lo lleva a uno a la casi natural conclusión de que la felicidad humana está en la máxima extensión de la existencia en la que la mayor cantidad posible de deseos son satisfechos, cueste tal estado lo que cueste. ¿Cómo hallaremos tal cosa? «¡Qué pregunta! –tenemos que contestar medio desdeñosamente–, si es claro y distinto: progresando». El avance se dirige, obviamente, hacia la eficiente organización de los recursos humanos que garantizarán menos dolor y más placer todo el tiempo posible. Cuando cada sujeto funcione de acuerdo al sistema, todos disfrutarán al máximo de este bien. En estos términos, se puede decir que tal bien es común. De ahí parece que se vale decir que las personas viviendo así, conviven. La confusión supone que hay convivencia cuando los coexistentes del montón están tan ingeniosamente administrados y mantenidos, que al atender sus necesidades individuales atienden en ello las de los demás (casi por consecuencia colateral). ¿No es éste un hermoso dominó?: hasta cuando los deseos se descarrilan hacia el espacio prohibido en el que afectarán el derecho ajeno3, se encuentra el alivio en el psicólogo, quien a su vez desea un exitoso consultorio rebosante de pacientes descarriados. Ahora, no hay que malentender: que haya una confusión no quiere decir que este acomodo de nuestra coexistencia sea imposible. Por supuesto que un montón de partes se puede manejar dadas determinadas funciones claramente delimitadas; eso no está a discusión y con un reloj basta de pruebas. Se puede administrar y se puede organizar de maravilla un cúmulo de personas con propósitos muy diversos. Se puede aspirar a que todas las unidades de un compuesto complejo se mantengan sobreviviendo sin dolor por mucho tiempo, y que produzcan mucho, para todos, de manera muy eficiente; pero no es ahí donde está la confusión. Se confunde quien la nombra «convivencia», porque supone que tratando de estas administraciones hacemos lo mismo que tratando acerca de lo preferible. Pues ni el mejor armado reloj humano es preferible junto a la aspiración de una sociedad en la que hay amistad.

La ciudad no se forma solamente para que el ser humano se mantenga, sino para que viva bien. La aspiración por una vida mejor es fuente de convivencia. Convivir difiere de coexistir en la misma medida en que difieren vivir bien y sobrevivir. No importa quién quiera tomarlos como lo mismo ni cuánto se esfuerce en presentarlos así, no lo son. En el diálogo platónico Las leyes, se planea la fundación de una ciudad. Al distinguir en ella entre la supervivencia y la buena vida, uno de los personajes afirma con una convicción entusiasmada que hacer como si fueran lo mismo deberá ser considerado una afrenta impía y deshonrosa, pues quien opina de ese modo tiene a su propia alma por algo vil y despreciable. Puede que sea así. Esa dramática exposición resalta la esterilidad de una vida extendida solamente por amor a la conservación. Bien conservadas, las momias. El bosquejo del alma vil y despreciable está delineado por la sinrazón: la supervivencia a secas es existencia sin razón, desprecio por la palabra. En la vida pública esto es desidia. Si se va a decir con pose solemne que lo mejor para el hombre es mantenerse el mayor tiempo posible, deberíamos estar preguntándonos con toda seriedad si como principio de conservación de las naciones no superaría a las leyes el formol. El problema es que considerar el propósito humano en la mera conservación equivale a deshumanizarnos. Es decir que la vida humana no tiene sentido. Pero esto es un oxímoron. No se puede razonar que no hay razón. Incluso los defensores más cínicos de esta enajenación de la razón nos dan razones, hablan para dar explicaciones, tratan de persuadirnos, intentan mostrarnos el sentido de sus opiniones sobre la existencia. En realidad, en sus esfuerzos lo que llegan a hacer es defender que el propósito humano está malentendido, no que no haya tal. La razón se defiende en la evidencia. En cambio, la defensa racional del despropósito es un despropósito. Eso es obvio. Negando todo principio y finalidad, los nihilistas comprometidos que engendran las consecuencias de sus convicciones no defienden nada, y si acaso hacen ruido alguno, sólo balbucean. Además del que niega los principios y los fines está también el escéptico, que no los niega sino que duda de ellos. Pero igualmente hay dos tipos de escéptico: uno va al doctor cuando se enferma, el otro piensa que tirarse a un pozo y no hacerlo son lo mismo. El primero no es tan escéptico que dude sobre todo en su vida, el segundo ya no está. Si de éstos, o de los nihilistas, o de los demagogos, o de entre cualesquiera otros, alguien finge tener buenas razones para el despropósito, es o un idiota o un miserable4. Y sea lo que sea, es responsable de un mal nefasto para la vida pública. Tal vez por eso el personaje del diálogo platónico, mientras juega a que es legislador de la ciudad que fundan, condena legalmente tales desatinos en el discurso público.

El asalto al sentido desemboca en mudez, locura, sinrazón; y al revés, en su defensa hay razón, propósito y diálogo. Esa apertura nos permite percibir lo preferible en nuestras vidas compartidas. Sobre ello conversamos y elegimos, y finalmente, nos responsabilizamos de las elecciones que se aclaran frente a todos gracias a la ley. Hace poco lo dijo bellamente mi amigo Námaste Heptákis: «Lo mejor del hombre es aquello que lo hace más real, más plenamente humano»5. La vida pública se vivifica en la conversación porque nos es común el bien humano como búsqueda constante. La conversación puede fundar ciudad. Pero para ello, debe confiarse en la palabra, debe venerarse la ley, debe celarse la razón. Estos cuidados no se dan en la coexistencia desde donde no significan nada, sino en la convivencia porque en ella no solamente estamos, nos acompañamos. La supervivencia es a la buena vida lo que la coexistencia es a la convivencia. Sólo en la convivencia aflora la amistad, allí donde los que coexisten a secas buscan la tolerancia (tan políticamente correcta6 y tan conveniente a mercaderes que harán entre ellos un buen bisnes). Una forma de organización sin convivencia conviene más a una botica, a un zoológico, o hasta a un campo militar, que a una ciudad; en ésta vivir así es enfermizo y asfixiante. Es una vida indigna. Si es mejor vivir que no hacerlo, mejor es vivir bien que vivir de cualquier modo; y en esa misma medida, mucho mejor que administrar la coexistencia, es cuidar la razón que nos ayude a convivir. Después de todo, no ha nacido quien pueda honestamente negar lo que todos percibimos, no importa cuan cínico, nihilista, escéptico o pedante sea: que mejor que vivir en soledad es, y por mucho, vivir en amistad.


1 Advertencia: qué quiera decir «mismo lugar» puede variar según el relator.

2 Por cierto, en nuestros días este camino está mantenido en excelente estado, empedrado, limpio, iluminado y abundante de descansillos para evitarle a uno cualquier clase de molestias desde el primer paso hasta el final.

3 En cuyo respeto está la paz, cual nos lo dijo don Benito Juárez.

4 Hay elogiados doctores con su título en filosofía que dicen que el origen de la crueldad es la razón y que el animalismo es la alternativa más justa junto al destructivo humanismo. Así los habrá siempre, no debe sorprendernos. Y las vacas siguen mugiendo.

5 Ver nota 4. Justo arriba.

6 Este concepto de lo «políticamente correcto» es ya tan corriente entre todos, y al mismo tiempo tan especializado en su significado en contraste con los significados de las dos palabras que lo forman, que pienso que debería construirse un neologismo que lo denotara. Debería ser uno chistoso o cuando menos juguetón, para que reflejara el uso irónico que hacemos de la frase. Palabras que me vienen a la mente son la flexiortodoxia, lo ortopolítico, o la doxinestesia, pero no estoy convencido de que alguna sea satisfactoria. [ACTUALIZACIÓN: Námaste Heptákis ha propuesto una palabra mejor que éstas: timagogia. La propuso aquí y explicó sus razones].

¡Celébrese!

Este blog acaba de cumplir sus nueve años. Son nueve años personando letras, apalabrando ocurrencias, letreando tonadas, conviviendo concordias, sugerencias, juegos, y todo lo que se nos viene a los dedos en broma y en serio. El nueve es un número bello por la proporción de sus partes con el todo (es tres veces tres), los dígitos de su cuadrado (nueve veces nueve) suman nueve, porque forman el ochenta y uno, y la frase nueve años tiene nueve letras; pero además, nueve es el número de integrantes de esta gran banda bloguera. A veces harmonizamos tocando notas que caen como gotitas pacientes, y otras más bien nos salimos de tono e improvisamos por unos compases en la disonancia como manantiales de jazz. Es verdad, también nos metemos en laberintos de acordes y fraseos, pero siempre es con esperanza de encontrar la salida. Y como cualquier banda que se respete, ensayamos mucho, que por etimología es algo así como andar pesando para probar qué valor tienen las cosas (con todo el pesar de empujarlas si no tiene uno una balanza). Con cada ensayo, esperamos darnos a entender mejor (o cuando menos, darnos). Y cuando hemos estado tomados, aunque sea un poco, por el pánico escénico, siempre hay quien devuelva la atención a la música y disipe el mareo. Eso, claro, si no resulta que es la música la que tanto nos marea como a quien da vueltas a ciegas y aspavientos a ver si mientras denuncia la fealdad de pronto se topa con la belleza. Dicho todo, pues, dialogamos. Y el concierto empezó así, siendo guisa del diálogo. Por más plan y acuerdo que haya habido, nos encontramos con el diálogo ya ocurriendo. El canto ahí está y nosotros vamos descubriendo la melodía. Bueno, esto es un decir; pero todo lo humano es un decir. Nos mantenemos queriendo decir, queriendo sonar; y no diciendo lo que sea y dándole a este blog larga continuación nomás por el gusto que algunos tienen de la longitud, sino queriendo sonar bien. O más bien, queriendo sonar mejor. Es igual con la vida entera, que es buena por las ganas de vivir bien. Que el concierto sea concordancia y convivencia. Este aniversario es motivo de gusto, de amistad y de celebración, pues siendo tantas las tonadas y tan diverso el ritmo, estamos sin embargo juntos confiando en la palabra, queriendo vivir bien.