Un cuentito del final

«En otro lugar apartado de aquí vivía un señor. Muy extraño él. Hace unos días que pasaba cerca aproveché para visitarlo y ya no lo encontré. El tipo se la pasaba diciendo que buscáramos ser sabios».

Distraídamente el oyente soltó una risa desdeñosa por encima de la pantallita reluciente que sostenía. Luego preguntó «¿y qué, nomás te estaba molestando, o de veras no sabía que ya todos lo somos?».

«Pues no sé si sabía o no pero mi culpa no es: yo varias veces le llevé mis títulos para que viera».

La crisis continua

«…ciertas gentes,
puertos, bosques de pinos, fortalezas,
una ciudad deshecha, gris, monstruosa,

varias figuras de su historia,
montañas
(y tres o cuatro ríos)».

«Tengo este sentimiento, triste, de que estar alegre,
con las cosas como se ven, es traición».

Estos días nublados, que han de nublarse más, he estado pensando en cuánto hablamos y pensamos de crisis. La crisis, como una imagen, es un punto de quiebre, el culmen de la tensión que por fin estalla, los últimos segundos de soporte hasta que el peso quiebra el hueso. Por supuesto, es tumultuosa, confusa y mayormente temible1. Cuando una rama da de sí, el momento en que revienta apenas deja espacio para pensar, apenas para encontrar sentido. La palabra se adormece y tartamudea. Por un instante, no hay arriba ni hay abajo; o más bien, se los sospecha en una caída en la que no se distingue aún cuál es cuál. Por eso puede ser que, presas del sufrimiento con que se aviene la violencia que se asienta en la vida dedicada al poder, nos percibamos en crisis. La tensión es tan pesada que no parece sino esperar la resolución, como escuchar en una pieza musical una disonancia larga que obliga a esperar el acorde final… sin que éste llegue nunca. Cuando no ocurre el quiebre, pasa esto que también se ha hablado mucho y de distintas maneras: se dice que lo extraordinario se normaliza, que la sensibilidad se pierde, que la imaginación es amputada. Por eso puede ser también que hablando de ‹crisis› nos quedemos cortos, o incompletos, para entender lo que parece un contrasentido: la crisis continua.

El peligro de malentender la crisis actual es perder de vista la posibilidad de perpetuar la crueldad. Últimamente Námaste Heptákis ha apuntado aquí que negarse a ver el mal nos condena a la necesidad imperiosa, nos hunde en la vida tiránica. También lo ha dicho de otro modo: cuando la relación entre el honor y la atracción es injusta, los vicios privados se convierten en virtudes públicas. Me parece que ambas cosas están bien dichas. Que esto sea posible puede parecer contradictorio con afirmar la vida política como natural2. Esta contradicción es sólo un espejismo. Hay un sentido en el que la vida naturalmente política puede analogarse a la salud de cualquier ser vivo: puede crecer desproporcionada y tumorosamente, disminuir y marchitarse, puede mantenerse fuerte con ejercicio, sus órganos se complementan y su vida es un bien por sí misma, etcétera. Sin embargo, en la analogía se corre el riesgo de perder la diferencia, pues hay un sentido en el que, aun natural, la comparación no corresponde con la verdad. Esto se nota, por ejemplo, en que la barbarie no es una etapa anterior de crecimiento que deviene civilización siempre que no haya impedimentos externos. La barbarie puede no cesar jamás. La vida política y el diálogo público no son la fruta garantizada de un manzano (que, ha de decirse, aún el manzano sano puede no dar fruto, porque lo natural ocurre siempre o la mayoría de las veces de modo ordenado). La virtud debe ser actividad, o sea, elección: porque podemos tomar la decisión de actuar y hacernos responsables de nuestro juicio, la vida política está inextricablemente unida a la posibilidad de elegir el bien. En esa posibilidad humana se diferencia la naturalidad de la ciudad de la naturalidad del animal. La crisis que ahora mismo vivimos en «el país que todo pierde», como lo llamó hace poco Ángeles Mastretta, pervive en el alojamiento de la indolencia y por eso perpetúa la crueldad. Es un infierno continuo, repetitivo, interminable. Podríamos llamar a la nuestra una «crisis espiritual», como se le ha dicho ya también, o una «crisis humanitaria» si se quiere, con el objetivo de resaltar la importancia que tiene no confundirla con la crisis económica en la que tanto se están fijando las figuras de la opinión pública estos nublados días. El corazón del problema que vivimos encarnadamente no es una carestía del mercado ni lo es el terror a que tal calamidad nos sepulte; ese terror es consecuencia de nuestra carestía verdaderamente grave. Ésta es una sequía de virtud y una escasez de amistad. Cuando no podemos concebir otro terror que el del mercado, se perpetúa la crueldad y nuestra crisis se prolonga para siempre.

1Y por temible, posible habitación de la valentía.

2Por ejemplo, para quien pregunta: «¿cómo es posible el mal en la naturaleza, si natural es lo mismo que lo que hace bien a cada cosa según lo que ésta es?». Esto puede llevar a alguien a concluir «el mal no es sino el bien de otra cosa y, por tanto, ilusión provocada por el punto de vista».

El oro y su brillo

El refrán que reza «no todo lo que brilla es oro» es muy claro y además viejísimo. Es probable que ambas cosas estén relacionadas: es parte del saber popular más extendido que las cosas a veces aparentan ser lo que no son, o que dejan ver poco de sí. El oro, siendo un símbolo tan antiguo para lo valioso, propicia que esta imagen se conserve en muchas lenguas y a lo largo de muchísimo tiempo. La advertencia es que quien busca lo valioso no debe confundirse entre tantas cosas que también brillan en el mundo, aparte de lo que tiene verdadero valor. O dicho de otra manera, yerra el que cree que al oro se le identifica únicamente por cómo se ve. Junto con la imagen del oro está además la de la pirita, el oro de los tontos, que aunque valga muchas veces menos, brilla hasta más que el oro cuando se la encuentra en bruto. Este juego del tonto que cree que todo lo que brilla es oro y del necio que busca la sabiduría en las apariencias quizá sea un acervo de sabiduría popular de los más repetidos. Parece que siempre tendrá quien le dé voz.

En El Quijote Cervantes escribe de esta forma el refrán: «no es oro todo lo que reluce»1 dentro de un caudal de otros que profiere Sancho recordando lo que ha escuchado decir sobre el verdadero valor de las personas, encarrerado por una indignación. Está recogido de esas letras en el Refranero multilingüe del Centro Virtual Cervantes, aquí, junto con un dicho que se toma por sinónimo, «no es todo el sayal alforjas», y donde se observa con precisión que la sentencia «recomienda desconfiar de las apariencias, pues no todo lo que parece bueno lo es realmente». En el mundo anglosajón el refrán es también de lo más popular, especialmente en la forma «all that glitters is not gold». Geoffrey Chaucer escribe «mas todo aquello que brilla cual el oro no es oro, como tal he escuchado decir» y Shakespeare en El mercader de Venecia lo acerca a la forma moderna en todo menos una palabra (glister, una forma ahora arcaica de glitter, brillar o refulgir)2. Es llamativo que ya en el verso de Chaucer, y también en el eco que escribe de él Shakespeare, y en la retahíla de Sancho Panza, el refrán es mencionado como algo bien sabido, algo que se dice y se escucha ya desde hace mucho. Existe, además, un proverbio antiguo chino que parece usarse en el mismo tenor de advertencia sobre las apariencias engañosas y que dice «oro y jade por fuera, algodón podrido por dentro»3.

Hace unos años llamó mi atención un poema de Tolkien que tiene una imagen diferente, pero con tal parecido que puede pasar por ella en un descuido. Es un poema escrito acerca de un hombre de virtud y nobleza escondidas bajo un disfraz de pobreza y austeridad algo semejante a Odiseo disfrazado de mendigo en su propia casa. El poema comienza con las palabras «no todo lo que es oro brilla»4. A diferencia del refrán popular, el poema no canta sobre lo que pasa por valioso sin serlo, sino sobre lo que siendo valioso parece otra cosa. Donde se nos ponía en guardia contra el posible engaño del entorno, en este caso se nos advierte contra el engaño de nosotros mismos: recomienda desconfiar del propio prejuicio sobre la apariencia del bien. Aunque es menos clara que la del dicho popular, esta imagen no es desdeñable. Incluso encuentro sorprendente no hallar más este giro del dicho por ahí (aunque tal vez es por una buena causa que está escondido). Puede haber bien donde no lo pensábamos y podemos ser nosotros víctimas de apariencias que no provienen de eso que suele llamarse exterior. El cuidado del bien demanda alerta sobre el bien aparente y sobre nosotros mismos. No sólo requerimos alejarnos del falso bien, el provecho está en buscar el verdadero. De este curioso giro del refrán me parece que puede complementarse el original sin problema: no todo lo que brilla es oro y no todo lo que es oro brilla.

1El Quijote, Segunda parte, XXXIII.

2The Canon’s Yeoman’s Tale de los Canterbury Tales, vv. 409 y 410: «But al thyng which that shineth as the gold / Nis nat gold, as that I have herd it told» y The Merchant of Venice, Acto 2, Escena 7: «All that glisters is not gold. Often have you heard that told».

3El proverbio es «金玉其外, 败絮其中», cuya lectura no puedo hacer; pero la sugiere este diccionario.

4The Fellowship of the Ring, Tomo I, Capítulo 10: «All that is gold does not glitter, / Not all those who wander are lost; / The old that is strong does not wither, / Deep roots are not reached by the frost».

El luchador contra el sistema

El luchador contra el sistema está seguro de que su causa es justa. Él ha visto de cerca alguno de los muchos horrores que ofrece nuestro mundo moderno, y no está dispuesto a seguir con su vida como si no hubiera notado nada. Está convencido de que el cambio es necesario y de que tal cambio depende de él, de quienes son como él, y de quienes pueden serlo por persuasión. Por él mismo se complace de su lucha, por quienes son como él se forma una cofradía y por quienes requieren persuasión sus acciones son protesta e incriminación de indolencia contra todo el que no se ha unido a la campaña. Su fuente es la indignación, su alimento, el placer de hacer lo correcto. Es en el discurso que el luchador contra el sistema suele dar inicio a su acción: cambia de qué modos decirle a qué cosas, sabe en qué discusiones tomar cuál posición y prepara muy bien su semblante para no admitir de nadie que se hable de cierta forma sobre los temas que le son más sensibles. Ahí empieza su acción. Continúa en sus hábitos (que son protesta). Reflejan que ya se ha dado cuenta de cuál es el enemigo contra el que debe luchar. Y es que el luchador contra el sistema está convencido de que la acción es el ejercicio de la fuerza, y de que éste es el único modo congruente de enfrentar el mal. La lucha contra el mal y su expresión valiente muchas veces causan admiración o, en algunos, compasión; pero es también una admisión de extremo. Quien lo admire o compadezca será igualmente enemigo, tanto como el que lo repudia, si no admite también el extremo. El luchador contra el sistema no puede permitirse tibiezas ni posiciones conciliadoras, por dos razones: la primera es su convicción de que es necesario obrar un cambio en el mundo, y la segunda es que el sistema es increíblemente poderoso y por tanto sólo admite que se le afronte con fuerza. El luchador contra el sistema, entonces, no asiente sino al uso necesario de la fuerza. Para él, el mundo es práctica y la práctica es comercio de poder. Entre la protesta contra los otros y el compromiso con el uso de la fuerza desde el extremo, el luchador contra el sistema está en constante escalada cuesta arriba. Su lucha comenzó a un paso de perdida. Por eso él no tiene tiempo para preguntas. Nunca puso en duda, en su justa indignación, ni qué es el sistema, ni qué es la lucha. No tiene tiempo para enfrentar con seriedad que la misma vida moderna fertiliza el campo en que siembra el luchador contra el sistema, y que por eso los medios florecen con el relato de la lucha, los intelectuales lo ensalzan como baluarte del progreso, y los poetas le toman por encarnación de la vida romántica. La única causa del mal que el luchador contra el sistema asume, así como su remedio, es fuerza y necesidad. Su indignación hirvió observando los efectos nocivos de nuestras vidas actuales y permaneció bullendo a ese mismo fuego. En el mundo del comercio el luchador contra el sistema se enfrenta al mundo comerciando. Por eso para él la causa del mal es problema de eficiencia, se señala con protesta, se resuelve con administración y se combate con fuerza.

Diez años de simulación

El juez que mandó cambiar el nombre al dogal se excusó entonces, diciendo que la palabra no era nada sino aire empujado por el pecho; y sin embargo, por diez años su sentencia fue la muerte.

La pluma de Bragi

El matrimonio de Drengo Jilbarres terminó exactamente una semana antes de que yo consiguiera el último artículo de mi tienda de antigüedades. Él vino todavía victimizado por los sollozos del arrepentimiento y el despecho, y ya fuera por la cercanía de tal estrago o por simple desapego, me ofreció gratuitamente la hermosa pluma de cuervo de que hablo. Es la más deleitosa pieza de caligrafía que hubiera jamás visto: casi hasta la punta ‒aún afilada‒ de un cálamo bien sólido rodeaba un cilindro broncíneo con pocas incrustaciones diminutas de piedras marrones opacas, al que primero no presté más escudriño que el que permitió mi embeleso; cada barba en perfecta condición y sin desalinear, de un tono negro que confesaba ser índigo cuando lo atravesaba luz directa; y en pocas palabras, en un estado tan admirable de conservación que no era de creer que la hubieran bañado ya algunos cientos de años, por más que fuera cierto. La factura del cilindro me pareció escandinava tras una segunda observación, el bronce tenía un delgado baño de plata y estaba grabado con pequeñas vetas repetitivas en patrones lineales que se entrecruzaban en los bordes, como olas o escamas. Tan menudo era el detalle, que hasta el siguiente día capté que la figura al relieve era un avellano y las incrustaciones, sus nueces.

Debí reparar en la gravedad del dolor de Drengo cuando me obsequió con la pluma, pero estaba tan cautivado que lo descuidé. No tuve ocasión de preguntarle cómo obtuvo tan exquisito artefacto, porque cuando fui a buscarlo después sólo quedaba en casa su familia devastada. Nadie sabe al día de hoy a dónde fue. Quizá haya sido yo el último en verlo por aquí. Cinza, quien fue su esposa, no me recibió con la calidez habitual la tarde en que quise averiguar más sobre mi regalo: estaba todavía petrificada, como quien recién y de súbito vio morir violentamente a alguien. Su voz se entrecortaba y sus ojos no atinaban a ver nada. Drengo, me contó desarticuladamente, les había escrito a ella y a los niños unas cartas espantosas, formidables, llenas de imágenes monstruosas y palabras aceradas. Confesiones, todas ellas. Sumadas, eran el retrato de un hombre que había resguardado en el silencio y el trato frío de la rutina una abominable perfidia, que había callado opiniones mórbidas sobre sus más cercanos, que resentía, engañaba y odiaba con la profundidad de un pozo envenenado. Cada carta era testimonio de su vida secreta en el abismo. Yo no podía dar crédito al escuchar tales cosas sobre alguien a quien con frecuencia había visto, cuya voz había escuchado sin siquiera sospechar tales calamidades. Las cartas, dijo Cinza, las había escrito con la pluma de cuervo que me regaló. Fuera de sí, abrumado por la culpa y sofocado por el llanto, el confeso quiso perdón diciendo que no había sido él quien habló tales palabras, sino la pluma; dijo que no había podido detenerla, que su tinta era como una náusea que vació su alma de arcada en arcada; que todo había ocurrido en un trance como extraído de alguna antigua saga que canta sobre arcana magia y la venganza de los dioses furibundos. Cinza, me contó, no tuvo nada que responder: la verdad estaba escrita y el miserable, desnudo.

Después de escuchar tal cuento volví a mi tienda aún conmovido. Pensaba agitadamente qué podrían querer decir las palabras de la asolada mujer. No toqué esa tarde la pieza de delicada orfebrería, pues me inspiró un nuevo respeto y ‒he de confesar‒ algo de repugnancia. Mi escepticismo vacilaba, como si el precio de desdeñar lo que escuché esa tarde fuera mucho más alto de lo que jamás podría pagar. Hacia esa noche, ya en mi casa, recordé haber leído en algún lugar, no puedo dar con dónde, un poema antiguo sobre el botín del que se hicieron unos famosos vikingos al arrasar el reino de un poderoso rey guerrero. Sus arcas contenían portentos tan asombrosos que desafiaban el pensamiento y por cuya belleza adormecían la vista. Entre muchas otras cosas que ha perdido mi memoria, creí evocar el disco de Odín que tenía tan sólo un lado, la canasta de Idunn cuyas manzanas dotaban de juventud y no podían terminarse, el cinturón de Thor que confería fuerza sobre toda fuerza, el cuerno de Heimdall cuya voz nadie nunca había escuchado pues era el último sonido del mundo, y finalmente, la pluma de Bragi que podía escribir sobre toda superficie y que le era imposible escribir otra cosa sino toda la verdad. Volví a la tienda, aún siendo noche y sin haber conciliado ni dos minutos de sueño, y admiré la pluma de cuervo, el avellano grabado, y su fina punta aún teñida con el resto de la misma tinta que había escrito tan mordientes revelaciones. Por un instante quise tomarla para escribir yo mismo algo; pero me aterré.

Han pasado días, todos con la misma inquietud. No hallo por ningún lugar el poema; pero es lo de menos. La pluma ya no está, por supuesto, a la venta; no antes de que sepa que es mentira y que no puede ser aquélla de la que los versos hablan. Sin embargo, no logro hacerme de valor bastante para usarla. ¿Qué dirían mis letras? ¿A quién estarían dirigidas? Lo que más me alarma, es que por más vueltas que le doy, no lo sé.

La raza racista

No veo cómo pueda vivir una ciudad completa sin que sus ciudadanos tengan prejuicios acerca de los otros. Hablando muy en general, el problema metafísico de no prejuzgar lo otro parece irresoluble por estar mal planteado: imposible juzgar con conocimiento de causa lo que se desconoce e imposible que se conozca algo sin que deje de ser lo otro. No obstante que esta apariencia sea presumiblemente falsa, pues no se conoce todo de golpe y para siempre, en eso precisamente radica la dificultad de enfrentar el prejuicio. Conocer lo otro requiere esfuerzo e interés. Es loable y es difícil. La razón comprende, comparte, y en ello es convivencia; pero vivir con quien vive de modo diferente antes de intentar siquiera entender la diferencia es algo que la mayoría consideraría indigno de elección para una persona en su sano juicio. Hablando menos en general, pues, los ciudadanos de una ciudad completa no viven con pocos esfuerzos, y sus intereses no son inmensurablemente plásticos como para que a todos les ocurra de pronto querer comprender a los que hasta hoy ven como los otros.

En esta época quizá la forma más sonada del prejuicio contra los otros sea el racismo. ‹Racismo› es un título vulgar y superficial que quiere dar a entender que se denigra, se teme, se odia o se menosprecia a otros por la raza a la que pertenecen; pero nadie con dos dedos de frente piensa en serio que se trata de la ascendencia genética la que es tan repudiable para el racista. Por ese lado ese nombre es un desatino. (Tal vez nuestra preferencia por el terminajo esté azuzada por el orgullo que nos da nuestra honda ciencia antropológica). Lo que sí ayuda a destacar su uso es que lo más obvio es también lo que primero mueve al racista: la apariencia. Al respecto se habla mucho de piel y sus colores, pero no es eso solamente lo que el racista distingue de inmediato, sino también caras, gestos, vestimenta y, de lo más aparente de todo, la palabra. Cuando uno va más allá de la apariencia atendiendo la palabra, pasando por el acento marcado de quien intenta aprender otro idioma y llegando hasta los refranes cuyas imágenes no tienen paralelo en otras lenguas, llega a lo que más cala los ánimos racistas y que no tiene relación directa con esas, por así llamarlas, incidencias. Éste es el terreno de las costumbres, las tradiciones, las elecciones que revelan qué se tiene por valioso y cómo se considera que se vive la mejor vida. Se exacerba, nos recuerda el diccionario, el sentido racial de un grupo étnico y esto promueve que se discrimine contra otro, incluso hasta llegar a la persecución.

La discusión acalorada sobre los grupos sociales, sus costumbres, sus comparaciones, y la clase de cesiones que están o no obligados a hacer los magistrados en las ciudades en ellas, ya sea para aminorar o fomentar la convivencia, y la mutua tolerancia, pueden distanciarnos del hecho de que ésta ha sido una forma de prejuicio de los otros. No se ha tratado de un juicio. No ha sido pero ni de cerca un examen público, serio, del valor intrínseco de tal o cual idea, de esta tradición, de aquesta lengua, de aquella costumbre. En privado tales cometidos son posibles, pero no ha sido igual en las lizas políticas de nuestro tiempo. Este trato mediático de la discriminación también nos inclina a asumir que ‹racista› es un tipo de persona que se comporta de un único modo, como si el racismo no tuviera también, igual que todas las formas del prejuicio, tamices y honduras (los activistas que luchan contra las formas más arraigadas de menosprecio en sus culturas se enfrentan con frecuencia al defectuoso argumento que sólo reconoce las muestras más escandalosas de desprecio como signos de que existe tal). Los eventos recientes nos han hecho apreciar, y más en la imaginación, la fuerza con la que puede alojarse semejante desprecio de los otros en grupos de personas con mucho poder e influencia. La presencia tan imponente, tan obvia, tan cínica de desdén desencadena indignación. En el fondo, quien piensa que no está siendo juzgado justamente, no de sentencia solamente sino de pensamiento, se ve a sí mismo como incomprendido y por tanto tiene muy a la mano tildar al otro de imbécil. Pero ante esta embestida debemos cuidarnos todos de la respuesta más inmediata de la mayoría, que es despreciar de vuelta. La fuerza con la que se desperdiga la semilla que ayuda a que este prejuicio se torne violento y que azuza la guerra, se explica por la dificultad para enfrentar el prejuicio, para tratar de entender y hacer entender. Y aquí, en nuestro país, podemos notarlo fácilmente: cuando se confirmó lo que la mayoría pensó imposible, que Donald Trump ganara las elecciones estadounidenses, incontables mexicanos pensaron confirmados sus prejuicios. Y dijeron con racismo ejemplar: «pinches gringos, siempre han sido una bola de racistas».