La moralidad de autor

Que si tal señor no tiene autoridad moral para acusar a Fulano de que no sé qué; que si tal señora menos porque antes hizo no sé cuánto; que si este grupo o más bien aquél cree tener autoridad moral y por eso se vale que digan o hagan… etcétera. Tal logorrea, que últimamente fluye a caudales, haría pensar que en el fuero público es clarísimo lo que quiere decir la autoridad moral. ¿Lo es? Del uso hasta un niño entiende que debe de tratarse de alguna clase de permiso especial, como un documento que avala la facultad legal de uno para andar de criticón con todo mundo. «¿Quiere usted acusar a alguien más de una injusticia, una falta a la ley, un atropello a los derechos, o quizá un visaje que de algún nebuloso modo hiere sus muy particulares susceptibilidades? Pues mire, antes de que haga el ridículo, necesita ir a tramitar su autoridad moral, ahí en cualquier módulo de probidad del gobierno con el primer asesor competente que encuentre. Éste le leerá su currículo de conducta en escuela y trabajo, revisará sus redes sociales en busca de exabruptos o faltas a la noble sensibilidad de los siempre buenos, y le tomará una muestra de sangre». Pero si de eso se tratara y la credencial del club se sacara habiéndose conducido según tales o cuales estándares por encima (o por debajo) de lo criticable, estaría equiparándose la autoridad al báculo regente del poder censor y moralidad vendría a ser la fuerza de los timagogos ejercida sobre el pueblo acrítico. Pero la experiencia más básica con alguien al que le reconozcamos autoridad debe bastar para sospechar de este manoseo de las palabras.

El uso más viejo que encontré de la frase «autoridad moral» aparece en las lecciones Los problemas del socialismo que dio Nicomedes-Pastor Díaz Corbelle en el Ateneo de Madrid en 1848. La usa en la última de 16 sesiones, epilogando los argumentos con los que proclama que ninguna organización política que se base en la defensa de algún interés puede resolver los principales problemas a los que se enfrentan las sociedades humanas. Fue ahí donde el académico dijo que la política interesada puede ser tan sólo de tres tipos: retrógrada, revolucionaria o ecléctica; que la primera «no comprende el pasado puesto que quiere volver a él», cosa imposible, y por eso «mal puede comprender lo presente»; que la segunda «quiere aniquilar el presente en nombre del progreso. Para adquirirlo todo nuevo, quiere quedarse sin nada»; y que la tercera «lo teme todo, fluctúa entre todos, de todos toma, de todos acepta, contra todos protesta, y de todos reniega. Proclama la tutela social, y sólo cuida de las formas políticas. Invoca la autoridad moral, y no organiza más que la fuerza física. Afecta preocuparse de la riqueza pública, y sólo atiende a la cobranza del impuesto. Se impone como un deber la protección de la industria, y empieza por encarecer todos los productos, cuando no por monopolizar las primeras materias. Hace alta y ostentosa profesión de fe, y no cree en nada»1. Al aparecer aquí opuesta a la fuerza física, queda la impresión de que la autoridad moral es otra clase de fuerza o de poder. Suena como la del poder del justo, que el injusto muchas veces falsifica con pantallas y fachadas espectaculares: organiza la fuerza física mientras invoca la autoridad moral. ¿Equivale esto a que neguemos al injusto la legitimidad de su crítica, incluso si está justamente expresada? Podría ser, si se sigue pensando la autoridad como potestad para deliberar exclusiva del que es superior. Pero con una idea así, ¿a qué orgulloso demócrata no se le revuelve el igualitario estómago?

Rodó, medio siglo después en su Ariel, parece pensar no en una contraposición, sino en complementariedad en el poder: presenta a la autoridad moral como la única fuerza capaz de evitar la degradación de la democracia. «Abandonada a sí misma, –sin la constante rectificación de una activa autoridad moral que la depure y encauce sus tendencias en el sentido de la dignificación de la vida–, la democracia extinguirá gradualmente toda idea de superioridad que no se traduzca en una mayor y más osada aptitud para las luchas del interés, que son entonces la forma más innoble de las brutalidades de la fuerza»2. Ahora la idea parecería ser que la autoridad moral es una fuerza subordinada a la física, cuya función es la rectificación del poder. Una clase de amortiguador de la barbarie, un afinador para que el regidor rugidor practique su solfeo. Una dupla parecida había sido publicada antes, en 1853 a la pluma de Miguel Luis Amunátegui para descalificar a la dictadura: «Un gobierno que carece de autoridad moral y de fuerza material, no puede hacerse respetar» y a la de Juan Crisóstomo Falcón seis años después: «Para hoy la revolución [la Revolución de Marzo] tiene toda su fuerza material; yo creo traerle el complemento de su autoridad moral». No era fácil concluir que las líneas de Díaz Corbelle significarían que la fuerza física no puede ser moral; sin embargo, sí podría decirse de estos últimos tres ejemplos. En todo caso, ya que el poder es el de la conquista de quien tiene las armas más letales, el de la bota marcial que amenaza con la muerte al insubordinado (cuyas botas están más viejas y amoladas), se discute si además hay otra forma del poder de la que nazca el respeto. Una que, presumiblemente, cuide la dignidad. ¿Y ésa será autoridad entonces?

Aunque aquél de 1848 sea el uso más viejo que encontré de la frase, no es la idea más antigua; Mariano Roca de Togores dice: «Su brazo [el de Carlomagno], además, elevándose a más altas regiones, dividió y consolidó a la vez y para siempre el imperio y el sacerdocio; es decir, la autoridad civil, libre como el humano albedrío a quien sirve; y la autoridad moral, soberana como la Divinidad a quien adora»3, 4. Y yéndonos todavía más atrás, aunque no sea nombrada como «autoridad moral», el problema del reconocimiento de La Ley y su relación con las instituciones convencionales es probablemente tan antiguo como el habla. Ya podríamos discutirlo desde Mateo 22, 21: «Den a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios», o el inicio de Las Leyes de Platón: «¿A un dios o a los hombres, extranjeros, toman ustedes como causa de haber ordenado las leyes?». Es en la tradición de esa honda y perenne discusión que la idea de la autoridad moral aparece como si fuera una institución. Ésta que Carlomagno distinguió; o más bien aquélla, como reconocimiento público, el que Falcón se autoconfirió y que Amunátegui le negó a la dictadura del capitán O’Higgins5. Ambas tienen espacio para que imaginemos el uso farolero del ofuscado mexicano contemporáneo y «la crueldad del cristalino matadero que se nos ha vuelto la moral», con gran preocupación por administrar el derecho a la opinión. (Que haya espacio no quiere decir que no tenga uno que apretar la noción un poquito para que entre: parece ser consecuencia ya no natural, como los brotes de los árboles, sino más bien exagerada, como los brotes de viruela). En la Wikipedia, el artículo en español de Autoridad moral es una traducción directa de uno inglés sobre Moral high ground, expresión preferida por los angloparlantes en situaciones precisamente como las que pensábamos al principio, en las querellas sobre si se vale o no amonestar, aconsejar o criticar. La traducción viene de ahí, con todo y que en esa enciclopedia en inglés existe también el artículo sobre Moral authority6. La diferencia es curiosa: el primer artículo se refiere a la respetabilidad que ostenta una persona o institución cuando tiene reputación de conducirse según estándares «universalmente» reconocidos como justos o buenos. El segundo se refiere a la autoridad que ejerce una persona o institución por su reconocimiento de verdades fundamentales de la vida humana que se erigen independientemente de la ley escrita. Sólo en este segundo sentido se ejemplifica con un poder político: el de la iglesia, como fue ostentado (o detentado, según a quien se le pregunte), durante siglos anteriores en buena parte del mundo.

Presumiblemente todo descansa, pues, en que se reconozca el poder. Si el acuerdo público es que hay una regencia eterna que convive con una regencia mutable de costumbres, resulta una cosa. Otra, si este acuerdo aboga más bien por una base única de la autoridad en una avasalladora reputación aprobatoria, aunque relativa al momento social y dada a cambiar con el tiempo. Pero entonces ¿qué puede querer decir alguien como Pablo cuando escribe que «no hay autoridad sino desde Dios»?7. No puede haber ignorado que muchos que dominan por la fuerza son profanos. Si no muchas otras cosas (que seguro sí), por lo menos parece significar que no es lo mismo tener autoridad que blandir el poder. Los habría entonces, que podrán ser reyes de reyes y pastores de hombres, como Agamemnón, pero por más berrinche que hagan no tendrán más autoridad que la que confiere uno de nuestros millones de títulos universitarios (bien o mal habidos). San Agustín parece pensar que si algo es injusto, no puede ser ley, y Santo Tomás coincide, diciendo que las instituciones injustamente erigidas, si acaso tienen autoridad, es en la misma medida en que ésta es reconocida como tal, por su disposición para la perfección humana8. Juan Donoso Cortés llamó «autoridad religiosa» a la que por derivar de la verdad de Dios se distinguía de la civil, reconocida por convención, y observando la relación de ambas en un régimen es posible comprender mejor sus leyes. Aquí la autoridad se ocupa necesariamente del bien, y por ello no puede sino ser moral. Hay muchos, pues, que al escuchar la expresión «autoridad moral» preguntarían: «¿pues a poco hay de otras?».

Si la justicia no está en la fuerza del tirano ni en el dominio del emperador, cabe pensar que tal vez no sea la autoridad moral otro poder o una fuerza. Todos estos caminos quizá se desprendan de preguntarnos si renunciar al poder es digno o indigno del ser humano. La palabra autoridad está etimológicamente emparentada con el término aumentar (así como con muchos otros, por ejemplos: auge, augur, y augusto). Ambos vienen de augere, que es aumentar, promover, hacer crecer, prosperar o progresar9. Una idea verosímil es que el autor, según el pedigrí del término, sea quien puede hacer que otro crezca, que prospere, que se vuelva mejor. ¿Y puede lograr esto quien pretende dominar al otro? El maestro de a de veras, por ejemplo, tiene a su cuidado a los jóvenes y por su disciplina éstos se nutren de todo lo bueno que pueda darles. No los hace crecer por accidente, los lleva por el camino correcto. Lo que él dice merece ser escuchado: es autoridad. Igualmente los padres, que son autoridad para los hijos. Y si queremos complacernos todavía más imaginando estas cosas tan satisfactorias, los buenos amigos constantemente se alimentan del consejo. Se diría con propiedad que una persona, institución o incluso gobierno, tiene autoridad por su capacidad para fomentar la convivencia, cuidar el bien común, hacer verdadera política. Autoridad moral será el ejemplo digno de emular. Muy lejos de la cédula del comité cuentapecados. En sus raíces, entonces, tiene sentido pensar que hay bien en la autoridad, que se le practica con justicia, que no se confiere por reconocimiento como las medallas de los caballeros de la orden británica, sino más bien al revés: el que ve bien es capaz de reconocerla allí donde está (y el miope está amolado). Esto no quiere decir que el uso haya sido muy apegado a esto en el pasado. El ejercicio del poder lleva fácilmente a la voz que nombra autoridad al que ha sido públicamente reconocido, capacitado, potestado, o facultado para hacer algo que la mayoría no. Así también desde Roma se presentó la ambigüedad con la auctoritas patrum en el senado, que recuerda a la autoridad del padre pero ejerce el poder como potestad del cargo público; y en griego exousía10 podía querer decir autoridad, poder, ministerio o también el adjetivo desposeído, desheredado. Primero, pensaría uno, aunque no nos haga mejores, vemos que Mengano es el mejor o el único calificado: es autoridad en la construcción de trirremes y fragatas, o en el aprecio numismático, o en la decodificación del dialecto abogadil; pero segundo, pasa más bien que su compadre lo puso en ese cargo y ya. Quien trate de hacer lo que sólo a él le corresponde, lo hará ilegítimamente y más le vale persignarse. Y esto ha sido desde que el español es español, como cuando Vicente Fernández –no el cantante tapatío, sino un escribano en 1356–, registró que si él registra lo que registra, es porque tiene permiso expreso para registrarlo: «por la licencia y autoridad que el alcalde me dio»11. Esto acaba por provocar cierto gusto por el poder del alcalde y de todos los de su estirpe, cierta soberbia que no hincha nomás al que agita la batuta, sino a los que le siguen la corriente. La envidia hace perfecto maridaje con el deseo de tener más poder que el que se tiene. Sin la guía de la autoridad, el deseo se desboca. Deseable es que si un potentado vanidoso no nos va a ayudar a crecer, por lo menos que no nos friegue; pero la experiencia de la vida política defrauda esa esperanza: en todas partes y en todos tiempos ha sido riguroso y esforzado el intento de impedir que el poder termine por despertar los apetitos más voraces. Al final, la autoridad termina de cabeza: Calígula fue César. Y si un Nerón latinoamericano o un Rey Sol huasteco tiene o es autoridad moral, lo demostrará antes en el bienestar, en el justo aprecio a la ley, en el cuidado por la razón, que en la censura de la opinión y el envenenamiento del discurso. Triste caso para todos, entonces, en el que acaban siendo los enemigos del bien común quienes expiden las dichas licencias y sancionan las dichas homilías, por las que el público criba quiénes sí, por ungidos, y quiénes no, por manchados, tienen permiso de acceder a la vida moral.


1 El texto está en Obras de Nicomedes-Pastor Díaz, tomo IV, RAE, Madrid, 1867. Disponible en línea aquí: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/obras-de-don-nicomedes-pastor-diaz-de-la-real-academia-espanola-tomo-iv–0/html/fefe29fa-82b1-11df-acc7-002185ce6064_2.html#1.

El documento es de interés. Después de lo citado, Díaz Corbelle galopa a su conclusión entusiasmado: «La armonía entre la propiedad y el trabajo, entre el capital y la ganancia, entre la producción y el consumo, entre la acumulación y la repartición, entre la pobreza y la miseria, entre las clases opulentas y las necesitadas, entre las necesidades físicas y las aspiraciones ideales, entre la conservación y el progreso, entre el dolor de la humanidad y los placeres de la vida, entre la necesidad del trabajo y la esperanza del reposo, entre la abnegación del deber y el desarrollo de la pasión, entre las sugestiones de la utilidad y los sentimientos del corazón; no, Señores, no –lo repetiré por la vez milésima–, no la encontraréis, ni en el interés de los ricos, ni en el interés de los pobres, ni en el interés de todos, ni en el interés de nadie. […] Esta armonía, Señores, tiene que ser un sentimiento moral. Esta armonía tiene que ser más que una autoridad, y más que una doctrina, más que un sistema, más que una teoría. El principio de ésta armonía tiene que imponerse más que al entendimiento; tiene que dominar al corazón, y avasallar la conciencia: tiene que poner freno a los intereses, y hacer callar la voz de las pasiones».

2 José Enrique Rodó, Ariel, 1900. En el punto sobre el desinterés hay concordia con Díaz Corbelle. Después de lo citado sigue: «La selección espiritual, el enaltecimiento de la vida por la presencia de estímulos desinteresados, el gusto, el arte, la suavidad de las costumbres, el sentimiento de admiración por todo perseverante propósito ideal y de acatamiento a toda noble supremacía, serán como debilidades indefensas allí donde la igualdad social, que ha destruido las jerarquías imperativas e infundadas, no las substituya con otras, que tengan en la influencia moral su único modo de dominio y su principio en una clasificación racional».

3 La dictadura de O’Higgins, 1853; Proclama de Palmasola, 1859; Discurso de contestación a Ramón de Campoamor en su recepción ante la RAE, 1862.

4 Hice estas búsquedas con la herramienta de la Real Academia Española: Banco de datos (CORDE), Corpus diacrónico del español, consultable en línea aquí: http://www.rae.es.

5 Si uno busca «autoridad religiosa» en el CORDE, da primero con dos ejemplos de 1657, en la Crónica agustina de Bernardo de Torres. El segundo de éstos hace el siguiente contraste: «Dos años, y tres meses avía governado la Provincia Nuestro Padre Maestro Fr. Gonçalo Díaz Pineyro, con buena paz y observancia, pero no sin quexas de muchos, que juzgavan su govierno por absoluto […], les obligó con escabroso estilo a que eligiessen de nuevo al que su Paternidad desseava, con que parecía que el govierno paternal se avía convertido en dominación señoril, y la autoridad religiosa en magestad profana». Después, la tercera aparición de la frase registrada es hasta el año 1836, en las Lecciones de derecho político de Juan Donoso Cortés, que dice que «la autoridad de los herederos de San Pedro fue tutelar y legítima, porque, siendo la autoridad necesaria, sólo su autoridad era posible. A su sombra creció la autoridad de los príncipes; la autoridad civil nació del seno de la autoridad religiosa. La misión de ésta había sido constituir la sociedad; no contenta con su alta misión, quiso traspasar sus límites: proclamó el dogma absurdamente impío de la soberanía de derecho de los reyes, encadenó el entendimiento, aniquiló la ley del individuo y sofocó la libertad humana». De nuevo, el contraste se manifiesta.

6 https://es.wikipedia.org/wiki/Autoridad_moral;
https://en.wikipedia.org/wiki/Moral_high_ground;
https://en.wikipedia.org/wiki/Moral_authority.

7 Romanos, 13:1.

8 San Agustín, El libre albedrío, Libro 1, V, §11; Santo Tomás, Suma teológica, II-I, Cuestiones 95 y 96.

9 Según se encuentra en: http://etimologias.dechile.net/?autoridad

10 Es ésta la palabra usada en el pasaje citado de Romanos.

11 Modernicé el español original. Anónimo, Traslado de varios privilegios y franquicias concedidos por Alfonso X, según se encuentra también en el CORDE. El texto original dice: «E, porque yo Vicente Fernández, escrivano público sobredicho, fue presente ante el dicho alcalde e vi e leý los dichos previleios de los dichos reys, donde esto que dicho es fue sacado, e por la licencia e autoridad que el dicho alcalde me dio, registré los dichos previleios en mi registro e por ende fizlos escrivir, que van escritos en diez fojas de este quaderno e en fin de cada foja es escrito mío nombre, e fiz aquí este mío signo atal en testimonio de verdad e só testigo».

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Vida mosaica

 

La roca le cortó el paso mientras avanzaba confusamente entre los escombros. La apartó del camino. Necesitó un momento para recuperarse. El esfuerzo de mover el bloque había enrojecido su cara y nublado su entendimiento. Hilos de sudor revelaban la carne bajo el polvo. Los oídos le zumbaban todavía. Era su canto de despedida: cuando el silbido se fuera, nunca más escucharía el tono. Sus ojos sólo veían fragmentos. En cuanto el tumulto se le hizo visible, el perseguido se levantó a traspiés y huyó. El bloque de mármol tenía pegadas aún algunas teselas: un soldado romano siendo derribado de su caballo. Su nombre ya no era legible y su guerra se había hecho humo, disipado por el viento con todo y sus demandas. Mil años, más de mil años, y seguía cayendo.

Cuento desde la ventana

 

Cerró Ignacio la puerta del estudio. Esperó a que la voz de su esposa dejara de oírse desde el otro lado y luego se sentó a acomodar los papeles del trabajo. Ésa fue la primera vez que vio a Pablo y Lourdes. Ignacio estaba a un par de años de retirarse de una longeva carrera de médico pediatra. Su estudio era un cuartito con un librero de piso a techo que habían ensamblado ahí mismo los carpinteros, un escritorio con película protectora de vidrio y alfombra verde. Tenía un olor a madera y encierro que se fortalecía año con año. Estaba separado del resto de la casa por un pasillo en el segundo piso y su ventana observaba un callejón empedrado, demasiado angosto para que cupieran los carros, demasiado empinado para ser recorrido con frecuencia y demasiado viejo para haberse llamado de un solo modo. «Callejón de Bulevar de Manzanares» podía leerse en el letrero de la esquina; pero ese nombre era un desatino. Cualquiera de sus nombres anteriores fue mejor. En el librero del estudio unas seis novelas acompañaban los abundantes textos de medicina, desde libros especializados hasta artículos de conferencias. Eran artículos como éstos los que ese día acomodaba y revisaba Ignacio.

Reposó los anteojos de vista cansada sobre el escritorio cuando vio de reojo al par en el callejón. Ahí estaban: una joven de ojos acogedores y un alto muchacho sonriente. No se alcanzaban a oír sus palabras desde lo alto. Él cargaba una maleta negra, probablemente con un instrumento musical. Ignacio se imaginó un saxofón, estrenado por primera vez hace muchos años y probablemente puesto a prueba frente a una audiencia benévola un par de veces, que estaba protegido por esa maleta nueva. ¿Qué dirían? Se los figuró descubriéndose los pensamientos encantados. Duró poco el momento. Regresó a su labor después de la distracción.

La segunda vez que los vio fue una semana después. Reían y jugaban, se empujaban y jalaban suavemente, por momentos se quedaban callados. Era miércoles. Él había recargado la maleta con cuidado sobre el muro de la casa frente a la que se encontraban, cerca del ufano pirul que había llegado a habitar el lugar muchos años antes de que Ignacio y su esposa se mudaran. Abajo, a unas dos cuadras del callejón había una escuela de música, la Academia C. P. Emanuel Bach. Junto a la entrada tenía un letrero que decía «Estudios musicales sin reconocimiento oficial», cosa que siempre despertó la curiosidad de Ignacio: ¿era un requisito avisarlo o habría sido algún signo de modestia?, ¿o tal vez un desafío a la autoridad? Nunca supo la respuesta, pero ahora recordaba que la primera vez que vio a los chicos por la ventana también era miércoles. Probablemente el muchacho tomaba ahí una clase semanal de saxofón y aprovechaba la cercanía para venir a visitar a la joven. Ignacio se imaginaba que hablaban de sus escuelas, sus familias, sus miedos… Ahora se habían sentado. Él mostraba a ella algo en su celular, algo muy chistoso. Ignacio hubiera querido atestiguar más tiempo, pero el trabajo lo reclamaba y se distrajo de la ventana por fin.

Pasaron las semanas y, a exceptuar una vez en que lo visitaron sus hijos y otra en que fue junto con su esposa a una cena, cada miércoles Ignacio se alentaba con la compañía de Pablo y Lourdes. Se habían estado quedando más tiempo juntos. Ahora obscurecía antes de que él se forzara a irse. Nunca tocó su saxofón para ella, pero varias veces platicaron de música. A Lourdes le gustaba más la que era para bailar, pero después de un poco de persuasión de Pablo, admitía que había un mundo desconocido para ella y sin duda muy meritorio en la música para escuchar. Él había tenido problemas para avanzar en las prácticas semanales; especialmente porque se salía de clase antes de lo debido para aprovechar más tiempo al lado de Lourdes. No se arrepentía de ello. Cuando Lu, como él la llamaba, se sentía culpable, él la aliviaba: de todas maneras no aspiraba a ser John Coltrane. Ninguno de los dos había estado prestando mucha atención a la escuela tampoco. Ya el padre de Pablo (su madre los había abandonado) estaba desasosegado. Lourdes era mucho más avispada para las materias tradicionalmente difíciles. Se llevaba mucho mejor con su familia, que además era numerosa; pero por razones ajenas al interés juvenil les esperaban meses de carestía. Ella siempre estaba de buen ánimo, entre faltas o abundancia. Y así se estaban horas. Si abandonaban el callejón, era nomás cuando caminaban o se iban al cine; pero casi siempre se quedaban a la ventana de Ignacio.

El último día Ignacio miró a Pablo solo en un trance. Desesperaba, veía su teléfono al acecho de mensajes, buscaba explicaciones en los rincones, vagaba en círculos y miraba por largos ratos al pirul. Pero no pasó nada más. El muchacho recogió la maleta con su saxofón y se fue al caer la noche. La había traicionado. Ignacio no volvió a ver a ninguno de los dos, aunque cada miércoles se encerraba en el pequeño estudio y arrojaba los ojos por la ventana. Su esposa entró al estudio un día y lo vio. Tenía la mirada empinada hacia el callejón. Trató de abrazarlo, pero fue muy tarde.

Este bigbandbloguero se fue de vacaciones forzadas por la fiebre.

Nos leemos en quince días.

El blanco de los ojos

Secos se arrastran los ojos,
pedrosos, sedientos,
sin gota de luz de lo humano,

 

por yermos de tribus silvestres,
de sal y de espinas,
que crecen de sombra a la sombra,

 

que callan los cuentos del llano y
olvidan las obras,
de huesos que lo rellanaron.

 

Calcios se arrastran los ojos,
por ese anfiteatro,
sin foco o color, más que el blanco;

 

prueban sus fuerzas cansadas
cruzando corrientes
de alientos de hez y amoniaco, y

ya, de insolados, deliran
que beben justicia,
de pozos de rabia estancada y
con cada bocado se colman
de clara, sin voces, arena,
que clora del párpado al iris.

 

Blancos, se arrastran los ojos,
velando esperanza
de que haya algún día quien los mire.

La política maniquea no es política

La política maniquea no es en realidad política. Se les confunde fácilmente, eso sí. La fuente de confusión es quizá la naturaleza discursiva de la política. La comunicación es la actividad indispensable de la que se nutre la vida práctica. Esto se hace obvio en cuanto uno nota que las personas que conviven están dirigidas hacia un bien común. La formación del carácter es lúcido ejemplo de esto: en la educación de los niños buscamos que lleguen a placerse de perseguir y conseguir lo que a los adultos nos parece digno de elección en la vida, y esto suele coincidir mayormente con lo que nos parece digno de elogio en público; además, lo contrario es igualmente visible: buscamos formar personas que sientan repulsión ante eso que nos parece deleznable y censurable en público. Si esta explicación es abultada, se debe nomás a que expone lo que de por sí se experimenta con obviedad. Somos capaces de percibir en la acción propia y ajena un sentido, que no es sino aspecto natural de la constante persecución de un fin, y éste es un bien. Es un bien aparente, dicho sin denostar, porque la apariencia no es necesariamente el truco que engaña al ojo ni la mentira que embauca al pazguato. Mucho más que eso, es la vida abierta en toda su profundidad, que indefectiblemente se presenta en innumerables superficies. Es vida que invita a los seres de palabra a decir; ante el primer vistazo, invita a preguntar (y no únicamente ante el primero); y en la vida pública invita a discutir. Si bien es verdad que el necio se queda satisfecho con lo evidente de las apariencias, el que rechaza lo evidente sin razón está enloquecido, por enfermedad o por dogmatismo. El bien en la vida práctica, llámesele aparente o superficial, por comprensible, es también comunicable, y por comunicable, puede ser digno de buscarse en comunión y de examinarse más a fondo. También, y por las mismas razones, puede ser digno de rechazo.

La profundidad, empero, es desalentadora para la mayoría de las personas. Espanta por el prospecto de lo desconocido inmensurable. Y eso ha sido así, igual en los rincones más sombríos del llamado Oscurantismo medieval, que en los más sobrios del llamado Clasicismo antiguo, que en los más luminosos de la llamada Ilustración moderna. No escapaba esto, ni con todo el disentimiento que hay entre ellos, a Dante cuando exclamó «¡Bienaventurados aquellos pocos que se sientan a la mesa en que el pan de los ángeles se come!»1; ni a Jenofonte al decir de la mayoría de sus contemporáneos que «si dios les hubiera concedido a ellos elegir entre llevar la vida entera que vieron llevar a Sócrates y morir, por mucho hubieran preferido morir»2; ni siquiera al ilusionado Kant, cuando notó con algo de resignación que los hombres comunes «están más cerca de la dirección del simple instinto natural, y sus razones no influyen mucho sobre su hacer o dejar hacer»3. Es y ha sido, pues, desalentadora esta profundidad. Específicamente, a los enamorados de la promesa del progreso (casi toda persona viva hoy), les produce una repulsión macabra. Causa de esto es la necesidad de ruptura con el pasado para incentivar el ánimo revolucionario, que tanto conviene al prospecto de construirnos con nuestros propios medios y sin ayuda, nuestra felicidad. Toda revolución progresiva es evolución, y toda evolución es conquista. La profundidad de la vida práctica sugiere una continuidad en la que el ocioso sospecha un orden tan vasto, tan abrumador, que todo lo abarca, y que desafía cualquier jactancia de totalidad o dominio. En cambio, el rompimiento –efectivo o ilusorio–, es la condición necesaria para que sea perceptible lo nuevo, base del sentido evolucionista del progreso. Poder decidir sobre el orden, en vez de ser incluido por él, emociona al sediento de dominio. Le ofrece fuerza donde él presiente debilidad. En la superficialidad constante del camino evolucionista, las sutilezas desaparecen y lo diferente se combina. No es posible, por ejemplo, distinguir entre la demanda por evolución de las instituciones públicas y la demanda por mejora de las instituciones públicas. La profundidad del bien que invita al examen en comunidad escuece el alma del amante de progreso porque implica detenerse donde a él le urge avanzar. Pero el detenimiento (o como se dice también, darle vueltas a los asuntos) es necesario en toda actividad discursiva si lo que avanza no es la naturaleza de la palabra, sino la comprensión del que dialoga. ¿Cómo habría bien común sin amistad, amistad sin convivencia y convivencia sin detenimiento? Estas preguntas las pasa de largo el que necesita respuestas inmediatas y efectos notorios, visibles hasta para el más ciego: la imagen maniquea no es sino una fácil y atractiva reducción que ofrece sabiduría al más lerdo. A cambio de satisfacer el deseo de poder, exige el sacrificio de la profundidad vital.

Si, como decía, examinar profundamente las cosas nunca ha sido potestad de la mayoría de las personas, es pertinente preguntar qué ocasiona que nuestra vida política sufra especialmente de vista maniquea. No debe omitirse decir que tal simplificación, incluso al punto infantil moralino de los buenos contra los malos, ha tenido sus escandalosos defensores siempre, y éstos mismos han sido escandalosamente defendidos siempre también. Difícilmente se encontrará una calamidad sanguinaria en la historia en la que no haya circulado la sangre que bombea esta simplificación. La diferencia en nuestros días, sin embargo, es que allí donde había lugar para pocos que confiaban en que los detalles eran resguardo y recompensa del esfuerzo ocioso, ahora no queda, o está cerca de no quedar, sino la mala reputación de un sueño imposible4. Esto se debe a que la ideología intelectual predominante, que es el cuerpo temático de la minoría que se ocupa de la teoría, se erige ella misma sobre el dogma del progreso prometido. Todo lo que digo aquí ya lo dijeron otros; pero precisamente en ello encuentro alegría y esperanza, aunque poco valga tal cosa para el que se ha formado con la imaginación al servicio de la prisa. En su ansia por ya subir a donde acompañará a los exitosos, desespera. Como la condición del avance del progreso está garantizada en su promesa, en las ansias del futuro exitoso, allí están también las semillas del ultraje a la memoria. Hoy ese ultraje no es solamente descuido de la mayoría sino competencia de los ungidos intelectuales. El efecto igualador de la divulgación científica engloba, por supuesto, a las ciencias sociales, y si bien ha tenido resultados muy provechosos para una cantidad antes impensable de personas, ha devaluado también la calidad de ese provecho. La academia infunde bríos a este proyecto mientras hace del saber, mercancía, y de los sapientes, expertos vendedores. El título profesional es fe de bautismo en la capilla de la vida administrativa. Tan hondo es el amor por las proezas técnicas que ha logrado su método, que estiman más las estadísticas que las conversaciones, el mobiliario electrónico que las lecciones escolares y las bases de datos que las comunidades. Siempre emula el amante a quien ama y se nota el cortejo apasionado que éstos le hacen a la computadora, porque no pierden tiempo para ejercitarse en el arte de entender todo en binario. Así, lo nuevo ha de exigir en el discurso oficial, avalado por los expertos, la ficción de que su camino siempre ha sido el único y su bondad pura; mientras que el mal nunca ha tenido más que una cara. La consecuencia es una visión que, aunque surja de la naturaleza política del hombre, está por hábito castrada; que tiende a la premura intelectual, a la devaluación de la razón y a la simplificación por procedimiento. Y por eso aunque la política siempre se dé en el ir y venir del diálogo, como no hay medio que comunique dos polos contradictorios, la política maniquea no es en realidad política; pero quien lo note en público difícilmente sonará como algo más que el miembro de uno de dos bandos. Haciendo guerra contra los contrarios, y así acusando, según ellos, se hará perfecta y humana política.


1 Dante Alighieri, «Tratado I», §7 en El Convivio. Dicho de paso, no me parece necesario traducir el título de este libro por «Convite» como se hace tradicionalmente, pues la palabra española convivio no presenta ningún inconveniente.

2 Jenofonte, Memorabilia, I.2.16.

3 Immanuel Kant, «Primer capítulo», §6 (4:396) en Fundamentación de la metafísica de la moral.

4 Quería escribir aquí «sueño guajiro», pero desistí al constatar que ni el Diccionario de la Lengua Española, ni el de la Academia Mexicana de la Lengua tienen la acepción, frecuente en el español de la Ciudad de México, de pretensión o anhelo deseado pero utópico, imposible, y por lo tanto desdeñado por alguien juicioso.

Derroche de ademanes

Cuando un gato se hace en la alfombra, la rasca después como si pudiera sacarle tierra. No entierra nada, pero se contenta con hacer el intento. Para el observador tranquilo, es fácil pensarlo como una tontería chistosa. «Ay, gatito, no sabes que ahí no hay tierra», dicho con esa ternura condescendiente que luego les tenemos a las mascotas. El pobre parece enredadera trasplantada, nomás que se echa siestas; parece una declaración sacada de contexto, una que maúlla y ronronea. Lo que no se nos hace tan chistoso, tan zonzo, ni tan extraño (sospecho que por lo acostumbrados que estamos), es hablar por teléfono; pero ¿no es algo muy parecido?

La naturalidad expresiva resalta por estar separada del otro al estar al teléfono. Nos da la oportunidad de observar este extraño trasplante. Los teleparlantes guiñan, fruncen el ceño, inflan los cachetes, mecen la boca, relajan y aprietan las narinas. La mayoría incluso señala con las manos y, si no camina en el radio que el teléfono le conceda (especialmente si es de pared), quizá afloje de vez en cuando las rodillas o se levante de estar sentado. Los ojos nos anuncian aún más lo que está pasando en la mente del conversador vía satélite: enfocados en una distancia invisible, perdidos, soñantes, posados en algo que estaría, si estuviera. Raro sería que alguien le dijera «Ay, humanito, no sabes que tu interlocutor no te está viendo». Y además restringirse de todos esos visajes no es cosa sencilla: para ello uno tiene que esforzarse conscientemente, como quien se aguanta la risa en una muy solemne ceremonia. Mejor soltarse, no vaya a ser que a uno se le atrofie el entramado de la cara por andar afanándose de más. La soltura, además, es lo más abundante. Muchos hemos tenido la experiencia de pasar en la calle junto a un estrambótico extrovertido que tanto se vierte fuera de sí, que parece ensayar un discurso de premiación frente al espejo. Lo que pasa es que tiene un chícharo vociferante metido en el oído y eso, por supuesto, justifica que hable a pecho hinchado como si se hubiera vuelto loco. Hay que admitir, eso sí, que se ha ido debilitando la impresión de esta citadina forma de locura mientras más nos hemos habituado a su ocurrencia (como nos pasa con buena parte de nuestras locuras citadinas). Y si a esas vamos, no es tampoco demasiada la diferencia que hay, juzgando con ojos de visitante de otro mundo, con quien lee una carta. Traídas desde las lejanías como cuando brincan los electrones por los cables de telefonía, nomás que brincando los carteros y las motos sobre los baches que conducen a la encomiable consumación del servicio postal, las palabras entintadas hacen que el lector suelte risas a solas, que exclame, que le bailen los labios en silencio mientras modela las voces que quiere escuchar. Pero por supuesto, todo esto está ensalzado aún más en el intercambio en vivo que nos permite ese aparatito que es el teléfono: simples bocinas y micrófonos conectados a kilométricas redes tejidas por todo el planeta.

Tanta es, pues, toda esta gesticulación y pantomima, que mucho acaba diciéndosele al testigo fortuito y no al dialogante en cuestión. ¡Qué grande ha de ser la medida de ademanes que se desperdician! Es como ver llover y sacar una cubetita. Y ni el más ahorrador puede hacer con ese sobrante nada. Qué generosos somos, cuánto derroche. Apenas atiende uno el ringtone de moda y ya se está señalando sin que el otro vea señal alguna, se sonríe y el otro no puede sino figurar en el timbre la brillante dentadura, se lleva uno la palma a la frente y, si bien nos va, aquél sospecha que es un necio exasperante. Se monta, en pocas palabras, todo el armadijo de un solo lado de la charla y es por pura fe que faltándole la otra mitad, se mantiene en pie. Quizás embonaría ajustado con el que se va armando lejos, pasado el Atlántico, o quizás necesitaría unos empujones (porque se hicieron, después de todo, a ciegas). Ojalá fuera como esa bonita historia sobre nuestra palabra «símbolo», que viene de las dos mitades separadas de una prenda que, ni bien se juntan, dan fe de su común origen; aquí, por mientras, nos conformamos con que escuchemos fuerte y claro todo el andamiaje tonal de la voz ajena y damos por completado el santo y seña. El chiste es que, sea tersa o arduamente, las dos partes embonan. Lo raro no es conversar de día por un lado del mundo y de noche por el otro, lo raro es lo normal que se nos hace. Si no fuera nuestra naturaleza imaginarnos constantemente en el otro, nunca habría podido servirnos para nada tan estupendo artefacto, ni con todos los megas gratuitos del mundo ni toda la fidelidad del Surround Sound 5.1. El hecho es, pues, que expresamos. Expresamos hasta cuando nos separan distancias a las que ya no se ve nada. Audiblemente, si bien nos va; porque también sucede que la fuerza de esa costumbre nos trasplanta más lejos, nos saca peor de contexto y, si de por sí ya separamos la voz de la gente que encontramos sin mueca al teléfono, fácil se vuelve olvidarnos también del ritmo por completo: y así, sin necesidad de enfrentar a nadie, nos mandamos unos textazos y reímos en sonoras letras «jajajaja» mientras sonreímos modestamente desde la comodidad de nuestro silencioso hogar.