24 – La paz

A veces los pueblos languidecen por sed de paz. Hace años que estoy pensando en la pudredumbre de nuestras instituciones, en la degradación del discurso y en la barbarización de las almas tiranizadas. Desafortunadamente no soy ni brillante ni iluminado ni lumbrera siquiera; así que no he encontrado mucha claridad. La poca que he disfrutado ha sido, la verdad, de la gracia y amistad de otros. He entendido así que la paz que falta debe ser digna; la justicia, compasiva. Pero no he encontrado cómo llegar a ellas. La crueldad avanza como una locura que debilita la mente y la deja incapaz de mirarse, incapaz de saberse enferma. Va pasando y por eso también las descripciones de ella son más pobres. Y en esos pensamientos estaba cuando releí la Paz de Aristófanes. ¿No hay mucho de sabio entre las sandeces del pobre enloquecido de guerra que doma un escarabajo pelotero para volar al cielo? Muchas de las imágenes, además de irreverentes, son de lo más intrigantes: hay que convencer a Hermes antes de poder sacar a la Paz de una cueva; los campesinos celebran con tanto alboroto que deberían llamar la atención de Zeus, pero a éste no le importa ni parece enterarse; la diosa más que hablar deja que hablen por ella; en fin… no he revelado el misterio. Pero hago nota: algo debe haber ahí que el poeta nos quiere enseñar y podría ayudar a pensar mejor en esta sed horrible que nos quema.

Proteófilo Cantejero

23 – La pregunta por la edad

Extraje este pasaje algo destacable de una entrada en el diario que por lo demás describe tediosamente detalles demasiado cotidianos. Ojalá entonces me hubiera centrado en el carácter de Sven antes que en todo lo demás; pero, como dicen, a falta de pan, cemitas.


Que nos preguntemos nuestras edades es un ritual desfondado. Me di cuenta hoy platicando con Sven. Me gustaría escribir sobre ello, pero dudo poder hacer entender que no me refiero a cualquiera de un número de tonterías que suelen creerse hasta cuando uno no las está diciendo; como que tengo escrúpulos de hacer a otros pasar por una situación delicada o que todos somos tan jóvenes como nos venga en gana según el corazón o cosas por el estilo. Pero el punto es que llevo dos días de conocer a Sven y no nos hemos preguntado nuestras edades y de pronto me pareció extraño. No debería. Qué sandez estar acostumbrado a saber qué talla de vida tiene la persona como si nunca saliéramos de la escuela. «¿En qué año vas?». Estoy seguro de que es porque estamos queriendo imaginarnos dónde situar al otro en nuestro esquema de acuerdo al caminito del éxito que está dispuesto para todos nosotros en el mundo del progreso en serie. Queremos verlo, catarlo y pensar que, si a estas alturas está haciendo esto o aquello, entonces sabemos qué clase de persona es. Queremos poder pintarlo de un brochazo. Me retracto: no queremos pensar qué clase de persona es sino en qué lugar está, cuánto es el avance que lleva, dónde en la máquina de la producción en la que nos acurrucamos adormilados a que nos lleve a donde dice que nos lleva. Para que las cosas ocurrieran según mis costumbres Sven tendría que haber querido calar qué tan fregado estoy, teniendo tantos años en tal posición. ¿Extraño que no fuera así? Extraño y triste más bien que eso sea lo que pase siempre, o casi siempre, que decimos que estamos conociendo a alguien. Y si escribo con algo de ácido es porque no me di cuenta antes. Qué desperdicio, ser los únicos vivientes en la Tierra que pueden vivir diferentes tipos de vidas, y empeñarse por empotrarse a una sola. ¡Y además una en donde es tan obvio que ya ni cabemos!

Proteófilo Cantejero

22 – El zorro

Hoy comencé con el nuevo trabajo. Si yo fuera de quienes creen en los espíritus del bosque, como dicen que los hay en otras culturas, estaría animado a preguntarme quién y por qué me visitó por la madrugada; y es que saliendo muy temprano, como debo hacer de ahora en adelante, se me cruzó un zorro en la esquina de mi casa. Primero lo confundí con un perro, pero era más delgado de facciones, más grácil de movimientos. Se hizo para atrás sin dejar de mirarme nunca, ni un momento, mientras tomaba algunas migas del piso. Pronto salí de mi error viendo su color anaranjado como arce en otoño y, claro, su rabo peludo con punta blanca. ¿Qué hubiera pensado de creer que era más que un zorro? ¿Sería buen, mal agüero? ¿Sería una visita para probar mi compasión? (Si sí, fallé la prueba: no le di comida al zorro). ¿Sería un mensajero y me habría perdido del anuncio? ¿O tal vez habría sido tan solo un dios fisgón, curioso, mirando a ver qué hacía y dándome el dudoso placer de sentirme muy importante por despertarle la curiosidad a un dios? Ya investigaré quién visita a los mortales disfrazándose de zorro. Ah, porque además tendría que suponer que es disfraz, y que la verdad que esa mirada feroz escondía era una mirada colmada de una inteligencia atroz, imposible de sostener con la mía. No dudo que hubiera podido desbaratarme una pierna de haber querido, eso sí. Pero se mantuvo alerta solamente, atento y pendiente a la vez de su bocado. Y pensándolo bien, no es la primera cosa extraña que me pasa en un trabajo; ¡y sí que los he variado! En el primero conocí a un hombre de abrigo tres tallas pasadas de la suya que leía la suerte en las estrellas, que callaba y escuchaba en el viento los hados del futuro: le dictaban los números correctos de la lotería. Pero se los dictaban confusamente, y los mensajes siderales los revolvían ocultando el verdadero con cientos falsos. Necesitaba por eso toda su atención y a quien lo interrumpiera no lo perdonaba nunca (no me ha perdonado todavía) para poder entender. O para poder ahora sí entender, porque nunca, aún, había podido leer la fortuna sin cometer algún error. Me pregunto si ya hoy entendió lo que el Cielo le dice. También conocí, en otro trabajo, a un muchacho con cabeza y manos de gigante que todas las mañanas aprendía de nuevo lo que iba a haber olvidado para la noche, de discurso confuso y un temperamento de tormenta, cuyas fuerzas necesitaban mantenerse aflojadas por un medicamento. Si lo había tomado, era dócil, risueño y juguetón; si no, podía matar a alguien sin plantearse la duda ni pensar demasiado en qué había hecho. También trabajé una vez para un jefe que era más bien rumor, al que nadie que yo viera veía y de quien nunca se sabía dónde estaba, la mejor actuada incertidumbre cuántica, una energía lejana que incidía de un modo que nadie tenía del todo claro en las vidas de sus empleados, del que se escuchaban muchas cosas, contradictorias en una medida alarmante, y que vivía al son del capricho pidiendo y queriendo y ordenando y requiriendo cuanta cosa le ebullera de la cabeza. Sus demandas se hacían tan lejos, tardaban tanto en llegar, pasaban por tantas personas y cambiaban con tanta frecuencia, que antes que acatarlo hubiera sido más fácil para mí interpretar en las olas que pegan en la costa cómo se movieron las aguas en altamar. Total, pues, que comencé el nuevo trabajo y, fuera de las imágenes, nunca antes en mi vida había visto un zorro. Un zorro de verdad. Zorro, espíritu del bosque, dios disfrazado o portento, supongo que un zorro nunca es solamente un zorro.

Proteófilo Cantejero

21 – El desencanto

Yo conocí a Luis Hernán Bríos. Lo encontré una vez en el mercado de arte de una placita cerca de la casa en donde me estaba quedando de vacaciones y, hasta entonces lo supe, cerca de donde él vivía. Estaba en un puesto de baratijas mirando una de esas lámparas viejas de cobre, las que ya se asocian más fácilmente a genios cumpledeseos que a lumbre. La miraba con un empeño como con el que se aferran las enredaderas a los muros. Lo malentendí al principio pensando que consideraba comprarla. Como lo reconocí enseguida me le acerqué y saludé. Traté de parecer discreto, dueño de mí mismo; pero seguramente se me notaba la urgencia de tener su reconocimiento o aunque fuera un poco de su atención. Ésta la conseguí aunque solo parcialmente: saludó con amabilidad sin dejar de mirar la lámpara, con los anteojos corridos al filo de la nariz y las manos manchadas juntas, cuidándola con delicadeza tal que más que cargada parecía suspendida frente a él. Después de otros segundos de observación, apartó la lámpara y la regresó a su lugar junto a los otros triques. Me presenté entonces, más en forma, y pudimos tener una conversación cordial caminando entre cajitas artesanales, reproducciones de óleos famosos o demandados, pósters, juguetes y el ocasional especialista en hacer un paisaje campirano entero en un frijol.

De casi todo lo dicho entre nosotros puedo afirmar sin escrúpulo que no fue nada interesante ni especial. La excepción fue cuando le dije que acababa de empezar a vivir ahí después de una estancia larga en el extranjero. Mencioné que me había cansado mucho de las multitudes con sus borboteos y que este lugar tan tranquilo era perfecto para mí. Era mentira o exageración, por supuesto. Ni me había mudado ni lo disfrutaba así, pero algo había de encantador en la fantasía de que yo pudiera ser vecino de Luis Hernán Bríos. En fin, le dije que yo no hubiera creído antes que existieran todavía lugares en los que uno pudiera estar tan a gusto, lejos de los otros. Suspiró mirando al piso y dijo «créelo; ya no quedan lugares que sean al revés». Me reí sin entender porque tenía forma de chiste.

Poco después le agradecí la charla y nos despedimos sonrientes. En su amabilidad había acritud, perceptible aunque difícil de señalar, como el harmónico que queda vibrando agudo sobre una nota grave del piano. En algunos minutos, la euforia de haberlo conocido comenzó a deslavárseme y, aunque por supuesto había ya enviado mensajes a mis amigos fingiendo que no dormiría de la emoción, la imagen de lo dicho cobró forma más clara en mi alma. Si soy sincero, me desagradó. Tal vez quien lea esto desde el principio notó el sentido del comentario que me hizo, pero en el calor de las palabras yo había tenido la mente nublada. Ya pasados estos momentos era muy obvio que él había dicho que no hay lugar en este mundo en el que podamos estar cerca. Incluso las ciudades multitudinarias hacinan lejanías y no tienen en esto gran diferencia con un pueblo, un campo, una aldea olvidada o el fondo de un volcán. Eso es lo que quiso decir. Pero pienso que Luis Hernán Bríos me mintió. No sé si a propósito o no, no sé si su decepción fue honesta o no, pero me mintió. Volví al puesto de las baratijas y pedí ver la lámpara que había estado examinando él. No era solamente cobre. Estaba grabada por la mano de alguien empeñoso. Una flor crecía de unas ondas y estas mismas venían de otra flor idéntica. A lo largo de la lámpara cerraban un círculo que podía verse completo de un solo golpe, dando una impresión de serenidad, o podían seguirse con la mirada en su encadenamiento y de algún modo se iba encendiendo el ánimo con los ciclos. La manufactura era preciosa y sencilla; enigmática. Como si quisiera decir algo. La admiré por no sé cuánto tiempo. Era maravillosa.

Proteófilo Cantejero

20 – Las noticias

Al leer una noticia a veces buscamos entender por qué pasó lo que pasó, por qué alguien hizo lo que hizo. Pocas veces están las notas tan bien escritas como para que lo sepamos al terminar. Cuando uno lo piensa así, los periodistas organizan documentos de lo más sorprendentes: colecciones de eventos descritos o platicados cuya vena común es carecer de razón aparente. Catálogo de absurdos, galería del desconcierto. Más que compartirnos información, el escritor nos comunica su asombro. «¡El Fulano ése arrestado ayer tenía cuarenta yates gigantes escondidos en las Islas Cook!» ¿Qué chingado año alcanza para andarse metiendo a tanto yate? Quien nos lo cuenta está igual de pasmado. «La megaobra para la que se designaron cuarenta y dos churrillones de pesos tomados de impuestos honradamente pagados tendrá que ser demolida porque los planos venían en otro idioma y el maestro se confundió». No se vaya uno a ir con la finta de que es pura información desnuda. Es impacto, incredulidad. Es más, ni siquiera así dichas están bien perfiladas. Las noticias causan tanta estupefacción que se dicen como que no pueden ser así: «Trece habrían sido los bancos internacionales involucrados en esquemas de lavado de dinero que empobrecieron a millones de personas»; pero es que no puede ser. Tal es el grado que uno se toma la tragedia a risa loca. Muchas notas son así leños para el fogón del chisme del día siguiente, pero la verdad es que en sus recuentos poco hay que valga llamar discurso, si somos rigurosos. Si el discurso ha de estar sano y robusto. Muchas palabras pero pocas razones, silencios camuflageados. Hay para quienes no es tanta la sorpresa: podría responderse que muchos tristes eventos se «explican» porque sus agentes querían dinero; pero ¿es eso suficiente respuesta cuando seguimos sin saber para qué lo querían? Ah, pero muchos lo «quieren» porque con eso comprarán lo que anhelan; ¿y cómo nos explicamos que quieran tales cosas? Cerramos la página, cambiamos el canal, tiramos el periódico, y tenemos heno de sobra para esas bestias del morbo que se nos revuelven en la panza; pero ya que se aletargan satisfechas y se llena la cámara del silencio de la siesta nos damos cuenta: no entendimos nada.

Proteófilo Cantejero

19 – La relatividad general

«Y parece correcto que la naturaleza así hiciera,
eximiendo al cuerpo de contrariedad como debía ser,
es decir, como ingénito e incorruptible».
–Santo Tomás de Aquino

Apenas y alcancé espacio. El tren se retacó en pocos minutos tanto como para parecer tenernos a todos los mortales concentrados en un punto. Las voces grabadas pidieron favores de mínima decencia a los viajeros —que por supuesto es lo más que hoy se espera de la humana naturaleza—, y en dos exhalaciones de apretados vapores estábamos en marcha. Delicada, casi insonora, pero terriblemente veloz marcha. Einstein dijo una vez que él era «carruaje de una sola bestia» y ahora me admiraba de la rústica expresión, de lo lejano que se veía su tiempo (y más desde donde las bestias sobran). Me acomodé desentendidamente. La suavidad con la que nuestros trenes viajan permite ojear por la ventana con un lujo de película (tanto por la exterior ficción cuanto por la película de vidrio carbonado), un mundo que decide de pronto lanzarse para atrás. Es él el que se marcha. Toma carrera, ni se despide y con todo y árboles corre para olvidar a ese molesto espectador adormilado, encerrado en su cajita de metal. Pobre mundo. Sufre una curiosa condena porque por más que intenta marcharse, parece que siempre le queda algo más que no se ha ido. Jala duro sus ríos y atrás se le queda un bracito testarudo; lanza sembradíos uno tras otro con todas sus fuerzas nomás para que al final se le escape por ahí otro despistado que no salió a tiempo a las carreras. Y así, siempre hay alguna montañita atrás que no arrastró a tiempo, o un templo extraño, o un pueblo que ya se iba, pero se detuvo y en el descuido le da tiempo al pasajero de bajarse a visitar. Pero un día de éstos el mundo se nos va a ir completo y nos va a dejar olvidados en la cajita de metal. Se encendieron las luces azuladas. Dejé de ojear porque ahora las ventanas solamente eran espejo del interior. Un túnel largo, recto como dibujado con regla, nos engulló en una caída libre que, si no asusta a los espectadores adormilados, es solamente porque les falta imaginación para dejar de ver el riel. Diez, veinte, treinta minutos… quizá muchos más. ¿Habrá logrado ya escapársenos?

Proteófilo Cantejero

18 – La obscuridad embotellada

Sobre la misma página en la que está escrito el cuestionable aforismo que compartí la vez anterior hay algunas notas, me parece que sobre el Protágoras. En todo caso, son o bien ilegibles o legibles pero indefendibles. Además de eso, está un párrafo escrito al vapor en otra tinta que aquí organizo en dos partes. No estoy seguro ya del orden en el que los artículos de esta hoja fueron escritos, pero los comparto de todas maneras suponiendo que no hace mucha diferencia.


Uno que escribe y escribe, si casi no lo leen, puede sentir la tentación de justificarse diciendo que es como un náufrago de una era aciaga, aferrándose a la vida con fiambres e ingenios, que decide lanzar sus palabras al mar en una botella encorchada. Puede hacer lo mismo a quien mucho leen pero poco entienden. O hasta el que se cree muy entendido y que de todas formas no alcanza cuanto quiere. La tentación de la imagen es la misma, se den unos ínfulas de bohemios o de comunicadores profesionales. El problema de pensar que los escritos propios son como mensajes en una botella, por más que la romántica figura infle el corazón, es que supone un mar mesurado de tiempo cuyas corrientes son el avance constante del género humano, y se figuran que una tierra abundante de comprensión en el futuro estará poblada con todo lo que sea mejor. En una isla como ésa, piensa el que manda el mensaje, el texto ya será entendido por fin. Arrogancia y ridículo. Es una fantasía de idolatría al progreso en la que uno mismo se enaltece, se mira y admira de cuán grande es por lo incomprendido y de cuánto más será reconocido su tiempo por lo obscuros que fueron de miras sus contemporáneos. Pero el mar, si acaso, no es de las salinas aguas del tiempo, ni de olas espumosas de fortuna; es más bien de vidrio. Es el mar de los millardos de botellas de otros incomprendidos que tienen la misma afectación imaginaria. O tal vez es mar de plástico, mejor adaptado a nuestros tiempos, a nuestras botellas con taparosca. Adolescentes que se sienten Nietzsche y escritores que nunca dejan de ser adolescentes. Bien lo dijo Paz: «Arte claro es arte grande. Arte oscuro y para pocos, decadente». Si somos incomprendidos es porque no nos damos a entender.

Algo sí tiene que ver con que en nuestra época al parecer nadie entiende nada. Lo concedo. Nuestro discurso público es la cacofonía de perros que ladran por oír ladrar a otros. Arrojar la voz al mar para que alcance un futuro áureo no es lo que falta, sin embargo. El futuro es negro y nada penetra sus sombras (exceptuando a algunos como Leonard Cohen, claro). Lo que le conviene a la voz no es ser embotellada ni aventada, sino ser sembrada en esta isla para que dejemos de vivir de fiambres e ingenios, y podamos vivir bien. Hay que saber hablar, discutir, platicar. Hay que poder entender que lo único de veras nuestro es la mentira para que podamos vivir juntos en la verdad. Por eso hace falta comprender cómo quienes supieron enseñar y quienes saben enseñar, enseñan. ¿Qué nos salva del aislamiento si no la compañía, y qué mejor compañía que la de quienes consienten nuestra existencia? Uno que habla y habla, mejor haría en aprender a escuchar. Uno que escribe y escribe, mejor haría en ponerse a leer.

Proteófilo Cantejero