Erotismo, Teología y Modernidad. Dos notas a propósito de la obra de George Bataille

Si quisiéramos responder cuál ha sido el mayor mérito de George Bataille, posiblemente no encontraríamos ninguno lo suficientemente novedoso o grande como para no ser opacado por algún otro gran escritor, y sin embargo su persona y obra nos sigue cautivando a través de las líneas mórbidas de su poesía erótica, de su desorganizada pero fina forma de razonar en sus tratados filosóficos y de su no poco accidentada –pero no por ello desafortunada— búsqueda teológica. ¿Cuál es el encanto –cuál el erotismo— que posee Bataille que lo convierte en un poeta y pensador único? Leer su obra en búsqueda de la respuesta a estas interrogantes limita el horizonte de comprensión al mínimo; él mismo, como su tiempo, están impregnados de la convulsión, decepción, horror, retraimiento de la vida entre guerras. Así pues, en este breve artículo pretendo explorar algunas de las características que en conjunto hacen de Bataille tan singular como atrayente. De ningún modo pretendo que sea una superflua conclusión a su obra, sino por el contrario, una invitación al lector a explorarla de manera profunda.

Inicialmente podría parecernos que las obras de Bataille contrastan de manera radical con su vida; aquél discreto bibliotecario, archivista y numismático  de la Biblioteca Nacional de París, cuya apariencia no delata sus visitas al burdel o el contenido de su obra pues, lejos de ocuparse en tratados de biblioteconomía, la temática de sus trabajos va del erotismo a la ontología, pasando por la teología y la estética. Si bien, la dispersión de los objetos de estudio podría denotar cierta clase de superficialidad, es necesario que consideremos elemento clave para la comprensión de sus trabajos, la irracionalidad de la realidad. Dicho elemento podríamos considerarlo un signo de su tiempo; un constitutivo fundamental de movimientos como el Dadaísmo y el surrealismo de Bretón y Dalí, así como del resto de las vanguardias, mismo que se considera respuesta crítica al culto imperante a la razón, mismo fundamento de ambas guerras mundiales, tanto diplomática como tecnológicamente. Su no-adhesión a vanguardia o movimiento alguno y el hecho de compartir este rasgo con sus contemporáneos lo convierten en un autor singular y a la vez propio de su tiempo. Para explorar algunas nociones fundamentales de su obra (tanto poética como filosófica) podemos recurrir a dos de sus preocupaciones más grandes: erotismo y divinidad.

Comúnmente se tiende a pensar al erotismo y a la divinidad en planos separados. Consideramos que el erotismo es propio de la sexualidad humana o, en el mejor de los casos, asunto de los poetas. Pensar al erotismo únicamente como atracción sexual es una limitación que evidencia la pérdida del sentido característica de nuestros tiempos. Por otra parte, la concepción corriente de la divinidad, en general, se reduce al conjunto de creencias y dogmas propios de la religión más cercana a nosotros –independientemente de si la practicamos o si hemos llegado a ella por convicción o por imitación—, lo cual también nos deja en una situación aporética respecto al ser de lo sagrado, problema que reside en el centro de nuestra comprensión posmoderna del hombre considerado ahora individuo y, como tal, con una religiosidad opcional.

Las consideraciones de George Bataille en torno al erotismo y la divinidad amplían enormemente la dimensión y alcances de estas dos manifestaciones humanas a través de textos como El erotismo sagrado y Filosofía de la religión. La riqueza de estos textos radica en el carácter reinventivo y de redescubrimiento al que se suscribe, pues en lugar de ser pretensión de rescate y reinterpretación de teologías y estéticas poco accesibles u olvidadas, es invitación a la vivencia (que no a la experimentación). Es, además, una investigación casi fenomenológica de estos aspectos que si bien no es radicalmente innovadora por sus resultados, sí contribuye a mostrar estos problemas en sus términos más elementales llevada a cabo a través de una disertación de corte ontológico que –como vimos líneas más arriba—, se ubica en contraposición directa a las investigaciones científicas y a los tenores convencionalmente aceptados del momento, dando como resultado una obra tan contracultural como universal. Contracultural en su incubación y exposición, universal en los resultados de la investigación dado que pretenden alcanzar la validez para todo el género humano y en todo tiempo.

[el análisis ontológico de lo contínuo-discontínuo]

Lo sagrado es para Bataille fenómeno religioso de manera un tanto indirecta: tenemos contacto con lo sagrado a través de la experiencia de la muerte de otra persona, en los ritos funerarios que se practican, pero más aún, en el fundamento de posibilidad de dichos ritos. Esta observación tiene su sustento en un análisis ontológico construido a partir de la dicotomía sujeto-objeto que tomó seguramente de estudios psicológicos o epistemológicos, pero que alcanza cierta resignificación mediante un tratamiento utilitario pues, como muestra en Teoría de la religión, una de las rupturas entre lo contínuo y lo discontínuo que son más evidentes se da en la experiencia de la implementación de un útil. En tanto que distinguimos como fuera del continuum un útil, puesto que sirve para una tarea específica y puedo fabricarlo según su finalidad, podemos conocer no solamente la oposición de estos dos órdenes, sino también el carácter antropológico de dicha ruptura ya que lo continuo refiere a los elementos del mundo que representan ese orden inmutable como la naturaleza, pero el útil surge en una necesidad particular netamente humana que rompe con la continuidad al pertenecer esta misma al orden de lo discontínuo.

Así pues, el primer paso en la comprensión de la teología y el erotismo tiene sus bases en la comprensión de la relación continuidad-discontinuidad. Para volver al ejemplo de lo sagrado, nuestra conciencia de la finitud de la propia existencia es aquello que propiamente pertenece al orden de lo discontinuo, es decir, nosotros como género formamos parte de la continuidad, pero también de la discontinuidad en tanto que somos individuos dotados de conciencia; establecer un punto de contacto con lo continuo es la consistencia de lo religioso, mismo que adquiere el tinte de fenómeno en tanto que experimentable; dicho sea de paso, para Bataille Lo sagrado y Divinidad son una y la misma cosa.

Por otra parte, atendiendo a la relación con el erotismo, comparte la discontinuidad en la continuidad nuevamente en tanto que acto humano, pues la ruptura aquí se marca primeramente en la rica significación de la que está dotada el acto sexual, ya que no es únicamente un acto de animalismo, es decir, de instinto inscrito en la continuidad, sino que es una experiencia singular que tiene infinidad de significados, que además rompe con el orden de lo establecido no sólo en los instintos, sino también en la propia rutina que con el tiempo nos formamos. Esto último implica que también es una ruptura con los hábitos, la costumbre, la reconciliación con el entorno social, es la pauta para disfrutar de una libertad inalcanzable por la vía de la razón, pero sin dejar de ser desenfreno y desbordamiento necesario: la dualidad de los aspectos concluyentes.

[Conclusión]

A las luces de lo anteriormente explicado, es posible divisar vagamente el horizonte del erotismo y la religiosidad en el pensamiento de Bataille. Es justo insistir en que esto es sólo una invitación a la lectura de su obra, pues esto es solo la expresión teórica de una visión más amplia que debe ser considerada bajo el influjo de su poesía. También es posible dar una respuesta provisional a las cuestiones con las que inició el presente artículo, a saber, la importancia de Bataille y si tiene méritos dignos de reconocerse por largo tiempo. Sobre esto último considero que Bataille tiene su mérito donde nosotros tenemos profundo demérito, es decir, él triunfa donde nosotros hemos olvidado aquello que es esencial, donde lo hemos sustituido por las explicaciones científicas y el trabajo, puesto que su obra pone de manifiesto que nociones tan fundamentales en la vida del hombre como erotismo y divinidad han caído a la ignorancia plena, hecho que refleja a nuestra sociedad –contrario a lo que se piensa— como una sociedad empobrecida y al límite de un nuevo tipo de barbarie nunca antes vista en la historia de la humanidad. La falta de novedad a la que me refería líneas más arriba depende de la ignorancia de exploraciones previas, pero es justo reconocer el valor de pensadores en solitario que llegan a mostrarnos los caminos perdidos e ignorados cuando la noche ha caído y el alba no da señales de aparecer.

Perro de llama

Nimio tratado sobre la noche

 


por Perro de Llama

Al salir de la taberna, no tenía otra cosa en qué pensar. “Esos pobres bichos se creen tocar el sol” pensó al ver a los quijotillos rondando las farolas.  Era un ocaso de lluvia ligera,  y el agua escurría del pavimento a los parches de pasto amarillo que aun crecían neciamente sobre la arenisca. Tras ver la desolada parada del autobús pensó en esperarlo, pero a sabiendas de que no llegaría, decidió seguir adelante; así que pasó sin saludar a los peatones que cada día desesperaban casi inmóviles.

 

Tras pasarlos sentía algún lazo roto. Y no era para menos, tantas otras veces prefirió esperar junto a ellos la llegada del autobús que aligerara su marcha, y siempre impaciente abandonaba su espera. Prefería caminar. La siguiente noche era lo mismo “¡Llegó tan pronto te fuiste, Marquitos! Caray contigo, eres tan impaciente”, “Seguro que llegamos a casa antes que tú” se burlaban. Le resultaba curioso que a pesar de haber platicado con ellos tantas otras veces, no haya sido hasta aquél hartazgo que se dió cuenta que nunca se cambiaban las ropas, por unas limpias, o unas distintas. Siempre traían las mismas. Quizá tampoco tenían casa alguna a la cual llegar.

 

Tampoco en aquella ruina los encontró. Al buscar a sus amigos encontró nada más que polvo sobre polvo, y piedra sobre piedra, casi intactos como hace cientos de años, delante de él no había nada salvo lo que nos queda del Templo Mayor. Sabía que sus amigos no iban a estar ahí desde antes de la búsqueda, así que solo fue un jugueteo, sólo recorría los alrededores en búsqueda de algo que le quitara el tiempo. De encima. Retando al azar, buscando contacto visual a esas horas de la madrugada con algún desvelado. Ahora consideraba estos juegos absurdos, pero ¿cuándo se ha visto que consideración alguna remueva hábitos tan arraigados?

 

Siguió sus pasos hasta llegar a casa. Los Amigos habían dejado una nota en lugar de su presencia. Al entrar el calendario ya lo esperaba; con su crueldad habitual mostraba la fecha del día anterior. Haciendo gala de una infantil venganza arrancó tres hojas una a una para que transcurrieran tres días, o un ciento de años. Así ya era domingo.

 

Porque tabernas, peatones, piedras y días pasados; amigos, caminos y soledades, formaron aquél mar donde se naufraga pero no se nada. Cuando menos, por aquella larga noche.

Una visita olvidable

Honestamente no me gusta mucho la idea de escribir una entrada a manera de diario, pero por las cosas que me sucedieron hoy, quizá tenga justificación que lo haga de esta manera. Estimado lector, si no quieres leer mi bilis, por favor cambia de entrada. Aún estás a tiempo.

 

¿Se puede considerar contaminación la compañía de una persona? Imagínese, mi apreciable lector, una persona que se toma un descanso de su trabajo no porque este día sea semi-feriado, sino porque juzga que “se merece un descanso” de una jornada de cuatro horas. Alguien que toma lo que viene de la vida de manera extremadamente pasiva, pues lo activo se reduce sólo dos posibilidades: o maldecir cuando es algo que “no debería sucederle”, o jactancioso recuento cuando es algo que la fortuna le debía.

 

Minutos –u horas después de sus merecidas vacaciones— pregunté a mi incómodo huésped si había algo que le gustaría hacer de su vida, a lo cual me respondió “el trabajo es tan malo que te pagan por hacerlo”. Después simplemente rió. Había un escalofrío además de su risa, –sin ser inmortal como Utanapíshtim—no busca nada de la vida, salvo mantenerse vivo. (y esto no es exageración ni interpretación mía, sino que lo escuché de su boca)

 

Antes de este día pensaba que uno de los peores males era padecer una compañía desagradabre, pero esto lo trasciende ¿qué hacer con alguien así? Mucho peor que el cuervo de Poe, el no se iba y seguía diciendo sandeces, cada una peor que la anterior. Tras muchas horas  de eso, se fue llevándose todas mis posibilidades de continuar el ensayo sobre ****** ****** * ********** que tres entregas lleva de añejamiento.

 

Aunque ni siquiera esté bien contada mi desventura un puñado de preguntas incómodas queda enrareciendo el aire de esta casa ¿qué me separa de alguien como él? Después de todo, el retoque de mi ensayo debía estar listo desde ayer ¿Hay algo que se pueda hacer con los pusilánimes que rondan por el mundo? ¿Se puede llamar contaminación este tipo de compañía? El ruido a veces es intolerable, pero al menos –y por definición— se presenta como indescifrable si uno no desea analizarlo y descomponerlo ¿por qué –con un demonio— no le mostré la salida a tiempo? ¿Venir a echar bilis a un blog como este es válido? Quizá hubiera sido mucho mejor dejar sin entrada este día.

 

Bueno, el párrafo anterior estaba destinado a ser el último de esta caída en espiral, pero por respeto a este blog y al lector que haya llegado a este punto, veamos si podemos transmutar esta lamentable queja en algo de utilidad (en algo bello es evidente que no, o al menos no tengo la presteza para eso, sino ya lo hubiera hecho). Se me ocurren tres cosas para ello, las mencionaré en orden ascendente, es decir, de la opción más superflua a la más posiblemente valiosa. Primera, mencionar por qué el invasor no se fue del todo impune, pues mi hermano y yo nos encargamos de vapulearlo. Segunda responder a las preguntas que me planteé arriba. Tercera, que reflexionar en torno a esto nos lleve a algún linde menos hostil.

 

Dado que todas las preguntas giran en torno a mi incómoda experiencia, la única que me salvaría de dar vueltas es la tercera opción. Así que intentemos dar el último giro a este círculo. Empecemos por la contaminación: parece que más que contaminación es envenenamiento lo que he sufrido, mucho mejor que buscar un antídoto sería prevenir el mal trago, así que lo que yo aprendí a las duras, podría servir a quien no haya experimentado esto para prevenir encuentros así.

 

Algo hay de hybris en lo que acabo de decir. El párrafo anterior supone que esta queja semi-reflexiva puede hacer un bien al lector; y además, se presenta como novedosa, siendo que ya hemos oido de “quienes recorren el trillado de los hombres”, o “aquellos que  olvidan a dónde lleva el camino”, o acerca de “el último hombre”, o de aquél Uno heideggeriano.

 

Además ¿señalar un problema (en este sentido, un problema ético) basta para entenderlo y, prevenirlo a futuro? Esta pregunta es la que realmente importa pues, al final es la que va a influir en el pensar la causalidad de las acciones humanas. Es decir disciplinas de conocimiento tales como la ética, la psicología y la sociología…

 

La última pregunta es la que no me es fácil responder ¿no era mejor dejar sin entrada este turno mío?

El Insomne

 

...Le ladrarán a mi sombra los perritos vagabundos,
con mi modesto equipaje llegaré del más allá
y arrodillado en mi Río de la Plata lindo y sucio,
me amasaré otro incansable corazón de barro y sal
y vendrán tres lustrabotas, tres payasos y tres brujos,
mis inmortales compinches gritándome!fuerza ché!
Nacé, nacé, dale vida, metéle hermano que es duro
pero muy bueno el oficio de morir y renacer.

 

Respecto a eso, los sueños y las personas me lo dicen por igual: “este no es tu sitio”. Lo que no saben los muy ilusos es que no se trata de un sitio esta cuestión, sino de un estado. La vigilia y el sueño no son sino estados, pero ¿qué sentido tiene distinguirlos si se vive en el insomnio?

 

Para unos y otros no soy sino el ejemplo limítrofe, para los que están al otro lado de mis párpados soy aquél somnoliento, el dependiente de la cafeina, quien les responde lento y casi siempre tras un replanteamiento. Aunque no siempre es así, también tengo amigos que saben comprender mi situación, incluso quienes envidian mi condición, aunque, claro, estos son los menos.

 

Para los de mis párpados hacia dentro, soy el extraño visitante, el que abusa de la lucidez en aquél mundillo fortuito, provisional e irrepetible que es un sueño. Varios tienen un marcadísimo aprecio por mí ahí dentro. Sueño que varios de los reales me aprecian por lo que realmente soy, ahí dentro: sin mi atención menguada por la somnolencia, muchos de los que usualmente me evaden, tienen conversaciones interesantes conmigo, gestos de auténtica camaradería… y aún más.

 

Justo la otra noche, platicaba con Rogelio de varias cosas, muchas de las cuales no recuerdo ahora, pero reíamos. Hablamos del alza de precios, de la última película de Jim Carrey, de una lluvia púrpura y de los recientes ataques de gatos a la oficina. Por supuesto, no podía faltar que hablásemos de los ojos ébano de Edith. Como si la hubiéramos invocado, en ese momento llegó ella, y con un gesto inexpresable con palabras –así son los sueños— me regaló un par de globos rojos, acto seguido: desapareció tras la puerta de su cubículo. Odio cuando eso pasa, me siento presa fácil de cualquier psicoanalista barato, pero así son mis sueños. No yo.

 

Desperté con una sonrisa boba y de ahí a correr al trabajo. Casi siempre llegar tarde por no usar despertador pero ¿y si me despertaba antes de la obviedad de Edith? ¡Hay cosas que uno simplemente no se puede perder! ¿Qué tal que perderse es encontrarse? y encontrarse así seguro es mejor que perderse en una montaña. Salude a ambos muy efusivamente. Aunque ellos no daban al por qué tanta atención de mi parte, no presté importancia. Dar aclaraciones podría ser fatal. En el fondo ellos sabrían, o al menos sospecharían de mi actitud

 

Comprenderás que en este punto, lo que me preguntaste hace un momento carece –al menos para mí— de sentido: “luchar por un sueño” o “ser realista” no me dice nada realmente. Ni son los extremos que me dices, ni son dos posibilidades de reordenar una vida. La disyuntiva está sólo en tu cabeza. El sueño es lo más al alcance que tenemos, y en lo cuál –hermano mío— ahora entenderás que soy privilegiado. Y en cuanto a la realidad ¿quién escapa de ella? ¿Quién vive a su  margen o escapa de su cauce? Bueno, bueno, no pongas esa cara, seguro que sí hay contradicción: hay veces que cuando duermo, no puedo esperar a despertar; y veces en que estando en vigilia lo que deseo es dormir, dormir como piedra.

 

Espera, es curioso que justo ahora experimente esta indecisión, amigo ¿tú estás dentro o fuera?

Catorce

Espectro, sombra, cenizas es lo que de mi queda voz balbucea en la penumbra de mi mente, en el azaroso ajetreo de Ur – tu nombre: otrora cálido y viviente, ahora dolorosamente pétreo y terráneo. Árido.

La moneda tiene dos caras, pero ¿y el espejo? Incontables. Siempre distinta, siempre cambiante, pero el espejo siempre es el mismo, siempre él mismo. Incontables segundos he pasado ojos clavados con tu retrato; no, foto no, las fotos se rompen, se queman, se olvidan. Tu retrato. El espejo, Incontables las voces del murmullo, EL MURMULLO, secuencial voz única de Ur fantasmal es el eco de innúmeros pasos, su pulso.

Pero ¿y mi rostro? ¿y mis pasos perdidos en esa calle negra? Porque ellos me atan a esta tierra.

Cuando la luz caiga…

 

Cuando la luz caiga, y no precisamente sobre nosotros –decía— es cuando verdaderamente podremos vernos a la cara.

Cuando la imagen que tienes tú de mí se diluya –decía— es cuando finalmente me habrás olvidado.

¿Qué demonios intentaba decirme con eso? Siempre se lo tomé a juego, pero el día que realmente la olvidé… bueno, no puedo decir que sucedió exactamente ese día, quizá tampoco ese mes o año, pero sí puedo revolver cosas acerca del día que recordé que la había olvidado.

El día que lo recordé comenzó mi ruina. Fue el día que los límites se juntaron y fueron uno ¿hasta qué punto se diluye una imagen? ¿hasta qué punto es bueno entender las cosas prescindiendo de nuestra centenaria luz? porque cuando ya no esté quedarás sólo tú –decía— y yo escuchaba sólo y solamente su voz.

 

Sus ecos están en todas partes. La insistencia de su recuerdo, como todos los recuerdos, podrían ser de las cosas mejor estudiadas, pero al mismo tiempo, de aquellas que por dolorosas menos interesa conocer a ciencia cierta.

Peor que un eco, porque viaja de oído a oído ya tú sabes “el oído es el camino más corto para llegar a la mente”  y brinca de boca en boca, como la chispa en el bosque otoñal, como la lepra en aquella villa.

Tu y yo estábamos ahí y no pudimos hacer nada, eh.

Por eso mejor sigue escribiendo, aquí en el estuco de la pared, no sea que nos lo borren mientras dormimos.

 —


“…lo que llevaba escrito en el brazo era malísimo, aun estaba fresca su sangre, por eso lo golpee. Señor Garrido, le juro que no fue mi intención… es sólo que no…” repetía la profesora como si de algún modo fuera a ser más convincente que las veces anteriores. La policía ya iba en camino y la madre del desafortunado pequeño estaba tan furiosa como consternada por la violenta reacción de aquella maestra.  

“…solo que no pude dar crédito a lo que hizo. A su edad los niños no piensan en esas cosas. Por más que le pregunté y le insistí, se negaba a decirme por qué lo había hecho o en qué caricatura vió eso. Por favor, no hagamos de esto un problema más grande…” escuchó repetir palabra por palabra y con el mismo tono a la docente. Ella repite escrupulosamente su apología –pensó—, todo esto es un número bien calculado. Prefiero seguirla escuchando una y otra vez con su historia hasta que lleguen los loqueros, a lidiar con ella enfurecida –pensó—. Una y otra vez con el mismo cuento –pensó por última vez—. Estuvo a punto de reparar en el tiempo que había tardado en ensayarlo, pero sus años habían hecho en él un carácter tan estable e inamovible como indiferente.

 —


Lo que Edgar se había escrito no era ya legible, tras las lavadas y las compresas, sólo quedaba un borrón. Como siempre, como niño que era, él no estaba preocupado, al menos no más que su madre.

Sabía que no podía entender lo qué decía en su brazo. Él aún no sabía escribir. Ella no sabía quién le había dado el bolígrafo o si alguien lo había pintado a propósito a sabiendas de cómo reaccionaría su profesora.

Se preguntaba si el pasar tanto tiempo con su tío no le habría afectado. Él era incapaz de algo malo. Rayar las hojas que con amor ponía en su pared día a día, era la única ocupación de éste. No tenía manías marcadas y fuera de las veces que salía a asolearse y el Sol quemaba su espalda, su hermano era incapaz de dañarlo. Además tampoco él usaba bolígrafos.

Aunque Edgar respondía sin errar a cada inquisidor, ellos se daban por desentendidos. Al responder “nada”, lo entendían todo en otro sentido. 

Visión del mundo y crítica Nietzscheana.

Para llegar a tratar con la filosofía es necesario tomar en cuenta los elementos que la constituyen en su unidad y por sí, es decir, aquellos que están implícitos en ella de manera orgánica y no sumatoria, de tal suerte que solamente son elementos en tanto que nosotros los diferenciamos y les damos nombre, posición y función dentro de un esquema armado igualmente por nosotros mismos. La filosofía de Nietzsche tiene como rasgo distintivo y único esa forma de expresión que sólo se encuentra en lo vívido de la lectura, lo inasible de su pensamiento para pretensiones escolares cuyo objetivo sea presentarlo claro y distintamente, por lo cual todo intento de presentarlo claramente –incluido el presente ensayo— es una fractura y disección del flujo viviente de su pensamiento.

 

El fundamento de todo filosofar es la palabra, el lenguaje, pues es con este que el hombre ha creído adueñarse del mundo. La palabra (lógos) es el modo en el cual denominamos aquellas cosas que percibimos, las experiencias que padecemos, e incluso las relaciones con otras personas, pero fundamentalmente y ante todo es una construcción de nuestro intelecto la cual, a través de una ilusión sustentada por nosotros mismos, nos persuade de que somos poseedores del conocimiento certero de todo lo que nombramos. Aceptamos que cuando lo que decimos concuerda con lo que es “decimos verdad”. La noción de que hay identidad entre lo que decimos y lo que hay en el mundo es la base sobre la cual se levanta la lógica. Nietzsche lo expresa como la identificación de dos mundos: el de las palabras y el real[1]. Ahora bien, aquí cabe hacer una aclaración que retomaremos más adelante: la incompatibilidad que existe entre lo experimentado y lo dicho. Por lo anterior, la palabra es el sustento de toda ciencia y filosofía posibles

 

La lógica es posterior a la palabra en cuanto al desarrollo cultural de la sociedad[2] pero también es elemento constituyente de la filosofía. Así pues la lógica se abre paso a través de esa fe que tenemos del poder de la palabra y de su alcance para adueñarnos del mundo. La lógica como la tecnificación de la palabra, esto es, la palabra subordinada a la consecución de verdades… o al menos a la correcta argumentación a través de un camino en el cual esta se identifica con el ser de las cosas, la realidad, es puesta en duda según lo dicho en el párrafo anterior, todas las bases del saber más ampliamente aceptadas quedan en duda al momento que se cuestiona que la naturaleza de nuestro pensamiento sea la misma que la del mundo en el cual estamos inmersos. Es necesario seguir más adelante de estas consideraciones, no quedarnos con la simpleza de afirmar que la lógica y la filosofía son vanas únicamente por la aporía de la posible incompatibilidad de la palabra con el mundo.

 

Internamente lo que Nietzsche critica de la lógica es en primer lugar, los juicios que construimos a partir de las impresiones que captamos, en segundo lugar, el cómo atendemos a formarnos explicaciones causales de los hechos. Construimos los juicios a partir de lo que observamos o pensamos, es la atribución de una cosa a otra distinta. Nuestro conocimiento de las causas, pretende también tecnificarse a partir del desarrollo de la lógica. Las causas y los juicios los extraemos de la realidad y los comprobamos en ella.  La formación de la hipótesis en la experiencia viva y su comprobación, son tan rápidas que parecen un evento simultáneo, sin embargo cuando la deducción de las causas a partir de los efectos está mediada únicamente por la razón (aspiración y mayor triunfo de la lógica), corremos el peligro de actuar en vigilia como lo haríamos en sueños, pues Nietzsche nos dice en su aforismo Lógica del ensueño[3] que los sueños no son otra cosa sino la búsqueda de una explicación a lo que percibimos en ese momento, con la diferencia de que nuestra razón se encuentra en un estado en el cual no cumple con las exigencias del pensamiento: determinar si nuestra interpretación de lo percibido es correcta; en su lugar, tenemos una versión ficticia que es causada aparentemente por nuestra imaginación a partir de los remanentes de las sensaciones. Independientemente si creemos o no en esta teoría de los sueños, lo que subyace tanto en los sueños como en las explicaciones causales y el enjuiciamiento de la realidad, es una impulso o instinto del hombre para interpretar la realidad en la que se encuentra, indiferentemente si estamos dormidos o despiertos. Por un lado aceptar esto al pie de la letra nos revela que el hombre tiene una necesidad de saber equiparable a un instinto que domina tanto en sueño como en vigilia, pero por el otro lado (y en mi opinión algo más factible), la observación que Nietzsche hace acerca de que hay en el enjuiciamiento durante el sueño vestigios de la humanidad primitiva, nos revela que el desarrollo del pensamiento occidental ha sido cambiante, pero aún queda en duda si su carácter es de una evolución progresiva.

 

Paralelamente en el segundo aforismo de El viajero y su sombra, nos demuestra de conjunto lo que hemos dicho anteriormente, a continuación lo cito para un mejor análisis:

 

La Razón del mundo.— El mundo no es el substratum de una razón eterna, es lo que se puede probar definitivamente en virtud del hecho de que esta porción del mundo que conocemos –me refiero a la razón humana— no es demasiado razonable. Y si ella no es, siempre y enteramente, prudente y racional, el resto del mundo no lo será tampoco; el razonamiento a minori ad maius, a parte ad totus, es aplicable aquí y con una fuerza decisiva.[4]

 

Como podemos observar aparece nuevamente la separación natural entre el mundo y discurso que podamos hacer acerca de él en tanto que se niega que puedan erigirse razones eternas, por otro lado, se reconoce que la razón humana no es tan racional como la hemos considerado, y por tanto el reflejo que podamos ser del mundo, se hallará irremediablemente trastocado por nuestra irracionalidad creando así una imagen tan contingente como nuestra naturaleza, misma que por estar delimitada en una muy pequeña porción de tiempo, contrastante con la magnitud de la temporalidad del mundo, se muestra como labor imposible emitir alguna razón de carácter igualmente eterno. Por otra parte, hacia el final esta idea es reforzada cuando nos indica que el campo de acción de estos dos razonamientos sólo se aplican a nuestra razón, a su modo de ser, no como un modo de inducir y deducir leyes eternas a partir de observaciones particulares.

 

Ahora bien, hasta aquí he expuesto una breve interpretación de lo que Nietzsche opina respecto a la sola posibilidad de asumir que podemos hablar con verdad del mundo, el alcance real que tiene la palabra para conseguir el conocimiento de la realidad y el cómo es que la lógica y la filosofía se sustentan desde sus fundamentos. Sin embargo, sería un error afirmar que el conocimiento es imposible del todo, hasta este momento mi intención ha sido explicar el carácter del conocimiento que nos puede reportar la razón, es decir, un saber que se produce únicamente a partir de la facultad de la palabra, pero que evidentemente no se limita a esto.

 

Este modo de proceder reflejado en la creación de la lógica y la filosofía se sustenta no solamente en nuestras posibilidades y limitaciones intelectuales, ni en el instinto que nos lleva a la búsqueda de saber, también depende –inclusive de manera más fundamental— del modo en el cual asociamos nuestras experiencias, pues es lo que le da contenido a las manifestaciones humanas anteriormente mencionadas, mismas que obviamente no pueden existir sin un contenido vivo. La realidad se nos muestra como la máxima complejidad posible, pero mediante asociaciones habituales de hechos y de cosas nosotros atribuimos un cierto orden y unidad a las cosas. Es mediante el recuerdo de situaciones y eventos que se suceden unos detrás de otros (unos causados por otros), que relacionamos parte de esa complejidad de manera casi inmediata, convertimos así un fenómeno complejo por sí en una unidad, es decir, nos permitimos hablar de moral, bioética, industrialización, informática, filosofía, farmacéutica, arte, religión, tecnología, deportes, estadística, y una infinidad de etcéteras.

 

Establecer la relación entre hechos y sentimientos como unidad, es aquello que permite cimentar manifestaciones humanas tales como la filosofía, una complejidad ordenada por la costumbre y el pensamiento con metas establecidas y una escala de valores fijos. En una complejidad de esta índole lo que prevalece es el sentimiento y no la razón pues, en el fondo, es aglutinante, articulación y motor de dicha unidad. Los pensamientos –nos dice Nietzsche— son la sombra de los sentimientos, siempre serán más oscuros, vacíos y simples que estos[5].

 

Ahora bien, ya hemos dicho que el entendimiento de la complejidad como unidad permite que asociemos ideas, acciones y sentimientos que consideramos afines a un cierto ejercicio, situación o manifestación, pero para quien reconoce esto, quien puede hacer análisis de una unidad de esta índole, está tentado a buscar la causa, o mejor dicho, el origen a esta manifestación; este es el principio de lo que Nietzsche llama metafísica.

 

La metafísica es para Nietzsche la búsqueda del ser de estas unidades determinadas, en un origen o fundamento de orden más elevado que las propias cosas de las que se está hablando. Es buscar el sustento de esta unidad de complejidades en algo invariable e incondicionado: la contraposición entre la esencia y lo aparente en el mundo. Este nuevo paso sólo se justifica en tanto que se busca un fundamento eterno e inmutable que sea la causa de la permanencia en el cambio. Podemos observar en esta actitud un afán de construir una verdad más sólida a partir de la abstracción de los elementos inaprensibles para nosotros; como  en un principio se planteó el origen de la palabra en el afán primario de adueñarnos de la realidad, el surgimiento de la lógica como un esfuerzo por tecnificar la palabra y mejorar los alcances de la palabra así como el desarrollo de las explicaciones causales para una mejor articulación de nuestro discurso del mundo; la metafísica es hasta aquí el máximo esfuerzo por abstraer los sentimientos profundos que rodean y forman nuestra experiencia de la realidad, la separación de nuestro ser finito de la realidad eterna de las cosas. Cabe mencionar que en algunos aforismos Nietzsche utiliza la palabra metafísica para designar también a la ciencia. Este esfuerzo por entender las fuerzas y razones eternas que sustentan nuestro mundo, evidentemente es menos posible en proporción directa a nuestra naturaleza finita y el carácter de nuestra palabra, pues el lenguaje metafísico está impregnado de intuicionismo, crea la ilusión de que se puede hablar de un dentro y un fuera, es decir de una realidad incausada, del incondicionado que condiciona a todos los demás. De ideas, motores inmóviles y demás conceptos que es inútil refutar desde su discurso, pues es la más abstracta de las lógicas la que permite la construcción de argumentos tanto a favor como en contra. Recordemos que Kant se esforzó por acabar con el problema de la metafísica a través de sus antinomias y aunque desde sus fueros puede asegurar que acabó con los problemas planteados por la metafísica, lo que hizo en efectos prácticos fue coronar su filosofía como el nuevo modelo para la recta interpretación del mundo.

 

Paradójicamente el conocimiento de los orígenes y de las leyes eternas, que suponen de suyo ser el conocimiento más profundo del mundo, nos orillan a un doble alejamiento de este, pues si bien a través del lenguaje construimos al mundo a imagen y semejanza del que vivimos, la exigencia de nuestras explicaciones metafísicas es la construcción de un mundo esterilizado de trazas sensibles, pensemos en la interpretación popular del mundo de las ideas de Platón y de la metafísica de Aristóteles, los Philosophiae Naturalis Principia Matemática de Newton. Si esto aún no parece lo suficientemente contradictorio, ¿qué podríamos decir sobre no dos sino muchos mundos que son La verdad absoluta? Quizá pueda sonar ridículo desde donde comenzamos este planteamiento, pero para la física moderna, concretamente desde los trabajos de Einstein y, más aún, desde el principio de incertidumbre de Heisenberg, no podemos hablar de una física aplicable a todo el universo[6] pues la realidad funciona distinto en distintos campos. Actualmente se habla de realidad campal y las distintas físicas que surgen como respuesta a cada una de sus crecientes nuevas necesidades. A pesar de que la metafísica y la ciencia tienen un origen históricamente común en el pensamiento, los motivos de sus crisis son distintos.

 

La crisis de las ciencias adviene tras la falta de un principio común que les diera unidad a tal grado que podemos ver en un nivel cómo es que se hacen distinciones que pueden sonar falsas como la diferencia entre la ciencia natural y la física, en otro nivel más claro las disputas entre comunidades científicas por denominar a la ciencia que ha de ser la reguladora de las demás. Del lado de la filosofía la crisis de la metafísica está sustentada fundamentalmente en dos cosas que van de la mano: primera, la construcción de un mundo trascendente para explicar el mundo de la experiencia, como se le denominó en su momento a la realidad; segunda, el alejamiento de la resolución de los problemas de la vida cotidiana, comprendidos en el cultivo de una ética falsificadora de la realidad.

 

Ahora bien, hasta aquí he pretendido dar una visión panorámica de algunas de las críticas que ha hecho Nietzsche al pensamiento occidental, de las objeciones en cuanto a la validez de sus propuestas y del alcance de la visión y lo limitado de la expresión humanas para dar con aquello que podemos considerar verdadero, todo esto con la finalidad de caracterizar la propia filosofía de Nietzsche. Considero que para apreciar mejor cualquier autor o corriente filosófica que me proponga estudiar, se deben conocer al menos su lugar dentro de la filosofía en cuanto a las ideas que proponen, los problemas que pretenden resolver y las complicaciones que puedan traer con su pensamiento al panorama hasta entonces establecido. La satisfacción de estas consideraciones no es posible desde una lectura temprana por obvias razones, y considero que aunque es quizá aún muy temprano para intentar dar una descripción de las características principales del pensamiento de Nietzsche, me parece que es posible dar una descripción de su filosofía desde las consideraciones que el propio Nietzsche hace de su filosofía de Nietzsche. Nietzsche,  Nietzsche.

Nietzsche.

 


[1] Nietzsche, Friedrich, Humano demasiado humano, aforismo 11.

[2] Me permito llamarle de este modo, pues Nietzsche acepta cierto desarrollo o evolución en la humanidad como lo ilustran los aforismos 11 a 15 y el 24

[3] Op. Cit., aforismo 13.

[4] Nietzsche, F., El viajero y su sombra, Madrid, Edad, 1999. pp. 149.

[5] Tomado de la compilación de Aforismos Ideas fuertes de Nietzsche, página 19 en edición electrónica de Libros Tauros (http://libros.port5.com). La cita completa dice: “Un pensador es aquel que sabe conside­rar las cosas más sencillas de lo que son. Como los pensamientos son la sombra de los sentimientos, siempre serán más oscuros, vacíos y simples que estos.”

[6] La máxima contradicción de esto se encuentra en la sustitución que hizo Kepler del término “mundo” por “universo”. El cambio consiste precisamente en contrarrestar las teorías relativistas desprendidas del modelo pseudoaristotélico del sistema solar según el cual los distintos cuerpos celestes obedecían a distintas leyes, Universo es, como la etimología lo sugiere, aquella realidad en la cual un sistema de leyes es válido para la totalidad. Esta revolución científica es el fundamento gracias al cual Newton pudo desarrollar su obra.