Al filo

Al filo

Continúo el juego a que nos invita Javel, querido lector. Me apegué a su sugerencia.

 

Rubio vi el sol, como mies              20

en ardor blando de siega,               20

sangrando de vida ciega,                20

contando a dos voces diez:             20

la musa soñaba a sus pies.             20

Su voz suaviza mis lentas               20

horas en lunas milentas                  20

y alumbra feliz un cardo,                20

mas sufre mi pulso tardo:               20

al filo te di doscientas.                     20

 

Tacitus

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Eros y lógos

Eros y lógos

La relación entre eros y la ética está enterrada en la psicología, racionalismo moderno en torno al alma, que separa la interpretación del cuerpo de las manifestaciones del pensamiento y los afectos. Esa relación es oscura para nosotros, aunque su oscuridad no evite patentizar que dicha confusión, más que teórica, es más bien práctica, porque aborda la naturaleza de los actos humanos. Mejor dicho, en el sentido actual de la palabra teoría, ¿qué es el amor sino el reflejo del hombre, que se haya desdibujado entre su posición en la historia y su sociedad particular, y el origen remoto de sus pasiones en las cavernas de su yo? El amor es una experiencia, pero decirlo no necesariamente aclara para nosotros la relación entre el amor y la experiencia. En primer lugar, lo bello, instigador del amor, está hundido en la interpretación estética moderna de la sensibilidad; en segundo, el bien, oscuridad constante en el amor, deviene irrelevante. Lo fundamental de la vida amorosa es que la viva plenamente. ¿Será lo mismo la plenitud que la felicidad? No queda claro de qué tipo de plenitud estamos hablando: nos comprendemos, curiosamente, en función de una diferencia extraña entre la interioridad y la exterioridad. Acaso una confusión actual es que no sabemos si la plenitud se refiere a los rasgos de mi cuerpo, al placer, o a la libertad de mi interioridad. Está claro que a vece ambas posturas están mezcladas y otras veces radicalmente separadas. La espiritualidad puede ser vanidad del ego, aun en la aceptación de lo inefable. Probablemente por ello, la relación entre la razón, la fe y el amor en el misterio del cristianismo se convierta en espiritualidad interna. Como experiencia clara, el paso a comprender la naturaleza del amor, que es comprender la naturaleza del hombre, está velada y obstruida a la inmediatez de su presencia.

Preguntar ¿qué es el amor? es necesario, sobre todo, para quien intente abordar con verdad su experiencia del amor. Abordarla con verdad no sólo implica reconocer la relación entre mis deseos, el placer y mi modo de ser, sino también implica preguntar si hay algo a la luz de lo cual la comprendo mejor, pues la mera experiencia no siempre me da luz más que para saber lo que deseo y perseguirlo como me parezca bueno. ¿Por qué herimos los sentimientos de las personas amadas? ¿Por qué nos comportamos torpemente con ellas? ¿Por qué el amor parece andar entre el egoísmo y el don? Está pregunta, bien pensada, puede llevar a indagar sobre el sentido de la libertad, pues si comprendo el amor en cuanto pasión, es fácil llegar a la conclusión de que mi libertad queda relegada únicamente a la diferencia radical que tiene, en relación con aquella, la razón. Por otro lado, si la comprendo como una experiencia proveniente de algo inmaterial en mí, tengo que afrontar el problema de que no sé a qué me refiero con lo inmaterial, puesto que puedo recurrir a otro sentido de la palabra material, al referir que siento efectivamente el dolor de un engaño, aunque sea de un carácter muy distinto al de un golpe en la cara. El hombre es materia, pues en su definición se incluye la materia, pero no es únicamente materia: es distinto de los demás entes naturales. Si el hombre no es como el animal, el amor es algo muy distinto de los afectos que éstos pueden hacer notar.

¿Cómo es posible la libertad en el amor, si el amor es naturaleza? Aquí ya hay una relación, en la que fuimos educados, entre libertad y naturaleza, que es de oposición. La ética moderna está fundada en esa oposición. Lo más significativo de esa tensión es que los protagonistas principales son la razón y la pasión. La ética es una solución racional que orienta los actos humanos sin dejar de comprenderlos como realizados por un ser libre. Incluso el historicismo más serio puede incluir la noción de libertad. No obstante, el historicismo más radical mantiene un sentido de libertad que no es aquel que fundamenta la ética moderna. El camino seguido parece guiado por una exageración, pues el amor es algo que vivo con independencia de que comprenda en qué momento histórico me encuentro, o de si soy libre cuando lo experimento. Se disipa dicho resquemor, quizá, cuando notamos que no es fácil saber si acaso la naturaleza humana, incluso en cosas tan poco dependientes de la historia como el amor, tiene una relación con la historia que hace la hace, sino variable, si problemática, puesto que el amor es, de hecho, un ámbito de la práctica que no rehuye las interpretaciones científicas sobre ella. La experiencia del amor sucede con independencia de la historia, pero el problema de quién es el que lo experimenta no se piensa con tal independencia. Puedo comprender el erotismo de los hombres del pasado, pero tengo una autocomprensión de mi erotismo desde la que, las más de las veces, lo juzgo. Si hago del amor una pasión, estoy tratando de alumbrar lo que me sucede cuando deseo ver el rostro o escuchar la voz de alguien en especial.

Esas referencias, no obstante, no imposibilitan el conocimiento del hombre. Aquí ya es necesario indagar en torno a una cuestión que parece haber sido escrita con la previsión de siglos por un pensador: ¿por qué el filósofo es el hombre más erótico? Esa pregunta puede a la vez llevarnos a otra: ¿por qué es también el más feliz de los hombres, o el que vive mejor entre ellos? Eso depende de si podemos hablar con verdad del amor y, por supuesto, de que sea lo único que muestra la naturaleza del hombre orientada a un bien, al sumo bien. Nuestras ideas al respecto están fundadas en los prejuicios ya mencionados. Si decimos, por ejemplo, que la aparente libertad o autarquía del filósofo se muestra mejor en que no sufre por las pasiones corporales, como el deseo sexual, no estamos comprendiendo el carácter de la buena vida, además de que estamos siendo hipócritas al respecto de nuestra propia experiencia. La felicidad tan extraña del filósofo muestra su sumo erotismo. Eso tiene que indicarnos algo. Al menos puede mostrarnos inicialmente que el erotismo del filósofo quizá explique mejor el deseo que nosotros mismos experimentamos, no sólo la radical diferencia que existe entre nosotros y él. La buena vida es imposible sin comprender el eros más allá de un maniqueísmo. Si bien es cierto que el erotismo parece diferente en el caso del filósofo, rápidamente surgen prejuicios en torno a él. Si es el más erótico, ¿por qué fue condenado? La respuesta más simplona es que no había revolución erótica. La réplica es que Sócrates no intentaba revolucionar, de lo contrario sería difícil comprender en qué medida su búsqueda de la verdad no lo hacía poderoso políticamente. Eros es el misterio del hombre autárquico, de la práctica de muerte y del cuestionamiento de la polis. En qué medida Eros y polis se contraponen o se armonizan, sólo es claro bajo la orientación socrática. Sócrates no era indiferente a la belleza, pero tampoco requería de la libertad sexual. El conflicto de la libertad del filósofo está en otra parte.

Al acercarse su muerte, Sócrates intenta demostrar que se filosofa para morir. Su demostración no consuela a nadie. Al mismo tiempo, existe el conflicto teatral de la libertad en la prisión. Los presos parecen sus amigos: presos de su desconsuelo y de su urgencia. La libertad Socrática parece relumbrar aporéticamente en su intento de pensar la inmortalidad del alma y en la segunda navegación. Pero eso, a muchos, lleva a pensar en la inmortalidad como transmigración (como a los presentes), y la conclusión es un escepticismo triunfante. Parece que, para que los argumentos socráticos tengan algo de efecto, uno tiene que orientarse en la segunda navegación. El amor persistente de Sócrates nos increpa en los recovecos de la polis, para tratar de infundir valor cuando no hay remos. El erotismo socrático permite notar que no comprendemos nuestras acciones del mejor modo posible hasta que nuestras ideas arraigadas en lo profundo de nuestra vida impiden la búsqueda de Eros. Hablar bien (verdaderamente) de nuestra experiencia amorosa es posible después de la filosofía socrática. Nuestra experiencia amorosa no es inteligible sin lo bueno como fin de los actos provenientes del amor, lo cual quiere decir que sólo el hombre bueno es el más erótico en tanto que cumple con el fin del hombre. Conocer lo bueno no es posible sin Eros, pero tampoco sin preguntarnos si acaso podemos amar las mejores cosas.

 

Tacitus

Minuta del polvo

Minuta del polvo

Para los muertos

Para los vivos, porque algo queda

 

 

Vibra un clamor en el grito del aire,

fiero beso de migraña sellado

en un soplo tibio, en un pulso helado;

la voz recrea una oquedad inane

y el polvo encarna con la sangre

haciendo llaga un puño débil,

seguro en su incierta desnudez.

El espacio no amamanta heridas,

sólo abrojos de engañosa tez

que tornamos luces habitables.

Queda la carne, el rumor estéril

de una esperanza hija de la noche,

nictálope en su calor forzado,

ciega aún ante el parto temporal

de su futuro, gesto del presente.

Dentelladas pide el muerto suelo,

que la sepultura es vieja madre;

hallarás entre tu tierno duelo

el agua de tu manida orfandad,

simulando tu reflejo, tu bondad.

Cruzarás la piel inerte de una tumba:

sentirás tu rostro al paso de tu mano.

 

Tacitus

El sello en el alma

El sello en el alma

El amor es la realidad más clara del alma, aunque al mismo tiempo se muestre en forma laberíntica. ¿Puede el hombre dejar de amar? Esa posibilidad sólo es imaginable en la medida en que el amor no forme parte de la experiencia de lo humano. Cuando concebimos que el amor desaparece de los actos humanos, pensamos en términos morales los efectos del amor. ¿Es natural esa relación entre lo moral y el amor? La respuesta que demos es importante en tanto que por ella (podemos asignar cierto conocimiento ligado a la experiencia de lo amoroso como benéfico en su presencia, o que, incluso estando presente, pueda trastornar nuestro acercamiento a lo moral. Lo fundamental de la pasión para el hombre moderno estriba en que forma parte de la concepción que damos del amor como pasión fundamental. La razón se opone a ella como guía porque no puede decidir sobre ellas. El mero hecho de afirmar que la razón tenga o no tenga que decidir sobre la pasión muestra la escisión que sirve de base a nuestra autoafirmación como individuos. El amor es patencia de lo individual, diríamos, en tanto que es él la fuerza que nos mueve a desear prácticamente todo. No obstante, es evidente que la naturaleza pasional del hombre no se muestra para nosotros en el amor, pues muestra mejor de la humanidad en tanto universal es, diríamos, el deseo de conservarse.

¿Cómo el amor puede hacernos conducir mejor la vida? ¿No es, en tanto pasión, siempre problemática, aunque sea natural? ¿Cuál es el valor del amor, por expresarlo en nuestras palabras cotidianas? Si el valor proviene de lo placentero, no queda claro realmente en qué sentido el placer puede a veces mostrarnos nuestra equivocación: a veces nos complacemos en lo vano. Claro que, bajo la discusión de estos tiempos, decir que hay cosas vanas es haber atribuido un valor. Al amor, se dirá, no tiene que atribuírsele valor alguno porque no requiere de juicio alguno para ser experimentado. Puede esquematizarse su conocimiento en los flujos del cuerpo, pero su existencia no es algo que dependa de que se le atribuya un valor. Que no decidamos sobre su existencia, no obstante, funda su carácter problemático, más allá del valor; carácter que se basa en comprender al hombre como un ser esencialmente erótico. Esa naturaleza del hombre no se muestra en el esquematismo de las reacciones físicas, porque no es meramente pasional: en todo momento es oscuro saber qué es lo que produce el movimiento si no existe un contacto. El amor no es estrictamente pasional, entendiendo por pasión el movimiento del “cuerpo”. La aceleración del pulso cardiaco y el flujo de las sustancias cerebrales dependen, en última instancia, de la posibilidad de que la belleza me atraiga.

Lo bello no puede ser subjetivo, porque nuestra experiencia fundamental de lo bello proviene por igual de la percepción de la belleza en la apariencia y de su manifestación en los actos y palabras. Lo bello es idea en tanto inteligible, no en tanto configuración arbitraria. Sospecho que la inteligibilidad de lo bello, que no es lo mismo que decir que es “racional” en el sentido moderno, no corresponde con la división de un cuerpo y sus proporciones, porque involucra a la imaginación más allá de las dimensiones materiales. La belleza de una acción se observa en la totalidad de ella. La belleza de un rostro es deseable porque no se puede descomponer. El espoleo del alma a partir del deseo muestra la inteligibilidad de la experiencia erótica. El amor (Eros) es, platónicamente, el que otorga los más grandes bienes, y su presencia no puede dividir el hecho de que la belleza le infunde verdad, actualidad en todas sus gradaciones, haciendo del hombre distinto de acuerdo al amor. El más grande bien que otorga no sólo está en la presencia de lo bello en el acompañamiento de dos, sino que éste es apenas la presentación primordial. El erotismo socrático, por ejemplo, no es comprensible sin un logos que ilumine esa naturaleza primordial, a pesar de ser Sócrates un hombre muy distinto a otros hombres. No es cierto que sólo los mejores deseen lo bello. Los que se equivocan al desear lo peor no dejan de ser eróticos: los injustos se encuentran en la parte más baja de la escala platónica del mito de la palinodia, lo cual indica que forman parte de ella.

Bajo esa gradación, ¿cómo es posible interpretar nuestra experiencia erótica a partir de ese mito? La conclusión de la palinodia es, en buena parte, dirigida a establecer que el hombre más erótico es el filósofo. Es complicado, sobre todo, saber en qué radica esa superioridad erótica, sin llegar a confundir a los extremos de la escala: el tirano y el filósofo. El erotismo del filósofo no se muestra en la persecución febril de lo bello en los cuerpos, y esa negación no ilumina de inmediato la actividad de éste como alguien dedicado a lo que se llama la belleza de lo inmaterial, rótulo que se presta fácilmente al sofisma, porque en realidad toda belleza es inmaterial. Nuestra experiencia erótica se articula mejor a partir de lo mejor; lo mejor permite atisbar no una idealidad, sino bosquejar a partir de nuestra persecución de lo bello lo que por naturaleza somos. El filósofo es el hombre más erótico en la escala socrática a partir de la naturaleza del alma inmortal, cuya prueba es la anámnesis, puesta aquí como vinculo. La felicidad del amor como naturaleza presente en todo hombre permite explicaciones de ese deseo de lo bello. Es verdad: la palinodia no nos habla del mal. ¿Es verdad? ¿No dijimos que los hombres más bajo en la escala eran los tiranos? No nos describe la presencia del mal en los actos humanos, pero puede colegirse su relación con el erotismo natural: el tirano es el más lejano de lo eterno en la vuelta de las almas porque es el que se place en la injusticia. La escala no es el instrumento de la determinación divina, porque aunque el filósofo no pueda ser producido, nuestra experiencia amorosa puede todavía, gracias al mito, ser comprendida en relación con dicha escala. Esa comprensión implica que nos preguntemos ¿qué es el alma y por qué es amante por naturaleza?

No queda claro, no obstante, en qué sentido uno pueda afirmar todavía que el filósofo es el más erótico por amar lo eterno, lo cual suena en parte a la comprensión popular del sentido de lo platónico. Amor de lo eterno y práctica de muerte parecen ideas contradictorias. La piedad del filósofo podría diluirse en un rito privado que quizás sólo se aclara para sus amigos. Pero ni para sus amigos es del todo evidente. Amar lo eterno es un modo de referirse al deseo; la muerte es práctica en tanto el alma es inmortal. Acercarse a lo inmortal requiere muerte. El amor socrático no es suicidio premeditado, sino vida alumbrada a partir de lo inteligible. La segunda navegación es fruto y expresión de un racionalismo que no termina en melancolía, porque cumple con la máxima del dios: conócete a ti mismo. Conocerse a sí mismo es problema porque sin esa exigencia, la piedad es apenas satisfacción pública y privada del nómos. Conocerse a sí mismo no implica destrucción de la polis y sus costumbres (aunque sí cuestionamiento de sus dogmas), pues Sócrates, a pesar de demostrar la falsedad de lo que se le imputaba, acató la sentencia, no obstante el carácter injusto de ella. Al final tenemos que pensar si vemos la piedad socrática en la hora de su muerte, sin martirios falsos, o si lloramos como todos sus amigos ante un cadáver mudo. La piedad quizá sea lo único que nos diga por qué es mejor padecer una injusticia que cometerla.

 

 

Tacitus

 

 

La vida y sus herramientas

La vida y sus herramientas

La mano, se dice, es el instrumento por excelencia. Se convierte en signo del trabajo: se agrietan o endurecen con el uso rudo. La mano y el lenguaje son instrumentos distintivos del hombre, cada uno con un sentido especial. La mano no entra en la definición de hombre, porque su función está incluida en la vitalidad y la racionalidad. El lenguaje parece tener mayor presencia en la definición, pero sería falso afirmar que sólo pertenece a la racionalidad: el habla es parte de la vitalidad del hombre, porque el pensamiento es una actividad del alma. Por eso las definiciones no se elaboran sintéticamente. La vitalidad o el alma no es la materia, pero no podría el hombre ser tal si su racionalidad no fuera actualidad vital visible en la individuación espacial de la materia. El obrar no define al hombre, sino que éste es definido tácitamente como él único ser obrante: la operación de la mano responde al deseo, al pensamiento, a la imaginación, la memoria y a la palabra misma, por ser ella pensamiento. El lenguaje expresa la actividad de las facultades de otro modo: la mano no es apofántica, sino productora o coordinadora. Manipular tiene un sentido maléfico cuando se busca la injerencia en el pensamiento de modo errado y egoísta.

La mano no podría mantenerse si no es teleológicamente. La mano y el lenguaje están unidos en el lugar del alma en el cosmos, que es la humanidad. Cabe aclarar mejor su pertenencia a la vitalidad y racionalidad en este sentido. La mano no sostiene fundamentalmente. El bios hace posible que la mano encuentre orientación y apariencia. La técnica, asociada inmediatamente con la mano como productora, no es reflejo de ella. La técnica, como saber, requiere de la mano, pero su causa no es ésta. La experiencia de la verdad sí lo es. La mano, se ve, no puede experimentar la verdad. La “manipulación” técnica es figuración de la materia, producción, no creación. La arquitectura, como saber, no se limita a la operación de los materiales, si no que se observa en el conocimiento de las relaciones adecuadas entre las partes y los materiales. Quien no sabe hace cimientos, seguramente no sabrá elevar muros, porque no conoce la manera adecuada de producir casas. La experiencia de la verdad lo posibilita la apertura del alma racional al mundo. Si lo natural no pudiera ser ordenado racionalmente en el arte, la mano estaría impedida. Ese conocimiento puede perfeccionarse: un albañil común no sabe lo mismo que Gaudi: sus producciones lo demuestran. Los que ven el arte arquitectónico no poseen el conocimiento de la técnica, aunque pueden apreciarlo y reflexionar sobre su ubicación espacial y el sentido del acomodo estructural que pensó el arquitecto, lo cual quiere decir que experimentan la verdad a partir de la producción en otro sentido. La mano se adorna con el sentido llano y profundo de la vanidad. Todos los instrumentos manuales son elaborados por la mano porque la vida permite la manualidad. Ningún otro animal tiene manos y, además, su vitalidad no es racional. Su alimentación e intelección los mantiene en lo irracional en tanto sus reconocimientos y apetencias no los hace juzgar la verdad o falsedad. La conducta de los perros es educable pero de manera ilógica: para ellos la palabra es únicamente sensible.

El lenguaje es herramienta que también puede ser productiva, poética. No importa su origen cuando se le juzga en relación con su función primordial, aunque compleja, que es distinguir, afirmar, negar, unir, referir el ser. No puede disponer de él porque resulta complicado afirmar su eficiencia a partir de lo meramente arbitrario. Por eso es primordial, para toda investigación, aclarar la relación entre lo esencial y lo real, y notar que no se habla de se predica el ser en el mismo sentido para lo más alto y para la imperfecto. El nombre ser aplica a Dios como sustancia, y por eso es complejo identificar cómo la sustancias naturales comparten ese nombre. Lo esencial en el hombre implica la relación entre género y especie en la definición. El lenguaje como instrumento tiene una función rudimentaria que no se aclara, sólo la investigación “lógica” puede hacerlo. No obstante, se ordena conforme al fin de la verdad: la apófansis. Quizá la naturaleza del diálogo puede aclarar esa complejidad, que rebasa los análisis tradicionales. El instaurador del carácter dialógico del pensamiento es Platón. Su lectura muestra la superficialidad de la interpretación académica de las ideas. Platón, en sentido estricto, no dejó palabra suyas. Son palabras de otros en todo momento. La labor de un lector nunca termina sobre todo en el caso de los diálogos. Los argumentos y las acciones forman una trama en la que el logos está siempre presente como conversación, que es la forma misma de la lectura. Lo dialógico, en ese sentido, revive constantemente, porque depende mucho del lector. Pero no del todo. La guía de Platón muestra cómo lo apofántico está insertado en lo dialógico. Su lectura es en mayor o menor medida reproducción de la práctica socrática. La función del logos para la verdad se reproduce en el acto mimético en el que cada argumento oscurece o ilumina nuestra vida. Nuestra referencia atraviesa oscuridad y claridades porque nuestra vida racional es naturaleza que se distingue por el bios. La práctica demuestra hábitos como signo de esa vitalidad.

 

Tacitus

La rana en los extremos de la memoria

La rana en los extremos de la memoria

 

 

Afasia

¡Oh, memoria inocente que partes el pasado en brincos

para dar de comer animosa al presente!

Ahora te disuelves en el amargo trago de un

zarpazo enfermo, haciendo lodo

al hombre que es de barro.

Te vistes de arcilla para confundir la mano

con el devenir.

Parábola de una rana proyectil

que se va derritiendo hasta hacerse agua.

No existe el brinco, no existe el agua.

No existe rana.

Porque tu ayer agua dulce,

que dibujaba dirección a la mano, hoy es pantano,

quizás niebla en que la sombra hombre

empuja de regreso a la rana para deshojarla

en apenas un chasquido de voz.

Oscuridad y silencio: un brinco eterno

que devora su nombre.

 

 

 

Cascada inmutable

El agua que fluye se estanca para la rana siempre presente

Hoy es ayer en un brinco infinito

[infinito

Un espejo es el muro claro del agua

La actualidad se transmuta en exceso

 

La rana penetra en cada lance atómico

El silencio y el ruido son una mano que aplasta

 

 

La rana es un beso un vidrio una piedra

El lago es una pestaña cerrada abierta

[muerta

 

Ser hombre es ser rana que brinca caminando

La noche es una claridad cuyas uvas son el futuro

 

Vino torrencial que parte la razón en un brinco plural

Una rana paquidérmica convierte el chapuzón en diluvio

 

 

Nada jamás muere fugitivo antes mis ojos que son dedos

Cada palabra es un clavo que se hunde quemando

                                   [croando

 

Tacitus

Haciendo sonar un ruido IV

Haciendo sonar un ruido IV

A partir de la intención que Namasté Heptákis tuvo al mostrar la efectividad de distintas versiones del Haiku más famoso, así como de su propia aproximación al mismo, pensé si acaso podía mantener la brevedad poética junto al sonido, tratando de dar distintas impresiones de un mismo hecho sin violar la escena del poema, de la que brota lo instantáneo junto a la palabra. Recurrí a los enunciados. Tengo tres intentos en los que dominan distintos sonidos, todos relativos (unos más que otros, quizás) tanto al clavado de la rana como a la apreciación de la escena. Organicé los elementos de distintos modos conforme la perspectiva lo requería. Espero haber contribuido en algo al descubrimiento. Espero sobre todo haber mantenido el ruido sonando.

Croando en el eco de la noche rompe la rana la lengua del lago.

Rana paciente y rapaz funde un chasquido pascual en su piel de chubasco.

Vista de plata sellada en el silencio: catapultada la rana en ondas te desparrama.

 

 

Tacitus