La sangre de la política

La sangre de la política

La libertad de expresión se aplaude, y también se sufre, en la tolerancia. Se sufre en más de un sentido evidente: la contradicción y la pugna de opiniones, que no son diálogo ni conversación por el sólo hecho de estar formadas en la palabra. Se dice que parte de esa libertad debe ser la posibilidad de insultarnos. No sólo el escarnio de opiniones de rostro general, sino también la ignorancia del otro pueden vestirse con la individualidad. Más allá de la paradoja evidente de la tolerancia, debe ser claro que nuestros pudores, nuestros amores y obsesiones están implicadas a la hora de relacionarnos en la palabra, aunque dicha relación sea fallida o, mejor dicho precisamente porque las más de las veces lo es. Nos gusta reírnos de las cortesías que guardaba la gente de años atrás. En la supuesta preocupación que tenemos por opinar, se oculta también la ferocidad que hay hacia la palabra de los diferentes. Llega eso al grado de sentir que hay un destino, una salida pragmática, ante la cual la palabra tiene que ser sirvienta fiel. Esa es una paradoja de la democracia que, curiosamente, es la misma que la puede sacar adelante y mantenerla; es la paradoja que permite pensarnos en las pugnas, en el escarnio, en la palabra pacata, para reconocer la verdad en lo democrático, no para denostarlo únicamente. La paradoja política de la tolerancia no puede desanimar a un demócrata, porque sabe que la palabra nunca será todopoderosa.

Esto implica que la bajeza, la incivilidad, la parquedad de los escenarios políticos presentes siempre permiten pensar acerca de la tiranía y su injusticia. En la bajeza podemos revelar dialécticamente la manera en que nuestras inclinaciones se ven sin vergüenza vociferadas en el insulto, notando nuestra tensión por no poder sentirnos ajenos a la causa política que defendemos. La incivilidad no sólo se muestra en la farsa del patriotismo, sino incluso en la educación que existe en la indiferencia. No nos damos cuenta, pero silenciosamente la existencia de un perfil virtual en donde se proyecta la imagen del escenario social, como supuesta extensión de la convivencia, no nos ha hecho civilizados. Creo de hecho que tiende a la incivilidad. La parquedad de nuestra comprensión se refleja en la imposición de la necesidad, obviando el terrible conflicto que implica introducir y pensar lo que la necesidad es para la política. La práctica requiere de una sabiduría en donde la univocidad no es garantía de la verdad. Nunca hay univocidad en la práctica, en realidad. No es imposible aspirar a la civilidad, al saber y al carácter. La política se caracteriza por haber hecho generales las tres cosas, y también por hacerlas equivocadamente exclusivas. Por eso la democracia puede ser más que el sueño romántico o el espanto de los monarcas, superando la mera posibilidad de pensarla como un eterno dilema entre ambas partes.

La palabra tiene en ella misma algo que parece a veces una maldición para intentar comprenderla. En su etimología lleva algo que todos llevamos (pocos se preguntan la razón) a la máxima oscuridad de llamarle pueblo. Y así también se duda poco cuando se habla de la voluntad del pueblo. El silogismo parece fácil. El mismo Hobbes nos dio la imaginación para pensarnos políticamente modernos, aunque la imagen ya no sirva en el mismo sentido que él propuso: el estado, el gobierno debe operar conforme a la voluntad de más de una persona, porque es imposible llamar gobierno a las decisiones que tomamos para nosotros únicamente. Pero es oscuro lo que el pueblo sea. Si son sólo los pobres, queda el problema de por qué debe gobernar la voluntad de un sector de la población (suponiendo que exista una voluntad para todos ellos, lo cual es falaz), definida sólo a partir de un criterio económico, y no necesariamente político. Dirán lo que quieran acerca de los abusos históricos de los ricos, pero, otra vez, no puede decirse que ese no sea un abuso mismo de la historia. ¿No es la democracia, en todo caso, la que debe mostrar que el carácter social o económico no es lo relevante a la hora de elegir a quienes tomarán las decisiones? ¿No es esa ya una decisión al respecto del destino próximo que se desea para sí mismo y para su propia tierra? No termina por ser una evidencia que la injusticia, la ignominia sean peligros que se corren en hace de la democracia un concepto derivado de manera tan sencilla de la relación que hay entre la ciudadanía y los representantes de ella. Tenemos una democracia incipiente porque confundimos la esperanza con la imposición de una dialéctica oscura, halagadora en su penumbra, que nace y brota de nuestra desesperación, o que presenta nuestra confusión y prejuicios como desesperación irrefrenable.

Si bien fácilmente puede confirmarse que el carácter económico o social no define la elección, debe todavía preguntarse en qué reside lo que todo mundo llama liderazgo en el mundo que abre la democracia para nuestras relaciones. ¿Cómo interpretar lo democrático sin usar esas otras palabras oscuras como el carisma, la presencia? Debe hacerlo quien desee distinguir la calidad política, que tiende a la virtud, de la simpatía. No es un análisis meramente psicológico al estilo moderno, sino que debe ser una reflexión en torno a la retórica y su manera de acercarnos o desviarnos de la verdad. No basta con decir que el liderazgo es natural. Hay que entender en qué consiste su naturalidad y cómo ello es sólo una cualidad política que a veces se estanca sin la verdad de su lado. Por eso la pregunta moderna en torno a la política no puede ser ¿cuál es el mejor régimen posible para el hombre, ser político por naturaleza?, pues se argumenta que lo mejor es un invento de quien no conoce bien al hombre. La pregunta por el mejor régimen es algo que le urge a toda democracia, pues sin esa guía nunca podremos indagar sobre nosotros mismos, logrando algo de autarquía. Tal vez el error esté en creer que el poder ciudadano consiste en verdad en la expresión de fuerzas que se conjugan: el camino del diálogo requiere que los acuerdos puedan darse como razón, facultad que hace al hombre ser racional y político al mismo tiempo. Por eso la palabra no puede agotarse en una democracia. La injusticia alcanza también a quienes no ejercen directamente el poder político. Esa es la trampa en la que todos caemos. Hasta los líderes.

Tacitus

 

El espejo ardiente

El espejo ardiente

Empezó con un sorbo de café. Se quemó la boca en su intento desmedido. Esperaba que esa agua transmutada ejerciera su efecto: disipar el sueño, producir entusiasmo, quizá soltar las palabras como caballos destemplados en carrera hacia una conversación que no recordaría. El ardor en la lengua le hizo pensar si beber café era necesario para quien intenta sobrevivir modernamente: una droga más inocente, producida en masa por su sabor y su efecto traicionero. ¿Por qué esa ansiedad en incorporar la cafeína a su sentido común? No se lo preguntaba. Tenía que quemarse la lengua para sacudirse pronto algo. No era su consciencia. Decía que era el sueño, el aburrimiento. Nadie espera más de una porción de café. Quizá sólo su sabor, misteriosamente dulce cuando se ha pasado la prueba que impone su amargura a la misma lengua que se quemará por el descuido del propietario de la guarida en que descansa, amurallada entre un marfil insensible a ese calor. Sabía que le aguardaba una espera prolongada, pero aun así no dudó en apresurarse.

Un sujeto se apresura cuando está enamorado. También espera pacientemente por interés amoroso. Comparó ambos efectos con su vehemente deseo de beber. ¿Qué cauterizaba la quemadura del café? Tal vez un corazón roto, dolido y todavía renuente a enterrar una oración cuya herencia fue la desdicha. Pero también un deseo: quien no se quema no aprende la regla. Notó su exageración. El efecto del fuego no sólo consume o lastima los tejidos, el tacto. La comparación del fuego con el amor, recordó, llega también a la imagen del martirio. El fuego que permanece encendido en la oscuridad. A Cupido lo pintaron como un niño de ojos cubiertos. La oscuridad de la vista y el fuego eran elementos integrados en una experiencia. El corazón roto era una fábula. Un melancólico no trata de sacudirse su tristeza de esa manera.

Tomó un periódico. La primera plana le recordó una frase que su generación convirtió sin saberlo en publicidad: el silencio de Dios. Después estalló una risa que contuvo. En algún sentido le parecía ridículo su recuerdo. El ardor del café cauterizaba la ansiedad que genera silenciosamente el desmoronamiento. Se pensaba cercano a la crisis, pero ajeno en el dolor. El café era un fármaco para la desgracia simulada. Sus palabras desbocadas llenaban el silencio de Dios. Pero era inútil. Esta opción había sido insertada por una enseñanza trágica, paralela a la de su fingida melancolía. El silencio de Dios era un prejuicio para interpretar la maldad. No tenía consciencia trágica. La cauterización del silencio de Dios era un alivio vano para su corazón intranquilo. Sumido en su meditación, casi olvida que estaba ahí sentado esperando.

Al fondo del vaso, como sabía por reminiscencia, no quedaba nada, más que el fin del recipiente. No era desconsolador saber que tendría fin aquel café. ¿No es la gracia de todas las cosas que ellas tengan siempre un final? La gracia de lo inmortal se contempla por otros caminos. En la sensación vive el ardor de la lengua, parte de la materia. Se quemó con gusto, porque deseaba probar ese amargor. Todo el tiempo -pensó- estoy yo para escuchar mis pensamientos. No era nuevo. Para eso se quemaba la lengua: para romper pronto el silencio, el hielo que necesita del fuego de las palabras dulces, melifluas, esperanzadoras o a veces más heladas que el frío del silencio, como el hielo seco. ¿En dónde esperaba? Lo hacía en la posición común de espera: sentado. Afuera caía el agua como si estuviera en un nuevo diluvio. Pensó si su asiento era el arca que lo mantenía en espera, con la vida entera, dispuesta para su nuevo origen. Si el amor es ansia y espera, haría falta la sabiduría en él para saber qué nos dice en su dualidad de nosotros. El amor lo hacía esperar, pero también ansiaba salir, olvidar el ardor en su lengua con una palabra.

Llegó. Estaba su cuerpo húmedo como quien saliera del mar. No importa su nombre, ni su género. Sabía de su espera y de su ansía; con un silencio lo revelaba. Había hablado todo. Lo acompañaba ahora. Podía irse, pero nunca abandonarlo: el amor es así. Apareció como si lo convocara en ese silencio que deseaba la palabra. Una oración hacía temblar su lengua herida: “líbranos del mal”. Sintió el regocijo de la presencia amada. El amor y la tragedia se fundían en un gesto amable. Recordó la situación vana en la que se encontraba. Observó que no había banalidad en esa sensación, en la que su confusión seguía latente. ¿Quién había llegado? Porque esa presencia no podía arribar sólo en la espera, de manera tan repentina. La situación se puede repetir indefinidamente. No necesitaba el ardor de un fuego líquido, ni la revelación de su entorno en un papel. La lluvia sigue. Con el ardor todavía presente, sale acompañado de su refugio. La bebida misteriosa era el combustible de las vidas ajetreadas. En ese ajetreo, azotado e impedido por la lluvia, tuvo que caminar a casa. Dios no está en un vaso de café. Al menos no literalmente.

Tacitus

Deseo amistoso

Deseo amistoso

La idea más elemental en torno a la educación alude a la necesidad de un guía para que la ignorancia vaya siendo minada. Pensamos aspirar a que el lenguaje sea el vínculo, el transistor del conocimiento del maestro en sentido teórico y moral. Otros sostienen que la educación comienza con una presencia que nos haga cuestionarnos nuestro pensamiento sobre lo común entre los hombres. Desde ahí comienza la imitación. Pero la imitación siempre es compleja. Además de que la educación no existe en donde no hay palabra. Recuerdo haber leído que los sordomudos tenían mayores carencias intelectivas que los ciegos. La imitación se mantiene en nosotros sin intención de ser gesticulación. La palabra reminiscente se mantiene a veces como un eco, a veces como un murmullo en medio de la lluvia y los truenos, otras como una mano amiga, vigorosa pero no dominante. Ni la presencia ni la rapidez intelectiva nos liberan de nuestros dogmas, de nuestras oscuridades en torno a la naturaleza de la relación educativa, que es una relación. Existe el interés del que se intenta educar y el interés complejo en el caso del verdadero maestro de mantener su palabra al aire, esperando ser seguida, de conocer a quien tiene en frente. La educación es, quizá, un problema sobre la amistad.

Es creíble que al alma tecnocrática le parezca inverosímil esa relación. En la profesionalización y la credencialización, sabemos, no se requiere de amigos, sino de contactos. El éxito no es lo mismo que el interés por mejorarse. Se puede ser exitoso en más de una manera. El camino del educando da mejores frutos en la oscuridad propia que le brota como individuo. La actitud del viejo que tiene las cosas seguras es antipedagógica en la medida en que no está dispuesto a que una conversación no sea otra cosa que la confirmación de sus inclinaciones. Por eso creo que los amigos no solamente son aquellos que comparten nuestros intereses. Podría preguntarse incluso si nuestras relaciones sociales y amistosas integran la presencia de lo irracional para encubrir algo, en vez de para enseñar y mostrar la cercanía. El éxito puede lograrse en la ignominia total; el límite entre el fracaso y el éxito está bien delineado para el burgués movido por su orgullo, aunque logre disimularlo.

Pero no sólo de oscuridad nace la posibilidad de mejorarse. Sería imposible perseguir algo que no conocemos de ningún modo. La importancia de la palabra no es que pueda ser siempre la misma para toda alma. Su vitalidad consiste en su carácter dialógico. En que pueda mantener al deseo y al ánimo en constancia. Por eso la amistad requiere de dos al menos. Pero, ¿no era necesaria la igualdad para el lazo amistoso? La desigualdad del maestro y el educando no es ontológica, evidentemente, sino de trayecto y, muchas veces, de talento, pero nunca es desigualdad radical. La imitación se nutre de esa unión y separación. ¿Qué distingue a la educación de la sofística o, en todo caso, cómo es que todo tipo de educación no es sofística en algún sentido? Es una pregunta actual en tanto afrontamos el lenguaje como problema técnico: la educación actual busca métodos de enseñanza. Es incluso más profundo si le agregamos la posibilidad de que la naturaleza sea también un problema técnico. La amistad permite no ser sólo un náufrago entre la crisis, sino que ayuda a la memoria a que la presencia y la palabra no sean recuerdos, sino actualidades que no se han de defraudar. Permite, ya desde ahí, pensar en lo mejor. Es un acto privado, pero no por ello ha de ser atrincheramiento.

Tacitus

Fe y verdad

Fe y verdad

Me parece absurdo que el catolicismo pueda llegar a ser un nombre de afiliación, al grado de poder distinguir, al menos en el habla común, entre los creyentes como practicantes y como pertenecientes a una tradición que aceptan pero que no están dispuestos a reproducir, relegando la aceptación a una total oscuridad y remitiendo a una palabra que aprenden de esa misma tradición: la consciencia. Al mismo tiempo, no puedo evitar que este absurdo no remita a algunos a un prejuicio que se señala para hacer de la fe una diferencia intelectual. Es decir, que el señalamiento del absurdo por la oscuridad que señalo con que se conciba la fe no termine en un aburguesamiento y no en el evangelio. Por eso creo que el intento de comprender la fe no puede conformarse con aceptar que a un hombre se le distinga como católico por su simple aceptación del rito, por su ferviente obstinación en la tradición o por su superioridad intelectual. No existe la creencia de palabra solamente, y creerlo así proviene de una oscuridad en torno a lo que la palabra significa para el católico. Lo que señalo se puede entender desde la interpretación más sencilla de algo que se reitera teológicamente con sensatez: el cristiano no puede escindir sus obras de sus palabras; por eso las promesas son importantes para él, deudas de espíritu que mueven a su mano o a su pensamiento a expresarse de manera adecuada a la luz del amor.

La consciencia es el sofisma preferido de la fe contemporánea. Y creo que es falso que el cristianismo sea el mismo responsable de que eso sea así. Esa es una mentira de quienes estudian al cristianismo como parte de la historia de las ideas y la sociedad, argumentando ya una manera de interpretar la historia de manera ajena a como el cristianismo trató de enseñarnos. Pero ese no es el problema más profundo. Lo grave de la consciencia contemporánea es que dice guardar y ser capaz de afrontar individualmente la posibilidad de una crisis para la que la fe sólo es fuerza volitiva, nombre religioso que guarda su seguridad en medio de la falta de autognosis. El problema más profundo para la consciencia moderna es el mal. Eso no significa que sea algo que la fe no haya considerado desde un inicio. Siempre fue un problema para todo cristiano. Pero ahora se contrasta con la producción de la razón moderna, que concibe a la carne como cuerpo y a la voluntad en drama constante con la libertad. ¿Qué es del católico cristiano si formar parte del cuerpo de Cristo se resuelve a mantener presente el dogma en su fuero interno, mientras su propio cuerpo, ese del que es parte por el mismo dogma le reclama algo para lo que se mantiene inmóvil?

El cristianismo permanece como cultura en una de sus dimensiones. La riqueza del evangelio, de los textos teológicos, los cánticos y poesías populares los puede gozar cualquiera que no sea cristiano. Pero también es cultura o, mejor dicho, es sobre todo cultura para quien se aventura a que su fe sea enriquecida en la palabra. La fe es también conversación del presente con el pasado. No puede decirse que esa fe sólo radique en el conocimiento de su propia cultura, porque ese conocimiento orilla al católico a no creerse sólo parte ella. Se llama católico cristiano por su imitación del origen de esa cultura. En la medida en que no es sólo preferencia intelectual es que debe afrontar las palabras que hacen de la fe un prejuicio. No puede haber virtud en la ignorancia, pero sí conocimiento limitado del bien. Puede decirse, con mucha razón, que la conversión es apenas el inicio de la educación cristiana, así como el bautismo es la muerte primera, necesaria para la vida en el perdón.

¿Será suficiente razón para que la fe sea tratada en el silencio el hecho de que no existe comunidad alguna? La respuesta no necesariamente va hacia el sueño de la ultraderecha. La Iglesia no es, por ello, un recinto hecho de tradiciones. La comunidad no existe gracias a la ideología: la fe en la comunidad no se mantiene por puritanismos, porque deviene en hipocresía. Hipocresía que hace del perfeccionamiento en Cristo una tarea ajena al amor y servil del amor propio. No puede haber cristianos de palabra cuyos actos no estén dirigidos amorosamente. La consciencia moderna falla al cuestionarse, entrando en ese laberinto hecho de omisiones y negaciones. Pero la enseñanza radical es que hemos sido perdonados. El mal nos inculpa, pero el arrepentimiento es amor y no persecución. La fe no puede ser un deber.

Tacitus

 

Presencia mnémica

Presencia mnémica

No existe la memoria fotográfica. Existe la rapidez, la habilidad un tanto misteriosa para recordar lo que hemos percibido, ya sean escenas, ya rostros, ya ordenaciones numéricas. Lo peor que podemos hacer al abordar el trabajo de la memoria es hacerlo general a partir de la mera sugerencia de la captación. No existe la memoria fotográfica porque lo fotográfico jamás podrá tener el elemento imaginativo. Es una metáfora deficiente sobre la captación, la permanencia inmaterial y la imagen. Recordar ordenaciones numéricas no es lo mismo que recordar números, por ejemplo. Una ordenación numérica se puede recordar en tanto seguimiento de imágenes, representación de dígitos. Recordar el orden natural de los números es distinto, aunque también requiera que se aprenda el orden de los dígitos. No se puede tener certeza de estar percibiendo mil piedras en una sola mirada, pues habría que contarlas. No obstante, eso no impide que yo pueda reconocer al mil como un número, sin haber hecho la suma de individuo por individuo, ni de número por número. Basta con que vea el orden de los diez primeros números formando decenas, centenas, millares. Nadie aprendió el número mil tras haber contado mil individuos. La memoria le sirvió únicamente para notar la relación entre lo múltiple y lo genérico del número: mil se puede referir a mil individuos de una especie o a mil cosas que pueden ser, como en las ecuaciones, x, que estarían bajo el conteo de cosas.

La memoria no funciona sin el acto previo de la sensación. No existen recuerdos de cosas que no hayamos sentido. La memoria de ideas tuvo que venir primero de haberlas escuchado. Las ideas propias no se crean de la nada como en el acto divino. Eso quiere decir que para recordarlas es necesario, al menos, haberlas pensado una vez, haberlas iniciado, recorrido poco a poco. En el caso de lo sentido, al privarnos de la vista cerrando los ojos permanece en algún lugar la imagen. Pero nunca es sólo del color. La imagen corresponde a algo. El acto de la vista es evidentemente distinto al de la imaginación, aunque no podría hablar de visión sin que la imaginación sea partícipe de ese acto. De otro modo no podría explicarse que nuestro recuerdo esté integrado por la cosa vista, no sólo por sus colores o su figura. Lo que vemos está ya posibilitando una imagen, porque la vista no es sólo un mecanismo óptico de captación de la luz y de realidades materiales. Lo que se capta no es la luz. Se ve gracias a que la luz puede hacer algo sobre los entes y a que los entes se pueden ver, lo cual quieren decir que son unitarios, individuos. La fotografía no es imagen porque fotografiar nunca es acto sensible ni permanencia: las fotos pueden borrarse y reemplazar en una memoria con la manipulación de datos, lo cual ni siquiera en el caso de los experimentos neurológicos y oníricos modernos puede realizarse de manera análoga sobre la memoria.

El acto de la memoria es constante. La visión de cosas que ya conocemos, a pesar de ser siempre nueva, no nos desconcierta de manera inmediata. El mismo animal que vemos al pasar por la misma calle es sentido al ser visto y reconocido siempre como cierto animal, como un perro y como este perro. Eso sucede siempre y cuando tengamos indicios que nos permitan verlo como tal animal o interpretar la posibilidad de su presencia, como su ladrido, que también puede recordarse. Cuando nos imaginamos lo que no es, mientras nace el temor, es porque esa constancia está basada en un proceso que no corresponde con lo incierto de lo que se esconde tras las tinieblas: tenemos una novedad por medio de la sensibilidad. La inconstancia de la memoria, la distorsión horripilante de su acto, su huida y abandono o, mejor dicho, su disolución es una enfermedad: el Alzheimer o la demencia senil. Son enfermedades porque la constancia imaginativa del acto mnémico es parte del funcionamiento de la vida humana, como facultad natural del alma. Respirar es una actividad que puede ser olvidada no por falta de capacidad pulmonar, sino porque se hace por momentos: inspiración y espiración. Ese estar facultado para hacer algo por momentos es algo que comienza con la vida: la respiración aparece cuando salimos del vientre materno, sin que se nos diga cómo llevarla a cabo.

Un ciego no puede tener memoria de los colores, a causa de que no puede ver. Pero su memoria le permite mantener imágenes del sonido y saber de la materia por el tacto. No sabría caminar si sus pies no le informaran las irregularidades del camino. Por eso puede tener ideas de calles y banquetas, aunque nunca haya visto una. Por eso hay músicos ciegos: pueden colegir el orden de las teclas de un piano gracias a sus dedos y a la distinción de las notas. En ninguna de las exploraciones anteriores es la memoria más que una copia de lo sentido. Por copia sólo entiendo una reproducción en tanto que es imposible que la imagen sea la cosa. Las imágenes tienen realidad pero no pueden ser causa de sí mismas, pues no llevarían ese nombre. Se dice que para el aprendizaje se requiere una memoria despierta y dispuesta para rumiar lo dicho con anterioridad. Sospecho que eso no es una afirmación de que el aprendizaje sea posible por la acumulación o por la capacidad exacta de imitar, sino que la buena memoria permite que seamos capaces de recorrer los procesos establecidos por la palabra. La reminiscencia es el instrumento de la educación en tanto guía al alma en la firmeza, no en el flujo constante del río de las opiniones.

Tacitus

Andar la letra

Andar la letra

La escritura tiene géneros como muestra de que la palabra escrita rebasa la función meramente testimonial. La misma función testimonial tiene más de una dimensión, como si el testimonio del escritor no pudiera entenderse sin su propia persona, sin el acto que lo confirma como escritor. Cervantes nos enseñó a qué grado puede uno dudar sobre el testimonio de hechos que están entre la historia y lo poético. No existe necesariamente un único narrador que no pueda a su vez estar presente en una obra histórica, mientras el autor sólo existe en los prefacios, aunque sea a la vez un historiador, una obra cronológicamente caótica, y un narrador omnisciente, e incluso sus propios personajes dramáticos. Si se cree que es una obra en verdad histórica se leyó mal; si se cree que la poesía es obra ficticia, cuya dimensión reside meramente en el acto imaginativo, también se ha leído mal. Si se hace la oposición entre historia y poesía en términos de mentira y verdad se leyó mal, aunque la habilidad del escritor en este caso reside en la relación entre ambas, en que se supere la idea de la verdad como término asociado con lo “real”. Mejor dicho, en que entienda que la locura quijotesca invierte el sentido de la razón, para enseñar sensatez y verdad entendiendo la locura.

Es verdad que la escritura tiene siempre un fin pedagógico. Sin él, la censura no tendría sentido. La expresión ingeniosa se distingue no por su exquisitez o elegancia, sino por hacer de la elegancia o la vulgaridad posibilidad de conocimiento. La censura puede, por ello, ser hecho por gente que entiende a los escritores, aunque también pueda llevarse al extremo mismo de la vulgaridad: la censura de lo que nos irrita, simplemente por ello. La pedagogía de la escritura depende en buena medida de quien la realiza: tanto escritor como lector. Las obras de superación personal son exitosas porque esperamos que se nos enseñe algo sobre nuestras emociones y fracasos, algo claro. Su pedagogía triunfa porque confundimos enseñanza con apapachos. Ese es un efecto pedagógico. Incluso en ese nivel se conducen mínimamente por la “verdad”, aunque de manera deficiente, puesto que la verdad es ahí sólo consejo moral, utilidad de la autoestima, sin ser enseñanza sobre la naturaleza de la moral.

Es complicado aseverar que existe una pedagogía en el Quijote, por ejemplo, dado que el autor novelesco es siempre una sombra. Pero estamos equivocados quienes esperamos la declaración del autor para que sus ideas nos sean presentadas, porque el autor existe en su obra, y no fuera de ella. Fuera del Quijote, Miguel de Cervantes era otra persona, aunque no dejara de ser el autor de un clásico. Esa oscuridad entre los testimonios históricos, la narración de notas al pie de página, la intromisión en los pensamientos, extraña para un historiador, son parte de la obra porque en ellos consiste parte de su pedagogía: en que nuestro prejuicio (inventado por el propio autor) por la irrealidad de la obra sea el camino de la enseñanza. Es pedagogía sobre el hombre, la verdad, la palabra y el mundo que ellas forman a través de los cuestionamientos, de las paradojas y las cosas sin resolver. Como si nos enseñara que en nuestra incomprensión radica el sentido de la verdadera tontería. Una lección moral que nos enseña en los disparates y los buenos discursos, así como en las contradicciones. Nuestro idealismo se esconde en la imposibilidad de entender al amante más idealista, y confundimos la ausencia con la mentira. La pedagogía de la escritura se basa en el modo en que nos disponemos a la verdad. Por eso existen las lecturas genéricas.

Tacitus

 

Radicalidad

Radicalidad

Quizá lo peor del mal es que no parece un misterio. Que, a pesar del relativismo, que es una especie de moralidad, invento de ese último hombre que describió Nietzsche, su nombre permee las cosas que negamos categóricamente, complicando la posibilidad de ir con tiento en las cuestiones morales, pues eso es lo que necesitan las más de las veces para iluminarse. No parece un misterio porque, como más de uno dice, es obvia la conexión entre la voluntad natural, con tendencia al egoísmo, y los actos que nos condenan ante nosotros o, como pasa más recurrentemente, ante el ojo público. Lo malo aparece gratuito, y esa gratuidad nos lleva a preguntarnos por las miles razones posibles que lo originaron. El bien no logra eso. El bien nos atrae de manera distinta. Como si, a pesar de lo normal que nos parezca el horror, nunca acaba de sorprender, de ser justificado. El mal no tiene aspecto de misterio porque requiere de justificación racional. Terminamos, por eso, en el maniqueísmo ortodoxo que maquilla la imprudencia: llámese verdad efectiva, llámese oposición natural entre el bien y el mal.

La erradicación del mal por la fuerza es una ilusión peligrosa. No porque el hombre no esté posibilitado para conocer el bien, sino porque la fuerza omite esa posibilidad. La guerra contra el narco fue un gesto moral que ubicó mal la urgencia política: la inútil violencia, ciega como hija de la fuerza, que sigue resonando mientras el problema sigue intacto. La corrupción del estado lo muestra inútil, al tiempo que muestra nuestra propia participación del mal. No podemos ser ajenos, en ningún grado, a esa presencia. Esa no es justicia. Nuestra enajenación sólo demuestra los efectos de la fuerza. Dado que los tiempos no dan para más, que hay que seguir el camino que la necesidad y la circunstancia nos otorgan, hacerse ilusiones es otra inutilidad. El mal siempre tendrá el rostro de la justificación, que es el lenguaje de la omisión. No podemos atribuirnos el control total de la situación; ante el mal, la esperanza es justicia que no se convierte en ingenuidad. La democracia no seguirá en tanto se siga creyendo en esa mala lectura que hace de lo carnal, como de Sancho Panza, la simpleza eterna del hombre. No sólo de pan vive el hombre, y eso se refiere a todo hombre.

¿Cómo pensar el perdón ante lo horrible? ¿Cómo, ante toda forma del horror, ante la patencia del mal, puede el perdón no ser sólo otra forma de la omisión? ¿Por qué si el mal no tiene forma de remediarse, vale la pena buscar el perdón? No es fácil decir que el límite es claro, porque la precipitación es más fácil aquí que en otros lados. Hasta donde puedo ver, hay un error en suponer que el perdón es una especie de aminoramiento del horror. El perdón debe tomar en toda su dimensión al mal, puesto que de otro modo no se podrá saber la razón por la que el perdón se otorga cuando no es merecido. No habrá omisión si el perdón atiende no sólo a la paz personal, al olvido del dolor que el pecado siembra en nuestro corazón. Brota del amor porque sabe de lo humanamente complicado que es. Acto radical de amor atreverse a besar la mejilla de los injustos porque nos iguala a ellos, en una condición común, aunque no necesariamente en las acciones. Eso es todo lo contrario a la sumisión. La justicia pide del castigo en tanto consecuencia, que a fin de cuentas busca ser un tipo de pedagogía. Sospecho que la reflexión en torno a la justicia nunca se completa cuando no se integra el elemento que la desequilibra las más de las veces, pero que también puede mantenerla firme: el amor.

Obituario: no he tenido el gusto de leerlo a fondo, pero pienso, lector, que llevar un oficio de peligro al grado de mostrar dicho riesgo constante en cicatrices reales, es algo que debe recordarse por nosotros. Hay quienes nos recuerdan que la vida y la valentía pueden todavía mantener la verdad en este mundo de sombras que nos dan las verdades históricas y los silencios oficiales. Que la muerte de Sergio González Rodríguez nos lleve a buscar esa posibilidad en las palabras que dejó.

Tacitus