Amabilidad de la musa

Amabilidad de la musa

Parece la inspiración una nota distinta en la manera de hablar, obrar y producir. Algo cuyo efecto se nota en lo sobresaliente. Hay actividades que parecen menos necesitadas de inspiración, como esos momentos en que estamos, pero no “hacemos algo”. Existe la actividad continua de la existencia, pero no hay algo en lo que la inspiración halle camino. Creo que sería una exageración falaz decir que la poesía verdadera es aquella que brota de la verdadera inspiración por lo bello, lo grande, la palabra de las musas a los privilegiados. La inspiración no hace una diferencia ontológica. Todas las artes y oficios en su origen y en su ejercicio requieren y requirieron de un inspirado que pudiera imaginarse el modo de modificar o, al menos, modelar, los materiales que la naturaleza daba, imprimirles lo que han visto en la imaginación. Y es precisamente en ese espacio de ociosidad en que nos hallamos en silencio en donde a veces, rondando recuerdos, pueden venir los afortunados encuentros con la musa. Sospecho que el acto de creación poética tiene con legitimidad el nombre de expresión porque no puede ser espontánea únicamente: las palabras no son espontáneas.

Los poetas requieren de las formas poéticas para darse licencias. El invento de los versos y las estrofas, la sonoridad del lenguaje propio no servirían de nada si el trabajo del poeta no fuera trabajar con ellas, aportarles su inteligencia, siendo guiado por ellas al mismo tiempo. Es problema interesante pensar si el ritmo y la rima nacen en el momento de la elección del poeta, pero eso no es suficiente para saber la razón por la que el lenguaje parece tener su propia sonoridad. La rima no es un invento, sino un aprovechamiento de lo potencial. Por eso requiere inspiración: las rimas más sencillas pueden estar genialmente acomodadas, los versos pueden tener apariencia de cultos sin llegar a ser un poema, porque del poema es la musicalidad sólo una parte: por ello puede haber estudio de la métrica que no necesariamente requieren del sentido completo del poema para ser entendidos.

Inspiración se necesita incluso para leer. Todo ámbito de la técnica lo requiere, e incluso de las ciencias. La evidencia de la inspiración no demuestra que lo grande se opone a lo ordinario, sino que todo acto que explica, inventa, que trata de acercar a la persona con el mundo y, por ende, con otras personas, requiere de ella para ser notable. Quizá la lectura lo muestre mejor que otra cosa. Esa región en donde las personas se encuentran a través del tiempo. Nunca hay pasividad en ella, nunca. Algo entendemos, sólo que es un viaje que se hace más largo conforme se hace espejo de nuestra vida, en tanto se hace nuestra vida. Es entendible que se juzgue al amor como un instigador universal de lo inspirado. Quizá haya ahí algo más que elementos románticos. El amor no sólo mueve a la expresión; quizá sea la inspiración una muestra de que el amor no abandona nunca la lógica. No es pasión primigenia transformada en palabra, sino amor que se da por la palabra. Se aplaude que los amantes se muestren inspirados en su expresión y su obrar porque así muestran que el bien no puede separarse del deseo, dándole universalidad a la experiencia amatoria, no individualidad. La inspiración sería, así, más que retórica de las pasiones para el placer.

Tacitus

Dimensiones del hombre

Dimensiones del hombre

Todo hombre tiene una dimensión tripartita. No me refiero a la extensión y los límites de su materia, aunque ellas formen parte de su identidad. Cuando decimos conocer a alguien lo decimos en más de un sentido. Conocemos a alguien cuando lo hemos visto y recordamos su rostro y su figura. Pero también de los rostros, voces y expresiones que conocemos una vez tienen la paradójica cualidad de no ser “conocidos”. Es decir, que por ellas no conocemos a la persona del todo. Nos referimos a un conocimiento que no necesariamente brota de la amistad, sino del trato. De esas dimensiones que son la obra y la palabra. Y también existe esa tercera dimensión que a muchos nos gusta llamar interioridad, pero que está mejor nombrada con el pensamiento. El hombre puede pecar por esos tres medios, además del de la omisión. ¿Por qué lo que no hacemos puede sumársele a los otros tres aspectos que parecen determinar lo que somos, al menos para conocimiento de los demás?

La palabra nos muestra al otro no sólo por medio del tono vocal sino por medio de lo que la palabra muestra de nuestra vida entera. Si la expresión puede ser materia de pecado es gracias a que no puede estar desvinculada de la voluntad y el pensamiento. Ni siquiera en el caso de la mentira. Mentir es un defecto en tanto no se busca la prevalencia de la verdad como bien. Para ello hay muchos medios, pues cada quien ve de ella lo que puede, no más. Parte de buscar la salvación no puede evitar el cuestionamiento y defensa de la fe en la palabra porque ella nos hace comprender la manera en que es mejor vivir. Por la palabra se accede a la creación, a los principios y a la comprensión toda de los misterios de la fe. Creer en la divinidad de Cristo no es posible si no creemos a la vez en que sus palabras tienen sentido. No es posible creer en la encarnación si le quitamos la racionalidad a la creencia. El pecado de palabra no existe para quien no ve a Dios involucrado en cada acto de su ser, como nos lo enseñó la encarnación. La palabra es acto en tanto por ella el mundo aparece de cierto modo, en tanto es nuestra palabra lo que muestra incluso en la mentira la razón. Quien ve en la discusión de fe el peligro mismo de la fe no ha entendido ese carácter verdaderamente polémico del evangelio que está precisamente en cada hecho y palabra de Cristo. Los errores de la palabra no requieren de erradicación, sino de discusión.

Es más que sabido que la fe se caracteriza por recordarnos que lo importante de un hombre es la acción. En ellas, según sabemos, hemos de creer. Parece trivial, pero ahí radica, creo yo, en la imposibilidad de afirmar que el cristianismo se basa sólo en afirmar que entiende a todos los hombres a partir de un ideal. Es la falacia del cristianismo moderno, cuya otra cara hace de la fe lo único necesario para la posibilidad de la religión. La realidad de Cristo nos enseña a creer en las acciones y a no juzgar todo con la piedra en la mano. La incredulidad de la palabra no es misología, sino todo lo contrario: pecar por la palabra es posible en la medida en que hay expresiones piadosas. Pero la palabra no es el medio principal por el cual la voluntad hace presente su deseo. Si juzgamos las obras, podemos indagar el fin a la luz del bien. Creer en las obras es la enseñanza cristiana que nos permite concluir que las falencias del hombre se juzgan a la luz de lo humano y lo mejor en Cristo. Cristo sin humanidad asegura la irrelevancia de la obra. El autoconocimiento debe ser de lo que somos en relación con el mundo entero, y por ello es lo más difícil. Sin ello no podemos saber de lo que es bueno para nosotros, mas que en un sentido limitado. Las obras permiten saber de la fe de un hombre en tanto muestran la capacidad de cumplir esos mandamientos de amar al prójimo y a Dios. Quien actúa pensando que cada obra le ha de retribuir por su bondad un lugar en el cielo no ha entendido el verdadero sentido del Reino de los Cielos.

Afirmar que la consciencia es la interioridad desconocida es peligroso. Nadie ve la interioridad, pero eso no quiere decir que no tenga voz en lo que sí se ve. Por eso las obras son importantes y en ellas se cree. La omisión nos hace pensar que la fe es una cadena que nos ata al puritanismo. Pero el verdadero puritanismo existe en la moral que sólo ve en la fe lo separado que está el cielo del hombre. Dicha separación en el cristianismo se muestra en el amor; en el amor no sólo de quien busca la salvación como erotismo (que no sexo), sino en la misma persona de Cristo. Es decir, la separación se nos ilumina a través de la unión. Lo pasajero de la carne no es en ningún sentido el exorcismo de las pasiones. La posibilidad de la omisión nos muestra que hay faltas al amor. La omisión completa el cuadro en tanto es el espacio que dejamos abierto a la falacia, el temor y la necesidad, contrarias al amor como virtud de fe. Por eso la separación del hombre y Dios es la muestra preferida de los omisos. El evangelio nos dio también lecciones ejemplares de psicología a partir de Cristo.

Tacitus

Nombramientos

Nombramientos

Es una evidencia que cuando nombramos no producimos las cosas. El nombre es algo distinto a ellas. No son sustancias, ni artificiales ni naturales. Inefabilidades en los nombres no hay como tal, porque sería una contradicción. Existe el nombre inefable porque existe la experiencia del decir y de lo que se escapa a ser dicho con facilidad. No nombramos sólo el impacto de las cosas en nosotros. Los nombres pueden remitir a lo sentido, pero lo sentido no puede tener nombres, si no le son dados, retraídos. Las cosas no crecen por el nombre. Pero su crecimiento puede ser descrito con nombres de cada movimiento. Pero la indiferencia de las cosas no es por sí solo un argumento en contra de la pertinencia de un nombre. Cada nombre muestra por sí que no está basado únicamente en lo meramente sensible. De ahí que el nombre de sustancia sea “general” en tanto que designa el ser, aquello que no puede caber en otros usos de la palabra, como las cualidades, los lugares que ocupa, el tamaño, el peso, la particularidad y la forma.

La forma no es esquema mental. No es comunicación constante de lo nombrado, sino principio de inteligibilidad, que está ahí mientras viva lo natural, o mientras lo artificial no se eche a perder. La forma de perro se presenta en cada perro, y sus cualidades no lo niegan, ni tampoco el nombre que se le dé como mascota, que a lo mucho busca darle distinción para nosotros de entre otros perros. Una distinción que está en la relación de lo particular con lo general. Los nombres de las mascotas los distinguen en el habla, pero eso no tendría sentido si no tuvieran en ellas algo que las hiciera pertenecer a lo general. Lo general no es suma. La forma de perro se manifiesta en la especie, en cada individuo, porque en un perro vemos lo que lo hace ser tal y mantenerse así. Por eso la forma no es lo mismo que la imagen. La imagen puede ser la de un perro, pero la forma no la concebimos así, a pesar de que sin ella no tendría caso hablar de individuos.

Lo mismo sucede con otros animales. No vemos la vida porque la vida no es sustancia, sino lo vivo. En lo vivo se presenta la vida. El conocimiento biológico requiere de la observación pero no en sentido infinito. No hay infinitud en la existencia de las especies, por más que se perpetúen. El principio de su nombramiento no es su materia, porque esa, aunque con sus distinciones, la comparten con otros entes vivos. No nombramos lo vivo de la materia, ni le damos distinción a cada especie por ella únicamente. Cuando se habla de tentáculos se piensa en los pulpos porque esa es su característica más recordada y visible. Pero el nombre pulpo necesita del individuo y el género para tener sentido. Con pulpo me refiero a uno en específico, pero también a cualquiera, aunque sea sólo uno en realidad del que esté hablando. De ahí que los pronombres sean requeridos en nuestras expresiones indicadoras. La observación de lo vivo me permite conocer lo que distingue a cada uno, pero puede generalizarse en ese sentido ya dicho, hasta que me encuentre con la excepción. Por eso los principios no se encuentran en la recolección de datos, sino en saber entender lo que rige la permanencia de la existencia en cada movimiento.

De Dios hay nombre. Lo hay con mayúscula y sin ella. Dios es el de la revelación. Los dioses o el dios son las demás figuras que se llamaron divinas. Los dioses del Olimpo pueden ser multitud pero requieren algo en común: el origen no humano. No mueren, intervienen cuando quieren, guían. El hombre no puede hacer eso en tal grado. Pero que haya nombre de Dios no garantiza que usemos el nombre a sabiendas de lo que hablamos. Por eso ahora puede decirse con comodidad que de Dios hay ideas personales. La inefabilidad divina no es de los dioses, que de ellos hay historias. De Dios hay revelación, palabra dada por Él, pero asequible por el texto revelado. Se habla con género, con referencia de sustantivo, pero se dice que es inefable, porque en realidad es incomprensible en tanto no hay igualdad con las capacidades del hombre. Las hipótesis sobre galaxias, las leyes cósmicas no resuelven el problema, porque ninguna de esas cosas es Dios. La inefabilidad de Dios no es imposibilidad de referirse a él. Es incomprensible, más no irracional. La palabra no sirve para referirse a él como en lo vivo, lo natural y lo artificial. La teología es posible por lo mismo, puesto que para el conocimiento de todo lo creado está la investigación de los principios, pero para el entendimiento de lo natural como creación, no. Pero los principios, adquiridos por la vía natural, no son Dios ni revelación, pues por ello se dice que se adquieren mediante lo natural.

Dirán los iconoclastas que de Dios no existe univocidad. Dios no es personaje, a pesar de que, según yo, un rasgo suyo que pasa desapercibido por estar ahí, a la vista, es que tiene palabra sin ser humano, no los manifieste. Ojalá escrutar el significado aquel de esa eterna imagen y semejanza fuera tan sencilla como se antoja por la creencia de que lo humano se reconoce en la cotidianidad. Por eso la incredulidad se alimenta de la sospecha de que su poder ha de estar hablando continuamente. ¿Cómo es que la revelación sea también referida como La Palabra? Por eso creo que lo importante en lo revelado no es su carácter incontrolable, velado, sino su apelación a Dios por la palabra. Revelación es palabra. Nuestra referencia de Dios es más pobre mientras nuestra cultura en torno a la Revelación como palabra decaiga en aras de la individualidad profunda. La imagen y semejanza fue impresa en el hombre, en el primer hombre, que era todos los hombres. La religión moderna se entiende como retórica porque no le reconoce ese carácter lógico a la Revelación. No es nada novedoso decir que la lógica moderna necesite a fin de cuentas de la incredulidad.

Tacitus

Fuego amigo

Fuego amigo

 

El corazón es hierro que se templa en el valor

de un beso fugitivo y claro como la verdad.

La palabra, carne abierta al alma, es el calor

que engendra fuego elemental y luz en la piedad.

Tus horas solitarias son el río de un verso

eterno en la riqueza que es tu práctica mortal;

la belleza tras el polvo de tu paso terso

acude con humor para cruzar todo portal.

 

 

Tacitus

Poética del aburrimiento

Poética del aburrimiento

¿Por qué nos aburrimos cuando, decimos, no hay nada qué hacer? Dicen los desesperados que el tedio, la sensación de tener la nada a cuestas, o de tener que soportarla gota a gota sobre nuestro es parte de una revelación: la soledad eterna, la vanidad del mundo. Principio moderno: aburrirse es quedarse sin algo qué hacer, porque el mundo, la praxis entera consiste en hacer y hacerse. La obsesión por la individualidad es la mejor opción ante el vacío del mundo: el mundo virtual de nuestro celular es el olvido de lo irrelevante, que creo yo, es también irrelevancia del lenguaje. Paradoja grande del yo aquello de que la nada sea insoportable, siendo nada. Paradoja grande porque, decimos, nunca habíamos sido más libres. Como se dice en El progreso improductivo, nos acecha lo posible de manera exacerbada, y por ello el mundo intenta ser vastamente recorrido por el yo, sin tener el tiempo para todo, porque no somos libres de la naturaleza.

El aburrimiento no es cosa de inteligencia privilegiada. La miel no es para los asnos, decía Don Quijote. Por eso creo que es falaz el creer que el solo aburrimiento es señal de que se descubre la falsedad, la idiotez de la verborrea o del sinsentido. Hace falta más que intuición para ver la mala poesía o los malos teatros. Pero no hace falta inteligencia a nadie para ver que lo aburrido puede ser ver lo mundano como ajeno a la dignidad de la inteligencia. Los aburridos existenciales son malos lectores y malos poetas. Decimos que la evidencia en torno a la niñez es que reina la inocencia total en ella, aun de la poesía. Por es el mundo de los adultos es aburrido. Yo diría que es aburrido porque no sabemos ver lo poético de la infancia. El juego es poético. Simulación, exageración, burlas, picardías que divierten porque muestran que el mundo se comprende en alguna medida. No hay inocencia en el juego, ni en los niños. Chino, chino, japonés, come caca y no me des es una frase que no debiera censurarse, sino aplaudirse. No importa eso de que se ofenda a los chinos y a los japoneses por confundirlos con su semejanza ocular, no viendo que claramente pertenecen a patrias distintas, ni aquello de sugerirles que coman desechos humanos. Eso es parte del aburrido mundo que no se sabe distinguir burlas de verdades, porque cree que lo poético no puede ser sino pureza, como la que suponen en los niños, y que no puede tener vínculo con todo aspecto de la vida. Los maestros son aburridos cuando creen que existe una sola manera de hablar para cualquiera.

El aburrimiento es un fenómeno del lenguaje, no de la falta de actividad, de inoperancia de la inteligencia o de exceso de ella. Estar a solas nos parece tortuoso cuando no sabemos entender nuestra soledad. Por eso también buscamos conversaciones triviales, que se mantienen por “educación”. Poética ínfima de redes sociales, que nos llama incluso a enterarnos, a ver, a leer bromas que nos arranquen risas, opiniones fugaces, juicios inmediatos, recelos y pensamientos de caras conocidas admiradas o denostadas. La poética de la amistad es pobre y aburrida cuando no alcanza a hacernos realmente comunes. Pero aun eso es preferible a mantenerse en el silencio total, incluso de pensamiento, decimos. Creemos que el amor es aburrido cuando no tiene la chispa que el romanticismo posmoderno nos enseñó sobre el amor. No observamos la cursilería sencilla, sutil, casi imperceptible.

Si quisiéramos realmente usar el criterio moderno, prácticamente todo lo que hacemos lo realizamos con ánimo de quitarnos de encima eso que nos acecha en cada lado. Eso mostraría lo aburrida que es la vida. Los aburridos, visto con mejor sentido práctico, somos nosotros. El gesto y la estampa de la política son aburridas en esa fría distancia que trata de mantener el respeto solemne incluso cuando se dicen disparates. La política no es lo que aburre, sino ese grado insostenible de la gesticulación, de la simulación de las buenas causas. Nos falta imaginación no para viajar al mundo de la consciencia, sino para entender mejor las cosas.

Tacitus

Sapiencia sanchopancesca

Sapiencia sanchopancesca

Sancho Panza no puede recordar máximas y consejos morales, pero sí refranes. Su memoria para ellos es basta, su lengua es hacendosa para repartirlos a los oídos de los demás. El escudero más famoso de todos los tiempos tiene una memoria pródiga, pero que no le sirve para ser buen orador. La educación moral en sentencias le parece un revoltijo y una selva de palabras que no podrá recordar nunca. Dicen los pragmáticos que, por lo general, cada uno ejerce la memoria conforme el mundo le brille. El mar del sujeto, según esto, es basto: cada individuo recuerda lo que puede y desea. El psicoanálisis sirve para desenterrar y encontrar lo más profundo de ella, en conexión con eso personal que se configura en cada quien. Pero ¿qué recordamos? El recuerdo se llena de sensaciones que no podrían ser sin algo que las integre.

El refrán, se sabe, corre popularmente, aunque eso le quita valor literario, práctico o incluso sapiencial. Tiene el tino de acumular en él más de una situación a la cual puede referirse, y por ello requieren del tino de quien los recuerda para entender la situación en algo que captura el momento, pero que no lo discute. Don Quijote dice que la plática desfallece cuando ellos se cuelan en retahíla, seguramente porque más de uno siempre suena a un remolino de enunciados en donde se pierde la pertinencia del refrán. Se dice que los oradores requerían de una memoria educada, puesto que era ésta el único instrumento que podía ser fiel antes de la escritura. Sancho, pródigo en refranes, no sabe leer ni escribir. Muestra que a la memoria basta el lenguaje hablado. Quizá sus refranes suenen a disparates porque él mismo parece darle sentido a los refranes. Su memoria simplemente corre como un río, profiriendo mediante su lengua todas las cantaletas que su sapiencia interpreta dignos del enunciado proverbial.

Nos suena posible que la educación moral, por ejemplo, se haga camino a través de las sentencias. Nuestra experiencia moral y práctica no se articula sin el lenguaje, aun cuando estemos bien convencidos de que el último fondo de la significación y la ética sea el sujeto. Recordamos lo común de las situaciones proverbiales en la adecuación de la palabra. Muchos de nosotros no sabemos cómo exhortar a evitar la pereza matutina si no es recordando el modo en que eso nos da el favor de Dios. La jornada empieza temprano para quien no cesa en buscar al Señor. Pero también puede ser que simplemente creamos que Dios nos favorece por ser “chambeadores”, porque eso es muestra de la honestidad y la valía humana en general. Modernidad y cristianismo como dos caras de una expresión. La palabra articula nuestra experiencia, pero esa articulación se da desde cada lugar. Recordamos las palabras elementales, precisas para una situación, y nuestra expresión da el fruto cuya semilla cuida el alma.

Parece sencillo juzgar la rusticidad de la expresión y juzgar que de esa rusticidad proviene la bajeza del alma. El refranesco Sancho Panza nos instiga a salir de esa comodidad al mostrarnos que una buena memoria como la suya, memora de iletrado, sirve para gobernar y juzgar. Nuestro apocamiento aristocrático reduce inmediatamente su rusticidad y buena memoria a algo insólito, único o, en todo caso, a una muestra de la igualdad de las capacidades. Nos agarra su practicidad de noche. Desafía la idea de los letrados como ideólogos de la práctica. Nos abre a notar esa verdadera y engañosa igualdad en la naturaleza: las aspiraciones altas residen en lo que parece caóticamente rústico, simple, risible. Puede que la memoria de Sancho viva a chorros de sutilezas, pero esos chorros de abundancia que rayan en el absurdo, único resquicio del lenguaje en el escudero, muestran eso: la abundancia en la efigie de pobreza. Sancho requiere de que le lean las sentencias cuando las necesite: que sean esas lumbreras que son los refranes para la memoria, presencia en el momento del auxilio. El buen natural de Sancho se muestra en expresiones sobre el valor que le ve a su alma. Por eso lo práctico y el lenguaje, el ejercicio de la memoria delatan su unión en la sencillez. Todos parecen caber en el corazón de Sancho Panza, pero también parecen ajenos.

Tacitus

Minucias sobre la distribución

Minucias sobre la distribución

La economía no puede estar basada en promover la igualdad absoluta. El problema no es hacer ricos a todos, porque el fundamento de investigar la existencia de leyes o postulados al respecto del comportamiento de los mercados y de su relación con el bienestar está en lo que la vida requiere. La economía es también una investigación en torno al bien y las necesidades. Incluso de las necesidades de los ricos: sentirse mecenas, hacer de sus carros extensiones de su personalidad, decorar su jardín, acumular e invertir. Es claro que desde el aspecto económico se introduce el bien: se distingue entre acciones privadas y políticas convenientes para lograr un fin. No necesariamente da la virtud de la práctica, porque las más de las veces un buen inversionista no es un magnánimo: se puede hacer dinero y gastarlo en cosas redituables, sin la voluntad de donarlo o regalarlo para un bien público. También se puede gastar de manera que parezca conveniente sin evitar la mezquindad: los gastos inútiles a favor de los necesitados, dándoles cosas que, en realidad, no necesitan (ahí se ve que el criterio de lo necesario es elástico cuando no existe sabiduría sobre la naturaleza del hombre).

Eliminar la diferencia entre ricos y pobres es una ilusión. No porque no sea deseable que los pobres sean dignos, sino porque ser pobre no tiene nada que ver con la dignidad o la libertad de la persona. Mejorar la condición es un uso ambiguo del significado de mejorar. Don Quijote lo expresaba muy bien: ser pobre no quita ni lo cortés, ni mucho menos la voluntad de lo mejor. La redistribución del ingreso es un camino sabio pero no con el fin de sólo continuar con la ilusión de que ser ricos nos hace mejores. No se busca salir de pobres, sino hacer un mejor gasto en tanto sirva para dar posibilidades más allá del trabajo infinito. Posibilidades que den para atenderse, comprar, ahorrar. La mejor distribución puede ser deseable aún si eliminamos el paradigma moderno del mecenazgo del estado y de su invitación a incorporarse a la vida de la que él es modelo, que es un círculo vicioso en donde se exceden costos de manera absurda. Se invierte la lógica de la libertad por el dinero, pues la redistribución podría propiciar que oficios y artes, modos de producción, dejen de suponerse sólo como empleo para el mantenimiento. Digo que así se invierte la manera común de pensar la relación entre el estado y sus protegidos, porque, en vez de funcionar con el mecenazgo (que se vuelve demagógico) muestra que la verdadera libertad está en no someterse. Producir es un modo de la libertad que, como la misma lógica moderna intenta sostener, permite mantenerse.

Podría pensarse que la redistribución, lejos de lo que se cree ahora, es menos demagógica que la generación de servicios sociales. Mantiene una garantía de acceso al dinero para los ciudadanos, que por lo mismo no tienen que esperar la panacea en manos de un grupo político. No favorece el servilismo, sino al contrario. Propicia la subsistencia. No iguala las condiciones de la fortuna, pero sí acerca mejor los modos de vida que se dan en los extremos, más allá de esa dialéctica de la transformación en la prosperidad del progreso. Así podría usarse mejor un dinero que se gasta actualmente no sólo en sueldos de servidores públicos (que ellos también requieren de un sueldo) sino en programas sociales parciales y miopes, recursos para partidos políticos, ilusiones educativas, becas mal empleadas, etc.

El problema de la subsistencia no es llegar a ser libre, quitarse el nombre de don nadie. No llegar a la ilusión que el rouseaunianismo académico nos impuso: esa igualdad en donde hasta el progreso intelectual esconde una deformación. A fin de cuentas, la economía, en todos sus niveles, apela, en último grado, a la inteligencia personal. Fuera de los niveles en que las bolsas de valores y los bancos operan, hay causas humanas para el crecimiento. No se debe a fuerzas invisibles únicamente. El mercado es un escenario de deseos y satisfacciones. Así, el enfoque de los mercados internos se vuelve central: los satisfactores que no encontramos en nuestra propia producción serán sólo fantasmas proyectados en esa pizarra abstracta de los escenarios mundiales.

Tacitus