Sobre la importancia del fin

Sobre la importancia del fin

Nunca me ha quedado claro si todo mundo celebra lo mismo cuando está al filo de terminar un año. Mi experiencia es que entre los buenos deseos y las palabras solemnes uno parece ver que los rostros se esfuerzan por mantener la teatralidad que exige el optimismo de una nueva oportunidad, pero que nadie habla de lo que esconde la consciencia. Evidentemente, las reuniones no están hechas para eso, y tal vez por ello la familiaridad termina siendo un fantasma que se esfuma con el aliento de nuestras miradas y desencuentros. El año nuevo se celebra, creo, con una sensación de liberación fingida que la navidad no nos permite. ¿Por qué el fin de año merece que nos reunamos a hacer cuentas morales en nuestro fuero interno e inspira a la cordialidad que no nos inspira el simple hecho de despertar cada día? Cada noche es fin del mundo; el pretexto para que la vida no tenga apartados de naufragio ante la disolución de las coincidencias por la separación natural de todo ser distinto, sea familiar o no.

No hablo de mejorar nuestra dosis de optimismo. Hablo de quitarle al influjo del tiempo el aspecto de ciclo. De que el refugio de los buenos deseos no nos permita yacer tranquilos ante el silencio divino. En el fondo, uno celebra los logros, pide deseos y, tal vez, reconoce sus fracasos como obra propia. Nadie apela a nada que no sea su propio ser. Nos reconocemos obras de nuestra propia voluntad. Por eso digo que no estoy seguro de que todo mundo en verdad se reúna a celebrar por los mismos motivos. El ritual puede variar, pero nadie percibe que el festejo de lo importante se nos pasa desapercibido. Contradicción extraña: ¿celebramos porque la vida vale tanto, o porque no vale en verdad como quisiéramos?

Podría ser en verdad que el tiempo desperdiciado pasase sin que lo percibamos. Que lo fútil se vista de sagrado en nuestras celebraciones. Insisto en el carácter fútil: la importancia de la vida no está en su renovación, sino en existir como existe, desde siempre. Está sólo en ser, en la gloria con que fue creada. Y el hombre, aunque no lo notemos, mantiene en sí un misterio sobre ser: que en él esa palabra es lo más complejo. Ser no es vivir únicamente. Mejor dicho, la vida puede mejorar o empeorar. Por eso es un milagro puede estar ahí cada que se abren los ojos, y puede también ser atrapado por la inteligencia. Tan basto es el mundo y el hombre que busca conocerse. La importancia del tiempo natural no se compara con la eternidad. Y por lo que hemos sido llamados no es por el paso del tiempo. Bajo el sol no hay nada nuevo, y nuestro gran error es ver en esa verdad un pretexto para el tedio que permite celebrar sin más un año más de vida.

Tacitus

Práctica del habla

Práctica del habla

El lenguaje no es espontáneo, pero sí aprendido. Las posibilidades naturales no pueden ser espontáneas, pero sí impedidas. Los salvajes no desarrollan una lengua, pero eso no impide que puedan aprenderla. No saben nombrar, pero pueden hacerlo. ¿De dónde proviene la palabra? Lo más común es aceptar que en él reside el vínculo con el mundo: uno conoce las cosas que puede nombrar. El drama de la teología estaría en buscar el lógos de algo irreconocible, que no puede formar parte del mundo. En todo caso, eso no resuelve el problema. Nos dice lo obvio: reconocemos las cosas de las que hablamos. La mentira es posible por lo mismo. Ahí se acaba.

¿La poesía es canto que enriquece nuestro conocimiento de la lengua, o todo conocimiento de la lengua no se puede realizar siendo solamente un conocimiento de la combinación de palabras y cosas? Dicen que la experiencia común del amor puede agotarse en las canciones populares. No lo sé. Hay canciones distintas que hablan de lo mismo, y por eso son muy diferentes. Ninguna lectura es idéntica, ni siquiera las que involucran emociones que se llaman triviales. No queremos verlo, pero el hombre común puede crecer memorizando canciones que nadie querría aceptar como poéticas, pero que, evidentemente, lo son, aunque puedan ser malas. Su sentir coincide con lo que el autor pensó, o simplemente le produce un placer que le permite moverse con ella. La poesía es posible por esas esferas menores. Hasta que no nos atrevemos a leerla, nos perdemos de mucho. No aprendemos, a través de ella, modos de usar palabras, o no únicamente.

Si la poesía no interesa, si decimos no entenderla, eso no quiere decir que esté hecha únicamente para los mejores entendimientos. Sólo quiere decir que no nos gusta leerla. Tal vez por ello hay poesía que, siendo primerizos, nos interesa más, como las declamaciones románticas. O las amamos por intensas y bellas o las encontramos dignas de olvido por ser exageradas. Dos polos de la experiencia del amor que, no obstante, en cada lector tiene su matiz. Por eso la lectura, como la escritura, es productiva. Sin darse cuenta, el lector se condujo entre el rechazo o la asimilación de algo que pudo ser meramente descriptivo o flamígero y, en ambos casos, reconocerse de algún modo. Por ello las experiencias más cercanas con la poesía son las canciones y los cantos populares.

Eso no sirve para toda la poesía que, fuera de la romántica, nos muestra la limitación tanto de nuestro lenguaje como de nuestro cuidado como lectores. Creo que nuestra limitación está sólo en el desinterés, y que el desinterés surge de que nuestros acercamientos a la práctica no van más allá de lo inmediato. No accedemos a la poesía porque sea imposible. No podemos decir que la poesía esté a niveles inalcanzables porque nos rodea aunque no lo sepamos. Esa idea, la de los altos niveles es perjudicial en estos casos. Apreciar la perfección en el uso de la palabra no puede separarse de la posibilidad de apropiársela. Que esa perfección nos enseñe, incluso, a hablar sobre nosotros en relación con lo que leemos.

No creo que el lenguaje se agote con la experiencia romántica. La mejor poesía no necesariamente es la más apasionada. Otra idea perjudicial: lo valioso de la expresión está en lo expresado de manera personal. Perjudica a la práctica de la lectura y la escritura en tanto nos permite pensar que leer es un acto de formación o perversión que influye directamente en la maleabilidad de la imaginación. Pero la rusticidad está llena de perversiones por igual. Perjudica la escritura en tanto nos educamos en una lengua que, por más apasionada y fina que pueda llegar a ser, se nos pierde el valor que tiene para la verdad en su práctica: escribir es valioso porque se puede ser leído, y porque hay descubrimientos que sólo se realizan en ese ejercicio, como la prosa inmejorable. En la escritura hay algo que en el silencio no puede habitar. Hasta el soliloquio se vuelve género habitable, escribible. No es un trabajo de reificación. Es un esfuerzo que es espejo, pozo infinito, arte pulidora, ejercicio de la sensación, práctica de muerte. Algo se alcanza que no está en el mundo, porque nunca lo hablamos igual, por más que podamos rastrear un pensamiento en toda una obra.

Tacitus

La musa común

La musa común

El hombre es el único animal práctico. No sólo porque sea político, que eso es fácil de ver, mas no de tomar en su justa dimensión. La práctica lo acompaña desde el nivel más básico de su existencia: la necesidad nunca es ciega para él. No hace casas ni habita cuevas para protegerse de la lluvia únicamente, de otro modo no habría motivo suficiente para dejar de ser nómadas. Persiguió y domó animales como parte del reino de lo práctico; los animales son depredadores, el hombre muestra algo único en su depredación, como la caza con extensiones del ingenio, producciones que los animales no tienen, puesto que todas sus argucias caben dentro de lo que se reconoce como “adaptación”. El hombre no se “adaptó”: desde el principio se supo distinto del animal y de su entorno, hizo circunstancias para poder habitar el mundo, como en las cuevas.

La conversación es parte de la práctica. La cultura también. Si lo teórico nombra sólo aquello que informa lo que hacemos, la separación es falaz. Lo teórico alude a la teoría en tanto actividad contemplativa, no sólo a la formulación de hipótesis. Las cosas de este mundo que se dicen teóricas son aquellas que nos dedicamos a conocer porque no las producimos, de ahí que la verdad sea fundamental para sostener la posibilidad de teorizar, no sólo de conjeturar metódicamente. Pero eso no implica una división entre ambas palabras que vaya más allá del ejercicio de nuestras facultades y de la naturaleza de las cosas. Las cosas más dignas de saberse no son ajenas al mundo en tanto que este mundo posibilita que nosotros las busquemos y configuremos. El deseo de saber es natural, y esto hay que entenderlo no sólo en el caso de la curiosidad inflamable, sino en el hecho de que, incluso en los casos más desapercibidos, saber es fundamental. Decir que hay hombres que no sirven para saber empobrece claramente la practicidad: la conversación es inútil por cualquier camino, pero el conocimiento de lo práctico requiere de que los caminos vayan abriéndose conforme uno realiza los encuentros. De otro modo la libertad por el saber es imposible.

Es cierto que lo práctico pueden ser los negocios, pero también la poesía. Son parte de la práctica no sólo como expresiones, sino como trabajos y actividades. Claro que la poesía apela a que la práctica no se radicalice para entender lo práctico como aquello que nos permite alcanzar nuestros fines. La poesía es un mal negocio, sólo que también es uno excelente. No se vive de ella, pero si por ella. Hace la vida mejor para quien ha visto que la práctica involucra aquello que el poeta profiere. Por ello puede presentarse popularmente y exclusivamente. Lo práctico es distinto de lo fácil. Podrá ser que el vientre no esté hecho para alimentarse de palabras y emociones, pero la vida no depende del vientre, si vemos que la vida está sustentada en algo más. Ese algo más puede verse hasta en la versión más corriente de lo práctico: nadie desea hacerse rico para satisfacer sus necesidades más elementales.

Por ello las obras de arte y la poesía pueden ser parte del progreso. El beneficio radica simplemente en que aportan al hombre libertad. El fonógrafo hizo posible reproducir en casa las obras maestras; una sola obra de Shakespeare abrió un mundo ante nuestros ojos. Nos dejan ver lo humano de lo que él percibió y gracias a él podemos vivir sabiéndolo, encontrarnos y recrearnos en esa obra, efecto que tiene todo escritor consagrado como clásico. Nos recreamos en el sentido de que descubrimos algo nuevo ahí, en algo que está ante nuestros ojos, ausente y presente por nuestra inteligencia y la del autor. Recrearse es, literalmente, volverse a crear. La práctica es creadora, y la lectura es práctica. La lengua escrita es un progreso: deja que hasta lo popular quede latente: coplas, rimas del ingenio que captan la iluminación de situaciones compartibles. Eso, como las armas y la pintura rupestre, no es mera adaptación. Eso es parte de la practicidad de la vida humana.

Tacitus

Meditación sobre el demonio y la Cruz

Meditación sobre el demonio y la Cruz

Nuestra imaginación moderna gusta del impacto, de la simpleza que incluye lo majestuoso o de la trivialidad que implica la vanidad en el retrato, la protesta en la efigie deleznable, la transmisión del hecho a partir de la reproducción instantánea. No debe sorprendernos que nos parece hasta cursilería la simple posibilidad de imaginarse al demonio. Que esa otra simpleza no sea apreciada como merece serlo. Cosa rara eso de que sea la imaginación misma la que nos juega una broma escéptica. Cosa rara para los modernos que están muy seguros de lo que ven. No espeto aquí el romanticismo de la queja contra la pobreza de lo imaginado: el romanticismo del demonio le quita el milagro que tiene en la impresión medieval: la forma humanoide de la maldad, traviesa, terrible, meliflua, pero sobre todo mala en una forma no trágica ni romántica. Esa forma que puede quemar en un caldero a los pecadores en señal de un castigo merecido. Eso que desaparece para el escéptico que sabe que ninguna imagen en su memoria de lo terreno le puede dar la certidumbre del castigo y el sufrimiento para el malo.

Mala señal es que el demonio sea una fuerza, una aparición de los corazones atormentados por una inteligencia poco común. Las tentaciones y apariciones cambian, pero lo pecador persigue a toda vida humana. Hay algo en esa tradicional forma bestial que acaba en los cuernos que a los aparentan sapiencia les parece ridículo, una trampa para el orgullo del burlador y atosigador constante. La representación pide de la imaginación la posibilidad de fusionar la cualidad bestial con algo de lo que la idea cristiana del mal nos libró para siempre: una bestialidad distinta a la del pagano sacrificador y conservador de la barbarie hecha rito. No un aburguesamiento mítico y primitivo, sino una inteligencia para la profundidad de lo banal, para la educación a partir de un temor que surge por el crecimiento de la consciencia. Una bestialidad para la que son igual de inútiles la superstición de que lo bestial es una fuerza posesiva como la teoría de bestialidad en lo natural.

No sé de dónde provenga la idea de imaginarlo con un color distintivo que hizo tradición: el rojo. No tengo la seguridad de que se deba al color del fuego, porque en realidad ese no es su color, aunque las incandescencias que genera puedan asociarse con él. Posiblemente algo tenga que ver con la tentación, aunque sea ésta posiblemente una hipótesis más erótica que otra cosa. Por otro lado, todos estos rasgos preminentes se distinguen de la imagen de la caída. Cundió la idea del maligno entre los hombres, no del momento del primer caído.

El mal, dicen, es obra humana. Curioso que se hable fácilmente de algo que vemos entre la complacencia y, en el mejor de los casos, entre la repulsión. Se vuelve exorcismo de nuestras faltas porque esa es la forma de toda tentación: lo ajeno que nos conduce. Por es la culpa requiere de arrepentimiento y el perdón del amor que entiende esto. La sensación común es que se es víctima de una circunstancia, mezclada con el pleno pero deficiente conocimiento de nuestras obras, cosa expresa en el nombramiento de la debilidad. El conocimiento moral no es absoluto por lo mismo. La imaginación moderna tiene el problema de que quiere empezar por el revés del asunto. La patencia de Dios, dicen, está en su justicia. Pero no saben que la justicia divina es cosa distinta al fuego que no se ve con los mismos ojos que vemos arder un bosque. La justicia máxima del perdón no está en el apapacho de la frustración, sino en el amor al prójimo, amor a Dios, que sabe de la vanidad. Por eso el cristianismo no es doctrina de la impersonalidad de la ética; su nombre proviene de Dios hecho carne.

Tacitus

 

Apuntes breves en torno al arte

Apuntes breves en torno al arte

El problema fundamental en torno al arte es la verdad. No la autenticidad de lo artístico, cuestión que adoba o irrita el juicio de todo crítico romántico del arte. No el genio y el talento, pues eso sólo es algo que juzgamos a partir de la obra o la producción. Nos cuesta trabajo pensar al arte no sólo como modo de producir, sino, sobre todo, como un modo en que las facultades sensitivas y el pensamiento muestran algo sobre el mundo: la mirada y posición del artista, así como el efecto en el que goza de las producciones. Sospecho que por ahí comienza el equívoco laberíntico que se forma cuando discutimos de arte a partir de lo que nos dejó la estética moderna: la autoridad del gusto y la exigencia de la “perfección”.
Eso quiere decir que, ante todo, el arte es algo que está en la obra, en tanto trabajo de un artista. El poeta, por ejemplo, no es como tal un vociferador del sentimiento. Su conocimiento de lo erótico, o de cualquier otra cosa, se ve en el modo en que puede hablar de ello. El arte de cantar y de rimar pueden, por ello, entenderse como muletas que requieren los poetas para consolidar el arte que depende de su palabra, no sólo de su sentimiento. El soneto II de Garcilaso nos enseña en una estrofa a ver, sentir, y entender algo sobre interesante sobre y el amor y el dominio al punto de una crueldad que se expresa en la certidumbre de ser apresado:

En fin a vuestras manos he venido,
do sé que he de morir tan apretado,
que aun aliviar con quejas mi cuidado,
como remedio, me es ya defendido;

El ingenio y dominio de la forma del soneto no es tal sin el sonido de la palabra unida al sentir del poeta. Es el arte de la palabra que entiende lo mejor de la palabra, valga la redundancia. La poesía en prosa, por supuesto, no está excluida, porque la prosa exquisita no deja de ser un arte que requiere tanto conocimiento de la palabra como sabiduría a expresar. Me atrevo a decir que no existen, en realidad, poetas que no sean sabios, en tanto que demuestran que su dominio de la palabra es algo que, bajo regla, va más allá del uso común. El lector enriquece no sólo su vocabulario o conocimiento del español, sino también sobre la desesperación amorosa, gracias a la imaginación y, por supuesto, al sentido.
La posibilidad de que haya distintas opiniones en torno al sentido de lo artístico, así como del significado del arte evidencia que el problema fundamental es la verdad, y no el individuo. El discurso de un artista puede ir acompañado de la defensa de sus convicciones personales por la misma razón. La historia del arte podrá decir lo que quiera en torno al cambio en las formas, y la crítica no pierde su importancia si reconocemos lo que digo.
No estoy seguro de que la pintura sea, por ejemplo, el arte de manipular el color. Porque, por más abstracto que pueda ser, el pintor tenía algo en mente a la hora de producir. No es sólo el discurso que ubica a la pintura como parte de una expresión, es lo que el pintor ve, y que está hasta en la técnica a la que requiere para pintar. Acomoda las figuras y recurre a los colores porque, ante todo, la pintura se trata de la visión, y la visión está orientada a imágenes y colores.
El San Jorge de Rubens nos muestra, ocupando gran parte del cuadro, al santo caballero montado en su caballo, con una mujer acompañada de un cordero que están siendo resguardados a su espalda, y al demonio grotesco siendo sometido con brutalidad; tanto el demonio como el caballero compiten en la dimensión que el pintor otorga a su imagen. La diestra del santo está pendiente y lista para soltar un fiero espadazo: la fuerza en el brazo es apreciable. La majestuosidad del caballo también. La mujer defendida, con ese animal mítico por su pureza, que limpia los pecados del mundo, es la parte más pequeña de la tríada, y está del lado del sector más iluminado del cuadro, pero a la sombra de su defensor. El arte del pintor no sólo está en la magnificencia del trazo o en su manejo del pincel, como en los sonetos el arte no sólo está en rimar, por más que en la métrica esté la clave para su nombre y elaboración. Esos trazos de Rubens están realizados para una escena que trata de aleccionar sobre el pecado. El dragón o la bestia sometida requiere de una fuerza como a que se esconde en el brazo pendiente. No vemos el momento de la muerte del dragón, sino el instante previo a que su cabeza sea cortada, para que veamos la fuerza que está a punto de ser transmitida a la espada, así como el aspecto del dragón antes de ser matado.
La verdad escapa al gusto. Por eso el arte no se divide fácilmente en una parte racional y en otra meramente estética. La técnica de la pintura requiere de la verdad en tanto que la imaginación está orientada a ella. No sólo sabe las proporciones de los cuerpos y de su lienzo, sino que incluso llega a ordenarlos para mostrar algo que él vio para otros ojos. El poeta, que no se dirige a los ojos, no sólo sabe de la combinación armónica de las palabras. Los distingue el sentido y el instrumento: la poesía vive de la palabra. Si no se habla de la verdad, el arte queda en la incomprensión. La mejor manera de mostrar nuestra incomprensión es manifestar que lo artístico se corrobora por el sentimiento que el inspirado produce en nosotros. Es una limitación absurda de la sensibilidad.

Tacitus

La resurrección como verdad

La resurrección como verdad

No sé si sea un equívoco. La medicina y todo conocimiento de lo natural nos obligan a dudar de que la cura de los leprosos y de los ciegos sea algo que pueda creerse sin caer en la ingenuidad. La reacción de la mayoría ante la palabra milagro, ante la lectura de un hecho milagroso es la perplejidad. De ahí que se considere como un salto a los poderes de lo natural. Una muestra de que la prueba de la religión no proviene de este mundo. Como la resurrección, el lector que quiere ser prudente se orilla a interpretar la palabra con un tono alegórico de lo que significa la misericordia. Como la resurrección, no las creemos más que como dogmatismo en torno al valor de la creencia o como expresión de lo hermético. Casi nunca se piensa que, por más hermético que pueda llegar a parecernos el caso del milagro, en verdad tenga que ser creído, como la resurrección, pues, como señala San Pablo, no existe el cristianismo sin la verdad de la resurrección.

Si se basa en la resurrección, el milagro como prueba es algo que prueba sus limitaciones para todo lector escéptico: el drama de Tomás. Los ojos no dan crédito a lo nunca antes visto. El escepticismo se perpetúa si creemos que eso es algo que todos hemos de ver alguna vez. No hay regreso de la muerte: la materia es corruptible. Ahí entra el dogmatismo en una pugna intelectual y de voluntades: las ideas modernas en torno a la inmortalidad del alma se contagian de orientalismo, maniqueísmo y nihilismo. Ninguna de esas sirve para abordar la fe, por lo que ninguna de ellas sirve para hablar sensatamente de la resurrección: en el fondo se considera como una convicción personal. Eso no es religión. Renuncia a la razón a la que apela el apóstol cuando intercede por la resurrección como pilar para la existencia y verdad del cristianismo. Se trata, en el mejor de los casos, de la fe de la que hablaba Tolstói al confesársele a su lector, partícipe de la queja en medio del silencio.

Como alegoría producto del hermetismo evangélico es sólo una hipótesis de un prejuicio hermenéutico. No es problema del hermetismo, sino del lector que sitúa al cristianismo como un problema que, en su mayor parte, es hermenéutico, cuando la hermenéutica necesaria para el Evangelio no separa de manera moderna los actos del lógos como verbo, vistos en la encarnación y en la Trinidad. La labor de una exégesis es aclarar pedagógicamente el sentido que al descuido escapa, sin trivializar la educación, y eso no es posible confiando únicamente en la hermenéutica moderna. San Pablo se hizo todo para todos.

La importancia tan crucial de la resurrección no está en el poder terreno de Cristo. Si así fuera, el amor sería una contradicción para el dogma. La resurrección es crucial porque la cruz y el sacrificio lo son. El cristianismo no puede ser eutanasia para la felicidad. Por eso lo crucial en el cristianismo no es creer y callar. Lo crucial no es que la resurrección se convierta en última prueba de una verdad que en vida fue un fracaso. Así lo milagroso es, otra vez, recurso último de la desesperación ante la necesidad de la mentira. Pero el apóstol también enseñó que, para los que no creen, es el evangelio una necedad completa, como también lo ha de ser la resurrección.

Tacitus

El abrazo del fin

El abrazo del fin

El amor, lo dice la literatura, tiene pacto con la muerte. Pero también sirve a la verdad y se convierte en espada que corta el aire de las circunstancias por medio del ingenio. El destino disuelve al amor en pos de lo inevitable: amar es una sonrisa fugaz y dulce, pero vana y terrible. La tragedia habla de los peligros del deseo: nos consume en el roce, nos queda sólo el saber de lo irrevocable. La tragedia de lo romántico: caminamos sin venda alguna hacia la muerte, movidos y tironeados por lo bello. La felicidad es el invento moderno más burgués en torno a la pasión. El laberíntico trazo del amor propio, azote del deseo.

El ingenio vencedor no puede ser tema de la tragedia, porque para ella no habrá ingenio que valga ante el risco de la prohibición. El amante dispuesto a morir puede fingir su muerte a los ojos de todos. Muestra el ingenio no sólo el deseo de placer, porque, como insinuaba Sócrates en su palinodia ante Fedro, no existe tal cosa si no se está en presencia del que se ama. La muerte tiene más de una cara. Por eso los materialistas se ufanan de haber anestesiado el miedo que a todos persigue ante el fin. Nadie puede burlarla, pero sí jugar con ella. El temerario se burla, el valiente no le huye pero tampoco la persigue. El ingenio sirve al amor con calidez, mostrando que el deseo es imposible sin la inteligencia. La comedia prefiere al ingenio vencedor porque nada como éste para mostrar el espejo en que lo risible y lo absurdo se funden. El ingenio de los amantes vence en roces con la muerte, burlando al mentecato. Dos lenguas hermanas del fuego que se enciende en el amar.

Si el amor se enciende por lo bello, también vive por lo bueno. Tal vez por eso se ha dicho por mucho tiempo que pocos pasos hay del amor al odio. La pasión es voluble en la mayor parte de sus manifestaciones. ¿Cómo puede haber amor a la verdad o a Dios si el amor surge en este mundo de pasiones y carne? Creo que la pregunta es errónea en general. Porque el deseo de lo mejor no es ajeno al mundo, pero sí distinto de lo común. Ni ese amor a la verdad está libre de que se hable de ese pacto con la muerte. Podría ser que el sacrificio fuera interpretado así en el caso de la cruz. La pasión es muestra de la vida en la carne, sacrificio que elevó el sentido de lo vivo.

¿Será que el sentido de los mejores amores es siempre trágico en algún sentido? La tragedia cristiana limpia del paganismo del destino. La muerte no es el destino necesario del saber, además de que la verdad es un placer para el que la muerte no es tragedia necesaria. No es epicureísmo, es amor; esa es diferencia que vale la pena señalar. Sobre todo en tiempos en que el ateísmo y la ignorancia dejan de ser problemas a pensar. No, el ateísmo no es un problema meramente moral. He ahí nuestro conflicto. El toque de la muerte que no es romántico enseña que la pasión puede ser martirio en un sentido diferente al estallido de una tensión. El amor no se puede entender con la medida del fracaso.

 

 

Tacitus