La vida y muerte en el dolor

La vida y muerte en el dolor

No hay manera de tasar el peso del dolor, porque los dolores no se pueden contar. Se expresan de otro modo, como todas las sensaciones y las emociones. La manera más inmediata es apenas una palabra (¡ay!), como las risas fugaces de la jactancia. El brazo helado de la muerte que vemos en un cadáver nos deja silenciosos, aunque la muerte llegue en un momento en el que no nos sorprenda ni acongoje. Como que frente al fin de ese pasaje que es la vida no hay más que decir. Incluso los dolores profundos no hallan otro vehículo que el silencio. Quien habla mucho de él parece actuarlo, fingirlo, como Sancho Panza cuando se queja del dolor que los varapalos imprimieron en sus espaldas, azotándolo debido a su asnal impertinencia.

La comparación de los dolores no se puede comprobar, sino a lo mucho comprender. La madre que pierde a un hijo puede llegar a percibir a quien ha perdido a su mujer o a su esposo. Podemos comprender a quien se queja del piquete de una abeja, aunque el dolor no sea actual. Tal vez por esas dificultades en la comprensión de lo que no vemos con los ojos es que nos es más complicado aceptar el dolor de alguien más. Nos incomoda porque es algo que nos pide una atención que no sabemos dar. Más aún: hay algo moral en los dolores que, incluso en las graves enfermedades, piden algo de nuestro corazón que podríamos no saber dar. Que moralmente no estemos orientados para escuchar gritos de dolor a través de un par de ojos vidriosos. Podemos ver y comprender a medias también, pero ignorar. No es una falta de la expresión del dolor, es una incapacidad del ojo. Puede ser una fractura en el lenguaje, en el sentido en que él nos ayuda moralmente a comprender incluso en su ausencia.

No existe la incapacidad del lenguaje por naturaleza, a menos que comprendamos por incapacidad algo que esté dentro del mismo lenguaje y que lo haga complejo. El diálogo lo muestra: el desacuerdo existe entre sujetos que ven y creen hablar del mismo mundo. La incapacidad para el diálogo sería también una falta moral. No escuchamos porque no lo deseamos, porque no estamos dispuestos incluso a hacerlo. No somos sordos. La sordera o es una privación que viene con el nacimiento o, como la de Beethoven, se adquiere por una problema del órgano. Y el hombre no es sordo por naturaleza, pues entonces no podría llamársele privación. ¿No podría ser que hay corrupciones o decadencias del alma que no sea nada más la de la decadencia orgánica de la vida? No corrupciones que hablen históricamente de detrimentos históricos en la plástica y artística del espíritu. No hay originales en el caso del hombre. La esencia no es eso, en todo caso. La corrupción moral es también política porque la ciudad mantiene la buena vida de sus ciudadanos. Cuando la buena vida está en el dinero, la bestialidad aflora en la consciencia. Las tiranías modernas están sostenidas en una nueva esclavitud. La corrupción moral nos muestra esclavos.

La sordera moral para el dolor es ceguera para el mal. No es que no lo veamos del todo, es que nos venda la vista. Nos incapacita ante lo próximo. Por eso la esclavitud es habitante de esa sordera. No hay manera, por eso, de salir de la corrupción por medio de la felicidad individual. El dolor de los demás, de las víctimas nos seguirá imprecando, recordándonos el autoengaño y el sentido del arrepentimiento contra la ignorancia. La degradación no se entiende sin lo mejor. Lo mejor que perdimos, que no tenemos. No lo que no podemos tener. Tal vez por ello nuestra incapacidad es también parte del daño que un mal hace. Mal que no es enfermedad. Para el mal moral no hay cura, ni destino cierto, porque no se trata de medicarse o de esperar la muerte por causas ya sabidas. Nada es irreversible de manera total.

Tacitus

Memoria de la sangre

Memoria de la sangre

Ante la violencia siempre cunde el horror. La violencia es palpitación de la tragedia. Deja heridas para toda la vida en el alma de un hombre y, sobre todo, abre heridas en la vida de una comunidad. Para la comunidad es importante abrir los ojos ante la tragedia, sentir su herida y abrir el corazón para que no sea el miedo lo que la domine. Una manera de la valentía es conmover. Poner juntos la otra mejilla para mostrar que enfrentamos las injusticias y que podemos pensarnos el uno al otro y sentir el dolor que se expande en la carne que es nuestro ser aunque no sea inmediato como el de una herida superficial. La violencia nos deja en conmoción y dicha conmoción se muestra en el silencio que puede resguardarse como olvido. Probablemente es por ello que se piensa el hecho violento de manera desconcertante. No sirve el repudio si no se ve la equivocación. No sirve la justicia con el odio, y no está claro que sea así la máxima justicia. Es inútil la política cuando no se aspira a dialogar en torno a la fuerza, sino sólo a ejercerla o a temerla.

¿Qué es la caridad, sino la gracia de ser amoroso? La paz que es movimiento incesante, porque es una llama encendida que no se apaga, cuya fuente mira mejor que la verdad no se encuentra de un vistazo, y que sabe que los ojos nos pueden engañar. Virtud que se muestra no en la debilidad sino en la fortaleza de la mansedumbre. Virtud que no abandona por ser gracia al otro sólo para sí mismo o para lo que pueda ser Dios. Virtud por la que vemos que Él es amor, como dejó dicho La Palabra. La gracia no es silencio de Dios para los demás. La gracia nos permite entender la diferencia entre Dios y los hombres, al mismo tiempo ver esa semejanza impresa en el hombre.

La comprensión de la violencia a través de la caridad pide que la gracia de la palabra sea carne, como en el evangelio. Se pone la otra mejilla como manera de dicha comprensión. Los muertos y los olvidados nos orillan a notar que el mal no ha de pasar desapercibido. Es relativamente falso que el problema no se sufra cuando no toca la carne propia. El sufrimiento está en la sensación de desamparo: la presencia de la fuerza a ojos y manos de todos, en la pérdida que es pérdida común. Pérdida que se abre con el sentido del prójimo. Lágrimas de la frustración que enseñan que la violencia nos mete en un valle insondable, del que no hemos de salir hasta que podamos vernos a las caras sin lamernos las heridas; hasta entender que el mal orilla a preguntarnos por la posibilidad del bien en el momento en que sentimos se nos ha arrebatado casi todo, menos lo que permite las lamentaciones de la dignidad.

La confusión nos hace pensar que la violencia es ejercicio exclusivo del poder. A diferencia de la guerra, la sangre se bate sobre la tierra sin más justificación que la ciega idea de vivir a toda costa. No es sólo sobrevivir. La pobreza enseña que la dignidad no es lo mismo que la supervivencia. Es el problema del mal: nos lleva a curiosear en él como una extrañeza ajena a la vida cómoda, al punto que nos parece un reproche. No hay que buscar la retórica adecuada para la sanación (superación personal). Hay que abrir los ojos en la esperanza. ¿Cómo es esto posible, si la esperanza es una gracia en la noche, en la oscuridad, sin saber qué hay delante? Nunca sabemos que hay delante, sólo vemos el día que tenemos por vivir. La palabra requiere ser razón que pueda convivir en la miseria sin anular el mal; la razón que hace manifiesto que Dios no es silencioso. Anular el mal es optimismo moderno. La esperanza es vivir por la salvación. La esperanza muestra a la carne en su perentoriedad y al hombre en su eternidad.

Quizá el mayor enemigo de la fe sea la disgregación, pues la presencia divina busca al menos a dos almas que puedan ser recinto de la oración y del deseo de lo mejor. Mejorarnos es mejorarse. Mejorarse es, tal cual, buscar ser mejor. Ser mejor es posible porque la ontología en el caso del hombre le muestra que su animalidad es única. La fe no puede mantenerse en la fortaleza de la congregación aún en el mundo moderno. La violencia es en la superficie el grito más fuerte en contra de la validez de ser fiel. Nos parece que hacen falta acciones, pragmatismo de verdad. Que la fe no es más que ingenuidad ante la crueldad. Pero la crueldad está al centro de la fe. La injusticia que la envidia, el poder y el pecado provocan para ser sufrida hasta sus últimas consecuencias; todo aquello de lo que se aprovecha el mesianismo que nuestro país sufre y ha de sufrir todavía. La fe pide que veamos en la crueldad y la fuerza no la verdad natural, sino la sombra de la falsedad, del yerro, y en esa falsedad algo para perdonar. La cruz muestra que la muerte no es claudicación. Nos abre la fe una posibilidad de no quedarse en la ausencia de razones ante lo violento. El perdón exige sondear la causa, no pensar en la violencia que no tiene rostro. Que el mal no nos burle con sus trazas.

Tacitus

El hombre privado

El hombre privado

El matrimonio es una elección, no una exigencia de la necesidad. La familia es una región de la libertad. No es política, porque las decisiones de los padres para mantener su hogar o, sobre todo, para decidir lo que en ella gobierna dependen de una deliberación en torno a los integrantes de ella. Por eso gobernar no es lo mismo que ser un padre. Los hijos y la mujer no son esclavos. Los griegos lo distinguían, aunque todo mundo se queje de que eran una bola de primitivos que no diferenciaban a su mujer de sus esclavos. Mandar a los esclavos tampoco era parte de la política. Se manda a los ciudadanos de un régimen. La teoría de los valores mantiene la simplicidad de que la familia es la base de la sociedad en tanto es el núcleo educador. Esa idea empobrece nuestras convicciones sobre la educación y nos vela la vista ante la verdad sobre la libertad. Por eso nos confunde en torno a la importancia de la familia ante lo político.

Modernamente, se cree que la política se cambia o construye desde su raíz. La libertad del hogar debe inclinarse a cincelar moralmente al ciudadano para que respete y obedezca a sus padres. Pero esa no es necesariamente libertad. Los ciudadanos deciden que hacer en su casa, pero para la virtud es necesaria la política. Por eso la educación familiar no evita el problema del mal. La libertad que funda a la familia es la de la decisión que tiene todo juicio humano sobre la manera en que ha de vivir, lo mismo para decidir sobre su trabajo como sobre las dimensiones de su casa. La libertad política se ejerce en la acción. Por eso la virtud es visible y juzgable. Entiendo que por ello puede problematizarse sobre lo hereditario de la virtud como sabiduría para la acción.

¿No es verdaderamente problemático que la política y la virtud estén asociadas de tal modo? La solvencia familiar, el bienestar económico no hacen hombres justos, sólo hombres menos necesitados. De la misma manera, la política no funciona cuando sabemos ser buenos orquestadores de lo privado. La prudencia no es lo mismo que la obediencia o la responsabilidad. Los buenos ciudadanos no siempre son buenos hombres. Por eso no puede haber virtud cuando queremos que la libertad sea sólo la medida de las posibilidades que nuestros deseos abren ante nuestros ojos. El mal nos enseña más allá del valor. La piedad sabe que la ética, como saber, es sólo el primer paso en el camino hacia lo mejor. Orígenes decía que el saber práctico era sólo un primer peldaño en el saber divino. No hay mejores hombres mientras la política no sea ese modo de ser mejor. La injusticia no siempre vive en las demostraciones arbitrarias de poder.

Tacitus

Política y necesidad

Política y necesidad

La política es engañosa por parecer sencilla, proclive a una dialéctica posible de resumir para la insensibilidad o la revolución (los malos contra los buenos). La diferencia entre los ricos y los pobres no es la base de lo político, pero sí un ingrediente de ello. La injusticia parece fácil de sentir, sobre todo cuando se nos presenta como opresión. Pero la realidad política siempre escapa al primer vistazo. Todos requerimos de una opinión ante ella, quizá porque sabemos que, a pesar de nuestros vicios, aspiramos a ella; la democracia es el ejercicio propiamente político de esa aspiración. No pide hacer políticos de todos, pero sí requiere que la diferencia de opinión nos lleve más allá de la necesidad y el deseo personal.

La situación política no evita las interpretaciones. Por ellas, puede que la experiencia y entendimiento de la política se imposibilite, se empobrezca. Lo simple de una doctrina puede llevar a fracturas irreconciliables, con apariencia de salud: lo sabemos muy bien. El intento por el cambio nos agarra de noche cuando intentamos pensar dicho cambio de manera ordenada. Nos agarra de noche en nuestro intento por rescatarnos políticamente. Nos agarra de noche al pensar que a un país debe unirlo el azote de las necesidades y no el espíritu de diálogo. ¿No es vital para la política que la razón pueda condolerse? ¿En las aspiraciones naturales no es lo mejor la virtud? ¿No es un signo de lo engañoso de la política que el silencio nos hunda cuando no se ha querido ver la verdadera herida?

El estoicismo moderno acaba con la libertad. También el error de confundir el bienestar de la casa con el puente de la comunidad. Ambas son semejantes. La revolución no es la libertad, porque, aunque no se acepte, la revolución no es necesariamente política (como nos consta). Aniquilación de la política es decir que existen situaciones que requieren de la fuerza, porque nos hacen creer que eso es algo evidente, lo cual es falso. Ahí se involucran, sin saberlo, nuestras convicciones sobre nuestra naturaleza: lo que nos separa y une sin remedio. No puede haber discusión política, ya lo sabemos, en que lo bueno no sea protagonista. La política aspira a mejorar al hombre y de su mejoría se alimenta. En donde no hay ciudad, no hay virtuosos: los nómadas salvajes podían sobrevivir en agrupaciones fuertes, pero no políticas.

No es una lucha contra la necesidad. La política está en el hombre del mismo modo que sus necesidades. Pero la naturaleza humana no opera como la de otros animales. No hay manera en que la política se ilumine por sí sola; para eso sirve, por ejemplo, la retórica, que mueve a las causas o las malogra. Del mismo modo, no hay manera en que el hombre pueda resolver por sí solo el problema político. Las ciudades se trazan en límites hechos por conciudadanos que aprovechan su geografía. No las hace el tamaño, ni la distribución de sus calles, ni su comercio. Por eso ante la violencia la impotencia es una rabia dolorosa: rabia que no es pasividad, sino actividad política. Rabia que puede llevar a conmovernos, si abrimos el corazón. Pero, a veces, a la ciudad se le confunde con el ruido que le es propio, y se vive como parte de ese ruido. Reducimos el diálogo a nuestra propia dialéctica, intérpretes de nuestra situación más elemental. No vemos que ese no es sino apenas un requisito de la libertad. Me parece que la valentía puede existir en tiempos que no requieren la guerra.

Tacitus

Sobre la importancia del fin

Sobre la importancia del fin

Nunca me ha quedado claro si todo mundo celebra lo mismo cuando está al filo de terminar un año. Mi experiencia es que entre los buenos deseos y las palabras solemnes uno parece ver que los rostros se esfuerzan por mantener la teatralidad que exige el optimismo de una nueva oportunidad, pero que nadie habla de lo que esconde la consciencia. Evidentemente, las reuniones no están hechas para eso, y tal vez por ello la familiaridad termina siendo un fantasma que se esfuma con el aliento de nuestras miradas y desencuentros. El año nuevo se celebra, creo, con una sensación de liberación fingida que la navidad no nos permite. ¿Por qué el fin de año merece que nos reunamos a hacer cuentas morales en nuestro fuero interno e inspira a la cordialidad que no nos inspira el simple hecho de despertar cada día? Cada noche es fin del mundo; el pretexto para que la vida no tenga apartados de naufragio ante la disolución de las coincidencias por la separación natural de todo ser distinto, sea familiar o no.

No hablo de mejorar nuestra dosis de optimismo. Hablo de quitarle al influjo del tiempo el aspecto de ciclo. De que el refugio de los buenos deseos no nos permita yacer tranquilos ante el silencio divino. En el fondo, uno celebra los logros, pide deseos y, tal vez, reconoce sus fracasos como obra propia. Nadie apela a nada que no sea su propio ser. Nos reconocemos obras de nuestra propia voluntad. Por eso digo que no estoy seguro de que todo mundo en verdad se reúna a celebrar por los mismos motivos. El ritual puede variar, pero nadie percibe que el festejo de lo importante se nos pasa desapercibido. Contradicción extraña: ¿celebramos porque la vida vale tanto, o porque no vale en verdad como quisiéramos?

Podría ser en verdad que el tiempo desperdiciado pasase sin que lo percibamos. Que lo fútil se vista de sagrado en nuestras celebraciones. Insisto en el carácter fútil: la importancia de la vida no está en su renovación, sino en existir como existe, desde siempre. Está sólo en ser, en la gloria con que fue creada. Y el hombre, aunque no lo notemos, mantiene en sí un misterio sobre ser: que en él esa palabra es lo más complejo. Ser no es vivir únicamente. Mejor dicho, la vida puede mejorar o empeorar. Por eso es un milagro puede estar ahí cada que se abren los ojos, y puede también ser atrapado por la inteligencia. Tan basto es el mundo y el hombre que busca conocerse. La importancia del tiempo natural no se compara con la eternidad. Y por lo que hemos sido llamados no es por el paso del tiempo. Bajo el sol no hay nada nuevo, y nuestro gran error es ver en esa verdad un pretexto para el tedio que permite celebrar sin más un año más de vida.

Tacitus

Práctica del habla

Práctica del habla

El lenguaje no es espontáneo, pero sí aprendido. Las posibilidades naturales no pueden ser espontáneas, pero sí impedidas. Los salvajes no desarrollan una lengua, pero eso no impide que puedan aprenderla. No saben nombrar, pero pueden hacerlo. ¿De dónde proviene la palabra? Lo más común es aceptar que en él reside el vínculo con el mundo: uno conoce las cosas que puede nombrar. El drama de la teología estaría en buscar el lógos de algo irreconocible, que no puede formar parte del mundo. En todo caso, eso no resuelve el problema. Nos dice lo obvio: reconocemos las cosas de las que hablamos. La mentira es posible por lo mismo. Ahí se acaba.

¿La poesía es canto que enriquece nuestro conocimiento de la lengua, o todo conocimiento de la lengua no se puede realizar siendo solamente un conocimiento de la combinación de palabras y cosas? Dicen que la experiencia común del amor puede agotarse en las canciones populares. No lo sé. Hay canciones distintas que hablan de lo mismo, y por eso son muy diferentes. Ninguna lectura es idéntica, ni siquiera las que involucran emociones que se llaman triviales. No queremos verlo, pero el hombre común puede crecer memorizando canciones que nadie querría aceptar como poéticas, pero que, evidentemente, lo son, aunque puedan ser malas. Su sentir coincide con lo que el autor pensó, o simplemente le produce un placer que le permite moverse con ella. La poesía es posible por esas esferas menores. Hasta que no nos atrevemos a leerla, nos perdemos de mucho. No aprendemos, a través de ella, modos de usar palabras, o no únicamente.

Si la poesía no interesa, si decimos no entenderla, eso no quiere decir que esté hecha únicamente para los mejores entendimientos. Sólo quiere decir que no nos gusta leerla. Tal vez por ello hay poesía que, siendo primerizos, nos interesa más, como las declamaciones románticas. O las amamos por intensas y bellas o las encontramos dignas de olvido por ser exageradas. Dos polos de la experiencia del amor que, no obstante, en cada lector tiene su matiz. Por eso la lectura, como la escritura, es productiva. Sin darse cuenta, el lector se condujo entre el rechazo o la asimilación de algo que pudo ser meramente descriptivo o flamígero y, en ambos casos, reconocerse de algún modo. Por ello las experiencias más cercanas con la poesía son las canciones y los cantos populares.

Eso no sirve para toda la poesía que, fuera de la romántica, nos muestra la limitación tanto de nuestro lenguaje como de nuestro cuidado como lectores. Creo que nuestra limitación está sólo en el desinterés, y que el desinterés surge de que nuestros acercamientos a la práctica no van más allá de lo inmediato. No accedemos a la poesía porque sea imposible. No podemos decir que la poesía esté a niveles inalcanzables porque nos rodea aunque no lo sepamos. Esa idea, la de los altos niveles es perjudicial en estos casos. Apreciar la perfección en el uso de la palabra no puede separarse de la posibilidad de apropiársela. Que esa perfección nos enseñe, incluso, a hablar sobre nosotros en relación con lo que leemos.

No creo que el lenguaje se agote con la experiencia romántica. La mejor poesía no necesariamente es la más apasionada. Otra idea perjudicial: lo valioso de la expresión está en lo expresado de manera personal. Perjudica a la práctica de la lectura y la escritura en tanto nos permite pensar que leer es un acto de formación o perversión que influye directamente en la maleabilidad de la imaginación. Pero la rusticidad está llena de perversiones por igual. Perjudica la escritura en tanto nos educamos en una lengua que, por más apasionada y fina que pueda llegar a ser, se nos pierde el valor que tiene para la verdad en su práctica: escribir es valioso porque se puede ser leído, y porque hay descubrimientos que sólo se realizan en ese ejercicio, como la prosa inmejorable. En la escritura hay algo que en el silencio no puede habitar. Hasta el soliloquio se vuelve género habitable, escribible. No es un trabajo de reificación. Es un esfuerzo que es espejo, pozo infinito, arte pulidora, ejercicio de la sensación, práctica de muerte. Algo se alcanza que no está en el mundo, porque nunca lo hablamos igual, por más que podamos rastrear un pensamiento en toda una obra.

Tacitus

La musa común

La musa común

El hombre es el único animal práctico. No sólo porque sea político, que eso es fácil de ver, mas no de tomar en su justa dimensión. La práctica lo acompaña desde el nivel más básico de su existencia: la necesidad nunca es ciega para él. No hace casas ni habita cuevas para protegerse de la lluvia únicamente, de otro modo no habría motivo suficiente para dejar de ser nómadas. Persiguió y domó animales como parte del reino de lo práctico; los animales son depredadores, el hombre muestra algo único en su depredación, como la caza con extensiones del ingenio, producciones que los animales no tienen, puesto que todas sus argucias caben dentro de lo que se reconoce como “adaptación”. El hombre no se “adaptó”: desde el principio se supo distinto del animal y de su entorno, hizo circunstancias para poder habitar el mundo, como en las cuevas.

La conversación es parte de la práctica. La cultura también. Si lo teórico nombra sólo aquello que informa lo que hacemos, la separación es falaz. Lo teórico alude a la teoría en tanto actividad contemplativa, no sólo a la formulación de hipótesis. Las cosas de este mundo que se dicen teóricas son aquellas que nos dedicamos a conocer porque no las producimos, de ahí que la verdad sea fundamental para sostener la posibilidad de teorizar, no sólo de conjeturar metódicamente. Pero eso no implica una división entre ambas palabras que vaya más allá del ejercicio de nuestras facultades y de la naturaleza de las cosas. Las cosas más dignas de saberse no son ajenas al mundo en tanto que este mundo posibilita que nosotros las busquemos y configuremos. El deseo de saber es natural, y esto hay que entenderlo no sólo en el caso de la curiosidad inflamable, sino en el hecho de que, incluso en los casos más desapercibidos, saber es fundamental. Decir que hay hombres que no sirven para saber empobrece claramente la practicidad: la conversación es inútil por cualquier camino, pero el conocimiento de lo práctico requiere de que los caminos vayan abriéndose conforme uno realiza los encuentros. De otro modo la libertad por el saber es imposible.

Es cierto que lo práctico pueden ser los negocios, pero también la poesía. Son parte de la práctica no sólo como expresiones, sino como trabajos y actividades. Claro que la poesía apela a que la práctica no se radicalice para entender lo práctico como aquello que nos permite alcanzar nuestros fines. La poesía es un mal negocio, sólo que también es uno excelente. No se vive de ella, pero si por ella. Hace la vida mejor para quien ha visto que la práctica involucra aquello que el poeta profiere. Por ello puede presentarse popularmente y exclusivamente. Lo práctico es distinto de lo fácil. Podrá ser que el vientre no esté hecho para alimentarse de palabras y emociones, pero la vida no depende del vientre, si vemos que la vida está sustentada en algo más. Ese algo más puede verse hasta en la versión más corriente de lo práctico: nadie desea hacerse rico para satisfacer sus necesidades más elementales.

Por ello las obras de arte y la poesía pueden ser parte del progreso. El beneficio radica simplemente en que aportan al hombre libertad. El fonógrafo hizo posible reproducir en casa las obras maestras; una sola obra de Shakespeare abrió un mundo ante nuestros ojos. Nos dejan ver lo humano de lo que él percibió y gracias a él podemos vivir sabiéndolo, encontrarnos y recrearnos en esa obra, efecto que tiene todo escritor consagrado como clásico. Nos recreamos en el sentido de que descubrimos algo nuevo ahí, en algo que está ante nuestros ojos, ausente y presente por nuestra inteligencia y la del autor. Recrearse es, literalmente, volverse a crear. La práctica es creadora, y la lectura es práctica. La lengua escrita es un progreso: deja que hasta lo popular quede latente: coplas, rimas del ingenio que captan la iluminación de situaciones compartibles. Eso, como las armas y la pintura rupestre, no es mera adaptación. Eso es parte de la practicidad de la vida humana.

Tacitus