Naturaleza

Cuando regresamos del exilio, la ciudad estaba cubierta por completo de tela de araña. Las autoras de semejante puntada se habían ido a devorar el azúcar del siguiente pueblo tal y como lo habían hecho con el nuestro. Nadie salió herido en esta ocasión, excepto nuestras mascotas que ahora yacían inmóviles, secas envueltas en la fina resaca de un mórbido bacanal. Tal vez no lo crean quienes no han vivido una experiencia semejante, pero la última vez que nos invadieron, perdimos más de cien hombres tan solo en la limpieza de la ciudad. El tejido es tan fino que sería invisible si no abundara como lo hace ahora, recubriendo cada centímetro del terreno habitable. Hemos aprendido la lección. Esta vez no estamos dispuestos a que alguien muera asfixiado por esa maldita tela. Esta vez, le prenderemos fuego, es la única manera de asegurarse que no quedarán huevecillos otra vez.

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Bolsón

Encontraron a Mariana muerta en el canal. El informe policíaco decía que había sido asaltada por un bandido después de salir de bañarse en el arroyo. Su sostén estaba roto y sus ropas desgarradas, aunque los forenses no reportaron que tuviera indicios de un ataque sexual, según su juicio, luchó con el asaltante para defender su vida. La muerte llegó apresurada a rescatarla cuando su cabeza chocó con furia contra el suelo. Las manchas de sangre muestran que fue arrastrada y lanzada a la corriente con la esperanza de esconder el cuerpo del delito. el crimen se dio por cerrado, aunque dejaron un cabo suelto: nadie sabe qué hacía allí un saco con diez mil monedas de un peso (la policía las contó para su reporte). No se sabe si pertenecían a la difunta o al asaltante, De hecho, el talego sigue allí, si quieres podemos ir a verlo. A todos (incluida la policía) nos ha dado pereza llevárnoslo a casa.

Ingenuidad

Las trompetas de los ángeles eran estruendosas como una ola navegando sobre la ciudad de Tokio. Se escuchaban por igual sin importar en qué parte del globo terrestre estuvieras parado, y sin importar la religión o el idioma que profesases, te enterabas de que había llegado el fin del Mundo.

De verdad intenté no reírme de los que asustados comenzaron a cavar fosas en la tierra tan grandes que pudieran albergar a ellos y a sus familias el resto del tiempo. No los compadezco, cada quién se las apañó como pudo, después de todo no había un manual o un video de Youtube que explicara las normas de etiqueta que debían seguirse en un día tan especial.

Está de más decir que nadie lo esperaba, y que durante los últimos dieciséis años el mundo se ha desquiciado por completo mientras esperan que dejen de sonar las fanfarrias angelicales. Pero yo no, yo hice lo único que mi razón me dictó (al igual que a muchos otros). En cuanto escuché el llanto del metal divino resonar por los cielos, tome a la fuerza una pistola y balas, muchas de ellas.

Madrugada

José llegó muy tarde y muy enojado a trabajar hoy. Dice que no fue su culpa. La historia que le contó al jefe fue que se levantó de madrugada como todos los días, pero en esta ocasión, las puertas de la casa estaban abiertas. Él, pensando lo peor, recorrió toda su casa buscando a algún ladrón o un objeto de valor que hiciera falta. Todo estaba en su lugar, con excepción de su madre que había desaparecido. La viejecita fue encontrada un par de horas después, dentro de la casa del alcalde, quien había reportado que un intruso estaba en su patio, cerca del gallinero. Según dijo, José,  un tanto apenado, su señora madre, fue hallada cantándole las mañanitas al gallo del funcionario público. ¿Que por qué hizo eso? ¡Pues quién sabe!

Mala Vida

Pues, parece que es cierto lo que me dijeron: si cavaba un hoyo de unos tres metros de profundidad y me escondía allí, la Muerte jamás me encontraría. El problema es que con dieciséis días aquí enterrado, comienzo a pensar que ésta tampoco es vida.

Antojo

Hay cosas que simplemente no se llevan, aunque muchas veces es difícil aceptarlo; por ejemplo, los cacahuates y el chicle, el cereal con caldo de pollo. Sí, es cierto desde que el hombre comenzó a habitar la luna, todas las combinaciones que pudiera uno imaginar, venían en el empaque que las sopas “instantáneas” habían puesto de moda. Claro, solo que ahora en vez de ir al súper mercado y traerte un bote de chicharrón con helado de pistache, te acercabas a cualquier máquina expendedora de comida que quisieras, para comandarle que te dé la combinación de hasta cuatro ingredientes sin cargo extra. Claro, siempre era posible optar (cosa que acostumbraban los paladares temerarios) por pedir una combinación al azar, que podía traer combinaciones deliciosas como carne de conejo en salsa de zarzamora o podía traer cosas como riñones de jirafa al carbón.

Eso sí, no crean que porque había esta facilidad de tener cualquier platillo en cuestión de segundos, la gente había dejado de cocinar. Al contrario, la “artesanía gourmet”, pomposo nombre que se le dio a la manera de cocinar en estufa u horno; era una práctica todavía muy común en todos lados, incluso en las órbitas sublunares que no eran otra cosa que las vías  de comercio entre la luna y la tierra. Bueno, juro que me cansé de hacerle analogías, y de mostrarle a mi mujer por qué no era posible lo que tanto me pidió. Como podrá ver, usté, mi intento falló. Y gracias a un berrinche de mi alma gemela, ahora estoy vendiendo esquites preparados en el espacio.

Mala suerte

— Véndame dos gramos de mala suerte, por favor.

— ¡Híjole, se la debo, se me acaba de terminar!