Fiesta

La alegría reinaba en toda la comunidad, el regalo que había traído Prometeo, había resultado mucho más provechoso para celebrar que para otra cosa. Sí, es cierto que la primera intención del Dios fue alejar a los animales salvajes de la ciudad, dar luz por las noches y ahuyentar el frío de los cuerpos de los hombres. Sin embargo, las lanzas, la luna y las pieles hacían un mejor trabajo a la hora de satisfacer estas necesidades. Cuando el Dios llegó, los hombres quisieron celebrar, y comer como nunca antes lo habían hecho, y lo lograron.

Noche Tibia

Sus pupilas se dilataron al instante. Ambos eran el uno para el otro, y a su vez eran dos completos desconocidos en una fiesta sin reglas. Él se acercó sin quitarle la vista de encima, recorriendo suave y discretamente el bien delineado cuerpo que se escondía debajo de un atrevido vestido de noche negro. Ella, disimuló la mirada a la vez que una sonrisa le indicaba al galán que no se detuviera sin importar que algún comensal los descubriera. Ninguno de los dos dijo nada, simplemente dejaron que sus cuerpos extraños se fundieran en el más familiar de los abrazos. La respiración se agitó, cada uno perdido en la mirada del otro se entregaron en un beso profundo, auténtico y fogoso, de esos que los dioses envidian cuando los ven. El mundo desapareció para los amantes, y sin importar que se encontraban en una reunión de alta alcurnia, dejaron que la naturaleza los guiara por los caminos prohibidos del pecado. Las caricias fueron celestiales, los besos deliciosos. El encuentro fue un sueño del que nadie hubiera querido despertar; sin embargo, ella lo hizo.

Silencios

¿Cómo pensar que sería posible ahogarse donde uno encuentra aire en demasía? Aire mudo, aire sordo y perezoso como borracho un domingo en la madrugada. Tanto viento rodeándolo, viento y nada más. Viento estático, pesado como dos toneladas de hielo polar. Viento que no se mueve, no transmite y no calienta. Así es el lugar donde se encuentra prisionero un hombre o dios, ya ni él mismo puede recordar, que otrora fue el altruista número uno de la humanidad. Eso es verdad, tan verdadero como que el sol ilumina la tierra, eso es verdad y el perezoso aire se niega a contarlo.

Desvelo

Un par de veces antes lo había experimentado. La primera de ellas, fue en el momento de cumplir treinta horas consecutivas sin dormir. Los oídos se le inundaban de un violento tifón de sonidos fantasmas, creados por su cansado cuerpo. En la segunda, los hombrecillos danzantes vestidos de rojo, venían acompañados de varios olores peculiares. Claro, con setenta horas sin dormir, era de esperarse semejante espectáculo. Esta última vez, Emanuel estaba desesperado, gritaba, corría y se estrellaba contra las paredes de su habitación. Hacía todo lo que su torcida mente le dictaba para mantener la cordura. Sí, esta vez llevó su experimento mucho más allá, lo extraño del asunto fue que durante las doscientas dieciséis horas de vigilia que cargaba sobre sus flacuchos párpados, no había tenido la más mínima distorsión de la realidad. No había alucinaciones de ningún tipo, y eso lo sacaba de sus cabales.

Derecho Natural

Con las manos sucias de sangre y la vista perdida en el cuerpo mutilado de lo que fue alguna vez la esposa del alcalde, mantuvo la certeza de que había actuado con justicia. Así como un huracán había tomado por igual a su familia y todas sus pertenencias, así él tomaría lo que se le antojara de cualquier pueblo que visitara. —La naturaleza da y quita a su antojo, ¿por qué yo no? —este pensamiento rondaba su mente todo el tiempo, todos los días desde aquél trágico suceso que lo dejó solo en el mundo.

Elemental

No importaba cuánto peyote comía, o cuánto LSD consumía. Incluso hubo un día en que se dio más de dos pasones de cocaína y en media hora se fumó más de dos kilos de marihuana. No importaba qué tan elevado o borracho estuviera. Muy en el fondo de su corazón, seguía siendo un robot.

Desaire

¡Los ahorros secretos de papá! Por fin podría acceder a la alcancía que quedaba tan cerca del Cielo y tan lejos de mí. Los Cuentos de la Tortuga Cabezota, Las Mil y Una Noches, La Biblia y Moby Dick, tal vez después de contar el dinero que ahora debería escurrirse por el costado del cochinito de porcelana como una fuente de riqueza inacabable, tomaría uno de esos libros que tanto le gusta leer a mamá, tal vez pueda ver sus bellas ilustraciones e imaginarme siendo partícipe de las aventuras ahí descritas. Tal vez, si tengo más suerte aún, encuentre algún libro para colorear o aquél libro que una vez me leyeron para dormir y que quedó prohibido por quitarme el sueño con sus hombres pescado. ¡Ay, eran tantas las posibilidades y tan largo el tiempo que me tomaba empujar ese pesado libero! El cochinito debía estar ahí, me repetía una y otra vez avivando la llama que dio inicio a mi labor. Mis esperanzas eran muchas, las posibilidades infinitas parecieron desbaratarse como si cada una de ellas fuera un granito de arena acomodado en los muros de un castillo arrastrado por la mar, cuando al empujar hacia el frente con todas las pequeñas fuerzas de mis manos, en vez de profusos tesoros de monedas ahorradas para una vida futura, en vez de kilogramos de hojas de libros e historias de tierras lejanas y acciones imposibles; encontré al imbécil de mi hermano atrapado debajo del librero. El muy infeliz me miró con sus resecos ojos rojos y  en vez de agradecerme, tomó una gran bocanada de aire y se soltó a llorar.