Sorpresa

¿Alguna vez has sentido las uñas de una araña rasguñarte la lengua? Bueno, yo tampoco, pero Felipe, el de allá, se la pasa diciendo que a él una vez se le subió una. La historia que le cuenta a cada persona que conoce, sin importar que sea la primera vez que cruzan palabra; narra que una vez compró unas papitas de la máquina expendedora del trabajo, Las devoró como si fueran el más fino manjar del mundo. Según él, y de esto todavía no me convence por más que escuche la misma historia una y otra vez; en vez de estampita, venía dentro de la bolsa una araña que en vez de morderle. se aferró de su lengua con sus propias uñas y se negó a ser tragada. Dice que después de pasar el bocado sintió muy claro el cosquilleo de los pelillos del animalito en su paladar y sin dudarlo más la escupió. Sorprendido descubrió lo que por cosa del azar no trago aquella mañana.

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Tiempo

Con cada paso que da, una parte del suelo se derrumba en algún lugar del mundo. Nadie lo sabe, y nadie se explica por qué la tierra se va desgajando como si fuera una galleta seca en extremo. Él no siente remordimiento, no pidió tener ese don, mucho menos ese peso. Debe moverse, mantenerse en su infinito ciclo de vaivén andando hacia ninguna parte. Eventualmente se quedará sin un lugar a donde ir, a dónde moverse. Entonces podrá comprender el peso de sus propios pasos.

Enfermedad

No hay rosas más tristes que las que crecen en el hospital.

Descaro

Cuentan que si vienes del bosque tomando la calzada del rey en una noche de luna llena, se te pueden aparecer dos lobos blancos. Sus afilados colmillos brillan bajo la luz de la luna como dos dagas de plata, mientras que sus ojos profundos como dos brasas de carbón te hacen perder la razón. Según cuentan, te rodean, y no te dejan mover. Si intentas correr te ladran erizando todo su pelaje de la espalda. Hubo un par de hombres que se atrevieron a desafiar este aviso de precaución, y su rostro rebanado hasta el hueso como si se tratase de una calabaza, de esas que adornan la ofrenda  del día de muertos, fue descubierto al día siguiente con un tremendo gesto de horror. A quienes les hacen caso y se quedan quietecitos les va peor: estos endemoniados animales los sitian toda la noche, garantizando que el hechizo que terminará por matarlos de frío, cumpla su objetivo. No ha habido, hasta ahora, ningún hombre, mujer o niño que haya salido con vida de tan atroz situación.

¿Que cómo sé que esto pasa si nadie ha salido vivo? Es muy fácil: yo soy quien invoco a los lobos.

Ubi

Cada vez que yo veía a Jonás, me decía con ojeras que no había podido dormir porque los duendes se lo querían llevar. Según él, los veía por las madrugadas jugar a los pies de la cama entre ellos. Brincaban, corrían uno detrás del otro y cuando se daban cuenta de que el pobre hombre los estaba mirando, le hacían una seña con la mano invitándolo a unírseles. Hace ya seis meses que no veo a Jonás, y aunque los demás creen que se lo llevaron los duendes. yo pienso que se mudó sin avisarnos. Después de todo, ¿a dónde se llevan los duendes a las personas?

Anormal

¿Ves a esa muchacha, la del cuadro de honor? Se llama Ema. Yo la conozco desde que era una niña. Como a los cinco años de edad, me contó su mamá que tuvo un accidente. estaba la niña jugando en la sala de su casa, cuando sin mayor aviso sufrió un ataque cardíaco que la dejó inconsciente, si no es que muerta. Según su mamá, la pobre mujer no supo qué hacer ante tan trágica situación así que solo pudo presionar su pecho una y otra vez. Reanimación cardio-pulmonar creo que le llaman. Me contó en aquél tiempo muy agradecida con Dios que no se detuvo durante más de dos horas hasta que la pequeña volvió a la vida. Y mira nomás, ahora es toda una señorita que saca puros dieces en a escuela.

Suerte

— ¿Ya viste que al papá de Ramiro se le quemaron los dientes?

— ¿Qué? ¿Cómo que se le quemaron?

— Pues es que es mago. yo por suerte se los vi el otro día que lo encontré en la tienda. Se esforzó de más en ocultarlos a la hora de saludarme. No lo culpo, de verdad se le ven bien feo. Están como si se le hubieran podrido, todos negros y chamuscados. Se le sube una mancha negra de tizne desde el hoyo que le quedó en mero en medio de los dientes de enfrente.

— ¿Pero qué le pasó o qué?

—Ah, pues es que el señor por fin pudo atrapar una bala de una mordida. eso me lo contó Ramiro, porque la verdad me dio pena preguntarle al señor. Resulta que se le había ocurrido, después de mucho pensar, el modo en que podría agarrar la bala sin que se le escapara de nuevo. Y, pues, lo logró. Me dijo que él mismo le había disparado a su papá y que vio con sus propios ojos el momento en que la bala se detenía atrapada en la mordida. Dice que los ojos se le llenaron de lágrimas al señor, y que luego luego olió a pollo quemado. Yo le dije que tuvo suerte de que no le pasara nada más grave, pero Ramiro insiste en que su papá tiene suficiente pericia como para volverlo a hacer, pero que ahora le faltan los dientes y que si se pusiera unos de porcelana no le aguantarían la presión y se quebrarían. En fin, si ves al señor fíjate bien, verás qué fea le quedó la sonrisa.