Desalentado

Anoche llegó un hombre a la cantina, pidió un par de cervezas y después nos contó el extraño día que había tenido. Resulta que tuvo la suerte (o la mala suerte) de despertar dentro del ojo de un tornado que se había formado al rededor de su casa. Se dio cuenta de que la muerte le rondaba, por el zumbido inmenso, de hecho, dice que fue eso lo que lo despertó, y cuando salió de su hogar, fueron las ropas vacías de sus vecinos, las que, al pasar volando le informaron de su situación. Dijo, con mucho orgullo de su rápido actuar, que lo único que se le ocurrió fue correr, tuvo la esperanza de seguir el paso a la ola de destrucción que lo rodeaba. Continuó corriendo durante dos horas sin descansar, viendo cómo se destruía su pueblo natal y sus vecinos eran licuados en pleno aire. Al final, solo quedó él rodeado por un montón de escombros, trozos de madera, carne, la sangre y el dinero de todo el pueblo revueltos por igual.

Progreso

No todos los días te encuentras un Rolex en el metrobús, es por eso que cuando lo vi, allí tirado debajo del asiento de enfrente, solo pude pensar en fingir que me abrochaba mi agujeta para reclamarlo como mío. Muy discretamente lo puse en mi bolsa del pantalón, no vaya a ser que se de cuenta el dueño y me llame ladrón, y eso sí que no. No soy un ratero, simplemente tengo suerte, prueba de ello es que el reló que acabo de encontrar, llegó sano y salvo a mi hogar. Ahora, después de venderlo, me compraré un coche para no tener que volver a viajar en el metrobús jamás.

Manzanas

Hay quienes creen que en tiempo de Adán. las manzanas eran del tamaño de una sandía. Quienes apoyan esta teoría se basan en que el género masculino, sobresalía por su valor, tanto así que el primer exiliado no necesitó fundar una ciudad. Conforme pasó el tiempo y la pusilanimidad fue creciendo en el corazón de los hombres, las manzanas perdieron su tamaño original, hasta llegar a ser los frutos flacuchos que nos venden ahora en el súper-mercado.

Pestes

¿Cómo saber oportunamente si había regresado? De cualquier manera los médicos actuales no han podido ponerse de acuerdo en qué fue lo que ocasionó, hace ya unos dos mil años, tan terrible tragedia. ¿Por qué deberían empezar a preocuparse de los fantasmas del pasado? Sí, al igual que en Atenas, la plaga comenzó poniéndole los ojos rojos a todos los habitantes del Distrito Federal, y sí, también, cada uno de los infectados corrió a beber toda el agua que podía como si fueran caballos de carreras. La diferencia entre los Atenienses y los chilangos, fue, principalmente, que aquellos antiguos y civilizados hombres no poseían un sistema de transporte colectivo como es le metro. Por eso sucedió que la peste acabó con más de un ochenta por ciento de la población citadina. Es una pena, en verdad, que a pleno siglo veintiuno no haya modo de asegurar que pestes tan terribles broten, al igual que hace tanto tiempo, de la nada.

Tejido Fino

Poca gente sabe que el perezoso sastre que llevaba ya tres noches sin dormir confeccionando el más esplendoroso traje jamás creado con la finalidad de complacer a su emperador; se dio por vencido cuando no pudo unir los diamantes a las ágatas, tal como el gobernador lo había ordenado. Estaba seguro que era imposible, después de esos tres días de arduo trabajo, así que decidió devolverle la broma: le confeccionó (con palabras) el traje más espectacular que nadie podrá ver jamás.

Al gusto

El pueblo de san José de las centellas tiene fama de ser muy hedonistas: los habitantes se las han arreglado para formar una comunidad que no podría ser tan feliz en ningún otro lugar. Cada mes, dependiendo de las ansias que tengan la mayoría de sus integrantes, eligen por votación, la casa de alguno de sus habitantes al azar. Después, todos se unen para prenderle fuego. La ley es sencilla: el dueño de la hoguera tiene prohibido sacar sus pertenencias, mientras que todos los demás ciudadanos tienen la responsabilidad de reconstruirla una vez acabada la fiesta, de ese modo se garantiza que todos queden satisfechos.

Fulgor

Me desperté con esa sensación que se cuece en el estómago de los que no han comido en días nada más que alcohol puro. Sin embargo, yo no he bebido, no desde la última vez que desperté sintiéndome así. Es una situación preocupante, y sospecho que si una persona cualquiera la sintiera en su vida cotidiana, el ansia lo sacaría de sus cabales y lo volvería loco. El cigarro apacigua la necesidad, la atonta, la aletarga, pero no es suficiente, nunca es suficiente. No se le puede dar atole con el dedo a la necesidad, lo tengo todo planeado, nada podrá detenerme, ni siquiera el incontrolable temblor que se ha apoderado de mis manos. Hoy iré, esta vez espero no salir vivo de allí, pero valdrá al pena, veré arder ante mis ojos la biblioteca de la ciudad.