Líneas

Quise pescar en las nubes con una caña muy larga que tuviera un mayate como cebo.
Quise pescar dos peces tan grises como el firmamento antes de que llovieran su color al suelo.
Quise pescar desde abajo, colar mi anzuelo en la pecera de Dios mientras Él no nos presta atención.
Quise pescar en el Cielo ahora que El Mar se secó.

El Arca

Con cada gota de lluvia que cae, la habitación se achica cada vez más. No sé qué es peor, si morir aquí adentro triturado por la constante expansión de lo que prometía salvarnos de morir ahogados, o estar allá afuera a merced de la Ira de Dios. Tal vez, si el arca no estuviera hecha de madera, ésta no se hincharía con la humedad.

Nunca Más

Ruedan apacibles por las mejillas de la Diosa, granas lágrimas de desesperación: una figura sombría le ha oscurecido el semblante, y sus ausentes ojos, otrora brillantes y nocturnos, ya no ven más allá del río Lete.

Ojo por ojo

Dicen que en el pueblo vecino no tienen cárceles. Las cerró el señor gobernador el día en que llegó el brujo ese. Dicen también que es él quien se encarga de impartir justicia. La verdad, yo creo que les ha funcionado el sistema, y eso que allí estaban repletos de maleantes, ladrones y violadores. Según escuché, el brujo fue aceptado desde el día en que llegó sin que nadie se opusiera. Lo mandaron a vivir a una villa muy bonita cerca del palacio de gobierno. Fue ese mismo día en que vaciaron todas las cárceles y las hicieron parques para que los niños jugaran. Dicen también que los años de prisión fueron abolidos del sistema penitenciario y que ahora todos pagan la misma condena, la que el brujo estableció. El día en que liberaron a todos los presos, los llevaron de dos en dos, esposados y sometidos ante el brujo recién llegado, quien con un hechizo que solo él conoce les retiró del rostro los ojos. Según me contaron, los fue apilando desde la raíz como si fueran racimos de uvas frescas que ahora cuelgan en perfectas condiciones de las través de la oficina del procurador de justicia, que no es otro que el mismo brujo. Los maleantes son condenados a perder sus ojos y una vez que quedan ciegos se les deja en los extremos del pueblo a su suerte. Algunos se marchan perdiéndose en el bosque, otros reingresan a la ciudad y viven de limosna durante largo tiempo. La pena de ceguera termina el día en que logran entrar a la oficina del procurador, ese mismo día se les reinstalan los ojos y se les reintegra a la sociedad

Desalentado

Anoche llegó un hombre a la cantina, pidió un par de cervezas y después nos contó el extraño día que había tenido. Resulta que tuvo la suerte (o la mala suerte) de despertar dentro del ojo de un tornado que se había formado al rededor de su casa. Se dio cuenta de que la muerte le rondaba, por el zumbido inmenso, de hecho, dice que fue eso lo que lo despertó, y cuando salió de su hogar, fueron las ropas vacías de sus vecinos, las que, al pasar volando le informaron de su situación. Dijo, con mucho orgullo de su rápido actuar, que lo único que se le ocurrió fue correr, tuvo la esperanza de seguir el paso a la ola de destrucción que lo rodeaba. Continuó corriendo durante dos horas sin descansar, viendo cómo se destruía su pueblo natal y sus vecinos eran licuados en pleno aire. Al final, solo quedó él rodeado por un montón de escombros, trozos de madera, carne, la sangre y el dinero de todo el pueblo revueltos por igual.

Progreso

No todos los días te encuentras un Rolex en el metrobús, es por eso que cuando lo vi, allí tirado debajo del asiento de enfrente, solo pude pensar en fingir que me abrochaba mi agujeta para reclamarlo como mío. Muy discretamente lo puse en mi bolsa del pantalón, no vaya a ser que se de cuenta el dueño y me llame ladrón, y eso sí que no. No soy un ratero, simplemente tengo suerte, prueba de ello es que el reló que acabo de encontrar, llegó sano y salvo a mi hogar. Ahora, después de venderlo, me compraré un coche para no tener que volver a viajar en el metrobús jamás.

Manzanas

Hay quienes creen que en tiempo de Adán. las manzanas eran del tamaño de una sandía. Quienes apoyan esta teoría se basan en que el género masculino, sobresalía por su valor, tanto así que el primer exiliado no necesitó fundar una ciudad. Conforme pasó el tiempo y la pusilanimidad fue creciendo en el corazón de los hombres, las manzanas perdieron su tamaño original, hasta llegar a ser los frutos flacuchos que nos venden ahora en el súper-mercado.