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Prueba de amor

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Un cuentero con insomnio

De su vida no se supo mucho. Casi siempre estaba encerrado en su torre, rodeado de papel, de plumas, tinta y sueños. Algunos lo consideraban enfermo, otros no veían en él más que a un pobre ciego solitario que en ocasiones sonreía sin razón aparente.

Con el paso del tiempo sus carnes se fueron secando y sus huesudas manos comenzaron a temblar al tomar la pluma con la que escribiera tanto. Muchos pensaron que loco siempre había sido, pero que con las pérdidas notables entraría en razón y que aprendería a vivir de manera razonable.

Lo cierto es que no lo hizo, siguió soñando, rodeado de papeles, tinta y personajes, soñando despierto, escribiendo dormido y viviendo lo que muchos consideraron un martirio.

Un día el cuentero murió y al limpiar su lugar, lleno de polvo y manchas de tinta, sus razonables coetáneos se encontraron con un último cuento, redactado en una página. La última por él escrita.

La página en cuestión era curiosa,  los márgenes perfectos, la letra, era preciosa. Conforme el lector pasaba los ojos y veía, la gente razonable notó lo que decía.

Era la historia de un cuentero, de un ser extraño porque de su vida nada se sabía. En una torre vivía encerrado, rodeado de papel y de tinta, pero siempre por sueños aguijoneado.

Por lo que se leía era fácil saber, que algunos enfermo lo juzgaban  y que otros de sus coetáneos tan sólo lo compadecían. Como se hace con un ciego que negando su ceguera de nada se valía.

En la hoja se hablaba de un cuentero con insomnio, cuyas carnes se secaban, y que a pesar de tener manos huesudas a la pluma no soltaban, porque eran las manos de un enamorado.  De un ser locuaz, especialmente para los ojos de quienes viviendo conforme a razones a los amores se negaban.

Un dialogo se abría en una hoja que quedaba, en la que el cuentero con insomnio su último cuento contaba, era el relato de un cuentero que a los cuentos siempre amaba.

Maigo.

El reinado de María

María siendo digna hija de Dios se asumió como una esclava,

siendo reina del cielo se dedicó a pedir posada,

siendo madre del salvador, se convirtió en madre de pecadores,

y siendo consuelo dejó que una espada le atravesara el corazón.

 

María entiende de dolores, de abandonos y sin sabores, entendió lo que es el frío y calentó una cueva con el amor que sintió hacia un pequeño niño.

 

Nosotros, en cambio, siendo esclavos nos asumimos como reyes,

negándonos a la salvación, nos preferimos pecadores

y evitando espadas buscamos que nos atraviesen el corazón.

 

Nosotros, no entendemos de dolores, nos abandonamos a nuestros propios dolores, sentimos frío sin entenderlo y somos incapaces de calentar cuevas con amor.

 

Maigo

 

Descentrado

Lo cierto es que hoy no tenía ganas de escribir, un dolor en lo profundo del corazón suele ser paralizante.  Pero esa afirmación no atina a explicar esa desgana, porque más que dolor es desgana lo que dominaba el día.

Aunque tampoco se debía a la desgana, quizá fuera algo peor, quizá se trate de cansancio, pero no había motivo para hablar de cansancio.

Lo cierto es que el nihilismo se había apoderado de Juanito y parecía que no había nada que pudiera salvar su alma, lo bueno es que esto último sólo era apariencia.

 

Maigo

Miriam

La grandeza de una vida se aprecia en el recuerdo por ella dejada.

La grandeza de un pueblo se ve en la justicia que lo rige. Y la grandeza del individuo que forma parte del pueblo justo se distingue en los actos que recuerdan a las vidas de los justos que vivieron con amor y grandeza.

 

Al partir, Miriam dejó más alegrías que tristezas y un recuerdo de justicia que no perecerá.

Maigo.

 

Maigo

El mensajero dormido

Cierto día, un rey poderoso

envió a un mensajero ligero

y brioso, a buscar el permiso

del reino vecino, para que su hijo

a la princesita se llevara,

tras contraer matrimonio.

 

Pensando en los nietos

el rey no sabía, o más bien ignoraba,

la maldición que la princesa tenía.

 

El mensajero, más inocente

que su soberano, a cumplir el encargo

partió más que raudo.

 

Pensando en volver pronto

no se le ocurría en ver a la amada.

Ella entendería, que su diligencia

bien se premiaría, quizá con oro

tal vez con plata.

 

Con una imagen del príncipe,

el mensajero va a hacer de cupido.

Tras hacer un fatigoso viaje

consigue audiencia…

Por el rey y la reina será recibido.

 

En el salón del trono, no está la princesa,

ajena a su destino se limita a vagar,

algunos la ven por el castillo caminar,

saben que es curiosa y que en ella no hay mal.

 

Mientras la princesa vaga

se habla de su dote y de su destino.

Nadie ve una rueca cambiando el camino,

porque la pequeña su dedo se pincha,

porque cae dormida junto con el reino.

 

Todo el mundo duerme,

hasta el mensajero,

él no regresa a casa por estar durmiendo.

 

Va pasando el tiempo,

la mala hierba todo cubre,

lo que fue castillo, ya se está perdiendo.

 

Dicen que cien años duró la siesta,

porque eso tardó en aparecer un mozuelo,

un chico atrevido, que a la durmiente

le robara un beso, y que al despertarla

despertara al reino.

 

Parece que todo regresa a la vida,

hasta el mensajero, quien busca

la mano de quien profundo dormía,

y quien sorprendido ve su misión fallida.

 

El diligente, e incrédulo hombre

sale de ese reino, esperando encontrar

a su rey para darle la noticia:

para decirle que con esa princesa

no obtendrá un nieto, al menos  no de sangre.

 

Pero a su regreso, ya no encuentra al rey,

quien lo recibe es el decendiente

de quien lo mandó al otro pueblo.

 

Asustado corre, el pobre mensajero.

Busca a su amada,  lo que encuentra

sólo es su recuerdo… Una tumba fría

con un nombre grabado,

el nombre de su amada dejado ahí

por quien fuera su esposo, sus hijos y sus nietos.

 

De buen cupido la hizo el pobre mensajero,

Se durmió cien años, para despertar

para recordar y ser ante los otros

un mero recuerdo.

 

Maigo