Poesía y mentira.

La naturaleza no se deleita con poesías.

Galileo.

Se dice en algunos lugares que los poetas dicen muchas mentiras, y esa afirmación suele dejar perplejos a quienes suelen contemplar las obras de los mismos y las consultan, tal y como lo hacía en algunas ocasiones Alejandro Magno con la Ilíada; o bien es aceptada al grado de desechar la educación que proporciona la poesía argumentando que lo que se pueda aprender de ésta es algo inútil.

Tomando en cuenta lo anterior, invito al amable lector a seguirme a lo largo de una breve reflexión en torno a la posibilidad de que el poeta sea o no un mentiroso, reflexión que como tal no promete decir la última palabra en torno a este escabroso problema.

En un texto anteriormente presentado, hablé sobre lo que es la mentira[1], señalando que ésta se caracteriza por ser el resultado de la actividad del mentiroso, la cual consiste en afirmar lo que no es de lo que es otra cosa o es de otra manera; así mismo señalé que para que sea posible la actividad del mentiroso se necesita de al menos dos, uno que mienta y otro que crea.

Teniendo en mente lo ya dicho sobre la mentira, comencemos a reflexionar sobre lo que es la poesía, pues hacer tal cosa nos ayudará a no caminar a ciegas en la búsqueda sobre lo que hacen los poetas, si mienten o dicen la verdad, y después intentemos ver si el poeta miente o no.

La poesía se construye mediante la mímesis[2], es capaz de mostrar lo que hay en el alma humana, ya sea virtuosa, viciosa o semejante a la propia, en ese sentido la obra del poeta es como un espejo capaz de reflejar el alma humana, de mostrar al espectador su verdadero rostro. A partir de esta breve consideración en torno a la poesía, parece que no hay cabida para la mentira en el poeta, pues darle a su obra la capacidad para reflejar lo que es, implica que ésta está enfocada sólo a representar lo que es y el modo como eso de lo que se habla es, enfoque que limita a la poesía al grado de no dejarla hablar de aquellas cosas que son imposibles, tales como un Dionisio con antojo de puré.

Si bien la poesía se ocupa de la imitación de aquello que es, también es cierto que el material mediante el cual ésta se lleva a cabo, son las palabras, las cuales pueden ser acomodadas de diversa manera conforme a lo que pretende decir el poeta, de modo que ese espejo en el cual puede verse reflejado el espectador puede estar bien o mal pulido, al tiempo que puede estar o no plagado de ideas que desde una mirada son imposibles y desde otra son la mejor manera de expresar ciertos aspectos del alma humana.

Pensando en que la obra del poeta no se limita a lo que es, sino que puede hablar de lo que sería mejor, o de lo que debiera ser, entre lo que podemos ubicar a lo imposible, nos percatamos que la poesía no sólo imita lo que tenemos frente a nosotros, sino que muestra posibilidades, las cuales no se limitan al ámbito de la necesidad, es decir, de lo que no puede ser de otra manera. No con ello pretendo decir que el poeta renuncie a lo que es necesario, pues hacer tal cosa lo alejaría tanto de la realidad que le restaría todo dejo de verosimilitud a su obra, la cual se torna necesaria si es que pretende que el espectador se vea reflejado en aquello que dice.

He mencionado ya al espectador, el cual parece ser una pieza clave en la labor del poeta, pues una obra que no llega a nadie se queda como pieza carente de vida en el aislamiento propio de una galería, así pues dejemos al espectador entrar en esta sencilla reflexión.

Que una obra poética sea capaz de mostrar al espectador un reflejo de su alma, depende de la habilidad del poeta para pulir las palabras con las cuales imitará lo que pretende mostrar, sin embargo, bien puede ser el caso que una obra excelente se tope con un espectador casi ciego, es decir, incapaz de verse reflejado en el pulido espejo que le ofrece el poeta.

De lo hasta ahora dicho podemos inferir que al igual que con la mentira, en el caso de la poesía hacen falta dos, un poeta que sea capaz de trabajar con las palabras y pulirlas hasta que logran imitar lo que pretende, y un espectador capaz de leer entre líneas y de ver lo que el poeta le está mostrando.

Con lo hasta ahora dicho, queda claro que hay un punto de contacto entre la poesía y la mentira, para ambas hacen falta por lo menos dos, uno que hable y otro que crea en lo que se le dice, o que sea capaz de oír al que habla; sin embargo, esto no logra mostrar con claridad si los poetas son o no mentirosos.

La mentira habla sobre lo que es, en cambio la poesía habla sobre lo posible, y no sólo sobre lo que es, de modo que parece que la mentira se ubica en el ámbito de lo necesario, de lo que no puede ser de otra manera, mientras que la poesía no queda sujeta a lo necesario aún cuando lo necesita, viendo tal cosa, no podemos exigir de la poesía un discurso que enumere leyes universales y necesarias[3], así como no podemos exigir de un espejo que muestre lo que no es.

Pensando en esto, podemos pensar que la mentira no tiene cabida en la poesía, pues ambas son pertenecientes a distintos ámbitos de la realidad, sólo podemos mentir sobre lo pasado o presente, pero no hay forma de mentir respecto a lo que es posible, es decir, lo que puede ser siempre de otra manera.

Por lo pronto podemos concluir que si bien la poesía muestra muchas imágenes, éstas son verdaderas en tanto que lo que se espera de éstas es que sean verosímiles, que el espectador pueda creerlas como imágenes que son, como reflejos de su alma.

Maigoalida de la Luz Gómez Torres.


[1] Cfr. La entrada. ¿Será verdad? En este mismo Blog.

[2] Cfr. Aristóteles. Arte Poética. 1447 a 10

[3] No con esto niego la posibilidad de que haya poemas donde se hable de algunas leyes naturales, el poeta puede tomar infinidad de temas como inspiración, sólo quiero acotar que la poesía no se limita a lo que no puede ser de otra manera, a esto se limita el discurso científico.

¿ Será mentira?

“Ustedes tienen por padre al Diablo, y quieren realizar los malos deseos del Diablo. El es asesino de hombres desde el principio. No ha permanecido en la verdad. Cuando habla, de él brota la mentira, porque es mentiroso y padre de toda mentira.”

Juan. 8,44

Sobre la verdad se han dado una bastedad de discursos, al grado que resulta muy fácil perderse entre los mismos y acabar por no poder distinguir a lo verdadero de lo falso; en algunos de estos, la verdad es el resultado de una actividad que realiza el intelecto y que consiste en develar lo que es en contraposición con las apariencias, en otros la verdad es la correspondencia que hay entre las cosas y lo que de éstas se predica, y en otros discursos la verdad consiste en que una proposición tenga la cualidad de no contradecirse; y eso por sólo mencionar algunos.

Sin embargo, esa multiplicidad de discursos ya mencionados, y que por cierto son los más comunes cuando de hablar sobre la verdad se trata, se centra en la relación entre el hombre y el mundo, de modo que verdadero será aquello que permanece en el constante cambio de las apariencias, o bien será una adecuada enunciación sobre qué y cómo son aquellas cosas con las que se relaciona el hombre cuando gira su mirada en torno al mundo; o en un caso atípico , la verdad será la proporción adecuada entre lo que el hombre dice y lo que piensa, es decir, aquello que quizá busca el hombre cuando voltea a verse a sí mismo, carencia de contradicciones.

Pero hay un aspecto de la vida humana, en el que parece que tales discursos sobre la verdad no centran su atención, me refiero a la relación del hombre con el hombre. Así pues considero conveniente echar un vistazo a lo que decimos que es la verdad atendiendo a dicha relación, y dejando provisionalmente a un lado el problema de lo verdadero cuando el hombre ve al mundo como algo ajeno, o cuando decide analizar el carácter no contradictorio de su discurso, el cual bien puede ser falso sin contradecirse nunca.

Comencemos pues, atendiendo a la experiencia cotidiana de relacionarnos con los otros, cuando nos relacionamos con otro, lo hacemos porque confiamos en él. Esperamos que aquello que nos dice o procura mostrar sobre su persona sea verdad, de modo que también esperamos que éste sea fiel a lo que nos dice, es decir, sentimos que es una persona veraz y por ende incapaz de traicionarnos. Sin embargo, en muchas ocasiones las traiciones a esa confianza se dan, Adán y Eva probaron el fruto prohibido a pesar de la orden que les dio Dios confiando en su obediencia, y muchas ciudades han sido tomadas por causa de alguien que decide traicionar la confianza de sus conciudadanos.

De la posibilidad de la traición, podemos inferir que la verdad es lo opuesto a la mentira, pues parece que no hay nada que lastime más a la comunidad que ésta última, porque a partir del descubrimiento de la misma ya no es tan fácil volver a confiar en el mentiroso, es decir, calificarlo nuevamente como alguien fiel. Pero afirmar así nada más que verdad es aquello que se opone a la mentira, supone que ya tenemos un conocimiento suficiente sobre lo que ésta última sea, y que la relación entre verdad y mentira efectivamente sea de oposición.

En el texto titulado ¿Será verdad?, afirmé que la mentira consiste en decir lo que no es con la finalidad de engañar al otro, además señalé que la actividad del mentiroso necesariamente es una actividad dialógica, pues para que haya mentira es necesario un diálogo, que bien puede ser consigo mismo pensado como un otro, en donde uno mienta y otro crea.

Atendiendo a la experiencia de ser engañado, podemos afirmar que la verdad es contraria a la mentira, y que el hombre veraz lo es al mentiroso; pero decir tal cosa sin detenerse a pensar en ello, nos conduciría a afirmar que la verdad consiste en decir lo que es, y que por ser contraria a la mentira, ésta no es dialógica, lo que peligrosamente nos lleva a cancelar la posibilidad de tener una comunidad conformada por hombres veraces. Pensemos pues con más cuidado, en qué consiste la oposición entre verdad y mentira.

La verdad sólo puede ser calificada como tal cuando es enunciada, una verdad no enunciada puede ser real, pero eso es algo que no sabremos si ni siquiera ha sido articulada, de modo que el hombre veraz, pensado como aquel que dice o profesa siempre la verdad, es un hombre que hace uso de la palabra, ya sea para comunicar algo a otro hombre o para dialogar consigo mismo cuando piensa. Así pues, el hombre veraz, al igual que el mentiroso es un hombre que vive en comunidad.

Siendo ambos hombres, seres comunitarios, la diferencia que hay entre ellos no radica en que uno viva rodeado de muchos y el otro viva solitariamente, así pues son diferentes en lo que dicen. Sabiendo que el hombre mentiroso dice lo que no es, podemos inferir que el hombre veraz dice lo que es; pero hay hombres que hacen discursos contrarios a lo que las cosas son sin que por ello los califiquemos de mentirosos, más bien decimos de ellos que viven en el error.

Así pues, vemos que hay algo más que distingue al hombre veraz del mentiroso, porque aquellos que viven en el error se diferencian en algo de los otros dos. Recordemos que el mentiroso tiene la finalidad de engañar cuando miente, finalidad de la que carece el hombre que se equivoca, y que es lo más contrario que hay al hombre veraz, es decir, la verdad no engaña a la comunidad, además el que se equivoca dice lo que no es en lugar de lo que es, y el hombre veraz se caracteriza por ser un hombre confiable, es decir, por afirmar lo que es de las cosas sobre las que habla.

Que la verdad no engañe a la comunidad implica que el hombre veraz es alguien confiable porque no pretende engañar a nadie, en cambio el mentiroso no es confiable, cualquiera que tenga sentido común deja de creer en aquel al que ha sorprendido mintiendo, y ese dejar de creer implica cierto aislamiento al que es sometido el mentiroso, lo que significa una ruptura entre la comunidad y éste. En cambio, la actividad del hombre veraz lleva a la comunidad a tener confianza en éste, y esa confianza termina por unir más a la misma.

Así pues la verdad es lo que une a los hombres en tanto que les permite confiar unos en otros, y es opuesta a la mentira no sólo por lo que afirma el hombre veraz, sino por la finalidad con la cual habla y el resultado de su hablar. En este sentido, la verdad no sólo es todo aquello que enuncian los discursos mencionados al principio de este texto, también es lo que permite a la comunidad ser tal, pues un hombre veraz, en tanto que busca el bienestar de ésta al evitar que viva en el engaño, es un hombre fiel, es decir, es alguien en quien la comunidad puede confiar plenamente.

¿Será verdad?

El hombre es un ser que habla, y cuando habla puede decir la verdad o puede mentir. Cuando miente afirma lo que no es en lugar de decir lo que es para engañar a otro o para engañarse a sí mismo, y consigue esto debido a la ignorancia del engañado. Sin embargo, la mentira no es algo tan simple como para que quede definida con el hecho de afirmar que ésta es el resultado de la acción de mentir, acción que consiste en decir o manifestar lo contrario de lo que se sabe, se cree o se piensa[1]. Exploremos con más cuidado qué es mentir y junto con ello la posibilidad del autoengaño como una instancia de la mentira.

Mentir, en tanto que actividad propiamente humana es algo muy complejo, pues en primera instancia supone la capacidad de hablar y de imaginar lo que no es aquello sobre lo que se habla, yo no puedo decir que en este momento estoy durmiendo si no puedo imaginar esa posibilidad, y no puedo imaginar tal si no puedo unir idealmente cosas que realmente existen, aún cuando éstas existan separadamente en la naturaleza. Conforme a esto colegimos que mentir consiste en ver aquello sobre lo que se ha de afirmar algo, imaginar lo que ese algo no es y predicar lo que no es sobre lo que es con la finalidad de engañar a quien pretende saber mediante nuestro discurso qué y cómo es aquello sobre lo que hablamos.

Hay algo más que podemos ver en lo que supone el acto de mentir, y esto es que la mentira sólo se puede hacer presente en el diálogo, ya sea con otro o conmigo misma pensada como otro, es decir cuando dialogo con el alma, de modo que se hace evidente que para que haya tal cosa como la mentira hacen falta al menos dos sujetos: uno que mienta y otro que le crea al mentiroso.

Por tanto, si pretendemos ver con mayor claridad en qué consiste eso a lo que llamamos mentira, necesitamos analizar el mentir atendiendo a lo que hace cada uno de los sujetos que intervienen en este acto, veamos pues primero lo que corresponde al mentiroso y pasemos después al examen de lo que se refiere al engañado.

Para que el mentiroso mienta, necesita conocer, aunque sea medianamente hablando, aquello sobre lo que va mentir, además necesita de la imaginación para decir coherentemente aquello que no es de lo que es de otra manera; pero antes de usar a su imaginación para engañar a alguien, necesita querer engañar a ese alguien, querer inducirlo al error, y ese querer implica que el mentir es un acto voluntario, aún cuando la voluntad no se aprecie claramente en el caso del autoengaño; cuando no está presente la voluntad no cebe hablar de mentira, pues aquello que se afirma es más bien el resultado del error, porque quien afirma no sabe que lo afirmado no es verdad, y de hecho está plenamente persuadido de la veracidad de lo que dice. El hombre decide mentir porque espera obtener algo bueno con lo que hace, y espera que eso ocurra confiando en la ignorancia de aquel al que miente, ignorancia que en este caso se limita al asunto sobre el cual el mentiroso miente.

Como la ignorancia del engañado es necesaria para que la acción del mentiroso resulte, podemos ver que la mentira está limitada a presentarse sólo en los ámbitos de la vida cotidiana en los cuales no hay certeza por parte del posible engañado, si el engañado carece del conocimiento que supone una ciencia, el mentiroso puede llevar a cabo su actividad, de igual manera pasa con el relato de aquellos hechos en los que el engañado no estuvo presente, pero si el posible engañado conoce aquello sobre lo que se le pretende mentir, la mentira es descubierta y no cumple con su finalidad, inducir al error y proporcionar algo bueno al mentiroso.

El hecho de que la finalidad de la mentira sólo se pueda cumplir si el posible engañado es ignorante respecto a lo que el mentiroso habla, nos lleva a examinar lo que ocurre con éste, pues del posible engañado dependen los límites en los cuales una mentira puede o no cumplir con su finalidad.

El elemento más importante que se ha de presentar en el posible engañado es la ignorancia respecto a lo que dialoga con el mentiroso, de modo que un mentiroso no puede mentir sobre aquello respecto a lo que hay certeza, por ejemplo, un mentiroso, por muy buen mentiroso que sea, no puede convencerme como para que pretenda salir de mi casa atravesando las paredes, así como no puede engañarme cuando afirma que lo que siento después de no probar bocado durante mucho tiempo no sea hambre.

No obstante, el posible engañado vive en un amplio campo de acción para el mentiroso, pues los actos humanos no se limitan a la inmediatez que supone la vida de los animales que sólo se alimentan o que limitan su campo de acción al reino de las sensaciones. De esto podemos colegir que el posible engañado necesariamente ha de ser un ser que piensa, pues la mentira se presenta con mayor claridad en las el inconstante terreno de la opinión, y la opinión normalmente se presenta en el territorio de la acción ética o en el campo perteneciente a la vida política, por ejemplo, es más fácil que un mentiroso me engañe sobre lo justo o injusto que ha sido un acto, o sobre la conveniencia de votar o no.

Como para mentir hacen falta al menos dos sujetos, uno que mienta y otro que le crea, y estos se han de caracterizar porque uno conoce aquello sobre lo que decide mentir y el otro no, tal parecería que el autoengaño es un imposible. Sin embargo, afirmar tal cosa implica quedarnos en este punto de la investigación sobre la mentira, lo cual sería bastante perjudicial si lo que pretendemos es ver en qué consiste realmente el acto de mentir.

Negar la posibilidad del autoengaño implica que podemos distinguir de manera clara y distinta a lo verdadero de lo falso, distinción que efectivamente se da con esas características en el ámbito de la necesidad, donde es evidente que si se presenta A, entonces necesariamente se ha de dar B, y a la inversa, que si presenta B es porque A ya se ha manifestado. Esperar en el ámbito de la opinión esa clase de necesidad es quizá pecar de ingenuo, porque la necesidad causal supone la cancelación de la opinión como aquello que se presenta en las movedizas arenas de la vida humana, donde la experiencia bien puede indicarnos algo y la interpretación que hacemos sobre dicha experiencia nos puede guiar hacia el lado contrario.

Aún pensando en esto, cabe la posibilidad de pensar que el autoengaño no es tal, que éste es más bien un error mal-nombrado, para distinguir al autoengaño del error, considero conveniente tener en mente que el error parece presentarse porque aquel que se equivoca no ha sido capaz de ver con claridad aquello sobre lo que afirma algo, de modo que está plenamente persuadido de la veracidad de lo que afirma, a pesar de que aquello que afirma no necesariamente le reporta algo bueno, el autoengaño se parece al error en lo primero, se presenta donde no hay claridad y distinción porque no hay necesidad, pero se distingue de éste porque aquel que se autoengaña sí pretende obtener algo bueno mediante la interpretación que hace sobre los actos que juzga.

Tomando en cuenta lo anterior, el autoengaño es el resultado de la elección que hace el engañado al creer en lo que le muestra su experiencia o a creer en la interpretación de aquello que ha experimentado, y no me refiero a las experiencias sensibles como frío o calor, más bien estoy pensando en aquello que ha experimentado el engañado cuando se relaciona con los otros. Así pues, el autoengaño sólo es posible cuando se piensa en los actos humanos que vemos cotidianamente, pues éstos no son el resultado de movimientos maquinales que podamos interpretar mediante las rígidas reglas de la lógica, estos no son movimientos necesarios, más bien son movimientos que nos sumergen como posibles engañados en la incertidumbre, pues parece que sobre estos sólo podemos emitir opiniones.

Lo anterior nos muestra que donde hay necesidad no puede ocurrir la mentira, a menos que el engañado desconozca lo que se sigue necesariamente de un movimiento en la naturaleza, y a la inversa, donde es posible la mentira no hay lugar para la necesidad, es decir, que la comprensión mecanicista sobre aquello respecto a lo que se miente no logra abarcar del todo a lo que pretende encerrar, pues siempre se le escapa lo que ocurre y es hasta común en la vida cotidiana, tal y como ocurre con el autoengaño.

Tomando en cuenta lo dicho hasta aquí sólo resta señalar dos cosas, en primer lugar que la mentira, o mejor dicho la posibilidad de mentir es una evidencia que muestra que el hombre no puede ser una máquina perfecta, pues su actuar no se da por necesidad, sino debido a la voluntad del mismo para hacer ciertas cosas. El hombre decide mentir porque espera obtener algo bueno con ello, aun en el autoengaño el hombre elige, si bien no elige ser engañado, sí decide a qué hacer caso, a lo que le muestra su experiencia o a la interpretación que hace sobre los actos propios y los de los demás.

Sobre la evidencia que muestra la posibilidad de mentir hay que tener cuidado, en especial porque podemos pensar que mentir, por ser un acto meramente humano humaniza más al mentiroso, pues eso supondría erróneamente que es necesario actualizar la posibilidad de mentir para que el hombre sea, lo cual implica olvidar que el hombre es anterior a la mentira o a la afirmación verdadera.

En segunda instancia quiero señalar un problema que supone la comprensión de la imaginación como condición de posibilidad para que se dé la mentira, pues a partir de ésta podemos llegar a suponer que todo lo que proviene de la imaginación, es mentira, lo cual implicaría que la poesía como posibilitada también por la imaginación es una actividad mentirosa.

Este problema comienza a solucionarse cuando pensamos en que mentir supone el deseo de engañar a aquel con el que estamos dialogando, y no es del todo claro que el poeta pretenda engañar con su creación al espectador de su obra, al menos no resulta del todo claro que el poeta busque obtener algo con su creación, o que siempre obtenga algo bueno a partir de lo que dice, estoy pensando en el caso de Arquíloco, quien obtuvo la horca gracias a lo que dice poéticamente. Sin embargo, el caso del poeta como un sabio mentiroso, rebasa por mucho los límites que supone este escrito, pues la finalidad del mismo es ver en qué consiste aquella compleja actividad a la que llamamos mentir, visión que no necesariamente nos permite reconocer al mentiroso, pues para hacer eso necesitamos ver no sólo aquello sobre lo que habla el supuesto mentiroso, sino también la finalidad con la que dice lo que afirma.

Maigoalida de la Luz Gómez Torres.


[1] En este sentido, la definición de mentir que aparece en la entrada de diccionario “mentir” en el DRAE, si bien es de ayuda para saber en qué consiste esta actividad no alcanza a dibujarla por completo.

Cuchicheo. ¿Virtud o vicio político?

Afirmar a la ligera que acto virtuoso es todo el que se ubica entre el exceso y el defecto, nos puede conducir a juzgar erróneamente que ciertas virtudes son vicios o a la inversa, y esto se debe especialmente a que los límites entre el exceso y el defecto no se pueden marcar claramente, de modo que lo bueno o malo de aquellos actos que se ubican en el escabroso terreno entre exceso y defecto depende de las circunstancias en las que estos se presentan.

Uno de estos actos es el cuchicheo, el cual parece ubicarse entre el habla y el silencio, y dependiendo de cómo se presente cada uno de los extremos ya mencionados (si es que esos son realmente los extremos), podremos calificar al cuchicheo como algo bueno o como algo nocivo para la vida política, es decir, en comunidad.

Pero para poder ver en qué momento el cuchicheo es conveniente para la comunidad, y en qué momento es nocivo, es necesario saber antes qué es eso a lo que nombramos con tal término. Si buscamos cuchicheo en el DRAE, encontramos que éste es el nombre con el que se designa el acto de cuchichear, y que este acto consiste en hablar en voz baja o al oído a alguien de modo que otros no se enteren de aquello que se está diciendo[1], así como también vemos que esta palabra tiene su origen en la voz onomatopéyica cuchichiar, que es el término con el que se habla del canto de la perdiz (cuchichí), el cual normalmente es emitido cuando ésta ave llama a sus perdigones.

De lo anterior podemos deducir al menos cuatro aspectos importantes del cuchicheo, a) para que el cuchicheo se haga presente es necesario que haya una persona dispuesta a hablar y otra dispuesta a prestar atención a lo que se le dirá en voz baja o al oído; b) para que se pueda hablar a alguien al oído o en voz baja es necesario que el que escucha tenga confianza en el hablante, pues por algo le permite acercarse tanto, y por alguna razón está dispuesto a prestar atención a lo que se le dirá en voz baja sin perder palabra respecto a lo que se le dice; c) además el cuchicheo supone una distinción entre nosotros y los otros, distinción que se aprecia cuando vemos que aquellos que cuchichean pretenden que lo dicho no sea escuchado por los demás; y d) para que el cuchicheo se haga presente es necesario en primer lugar un ambiente en el que se supone ha de predominar el silencio, por ejemplo durante un discurso, donde se supone que el auditorio va a escuchar lo que el orador va a decir, o en el contexto de un estado totalitario, donde alzar la voz puede ser considerado un delito y por ende es muy probable que se reciba un castigo por ello.

Si queremos ver en qué momento el cuchicheo es virtuoso o vicioso, nos conviene detenernos a examinar las características ya mencionadas a fin de que podamos ver si éstas efectivamente nos dicen con suficiencia qué es éste y si en efecto aquello de lo que hablamos se ubica entre el silencio y el habla.

Así pues, lo primero a considerar es que a) para que el cuchicheo se haga presente es necesario que haya una persona dispuesta a hablar y otra dispuesta a prestar atención a lo que se le dirá en voz baja o al oído, lo anterior implica que este acto humano es un acto comunitario, de modo que no se puede llevar a cabo en soledad, si bien se puede pensar en voz alta, no por ello se está cuchicheando, pues el cuchicheo implica hablar en voz baja y al oído del oyente, así pues éste es un diálogo con otro, con un otro que inclina su oído hacia el hablante para escuchar, es decir, el cuchicheo es un acto que puede influir en la vida política de una comunidad.

En tanto que son al menos dos los dialogantes que cuchichean, y en tanto que el cuchicheo es el resultado de la disposición de estos para hablar y para escuchar atentamente aquello que se dice en voz baja, podemos ver que este acto humano no puede darse en silencio, más bien es un modo de comunicar que supone la emisión de sonidos, aún cuando estos sean tan bajos como los de la perdiz llamando de cerca a sus perdigones, pero esa emisión de sonidos busca mantener el silencio que hay en torno a los dialogantes, de tal manera que nadie externo a ellos los descubra.

Por otra parte, vemos que b) para poder hablar a alguien al oído o en voz baja es necesario que el que escucha tenga confianza en el hablante, pues la cercanía que exige el decir algo al oído en tanto que se habla en voz baja supone que aquel que escucha confía lo suficiente en el otro como para permitirle acercarse tanto, cercanía que bien puede poner en peligro a quien escucha cuando se acerca el hablante, pues esta cercanía deja vulnerable a quien escucha ante quien habla, en especial cuando el que se acerca parece tener otras intenciones al acercarse. Pensando en el origen de la palabra cuchicheo, podemos apreciar que la confianza que tiene el oyente en el hablante es similar a la que tienen los perdigones en la perdiz, pues ni el oyente ni los perdigones esperan que el hablante o la perdiz se acerquen con la intención de destruirlos.

Además de la confianza que muestra el auditorio respecto a las intenciones del hablante, éste también muestra confianza en que aquello que se le dirá es algo importante, o algo que no puede esperar para ser comunicado, de modo que se muestra dispuesto a acercar su oído a los labios de aquel que habla, disposición que bien supone dejar a un lado aquello que se está escuchando y que no tiene prioridad ante lo que se escuchará de labios del hablante. Así pues la cercanía que entre los dialogantes supone el cuchicheo, sólo se puede dar cuando efectivamente hay confianza en que el otro no nos hará daño y en que aquello que nos va a decir es mucho más importante que lo que se estaba atendiendo.

Por otra parte también hay que considerar que c) el cuchicheo supone una distinción entre nosotros y los otros, distinción que se aprecia en el hecho de que no todos deben enterarse de lo que se está exponiendo al oyente, de modo que es claro que la conversación que se da mediante el cuchicheo implica cierto grado de intimidad, pues aquello que se ha de decir cuchicheando pertenece al orden de lo privado, es decir, pertenece al orden de aquellas cosas que han de permanecer ocultas en el silencio una vez terminada la conversación.

En tanto que aquello que se dice mediante el cuchicheo pertenece al orden de lo íntimo y, por ende al de lo privado, éste acto humano comienza a mostrarse como algo problemático en el momento en que aquello sobre lo cual se dialoga pertenece al orden de la vida pública, es decir, a lo que compete a toda la comunidad, pues el cuchicheo en este caso se acerca excesivamente al silencio cuando aquello sobre lo que se habla ha de ser conocido por todos.

Por otra parte, hay que tomar en cuenta que para hablar sobre cuestiones íntimas con el amigo, el cuchicheo no tiene porque llegar a ser algo necesario, pues bien se puede buscar un lugar en el cual existan las condiciones apropiadas para charlar sin ser escuchado, a menos que no exista tal debido a un constante afán por hacer de la vida privada algo público.

Lo anterior, nos lleva a la cuarta característica que sobre el cuchicheo he mencionado en el presente texto, d) para que el cuchicheo se haga presente es necesario un ambiente que suponga el predominio del silencio, respecto a dicho ambiente, hay al menos dos posibilidades, α) cuando se pretende entablar un diálogo entre la comunidad a fin de encontrar aquello que es mejor para ésta, diálogo que supone a su vez la disposición del auditorio para escuchar atentamente a cada uno de los que hablan y así juzgar y elegir lo que es mejor para la comunidad misma, por ejemplo cuando hay elecciones; y β) cuando un diálogo comunitario deviene en monólogo, es decir, cuando un hablante impone su discurso sin permitir que éste sea criticado por el auditorio, por ejemplo cuando se establece un régimen totalitario.

En el primer caso, el cuchicheo impide que haya un verdadero diálogo entre la comunidad, pues aquellos que se dedican a cuchichear, muestran su desinterés por la vida pública y su preocupación por sus vidas privadas, es decir que se aíslan de la comunidad para atender aquellos asuntos que sólo les competen a unos cuantos; en una comunidad de cuchicheantes, no es posible que se pueda elegir a conciencia entre aquello que es mejor para la comunidad, pues los múltiples hablantes que hay ahí impiden que se escuche con atención aquello que se ha de juzgar como conveniente o inconveniente para la vida de todos.

Respecto al segundo caso, podemos notar que cuando el supuesto diálogo comunitario deviene en monólogo, el silencio que se impone obliga quizá a que surja el cuchicheo, pues sólo mediante la discreta conversación con los amigos es posible salir bien librado cuando se está criticando a ese monólogo que trata de cerrar las puertas al interés de los cuchicheantes por la vida política; en este contexto el cuchicheo emerge como algo necesario, pues el silencio impuesto por aquel que tiene permanentemente el uso de la palabra sólo puede comenzar a romperse mediante el nacimiento de aquel. Sin embargo, el cuchicheo en este contexto, no deja de ser un problema, pues al ser un diálogo que se entabla con unos cuantos lleva al orden de lo privado aquello que es propio de lo público, dejando latente el riesgo de que un monólogo acabe siendo sustituido por otro.

De todo lo anterior se desprende que el cuchicheo es efectivamente aquello que se encuentra entre el silencio y el habla, pues mediante éste los dialogantes procuran hablar sin romper el silencio que los rodea. Sin embargo, el que éste sea bueno o malo para la comunidad depende de la relación que haya entre ésta y el ambiente en el cual se da el cuchicheo, es decir, en un ambiente donde lo que predomina es el monólogo totalitario, y por ende el silencio del resto de la comunidad, el cuchicheo es una virtud, pues mediante éste es posible mantener con vida al interés de la comunidad por lo que de ella está haciendo la voz cantante en ese momento, y junto con ello el interés por buscar cómo cambiar las cosas; pero en un ambiente donde lo que prevalece es un intento porque la comunidad mantenga un diálogo que le permita elegir lo mejor, el cuchicheo es un vicio, pues permite un exceso de hablantes y junto con ello abre la puerta a la posibilidad que dichos hablantes se preocupen más por lo privado que por aquello que pertenece al orden público, y junto con ello a toda la comunidad.

Así pues parece que entre más saludable sea la vida política de una comunidad menos presente se hace el cuchicheo, pues en un caso es necesario y en otro es un exceso, el problema con ambos es que no hay manera de distinguir entre lo que pertenece a la comunidad, lo que es público, de lo que es propio del individuo, lo que es privado.

Maigoalida de la Luz Gómez Torres.


[1] Cfr. La entrada para cuchichear del DRAE.

Silencio y democracia.

SILENCIO Y DEMOCRACIA.

El hombre es un ser dialógico, y esto parece el fundamento de la vida democrática, este ser se distingue de otros seres por su capacidad para dialogar, misma que percibimos con mayor facilidad cuando escuchamos su voz, es decir, cuando nos percatamos de que él emite sonidos articulados con un orden y un sentido a los que llamamos palabras, a su vez ese orden y ese sentido nos dejan ver que las palabras emitidas tienen un significado, el cual podemos entender o no.

Sin embargo, el hombre no pasa toda su vida emitiendo sonidos, también es un ser que guarda silencio sin por ello confundirse con los otros seres que le rodean. Es por ello que a lo largo de este breve escrito exploraré lo que es el silencio y la importancia del mismo en una comunidad democrática, pues una vez que sepamos lo que éste es comprenderemos con mayor claridad porqué el hombre que decide guardar silencio no deja por ello de ser un ser dialógico.

Sé que parece contradicción tratar de decir lo que es el silencio, pues la experiencia que tenemos del mismo nos indica que éste es destruido en cuanto iniciamos el discurso sobre el mismo, empero pensar en lo que sea el silencio no nos está vedado, pues así como el habla nos distingue de los otros seres que hay en el mundo, la capacidad para callar parece propia de aquellos que hablan.

Así pues, para comenzar con la exploración de lo que el silencio sea, es conveniente señalar los diversos modos en que el hombre guarda silencio, pues no siempre calla por los mismos motivos.

Por una parte, está aquel silencio que se caracteriza por la ausencia de la voz pero la presencia de pensamientos discurriendo en la mente del que calla, como ejemplos de este modo de guardar silencio encontramos el silencio del que se siente enojado, el de aquel que siente vergüenza, el del que calla para escuchar y reflexionar sobre lo que otro está diciendo, entre otros momentos en que decidimos callar, y que experimentamos cotidianamente.

Conforme a lo anterior, podemos ver que el silencio se da porque así lo desea quien calla, ya sea porque se ve forzado a callar o porque considera que es mejor no emitir voz alguna respecto a lo que calla, es decir, que este modo de silencio depende de la voluntad del que lo guarda, aquel que enojado se calla, lo hace porque considera que es mejor callar que hablar en ese estado. Cabe señalar que aún bajo ciertas circunstancias en que parece que alguien calla lo que ve o lo que oye porque no tiene elección, el silencio que guarda el que calla es en última instancia resultado de su voluntad, pues ya sea forzado o no quien se mantiene silente elige mantenerse en ese estado.

Así pues, vemos que hay un silencio voluntario que por surgir de una elección del hombre puede romperse en cualquier momento, pues en este caso el ser que guarda silencio bien puede cambiar de parecer y emitir en cualquier momento la voz que anuncia aquello que callaba. Este silencio voluntario lo experimentamos constantemente, ya sea porque nosotros callamos, ya sea porque aquellos que se encuentran ante nosotros lo hacen, lo que es claro es que el silencio puede romperse en cualquier momento, y al romperse podemos comunicar con mayor claridad aquello que esta discurriendo en nuestra mente. La experiencia de guardar silencios y romperlos es una experiencia social, pues se da principalmente en el diálogo.

Por otra parte, está aquel silencio que se caracteriza, también por la ausencia de voz, pero se distingue del primero por la ausencia de pensamientos discurriendo en la mente, aquí podemos ubicar al silencio de muerte, y quizá, al silencio que guardan aquellos que logran aquietar al intelecto porque han alcanzado la iluminación, contrario al primer modo de guardar silencio éste no lo podemos experimentar cotidianamente, morimos o alcanzamos la iluminación una sola vez.

En este modo de guardar silencio no vemos a la voluntad humana actuando, pues, salvo algunas excepciones, nadie elige el momento en que el morirá, así como tampoco elige alcanzar o no la iluminación, de modo que no es posible romper este silencio sin ayuda de una divinidad que pueda resucitar al muerto o que permita al iluminado hacer común la experiencia que siente debido a la revelación de la divinidad. Así pues, se puede decir que éste silencio es un silencio involuntario, en el cual el hombre es guardado en la más individual de las experiencias, pues del silente no depende hacer común a los otros lo que es morir o lo que es propiamente la iluminación.

En vista de que el silencio voluntario sí permite mantener la comunicación con los otros, pues el hombre que guarda silencio también comunica mientras que aquel que es guardado en el silencio parece mantenerse sólo en el nivel de la expresión, podemos decir que el silencio voluntario tiene repercusiones en la vida comunitaria, en especial cuando la comunidad en la que se desenvuelve aquel que decide guardar silencio es una sociedad que busca gobernarse mediante la democracia.

Tener voz y voto es fundamental en una comunidad que se dice democrática, de modo que decidir guardar silencio, en este contexto en especial, podría parecer, en un primer momento, la negación al derecho de hablar conforme a lo que se piensa y de elegir lo que se considera mejor para la comunidad.

Guardar silencio en un momento en que la misma comunidad solicita la presencia de la voz es una acción que tiene repercusiones políticas muy importantes, pues el silencio que guarda el ciudadano bien puede ser síntoma de la irresponsabilidad de éste, por ejemplo cuando no emite voz debido a que nunca se interesó por aquello que se estaba dialogando, o bien puede ser síntoma de desacuerdo con las diversas partes que están inmiscuidas en el diálogo político, por ejemplo cuando la indignación lleva al ciudadano a callar debido a que las distintas voces que intervienen en el diálogo dicen lo mismo pero usando términos diferentes.

En un momento en el que parece que la desconfianza en la democracia es algo que crece continuamente, vemos también como crecen los niveles de abstencionismo irresponsable[1] cuando se trata de votar; de modo que nos conviene reflexionar respecto a las implicaciones que tiene en este contexto decidir guardar silencio.

Vemos que el silencio voluntario también comunica a la comunidad, alguien puede guardar silencio al sentirse indignado por ver una injusticia o al quedar anonadado cuando recibe alguna noticia muy sorpresiva, la indignación así como el estar pasmado es algo que ven y entienden aquellos que tienen un trato cotidiano con aquel que calla, pero sin ese trato cotidiano no es posible que alguien se percate de lo que significa la acción que está llevando a cabo el silente, a menos que se vea la causa por la que alguien guarda silencio, y aun así el que desconoce al silente se ve en muchas ocasiones adivinando lo que ese silencio significa.

La necesidad de tener trato cotidiano con el silente para que veamos con claridad lo que éste expresa mediante su silencio, es algo que hace necesario el uso de la voz cuando la comunidad es tan grande como para que todos entiendan lo que dice el silente al callar, de modo que en una sociedad democrática como la nuestra, el silencio parecería ser lo más nocivo que hay cuando de elegir se trata.

Conforme a lo anterior, el silencio queda como el enemigo acérrimo de la vida democrática, tal parece que lo mejor, en el momento que se ha de elegir lo que conviene a la comunidad, es alzar la voz en todo momento. Sin embargo, quedarse en una comprensión tan simplista respecto a las implicaciones políticas del silencio resultaría tan nocivo como callar en todo momento mientras la comunidad requiere que sus ciudadanos hagan uso de la voz que se les ha concedido. Veamos pues las graves consecuencias de no guardar silencio en el ámbito de la vida democrática.

Negarle al silencio la posibilidad de hacerse presente cuando se trata de elegir lo que es mejor para la comunidad, implica abrirle la puerta al ruido, el cual no permite mantener el necesario diálogo que se ha de sostener cuando se trata de ver qué es lo mejor. La presencia de todas las voces al mismo tiempo hace que sólo sea escuchada aquella voz que tiene más fuerza, no la que tenga razón, fuerza que se muestra no sólo en la cantidad de anuncios o en el dinero gastado en una campaña política, sino también en la venta de esperanza, o de un cambio en la vida de la comunidad, la cual se ha de hacer apresuradamente porque no se tiene garantía de que haya quien se siente a escuchar.

Esas prisas al decir las cosas, hacen que las propuestas para hacer de una comunidad una mejor comunidad se tornen en promesas que pueden resultar imposibles, pero que dan más fuerza a la voz que está gritando para llamar la atención; a la comunidad se le puede prometer ya no ser pobre y gritar a los cuatro vientos que se le ayudará para que eso suceda en quince o veinte minutos, pues aquellos a los que se les demanda atención no son capaces de trabajar más tiempo para que eso que se les ha prometido ocurra efectivamente.

Que las propuestas o los programas para hacer de una comunidad algo mejor se vean reducidas a meras promesas, incumplibles a veces, es resultado de exacerbar la negación del silencio en la vida democrática, para saber lo que dice el otro es necesario estar dispuesto a escucharlo atentamente, y para escucharlo atentamente es necesario guardar silencio el tiempo necesario como para que termine de mostrar lo que propone y cómo piensa lograr aquello que propone.

Si bien el silencio absoluto es nocivo para la comunidad democrática, pues deja al otro en suspenso respecto a lo que se dice al callar, en especial cuando el otro no conoce lo suficiente al silente, la negación de todo silencio hace de la vida democrática algo que necesita del escándalo para que más o menos se lleve a cabo. Así pues, antes de fomentar el uso de la voz en una comunidad democrática, es necesario fomentar la presencia de un silencio que escucha atentamente, y que está dispuesto a romperse una vez que se ha escuchado el tiempo necesario al otro.

El silencio absoluto, así como la presencia del ruido y del escándalo en aquellas voces que quieren ser escuchadas sin tener nada que decir, niegan que el hombre es un ser dialógico, y al negar esto se le deja en el nivel de las bestias a las que el buen pastor lleva a hermosos campos a pacer.

Maigoalida de Luz Gómez Torres.


[1] Entiendo por abstencionismo irresponsable aquel que emerge del propio desinterés del ciudadano por la vida política.

Un hombre de palabra

HOMBRE DE PALABRA.

“Dijo Dios: “Haya luz” y hubo

luz. Dios vio que la luz era buena

y la separó de las tinieblas. Dios llamó a la luz “Día” y a las tinieblas “Noche”. Y atardeció y amaneció el día Primero.”

Gén: 1,3-6

La afirmación sobre la racionalidad del hombre es algo que escuchamos cotidianamente, decimos que éste se define como un animal racional[1], y nos percatamos de esa racionalidad mediante el habla, pues con la palabra el hombre expresa y comunica lo que es, lo que siente y lo que ve, a veces diciendo la verdad, en ocasiones errando en lo que dice y en otras tantas mintiendo, pero siempre expresando y buscando comunicarse.

Pero, la cotidianidad con la que afirmamos que el hombre es un ser de palabra, es decir, que se define por hablar, nos oculta los problemas que de tal afirmación se desprenden, pues no siempre nos detenemos a pensar en lo que significa que el hombre sea un animal que habla.

Así pues, en el presente escrito me dedicaré a explorar lo que significa afirmar que el hombre es un ser racional, es decir un ser definido por su uso de la palabra.

En primer lugar, nos conviene explorar lo que hacemos cuando hablamos, pues decir que el hombre se define por esta actividad implica que hablar es algo que le pertenece sólo a él, es decir, no es algo que podamos aprehender fijando nuestra atención en otros seres; de modo que para hablar sobre el habla es necesario que nos detengamos a pensar en nosotros mismos como seres que hacemos uso de la palabra.

Cuando hablamos lo hacemos para darnos a entender, ya sea con otro o con nuestra alma, dialogamos con nosotros mismos como si fuéramos un otro, mentamos aquello que pensamos para que aquel con el que hablamos nos entienda sin necesidad de que aquello de lo que se habla esté presente y sea señalado con los dedos.

Al mentar, usamos nombres, y esos nombres se refieren a las cosas que conforman a nuestro mundo o a las acciones que hacemos o padecemos de alguna manera, el hecho de nombrar implica que somos capaces de desprendernos un tanto de aquello a lo que mentamos con el nombre, pues aún cuando aquello de lo que hablamos no se encuentre presente somos capaces de saber sobre qué estamos hablando; así pues, el habla se constituye, en un primer momento, como un acto que nos permite tomar distancia respecto a las cosas que nos rodean. Pero, al mismo tiempo, el habla nos acerca a ese mismo mundo del que inicialmente nos distanciamos, pues al mencionar acercamos hacia nosotros aquello que no se encuentra al alcance de nuestra mano, o que no podemos tocar porque no es algo sensible; por ejemplo, cuando hablamos sobre lo divino nos acercamos a lo que no podemos captar más que con el intelecto, y que de hecho no podemos tocar o señalar con el dedo.

Esta doble naturaleza del habla nos deja ver, en primera instancia, que el hombre es un ser que se encuentra en tensión, se ubica entre la inmediatez que le proporcionan los sentidos, pues es un animal, y la distancia espacio-temporal que le proporciona el habla, la cual lo conduce, la mayoría de las veces, a vivir en el malentendido, pues el habla no contiene la certeza que sí nos dan los sentidos.

Pero aceptar que vivimos constantemente en el malentendido implica que aceptemos que la finalidad del habla que mencioné unas cuantas líneas atrás no siempre se cumple, por lo cual el hombre se definiría por una actividad que no necesariamente comunica sino que en ocasiones oculta, de ahí que tenga la capacidad de mentir o de errar cuando pretende hablar sobre ciertas cosas.

El error y la mentira, es algo con lo que vivimos cotidianamente; a lo largo de nuestra vida, si bien nos va, nos percatamos de aquellos errores que cometemos cuando afirmamos algo, mentimos o descubrimos alguna mentira, lo que si no dejamos de hacer al hablar es expresar, y en algunas ocasiones comunicar.

Si nos son tan cotidianos el error y la mentira, es porque el habla también da la oportunidad de retractarse, un error en otros ámbitos puede ser fatal, no es lo mismo equivocarme al decir de qué color es una fruta que equivocarme al confundir una fruta venenosa con otra que no lo es, del primer error puedo aprender y retractarme, del segundo, difícilmente salgo viva.

Darnos cuenta de esto, también significa percatarnos de que el habla no siempre muestra a las cosas como son, de ser siempre así no habría lugar para el error o para la mentira; el habla sí nos dice algo sobre aquello de lo que hablamos, pero al mismo tiempo oculta ciertos aspectos de lo que mencionamos; por ejemplo, cuando nombramos una cosa nos fijamos en aquello que tiene en común con otras de la misma especie, pero dejamos fuera lo que hay de individual en esa misma cosa, es decir, queda oculta atrás de lo que de ella decimos.

Lo anterior, nos ayuda a ver que al aceptar que el hombre es un ser que se define por su uso de la palabra, aceptamos que éste, al igual que el habla es un ser que muestra y oculta al mismo tiempo las cosas, lo que implica que cuando le preguntamos por él mismo, se muestra y se oculta a un mismo tiempo, escapándose como el agua entre los dedos de una mano.

Al ser tan escurridizo, el hombre se sustrae a una posible definición clara y distinta, de modo que no podemos afirmar que éste es sólo un animal racional, es decir, que se distingue de entre todos los seres por el uso de la palabra, pues al hacerlo dejamos fuera el hecho de que el hombre sigue siendo hombre en el silencio.

Por otro lado aceptar que el habla es lo que define al hombre implica que éste es formado como tal por el uso de la palabra, lo que nos invita a pensar si es el uso de la palabra lo que forma al hombre como tal, o es porque el hombre es hombre que hace uso de la palabra.

Este problema no es pequeño, por una parte al decir que el uso de la palabra es lo que hace al hombre ser lo que es, tal pareciera que afirmamos que el habla es la que lo forma como tal, lo que equivaldría a decir que una persona tiene cierta manera de ser y de ver el mundo porque así lo ha determinado el modo de hablar que ha aprendido de sus padres o de la cultura que lo rodea.

Por otro lado al decir que por ser el hombre lo que es le resulta inevitable el uso de la palabra, afirmamos junto con ello que el uso de la palabra es determinado por el hombre, lo que podría llevarnos al extremo de afirmar que es el hombre el que se forma una manera de ser y de ver el mundo conforme va dando nombres a las cosas.

Con lo hasta ahora dicho, podemos concluir, que si bien no sabemos si la palabra es la que forma al hombre, o el hombre es el que forma a la palabra, lo que sí sabemos es que el habla y el hombre no pueden ser separados de manera fáctica para ser estudiados, pues así como no hay habla sin hombre, no hay hombre sin palabras, porque aun cuando pensamos en silencio, pensamos con palabras, es decir con signos que nos acercan a lo que no está presente y al alcance de la mano.


[1] Cfr. La entrada de diccionario “hombre” en el DRAE, edición 22.