Una de villanos

El sol se sonrojaba una vez más por abandonar a los viajeros, éstos, en sus caminos costumbristas, lo veían declinar tras las ventanas del autobús. Sus rostros aún permanecían pálidos, sus labios secos, y su corazón parecía el de un niño recién nacido. Con temor uno de los pasajeros volteó a ver a su vecino al mismo tiempo que le preguntaba: ‘¿Se encuentra usted bien?’, ‘sí, respondió éste, sólo un poco asustado’.

Ya van dos veces en este mes, indicó alguien al fondo de la unidad.

De esta manera, el asalto fue motivo de una gran charla entre todos esos desconocidos, que al parecer iban al mismo lugar, cada uno se fue enterando de la opinión de su compañero acerca de qué pensaba de la violencia actual, el papel del gobierno, así como de sus experiencias pasadas. Mientras esto ocurría, el camión llegó a un obscuro túnel que perdía a todos en las sombras.

Yo le iba a proponer –le dijo un hombre corpulento al hombrecillo de traje gris– que mientras yo amagaba al que se colocó delante de mí, usted hiciera lo mismo con el que se encontraba allá atrás, pero no contaba con que hubiera un tercero sentado entre nosotros. Habríamos sido héroes, pensó –pero olvidó decir: salvando a las demás personas. Mientras se decía esto, el último rayo de sol iluminó el borde de sus anteojos, pero pronto se apagó, devolviéndolo a la obscuridad.

Una mujer de aproximadamente cuarenta años, al escuchar lo anterior se santiguó y les dijo: -así es mejor, lo bueno es que no pasó nada, ¡ya ven a cuántos han matado por resistirse!, ¡lo bueno es que todos estamos bien! Y le vino el espantoso presentimiento de que sólo ella hubiera sido la asesinada.

Cuando llegaron a su destino, las luces de la ciudad estaban ya encendidas, y una suave brisa se llevó su falsa preocupación por los demás, pero al bajar cada uno se cuidaba del que había sido su acompañante en este último viaje, no  fuera a ser que un asaltante siguiera a cada uno.

Javel

                                                                                     Lejos de casa

Desde hace algún tiempo al hombre se le obliga a salir de su comunidad para alcanzar la felicidad en lugares llamados Universidades. Así, todo hombre que ambicione ser feliz deberá desde muy pequeño ir construyendo el camino que lo lleve a la cumbre del éxito universitario. El camino, por lo regular comienza muy cerca de casa, en la primaria local, donde compartirá salón con sus vecinos o con algún primo, o con ambos, éste, podríamos decir, es el comienzo del alejamiento de la comunidad, en donde, por el momento, no se puede ser feliz.

     Ya que se dio el primer paso, lo que sigue es avanzar con el mayor esfuerzo hasta la secundaría, lugar en donde se comienza a probar el temple de la mayoría, pues aquí se irán quedando algunos por falta de ambición, o por distraerse un poco en las garras del vicio, ya sea alcohol, o alguna relación que dejará frutos, sin embargo, su abandono al proyecto de felicidad es necesario, pues ¿quién sino ellos en su decadencia e infelicidad mostrará a las siguientes generaciones el peligro de quedarse en el pueblo sin ser feliz, o universitario?, esos viejos amargados por la ambición inconclusa serán parte importante para las generaciones venideras. Mientras tanto, el que sigue avanzando, (alejándose de los suyos, que comienzan a parecer otros) comienza a ver que sólo puede hablar plenamente con aquellos que siguen a su lado en este camino.

     La preparatoria es, como su nombre lo indica, el lugar en que se dispone la última pieza para que ninguno de los que hasta ahí llegaron se retiré fácilmente, es aquí donde recibirán los ejemplos de vida a los que deben llegar saliendo de ahí, los profesores que les imparten clases llenan sus imaginaciones de historias en las que “si no hubieran estudiado una carreara universitaria, no habrían sabido que hacer.” Es cierto que aquí también desertan algunos, pero al menos llevan ya la satisfacción de haber estado tan cerca de la felicidad que cuando regresan a su comunidad cumplen el papel de cuentistas, llenando el pecho de los niños con ilusiones en las que narran lo que han vivido al ser casi felices. La ambición de éstos está ahogada en fantasías. Así, llegan al pináculo del saber unos cuentos, que resultan ser miles de ambicionarios.

     De la universidad jamás se van los que llegan, si bien se retrasan el tiempo que sea necesario, persisten hasta alcanzar la felicidad. Así, cuando por fin terminan, deciden ya no regresar a su lugar de origen, pues ya no hay con quién platicar, por un lado, y nadie aprecia más su lenguaje que sus compañeros, por otro lado. El que sí regresa prefiere encerrarse en su casa para que no le cuenten lo que ya sabe. Caso extraño es del que avanzando en el camino jamás se alejó, tratando de acercarse él y a sus amigos a un trabajo comunitario, pero por lo regular estos hombres traicionan la visión universitaria: sólo se puede ser feliz en una ciudad de universitarios. Cosa extraña es que el que no se alejó reconozca, también, que sólo ahí se puede pensar en estos problemas, o encontrar a alguien que te ayude a pensarlos.

Javel

Aprender a callar

Llega la silenciosa noche, nos tumbamos en el sillón mullido, y encendemos la televisión para que la voz de un periodista –según el gusto de cada quien– comience a darnos cuentas de los sucesos mortales del día, o de quien se peleó con quien, o de quien ya no tiene amigos influyentes, noticia que no sería nada sin la imagen del siniestro, suspiramos hondo y nos callamos gracias al impacto que han recibido nuestros ojos y oídos. ¡Malditos!, dirá uno, cada día estamos peor, suspirará otro, después de lo cual callamos otra vez.

Y es que hemos aprendido tan bien de nuestros profesores, que no se nos puede culpar por callar. Callamos porque algo nos ha impresionado, algo con su fuerza nos ha dejado sin palabras. ¡Cállate y no hables –le dice el profesor al alumno– para que pongas atención! Es la voz enérgica del profesor, junto a sus ademanes exagerados, los que han disminuido una voz. Ahora el alumno sabe que aprender es estar callado y que la educación está en manos de quien tenga una voz fuerte para rebajar al otro. ¿Cómo hablar en tal caso? Hay dos posibilidades: una es hablar (con miedo) esperando que el otro no nos calle; y la otra es la que efectúan los más listos: hablar con la voz de un especialista o escritor, así cuando llegue el reproche por su participación, podrá decir: ‘lo dijo el otro que no soy yo’.

Pero acaso hayamos entendido mal a los profesores, ellos no buscan que bajemos la mirada o el ánimo de aprender, lo que ellos buscan es que guardemos la lección del día. Guarda silencio, no anotes, escúchame a mí, le pide algún maestro al estudiante, y es que sólo guardamos lo más valioso, lo que más nos importa, y lo que más le importa al estudiante es aprender. ¿Qué no hemos visto que por guardar lo más importante se producen guerras? Sí, precisamente por esto necesitamos toda la fuerza posible; al acto de poner toda la fuerza del espíritu para guardar silencio, se le ha llamado contemplar, lo cual no sería posible si la fuerza de lo cotidiano o de los profesores no nos alertara de algo importante.

A la mañana siguiente, después de leer el diario, después de guardar silencio, quizá comencemos a notar que sí tenemos algo que decir.

Javel

Fuerza y debilidad

Porque sin querer tú, te envuelve su arrullo
y contra su calor, se pierde el orgullo
y la vergüenza.

J. M. Serrat

Andando Benito con demasiado entusiasmo fue galardonado “Hombre incólume”. Jactóse kiludo, logrando mantener notable orgullo. Pero, posteriormente palideció, queriendo rasgar su tumba. Una valiente walquiria xenofílica [acometió] yerro (besándolo con dulce entrega) zahiriéndolo, dañándolo eternamente: fue el doloroso cupido bien armado bastante culpable del estado febril, enamorado, del corazón de Benito mal amado.

Javel

LAS PALABRAS EXTRAORDINARIAS

LAS PALABRAS EXTRAORDINARIAS

Hagamos un trato. No un contrato, pues éstos atentan contra las buenas costumbres. En un trato tú eres tú, y yo soy  yo: personas ordinarias y comunes, por cierto, ¿te has dado cuenta de cómo siempre estamos intentando salir de lo ordinario, de lo común, para que desde lo alto de nuestra montaña se nos reconozca nuestra salida del cementerio (lugar en donde todos están a ras de suelo)?

     Los que allá arriba se encuentran hacen contratos sin verse las caras, pues se creen tan iguales que sería una lástima advertir en el rostro del otro una desemejanza, ‘¡qué horror!’, pensará alguno: si denuncio su desigualdad, me revocarán todos mis derechos. Se calla para seguir iguales. Todos tienen derecho a llegar hasta su montaña, y acondicionarla según lo estipulado. Para gritar con una sola voz: es nuestro trabajo.

     Pero no es sólo eso lo convenido: las palabras también deben cambiar para que no se vea la desigualdad entre los hombres extraordinarios, las palabras también tienen la obligación de ser extraordinarias, y sólo se puede lograr esto sembrándolas en la tierra fértil que cada montaña se ha propiciado, así, cada vez que haya un nuevo congreso, se podrán presentar los logros obtenidos en el campo de cada uno, evidentemente sin la soberbia de creerse mejor que el otro pues su producto es tan bueno como el mío, por lo que ambos merecen el reconocimiento de todos, una vez hecho esto, la comunidad puede guardarse en el baúl hasta nuevo aviso. Pero antes de guardar todo ¿Qué ocurre allá al fondo? ¿Ya viste? Esos dos siguen platicando de no sé qué tonterías, no, seguro es algo importante, pero no puede ser tan importante como para quebrantar los acuerdos, ¡ve y diles que el congreso ya acabó!, ¡rápido, se están alejando!

     ¿Cómo que no los alcanzaste?, ¿y se dirigían a la capilla del cementerio hablando lengua muerta?, ¡pues qué soberbios!, seguro se han dejado seducir por la erudición, no valen la pena. ¿Y estás seguro de que lo que escuchaste fue?: Hagamos un trato. No un contrato… ¿el trato es tratarnos?

Javel

Y era el hombre

Era hábil, en verdad, nadie hubiera podido dudar que este hombre fue el mejor en lo que hacía, y es que tenía tanta experiencia y gusto por su labor, que cada vez que terminaba, los demás se alegraban tanto o más que él. Consiguió un triunfo más. Logró discernir, no, sentir la belleza que se encontraba en esa acción. Es cierto que se apartaba un poco de los demás, pero sólo un poco, pues habiendo vivido tanto tiempo replegado en su soledad, mirando el reflejo y de vez en cuando lo que sucedía tras la ventana, se había convencido de que no encontraría belleza más que en las calles, paseando o hablando con algún otro, por eso, cuando quedaba maravillado por algún suceso,  no dudaba en denunciarlo. Le agradaba hablar de ello con los demás.

Era un hombre realmente eficaz distinguiendo lo bello de lo feo, por lo que no dudábamos al escuchar que sólo él conocía la esencia de las cosas bellas. ¿Pero qué sería la belleza sin la bondad?, preguntaba ese hombre, siempre, al final de su charla, al otro. Y este hombre que hablaba así, fue, quizá el último que estuvo tan cerca de ella, pero murió sin dejarnos más legado que las palabras.

Sus juicios lo hubieran mantenido vivo por siempre, pero su omisión en el acto fue lo que terminó su vida, o mejor dicho, su falta de hábito, pues aquella vez, no sólo él, sino todos los presentes, reconocieron la elegancia, la dulzura, el rubor, la fuerza, y la paciencia, en fin, la belleza; nadie se atrevió a hablar; todos estaban seguros que él se dirigiría a ella, y así lo hizo, pero en cuanto le tomó la mano, la muerte le estrujo el corazón, y murió con su nombre en los labios.

Ahora ella vaga por el mundo siendo ignorada, incluso hay quien dice que ya no existe, porque ya no hay quien la busque, ya ni si quiera se habla de ella. No sabemos qué son sus palaras, ¿para qué un legado así? Quizá ella vagando y nosotros ciegos de ella algún día nos encontremos, lo que nos queda es creer que sigue aquí, entre nosotros.