Brevísima elegía

Para que exista el árbol ha de haber tierra.

Para vivir necesitamos aquello

que derribó el inmenso hachazo en segundos.

JEP

Quien pierde todo, sufre melancolía. Un hogar no sólo se agrieta en sus paredes. El edificio se derrumba con sus habitantes, aun cuando ellos lo vean caer. Bajo los escombros quedan sepultados fotografías engañosas, libros hermosos, juguetes quebrados, alacenas amorosas. Las aves de rapiña encuentran solamente cadáveres; el rapiñador merodea y hurta cosas. No escuchas la voz cálida de tu abuelo ni el griterío a las dos de la tarde en la primara. Ha sido callada la algazara de la avenida. En minutos, el polvo se levanta, nos oculta y sume en un mundo desolador. En vilo esperamos por quien tal vez jamás aparezca. Espectros que deambulan en el limbo de los recuerdos. El espíritu es avasallado por la materia absurda e inerte; sufre melancolía.

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Haciendo sonar un ruido V

No es sorpresa que un haiku hizo ruido en este blog. Dio saltos en Triques y paliques, Humo, Fabulaciones y en Objetos usados. Ahora salta aquí en un arrullo:

Musita ranita,
todo esté tranquilo;
¿no ves que mi niño
quiere estar dormido?

Calma los rumores,
duérmelos conmigo;
serena la noche
para mi nenito

Aplaza la mañana
para descansar;
al estanque salta
no vuelvas a croar.

Viajes fútiles

Hay blogs que parecen diarios de viaje hacia un lugar baldío: el propio espíritu.

La hoguera y los intelectuales

A propósito de su muerte, Ciro Gómez Leyva conversó al aire con uno de los mejores amigos de Marcelino Perelló. Joel Ortega compartió generación con él. Polemistas en privado que sus hijas los protegían de sus mismas discusiones. Su espíritu sesentero, aguerrido, se hizo presente hasta en las discusiones de sillón. Ortega comentó que el linchamiento mediático fue la causa de la muerte de su amigo. Si bien es cierto que se encontraba enfermo, la tormenta lo arrojó a la tumba. Vino, se llevó su cátedra, derrumbó su programa de radio y Marcelino pereció. Sus defensas se vulneraron por la tristeza y no resistieron a su padecimiento.

Quise revisitar su última gran entrevista al preguntarme si había sido excesivo el linchamiento. El mismo Gómez Leyva le prestó voz a Marcelino en medio de la tormenta. Era el apestado en cabinas, foros de televisión, periódicos. Un exiliado que cualquier vecino repudiaba. Y hubo una oportunidad única, áurea; lástima que fue desaprovechada. Cuando la escuché en vivo, no pude evitar reírme. Vi a un hombre asfixiándose en sus dichos mientras intentaba librarse de ellos. Trataba de responder a las denostaciones y sólo ofrecía más flancos débiles. Esta segunda vez tampoco pude frenar mi risa, sin embargo sentí pena. Hacia el final la entrevista se vuelve rara y desafortunada. Compartí el mismo bochorno que traslucía el rostro de Gómez Leyva. Entreví los argumentos con que intentaba defenderse. En efecto, no promovía que tomáramos las mujeres del cabello y nos abalanzáramos —contra su voluntad— sobre ellas. No obstante, el descuido en su reflexión y torpeza al hablar defendían la violación. Quizás indirectamente, involuntariamente, pero la defendían. Su honestidad ácida que lo volvía claro y provocador, terminó por arruinarlo.

Ciertos intelectuales creen nutrirse de sus fricciones con el vulgo. Su revolución toma fuerza al dar puntapiés a los reaccionarios. Es aliciente en la búsqueda por la verdad romper los candados; nadar en sentido contrario para gozar del manantial. Confunden la censura y represión con la mesura y prudencia. Perelló recurrió a Bataille en su apología, como si todos fuéramos lectores ávidos de su obra. Peor aún: quiso volver a su costa de origen para protegerse de la tormenta. Desechó el argumento para resguardarse en la falacia de autoridad. No se retractó, no se disculpó por su torpeza. Prefirió echarnos en cara, sutilmente, nuestra ignorancia. Y si no le creíamos, son puras malinterpretaciones. Sus declaraciones no fueron erróneas e imprudentes, en realidad no las entendimos. Las sacamos de contexto. Él no cree la sexualidad monstruosa. Es un gatito que ronronea. Por apachurrados o doblez no lo entendemos. Ciertos intelectuales modernos miran en su público al no-yo. Es decir, a un interlocutor inexistente. La culpa la tiene el vulgo al no consumar el desdoblamiento de la consciencia. Sí, fue excesivo el ardor de la hoguera, pero él mismo se entregó a los tribunales. Nunca imaginó un linchamiento. Otra vez, su honestidad ácida y necedad terminaron por arruinarlo.

 

El vendaval (un intento más)

Versión 7: redondilla

El vendaval da muerte:

fulmina y deja restos

ahogados en silencio;

es grito que enmudece.

Muñequitas

Ilustre, bella, a ojos de unos perfecta, Jimena Narváez Lino siempre fue orgullo para sus padres. Desde niña fue afable, aguda y pertinaz. Sin impulso de nadie, era visionaria. En la universidad tuvo un desempeño sobresaliente. Al finalizar su carrera le entregaron una medalla por su aprovechamiento. Ella no sabía nada. En la entrega de diplomas realmente la sorprendieron. Entrevistaron a sus padres y compañeros, lo cuales dieron opiniones excelentes y le mandaron felicitaciones. Fue un encomio audiovisual. Lo que a nadie sorprendió fue la presteza con la que consiguió empleo. Al hacerlo, todos le dijeron que lo veían venir y lo merecía indudablemente. En la misma ceremonia de clausura, por suerte, se encontraba el licenciado Hernández de León, quien dirigía uno de los despachos de arquitectos más activos en el Valle Metropolitano. El reconocimiento despertó su curiosidad. Al cabo de un año de graduarse, Jimena ya tenía un trabajo codiciado, bien posicionado, una familia que la presumía y un sinfín de viajes que le dejaron anécdotas divertidas y, tal vez, una que otra enseñanza.

—Están preciosas las matrioshkas, así se les dice, ¿no?

—Sí, o muñequita rusa o mamushka. Da igual, de cualquier modo no las compré en Rusia. Será mi próxima parada, después de China. Me lo propongo.

—¿Este año irás de vacaciones para allá?— preguntó Frida después de guardar su libro de Oscar Wilde en su bolsa.

—No es mi prioridad. Este año se jubila mi papá y coincide con mi período vacacional. Además de la gran fiesta que preparó mi mamá, la cual sinceramente me da mucha flojera, haremos una comida en casa. Quisiera estar para eso. Sé que será algo especial; vendrá mi tío de Mexicali que lleva cinco años sin ver a mi papá. Quiero ver sus rostros. Tal vez después vaya para allá. Aunque debo ahorrar para el viaje.

—No cabe duda que están preciosas— continuaba diciendo admirada Brenda, giraba las esculturitas, observando cada detalle— la otra vez vi que Karla tenía unas en su mesita central, la de la sala. Me dijo que era uno de sus tantos regalos que le dio su novio, el que era su jefe.

—¡Su novio! No me hagas reír. Era ella otra becaria que sólo se anduvo dando. Karla fue hasta modelo, se viste bien, es niña de casa, y ese idiota no la supo conservar.

—Ay, Frida, la estúpida fue ella. Una sabe cuando está siendo utilizada, cuando sólo te buscan para tener sexo. Ni tan niña de casa. Y hubiera estado bien si fuera un poco más honesta. Aun sabiendo lo que le pasó a las otras chicas, ella seguía ahí. Le gustaba ser consentida, tener atención. Así son ese tipo de personas. Su perfil es de alguien que nunca le costó nada y nunca pensó nada. Creció entre bienes materiales, sin esforzarse por nada. Cuando hablas con ella no te dice nada interesante. Siempre me ha parecido muy superficial.

—Se enamoró ciegamente; entiéndela un poco. No la justifico, pero yo la vi llorar cuando él la cortó.

—Puede ser, Jimena, pero en esta vida no todo es el corazón. No puedes vivir visceralmente. Hay que ser racionales y escoger con criterio. Habemos mujeres chingonas; fuertes y conscientes. Actuamos con determinación y resistimos a los influjos perjudiciales. Tú eres una de ellas. ¿Cuándo nos han visto así la cara? Sufriste un engaño, pero no te utilizaron.

—Por eso yo espero a mi hombre ideal, a mi Darcy. Mejor soltera a mal acompañada. Nosotros debemos hacerles ver que lo mejor cuesta. No andarnos acostando a la primera. Deben esforzarse para ganarnos. Los caminos al corazón son pedregosos.

—Tampoco exageres, Frida. Tú quieres que todos sean como tu hombre ideal. Nadie te gusta. Pero ya, sinceramente me da hueva estar hablando de ella. Vayamos a algo más importante…

II

—No, ¡estoy harta! Déjame irme. De verdad discúlpame, no aguanto estar aquí. Odio su fiestecita. Traté de sacar a Brenda, pero me abofeteó. Soporté la fiesta, soporté verla borracha. Lo que no toleraré es su agresión.

—No puedes dejarme con ella. No sé qué hacer.

—Llámame cuando quieran irse y yo paso por ustedes. Sea la hora que sea. Llevo a Karla a su casa y voy a mi casa— sonrió Jimena a Frida intentando tranquilizarla. Después de ello subió a su coche y respiró hondo— Lo siento, Karla, por escuchar lo de afuera. Apenas nos llevamos y andas viéndome así.

—No te preocupes. Pasan estas cosas. ¿No importa hacer una parada antes de tu casa?

—Para nada. Acabo de recordar cuando tu mamá, en la prepa, me llevó a mi casa porque la mía no llegaba por mí. Fue un súper favor. Sólo se habían hablado un par de veces y eso por ir en el mismo club.

Con mejor ánimo, Jimena encendió y arrancó su coche. Al principio habló cordialmente con Karla. La conversación amena sirvió para serenarla y hacer sentir cómoda a su acompañante. Por lo mismo, rápidamente, ella empezó a hablar y llorar por su noviazgo fallido. Con su mano derecha, Karla se limpiaba las lágrimas. A ratos, con su mano izquierda, suplía la comezón feroz de su entrepierna. Sin embargo a Jimena no le importó la pérdida de modales. Su calidez y oídos sirvieron como consuelo de la otra.

III

—¿Supiste que falleció José Luis Cuevas?

—¡Sí! No mames. Gran pérdida para el arte plástico mexicano. Es uno de los últimos grandes, si bien no es el último. Ahora la expresividad nacional no tiene una de sus antorchas. ¿Qué haremos sin el autor de La giganta y Acapulco 72? Ese enfant terrible que, así, valiéndole madres, puso esa representación del citadino en una glorieta. Dime si no los brazos, piernas y extremidades amontonadas de su Figura obscena nos escupe en la cara nuestro caos urbano.

—Un chiste muy sutil. Ay, ese incorregible. Deberíamos ir a su homenaje. No creo que esté tan atestado; ¡vamos!

—Va. Fíjate, en la mesa de enfrente. Pinches fresas, nosotras hablando de arte y ellas echando el chisme con su caramel machiatto. Sólo con verlas me da hueva. Han de hablar pura tontería. Tan bonitas y pendejas— murmuraba una joven que las miraba a lo lejos con desprecio ardiente y vivo.

—Así es hoy en día. Estamos rodeados de burgueses frívolos y tontos.

Plaza de la soledad

Denostamos a quien no creemos suficientemente honesto. Se lo atribuimos más a la hipocresía que a otras razones. Creyendo en cuclillas en la bondad de la verdad, aborrecemos cualquier velación de ella. La vemos con recelo y elucubramos desconfiados en lo que puede ocultar. Apreciamos la honestidad, pese a ser espinosa o amarga. Es un mérito instantáneo e inmediato. Coloquialmente decimos que la verdad siempre es buena, aunque sea cruda y dolorosa. La realidad no es agradable y muchas veces nuestras mentiras nos protegen de ella. De ahí que, en cierto sentido, afirmemos la verdad como liberadora. Quitarse la venda para no vivir engañados. Será cierto que la verdad amedrenta, pero resulta peor vivir encadenado a la ignorancia. Es necesaria la develación, por muy realista que termine siendo.

Desde esta perspectiva, Plaza de la Soledad hace eso. El documental de Maya Goded retrata fiel y honestamente la vida de algunas prostitutas de la Merced. No aspira al éxito comercial o la aprobación multitudinaria. Quiere realmente mostrar lo que sucede ahí. Prefiere abstenerse de filtros y sólo grabar. No se reserva en observar relatos estremecedores, por muy incómodos que sean. Violaciones, abandonos, decepciones se entremezclan para conformar una narración conmovedora. La cámara es discreta, casi siempre quien graba pasa desapercibido. Incluso hace sentir al espectador como un visitante de la plaza o un intruso en la alcoba. Tenemos la ilusión de conversar frente a frente. Cumple la cinta como retrato de  la mujer en la sociedad mexicana; en todas sus dimensiones, con sus desavenencias y fortalezas. Tal vez sirva como un recordatorio de la desatención por las mujeres que ejercen un oficio riesgoso. O la desatención a personas que precariamente pasan la vejez. La mujer olvidada, menoscabada por el abuso varonil o el statu quo, vuelve a ser protagonista.

Pero no es solamente eso. Lo anterior es una repercusión quizás accidental. La película, en efecto, es desafiante, pero no sólo porque enfrente al toro del machismo. No aspira tampoco a ser un reclamo social. El paneo a las habitaciones atiborradas no busca propiciar el disgusto. Lo último que intenta hacer es exhibir la precariedad, a pesar que muchos espectadores observen eso (algunos incluso deseándolo en secreto). Maya Goded no se propone despertar el morbo. La ventana abierta a la Plaza es un replanteamiento. La pobreza, la enfermedad, la vejez, el desamor, no son causas de reclamo; el espectador altivo puede nublarse con la lástima. La cámara no encomia o enjuicia. Su sobriedad es virtud. Ellas mismas, en la variedad de sus historias, demuestran que la crudeza no siempre es lo que parece. Detrás de esa realidad sucia y escabrosa, hay más para escarbar. Ellas lo intuyen; constantemente, entre las escenas duras y dolorosas, observamos que prenden su veladora, rezan, sonríen ante los cumplidos, bromean pícaramente, amparan a los desfavorecidos y se aman. El documental retrata a almas solitarias, incluso desahuciadas, que todavía tienen algo que decir. Maya Goded no descendió al infierno burgués para extraerlas.