Principio del personaje

Principio del personaje

Entre la somnolencia, flota un cuerpo cuya pesadez se advierte en el silencio. Las agitaciones del ruido no despiertan, sino que sumergen en el letargo de la tribulación. ¿Qué será el yo que se vuelve recurrente, que se supone tan fácilmente? ¿O no es suposición? La lengua lo requiere, como el primero en orden de referencia. Pero lo que terminamos llamando el yo queda lejos del orden de la palabra y de su comunión con las otras personas perceptibles: el yo es un drama funcional en la vida que se nos pide; un naufragio que se disfraza de claridad, una potencia productiva de posibilidades. ¿No es también una exageración? El dato que parece más inmediato, indudable en su firme certeza, podría ser de poca seguridad si lo que es posible saber no siempre se presenta bajo el criterio que esa claridad demanda. El dato más seguro es también el menos esclarecido, por parecer fundamento de todo esclarecimiento posible. ¿No será que el yo es a veces también esa sombra cadavérica que uno llama vida?

Tacitus

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A la sombra

A la sombra

¿Puede aplicarse el supuesto de la relatividad total a nuestra propia alma? La pregunta parece ociosa, porque se da por supuesto que el origen de la relatividad es claro en sí mismo: fuera de lo demostrable, lo demás es interpretación. La palabra “interpretación” pierde todo sentido, porque en sentido estricto no habría nada qué acercar: sólo reina la opinión, que quién sabe de qué será opinión. ¿Hay alguna utilidad en señalar la contradicción inherente al intento de defender la interpretación mediante una apelación absoluta a la imposibilidad de interpretar? Las lecciones morales usuales son triviales, pero la indignación se despierta fácilmente. Tanta moralidad es también una falsedad hacia uno mismo. ¿Cómo distinguir la evasión de la cercanía cuando no hay nada qué pensar? La palabra naturaleza se vuelve trivial porque es casi hermana del prejuicio. Eso sería cierto si la experiencia no pudiera todavía mostrarnos el error. ¿No es andar en círculos otra vez? La experiencia, señalamos, se construye, se hace con palabra y, por ende, se comprende por interpretación. El pupilo sólo puede maravillarse ante la pregunta que se le hace clara. No hay una ley que determine cómo puede mantener el asombro ante sí mismo. Sería falso decir que no existen ni la hipocresía ni el autoengaño. Pero también sería una visible exageración afirmar que es imposible vivir sin conocerse. A fin de cuentas, el absurdo sería inevitable si ahí en donde se busca sólo permanece el acto mismo de buscar. Mejor dicho, sólo hay absurdo genuino cuando eso que llamamos búsqueda sólo es un impulso ciego, imposible, porque no puede llegar a ningún lado. ¿Alguien establece los límites a la voluntad de poder? ¿No es la encendida frialdad del solitario que sólo puede hablar al futuro (y no a la tecnificación posible del progreso sin crítica) la dramatización del descubrimiento de la proyección histórica? Hasta el individualismo se vuelve, según esta otra idea, una vulgarización de la originalidad. Si la caverna sólo es poesía en el sentido más vulgar del término, toda pregunta es irrelevante. Quizá ahí reside el verdadero conflicto de no saber lo que somos, o de temerlo.

 

Tacitus

La dicha del habla

La dicha del habla

Me parece que la frontera entre filosofía y poesía no es un artificio del lenguaje. ¿Qué es la voluntad de poder para un positivista, sino una metáfora respetable? ¿No puede uno pensar en el platonismo vulgar como en un barrunto del problema que es pensar? Del centro del problema surge la cuestión sobre cómo escribir. Tal vez por eso el diálogo sobre el discurso adecuado sea también el del Sócrates fuera de las murallas, contemplando inevitablemente a Fedro. Dentro de las murallas, uno pensaría que la expresión se nubla con el uso, que el problema de lo publicable permite distinguir fácilmente el sentido y utilidad de un texto. ¿Qué es la Ética, sino un tratado bellamente persuasivo? ¿El análisis filosófico del alma en relación con la acción se comprende a simple vista? Tal vez el problema de la ética no es visible si no se entrena uno en la observación, si no aprende a ver la relación entre imagen y ausencia de ella. ¿Qué puede pensarse sobre la regla de la virtud, que es lo bello y bueno? ¿Por qué no puede reflexionarse sobre la justicia y el alma sin mostrar que sólo un tipo de vida es propiamente feliz? La idea pasa, pero la implicación es extremadamente compleja: la ética, propiamente hablando, es una explicación pública del erótico. Eso no invita a la transgresión: tiene el extraño efecto de maravillar a quien intenta adquirir alguna precisión o certeza. No es cuestión, pues, de que la prosa permita más la explicación: lo que importa para entender es, a veces, lo que no se mira en la primera mirada. Podrá haber limitación del entusiasmo, pero la perfección retórica no termina ahí: el chiste de sacudir a quien pregunta es lograrlo a pesar de tener todo en contra.

 

Tacitus

Un rastro

Un rastro

La amistad prueba que el cuerpo no es un estorbo. Por más absurdo y trivial que parezca, la palabra y la mano no serían símbolo de nada para el que busca dividirse. ¿Por qué entonces hablar de alma? No es una metáfora. En realidad, nuestro uso de la palabra cuerpo tiene más de metafórico de lo que en realidad solemos pensar: ¿cuántos se conocen tanto a sí mismos como para ser fieles a la experiencia? Esto no hace de la metáfora el lenguaje de lo oscuro, como querían los positivistas; aunque supiéramos lo suficiente de lo que sucede con cada órgano y función, demostrando exactitud invariable, ¿no partiríamos de la confianza en que la exactitud es posible porque hay cuerpo? Uno buscaría eliminar las imprecisiones basados en la idea que manifestamos a través de una imagen de nosotros mismos: el término cuerpo. Aquí es donde resurgen otros compromisos de urgencia. Aceptar la corporalidad es no pelearse con los hechos. Pero, en todo caso, el hecho sería que hay algo sobre lo que parece imposible la duda, a pesar de que no contemplemos aquello que sostiene a dicha imposibilidad. ¿Me conozco sabiendo que la fuente de mis emociones se halla en la causalidad inevitable de los fluidos? Sería falso asumir que conocerse es sinónimo de controlarse. Eso impediría que la modalidad más genuina del autoconocimiento sea, también, una actividad que comparte tiempo con el daimon. ¿Por qué el daimon puede sugerir la lejanía sin albergarse en el ser? Si sólo fuera fuerza, ¿cómo determinar su influencia? Volvamos a la amistad. Por ella uno vislumbra que no hay necesidad de dividirse, pero tampoco de reducirse. ¿Qué podría ser ese encuentro sin la efectiva presencia de la sutileza del alma? Incluso al maravillarnos por la pregunta de la posibilidad de la amistad, nada ganaremos hablando de afinidades internas que nada dicen sobre el misterio mismo de la vida que se muestra en el otro y en quien mira al otro. El cuerpo es un prejuicio moral cuando no puede verse a Eros íntegro.

Tacitus

Del saber de sí

Del saber de sí

¿Qué clase de sapiencia inaugura en nosotros la capacidad de amar? Si amor sólo es locura, no hay sapiencia que valga. A lo mejor ya no creemos posible sapiencia alguna. Creemos que las ideas limitadas, infantiles, se templan al calor de la experiencia. ¿No templa el amor mismo? La sapiencia amorosa es hermana, curiosamente, de la pregunta por uno mismo. Si la pregunta por uno mismo sólo cabe en el alma en tanto hemos de definirnos para actuar, entonces la pregunta se convierte más en un ensalmo. Amar es una partícula de la experiencia total: experimentar es recibir impresiones para juzgarlas. Existe ese panorama general en el que nuestra vida se enmarca: el amor no ordena, no es la fruición que nos revela frente a lo inmortal, sino una marca de la potencialidad natural, una evidencia, mas no el centro de la vida. ¿Será la sapiencia entonces la facilidad, la docilidad para amar al otro? A lo mejor el límite que llaman decencia siempre es una farsa: la famosa dignidad del yo que se sabe independiente de todo o que busca mantenerse libre, sosegado, puede ser también una ilusión ante la ignorancia de nosotros mismos. La fruición amorosa es radical insuficiencia; no ignorancia ni abandono. ¿O sólo nacerá quién sabe de dónde la cómoda imagen, con tal de saber qué nos pasa, antes de preguntar? Aquí se nos vuelve la tranquilidad un enemigo: la experiencia no prueba nunca que estemos completos. El origen de la sapiencia, como diferencia natural, está en el amor, que permite el autoconocimiento.

 

Tacitus

De la fuerza moral

De la fuerza moral

Se vuelve imperio la moral. No hay diferencia entre la voluntad suprema y lo moralmente correcto. ¿Quién distinguirá al ignorante del que sabe algo en la ambigüedad teológica del poder? Por eso la censura se ha disfrazado cómodamente. Esperamos, para denunciar la censura, un temblor injustificado, una amenaza palpable, casi un hecho violento. ¿Qué moralidad hay en esa confusión? La inmoralidad de la censura no la percibimos en relación con la verdad, sino con lo llamativo del acto. La moralidad es un disfraz de la ofuscación. Se convierte la moral en un nombre para lo aprobado, ya no para aquello que manifiestan las acciones. Así como la censura se disfraza, la democracia habrá de ser de nuevo administración de la aprobación. ¿Qué poder administrará dicha aprobación? La investidura moral. Se dirá que la moral es un fenómeno previo a la ley, que es más vigoroso el cuerpo político cuando se obedece a esa fuerza primitiva, que como no hay diferencia entre el mandatario y el pueblo, no es posible dividir ese impulso. ¿Por qué la moralidad es la salud de dicho cuerpo, si de verdad es previa a la ley? ¿Cómo impedir la contradicción entre la aprobación moral y la verdad práctica? La moralidad podrá producir unidad publicitaria, pero no logrará hacer justicia. No sólo por su desprecio de la ley, sino también por su ignorancia inevitable. La famosa autoridad moral servirá, como en todos los gobiernos caprichosos, para propagar la imagen. No es lo visible en las decisiones acertadas, sino aquello que determina toda decisión del poder cuando la democracia “existe” por fin. Dirán que no hay objeción suficiente, que pedir limitantes a las buenas intenciones morales es desconfianza inútil. No habrá acusación que valga en contra de una saludable moral. No habrá diferencia entre lo justo y la venganza, la cual puede disfrazarse de indignación. Se moverá esa fuerza vital, pero no sabremos discernir moralmente hacia su entraña. La moral será sólo una mentira eficiente.

 

Tacitus

Divagatoria

Divagatoria

Mi pueril experiencia me ha ayudado a notar las dificultades de establecer un diálogo. Creo que el problema no radica en la necesidad de reconocer una posición superior; tampoco está en los conflictos del lenguaje, si por conflictos nos referimos simplemente a falta de ilustración en tecnicismos, a la imposibilidad de prescindir de la ambigüedad o a la distancia que siempre establece un contexto específico. La mayor parte de las veces, creo que caemos en nuestra propia trampa: conocer un contexto es, en realidad, imposible sin una mirada capaz de asumir una unidad compleja. Sobre el ejercicio del diálogo hay también opiniones que orientan la mirada. ¿Qué es la experiencia de la verdad en esa posibilidad actualizada mediante el lenguaje? ¿Qué es el descubrimiento de la opinión propia que hace posible la ignorancia, y no sólo en términos del desconocimiento del contexto histórico en que nos hallamos limitados?

El problema de la verdad no se reduce únicamente a las limitaciones del lenguaje. Creo que la posibilidad de notar la precisión en nuestras palabras no es una preparación en la catequesis adecuada, sino un redescubrimiento de nuestra experiencia. Aquella idea que muestra a los juicios como la residencia de la verdad ha sido tan manipulada, que olvidamos que los juicios son enunciaciones hechas sobre algo y para algo. ¿Qué no la verdad es siempre relativa? Nada nos molesta tanto como sospechar que hablar de la verdad conlleva algo de intolerancia. La conveniencia política del dogma de la tolerancia se confunde con la incapacidad para abordar la vida frente a los demás, por limitaciones mutuas que son insuperables. Si la verdad fuera lo que hoy conocemos como “pensamiento único”, no hay posibilidad de distinguir entre filosofía y sofística; lo mismo sucede con cualquier extremismo de la actitud relativista.

¿Por qué importaría la diferencia entre filósofo y sofista? Fuera del positivismo, importaría si la pregunta por quién es el filósofo fuera relevante para la práxis. Con esta afirmación no intento pasar de largo ni la posible diferencia entre la teoría y la práxis ni mucho menos pienso reducir la pregunta por la filosofía a un modo de imperativo por el cual haya una obligación clara del filósofo para con el progreso. De hecho, estas ambigüedades han sido adelantadas por los residuos de la Ilustración, y sus engaños y oscuridades han sido expuestas por Nietzsche. Sospecho que esta compleja diferencia va de la mano con la dificultad de comprender la retórica, así como la relación que esta sostiene con la palabra del filósofo. La complicación de la hermenéutica no puede reducirse tan sólo a la separación temporal de la situación histórica concreta. El historicismo más radical, de hecho, no está en las ciencias sociales. ¿No será el historicismo la forma compleja que esa diferencia ha asumido ahora? Cuando asumimos que la verdad está limitada por el contexto, generalmente lo hacemos influidos por el prejuicio; quizá aquel que piensa que la verdad puede siempre palparse de manera sencilla en la experiencia también lo esté, pues no es necesario asumir que la verdad es algo abierto en todo sentido para esforzarse por ella. Tal vez la reflexión sobre esa diferencia sea la única forma de reconocer ampliamente la ignorancia inherente en la vida del filósofo. Probablemente, también, nada sea tan problemático como el intento de reconocer la sabiduría en nuestra experiencia siempre limitada. Problemático, que no imposible. Si el filósofo es el único que en verdad se conoce, ¿por qué es un problema frente a la polis, en la que encuentra su modo de vida posibilitado y polemizado a la vez?

 

Tacitus