Ejemplar empolvado

Siempre que estoy en una librería buscando algún libro extenso, dividido en varios tomos, soy víctima de un malvado hado: el tomo uno no está. La explicación a tan terrible fenómeno no es nada misteriosa: alguien lo ha comprado o robado. Pero por qué las personas sólo se llevan el primer volumen, al menos la mayoría de las veces, es algo complicado de adivinar, pues los motivos son tan disparatados como diversos.

El primero que se me ocurre es que algún amigo o enemigo lo ha comprado. Si busco un título de manera afanosa, las personas que me rodean podrían creer que se trata de algo bueno o al menos valioso para mí. Mis amigos querrán leerlo, para después regalármelo o vendérmelo a mayor precio; mis enemigos disfrutarán viéndome buscar sin suerte, empolvándome en las librerías como el libro que me ganó se empolvará en su casa. Nunca he comprobado esta hipótesis, pero estén prevenidos, como yo, porque puede pasar.

Otra posible razón es que las personas se sienten motivadas al leer libros extensos. Un libro que excede las quinientas páginas infunde algún tipo de respeto, pues no es poca la paciencia que se requiere para pensarlo, escribirlo y editarlo. Los mortales contemplamos esa especie de logro editorial y, pese a que en ocasiones no nos parezca una buena obra, se nos vuelve un reto terminarlo. Lamentablemente el entusiasmo no excede, buena parte de las veces, la paciencia de los autores.

Pero lo que más me convence, porque lo veo y lo escucho, es que casi todos pensamos a retazos. No construyendo un interminable rompecabezas de la realidad, como algunos creerían, sino yendo y viniendo por un bello jardín que nos gusta soslayar, pisar y cortar por partes (no me imagino lo que sienten los jardineros cuando ven sus plantaciones tan maltratadas). Pensamos, a veces parece que con eso nos conformamos, en pedazos de la realidad porque es complicado apreciar toda su importancia; si es que la podemos apreciar, la apreciamos poco (rara vez más allá de un tomo), pues no necesitamos estimar la realidad para gozarla. De manera semejante, comprar sólo el primer tomo nos sirve para fingir que alguna parte importante de la realidad nos importa. Dejamos que nos vean leyendo el primer volumen, mientras bebemos café en algún establecimiento público, así la admirada clientela (que tampoco tiene los volúmenes restantes y quizá nunca los tenga) sospechará que tenemos los demás y que los leeremos.

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Palabras políticas

En México, cuando de un suceso político sumamente visible se trata, podemos contemplar una amplia secuencia de versiones que afirman explicarlo, todas con el apellido Auténtica. Como suele pasar con los apellidos, a veces nos dicen más de los padres, incluso de los abuelos, que de los jóvenes portadores; las versiones se llegan a utilizar para beneficio paternal o de algún pariente lejano. Ejemplo de ello podemos encontrarlo en el caso de los cuarenta y tres normalistas de Ayotzinapa. Hay quienes dicen que los culpables son los políticos perredistas, otros culpan a los de la bancada priísta, algunos señalan al antiguo mandato panista y hasta se han acusado a los propios desaparecidos.
Ante tantas versiones, algunas bastante divulgadas, parece inútil intentar desenmarañarlas todas para descubrir la verdadera; para qué intentarlo si nunca podremos saber quiénes son los culpables (como siempre sucede en situaciones semejantes), mejor haríamos ocupando nuestro tiempo en asuntos más importantes. La confusión parece propia de los sucesos políticos escandalosos; no se trata sólo de una capucha tapando un rostro, sino de un laberinto en el que mientras más se busca la salida, más obstáculos se encuentran para hallarla.
No hay que dejar de considerar que algunas situaciones políticas parecen más escandalosas de lo que realmente son, mientras otras apenas si son conocidas. Esto no debería desanimarnos a intentar entender dichas situaciones, pues sería como si nos quedáramos quietos mientras nos caen bombas, como si dejáramos que imperase la confusión, a creer que poco podemos saber de nuestro entorno y en nada podemos influir. Siquiera hay que intentar saber en dónde vivimos para mantenernos a salvo. Pero la indagación de nuestra situación política de poco serviría si no vamos compartiendo, mediante la palabra, nuestros hallazgos, porque pensamos y vivimos relacionándonos con más personas, compartiendo un problemático país.
Si creemos que la palabra es un modo, quizá decir un medio sea más correcto, pretender vivir mejor, no podemos renunciar a entender y discutir lo que pasa en nuestro entorno. Fácil nos resulta decir que el laberinto no tiene salida mientras nos mantenemos tranquilamente quietos, un poco más complicado parece ayudarnos a buscarla y lo más difícil, me parece, es encontrarla.

 Yaddir