Amistad a distancia

Hay aves exóticas que aparecen de vez en cuando: nosotros somos los ornitólogos, cada estación llega, la admiramos y vivimos un rato feliz. El pajarito también canta y disfruta nuestros cuidados, y parte. Y así se repite cada temporada.

 

 

 

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#280

¿Dónde radica la sorpresa o hastío
que despierta un mensaje breve?
Al buen juguetón, palabras sugerentes.
¿Brevedad difícil es sinónimo
de escritura preciosa y clara?
Al buen entendedor, justas palabras.
¿Cualquiera puede volverse un escritor?
No, nada se alcanza con una bala.

Fantasma presente

Era media noche. Carlos tenía sed. Tal vez se debía al calor nocturno casi sofocante. Usualmente dormía arropado de una sábana. Esa noche se le hizo demasiado incómoda. Bajó a su cocina, abrió la puerta al lado de la estufa y tomó un vaso con flores pintadas. El resplandor de la casa de enfrente, hizo que no fuera necesario prender la luz. Sólo la cocina estaba débilmente iluminada. El resto de la casa permanecía a oscuras. A lo lejos la lumbre de las veladoras inútilmente resistían. El hollín cubría el fuego. Justo cuando Carlos terminaba de beber su vaso, escuchó crujir el papel picado. ¿Se habrá caído algo? ¿Camila habrá vuelto a caminar sobre ella? Se acercó a la ofrenda y todo parecía en orden. Ninguna guayaba, Larín o Carta Blanca estaba fuera de su lugar. Las flores de cempasúchil todavía cubrían las espaldas de los marcos fotográficos. Ahí seguía Goliat, el perro de la familia atropellado la semana pasada. Su pérdida fue dolorosísima por inesperada. Junto a él, la vecina, casi sanguínea, retratada en la Sinfonía del Mar de Acapulco. Al morir, la familia perdió a una comadre, una amiga y hasta una niñera leal. De lado derecho estaba el tío Juan. Carlos levantó la fotografía y sonrió amargamente. Nadie en su familia conoció a su tío como él, lo cual no es decir mucho. Su tío siempre fue muy reservado; a la familia le parecía retraído. En desayunos familiares hablaba poco, en las fiestas lo hacía por ratos y por grupos. Nunca destacó ni despertó carcajadas. Inspiraba respeto pero no cariño. Las conversaciones más recurrentes las tuvo con Carlos cuando era niño. Al acercarse a los diez, se fue enfriando su comunicación. A los once no volvieron a platicar.

Carlos dejó la fotografía en su lugar y dio media vuelta. Subió un escalón, luego otro, dos más, y volvió a escuchar un ruido tenue en la ofrenda. Creyó que era nuevamente su imaginación, así que reanudó su camino. A dos escalones de llegar al primer piso, no pudo ignorar la caída de las guayabas y cañas al suelo. Ahora sí, eso no pudo haberlo imaginado. Bajó presurosamente y regresó a la ofrenda. Revisó a los costados, volteó a los lados: no había nadie. Recogió las frutas y las volvió a colocar en la ofrenda. Dispuesto a dormir, a mitad de los escalones, escuchó que el jarrito se rompía. Corrió hacia la ofrenda cuidando no caerse, y en efecto los restos de barro estaban en el suelo. Carlos trató de encender la luz, pero no pasó nada. “Debe haberse ido la luz”, pensó, “hay que recoger este desmadre o me echarán la culpa”. Al ir por la escoba y recogedor, otra vez oyó que el papel picado crujía.

—¡Camila! ¡Camila! ¿Dónde estás?— decía lo más quedito posible, acechando al felino a través de la planta baja de la casa— Ven, Camila, Camila; ven, Camila, Camila.

Sin tener éxito en su búsqueda, se propuso nuevamente barrer. No pudo deshacerse de su perplejidad. Con escoba y recogedor, juntó los restos del jarrito, los cuales después desahogó en el bote de basura. Todavía con dudas, pero decidiendo enterrarlas, se dirigió a su cuarto y al pisar el último escalón escuchó que el otro jarrito se rompía. “Ya basta. Es el colmo que se rompa el otro. Maldita gata, la voy a dejar afuera”. Bajó de nuevo y, para su sorpresa, no había ningún resplandor que entrara a la cocina ni veladoras encendidas. Ahora se encontraba completamente a oscuras. Al menos alcanzó a distinguir que algo se escondió debajo de la ofrenda; el último de los fulgores fue el movimiento del mantel. Se lanzó hacia abajo, intentó asomarse… y nada. Enojado, sumamente frustrado, se levantó. Al voltear, lo colorado de su rostro perdió fuerza. Brutalmente empalideció al ver el rostro famélico de su tío, reseco, con las cuencas del cráneo acentuadas. Su piel apenas tenía color.

—Déjame ayudarte, sobrino.

II

—¿Dónde está Juan? ¿Saben algo de él?— lanzó la pregunta Esteban en la cena de Nochebuena.

 —Nada, cabrón. Desde que todos salimos de Chilpancingo, hemos ido perdiendo comunicación. En los primeros meses, cuando menos hablaba con él una vez por semana. Desde hace un año no le he llamado— respondió su hermano.

—La última vez que hablé con Juanito fue hace tres meses. Nuestra llamada fue muy breve. Me dijo que cambiaría de teléfono y me llamaría para pasarme su nuevo número. Intenté contactarlo al número viejito, por lo de Navidad, pero me decía que ya no existe.

—Ay, Estela, ¿mínimo te dijo dónde vivía? Desde que vendimos la casa de papá y mamá, ni nos enteramos dónde se mudó. Ahora sin su teléfono, estará bien cabrón encontrarlo. Ni para llamarle a su esposa o hijos. No hay nadie más huraño que Juan.

—No hay que preocuparse, Esteban, sabes cómo es Juanito. Él nos buscará. Así pasa siempre. Además, quién sabe, tal vez para Reyes nos sorprende trayendo a una novia al D.F. Hay que esperar y dejarlo.

Tres días antes, Juan cabeceaba en su sillón. Trabajar mucho en el almacén lo dejaba exhausto. Sin embargo su única recompensa era llegar a su apacible y frío departamento.

 

 

La hipotenusa de la medusa

A menudo sufrimos el mal del insomnio. A altas horas de la madrugada no logramos conciliar el sueño. La oscuridad alrededor de nosotros es imagen de la oscuridad interna; nos sentimos perdidos, sin ver nada y a veces con la angustia de todo ser irreconocible. El mundo es difuso, con ojos cerrados o abiertos. El alboroto de recuerdos y pensamientos nos invade horas antes del amanecer. Hay personas que cambian el confesionario por su propia cama, otras enumeran perennemente sus pendientes y obligaciones. Algunos pocos se inspiran y hacen poemas:

3:33 a.m.

Difusa la musa
a estas horas de la madrugada
cargado de besos y de nada
descubro la hipotenusa
de la medusa

Difusa la masa
El humo turista en mis entrañas
araña con sus uñas mis arañas
y cada hora que pasa
me traspasa

El anterior poema pertenece a Llegaremos tarde a todo de Fernando Rivera Calderón ( el último suplemento Laberinto presentó el mismo extracto del libro). El título nos sitúa a esa hora intermedia. Quien se jacta de sobrevivir a la una o a las dos, a las tres duda de su capacidad. Deja de resistirse y desafiar a la noche. Para el fiestero casual es trompeta de retirada; para el pachanguero, última escaramuza antes de morir. Aquí, el madrugador oye a la musa y se carga de besos: le recita romances y baladas incompletas, reta a su corazón y memoria. Sin embargo sus palabras se revuelven y acaban en nada. En vilo, confunde susurros con esquizofrenia. Su imaginación tocada por la musa lo lleva a descubrir la hipotenusa de la medusa. Eso que llaman la realidad material, sometida a la claridad, se desvanece ante la vaguedad de la musa. El madrugador rompe su límite y comulga con su hallazgo. Pierde peso, pierde su propio cuerpo. Se sublima en ritmo y sus entrañas son silbido que pasea como turista. La madrugada avanza y avanza, pero ya no hay indicio de angustia. Se hace inmune al tiempo que rige la realidad material; invulnerable a las horas que pasan y pasan.

La oscuridad dispersa atraviesa y el humo la atrapa. Se invierte la sublimación en versos y estrofas. Un instante de insomnio es traducido en golpeteo rítmico. El hallazgo de la hipotenusa de la medusa tiene que ocurrir en medio del poema; es el centro del instante. Leer el poema exige entender lo que se dice. Saber el significado de sus palabras, percibir la jovialidad de Rivera Calderón, imaginar la escena. El absurdo se ordena con la lectura. No siempre es el antagónico definitivo de la razón. El poema enfrenta una manera en que entendemos lógica. Mediante geometría analítica es imposible saber la hipotenusa de la medusa. Mediante poesía, sí. En ambos interviene el intelecto humano. Después de leerlo, numerosas preguntas vienen: ¿toda alteración lógica es ilógica? ¿Por qué podemos comprender lo difuso? ¿El lenguaje del corazón dice más que el de la razón? ¿La deriva de occidente nos obliga a plantearnos un nuevo amanecer del pensar? Golpea de nuevo la musa difusa.

 

Primavera juvenil

La juventud cruza los diálogos platónicos. Gimnasios, festines, ágoras están plagados de conversaciones y mancebos. En ocasiones aparecen como soles del diálogo: toda la atención y acción gira en torno a ellos. Son interlocutores, objetos de fascinación, interés, atracción. Cármides deslumbra a los circuncidantes. Fedro ilumina a todo el que lo ve; quedan admirado por su belleza y aparente brillantez. Sócrates permanece afuera de su amada ciudad por dialogar con él. Su preferencia por los muchachitos atizó una de las acusaciones en contra suya. Para lectores contemporáneos dicha atracción fue una travesura o parafilia. Como todo gran genio, tiene excentricidades. Si los bigotes de Dalí fueron tallos de flor, Sócrates fue un viejito incontinente. O los personajes célebres en su contexto: Sócrates es el ejemplo de la pederastia cotidiana en la antigua Grecia.

El principio del Laberinto de la soledad ofrece una imagen hermosa: inclinado sobre el río, el adolescente mira el rostro deformado que aflora desde las profundidades y se convierte en conciencia interrogante. No se reconoce como lo que fue, no sabe lo que será; se transforma en problema y pregunta. Navega en la incertidumbre, en una tempestad, pero finalmente ha partido de la ribera. Es un joven que se cuestiona e intenta descubrirse. La condición erótica no garantiza futuros ciertos. La adolescencia es la coyuntura para esta navegación, aunque no es exclusiva. Tampoco las edades son condiciones necesarias; sería absurdo pensarlo. Alguna vez supe de un maestro de ochenta y tantos años con un espíritu más erótico que todos las promesas de su salón. La jovialidad y libertad propia del eros juvenil refulgía entre los espectros.

Los jóvenes no sólo se distinguen de los mayores por las arrugas o su coqueteo con la hiperactividad. Se caracterizan por su libertad e incertidumbre. Usualmente trazan distancia con su familia y tratan de pertenecer a un grupo (un sinfín de intentos de psicólogo se engolosinan con esta idea). Muchos llegan a preguntarse quién son y buscan su identidad. Tratar de pertenecer es otra expresión de esa búsqueda. Pueden reinventarse en actitudes, costumbres, ideas. Para el hombre nada está escrito; en la juventud esta verdad brilla con más esplendor. Hay mayor posibilidad de que los adultos se aferren a sus costumbres e ideas. La ortodoxia aprisiona su porvenir. Las ideas, arraigadas en la médula, anidan hasta trastornarse en prejuicios. El corto plazo conforma su horizonte y la rutina adormece su espíritu (en vez de provocarlo). Más desprendidos, arrojados, los jóvenes tienen oportunidad para descubrirse. Edad idónea para la introspección. Sin embargo demasiada búsqueda puede desembocar en una rebeldía necia o en dispersión fangosa.

El espíritu juvenil subyació en los movimientos estudiantiles de 1968. Diferentes países, diferentes contextos, similitudes en los protagonistas. Octavio Paz tiene un comentario muy atinado en cuanto al movimiento mexicano: fue más parecido al de Europa Oriental contra el comunismo. Lejos del afán incendiario de la protesta francesa, los estudiantes mexicanos confrontaron a la estructura estéril de la burocracia. O en ojos de Paz: intentaron revitalizar un sistema con esclerosis. La apertura democrática parecía un sueño realizable. Cada indignación, cada protesta, la marcha del silencio, inquietudes externadas por sectores inconformes de la sociedad, como los ferrocarrileros, hacían creerlo. Sin embargo acaeció la represión. El manotazo del Partido Oficial no destruyó solamente la organización civil o la libertad de expresión. Aplastó el intento por erotizar la vida pública. Como predijo González de Alba: Tlatelolco ya se olvidó (sería imprudente como ofensivo confundirlo con la matanza de las Vegas o la masacre de Allende). Hasta la señal de victoria ya nos la arrebató Fox.

 

Brevísima elegía

Para que exista el árbol ha de haber tierra.

Para vivir necesitamos aquello

que derribó el inmenso hachazo en segundos.

JEP

Quien pierde todo, sufre melancolía. Un hogar no sólo se agrieta en sus paredes. El edificio se derrumba con sus habitantes, aun cuando ellos lo vean caer. Bajo los escombros quedan sepultados fotografías engañosas, libros hermosos, juguetes quebrados, alacenas amorosas. Las aves de rapiña encuentran solamente cadáveres; el rapiñador merodea y hurta cosas. No escuchas la voz cálida de tu abuelo ni el griterío a las dos de la tarde en la primara. Ha sido callada la algazara de la avenida. En minutos, el polvo se levanta, nos oculta y sume en un mundo desolador. En vilo esperamos por quien tal vez jamás aparezca. Espectros que deambulan en el limbo de los recuerdos. El espíritu es avasallado por la materia absurda e inerte; sufre melancolía.

Haciendo sonar un ruido V

No es sorpresa que un haiku hizo ruido en este blog. Dio saltos en Triques y paliques, Humo, Fabulaciones y en Objetos usados. Ahora salta aquí en un arrullo:

Musita ranita,
todo esté tranquilo;
¿no ves que mi niño
quiere estar dormido?

Calma los rumores,
duérmelos conmigo;
serena la noche
para mi nenito

Aplaza la mañana
para descansar;
al estanque salta
no vuelvas a croar.