Fisura

Las partes se distancian

                                                               se dividen

la tierra se agrietó,

dentro de ella

era desgaste.

Fricción que provocaba

calor que acababa

lentamente;

ardor y furia de la tierra.

Se resquebraja y el temblor rompe,

aniquila, pulveriza, descompone.

Niños que lloran varados

en la tierra,

jóvenes extrañando

resisten la grieta.

La tierra nunca volverá a ser una

cada mitad                                         acaba en su lugar

Sabiduría lacónica

Pedro Páramo es una polvareda. Un torbellino que se alza y sacude la tierra. Nos enteramos de los habitantes de Comala por rumores y recuerdos. Las almas en pena hablan, exclaman y recitan su dolor. Sus lamentos irrumpen en el silencio del yermo. Las visiones del pasado surgen, sin que sepamos por qué; parece que la tierra gruñe por sus heridas. El polvo acarrea un trozo de historia y pasa delante de nuestra vista. Leer la novela es pisar Comala; escuchar sus rumores, ser invadidos por el pasado que es el presente. A menudo se celebra que Rulfo es un narrador prominente. Sin embargo su mérito está en el silencio y en la menor intervención. No es una historia construida esperando a ser armada por el lector. La narración —si tiene— es viva y caprichosa. Habla cuando quiere, calla para inquietarnos. Los fantasmas viven en las páginas y nosotros los atestiguamos.

A propósito de los fantasmas, ellos deambulan suplicando que recen por ellos. No se confunden con la realidad porque en Comala son la única realidad. Sólo hay casas deshabitadas, con tiliches arrumbados, y la Media Luna árida. Paradójicamente lo único vivo son los muertos; el sentido está en la muerte. De sorpresa en sorpresa va Juan Preciado hasta que muere. Conforme descubre Comala su sentido común se desmorona. Que Dolores Preciado, ya muerta, avisó de la llegada de su hijo; que una mujer en rebozo desaparece; que los habitantes salen y se desvanecen. El lector es su acompañante entre los muertos y vive una angustia sofocante. Los espectros pueden parecernos prototípicos o vacuos; peligramos al olvidar que presenciamos rumores. Ni el mismo protagonista lo conocemos con profundidad ni vemos claramente sus acciones. Leemos con desconcierto la obra.

Dicen que Pedro Páramo rescata el campo mexicano. Es un retrato de esa zona marginada. Es un testimonio del hombre rural zangoloteado por la Revolución y las prácticas de ese México. El caciquismo que aplasta al pueblerino, la guerra como réplica que agita y revuelve, la pobreza y candidez aprovechada. En alguna medida es cierto, pero no lo es todo. Comala es rodeada por un halo de misterio. No sólo asustan y sorprenden los sucesos fantásticos. El misterio rige la tierra y hace que sea sabia. A los ojos del citadino puede ser simple o ingenuo. Le parece obvio que si se actúa egoístamente, no habrá consecuencias favorables. Sin embargo el hombre de campo teme a los campos arrasados, a los despojos, a las injusticias, y no le parece tan normal el egoísmo. Le aterra las sombras interiores y, sin embargo, mantiene la mirada de parsimonia. Vive las enseñanzas simples e intuitivas, aunque sabe que hay un trasfondo (uno tal vez inescrutable para él). Así como alza la vista y el cielo le responde cuándo y por qué cultivar, el mismo Cielo lo instruye.

Contra la mentira, el periodismo

a D. y K.

Decimos que el periodismo es importante y lo afirmamos por muchas razones. A veces lo atribuimos por razones de régimen; una democracia sana mantiene las libertades. Nada más contrario a un gobierno autoritario que el ejercicio cotidiano del periodismo. Igualmente le agradecemos el que nos entere de la vida pública; sabemos de las decisiones en política por lo que leemos en un diario o agencias de noticias. Es también una clásica respuesta verlo como una ventana. Quizá no viva en Siria, pero gracias a los periodistas logramos ver lo que sucede allá. Sucede lo mismo con la cuadra cercana o el municipio próximo. Debe haber un sinfín de asuntos o sucesos los cuales están fuera de nuestra vista. Confiamos que el periodismo destape lo velado, voltee las cartas bocabajo. Sin embargo, siempre salta la crítica de la imparcialidad u objetividad. No más de un periodista ha sido desacreditado por hacerse de la vista gorda o incluso fabular historias falsas. De ahí la acusación traspasa a todo el gremio.

El descrédito llega a tanto que confundimos las redes sociales con el oficio. Informar al segundo, lanzarlo a la vorágine virtual, parece lo más fidedigno. Un ciudadano de a pie, aparentemente sin compromisos, graba por Periscope o tuitea lo que ve. Ningún supervisor filtra la información; es libertad auténtica de expresión. La editorialización no es manipulación. La revisión es necesaria en la medida que escarda y mantiene lo confiable. Rara vez llegamos a conocer a quienes lanzan información; el timeline es una cascada por donde aparecen incluso usuarios que ni fotografía tienen. ¿No hay nada más cuestionable que eso? Si nunca logramos conocer claramente lo que piensa y siente alguien con rostro, menos un perfil en blanco.

Nada cierto hay cuando hablamos de realidad o hechos concretos. Aunque apelemos a ella para referir a la verdad, no es la misma para todos. En una primera impresión no reconocemos lo que vemos. No afirmamos la veracidad de algo en un instante. El rigor en el periodismo es la aspiración por la verdad. El periodista encuentra su motivación al hilar lo que encuentra para sacar conclusiones. Puede que los diarios izquierdistas o derechistas publiquen o dejen de publicar. Pero ello no significaría el fracaso del periodismo. Posiblemente habrá otro periodista que logre rebatir la noticia, reportaje u opinión. El mismo lector de periódicos no está condicionado; leer no es únicamente informarse. Es un engaño espantoso creer que las fake news aticen una segunda verdad. La imparcialidad no es sinónimo de escepticismo.

Senderos de la locura

Vivimos en tiempos de locura y erróneamente la encomiamos. Nuestro hogar es el caos y lo habitamos pese a los estragos. Terminamos suspensos ante los eventos inexplicables y creemos que la sinrazón y azar rigen el mundo (por muy contradictorio que suene). Las explicaciones pueden parecernos estorbosas o descorazonadas. La teoría es soberbia, pataleos y berrinches del hombre por comprender lo inconmensurable. La locura parece tan atractiva al adecuarse lo mejor posible al espíritu de la realidad. Los actos súbitos e inmediatos que irrumpen parecen ser lo más honesto que hay. Son actos tan honestos que no tienen dobles intenciones, no guardan hipocresía y supuestamente manifiestan lo que verdaderamente sentimos o pensamos. Satisfacen más las decisiones entre menos deliberadas sean y se escuche con mayor atención a la voz del fuero interno. Se puede ser un solitario feliz; el desvarío es la persistencia incesante por la complacencia. Amamos la locura al ser máxima expresión de la libertad humana.

Contrario a esta opinión, con un prurito, para el diagnóstico clínico la locura es una aberración. Los desvaríos son alteraciones patológicas. El contexto es percibido de manera anómala. Ver gigantes donde hay molinos de viento es una desviación de las facultades. La alucinación es la enfermedad venciendo el juicio y los sentidos. El castigo de Don Quijote son las muelas perdidas, el cuerpo maltrecho y los quebrantos de costilla. Emprender aventuras fútiles, buscando princesas por aldeanas o castillos por ventas, hace que caiga rodando por las asperezas pedregosas sin ningún sentido aparente. Conservar la cordura es reservarse. La salud mental es una manera de enclaustrarse. Los hidalgos reclaman como suyo a don Alonso Quijano.

No siempre la locura es aberración de la realidad. También puede ser recuperación de la normalidad y persecución por la verdad. Y así sucede con Don Quijote al menos en sus intenciones o empresa. Análogamente Jesús produce desconciertos entre sus coetáneos, así como el Caballero de la Triste Figura lo hace con quienes se encuentra. Sentarse con los recaudadores o convivir con los leprosos son actos inusuales y hasta extraños. La misericordia guarda tensión con la ortodoxia al no ser necesaria e irrumpir en ella. No es sólo suspender las legalidades, sino procurar algo más importante: el prójimo.  El amor trastoca las convenciones no para destruirlas, sino para resplandecer su principio. Es una locura integradora. Sería desacralizar a Jesús si lo creyéramos un romántico idealista (como sostiene una de sus interpretaciones históricas); omitiríamos el misterio de la encarnación. Nada parece más loco que buscar aquello no visible o difícil de entender. Basar nuestras acciones en una certeza fácilmente quebrantable. La manía devastadora aprovecha esto para seducirnos y reconfortarnos.

Saliendo de la sima

Cayó el gobierno de Sancho Panza y luego él cayó en la sima. Después de ser asaltada Barataria, el gobernador renuncia a su cargo. Por el embrollo del ataque alcanzó a darse cuenta que no está hecho para gobernar, o al menos eso cree. Los burladores triunfaron en su propósito al engañar al mentecato. En ese momento surgió la duda si Don Quijote se había equivocado en prometerle la ínsula; su falta de cordura le entregó el cetro a un tonto. La ficción quijotesca se desbarata por la sensatez de los criados y los duques.

Al renunciar a su cargo, Sancho se acerca a su rucio para suspirar por su vida pasada. Reconoce que las mieles del poder no son tan dulces y prefiere las inclemencias de las andanzas. No es lo mismo malpasarse con Don Quijote que con el doctor Pedro Mal Agüero. Las recomendaciones excesivas del médico, la falta de sueño y el asalto supuestamente furioso acaban por irritarlo. Quizá Cervantes, en voz de Sancho, esté dando una lección que un político actual podría aceptar. Gobernar es un mal necesario, un trabajo penoso que nadie agradece y sufre mucho quien lo realiza. Ser político es sacrificar las comodidades del hogar para satisfacer unos malagradecidos. Gobernar es morir. Sancho no tuvo madera de gobernador y lo menos desatinado que pudo hacer era huir de esa mala vida. Hay algo de inteligencia en señalar su propio fracaso.

La renuncia de Sancho también alcanza a interpretarse en otro sentido. Tal vez no sepa gobernar, pero eso no lo hace acreedor de maltratos. Su dignidad se menoscaba al grado de matarlo. No resulta una imagen caprichosa la excavación de Sancho para salir de la gruta. Nuestra imaginación despierta la compara con la luz al final del túnel. Curiosamente Don Quijote se encuentra en el otro lado y en una primera impresión cree ayudar a un alma en pena. El caballero rescata a su escudero de los muertos, aquellos burladores que lo sepultaron entre dos paveses y muchas pisadas. Debido a que Cervantes no es un escritor cruel, no permite que un personaje querido y bonachón termine humillado. Las mentiras y burlas no duran para siempre, menos aquéllas hirientes. El pasaje puede leerse como infusión de optimismo, además de ser un elemento efectivo en la narración. Sin embargo todavía queda incierto por qué Sancho tiene ese fervor por su señor y lo prefiere antes que a mil Baratarias.

La resurrección de Sancho va más allá de librar su maltrato. No solamente es acogerse a quien lo protege y lo mira con cierto respeto. Tampoco la burla es únicamente descortesía. Burlarse del caballero y escudero también muestra la ruindad de sus burladores. Sus risas esconden el desconocimiento de lo noble que puede ser el hombre. Su vulgaridad se revela al creerlo una pantomima. Por ello no sienten remordimiento en contribuir a los disparates. El inframundo se despliega cuando los buenos juicios, la prudencia o mesura pasan por maromas graciosas. El mismo riesgo puede ocurrirle al lector si se pierde entre las sombras de la lectura. Sancho llega a parecerle un cagón antes que un gobernador. Las oscilaciones entre ambos son reducidas al payaso con suerte. Su risa no dista mucho a la de los duques. El verdadero mundo de cabeza es cuando los hombres se ríen de la virtud.

Las enseñanzas de la infancia

Yo no conocí en mi infancia
sombra, sino resolana.

A.R.

En una de sus más famosas cartas, Rilke encomiaba el tesoro de la niñez. Respondiendo a cómo encontrar material para los versos, el poeta checo afirma que es posible incluso escribir poesía estando confinado. La ceguera y sordez por los muros no impide que la inspiración toque al poeta. El consejo puede prestarse a diferentes interpretaciones. Por un lado, los recuerdos infantiles pueden ser traídos de vuelta mediante los versos. En el confinamiento quizá no se vea o escuche nada, pero la memoria suple a los sentidos. Sufriendo por la sequía de versos o con las maravillas reservadas, la nostalgia es consuelo. Aquello que viví lo contemplo con mirada melancólica. La desdicha presente se hace soportable con la felicidad pasada; la niñez ilumina la adultez sombría. La jovialidad infantil es una experiencia que jamás será alcanzada.

Parece extraño —o hasta rídiculo— cuando un adulto se comporta como un niño. No es bien visto que haga berrinches, no logre mantener disciplina, sea inquieto o tenga aficiones en asuntos nada trascendentales. La comparación con un infante puede volverse un insulto. Ser tachado como inmaduro es denostarlo por no haber dejado aquella actitud poco seria. Todavía se entretiene y concentra con bagatelas. Curiosamente esta satisfacción al jugar, por ejemplo, no tiene parangón. Ninguna actividad llega a compararse con el juego, de ahí que la niñez sea mirada con nostalgia. Eso bello nunca será vivido otra vez.

En Sol de Monterrey su autor también le da mucha importancia a la infancia. La rememoración acerca del sol revive las imágenes del pasado: patios diáfanos, arcos de luz, el huerto ardiente. El lector no sólo percibe la alegría refulgente que atraviesa los versos, no sólo es una evocación eufórica de la niñez. Hacia el final, cuando el poeta marcha de su casa con hato en la espalda, menciona a su corazón que lleva sol para rato  y lo conserva como tesoro inagotable. Aquello iluminado por el sol, los rincones de la casa, las  aventuras del Niño Andante y su fiel escudero, no abandonan al adulto. Desde ahora la clara luz alumbrará lo que haya en el camino, así como lo hizo con los alrededores en la infancia.

Según el último poema, la niñez no es únicamente entrañable. Algo de ella nunca nos deja y en las mejores condiciones nos acompaña. Una particular disposición que nos hace admirarnos por lo que vemos, aunque haya sido recurrente. La cotidianidad no se desdibuja; no se pierde entre las tinieblas. Al ser niños creemos nuestras historias no sólo por pecar de cándidos. Creemos que es posible todo por no aferrarnos a lo que sabemos o miramos. Sería más ingenuo creer que las primeras impresiones son las únicas. Bajo la luz solar todo nos parece claro. Y esta misma luz nos infunde calidez.