Elogio al diccionario

Entre los objetos usados, arrumbados en los libreros enanos de la casa, se encuentran los diccionarios. Ahí acaba el Juvenil ocupado en sexto de primaria; el bilingüe nunca usado en clase de inglés; el pequeño Larousse, gema pequeña del hogar. Concluir la escuela engaña al hacernos creer la inutilidad la obra. Una vez terminado Español o el Taller de Redacción, la consulta por las palabras desconocidas es motivada por la urgencia. Si es necesario descifrar el significado del término, si no puede resolverse por el contexto y es imposible saltárselo, se recurre al libro como solución. Dicho intento puede ocultar la magnífica variedad del vocabulario; en vez de gozar las acepciones, modos distintos de hablar sobre lo que nos rodea, nos ceñimos a un significado como meta. De fuente para enriquecimiento se vuelve fuente de información. El libro auxilia en la aridez de la redacción. El pensamiento, más rápido que la pluma, demanda palabras para ser escuchado. El diccionario es oasis para los pacientes buscadores.

Cena de fin de año

Vengan a cenar,

prendamos las velas,

el aroma cubrirá

el olor del hogar.

Florezca la armonía

entre los rencores sembrados.

El publicista trillado

En uno de los sitios hondos de la Ciudad de México, hay una obra famosa de Fabián Cháirez. A lado de cuatro pantallas que reproducen pornografía homosexual, están dos varones lamiendo un cirio encendido. Se encuentran frente a frente, pero con la mirada hacia arriba y ojos cerrados, ambos en un deleite lleno de lujuria. Sus lenguas acarician el falo de cera, recogiendo la sustancia líquida derramada. Lo representado destaca más por el atuendo y fisionomía de los hombres: visten con una túnica religiosa y sus cabezas portan un mitra roja; su rostro poblado de barba y bigote exuda masculinidad. Claramente la obra busca ser una declaración de guerra a símbolos dominantes de la época: el cristianismo y la virilidad, sin embargo los asistentes prestan poca atención. Junto al Jesucristo entaconado y la Virgen de Guadalupe en neón, la obra de Cháirez se vuelve intrascendente. Incluso como adorno es deficiente, dado que termina sepultado en la oscuridad del lugar. La lujuria real es más poderosa que la representada: hace que desvíe la atención de lo que la obra quiere rescatar o criticar.

No se necesita gran entendimiento para distinguir el mensaje que pretende informar. Es innecesario leer todas las entrevistas que ha dado el artista. Su obra sí es prueba de que una imagen vale más que mil palabras. En ella la masculinidad, en sus diferentes manifestaciones, es afeminado y en ese sentido acaba trastocado o sometido a una burla cínica. Enmascarados de plata, sin ese cuerpo fornido de luchador, saboreando el cañón de un revólver; pandilleros menudos, cuya dureza de rostro contrasta con el tutú rosado que están usando; y así hasta llegar a su pintura que ha causado revuelo: el Zapata esbelto, en una pose de donaire, luciendo unos tacones negros, montado sobre su caballo volador. La figura tradicional del macho bigotón es torcida en su opuesto más radical. Las botas son cambiadas por zapatillas con tacón. El sombrero revolucionario es pintado de rosa.

La obra de Cháirez podría asumirse como una defensa de la homosexualidad en un mundo homofóbico, cargado de arquetipos machistas. La displicencia del macho niega cualquier debilidad señalada según su propio criterio. Debido a que la mujer es inferior y limitada en fuerza bruta (rasgo propio también de la rudeza interna), un hombre con rasgos femeninos es ridículamente contradictorio En ese tenor, la obra de Cháirez enfatiza esta ridiculez y la ocupa con el fin de satirizar el machismo. Curiosamente no cumple cabalmente su intención. Aunque intente destruir los estereotipos, necesito de ellos para sobresalir. No es una subversión del machismo, sino abreva en él. Carece de ingenio al no sorprender. Escandaliza sólo por un instante.

Fabián Cháirez debería considerarse más publicista que dedicado al arte. Su técnica no es deslumbrante ni magistral. La idea pretendida es tan sencilla y obvia que se repite y exige el mínimo de interpretación. Su obra se alimenta de los ecos que intenta criticar; requiere de ese público al cual quiere darle la espalda. Al ver la exposición de Jeff Koons, pensé que podría ser un buen publicista en tanto supiera atrapar la atención e irrumpir. Cháirez hace menos que eso: irrumpe en la medida que explota los estereotipos.

Vida de adulto

Cumplido lo que se debe hacer, no hay más.

La irrupción de la indiferencia

Persuadidos de que somos civilizados y profundamente racionales, confíamos devotamente en la educación. Si bien nuestras vidas se encuentran llenas de pesar, educarse aquilata nuestras dificultades y nos lleva a obtener la comodidad feliz merecida. Un hombre es capaz cuando ha sido educado. Domina la técnica para elaborar y tener suficiencia propia. Participa en su comunidad, aporta a su funcionamiento y asegura la integridad de ambos. Una frase atribuida a Confucio reza que un hombre que sabe pescar, tendrá alimentos por el resto de su vida. No sólo saciará su hambre, será independiente si lo hace siempre mediante sus propias fuerzas. Hay una hipótesis popular que asume que los miembros ajenos a la sociedad se criaron en familias conflictivas, sin mucho cuidado de su estancia en la escuela. Dicho hombres no son capaces de mantenerse en pie, incluso perjudica a otros en lo mismo. Quien no tiene sus capacidades instruidas, difícilmente se dirá que es un hombre de provecho.

En esta instrucción, se asume al maestro como pieza fundamental. De su esfuerzo depende la pertenencia y utilidad de su pupilo en la sociedad. Se vuelve tarea moral su afán por educarlo. Mediante la formación, el pupilo alcanzará su dignidad. La excelencia es alcanzada por el dominio de conocimientos y haber logrado apaciguarse en una serenidad objetiva. Después de seis años de lidiar con malos humores, faltas en constancias, exabruptos en disciplina, conocimientos que una y otra vez se repasan; al séptimo año, graduado su pupilo, puede tomar descanso y contemplar su obra. Produce hombres de bien por medio de su labor. La moralidad en su trabajo lo enaltece frente a otras ocupaciones.

Su instrucción es infundir los conocimientos, afinar las capacidades y conducir a su pupilo por una rectitud. El maestro sentirá orgullo cuando haya lugar en la sociedad para su educado. Su adaptación a las costumbres, dando margen sano para la innovación, es signo de virtud. Pensemos, así, que el educado tendrá su justa pertenencia y habrá equilibrio. La experiencia es referente en la adaptación; el maestro tiene mayor tiempo en tratar de adaptarse. Mientras transmite lo que sabe, es maestro valioso.

Podrá reprochársele al maestro perezoso que desperdicia el tiempo de juventud de su pupilo. No está a la altura de la disposición de éste ni aprovecha el interés puesto en clase. Podrá reprochársele al maestro exigente por hacer su clase muy difícil, casi inalcanzable para sus pupilos. Sin embargo, el maestro con la módica dificultad y la severa orientación es reconocido por hacer un hombre de bien (civilizado, preparado para las demandas de sus conciudadanos). La virtud ilustrada es evidente y deseable. Si el estudiante no sabe apreciar la conveniencia de instruirse, es problema suyo. No saberlo apreciar lo distancia y lo convierte en un miembro-problema de su sociedad. Dice C.S. Lewis que el maestro es quien sabe regar el corazón desértico de sus estudiantes. ¿Cómo hacerlo si el mismo muere en su aridez?

La lección de Scherezada

Asaz ingeniosa, conteniendo la venganza del sultán, Scherezada relata un cuento por noche con el fin de postergar la implacable muerte. Las historias no son entretenimientos de ocasión, deleite exquisito de lectura, colección de leyendas ni pasatiempos de cámara: es cuestión de vida o muerte. Quizá no tuvo el poderío para ser rescatada por el ejército puesto a su orden, o la increíble fuerza de los genios que intervienen sus relatos, sin embargo el arte de la narración pudo resistir los embates del sátrapa resentido. En el momento que éste se fastidie, la maestra cuentista morirá degollada y habrá una conclusión funesta (Las mil y una noches sería un cuasi mito donde el orgullo y dolor acabó con un reino entero). La urgencia por detener la locura anima la memoria. Invulnerables al olvido, las historias ocurren y adormecen la violencia.

Sorprende la retórica y memoria sobresaliente de Scherezada. José de la Colina, como otros lectores, fue uno de sus hechizados. A lo largo de varios de sus textos, hay testimonio de la admiración tenida por la Relatora. En el no-prólogo de Tren de historias, menciona la dificultad en la escritura de un cuento corto. Un argumento se puede extender hasta 270 páginas. El trabajo diario, siguiendo un plan inicial, lleva a tener una novela en pocos más de dos años. Escribir 27 argumentos distintos, con una calidad suficiente para ofrecerlos al lector, puede ser una tarea tan incierta como ardua. El principio de la historia llega, sin más, prescindiendo de nuestra súplica o exigencia. Aquello que detona el relato ocurre en la vez menos esperada (mientras se saca la basura, mientras se va de pie en el camión, mientras se compra los boletos del cine, mientras nos aburrimos en la escuela…). Story happens y los autores intentan aprehenderlo a través de su escritura. Maravilla que Scherezada pudo tener tantas historias para salvarse la vida. Única y divina, tantas stories happened en la ocasión precisa.

Las mil y una noches se volvieron únicas por contener historias. Esas noches trascendieron la vorágine. Así como Scherezada, ¿nuestra vida tiene significado por esas historias dignas de contar? A diferencia de la vida cifrada en minutos (la cual se ilustra con la clásica burda imagen del reloj arena cuyo montículo va deshaciéndose conforme cae le grano, así como los minutos que no vuelven), los relatos hacen más gozoso lo que vivimos. Hay algo que recordar y mediante la memoria aquello no termina en el olvido. Las risas de ayer, las conversaciones, lo asombroso permanece en nosotros. José de la Colina quedó fascinado al ver la portada de Cuentos de Scherezada y más aún: la Relatora le sirvió de modelo para muchas de sus narraciones. Sus vivencias, curiosidades, “visiones de mundo”, extrañezas tuvieron cabida sólo por la lección de Scherezada. ¿No será que a través de nuestras historias posponemos nuestra última noche?

La mala escuela

La pretensión

engaña

con mentiras

consabidas

y no sabidas.