Psicología sin alma

Psicología sin alma

Ningún psicólogo, y casi ningún hombre, se niega a aceptar que el amor es algo necesario. La pedagogía contemporánea trata de dejar la rudeza como práctica del amor familiar. Los sexólogos alienan el amor del sexo para dar terapia de algo que acompaña al cuerpo por naturaleza. Moldean las costumbres íntimas del concubinato, el matrimonio y el noviazgo para ofrecer conocimiento ilustrado de la materia (el alma es una abstracción que nunca se alcanza a entender en ellos). Son puritanos del cuerpo. En una u otra medida, todos parten del supuesto de que el amor es necesario, como algo que la vida requiere para ser tal. Desde que el sexo puede controlarse (ciencia anticonceptiva, planificación familiar) su represión ya no es un problema, sino un obstáculo. El aburguesamiento nos reduce a la lujuria. La pedagogía confunde la naturaleza amorosa con la vanidad del egoísmo.

Nuestra naturaleza, como lo muestra la metáfora platónica del carro alado, enseña que el amor es algo que está en nuestro ser. Que ser y amar son uno en el animal que es el hombre. No es esa metáfora un mito de la idealidad del hombre. Es alegoría de su vida. Cree que el erotismo es sólo algo que enciende con el deseo amoroso, pero en realidad está en el deseo mismo. Por eso el mito da un número de almas. Hace falta algo de sapiencia para ver en cada acto esa naturaleza. La necesidad del amor radica únicamente en que el hombre no es tal sin él. En que su alma es erótica. Hay quienes ven en ello una justificación de la lujuria. El cristianismo, mucho más sabio, nos enseñó a distinguir a Eros de la lujuria al concebirnos como carne, sin olvidar la enseñanza platónica. Supo mostrar que lo erótico no es deseo sexual, y sugirió, lo que parece inexplicable para los sexólogos, a la castidad como la mejor manera en que ese erotismo se logra, sin sojuzgar la carne, sin separar burdamente al sexo del amor. No la puso (a la castidad) como regla conductual, ni como moral personal. Por eso lo mantiene como un don. La naturalidad del sexo no es necesidad más que en el sentido en que se requiere para mantener la vida. Eso no obliga a todo mundo, hasta donde veo, a la culpabilidad criminal que todo mundo atribuye a los cristianos que buscan la castidad. Eso es más bien maniqueísmo de la dualidad alma cuerpo, que no existe para el cristiano. No es posible la castidad entendida como dominio del deseo.

Se requiere inteligencia para pensar la lujuria como pecado, no así para el prejuicio del sexo como acto despreciable del cuerpo en favor del alma, como se requiere sabiduría para entendernos en todo momento. La educación requiere de conocimiento del alma y, por tanto, del amor, para saber guiar, para entender los límites de la palabra, la perfección de una retórica posible. Porque ella no sirve si no sabe aprovechar el deseo de saber, si no templa y conduce a lo mejor en el intercambio de la palabra. Por eso la educación requiere iluminar la naturaleza, en la medida en que es iluminación de la humanidad propia, de los dilemas y problemas propios que siempre abarcan un problema recurrente. Por eso las modas son la manera más torpe de abordar cualquier cuestión: no buscan la verdad, sino el despliegue del yo. El pecado no es mantenerse siendo cuerpo, despreciando la recompensa de la vida eterna. El pecado es seductor porque está velado con nuestros propios prejuicios. El pecado en la lujuria nos confunde con respecto al amor, que es confundirnos sobre nosotros mismos. La razón hace falta ante el pecado no como un dominio de sí, sino como un deseo de la verdad cuyo resultado milagroso es la caridad, no el idealismo.

 

Tacitus

Con esperanza democrática

Con esperanza democrática

La palabra ciudadano no debe usarse para los habitantes de una ciudad, porque la ciudad no debe ser entendida como una concentración poblacional ordenada geográficamente. Ciudadano debe ser siempre un término político. Los términos políticos no deben pulirse profesionalmente. La política es para más de uno, o de unos cuantos. De esas diferencias parten las bases de los distintos regímenes. La democracia no está asegurada por plebiscitos, porque el carácter predominante de la democracia no puede radicar en elegir al candidato de un grupo. Así no existe la representación. La demagogia es un peligro latente para lo democrático, pero no es democrático. Puede existir la oligarquía en medio de las elecciones, aunque las mismas elecciones den una pizca de libertad a la deliberación política de la dialéctica en la opinión. Parte del peligro demagógico son las falsas esperanzas como producto. La ilusión de que la democracia reside en una urgencia práctica. Hasta en lo urgente hay matices a pensar.

Ese es territorio del silencio. La urgencia parece ciega. Como si ella exigiera una prudencia que no podemos tener si queremos “apegarnos a los hechos”, eligiendo lo más adecuado como solución inmediata, para pensar después en lo mejor. ¿Qué sucede con la libertad para la prudencia? ¿Nace de una decisión que puede ser imprudente? ¿Nace de la esperanza en lo inevitablemente irrefutable? Esas preguntas deben abrir para nosotros el horizonte en el que debemos navegar si nos interrogamos sobre nuestro potencial ciudadano. No nos es claro si el carácter para vivir democráticamente es algo que podamos decidir en connivencia con el régimen, en perpetua transformación de él o en comunicación con el otro. ¿Hay educación para ser un ciudadano? La pregunta deviene crucial para el habitante de un Estado inoperante, para una situación de una comunidad erosionada, roída, muerta, ignominiosa. Llama a superar el prejuicio eugenésico desde el que el gobierno no democrático está acostumbrado a operar, e incita al posible ciudadano a pensar el poder más allá de la fuerza, obligándolo a pensar en sí mismo como posiblemente libre. Lo lleva a preguntarse si el ser ciudadano va más allá de ejercer una moral privada, lo cual es hacer la cuestión de la virtud algo local en un sentido primario, ordinario quizás, pero no por ello menos importante. La corrupción es, desde ahí, una falla institucional que, democráticamente, no puede ser ya parte de la vieja lógica que el mismo poder instauró para nosotros, que dice que la opresión es el obstáculo para la libertad.

Por eso la ciudadanía no puede ejercerse en plebiscitos, porque no ha de ser confundida con la voluntad popular. Si la ciudadanía democrática se ejerce por medio de la voluntad popular, ¿cómo distinguir entre un plebiscito y la simpatía de los habitantes de un reino por el monarca? Aunque en una no se requiera el plebiscito, no podría existir sin algo que podríamos llamar con la misma facilidad voluntad popular de mantenerse viviendo así. No creamos, por ello, que la comunidad política está hecha por el consentimiento de sus habitantes, porque ese difícilmente podrá existir en ese sentido abstracto que lo marca una palabra como voluntad popular. Lo importante de una decisión en consenso y crítica constante es que haya ya algo común en lo que los ciudadanos hayan discrepado o asentido, en que su palabra valga para ellos como para los otros. La prudencia y todas las virtudes pueden ser admiradas en una democracia (aunque no sea el caso siempre y en todo momento) por eso mismo. Sin algo que las muestre, sin la práctica, sin la dimensión deliberativa, lógica, retórica y política de la vida en común, ellas no podrían tener siquiera un nombre. Puede que con el pragmatismo del que tanto nos quejamos, pero que adoptamos a veces (enfermedad inseparable de la política) y que ejercemos al momento de reducir la praxis democrática al voto, estemos siendo un poco injustos. No será un homicidio o un crimen mayor, pero sí algo que las víctimas de un crimen, por ejemplo, no merecen: que se les ignore por la sensación de lo providencial, o que nos creamos la historia de que la esperanza nace de la desesperación, lo cual es un absurdo.

Aunque un buen ciudadano no sea lo mismo que un buen hombre, eso no quiere decir que la naturaleza ciudadana de un hombre se resuelve en la caballerosidad de sus costumbres y pensamientos. Ser ciudadano tampoco se puede reducir al aspecto moderno de las ambiciones personales, o de la virtud como inteligencia práctica para el poder. Por eso el voto debe ser más que el respaldo de un líder político. Puede que los regímenes totalitarios obligue a sus ciudadanos a la injusticia; por ello mismo, lo que hace ciudadanía no debe ser únicamente el respeto a los decretos. La naturaleza de la ley es, más que una coerción, cierta racionalidad, cierta medida justa de las acciones que permiten siempre mantenerla en lo mejor para el individuo y para lo común. Un buen hombre coincidirá en sus actos con la ley, porque sabe lo que es justo. Un buen ciudadano no puede dejar que su decisión no sea conveniente para la comunidad. Democráticamente, esa dimensión de su bondad no puede ser totalitaria. Sabe que la crítica es necesaria para afrontar la degeneración de la justicia en el régimen: ve de frente la virulencia de la demagogia.

 

Tacitus

Una muerte radical

Una muerte radical

Estaba detenido, de pie, absorto en torno a un suceso mundano, tanto como puede serlo cualquier cosa que nos sorprenda. Digna de sorpresa era también esa pausa. No era la prisa su costumbre, no gustaba de cortar el viento con prisa negligente. Miraba encogido el suelo. Había tirado un montón de papeles por la torpeza de sus manos, que no se alineaban con su control impuesto. Le sorprendió la presencia de una hormiga, que parecía huir de todo ese ajetreo al que era ajena, pues eso hace la organización colonial de esos insectos que sirven a veces de espejo científico detrás de una vitrina. Era sorprendente porque estaba en medio de la calle. Así no se comportan esos animalejos. Él no era dado a sorprenderse. Tal perplejidad podía ser interpretada como parte de su torpeza burocrática. Olvidó por un momento el nerviosismo que le había arrebatado la estampa señorial que la daba el saco color azul marino que portaba. ¿A dónde iba esa maldita hormiga? No podía ser solitaria. Su memoria lo atacó con el recuerdo de una película: la otra mano trémula, emoción disfrazada de seriedad, que recogía sus papeles caídos debido al choque empalagoso y totalmente accidental de dos caminos. Ahora sólo estaba esa hormiga, que no daba mirada gentil y que no fingía tierna demencia con los ojos en pugna entre el suelo y su rostro. Se dirigía extenuada con su alimento a su refugio.

Se levantó en cuanto terminó de levantar aquel desastre. Perdió de vista al animalito. Recordó lo que lo apremiaba. Esos papeles eran importantes para su jefe, que lo había llamado con esa voz imperiosa que ya había identificado como signo evidente de su apuro. No sabía qué los hacía importantes (o al menos fingía no saberlo), hasta que los vio regados como agua y no pudo entonces inventarse versiones secundarias. Nombres, ubicaciones, teléfonos, rostros, debilidades, preferencias. Regresó el nerviosismo que lo había conducido a ese accidente en primer lugar. Pensó en la manera de justificar su retardo.

Estamos contigo, mi Henry- espetó Javier, que lo había encontrado justo a punto de renovar su nervioso paso rumbo a la ubicación de su jefe.

Javier era un antiguo conocido, compañero de la preparatoria y la licenciatura, pero nunca pudo llamarlo su amigo. Lo había abordado con esa frase publicitaria que Enrique (Henry) había propuesto como slogan de su jefe y de toda su empresa. ¿Estaba ahí de nuevo ese viejo sarcasmo por el cual él nunca consideró reducir distancia emocional entre ambos, con esa frase que parecía mostrar algo de conocimiento de su trabajo por parte de su excompañero? Sólo él y unos cuantos más sabían o creían saber lo que hacían. Sólo él y su equipo se sabían creadores de aquella frase.

-Parece que tú también eres víctima de la publicidad- respondió Enrique, buscando la manera de encarnar esa sospecha suya en un intento de regresar lo que le pareció una burla en torno a su espíritu corporativo. Y sonrió para sí, al tiempo que mostraba una mueca que era una farsa de bienvenida. Su respuesta obedecía a que Javier siempre se creyó limpio de todas esas aspiraciones modernas que compartió su generación. Estudió, decía, para sobrevivir, pero no quería cambiar las cosas, y eso, según decía, era lo que lo hacía distinto a los demás. No tenía ambiciones del tamaño de sus compañeros, por lo cual no podía entrar en esa lógica que se convierte en depredación en el momento de competir curricularmente. No se decía realista. Creía, según dijo en más de una ocasión, que el realismo era parte de una dialéctica que debía rebasarse, para no ser esclavos del mundo moderno. Eso lo sabía bien Enrique, quien se acomodaba ahora el cabello engominado, revisando, sin espejo, que su peinado estuviera aún formado para el momento fotográfico de ingresar por primera vez en el día al recinto de mando. Por eso su respuesta le divertía, al tiempo que le permitía pensar en su ligera revancha con placer.

Pero Javier lo abrazó, como si estuviera dispuesto a olvidar esa lucha relampagueante entre egos. Él sabía que Enrique no podía hacer nada para vulnerarlo moralmente mientras siguiera sirviendo a ese aparato laboral.

-¿Qué haces mirando hormigas, cabrón? ¿A poco estás renovando la burocracia introduciéndole momentos dramáticos de autognosis y reflexión?- le respondió mientras le estrujaba la mano, terminando el ritual tradicional del saludo familiar, amistoso, con un tono que además del sarcasmo reiterado lo hacía convertirse en una especie de juez, como si leyera todo a la manera de quien dialoga con un narrador omnisciente.

Le sorprendió que hubiera podido notar su nueva afición. Se preguntó si había alcanzado a observar el desorden con los papeles, además del contenido de cada hoja, y sólo alcanzó, el nerviosismo ahora convertido en un capullo para la vergüenza, a responderle con poca amabilidad:

-Nada, iba yo a entregar algo; eso fue accidental, no seas mamón- terminando con una risa nerviosa, que evidenciaba su deseo por despedirse de inmediato, pero con cordialidad. No podía traicionar el espíritu de esa frase, creada por él mismo, y mucho menos en frente de ese juez espontáneo que aparecía para recordarle eficazmente el asco y el vértigo que él mismo había sentido al momento de ver esos papeles de cerca. El mismo asco que lo hizo distraerse fácilmente con el paso de una hormiga solitaria. Un sonido metálico poco conocido por él le hizo el favor de terminar abruptamente aquella primera conversación. Sintió una férrea presión en su vientre.

-No te muevas, y no cambies de semblante- le dijo Javier mientras sostenía lo que parecía un revólver, una extensión de ese ego calmado y alegre segundos antes. La calle era poco concurrida. Sólo estaban ellos dos y la hormiga escondida en alguna grieta cercana, quizás.

-Quizá por ello la hormiga podía caminar sin temor- pensó, mientras el escalofrío recorría su ser. La piel se le erizó. Controló el temor de sus manos. Javier lo hizo caminar en línea recta por un callejón cercano, mientras lo abrazaba.

-Sabes bien lo que haces- volvió a decirle el del revólver. –Esos papeles no van a llegar a ningún lado. Pensé que eras más inteligente, mi Quique. Pensé que tú eras quién movía secretamente los hilos en la mente de tu jefe. Sabes que la dominación es un teatro, ¿no? Es una mentira radical que tiene que terminar. La burocracia no seguirá metiendo las narices hasta en nuestra privacidad-. El revólver hacía una sátira de sus palabras. Pero parecía que eso no le preocupaba. Con un tono de jactancia, le dijo en voz queda y soltando una débil carcajada, como si hablara solo: “¡Mírame queriendo cambiar las cosas!”.

-¿Para quién trabajas?- terció Enrique.

-Todos y nadie sabemos para quien trabajamos. El rostro de nosotros está en cada uno de los demás. Abolir la ilusión del éxito es desmentir tu felicidad. Estamos contigo, ¿recuerdas? Lo acabo de decir, Henry.

-¿Qué tiene que ver tu perorata nihilista con…?-

-No seas imbécil. No hago esto como terrorista. No pienso ir en contra del sistema sólo por robar una bola de papeles-.

El callejón terminaba en un estrecho paso entre dos casas, que daba hacía un amplio jardín en el que tampoco había nadie. Lo había alejado lo suficiente de su jefe para que nadie oyera un posible disparo o enfrentamiento. Su teléfono sonaba. Intuyó que era una llamada para apurarlo. No podía contestar. Estaban frente a frente de nuevo; él sostenía el arma con vehemencia todavía.

-La pistola sólo es teatro ¿No me pusiste atención? ¿Qué más te hubiera jalado hasta aquí? El éxito se ve bien en ti, Quique. Seduce como una puta, ¿no? Apuesto a que no sabías que tu jefe es también el mío. Es mi padre. Esta es su pistola, de hecho. Le inserta más dramatismo al asunto. Te gusta todavía el teatro como en la escuela, supongo. Ni cuenta te diste del parecido. Te confieso, aquí, abruptamente, que he pensado en el parricidio, pero no funcionaría de nada. Seguiría en mi rostro, en mi voz. Eso me enfurece más. Te traje aquí para que presencies un finale, como dicen esos que escriben guiones. Tú debes ser el único espectador. Te aviso que no vas a morir, eso te lo dejo a ti. Eso te compromete. Espero que sepas qué hacer con todo, pues por eso eres exitoso, según recuerdo. No son celos profesionales ni familiares. Verás un final digno. Llámalo, si quieres, un mensaje absurdo con doble intención, para que sueltes de nuevo tus papelitos, que parecen un libreto valioso por la manera en que los sostienes ahora. No cambiar nada, en eso está el secreto en contra del éxito-, y la oración fue terminada por el punto final de un estruendo. La sangre de Javier salpicó sus brillantes zapatos. Soltó sus papeles, que volaron con un aire violento que se apoderó del ambiente justo después del disparo. Una mezcla de histeria y miedo incontrolables lo invadió.

Se levantó como el filo de una navaja suiza, rompiendo el silencio nocturno con jadeos, empapado en sudor. Vio sus manos, el techo, el suelo y las ventanas para asegurarse de haber vuelto de esa muerte extraña. Apacibilidad total. Se puso de pie y buscó con la mirada el montón de papeles. Pensó en no entregarlos. Pero su pensamiento se disipó gracias a ese garrotazo de realidad. Un sueño después de todo. Una exageración a partir de un encargo tan simple. El nombre de Javier, el suicida, y su rostro aparecían hasta arriba de esa pila. Supo cómo se fraguó tal sueño. El frío del revólver desapareció. Y como si le hubieran disparado, regresó para cruzar el umbral del sueño.

Tacitus

La hora maniquea

La hora maniquea

La corrupción parece un laberinto que se cruza a ciegas. La oscuridad es lo evidente. Los sentidos están dispuestos a sentir los muros con los que los pies, el rostro, el aliento en cada jadeo se va topando. El suelo mismo no parece inestable. No es ella el signo del apocalipsis. Esa es la teología vana de los desesperados. ¿Será que la esperanza sólo puede comenzar a sentirse cuando aparece una luz nueva? Es más acertado pensar en que se le considera una virtud constante para la vida del hombre, dado el carácter incierto del porvenir. Por eso el optimismo de la esperanza no es candidez, ni ceguera. Por eso no puede ser injusta en su manera de afrontar al mal. Lo corruptible del hombre es su propia humanidad. No es la pérdida de ella. No es sólo la mala educación. No se corrompe el sentido original del bien, porque ese no existe. El mal corrompe no un buen corazón, sino el deseo y el juicio moral. No lo rebaja de un estado prístino: lo conduce con aspecto de ser deseable. La seducción del mal es tentación, toque de algo, latencia. Se puede decir que abre una herida en la bondad de la vida, que puede pasar desapercibida como herida. Parece, y esa es parte de la tentación, ser sólo una sugerencia de la imaginación, moldeada por la educación de la circunstancia.

La corrupción del estado no es meramente cultural. Alcanza una dimensión histórica, es cierto, pero el nombre de la historia no explica por sí mismo la moralidad. Más que el conflicto del relativismo y la fijeza de lo axiológico, el carácter histórico de la corrupción no puede ser entendido si no nos vemos como seres históricos en ella. Y eso no lo puede hacer la historia por sí misma. Por eso es que la corrupción no es un problema cultural. Tiene que reconocerse que el fracaso del estado es algo que rebasa a un solo mandatario, pero que a la vez cada figura política, incluso la ciudadanía, es parte de la confusión que conlleva todo intento democrático. Existe la posibilidad de apelar al conocimiento de lo eterno en lo temporal porque la corrupción no es, como dije, término de la humanidad. El pecado no es posible sin un rasgo mínimo de humanidad que lo haga exitoso. El fracaso del estado es un problema político porque es también un conflicto moral. No refiere únicamente al fracaso de la clase política, aunque ese sea desde hace tiempo más que evidente y, sobre todo, indefendible. El camino de la democracia debe llevarnos a ver en el ciudadano a la comunidad política involucrada en atribuirse el poder. Cuando no hay comunidad, ¿qué sucede con el poder? La respuesta la tenemos al alcance.

La ausencia de comunidad no se comprueba sólo en la extrañeza que cada habitante guarda entre sí. No es únicamente la fragmentación que ha logrado el poder político. La ausencia de comunidad está en el menosprecio de la palabra. No en la palabra de los intelectuales, que termina infectada del lenguaje de la grilla ante nosotros. Hablo de la palabra del otro en general, lo cual de hecho es causa de lo anterior. En la palabra que es el otro. Se omiten las desapariciones, se prefieren los prejuicios (eso incluye a la familia, al sexo y a la libertad) que impiden ver el dolor y pensar la justicia para los demás, que es, siempre, justicia para nosotros. Se vierte el odio en el escenario de las revanchas y los sueños revolucionarios. Se defiende la oposición con un puritanismo hipócrita, amante del escarnio. Se vive la violencia de la peor manera posible: el silencio, que parece su efecto irremediable, síntoma del sinsentido de la cadena de la muerte; el ruido es hijo del silencio ahora. Ese laberinto de la corrupción huele a sangre de los que no son y deberían ser los nuestros. Vamos a ciegas pero no impedidos. Porque la palabra vive en la corrupción, aunque parezca ser inútil en ese hielo de la indiferencia. La esperanza sabe que el hombre no hace milagros, pero vive gracias al milagro mismo. En esas condiciones nuestro maniqueísmo político será el peligro más grande, la tentación para continuar en la ignominia.

Tacitus

La sangre de la política

La sangre de la política

La libertad de expresión se aplaude, y también se sufre, en la tolerancia. Se sufre en más de un sentido evidente: la contradicción y la pugna de opiniones, que no son diálogo ni conversación por el sólo hecho de estar formadas en la palabra. Se dice que parte de esa libertad debe ser la posibilidad de insultarnos. No sólo el escarnio de opiniones de rostro general, sino también la ignorancia del otro pueden vestirse con la individualidad. Más allá de la paradoja evidente de la tolerancia, debe ser claro que nuestros pudores, nuestros amores y obsesiones están implicadas a la hora de relacionarnos en la palabra, aunque dicha relación sea fallida o, mejor dicho precisamente porque las más de las veces lo es. Nos gusta reírnos de las cortesías que guardaba la gente de años atrás. En la supuesta preocupación que tenemos por opinar, se oculta también la ferocidad que hay hacia la palabra de los diferentes. Llega eso al grado de sentir que hay un destino, una salida pragmática, ante la cual la palabra tiene que ser sirvienta fiel. Esa es una paradoja de la democracia que, curiosamente, es la misma que la puede sacar adelante y mantenerla; es la paradoja que permite pensarnos en las pugnas, en el escarnio, en la palabra pacata, para reconocer la verdad en lo democrático, no para denostarlo únicamente. La paradoja política de la tolerancia no puede desanimar a un demócrata, porque sabe que la palabra nunca será todopoderosa.

Esto implica que la bajeza, la incivilidad, la parquedad de los escenarios políticos presentes siempre permiten pensar acerca de la tiranía y su injusticia. En la bajeza podemos revelar dialécticamente la manera en que nuestras inclinaciones se ven sin vergüenza vociferadas en el insulto, notando nuestra tensión por no poder sentirnos ajenos a la causa política que defendemos. La incivilidad no sólo se muestra en la farsa del patriotismo, sino incluso en la educación que existe en la indiferencia. No nos damos cuenta, pero silenciosamente la existencia de un perfil virtual en donde se proyecta la imagen del escenario social, como supuesta extensión de la convivencia, no nos ha hecho civilizados. Creo de hecho que tiende a la incivilidad. La parquedad de nuestra comprensión se refleja en la imposición de la necesidad, obviando el terrible conflicto que implica introducir y pensar lo que la necesidad es para la política. La práctica requiere de una sabiduría en donde la univocidad no es garantía de la verdad. Nunca hay univocidad en la práctica, en realidad. No es imposible aspirar a la civilidad, al saber y al carácter. La política se caracteriza por haber hecho generales las tres cosas, y también por hacerlas equivocadamente exclusivas. Por eso la democracia puede ser más que el sueño romántico o el espanto de los monarcas, superando la mera posibilidad de pensarla como un eterno dilema entre ambas partes.

La palabra tiene en ella misma algo que parece a veces una maldición para intentar comprenderla. En su etimología lleva algo que todos llevamos (pocos se preguntan la razón) a la máxima oscuridad de llamarle pueblo. Y así también se duda poco cuando se habla de la voluntad del pueblo. El silogismo parece fácil. El mismo Hobbes nos dio la imaginación para pensarnos políticamente modernos, aunque la imagen ya no sirva en el mismo sentido que él propuso: el estado, el gobierno debe operar conforme a la voluntad de más de una persona, porque es imposible llamar gobierno a las decisiones que tomamos para nosotros únicamente. Pero es oscuro lo que el pueblo sea. Si son sólo los pobres, queda el problema de por qué debe gobernar la voluntad de un sector de la población (suponiendo que exista una voluntad para todos ellos, lo cual es falaz), definida sólo a partir de un criterio económico, y no necesariamente político. Dirán lo que quieran acerca de los abusos históricos de los ricos, pero, otra vez, no puede decirse que ese no sea un abuso mismo de la historia. ¿No es la democracia, en todo caso, la que debe mostrar que el carácter social o económico no es lo relevante a la hora de elegir a quienes tomarán las decisiones? ¿No es esa ya una decisión al respecto del destino próximo que se desea para sí mismo y para su propia tierra? No termina por ser una evidencia que la injusticia, la ignominia sean peligros que se corren en hace de la democracia un concepto derivado de manera tan sencilla de la relación que hay entre la ciudadanía y los representantes de ella. Tenemos una democracia incipiente porque confundimos la esperanza con la imposición de una dialéctica oscura, halagadora en su penumbra, que nace y brota de nuestra desesperación, o que presenta nuestra confusión y prejuicios como desesperación irrefrenable.

Si bien fácilmente puede confirmarse que el carácter económico o social no define la elección, debe todavía preguntarse en qué reside lo que todo mundo llama liderazgo en el mundo que abre la democracia para nuestras relaciones. ¿Cómo interpretar lo democrático sin usar esas otras palabras oscuras como el carisma, la presencia? Debe hacerlo quien desee distinguir la calidad política, que tiende a la virtud, de la simpatía. No es un análisis meramente psicológico al estilo moderno, sino que debe ser una reflexión en torno a la retórica y su manera de acercarnos o desviarnos de la verdad. No basta con decir que el liderazgo es natural. Hay que entender en qué consiste su naturalidad y cómo ello es sólo una cualidad política que a veces se estanca sin la verdad de su lado. Por eso la pregunta moderna en torno a la política no puede ser ¿cuál es el mejor régimen posible para el hombre, ser político por naturaleza?, pues se argumenta que lo mejor es un invento de quien no conoce bien al hombre. La pregunta por el mejor régimen es algo que le urge a toda democracia, pues sin esa guía nunca podremos indagar sobre nosotros mismos, logrando algo de autarquía. Tal vez el error esté en creer que el poder ciudadano consiste en verdad en la expresión de fuerzas que se conjugan: el camino del diálogo requiere que los acuerdos puedan darse como razón, facultad que hace al hombre ser racional y político al mismo tiempo. Por eso la palabra no puede agotarse en una democracia. La injusticia alcanza también a quienes no ejercen directamente el poder político. Esa es la trampa en la que todos caemos. Hasta los líderes.

Tacitus

 

El espejo ardiente

El espejo ardiente

Empezó con un sorbo de café. Se quemó la boca en su intento desmedido. Esperaba que esa agua transmutada ejerciera su efecto: disipar el sueño, producir entusiasmo, quizá soltar las palabras como caballos destemplados en carrera hacia una conversación que no recordaría. El ardor en la lengua le hizo pensar si beber café era necesario para quien intenta sobrevivir modernamente: una droga más inocente, producida en masa por su sabor y su efecto traicionero. ¿Por qué esa ansiedad en incorporar la cafeína a su sentido común? No se lo preguntaba. Tenía que quemarse la lengua para sacudirse pronto algo. No era su consciencia. Decía que era el sueño, el aburrimiento. Nadie espera más de una porción de café. Quizá sólo su sabor, misteriosamente dulce cuando se ha pasado la prueba que impone su amargura a la misma lengua que se quemará por el descuido del propietario de la guarida en que descansa, amurallada entre un marfil insensible a ese calor. Sabía que le aguardaba una espera prolongada, pero aun así no dudó en apresurarse.

Un sujeto se apresura cuando está enamorado. También espera pacientemente por interés amoroso. Comparó ambos efectos con su vehemente deseo de beber. ¿Qué cauterizaba la quemadura del café? Tal vez un corazón roto, dolido y todavía renuente a enterrar una oración cuya herencia fue la desdicha. Pero también un deseo: quien no se quema no aprende la regla. Notó su exageración. El efecto del fuego no sólo consume o lastima los tejidos, el tacto. La comparación del fuego con el amor, recordó, llega también a la imagen del martirio. El fuego que permanece encendido en la oscuridad. A Cupido lo pintaron como un niño de ojos cubiertos. La oscuridad de la vista y el fuego eran elementos integrados en una experiencia. El corazón roto era una fábula. Un melancólico no trata de sacudirse su tristeza de esa manera.

Tomó un periódico. La primera plana le recordó una frase que su generación convirtió sin saberlo en publicidad: el silencio de Dios. Después estalló una risa que contuvo. En algún sentido le parecía ridículo su recuerdo. El ardor del café cauterizaba la ansiedad que genera silenciosamente el desmoronamiento. Se pensaba cercano a la crisis, pero ajeno en el dolor. El café era un fármaco para la desgracia simulada. Sus palabras desbocadas llenaban el silencio de Dios. Pero era inútil. Esta opción había sido insertada por una enseñanza trágica, paralela a la de su fingida melancolía. El silencio de Dios era un prejuicio para interpretar la maldad. No tenía consciencia trágica. La cauterización del silencio de Dios era un alivio vano para su corazón intranquilo. Sumido en su meditación, casi olvida que estaba ahí sentado esperando.

Al fondo del vaso, como sabía por reminiscencia, no quedaba nada, más que el fin del recipiente. No era desconsolador saber que tendría fin aquel café. ¿No es la gracia de todas las cosas que ellas tengan siempre un final? La gracia de lo inmortal se contempla por otros caminos. En la sensación vive el ardor de la lengua, parte de la materia. Se quemó con gusto, porque deseaba probar ese amargor. Todo el tiempo -pensó- estoy yo para escuchar mis pensamientos. No era nuevo. Para eso se quemaba la lengua: para romper pronto el silencio, el hielo que necesita del fuego de las palabras dulces, melifluas, esperanzadoras o a veces más heladas que el frío del silencio, como el hielo seco. ¿En dónde esperaba? Lo hacía en la posición común de espera: sentado. Afuera caía el agua como si estuviera en un nuevo diluvio. Pensó si su asiento era el arca que lo mantenía en espera, con la vida entera, dispuesta para su nuevo origen. Si el amor es ansia y espera, haría falta la sabiduría en él para saber qué nos dice en su dualidad de nosotros. El amor lo hacía esperar, pero también ansiaba salir, olvidar el ardor en su lengua con una palabra.

Llegó. Estaba su cuerpo húmedo como quien saliera del mar. No importa su nombre, ni su género. Sabía de su espera y de su ansía; con un silencio lo revelaba. Había hablado todo. Lo acompañaba ahora. Podía irse, pero nunca abandonarlo: el amor es así. Apareció como si lo convocara en ese silencio que deseaba la palabra. Una oración hacía temblar su lengua herida: “líbranos del mal”. Sintió el regocijo de la presencia amada. El amor y la tragedia se fundían en un gesto amable. Recordó la situación vana en la que se encontraba. Observó que no había banalidad en esa sensación, en la que su confusión seguía latente. ¿Quién había llegado? Porque esa presencia no podía arribar sólo en la espera, de manera tan repentina. La situación se puede repetir indefinidamente. No necesitaba el ardor de un fuego líquido, ni la revelación de su entorno en un papel. La lluvia sigue. Con el ardor todavía presente, sale acompañado de su refugio. La bebida misteriosa era el combustible de las vidas ajetreadas. En ese ajetreo, azotado e impedido por la lluvia, tuvo que caminar a casa. Dios no está en un vaso de café. Al menos no literalmente.

Tacitus

Deseo amistoso

Deseo amistoso

La idea más elemental en torno a la educación alude a la necesidad de un guía para que la ignorancia vaya siendo minada. Pensamos aspirar a que el lenguaje sea el vínculo, el transistor del conocimiento del maestro en sentido teórico y moral. Otros sostienen que la educación comienza con una presencia que nos haga cuestionarnos nuestro pensamiento sobre lo común entre los hombres. Desde ahí comienza la imitación. Pero la imitación siempre es compleja. Además de que la educación no existe en donde no hay palabra. Recuerdo haber leído que los sordomudos tenían mayores carencias intelectivas que los ciegos. La imitación se mantiene en nosotros sin intención de ser gesticulación. La palabra reminiscente se mantiene a veces como un eco, a veces como un murmullo en medio de la lluvia y los truenos, otras como una mano amiga, vigorosa pero no dominante. Ni la presencia ni la rapidez intelectiva nos liberan de nuestros dogmas, de nuestras oscuridades en torno a la naturaleza de la relación educativa, que es una relación. Existe el interés del que se intenta educar y el interés complejo en el caso del verdadero maestro de mantener su palabra al aire, esperando ser seguida, de conocer a quien tiene en frente. La educación es, quizá, un problema sobre la amistad.

Es creíble que al alma tecnocrática le parezca inverosímil esa relación. En la profesionalización y la credencialización, sabemos, no se requiere de amigos, sino de contactos. El éxito no es lo mismo que el interés por mejorarse. Se puede ser exitoso en más de una manera. El camino del educando da mejores frutos en la oscuridad propia que le brota como individuo. La actitud del viejo que tiene las cosas seguras es antipedagógica en la medida en que no está dispuesto a que una conversación no sea otra cosa que la confirmación de sus inclinaciones. Por eso creo que los amigos no solamente son aquellos que comparten nuestros intereses. Podría preguntarse incluso si nuestras relaciones sociales y amistosas integran la presencia de lo irracional para encubrir algo, en vez de para enseñar y mostrar la cercanía. El éxito puede lograrse en la ignominia total; el límite entre el fracaso y el éxito está bien delineado para el burgués movido por su orgullo, aunque logre disimularlo.

Pero no sólo de oscuridad nace la posibilidad de mejorarse. Sería imposible perseguir algo que no conocemos de ningún modo. La importancia de la palabra no es que pueda ser siempre la misma para toda alma. Su vitalidad consiste en su carácter dialógico. En que pueda mantener al deseo y al ánimo en constancia. Por eso la amistad requiere de dos al menos. Pero, ¿no era necesaria la igualdad para el lazo amistoso? La desigualdad del maestro y el educando no es ontológica, evidentemente, sino de trayecto y, muchas veces, de talento, pero nunca es desigualdad radical. La imitación se nutre de esa unión y separación. ¿Qué distingue a la educación de la sofística o, en todo caso, cómo es que todo tipo de educación no es sofística en algún sentido? Es una pregunta actual en tanto afrontamos el lenguaje como problema técnico: la educación actual busca métodos de enseñanza. Es incluso más profundo si le agregamos la posibilidad de que la naturaleza sea también un problema técnico. La amistad permite no ser sólo un náufrago entre la crisis, sino que ayuda a la memoria a que la presencia y la palabra no sean recuerdos, sino actualidades que no se han de defraudar. Permite, ya desde ahí, pensar en lo mejor. Es un acto privado, pero no por ello ha de ser atrincheramiento.

Tacitus