Plana ciencia

Ilustrados mucho o poco, solemos pensar que es provechoso para la sociedad que se divulgue la ciencia. En realidad, la información científica divulgada es impactantemente menor a los resultados de las muchísimas investigaciones patrocinadas por gobiernos y concejos universitarios en todo el mundo. Pero desconozcamos ese detalle provisionalmente por la suma complicación de su naturaleza. Será más fácil enfocarnos en esa idea que nos es tan cómoda, tan común, tan suave para nuestro pensamiento como que algo pesado es jalado por la Tierra, de que es provechoso para la sociedad divulgar la ciencia. La causa es muy sencilla: conocer la verdad de las cosas de este mundo nos surte de bienes. De éstos, los que más frecuentemente se ofrecen a la vista son los más útiles (cosa que se entiende porque son los más vistosos); con los que se explica, por ejemplo, que es gracias a nuestro conocimiento de las magnitudes físicas de los materiales que somos capaces de construir puentes kilométricos, o que el conocimiento de los pormenores eléctricos de los órganos humanos nos permite idear soluciones, producidas en masa, que regulan su funcionamiento en casos de enfermedades. Por la difusión de los descubrimientos psicológicos es más probable que halle comprensión un autista y gracias a la ciencia política no toleraríamos nunca más vivir bajo regímenes tiránicos u oligárquicos.

Otra idea, menos difundida aunque no por mucho, es que la ciencia requiere para su realización un ánimo desafiante, un arrojo marcado por la duda antes que la asunción irreflexiva y la apertura al descubrimiento, un ímpetu difícilmente contenido por la ortodoxia o impedido por el conformismo –que no es otra cosa que una corrosión del carácter provocada por esa ortodoxia–. Si tienen oportunidad, hablen con algún científico al respecto. Lo más probable es que les diga que esa imagen es bastante fantasiosa y que el trabajo científico es mucha más rutina, grilla y burocracia de la que uno primero sospecharía; pero aunque ésta sea una importante observación, podemos dejarla al margen mientras consideramos que el paradigma de hombre de ciencia que se nos presenta desde que somos pequeños se parece mucho más a esa fantasía. Nos enseñan a admirar a Galileo prefiriendo la verdad a la propia vida, a Newton descubriendo la llave del universo que permaneció escondida por milenios o a Einstein desafiando las convenciones gravitacionales en contra incluso de antiguos gigantes astrónomos.

Hay una tensión entre estas dos ideas. Cuando la divulgación de la ciencia se realizara por entero, todas las personas por igual aceptarían y aprenderían todo lo que hay por saber tal como es. Se lograría educar en el terminado y comprehensivo dogma de la verdad universal. Pero al mismo tiempo, el ánimo científico estaría eternamente desafiando el dogma simplemente por ser ortodoxo, sin atender si es o no verdadero, y jamás la gente educada para desplegar tal ímpetu podría aprender lo que la ciencia divulga. Esta contradicción frente a la ciencia resuelve a momentos la tensión devaluando alguna de las dos convicciones o ambas. Por ejemplo, pensemos que la mayoría de las veces la ciencia no se enseña en realidad, sino que más bien se ayuda de imágenes inexactas para persuadir a personas neófitas de asentir ante modelos, conceptos o sistemas que se quieren divulgar. Es decir, se vulgariza la ciencia. Es mucho más fácil concebir distancias en un planisferio representándolas como líneas rectas, aunque no sean así exactamente, que haciendo cálculos de curvas sobre secciones de esfera u ovoide. El resultado no es el conocimiento de la verdad sobre alguna parte de la totalidad universal, sino la aceptación pública de cierta doctrina. Pensando en el otro lado, se educa con el discurso de la belleza del espíritu desafiante, pero al mismo tiempo se caricaturizan algunas doctrinas de manera que se tiene algo para desafiar incluso cuando no se cuenta con muchas ganas de meterse en verdaderos problemas. A los ojos de la opinión común sólo hace falta decir que «la religión no es sino colección de supercherías primitivas» para ponerse la camiseta del equipo de la ciencia. Y celebramos con razón que por decirlo nos echen porras y no piedras. Estos dos suavizantes ‒el de la divulgación y el de la infatuación científicas‒ no solamente alivian la tensión, sino que forman una dinámica perfectamente comprensible y cómoda, hasta lógica, en la que parecería que nunca existió ninguna contradicción. Así, la gente de a pie podemos asentir al proyecto de educar a la humanidad siempre que desafiar tal o cual añeja norma nos rinda los beneficios útiles y vistosos que estamos esperando de nuestra ilustrada civilización. Somos valientes que ponen en duda toda convención… o eso nos dicen y no tenemos por qué ponerlo en duda. Al asentir a lo dicho por los expertos nos convertimos automáticamente en expertos nosotros mismos, ¡y sin haber quemado ni una sola pestaña! Incluso para el autoestima es una ganga: somos parte fundamental del mejor y más benéfico cambio que ha sufrido el mundo humano jamás y lo único que tuvimos que hacer fue ser nosotros mismos.

Una verdadera educación científica de toda la sociedad es imposible, para empezar, porque no existe tal cosa como el científico todólogo que pueda hacerla de maestro mundial. Todos los científicos son especialistas a tal grado de finura que, por así decir, entre un químico electroanalítico y otro podrían no entenderse nunca porque uno se dedica a la formación de sistemas que permitan cuantificar electroquímicamente la concentración de dopamina en una muestra dada, mientras que el otro intenta perfeccionar métodos de electrodeposición para sintetizar catalizadores para celdas de combustible. Los resultados de sus investigaciones se harán más o menos conocidos dependiendo de las instituciones que les den los fondos y de las revistas que los publiquen. Ninguno de los comités a cargo de las revistas prestigiosas de divulgación científica tiene representantes de todas las especialidades, ni tiene por qué esperarse de ellos cosa tan descabellada, que sería como esperar de un vivero que contenga cuando menos un espécimen de cada distinto vegetal sobre la Tierra1. Y todo esto no es demasiado escandaloso porque tampoco es posible que todas las personas sean férreas defensoras de la verdad sin asegunes, en todas sus formas, feas o hermosas, finas o gruesas. Francamente, a pocos les interesa. La ciencia suele interesar por sus efectos, por los resultados que porta2. La resistencia del material del que está hecho el puente kilométrico no importa a prácticamente ninguno de los que lo cruzan más de lo que les importa que el puente esté ahí para ahorrarles la vuelta, esté hecho de concreto, madera o cristales de nitrato de uranilo. A la mayoría de las personas les daría igual si la Tierra girara al rededor del Sol o si fuera viceversa, si todo lo demás en sus días fuera igual. Ésa es la vida real de la mayoría de nosotros los ilustrados contemporáneos.

Con todo, últimamente ha estado dando vueltas la noticia de la existencia de los Flat-Earthers. Entre la sorpresa, la incredulidad y el escarnio de todos los demás, se trata de un grupo considerablemente numeroso de personas, especialmente en Inglaterra y Estados Unidos, que dedican sus esfuerzos a contravenir la doctrina de que la Tierra es redonda y a sostener que más bien es plana. No son una sociedad nueva, pero últimamente han estado llamando la atención por su incremento (de hecho hay varios de estos grupos más o menos serios, pero por ahora consideremos solamente la Flat Earth Society como representante del resto). Las redes sociales han ayudado mucho a compartir su discurso, entre los que lo creen y los que lo toman a guasa. En una convención recién celebrada este noviembre, miles de personas asistieron gustosas a conocer a sus congéneres y a disfrutar conferencias acerca de las implicaciones lógicas y prácticas de que la Tierra sea plana. Y créanme, ellos son en verdad más ilustrados que los ilustrados contemporáneos. El mismo valor que se admira en Galileo es necesario para decirle al mundo entero, con todo y sus agencias de exploración espacial y su tradición educativa centenaria, que están equivocados quienes suponen que la Tierra es redonda. La agrupación se presenta con la intención de fomentar el pensamiento crítico, de negar el dogma que no ha sido probado y de confiar en las capacidades propias para realizar razonamientos científicos antes de acceder a ninguna conclusión. Y esto no es cosa ligera: ¿qué fuerza puede tener la tradición, por más que sea centenaria, si es irreflexiva, contra un instante de visión en ojos propios para contemplar la verdad? (Que no se diga que es imposible para un ilustrado ponerse romántico). Las consideraciones de este grupo son, a su propia vista, muy serias y comprensiblemente mal recibidas por la mayoría de las personas; después de todo, esa mayoría es la que está educada desde la niñez para repetir doctrinas que no entiende. Argumentan tanto positiva cuanto negativamente. Los sentidos, dicen, son nuestra primera aproximación al mundo y su verdad, y nunca ha de desconfiarse de ellos si no se presenta antes una razón para ello tan convincente que no deje ninguna duda; el peso de la comprobación recae en los que nos quieren convencer de que no vemos lo que vemos, no al revés. Y si uno se fija bien, toda observación personal que se haga, siguen diciendo, del horizonte o de la perspectiva al escalar una montaña, nos mostrará sin reservas que no hay ninguna curvatura a todo lo largo del mapa que no sea solamente un accidente geográfico. Los experimentos que proponen trazar una recta de la visión para después corroborarla a lo lejos o a lo cerca usan telescopios, boyas, faros, observaciones del mar y movimientos de banderas o velas de barcos; y éstos siempre concluyen que no podría ser redonda la Tierra, pues de lo contrario la visión se perdería allá donde no se pierde: la recta de la visión coincide siempre en el punto de la observación independientemente de la lejanía o cercanía de los objetos hallados en una recta correspondiente a la planicie terráquea, por más alejado que esté el horizonte. ¿Y las fotos de los astronautas, los estudios astronómicos, los cálculos de aviación o de predicción meteorológica? La respuesta que dan los planitérreos es que algunas de estas cosas son resultado de la propaganda política y otros de coincidencias que pueden ocurrir lo mismo para una Tierra redonda que para una plana. La cereza del pastel retórico es esta consideración de aire conciliatorio: ellos dicen que la doctrina de la Tierra redonda no es un intento malintencionado para engañar a la población (¿qué se ganaría con ello?); lo que en realidad pasa es que las grandes fuerzas políticas que apoyan el dogma creen que la Tierra es redonda pero, aunque no tengan los medios para comprobarlo, fingen que lo han hecho porque lo que les interesa en realidad es un discurso internacional fuerte, cuya raíz fue la carrera de expansión que en la Guerra Fría libraron EEUU y la URSS y cuyas ramitas son todas las querellas políticas entre potencias mundiales de hoy.

Los experimentos que aquí refiero, lectores, son todos derivados de los que dio cuenta Samuel Birley Rowbotham3. Apenas uno considera que todos son el mismo experimento, nomás maquillado por acá o por allá, y que en él se cae en la tremebunda omisión de las distancias continentales, queda todo su fondo demostrativo sin un gramo de crédito. Y leer la explicación que los planitérreos ofrecen de las observaciones de la gravedad es apenas un paso menos irrisorio que escuchar a algún compañero pedestre explicar la teoría de las supercuerdas. Sin embargo, eso no es lo importante. Es un deleite observar que en tantas personas sobrevive tan vivo el fuego ilustrado de la divulgación científica y el desafío a las convenciones, que están dispuestos a poner a prueba con todo el rigor del que son capaces, la que muchos propondrían como la más ridícula de las nociones en la ciencia natural. No son intransigentes ni absurdos, al contrario, actúan con mucha congruencia. A menos de padecer de una mente poco reflexiva, de golpe caerá uno en la cuenta (apenas se pase la risa), de que la mayoría de los que desprecian a la Flat Earth Society de hecho no podría demostrar matemáticamente ni el movimiento de la Tierra al rededor del Sol, ni la necesidad de su forma ovoidal para que la intensidad de su campo gravitatorio acelere 9.81 metros sobre segundo al cuadrado los objetos a ella sometidos4. Podrá la vida llana alejarnos de las verdades del universo, pero la tendencia naturalmente humana a conocer no dejará de aparecer en nuestras sociedades, por más que las contradicciones en las que vivimos parezcan haberla sofocado por entero. ¿Y no son una lúcida, brillante muestra ellos que en pleno siglo XXI defienden que la Tierra es plana? ¿Importa si están bien o no?5 ¡Celebremos que nuestra educación aún puede rendir estos frutos! Y es que con éstos que han aprendido todo lo importante del furor por el mejoramiento de la humanidad y el reparto de mercedes a su género, ¿quiénes dirán entonces, hombres de poca fe, que la Ilustración no ha sido todo un éxito?


1 Eso por no mencionar que aquello de la rutina, grilla y burocracia de la profesión científica domina aquí con máxima fuerza.

2 No es gratuito tampoco que usemos como usamos la palabra ‹importar›, con la idea de que si nos interesa es porque nos da algo que viene de fuera.

3 Parallax, Earth Not A Globe, 3ª edición de 1881. Más exactamente dicho, muchos son derivados de estos experimentos, pero varios razonamientos que ofrecen tienen también otras rutas, algunas más antiguas.

4 Con más exactitud, son 9.80665 m/s2, al nivel del mar.

5 «La ilustración estaba destinada a convertirse en ilustración universal. Parecía que la diferencia de dotes naturales no tenía la importancia que le había adscrito la tradición; el método probó ser el gran igualador de mentes naturalmente desiguales» y «La nueva ciencia política pone en preeminencia las observaciones que pueden hacerse con la máxima frecuencia, y por lo tanto, por personas con las capacidades más mediocres. De este modo culmina frecuentemente en observaciones hechas por personas que no son inteligentes sobre personas que no son inteligentes». Leo Strauss en Liberal Education and Responsability y An Epilogue, respectivamente.

La rana, la Parca y dos mil cuentos más

Líneas

Poema

Letras

Sílabas

Cuentas varias

1

Es un juego ambiguo el cantar de la rana,

32

12

2

de un lado se cuenta; del otro, también.

30

11

3

Pero unos son cuentos, las otras son cuentas:

36

12

4

se cuentan las letras que lleva uno escritas

37

12

5

y se les refiere en el mismo poema,

27

12

6

o bien si se quiere, se cuentan palabras

32

12

7

(aquí, por ejemplo, van cincuenta y seis).

31

11

56 palabras (líneas 1-7)

8

Y ya es otra cosa el contar de los cuentos,

33

12

9

como si uno fuera a contar que una rana

31

12

10

saltó al viejo estanque y regó alrededor

34

12

11

sus aguas, que un día durmieron tranquilas,

35

12

12

en jaras brillantes, ya esquirlas de paz

33

11

13

perdida, empapada, estrellada; y la rana

32

12

14

sembró olas nuevas en vieja quietud

30

11

15

(aquí ya llevamos cien, diez y seis más

30

11

116 palabras (líneas 1-15)

16

y contando letras: quinientas y quince).

32

12

515 letras (líneas 1-16)

17

O puede cantarse, tal vez, en haikú

27

11

18

y todo contarse de muchas maneras

28

12

19

ya que hasta lo ambiguo es ambiguo en la rana

36

12

20

(¿será por anfibio?) como estas tres líneas:

33

12

 

 

21

Antiguo estanque.

15

5

22

Rana de cuatro letras…

18

7

23

¡Zas! Diecinueve.

13

5

 

 

24

Nos faltan onomatopeyas de agua.

27

12

25

Estoy divagando, regreso al conteo,

29

12

26

al cuento y al juego que es muchos juegos

33

12

27

pues tiene además una calaverita

28

12

28

de letras macabras y embrujos rimados

32

12

29

que pueden sumar cuatrocientas cuarenta:

35

12

 

 

30

Las aguas gozaban de un hondo tinaco

30

12

31

confiando que nunca habrá quien les demulce

37

12

32

o insulte su calma, la ofusque o la fulce;

32

12

33

pero se olvidaban del ser más bellaco.

31

12

34

Detrás de los setos, por la margarita,

30

12

35

la rana fraguaba su plan: «no serán

27

11

36

por mucho felices, ¿qué, creen que sin pan

32

11

37

pueden presumirle a quien lo necesita?

32

12

38

Mi sed y mi hambre no habrán sido en vano

32

12

39

si ahora me ayuda mi amiga Maruja».

27

12

40

Pues ése fue el nombre que diole el lejano

34

12

41

verdugo, la Parca, fingiendo, el granuja.

32

12

42

La rana posó entonces sobre su mano

29

12

43

y de ahí ésta dio un salto: envidia y burbuja.

35

12

440 letras (líneas 30-43)

 

 

44

Pero contar letras no tiene gran chiste

33

12

45

si el número no es autorreferencial

30

11

46

como que estas letras nos dan treinta y seis,

36

11

47

o que nuestras sílabas son sólo doce,

30

12

48

que aquí no son cinco; y aquí: nomás tres,

31

11

49

y el cuento refiere a sí mismo también

31

11

50

diciendo que el paso es a veces de doce

31

12

51

y a veces de once cuando cierra así

28

11

52

(arriba se cambia pa’ que entre el haikú),

31

11

53

y que ya llevamos cincuenta y tres líneas

34

12

54

saltando la rana por sabia o por necia

31

12

55

con la consonante rimando muy poco,

29

12

56

más bien asonando con mucha frecuencia,

33

12

57

con tal de que habiendo contado las letras

35

12

58

nos den en su suma dos mil, ni una más,

26

11

59

y cuenten sesenta con cinco las líneas,

33

12

60

en sílabas: veinticuatro treintaiunos,

33

12

61

sumando además a un juego los otros,

29

12

62

echando clavados, goteando a los lados

32

12

63

contando de cómo se hace contar

26

11

64

de cuentas, de cuentos, de parcas, de brujas

34

12

65

y de un viejo estanque al que hay que saltar.

35

11

2000 letras, 744 sílabas (líneas 1-65)

Un compromiso

«El amor, se dice, fue el inventor del dibujo. Pudo inventar también la palabra, pero con menos acierto».

No podía entender por qué. La tristeza le sacó un suspiro; pero no más. Aguantó un arranque de lágrimas que se le condensó en la garganta y a consciencia su gesto simulaba indiferencia. Sus manos escondían los temblores que por momentos las cimbraban en el movimiento cadencioso de la caminata. Era una tristeza bien conocida por ella, y eso solamente la cubría además de un manto de vergüenza. Ya varias veces más había visto su proyecto frustrarse a la mitad del camino, sin explicación. A veces escandalosamente: había tenido a alguien que le había sido infiel, de otro había descubierto una vida impensada a la sombra de mentiras y fantasías que prefería no detallar, uno más había sucumbido a su mal carácter y hasta se había lastimado a sí mismo. Esta vez no. Esta vez había sido muy silenciosa. Como aparecen los hongos casi en secreto en la tierra mojada a la sombra de los pinos; así había sido.

Su ensoñación era un vaivén doloroso que imitaba en su ritmo al paso acelerado que llevaba. Su cola de caballo se agitaba como péndulo y sus botines chocaban con el pavimento mojado marcando un metrónomo lo bastante bueno como para que algún músico romántico se uniera en molto vivace. Y sin embargo, odiaba la música romántica: la hacía pensar en el pasado y se sentía vieja, mortal. Caminaba de bajada por la calle que pronto viraría y revelaría, si las cosas no habían cambiado, un terreno baldío entre casas grandes, contrastantes, coloridas y calladamente amuralladas. Las más viejas compartían un estilo germánico, las otras más bien reflejaban la diversidad del antojo; pero todas tenían un jardín. Muchos de ellos estaban adornados de flores, y en algunos incluso las cuidaban. En la ciudad pocos lugares estaban tan poblados por árboles como éste. Pinos, encinos, colorines, cipreses, ahuehuetes, ocotes, sauces… todo un repertorio de arboreto flanqueaba las calles del fraccionamiento debajo de unas nubes grises que podrían volver a llover en cualquier momento, o podrían quizá ceder a la desidia; después de todo, pensó con algo de cinismo, eran mucho mejores que ella para dejarse llevar. Ya casi llegaba. La hora había empezado a sentirse en el frío. El olor que se levantaba con el agua le era tan familiar como los vaivenes de esa vía. De niña ella había pensado que este olor pertenecía a este lugar, que era único, suyo; hoy ya sabía que otros lugares del mundo compartían este exacto aroma. La desilusionaba un poco. Volvió a suspirar.

Durante el último trozo de camino una idea cruzó por primera vez su mente. Quizá lo que ella quería era imposible. «Imposible». Negó con la cabeza como si conversara con un amigo y no estuviera sola en una procesión cuyos motivos no entendía bien ni ella misma. Había venido al chispazo de un capricho. «Imposible». Por supuesto que no era imposible, pensó objetándose a sí misma, muchas parejas lo habían conseguido con éxito. Debía haberlas por cientos por aquí. Lo que ella quería no podía ser imposible; además, siempre había querido lo mismo y a todos se los había pedido clara y honestamente. Había sido buena siempre, igual con todos, sin importar lo distintos que ellos hubieran sido. Lo único que ella quería… Se detuvo frente a la reja por fin. La habían renovado y su pintura ahora era de un blanco perlado. Miró largo tiempo con sus labios finos estrechados en un trazo. Sus ojos azules, si acaso, expresaban una severa firmeza. Había querido secretamente que todo brotara de pronto, que borboteara, que se desbordara, que su interior se amotinara y de una vez por todas la tensión se resolviera en un estruendo; pero no, solamente arreciaba más y más el frío. Su tristeza se adormeció. Sus manos enrojecidas dejaron de temblar. Vio la que fue su casa durante décadas, pero no reconoció nada.

Cándidos y astutos

Cuando un ciudadano romano estaba en busca de un ministerio, vestía una toga de un color blanco brillante que se conseguía tratando la prenda con tiza. Toga candida la llamaban. Se decía que tal aspirante estaba «blanqueado», usando una palabra nacida del brillar intenso candere, como el de luz blanca, de modo que por candidarse ‒permítaseme el barbarismo‒ se clamaba que estaba candidatus; que era candidato. Es fácil adivinar la dirección de este símbolo: el que se ofrecía como buena elección para ejercer un cargo público evocaba la imagen del bienintencionado, el inocente, el cándido; o lo que es lo mismo visto al revés, se proclamaba incapaz de hacerle canalladas a quienes le confiaran la pretendida posición. En este ritual la única parte que hoy ya no se usa es la toga blanca.

El juego del blanqueo tiene sin embargo dos lados. Es inevitable que el «ingenuo y sin malicia» sea también alguien «simple y poco advertido»1. Esta ambigüedad no fue diseñada con la artería de ningún funcionario público, sino que es natural. Piénsese en la defensa que los más preocupados por los animales suelen hacer: imaginemos un perro que fue agredido por una persona y en respuesta la mata. Dirían entonces que la bestia es incapaz de hacer mal, no porque se niegue la realidad de la mordida en la yugular, sino porque se reconoce la imposibilidad del animal para elegir: no tiene uso de juicio, no actuó, sino que reaccionó del único modo que podía. Así tampoco tienen juicio los niños y de ellos se predica una «inocencia» semejante. La idea que cimienta esta clase de defensa es la misma blancura de la candidez. Una persona incapacitada para elegir un mal es cándida en ese sentido; pero la misma causa por la que sería incapaz de imaginar cómo abusar de los demás lo privaría también de imaginar cómo hacerles bien. No tiene la capacidad para concebir el engaño y después, elegir no engañar. El cándido carece de malicia, sí, pero carece también de prudencia. Un cándido prudente es una quimera. El candidato, con su espectáculo de blancura y pureza pretende encarnar esa quimera, modelando arteramente solamente uno de estos dos lados y confiando en que su brillantez nos ciegue al otro.

El juego se mantiene así porque es frecuente que quien más ha sido engañado por anteriores ministros del gobierno esté aún más dispuesto a apostar por la candidez del candidato que más brille de blanco. Supone que, cuando menos, sería mejor quien no sepa qué hacer que quien sepa muy bien cómo fregárselo. También él es imprudente. Los profesionales de la política saben por eso y sin indicios de duda, que no quieren a ningún candidato en realidad cándido sino a uno astuto que entienda la importancia de parecer inmaculado. La toga cándida es completo disfraz. Lo único brillante del candidato es su prenda y tiene que cubrirla por entero de tiza. La simulación deshonesta de prudencia se basa en la idea que complementa la ambigüedad del cándido: que tener la visión de los intereses de uno, de muchos o de todos se da viendo también la posibilidad de abandonar los intereses públicos a favor de los privados. La constancia del ritual asegura que tarde o temprano haya muchos que, sintiéndose entendidos, jueguen a saber lo mismo que sabe el profesional de la política. Éstos intentan asegurarse en secreto de estar en el círculo privado que corresponde a los intereses del candidato, para que ganen algo cuando éste «inevitablemente» se incline a ejercitar su astucia en nombre de la comunidad engañada. El engaño propaga la desilusión y siembra rencores, incrementando el anhelo de los «desentendidos» de encontrar a alguien cándido. A ese paso y conforme a la medida del hábito para la simulación, la astucia que presenta pantalla de inocencia comienza a ser admirada hasta que ésa es una de las cualidades que brillan para los electores «entendidos» del candidato. Su esplendor llega a ser el disimulo. Tal cinismo está enraizado en la sediciosa máxima que reza «quien tenga la posibilidad de actuar injustamente sin sufrir castigo, lo hará necesariamente».

Lo cierto es, sin embargo, que esta máxima no erige la política sino que al contrario, la destruye. Sin meternos en las razones por las que es simplemente falsa, la búsqueda comunitaria del mejor modo de vivir sólo tiene sentido si es posible consentir la existencia del otro. Si, al contrario, la disposición natural humana fuera a hacer la guerra contra todos (y por supuesto contra uno mismo), nada de nuestro precario estado sería problema: viviríamos plenamente satisfechos de lo mal que vivimos. Pero eso es un sinsentido. La glorificación perversa del disimulo naturalmente obra en detrimento del animal político, del ser que constantemente se comunica con voz y sentido. Esto nos permite exhibir la deshonestidad del candidato: tampoco la astucia es prudencia. El candidato quimera no es ni cándido ni prudente. Usando una de las imágenes recurrentes del Sócrates platónico, el más hábil envenenador es el médico; la práctica de la candidatura nos inclina a experimentar la elección de ministros así como si nuestra confianza en los médicos dependiera de cuál es menos capaz de hacernos daño, no de quién sabe curar. Mas nunca creemos que, como el médico conoce más modos de matarnos, nos querrá matar; creer que para un médico es una cuestión de estrategia utilitaria si envenena o cura es malentender por completo el arte de la medicina. Lo mismo ocurre al confundir la importancia política de la incapacidad para el mal (verdadera o aparente) con la capacidad de elegir el bien sobre el mal. Tanto al cándido sin juicio cuanto al astuto sin prudencia les falta lo necesario para gobernar en el mínimo de los sentidos. Esto es, el carácter para elegir el bien común.

Herederos de Roma, celebramos cíclicamente las procesiones de los candidatos que se pasean luciendo sus togas blancas. Entre sus campañas se espetan palabras descuidadas y voces sin sentido, se negocia con bienes ajenos y se ahonda la fractura de nuestros partidos. Y ahora además estamos por atestiguar el desfile grotesco de los candidatos independientes. Ellos responden en solitario con bandera de inocencia porque, afirman, se han purificado ya de la mácula de las sectas de siempre. No solamente estamos partidos, sino que ahora la discordia se ha agudizado con quienes se han partido de los partidos. Este movimiento sirve para blanquear la toga mejor y más escandalosamente que una cantera entera de tiza. Éstos claman la candidez de no tener nexo con nadie y al mismo tiempo presumen cínicamente su astucia a los que saldrían aventajados en caso de unirse a la campaña. Así delatan, con igual descaro que sus colegas, el interés en hacer de la vida pública un negocio privado. Habernos acostumbrado a pensar la política en términos de la competencia en que riñen quienes menos nos pueden hacer mal nos impide dialogar con razón, nos impide esforzarnos por elegir el bien común. Leo Strauss escribió una vez, discutiendo la ciencia política contemporánea, que ésta se erige de tal modo que no permite el escrutinio de los principios sobre los que lo hace y, sin darse cuenta, se convierte solita en lo que más detesta. Ni siquiera puede ser neroniana, dice, pues aunque toca un instrumento mientras arde Roma, no sabe que toca ni sabe que arde Roma. Nuestra vida pública no dista mucho de esto, pues apenas refulge el blanco de las togas nosotros entonamos las cantaletas bajo las sonadas y dispares pautas, comportándonos en todo al servicio del disimulo: como si no supiéramos ni lo uno ni lo otro, como si no hubiera nada más que cándidos y astutos, y en fin, como si nunca entre los hombres se hubiera dado la prudencia.


1 Esto se observa buscando «cándido» en el DRAE. Es notorio que además de estas dos definiciones se ofrece «cándido» como nombre poético del color blanco.

Los herederos de la Guerra de las Coreas

Hace tiempo reflexionaba yo en este blog después de la dureza de las declaraciones hechas por el heredero del supremo liderazgo de Norcorea. En ese entonces no tenía ni dos años de haber recibido el máximo poder en su nación tras la muerte de su padre. Declaró el irritable joven, pues, que lo que había entre las Coreas no debía malentenderse: era una guerra, quizá con ceses acordados al fuego, pero una guerra al fin. Abundantemente se dijo que eran palabras vacías de un aprendiz que estaba desesperado por plantarse con fuerza en el lugar de poderío en que lo había dejado su antecesor: espectáculo para su propio pueblo por un lado y por el otro continuación de una larga y documentada estrategia de verborrea belicosa que no tenía otro objetivo que llamar la atención internacional para que a nadie se le ocurriera meterse con su soberanía. De entonces para acá hemos sido testigos de géiseres de demostraciones de fortaleza que salpican con discursos de aborrecimiento a otras formas de gobierno en todo el mundo. Y no me refiero únicamente a los que pronuncia el partido que domina esta república asiática, sino también a sus sureños vecinos, a los Estados Unidos de América, a China, Japón, Alemania, Rusia, etcétera. Debe vérsele así aunque ennerve nuestras sensibilidades cosmopolitas pues ambos son aborrecimiento: denunciar a la occidental como una cultura mediocre, superficial y decadente que produce hombres detestables, no muy lejanos de los demonios; así como también delatar los horrores de la vida bajo el miedo al impredecible tirano y su ilimitada brutalidad. Es decir, es hipocresía presumir que se respeta toda soberanía mientras se piense que alguna de estas –o ambas– observaciones está bien hecha. En ese entonces, pues, decía yo que valía la pena observar con atención qué tipos de personas estaban involucradas en esta discusión sobre los mejores modos de vida, no fuéramos a olvidar que una guerra tiene causas tan obscuras que podríamos obviar las más humanas: las pasiones y el carácter de quienes toman decisiones con miras (fingidas o sentidas) al bien común.

Lejos de eso, nos hemos habituado a escuchar los discursos que explican la tensión regional entre Norcorea y sus vecinos, y los aliados de ambos, como una especie de negociación descarriada en que se dan o se quitan beneficios económicos y candados mercantiles. Se ha asumido que todos los involucrados tienen mentes frías que calculan las ventajas de sus tácticas mediáticas e invierten recursos en sus propias campañas de acuerdo a intereses racionalmente concebidos. En otras palabras, se ha aludido a que todas las partes tienen «sentido común», aunque tal comunidad se disuelva apenas se encuentren unos con otros. La interpretación de la situación regional en estos términos no ha tenido otra consecuencia que el robustecimiento de la desconfianza del régimen peninsular, seguida de sanciones severas de comercio contra él, produciendo más de lo primero y extremando cada vez más las condiciones en las que se sigue cavando la espiral. Y es que las sanciones antes de provocar escarmiento parecen confirmar las advertencias que el supremo líder les hace a sus súbditos-ciudadanos de que una alianza occidental pretende desnudarlos de todos sus privilegios como nación independiente. Ellos claman que les quieren quitar su derecho a defenderse y a mantener su territorio, que los quieren obligar a jurarle lealtad al enemigo y rendirle tributo, mientras que los contrarios arguyen contra la amenaza mundial que significa que Norcorea tenga armas de inimaginable poder destructivo que había prometido no desarrollar. Todo esto, insistía hace cuatro años y lo vuelvo a hacer, puede hacernos olvidar que en el corazón de sucesos tan escandalosos como éstos, hay personas motivadas por un sinnúmero de cosas, probablemente inasequibles para el esquema abstracto de los movimientos económicos mundiales y las grandemente razonables sanciones. Y ahora, empezando este año, además del heredero de un líder totalitario, ha caído en el lugar de darle dirección al conflicto el heredero de un magnate capitalista. Se decía del líder supremo que no teníamos nada que temer porque «era un joven educado, que había asistido a las mejores escuelas europeas» y «por tanto» sabía que no había buenos motivos para arriesgar en serio su forma de vida por un desafío a sus detractores. Si bien un currículo académico no garantiza ninguna fortaleza de carácter ni mucho menos algún atisbo de prudencia o cuando menos autocontrol, ¿cuál es el consuelo imaginario para el maleducado buscarreflectores de Nueva York? Éste no tardó en marcar con su personalidad el rumbo del conflicto. Gracias a las imágenes que eligió este viejo ególatra para hablar del desacuerdo entre los regímenes, escuchamos ahora con frecuencia sobre mares de fuego e incendios de ingente destrucción.

Los dos herederos intercambian menciones de los horrores de violencia cavernaria en un diálogo proporcionalmente áspero. Por supuesto, en este conflicto han ocurrido muchos otros cambios con respecto a hace cuatro años. La profundiad del problema a estas alturas es inexpresable para alguien como yo. Las almas de las personas de más influencia en China y Rusia, por ejemplo, o la llegada del nuevo primer ministro surcoreano con todo y su fracasado plan de destensar el conflicto negociando, las más recientes elecciones alemanas, o la creciente comodidad con la idea de que reaparezca el ejército japonés; son todos aspectos que acercan un poco a comprender un panorama de lo más volátil y movedizo. Es de todas maneras evidente el extraordinario peso que tendrán en los días por venir los discursos y acciones de los dos herederos. No perdamos de vista que ninguno de ellos parece poder comprender soberanía sin soberbia. No han dado razones para pensar que no identificarían una agresión personal con una violación de las naciones que creen sometidas bajo su poder. Ambos se han mostrado orgullosos a un grado extraordinario, aunque de diferentes modos: el heredero de magnate es incapaz de someterse al escrutinio público sin que su fragilidad emocional se descubra, mientras que el heredero de totalitario recurre constantemente a castigos ejemplares sin la mínima clemencia para tratar de mantener intacta la alabanza a su figura simbólica. Ambos coinciden en su necesidad urgente de ser vitoreados y apreciados con pompa, mencionados entre sonrisa y aplauso, halagados hasta el empalagamiento. Son amantes fervorosos de la idolatría. Ahora, mientras que el ramplón de Nueva York siempre se ha expresado teniéndose por centro del mundo, el erudito de Pionyang apenas hace unos días estrenó un discurso exaltado y mordaz en primera persona. Esto debería alertarnos a la posibilidad de un cambio radical en las relaciones entre estos herederos de la Guerra de las Coreas. Puede ser que las cosas continúen, como mucho se dice, entre dimes y diretes, sanciones, amenazas, ejercicios armamentistas que no son más que fintas, asfixia de mercados e intercambios; pero debe cuidarse uno de querer medir con la frialdad del cálculo lo que se enraiza en el amor. Hace un mes seguían expresándose como cabecillas incautos e inestables de naciones gigantescas; hace unos días, empezaron a expresarse como naciones ofendidas. Y tanto alguien ramplón cuanto un erudito pueden figurarse lo peligroso de un tirano ofendido; a menos, quizá, que esté muy indignado él mismo.

Dos mitos, de creación y destrucción

Siguiendo el juego de darle nueva forma a la imagen de la rana y el estanque, ofrezco aquí dos cuentos, uno más seriecito que el otro (ya ustedes dirán cuál es cuál):


El principio de todo

Yacía el más antiguo estanque en un desconocido rincón del bosque, escondido de todo camino, rodeado por árboles altos como peñascos que de viejos no crecían ya un ápice por siglo y cuyo nacimiento nadie podía contar. Sereno. Estático. Uno. Se le diría antiguo pero podría ser antediluviano o incluso antelógico. Su vejez sobrepasaba la de la palabra «viejo» y era anterior a la palabra «antes». Era quieto como la paciencia, estable como el firmamento e inmóvil como el centro del mundo. Lo rodeaban los mismos verdes que habían existido siempre en el bosque, los mismos ocres en los mismos lugares, los mismos pardos salvajes de las cortezas y la tierra yerma; pero su color no era ninguno. Era él el verde, el ocre, el pardo que no eran suyos. Y así como tenía el color del espejo pulido, así también olía a la tierra rodeándolo. Sobre él no circulaba viento alguno ni se posaba ningún Sol paseante, su sueño era más hondo que el olvido y más pesado que la locura. Si hubiera quien caminara una senda que diera con él, en quedándosele mirando se le acabaría la existencia, incapaz de reconocer en su reflejo el orden del tiempo, perdiéndolo todo en un instante que dura la vida entera, sumido en reposo inhumano, en sosiego inmundano. Así yacía el más antiguo estanque.

Y así hubiera sido hasta nadie sabría cuando; mas se cuenta que así empezó todo, ruptura del sueño, cuando cual trueno que rasga el continuo del cielo, la paz reventó con un salto una rana y los trozos de estanque crujieron, brotaron, esquirlas de espejo, astillas de tiempo. Mojaron los alrededores entre chascos, claquidos, chispeos. Y así, como quien ahoga un grito sumergiéndose y vuelve de súbito a la superficie, con agua en el pecho y palabras húmedas borboteando, abriendo muy amplios los ojos llorosos, naciendo cual fuente, así despertó salpicado el estanque y nunca de nuevo sus aguas durmieron, la rana meciendo, de aquí para siempre ondeando y chapoteando y ondeando y chapoteando.


El fin de dos

La ciudad llovida ya estaba acostumbrada a sus goteos, sus humedades y, por supuesto, a sus charcos. Uno de ellos, tal vez más viejo que todos los otros juntos, felizmente crecía y menguaba como la Luna bajo un puente que tan buena sombra daba que ni en época de calor bastaba para secarlo por entero ni en la de lluvias lo llenaba como para perderse en la inmensidad del camino. Muy feliz estaba ahí el charco como un rey cuyo régimen es puro reposo, contento y sosiego, hasta que un mal día un pobre viandante trató de ganarle terreno al chubasco y juzgó resguardarse debajo del puente, donde estaba nuestro charco quietecito cual estanque. Lástima que fue el último día para ambos, pues estaba por ahí tan resbaloso, que el torpe y desafortunado peatón fue a patinarse a tal exacta distancia que la curva con que se abatía la línea recta de su cuerpo erguido daba con toda exactitud en el grueso del charco y, vaciándolo todo en un sordo golpe con la cara cual extremo de una fusta, se metió este pobre como nunca más se ha visto, un tremendo y descomunal ranazo.