Cuento desde la ventana

 

Cerró Ignacio la puerta del estudio. Esperó a que la voz de su esposa dejara de oírse desde el otro lado y luego se sentó a acomodar los papeles del trabajo. Ésa fue la primera vez que vio a Pablo y Lourdes. Ignacio estaba a un par de años de retirarse de una longeva carrera de médico pediatra. Su estudio era un cuartito con un librero de piso a techo que habían ensamblado ahí mismo los carpinteros, un escritorio con película protectora de vidrio y alfombra verde. Tenía un olor a madera y encierro que se fortalecía año con año. Estaba separado del resto de la casa por un pasillo en el segundo piso y su ventana observaba un callejón empedrado, demasiado angosto para que cupieran los carros, demasiado empinado para ser recorrido con frecuencia y demasiado viejo para haberse llamado de un solo modo. «Callejón de Bulevar de Manzanares» podía leerse en el letrero de la esquina; pero ese nombre era un desatino. Cualquiera de sus nombres anteriores fue mejor. En el librero del estudio unas seis novelas acompañaban los abundantes textos de medicina, desde libros especializados hasta artículos de conferencias. Eran artículos como éstos los que ese día acomodaba y revisaba Ignacio.

Reposó los anteojos de vista cansada sobre el escritorio cuando vio de reojo al par en el callejón. Ahí estaban: una joven de ojos acogedores y un alto muchacho sonriente. No se alcanzaban a oír sus palabras desde lo alto. Él cargaba una maleta negra, probablemente con un instrumento musical. Ignacio se imaginó un saxofón, estrenado por primera vez hace muchos años y probablemente puesto a prueba frente a una audiencia benévola un par de veces, que estaba protegido por esa maleta nueva. ¿Qué dirían? Se los figuró descubriéndose los pensamientos encantados. Duró poco el momento. Regresó a su labor después de la distracción.

La segunda vez que los vio fue una semana después. Reían y jugaban, se empujaban y jalaban suavemente, por momentos se quedaban callados. Era miércoles. Él había recargado la maleta con cuidado sobre el muro de la casa frente a la que se encontraban, cerca del ufano pirul que había llegado a habitar el lugar muchos años antes de que Ignacio y su esposa se mudaran. Abajo, a unas dos cuadras del callejón había una escuela de música, la Academia C. P. Emanuel Bach. Junto a la entrada tenía un letrero que decía «Estudios musicales sin reconocimiento oficial», cosa que siempre despertó la curiosidad de Ignacio: ¿era un requisito avisarlo o habría sido algún signo de modestia?, ¿o tal vez un desafío a la autoridad? Nunca supo la respuesta, pero ahora recordaba que la primera vez que vio a los chicos por la ventana también era miércoles. Probablemente el muchacho tomaba ahí una clase semanal de saxofón y aprovechaba la cercanía para venir a visitar a la joven. Ignacio se imaginaba que hablaban de sus escuelas, sus familias, sus miedos… Ahora se habían sentado. Él mostraba a ella algo en su celular, algo muy chistoso. Ignacio hubiera querido atestiguar más tiempo, pero el trabajo lo reclamaba y se distrajo de la ventana por fin.

Pasaron las semanas y, a exceptuar una vez en que lo visitaron sus hijos y otra en que fue junto con su esposa a una cena, cada miércoles Ignacio se alentaba con la compañía de Pablo y Lourdes. Se habían estado quedando más tiempo juntos. Ahora obscurecía antes de que él se forzara a irse. Nunca tocó su saxofón para ella, pero varias veces platicaron de música. A Lourdes le gustaba más la que era para bailar, pero después de un poco de persuasión de Pablo, admitía que había un mundo desconocido para ella y sin duda muy meritorio en la música para escuchar. Él había tenido problemas para avanzar en las prácticas semanales; especialmente porque se salía de clase antes de lo debido para aprovechar más tiempo al lado de Lourdes. No se arrepentía de ello. Cuando Lu, como él la llamaba, se sentía culpable, él la aliviaba: de todas maneras no aspiraba a ser John Coltrane. Ninguno de los dos había estado prestando mucha atención a la escuela tampoco. Ya el padre de Pablo (su madre los había abandonado) estaba desasosegado. Lourdes era mucho más avispada para las materias tradicionalmente difíciles. Se llevaba mucho mejor con su familia, que además era numerosa; pero por razones ajenas al interés juvenil les esperaban meses de carestía. Ella siempre estaba de buen ánimo, entre faltas o abundancia. Y así se estaban horas. Si abandonaban el callejón, era nomás cuando caminaban o se iban al cine; pero casi siempre se quedaban a la ventana de Ignacio.

El último día Ignacio miró a Pablo solo en un trance. Desesperaba, veía su teléfono al acecho de mensajes, buscaba explicaciones en los rincones, vagaba en círculos y miraba por largos ratos al pirul. Pero no pasó nada más. El muchacho recogió la maleta con su saxofón y se fue al caer la noche. La había traicionado. Ignacio no volvió a ver a ninguno de los dos, aunque cada miércoles se encerraba en el pequeño estudio y arrojaba los ojos por la ventana. Su esposa entró al estudio un día y lo vio. Tenía la mirada empinada hacia el callejón. Trató de abrazarlo, pero fue muy tarde.

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Este bigbandbloguero se fue de vacaciones forzadas por la fiebre.

Nos leemos en quince días.

El blanco de los ojos

Secos se arrastran los ojos,
pedrosos, sedientos,
sin gota de luz de lo humano,

 

por yermos de tribus silvestres,
de sal y de espinas,
que crecen de sombra a la sombra,

 

que callan los cuentos del llano y
olvidan las obras,
de huesos que lo rellanaron.

 

Calcios se arrastran los ojos,
por ese anfiteatro,
sin foco o color, más que el blanco;

 

prueban sus fuerzas cansadas
cruzando corrientes
de alientos de hez y amoniaco, y

ya, de insolados, deliran
que beben justicia,
de pozos de rabia estancada y
con cada bocado se colman
de clara, sin voces, arena,
que clora del párpado al iris.

 

Blancos, se arrastran los ojos,
velando esperanza
de que haya algún día quien los mire.

La política maniquea no es política

La política maniquea no es en realidad política. Se les confunde fácilmente, eso sí. La fuente de confusión es quizá la naturaleza discursiva de la política. La comunicación es la actividad indispensable de la que se nutre la vida práctica. Esto se hace obvio en cuanto uno nota que las personas que conviven están dirigidas hacia un bien común. La formación del carácter es lúcido ejemplo de esto: en la educación de los niños buscamos que lleguen a placerse de perseguir y conseguir lo que a los adultos nos parece digno de elección en la vida, y esto suele coincidir mayormente con lo que nos parece digno de elogio en público; además, lo contrario es igualmente visible: buscamos formar personas que sientan repulsión ante eso que nos parece deleznable y censurable en público. Si esta explicación es abultada, se debe nomás a que expone lo que de por sí se experimenta con obviedad. Somos capaces de percibir en la acción propia y ajena un sentido, que no es sino aspecto natural de la constante persecución de un fin, y éste es un bien. Es un bien aparente, dicho sin denostar, porque la apariencia no es necesariamente el truco que engaña al ojo ni la mentira que embauca al pazguato. Mucho más que eso, es la vida abierta en toda su profundidad, que indefectiblemente se presenta en innumerables superficies. Es vida que invita a los seres de palabra a decir; ante el primer vistazo, invita a preguntar (y no únicamente ante el primero); y en la vida pública invita a discutir. Si bien es verdad que el necio se queda satisfecho con lo evidente de las apariencias, el que rechaza lo evidente sin razón está enloquecido, por enfermedad o por dogmatismo. El bien en la vida práctica, llámesele aparente o superficial, por comprensible, es también comunicable, y por comunicable, puede ser digno de buscarse en comunión y de examinarse más a fondo. También, y por las mismas razones, puede ser digno de rechazo.

La profundidad, empero, es desalentadora para la mayoría de las personas. Espanta por el prospecto de lo desconocido inmensurable. Y eso ha sido así, igual en los rincones más sombríos del llamado Oscurantismo medieval, que en los más sobrios del llamado Clasicismo antiguo, que en los más luminosos de la llamada Ilustración moderna. No escapaba esto, ni con todo el disentimiento que hay entre ellos, a Dante cuando exclamó «¡Bienaventurados aquellos pocos que se sientan a la mesa en que el pan de los ángeles se come!»1; ni a Jenofonte al decir de la mayoría de sus contemporáneos que «si dios les hubiera concedido a ellos elegir entre llevar la vida entera que vieron llevar a Sócrates y morir, por mucho hubieran preferido morir»2; ni siquiera al ilusionado Kant, cuando notó con algo de resignación que los hombres comunes «están más cerca de la dirección del simple instinto natural, y sus razones no influyen mucho sobre su hacer o dejar hacer»3. Es y ha sido, pues, desalentadora esta profundidad. Específicamente, a los enamorados de la promesa del progreso (casi toda persona viva hoy), les produce una repulsión macabra. Causa de esto es la necesidad de ruptura con el pasado para incentivar el ánimo revolucionario, que tanto conviene al prospecto de construirnos con nuestros propios medios y sin ayuda, nuestra felicidad. Toda revolución progresiva es evolución, y toda evolución es conquista. La profundidad de la vida práctica sugiere una continuidad en la que el ocioso sospecha un orden tan vasto, tan abrumador, que todo lo abarca, y que desafía cualquier jactancia de totalidad o dominio. En cambio, el rompimiento –efectivo o ilusorio–, es la condición necesaria para que sea perceptible lo nuevo, base del sentido evolucionista del progreso. Poder decidir sobre el orden, en vez de ser incluido por él, emociona al sediento de dominio. Le ofrece fuerza donde él presiente debilidad. En la superficialidad constante del camino evolucionista, las sutilezas desaparecen y lo diferente se combina. No es posible, por ejemplo, distinguir entre la demanda por evolución de las instituciones públicas y la demanda por mejora de las instituciones públicas. La profundidad del bien que invita al examen en comunidad escuece el alma del amante de progreso porque implica detenerse donde a él le urge avanzar. Pero el detenimiento (o como se dice también, darle vueltas a los asuntos) es necesario en toda actividad discursiva si lo que avanza no es la naturaleza de la palabra, sino la comprensión del que dialoga. ¿Cómo habría bien común sin amistad, amistad sin convivencia y convivencia sin detenimiento? Estas preguntas las pasa de largo el que necesita respuestas inmediatas y efectos notorios, visibles hasta para el más ciego: la imagen maniquea no es sino una fácil y atractiva reducción que ofrece sabiduría al más lerdo. A cambio de satisfacer el deseo de poder, exige el sacrificio de la profundidad vital.

Si, como decía, examinar profundamente las cosas nunca ha sido potestad de la mayoría de las personas, es pertinente preguntar qué ocasiona que nuestra vida política sufra especialmente de vista maniquea. No debe omitirse decir que tal simplificación, incluso al punto infantil moralino de los buenos contra los malos, ha tenido sus escandalosos defensores siempre, y éstos mismos han sido escandalosamente defendidos siempre también. Difícilmente se encontrará una calamidad sanguinaria en la historia en la que no haya circulado la sangre que bombea esta simplificación. La diferencia en nuestros días, sin embargo, es que allí donde había lugar para pocos que confiaban en que los detalles eran resguardo y recompensa del esfuerzo ocioso, ahora no queda, o está cerca de no quedar, sino la mala reputación de un sueño imposible4. Esto se debe a que la ideología intelectual predominante, que es el cuerpo temático de la minoría que se ocupa de la teoría, se erige ella misma sobre el dogma del progreso prometido. Todo lo que digo aquí ya lo dijeron otros; pero precisamente en ello encuentro alegría y esperanza, aunque poco valga tal cosa para el que se ha formado con la imaginación al servicio de la prisa. En su ansia por ya subir a donde acompañará a los exitosos, desespera. Como la condición del avance del progreso está garantizada en su promesa, en las ansias del futuro exitoso, allí están también las semillas del ultraje a la memoria. Hoy ese ultraje no es solamente descuido de la mayoría sino competencia de los ungidos intelectuales. El efecto igualador de la divulgación científica engloba, por supuesto, a las ciencias sociales, y si bien ha tenido resultados muy provechosos para una cantidad antes impensable de personas, ha devaluado también la calidad de ese provecho. La academia infunde bríos a este proyecto mientras hace del saber, mercancía, y de los sapientes, expertos vendedores. El título profesional es fe de bautismo en la capilla de la vida administrativa. Tan hondo es el amor por las proezas técnicas que ha logrado su método, que estiman más las estadísticas que las conversaciones, el mobiliario electrónico que las lecciones escolares y las bases de datos que las comunidades. Siempre emula el amante a quien ama y se nota el cortejo apasionado que éstos le hacen a la computadora, porque no pierden tiempo para ejercitarse en el arte de entender todo en binario. Así, lo nuevo ha de exigir en el discurso oficial, avalado por los expertos, la ficción de que su camino siempre ha sido el único y su bondad pura; mientras que el mal nunca ha tenido más que una cara. La consecuencia es una visión que, aunque surja de la naturaleza política del hombre, está por hábito castrada; que tiende a la premura intelectual, a la devaluación de la razón y a la simplificación por procedimiento. Y por eso aunque la política siempre se dé en el ir y venir del diálogo, como no hay medio que comunique dos polos contradictorios, la política maniquea no es en realidad política; pero quien lo note en público difícilmente sonará como algo más que el miembro de uno de dos bandos. Haciendo guerra contra los contrarios, y así acusando, según ellos, se hará perfecta y humana política.


1 Dante Alighieri, «Tratado I», §7 en El Convivio. Dicho de paso, no me parece necesario traducir el título de este libro por «Convite» como se hace tradicionalmente, pues la palabra española convivio no presenta ningún inconveniente.

2 Jenofonte, Memorabilia, I.2.16.

3 Immanuel Kant, «Primer capítulo», §6 (4:396) en Fundamentación de la metafísica de la moral.

4 Quería escribir aquí «sueño guajiro», pero desistí al constatar que ni el Diccionario de la Lengua Española, ni el de la Academia Mexicana de la Lengua tienen la acepción, frecuente en el español de la Ciudad de México, de pretensión o anhelo deseado pero utópico, imposible, y por lo tanto desdeñado por alguien juicioso.

Derroche de ademanes

Cuando un gato se hace en la alfombra, la rasca después como si pudiera sacarle tierra. No entierra nada, pero se contenta con hacer el intento. Para el observador tranquilo, es fácil pensarlo como una tontería chistosa. «Ay, gatito, no sabes que ahí no hay tierra», dicho con esa ternura condescendiente que luego les tenemos a las mascotas. El pobre parece enredadera trasplantada, nomás que se echa siestas; parece una declaración sacada de contexto, una que maúlla y ronronea. Lo que no se nos hace tan chistoso, tan zonzo, ni tan extraño (sospecho que por lo acostumbrados que estamos), es hablar por teléfono; pero ¿no es algo muy parecido?

La naturalidad expresiva resalta por estar separada del otro al estar al teléfono. Nos da la oportunidad de observar este extraño trasplante. Los teleparlantes guiñan, fruncen el ceño, inflan los cachetes, mecen la boca, relajan y aprietan las narinas. La mayoría incluso señala con las manos y, si no camina en el radio que el teléfono le conceda (especialmente si es de pared), quizá afloje de vez en cuando las rodillas o se levante de estar sentado. Los ojos nos anuncian aún más lo que está pasando en la mente del conversador vía satélite: enfocados en una distancia invisible, perdidos, soñantes, posados en algo que estaría, si estuviera. Raro sería que alguien le dijera «Ay, humanito, no sabes que tu interlocutor no te está viendo». Y además restringirse de todos esos visajes no es cosa sencilla: para ello uno tiene que esforzarse conscientemente, como quien se aguanta la risa en una muy solemne ceremonia. Mejor soltarse, no vaya a ser que a uno se le atrofie el entramado de la cara por andar afanándose de más. La soltura, además, es lo más abundante. Muchos hemos tenido la experiencia de pasar en la calle junto a un estrambótico extrovertido que tanto se vierte fuera de sí, que parece ensayar un discurso de premiación frente al espejo. Lo que pasa es que tiene un chícharo vociferante metido en el oído y eso, por supuesto, justifica que hable a pecho hinchado como si se hubiera vuelto loco. Hay que admitir, eso sí, que se ha ido debilitando la impresión de esta citadina forma de locura mientras más nos hemos habituado a su ocurrencia (como nos pasa con buena parte de nuestras locuras citadinas). Y si a esas vamos, no es tampoco demasiada la diferencia que hay, juzgando con ojos de visitante de otro mundo, con quien lee una carta. Traídas desde las lejanías como cuando brincan los electrones por los cables de telefonía, nomás que brincando los carteros y las motos sobre los baches que conducen a la encomiable consumación del servicio postal, las palabras entintadas hacen que el lector suelte risas a solas, que exclame, que le bailen los labios en silencio mientras modela las voces que quiere escuchar. Pero por supuesto, todo esto está ensalzado aún más en el intercambio en vivo que nos permite ese aparatito que es el teléfono: simples bocinas y micrófonos conectados a kilométricas redes tejidas por todo el planeta.

Tanta es, pues, toda esta gesticulación y pantomima, que mucho acaba diciéndosele al testigo fortuito y no al dialogante en cuestión. ¡Qué grande ha de ser la medida de ademanes que se desperdician! Es como ver llover y sacar una cubetita. Y ni el más ahorrador puede hacer con ese sobrante nada. Qué generosos somos, cuánto derroche. Apenas atiende uno el ringtone de moda y ya se está señalando sin que el otro vea señal alguna, se sonríe y el otro no puede sino figurar en el timbre la brillante dentadura, se lleva uno la palma a la frente y, si bien nos va, aquél sospecha que es un necio exasperante. Se monta, en pocas palabras, todo el armadijo de un solo lado de la charla y es por pura fe que faltándole la otra mitad, se mantiene en pie. Quizás embonaría ajustado con el que se va armando lejos, pasado el Atlántico, o quizás necesitaría unos empujones (porque se hicieron, después de todo, a ciegas). Ojalá fuera como esa bonita historia sobre nuestra palabra «símbolo», que viene de las dos mitades separadas de una prenda que, ni bien se juntan, dan fe de su común origen; aquí, por mientras, nos conformamos con que escuchemos fuerte y claro todo el andamiaje tonal de la voz ajena y damos por completado el santo y seña. El chiste es que, sea tersa o arduamente, las dos partes embonan. Lo raro no es conversar de día por un lado del mundo y de noche por el otro, lo raro es lo normal que se nos hace. Si no fuera nuestra naturaleza imaginarnos constantemente en el otro, nunca habría podido servirnos para nada tan estupendo artefacto, ni con todos los megas gratuitos del mundo ni toda la fidelidad del Surround Sound 5.1. El hecho es, pues, que expresamos. Expresamos hasta cuando nos separan distancias a las que ya no se ve nada. Audiblemente, si bien nos va; porque también sucede que la fuerza de esa costumbre nos trasplanta más lejos, nos saca peor de contexto y, si de por sí ya separamos la voz de la gente que encontramos sin mueca al teléfono, fácil se vuelve olvidarnos también del ritmo por completo: y así, sin necesidad de enfrentar a nadie, nos mandamos unos textazos y reímos en sonoras letras «jajajaja» mientras sonreímos modestamente desde la comodidad de nuestro silencioso hogar.

El hombre artificial

Que no es lo mismo administrar la vida que cuidar el alma.

Esta tarde vi a alguien con quien no creí que volvería a hablar. Por supuesto que no iba a desperdiciar la oportunidad de cambiar su parecer acerca de mí. Siempre me había juzgado con malicia, exageradamente. O eso pensaba yo, por lo menos. La excusa para encontrarnos era que me compartiría el último disco de su banda; pero lo esperanzador era que había venido de él la idea, no de mí. Todo parecía inclinarse a mi favor. Si estos días se sentía tan bien dispuesto a mí como para hacerme un regalo, para compartirme algo suyo, seguramente me permitiría convencerlo de que había sido todo un malentendido. No de ésos que surgen de armar las frases con torpeza, o de escuchar selectivamente, ni tampoco de dejar que las palabras salgan tan calientes que queman. El malentendido era de mí, me había malentendido a mí, completo.

Elías tocaba el saxofón en una banda de free jazz. Nunca se lo dije, pero me parecía que además de lograrse suficientemente en lo demás, echaban las piezas a perder con ritmos latinos que brotaban casi siempre hacia el final. Era un dejo maloliente de nacionalismo de ésos que inflan la imaginación de aires dizque superiores cuando acusan malinchismo en los demás, como el que inclinó a Carlos Chávez –toda proporción guardada– a despotricar contra cualquier asalto a la pureza de nuestras raíces. Ridículo buscar la pureza de lo mestizo. Pero mi opinión sobre música no era lo importante y, francamente, nunca me he considerado un conocedor (aunque tomaba a mal que me dijera que yo no sabía escucharla). Ahora que sabía que nos encontraríamos, me había puesto a escuchar los casetes que tengo de su banda, no fuera a agarrarme en curva sin nada que comentarle. Ya tienen quince años, pero no era mucho riesgo confiar en que la banda se mantendría en la misma amplitud. Si tan sólo hubiera usado sus talentos para llegar a algún lado… Pero ya no dependía de mí decirle esas cosas, ya era muy tarde y yo no era más que un contacto con su vida pasada. Lo único que no esperaba era llegar y ver al mismo Elías, tan terco, tan severo, tan irreverente y tan desubicado como cuando era joven.

Me dio los discos: uno para mí y otra copia para que se la diera a mi padre cuando lo viera. Se disculpó por haberse separado deliberadamente de mí. Estuvimos en un restaurante modesto tomando agua de horchata y comiendo lo que sugiriera la mesera, mientras Elías iba y venía en sus ideas. A veces, hablaba del pasado. Otras, me contaba de sus proyectos próximos. Ni idea tenía de que había estado trabajando en la industria de la fotografía (¿había tal industria?, me pregunté) o de que tuviera gusto por ello. En un puñado de ocasiones intenté tomar la palabra, pero no me dejaba ahondar en lo que más me importaba a mí: la causa de su disculpa, eso no dicho aún, lo que él había entendido ahora y que no sabía cuando decidió alejárseme. Ya casi terminando el postre me había hecho a la idea de que no iba a poder decirle todo lo que había planeado: no parecía haber mucha oportunidad para la confrontación. Cuando por fin conseguí preguntarle por qué había querido disculparse, no supo bien qué decir. ¿Qué clase de reencuentro es ése? No sé si sea común que alguien con tino para la improvisación en el saxofón no pueda hilar tres alientos congruentes. Quise decirle que él nunca me había juzgado bien, como quien soy, y quise describirle los modos en que él se había portado conmigo; pero me detuvo. Interrumpió preguntándome quién era yo «entonces». Tanto puede querer decir ahí ese entonces, que ni sentido tiene usarlo. No supe atajar su pregunta. Estaba ahí con él ¿no? ¿No era obvio quién soy? Soy el mismo que él conoce, pero supongo que para Elías eso siempre tendrá algo de malo; como si hubiera yo elegido las cosas que he hecho; como si fueran mi responsabilidad. Puede ser que lo imprevisto de la pregunta me revolviera la cabeza, o la seriedad con que me la hizo, o tal vez lo más obvio no se presta tan bien para ser dicho; no lo sé, pero ahora fui yo quien vaciló.

Después de eso su mente divagó de nuevo y nos llevó a lugares más dulces. Así nos despedimos, en la tranquilidad sonriente del reconocimiento, deseando nuevos encuentros y prometiéndole yo que le escribiré aunque sea un mensajito con una reseña semiprofesional de su nuevo disco. Sin embargo, lo que menos hablamos es lo que me ha seguido todo el camino de regreso, mientras evado los charcos cochinos de la lluvia, protejo los discos de los apachurrones en el metro y me imagino su música ecléctica insistiendo en lo mismo, en lo que hace quince años yo hubiera podido decirle que no lo llevaría a ningún lugar.

Los conquistadores de la educación

Una de las imágenes más espeluznantes nos la dio la Guerra de Vietnam. Soldados que en medio de una guerra que se sospecha interminable, conquistan una colina sin nombre al precio incontable de jóvenes vidas, la dejan al día siguiente para que la recupere el enemigo, y luego cargan de nuevo para reconquistarla, otra y otra, y otra vez. Allí ningún territorio es propio. Ningún éxito es victoria. Todo es progreso, progreso a ciegas. Se sacan estadísticas de cuerpos, pero los números no tienen mundo donde contarse. Es como si tal imagen se hubiera engendrado de una pesadilla. Parece castigo mitológico, para agrupar junto a Sísifo cargando su piedra y a Prometeo con el hígado expuesto a la rapacidad recurrente de un águila. Pero si acaso tiene el mismo sabor de lo infernalmente repetitivo, lo que hace a la imagen tan temible, y la diferencia de los castigos mitológicos de estos personajes, es la percepción de lo absurdo. Lo que se destaca, por arriesgar un sinsentido, es el hueco que queda allí donde debería haber propósito.

La carencia de propósito es un dolor característico de los últimos siglos. Su falta está innegablemente ligada a la censura de la idea de finalidad en la naturaleza (especialmente la humana) y de la conclusión de que ésta es un bien. Sin pretender despachar problemas metafísicos en tres renglones, diré que deshaciéndonos del bien, no es de sorprender que se siga el pesar del despropósito. Pero esto no es solamente visible en las guerras más infames de los últimos tiempos. Comparten esqueleto con éstas otros grandes proyectos políticos: sistemas económicos, tendencias artísticas, propuestas científicas e, importantemente, programas de educación. La educación sin idea de bien tiene ya para estas alturas una larga tradición. Se desentendió de la finalidad con tal de poder inyectarle progreso a las aulas. Se necesita poder seguir y seguir para siempre, reflejando la vida común y corriente: nadie está nunca en ningún lugar, todo es siempre para después, todo se hace para ganar algo que ya vendrá. Siempre hay que estar avanzando, siempre compitiendo. Si la persona y el consumidor son lo mismo, todo aspecto de la vida debe ser constantemente edición especial. La idea del bien estorba al proyecto moderno porque ella no permite innovar continuamente; no deja que el ser humano se siga construyendo sin otra medida que los retos del futuro. Y se nota en nuestros programas parchados de educación, en los que se admiten los fracasos cada vez más obvios pero tan sólo en la medida en la que esa admisión sirve para afinarlos más y más al avance constante de la vida moderna del consumidor, o sea, del programa mercantil.

No estamos, sin embargo, ciegos. Nomás perdimos los nombres de lo que estamos viendo y en la confusión nos mareamos. Cuando se dice que es educación lo que hace falta en este mundo sembrado de crueldad, que es educación lo que falta para rehabilitar esta imaginación atrofiada, que es educación lo que falta para reconocernos en los otros; cuando eso o cosas parecidas se dicen, se sugiere por ahí y a escondidas que carecemos de quien enseñe docilidad y quien al dócil guíe a buscar el bien. O de otro modo, tal vez sin saberlo decimos que extrañamos al maestro. Pero ante este grito de que falta educación, no sabemos responder. En vez de maestría, buscamos multitud de otras cosas que están más a la mano en las pláticas de expertos o las aulas virtuales de esta estridente era de la información. Afinamos el progreso. Porque se dice que falta educación, se reforman los programas con más y mejores competencias, con innovaciones de las más altas esferas de los exitosos pedagogos de la tecnocracia, con el genio de los más sofisticados especialistas. Preferimos que los niños tengan clases diseñadas por quienes ofrecen el dominio de las emociones y proponen la construcción de la realidad y, en suma, desprecian la palabra, a que aprendan a distinguir lo doble de la mitad, lo útil de lo preferible, lo falso de lo verdadero. No es de sorprender así, que la escuela ya se nos haya convertido en un fútil asalto interminable de colinas sin nombre que, apenas se conquistan con hastío, se abandonan de nuevo a que se les reconquiste otro día, mientras se marcha hacia otras colinas más nuevas, siempre, sin fin, otras más nuevas.