Cándidos y astutos

Cuando un ciudadano romano estaba en busca de un ministerio, vestía una toga de un color blanco brillante que se conseguía tratando la prenda con tiza. Toga candida la llamaban. Se decía que tal aspirante estaba «blanqueado», usando una palabra nacida del brillar intenso candere, como el de luz blanca, de modo que por candidarse ‒permítaseme el barbarismo‒ se clamaba que estaba candidatus; que era candidato. Es fácil adivinar la dirección de este símbolo: el que se ofrecía como buena elección para ejercer un cargo público evocaba la imagen del bienintencionado, el inocente, el cándido; o lo que es lo mismo visto al revés, se proclamaba incapaz de hacerle canalladas a quienes le confiaran la pretendida posición. En este ritual la única parte que hoy ya no se usa es la toga blanca.

El juego del blanqueo tiene sin embargo dos lados. Es inevitable que el «ingenuo y sin malicia» sea también alguien «simple y poco advertido»1. Esta ambigüedad no fue diseñada con la artería de ningún funcionario público, sino que es natural. Piénsese en la defensa que los más preocupados por los animales suelen hacer: imaginemos un perro que fue agredido por una persona y en respuesta la mata. Dirían entonces que la bestia es incapaz de hacer mal, no porque se niegue la realidad de la mordida en la yugular, sino porque se reconoce la imposibilidad del animal para elegir: no tiene uso de juicio, no actuó, sino que reaccionó del único modo que podía. Así tampoco tienen juicio los niños y de ellos se predica una «inocencia» semejante. La idea que cimienta esta clase de defensa es la misma blancura de la candidez. Una persona incapacitada para elegir un mal es cándida en ese sentido; pero la misma causa por la que sería incapaz de imaginar cómo abusar de los demás lo privaría también de imaginar cómo hacerles bien. No tiene la capacidad para concebir el engaño y después, elegir no engañar. El cándido carece de malicia, sí, pero carece también de prudencia. Un cándido prudente es una quimera. El candidato, con su espectáculo de blancura y pureza pretende encarnar esa quimera, modelando arteramente solamente uno de estos dos lados y confiando en que su brillantez nos ciegue al otro.

El juego se mantiene así porque es frecuente que quien más ha sido engañado por anteriores ministros del gobierno esté aún más dispuesto a apostar por la candidez del candidato que más brille de blanco. Supone que, cuando menos, sería mejor quien no sepa qué hacer que quien sepa muy bien cómo fregárselo. También él es imprudente. Los profesionales de la política saben por eso y sin indicios de duda, que no quieren a ningún candidato en realidad cándido sino a uno astuto que entienda la importancia de parecer inmaculado. La toga cándida es completo disfraz. Lo único brillante del candidato es su prenda y tiene que cubrirla por entero de tiza. La simulación deshonesta de prudencia se basa en la idea que complementa la ambigüedad del cándido: que tener la visión de los intereses de uno, de muchos o de todos se da viendo también la posibilidad de abandonar los intereses públicos a favor de los privados. La constancia del ritual asegura que tarde o temprano haya muchos que, sintiéndose entendidos, jueguen a saber lo mismo que sabe el profesional de la política. Éstos intentan asegurarse en secreto de estar en el círculo privado que corresponde a los intereses del candidato, para que ganen algo cuando éste «inevitablemente» se incline a ejercitar su astucia en nombre de la comunidad engañada. El engaño propaga la desilusión y siembra rencores, incrementando el anhelo de los «desentendidos» de encontrar a alguien cándido. A ese paso y conforme a la medida del hábito para la simulación, la astucia que presenta pantalla de inocencia comienza a ser admirada hasta que ésa es una de las cualidades que brillan para los electores «entendidos» del candidato. Su esplendor llega a ser el disimulo. Tal cinismo está enraizado en la sediciosa máxima que reza «quien tenga la posibilidad de actuar injustamente sin sufrir castigo, lo hará necesariamente».

Lo cierto es, sin embargo, que esta máxima no erige la política sino que al contrario, la destruye. Sin meternos en las razones por las que es simplemente falsa, la búsqueda comunitaria del mejor modo de vivir sólo tiene sentido si es posible consentir la existencia del otro. Si, al contrario, la disposición natural humana fuera a hacer la guerra contra todos (y por supuesto contra uno mismo), nada de nuestro precario estado sería problema: viviríamos plenamente satisfechos de lo mal que vivimos. Pero eso es un sinsentido. La glorificación perversa del disimulo naturalmente obra en detrimento del animal político, del ser que constantemente se comunica con voz y sentido. Esto nos permite exhibir la deshonestidad del candidato: tampoco la astucia es prudencia. El candidato quimera no es ni cándido ni prudente. Usando una de las imágenes recurrentes del Sócrates platónico, el más hábil envenenador es el médico; la práctica de la candidatura nos inclina a experimentar la elección de ministros así como si nuestra confianza en los médicos dependiera de cuál es menos capaz de hacernos daño, no de quién sabe curar. Mas nunca creemos que, como el médico conoce más modos de matarnos, nos querrá matar; creer que para un médico es una cuestión de estrategia utilitaria si envenena o cura es malentender por completo el arte de la medicina. Lo mismo ocurre al confundir la importancia política de la incapacidad para el mal (verdadera o aparente) con la capacidad de elegir el bien sobre el mal. Tanto al cándido sin juicio cuanto al astuto sin prudencia les falta lo necesario para gobernar en el mínimo de los sentidos. Esto es, el carácter para elegir el bien común.

Herederos de Roma, celebramos cíclicamente las procesiones de los candidatos que se pasean luciendo sus togas blancas. Entre sus campañas se espetan palabras descuidadas y voces sin sentido, se negocia con bienes ajenos y se ahonda la fractura de nuestros partidos. Y ahora además estamos por atestiguar el desfile grotesco de los candidatos independientes. Ellos responden en solitario con bandera de inocencia porque, afirman, se han purificado ya de la mácula de las sectas de siempre. No solamente estamos partidos, sino que ahora la discordia se ha agudizado con quienes se han partido de los partidos. Este movimiento sirve para blanquear la toga mejor y más escandalosamente que una cantera entera de tiza. Éstos claman la candidez de no tener nexo con nadie y al mismo tiempo presumen cínicamente su astucia a los que saldrían aventajados en caso de unirse a la campaña. Así delatan, con igual descaro que sus colegas, el interés en hacer de la vida pública un negocio privado. Habernos acostumbrado a pensar la política en términos de la competencia en que riñen quienes menos nos pueden hacer mal nos impide dialogar con razón, nos impide esforzarnos por elegir el bien común. Leo Strauss escribió una vez, discutiendo la ciencia política contemporánea, que ésta se erige de tal modo que no permite el escrutinio de los principios sobre los que lo hace y, sin darse cuenta, se convierte solita en lo que más detesta. Ni siquiera puede ser neroniana, dice, pues aunque toca un instrumento mientras arde Roma, no sabe que toca ni sabe que arde Roma. Nuestra vida pública no dista mucho de esto, pues apenas refulge el blanco de las togas nosotros entonamos las cantaletas bajo las sonadas y dispares pautas, comportándonos en todo al servicio del disimulo: como si no supiéramos ni lo uno ni lo otro, como si no hubiera nada más que cándidos y astutos, y en fin, como si nunca entre los hombres se hubiera dado la prudencia.


1 Esto se observa buscando «cándido» en el DRAE. Es notorio que además de estas dos definiciones se ofrece «cándido» como nombre poético del color blanco.

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Los herederos de la Guerra de las Coreas

Hace tiempo reflexionaba yo en este blog después de la dureza de las declaraciones hechas por el heredero del supremo liderazgo de Norcorea. En ese entonces no tenía ni dos años de haber recibido el máximo poder en su nación tras la muerte de su padre. Declaró el irritable joven, pues, que lo que había entre las Coreas no debía malentenderse: era una guerra, quizá con ceses acordados al fuego, pero una guerra al fin. Abundantemente se dijo que eran palabras vacías de un aprendiz que estaba desesperado por plantarse con fuerza en el lugar de poderío en que lo había dejado su antecesor: espectáculo para su propio pueblo por un lado y por el otro continuación de una larga y documentada estrategia de verborrea belicosa que no tenía otro objetivo que llamar la atención internacional para que a nadie se le ocurriera meterse con su soberanía. De entonces para acá hemos sido testigos de géiseres de demostraciones de fortaleza que salpican con discursos de aborrecimiento a otras formas de gobierno en todo el mundo. Y no me refiero únicamente a los que pronuncia el partido que domina esta república asiática, sino también a sus sureños vecinos, a los Estados Unidos de América, a China, Japón, Alemania, Rusia, etcétera. Debe vérsele así aunque ennerve nuestras sensibilidades cosmopolitas pues ambos son aborrecimiento: denunciar a la occidental como una cultura mediocre, superficial y decadente que produce hombres detestables, no muy lejanos de los demonios; así como también delatar los horrores de la vida bajo el miedo al impredecible tirano y su ilimitada brutalidad. Es decir, es hipocresía presumir que se respeta toda soberanía mientras se piense que alguna de estas –o ambas– observaciones está bien hecha. En ese entonces, pues, decía yo que valía la pena observar con atención qué tipos de personas estaban involucradas en esta discusión sobre los mejores modos de vida, no fuéramos a olvidar que una guerra tiene causas tan obscuras que podríamos obviar las más humanas: las pasiones y el carácter de quienes toman decisiones con miras (fingidas o sentidas) al bien común.

Lejos de eso, nos hemos habituado a escuchar los discursos que explican la tensión regional entre Norcorea y sus vecinos, y los aliados de ambos, como una especie de negociación descarriada en que se dan o se quitan beneficios económicos y candados mercantiles. Se ha asumido que todos los involucrados tienen mentes frías que calculan las ventajas de sus tácticas mediáticas e invierten recursos en sus propias campañas de acuerdo a intereses racionalmente concebidos. En otras palabras, se ha aludido a que todas las partes tienen «sentido común», aunque tal comunidad se disuelva apenas se encuentren unos con otros. La interpretación de la situación regional en estos términos no ha tenido otra consecuencia que el robustecimiento de la desconfianza del régimen peninsular, seguida de sanciones severas de comercio contra él, produciendo más de lo primero y extremando cada vez más las condiciones en las que se sigue cavando la espiral. Y es que las sanciones antes de provocar escarmiento parecen confirmar las advertencias que el supremo líder les hace a sus súbditos-ciudadanos de que una alianza occidental pretende desnudarlos de todos sus privilegios como nación independiente. Ellos claman que les quieren quitar su derecho a defenderse y a mantener su territorio, que los quieren obligar a jurarle lealtad al enemigo y rendirle tributo, mientras que los contrarios arguyen contra la amenaza mundial que significa que Norcorea tenga armas de inimaginable poder destructivo que había prometido no desarrollar. Todo esto, insistía hace cuatro años y lo vuelvo a hacer, puede hacernos olvidar que en el corazón de sucesos tan escandalosos como éstos, hay personas motivadas por un sinnúmero de cosas, probablemente inasequibles para el esquema abstracto de los movimientos económicos mundiales y las grandemente razonables sanciones. Y ahora, empezando este año, además del heredero de un líder totalitario, ha caído en el lugar de darle dirección al conflicto el heredero de un magnate capitalista. Se decía del líder supremo que no teníamos nada que temer porque «era un joven educado, que había asistido a las mejores escuelas europeas» y «por tanto» sabía que no había buenos motivos para arriesgar en serio su forma de vida por un desafío a sus detractores. Si bien un currículo académico no garantiza ninguna fortaleza de carácter ni mucho menos algún atisbo de prudencia o cuando menos autocontrol, ¿cuál es el consuelo imaginario para el maleducado buscarreflectores de Nueva York? Éste no tardó en marcar con su personalidad el rumbo del conflicto. Gracias a las imágenes que eligió este viejo ególatra para hablar del desacuerdo entre los regímenes, escuchamos ahora con frecuencia sobre mares de fuego e incendios de ingente destrucción.

Los dos herederos intercambian menciones de los horrores de violencia cavernaria en un diálogo proporcionalmente áspero. Por supuesto, en este conflicto han ocurrido muchos otros cambios con respecto a hace cuatro años. La profundiad del problema a estas alturas es inexpresable para alguien como yo. Las almas de las personas de más influencia en China y Rusia, por ejemplo, o la llegada del nuevo primer ministro surcoreano con todo y su fracasado plan de destensar el conflicto negociando, las más recientes elecciones alemanas, o la creciente comodidad con la idea de que reaparezca el ejército japonés; son todos aspectos que acercan un poco a comprender un panorama de lo más volátil y movedizo. Es de todas maneras evidente el extraordinario peso que tendrán en los días por venir los discursos y acciones de los dos herederos. No perdamos de vista que ninguno de ellos parece poder comprender soberanía sin soberbia. No han dado razones para pensar que no identificarían una agresión personal con una violación de las naciones que creen sometidas bajo su poder. Ambos se han mostrado orgullosos a un grado extraordinario, aunque de diferentes modos: el heredero de magnate es incapaz de someterse al escrutinio público sin que su fragilidad emocional se descubra, mientras que el heredero de totalitario recurre constantemente a castigos ejemplares sin la mínima clemencia para tratar de mantener intacta la alabanza a su figura simbólica. Ambos coinciden en su necesidad urgente de ser vitoreados y apreciados con pompa, mencionados entre sonrisa y aplauso, halagados hasta el empalagamiento. Son amantes fervorosos de la idolatría. Ahora, mientras que el ramplón de Nueva York siempre se ha expresado teniéndose por centro del mundo, el erudito de Pionyang apenas hace unos días estrenó un discurso exaltado y mordaz en primera persona. Esto debería alertarnos a la posibilidad de un cambio radical en las relaciones entre estos herederos de la Guerra de las Coreas. Puede ser que las cosas continúen, como mucho se dice, entre dimes y diretes, sanciones, amenazas, ejercicios armamentistas que no son más que fintas, asfixia de mercados e intercambios; pero debe cuidarse uno de querer medir con la frialdad del cálculo lo que se enraiza en el amor. Hace un mes seguían expresándose como cabecillas incautos e inestables de naciones gigantescas; hace unos días, empezaron a expresarse como naciones ofendidas. Y tanto alguien ramplón cuanto un erudito pueden figurarse lo peligroso de un tirano ofendido; a menos, quizá, que esté muy indignado él mismo.

Dos mitos, de creación y destrucción

Siguiendo el juego de darle nueva forma a la imagen de la rana y el estanque, ofrezco aquí dos cuentos, uno más seriecito que el otro (ya ustedes dirán cuál es cuál):


El principio de todo

Yacía el más antiguo estanque en un desconocido rincón del bosque, escondido de todo camino, rodeado por árboles altos como peñascos que de viejos no crecían ya un ápice por siglo y cuyo nacimiento nadie podía contar. Sereno. Estático. Uno. Se le diría antiguo pero podría ser antediluviano o incluso antelógico. Su vejez sobrepasaba la de la palabra «viejo» y era anterior a la palabra «antes». Era quieto como la paciencia, estable como el firmamento e inmóvil como el centro del mundo. Lo rodeaban los mismos verdes que habían existido siempre en el bosque, los mismos ocres en los mismos lugares, los mismos pardos salvajes de las cortezas y la tierra yerma; pero su color no era ninguno. Era él el verde, el ocre, el pardo que no eran suyos. Y así como tenía el color del espejo pulido, así también olía a la tierra rodeándolo. Sobre él no circulaba viento alguno ni se posaba ningún Sol paseante, su sueño era más hondo que el olvido y más pesado que la locura. Si hubiera quien caminara una senda que diera con él, en quedándosele mirando se le acabaría la existencia, incapaz de reconocer en su reflejo el orden del tiempo, perdiéndolo todo en un instante que dura la vida entera, sumido en reposo inhumano, en sosiego inmundano. Así yacía el más antiguo estanque.

Y así hubiera sido hasta nadie sabría cuando; mas se cuenta que así empezó todo, ruptura del sueño, cuando cual trueno que rasga el continuo del cielo, la paz reventó con un salto una rana y los trozos de estanque crujieron, brotaron, esquirlas de espejo, astillas de tiempo. Mojaron los alrededores entre chascos, claquidos, chispeos. Y así, como quien ahoga un grito sumergiéndose y vuelve de súbito a la superficie, con agua en el pecho y palabras húmedas borboteando, abriendo muy amplios los ojos llorosos, naciendo cual fuente, así despertó salpicado el estanque y nunca de nuevo sus aguas durmieron, la rana meciendo, de aquí para siempre ondeando y chapoteando y ondeando y chapoteando.


El fin de dos

La ciudad llovida ya estaba acostumbrada a sus goteos, sus humedades y, por supuesto, a sus charcos. Uno de ellos, tal vez más viejo que todos los otros juntos, felizmente crecía y menguaba como la Luna bajo un puente que tan buena sombra daba que ni en época de calor bastaba para secarlo por entero ni en la de lluvias lo llenaba como para perderse en la inmensidad del camino. Muy feliz estaba ahí el charco como un rey cuyo régimen es puro reposo, contento y sosiego, hasta que un mal día un pobre viandante trató de ganarle terreno al chubasco y juzgó resguardarse debajo del puente, donde estaba nuestro charco quietecito cual estanque. Lástima que fue el último día para ambos, pues estaba por ahí tan resbaloso, que el torpe y desafortunado peatón fue a patinarse a tal exacta distancia que la curva con que se abatía la línea recta de su cuerpo erguido daba con toda exactitud en el grueso del charco y, vaciándolo todo en un sordo golpe con la cara cual extremo de una fusta, se metió este pobre como nunca más se ha visto, un tremendo y descomunal ranazo.

Secretos de Estado

Un secretario es originalmente un confidente, un oído discreto a quien hacemos depositario de algún secreto. Es el que guarda los secretos1. Originalmente; pero eso no quiere decir que verdaderamente, en especial porque no parece haber ya quien use así la palabra. Como rara vez pierden por completo su humor las palabras envejecidas y algo de lo que fueron cuando jóvenes se mantiene allí para quien quiera escuchar, de todos modos importa que alguna vez se le haya tomado así. Podemos notar que ahora ese nombre es exclusivamente una cuestión de administración, especialmente en cargos públicos. «Secretaria» mantiene su importancia a lo largo de muchas ramas y negocios, pero «secretario» y «secretaría» difícilmente ocurren en otro contexto que el del funcionario. Cosa curiosa, pues me parece que lo más notorio que comparten el viejo y actual uso es que el de secretario es un cargo2 que se ostenta. Es decir, es un nombre de honor. Pensemos en lo mucho que estimamos la confianza de las personas que más respetamos y encontraremos la clave de esta curiosidad. La confianza que merece el secretario en una posición pública difícilmente deja de ostentarse en público; a cualquiera le alegra que alguien de importancia lo juzgue digno de fiar. Así vemos que se «ostenta el cargo» en ambos sentidos: como que se le ejerce institucionalmente y como que se presume a voces en la plaza como insignia de excelencia.

Cuando la confianza se presume suele ser porque se le toma por recompensa. El amante de honores no tardará mucho en aparecer como confiable cuanto pueda, como sea que se le ocurra, para que su recompensa sea mayor y pueda lucirse más. Podemos ver lo que pasa después: rápido entran en conflicto la necesidad de guardar el secreto y el impulso de hacer sabido a todos los vientos que uno es su guarda. Y el problema empeora: qué tipo de persona es la que cuenta los secretos influye en la clase de información que se valora, se oculta y se maneja. Es de mucha importancia para el Estado cuáles son las cosas que conciernen a sus secretarías. Por supuesto, en una vena más cándida puede decirse que no hay de qué preocuparse porque el secretario de una sección del Estado sabe los secretos que conciernen a su área con todos los detalles, guarda toda la información pertinente, la conoce a fondo, etcétera; pero no parece ser tan sencillo. Si el que regala el secreto, es decir, quien confiere el cargo de honor, no tiene por valiosa la vida pública, sus secretos pueden serle de hecho contrarios. El secreto puede ser violento, cruel, inhumano. Puede estarse ocultando el manejo de las instituciones fundadas con bandera pública para intereses privados, o lo que es peor, para destruir la posibilidad de los intereses públicos. Si se me permite jugar más con la palabra, secreto viene del verbo latín secerno que quiere decir separar, poner aparte, dividir3 y de allí que venga a usarse como lo que se deja tan sólo para unos pocos; en términos políticos tiene implicaciones sumamente interesantes, usada para apartar y esconder de la vista, por ejemplo el tesoro de la ciudad4, o para referir a quien se lleva a otra parte para decirle algo en privado, para decir que unos son excepcionales y tratados aparte de los otros, o para hablar de algo muy lejano, retirado, apartado, y por extensión escondido, misterioso, guardado fuera de la vista5. De este verbo nos vienen también nuestras palabras secta, segregar, secretar, secante, todas ellas formas de separación. Cuando el interés en el bien común no es potestad del estadista, el secretario es un agente de la segregación, sembrador de facciones e incitador de la discordia.

Importaría especialmente pensar en esto si se viviera en una nación en la que los ministros (o más bien funcionarios) no fueran sino administradores de instituciones fundadas en el comercio del poder, pues ésta es la forma tiránica del descuido de lo común. En tal lugar, al nivel jerárquico más alto una secretaría sólo diferiría de otra por las ganancias que produce para «los interesados». No habría en realidad un jefe a cargo que conozca los secretos más profundos de las instancias en las que trabaja para los gobernados. Podríamos tener así ‒recordemos que esto es pura especulación‒, un secretario de comunicaciones y transportes que nomás puede supervisar la mitad (si somos generosos con nuestra credulidad) de los caminos construidos en el país; un secretario de relaciones exteriores que antes en su vida nunca había desempeñado un cargo diplomático; un secretario de defensa que hace discursos evidenciando su sabida dedicación a una función que no le corresponde; en fin, imaginemos incluso un secretario de educación que ni pronuncia bien el español ni ‒y esto sería significativamente peor‒ le importa hacerlo, uno que si llama «astróloga» a una astrónoma se corrige después no porque conceda una importancia fundamental a la distinción entre ciencia y superchería, sino porque prefiere amainar las críticas, y en pocas palabras, un secretario de educación descuidado, cínico, insensible y maleducado6. Si es posible que las secretarías se «desempeñen» de estos modos es porque no se guarda el interés público y los secretos que tienen secretarios así son perniciosos para la política.

Por eso tales secretarios parecen pura pantalla: administran la sección que les corresponde despreocupados de las peculiaridades de sus cargos como si no fuera indispensable conocer el fondo de lo que dominan. Y en ello parecen haberse alejado incluso del amor a los honores que pone en conflicto el ostensible cargo y su indispensable reserva: todos ellos coinciden en su función de manejar todo como un conjunto de recursos conmensurables, intercambiables e indistintos entre sí. Por supuesto que esto es una imagen clara del mercado; más prueba aún de que vivimos como si todo fuera comerciable. No es esto ya amor al honor, es más como una preferencia perezosa por el honor más rentable. Gloria barata. Lambisconería eficiente. No es de extrañar tampoco la clase de gente que son: si la única cosa que puede hacer que una vaca sea comparable a los zapatos ‒hechos con piel de sus congéneres menos afortunadas‒ es el dinero, es éste también el que tales secretarios usan de vara para medir sus responsabilidades. La nación como negocio es la cancelación de la vida pública a favor de los secretos privados. El simulacro de sapiencia es el interés en saciar un siempre creciente deseo personal. Así pues, no es necesaria ninguna maestría, ninguna especial excelencia en el conocimiento. El secretario no es ya quien guarde y conozca los secretos de su ministerio. Lo único que le queda del que se ostenta como digno, es la ostentación; y ésta, la más barata que se pueda.


1Véase cómo usa Cervantes la palabra en Don Quijote, Primera parte, Capítulo XXXIV, cuando Camila le habla a Lotario del inconveniente de que su dama de compañía conozca el secreto del adulterio entre ambos: «lo que me fatiga es que no la puedo castigar ni reñir, que el ser ella secretario de nuestros tratos me ha puesto un freno en la boca para callar los suyos».

2Dicho de paso, en la disciplina heráldica (que parece tener su propio dialecto del español), se dice que las imágenes representando una familia en el escudo de armas son «cargos» y de todas se piensa que dan honor. Un escudo se dice estar «cargado» de un sol o de una quimera, por ejemplo.

3Ovidio, Metamorfosis, libro 6, v. 55, usa secernit al hablar de la separación de las telas que se hace de la urdimbre con el telar. Es iluminadora la reflexión que se hace en la introducción al Político de Platón en la traducción de Eva Brann, Peter Kalkavage y Eric Salem: «el paradigma del tejido nos acerca al más impactante elemento del diálogo: la facción (en griego stasis). El verdadero estadista sabe cómo hacer Uno a partir de Muchos principalmente porque sabe cómo superar la facción, es decir, la oposición presente entre lados o partidos atrincherados y sin disposición de ceder».

4Así la usa Tito Livio, Historia de Roma, libro 7, 16, al decir que Marcio no separó nada de su botín para el tesoro sino que lo dejó a las manos de todos los que participaron en el saqueo de Priverno.

5Ovidio, Metamorfosis, libro 2, v. 556, hablando de un cofre cuyos secreta se desconocen y cuyo contenido está prohibido verse.

6Esta actitud hacia el error distingue a un buen educador de uno malo: si puede hacerse hábito de docilidad para el aprendizaje, el ejemplo de docilidad es indispensable en el maestro. Uno que no puede admitir con humildad una equivocación, o que no muestra interés por aprender, es un educador completamente inútil.

Haciendo sonar un ruido

Leyendo las muchas traducciones que nos compartió aquí Námaste Heptákis sobre el haiku de Matsuo Basho, me quedé con ganas de escuchar alguno en el que el agua brincara y salpicara más, como la rana; así que aquí les comparto el que me imaginé.

Ah, antiguo estanque,

una rana se echa un chapuzón:

¡chapoteo de agua!

El hombre que perdió el sueño

Les contaré la historia de Segismundo Febrija y su extraño accidente. Pintar su retrato no es cosa tan complicada: moreno y enjuto, alto sin exagerar, de un pelo muy negro que, si pudiera, seguro suspiraría de melancolía recordando cuan tupido llegó a ser. El hombre era en toda apariencia una persona común y corriente, de ésas que hablan sobre el estrés del trabajo y las bendiciones de la añorada familia; que viven en una casa que no terminarán de pagar con el sueldo del empleo al que se entregaron para tener esa casa; que prefieren vestir discretamente más por temor a llamar la atención que por algún sentido del recato. En fin, era Segismundo tan merecedor de atención para el viandante como la posición de Marte en el firmamento. Entre tanto lugar común que basta para imaginarlo, era casi cosa de admirarse que no sufriera insomnio. Sin embargo era verdad. Nunca quedó Segismundo, antes de su accidente, sin dormir profundamente. Mucho más sería más cierto: dormía abismalmente.

La realidad es que Segismundo pasaba noches formidables. Después de su divorcio no hubo quien lo mirara dormir, quien atestiguara los trances en los que uno juraría que su cuerpo era de yeso, o cuando aullaba y pataleaba como quien se ahoga con bocanadas del humo caliente de un incendio, o cuando tensaba las mandíbulas aferradas a la almohada hasta que le amanecía en un destejedero algodonado que parecía nevada doméstica. Junto a la cama lo aguardaban una toalla y un tazón con agua listos para devolverle el alma. Todas las tardes, toalla limpia y tazón relleno. Y si hacía esfuerzos por no dormir en nada le aprovechaban, pues ni cuenta se daba cuando ya había naufragado su vigilia. Su sopor era pesado como el de un recién nacido. Tan grave llegó a ser su malestar que el pobre acabó por declararle la guerra a los sueños.

Segismundo siempre se acordaba de todo lo que soñaba. Nunca pensó que sus descripciones tuvieran interés para nadie, pero hubieran arrancado exclamaciones por aquí y por allá. Primero los llamaba pesadillas, después creyó más apropiado decirles terrores nocturnos. Finalmente se quedó sin saber ni qué decir, más allá de sugerirles a los preguntones que no había dormido bien. Y de que el descanso refrescaba sus miembros no había duda, pero no así sentía tranquila la mente de tener en la memoria tan espantosas visiones. Cada que dormía, miraba de cerca todo lo que más odiaba, de miles de formas, monstruosas, imposibles, de tamaños cambiantes y de lógica innatural, se le fugaba el orden en infiernos de fragantes azufres y se le iban de las manos sus acciones sin poder detenerse, se le secaban los gritos, se le desolaba el mundo y todo le parecía haber perdido el sentido para siempre y sin remedio. Despertaba y era otro. Todas las mañanas sentía que era otro, después de estos espeluznantes episodios. Tanto miedo le daban las imágenes que le desfilaban de madrugada, que temía desde la puesta del Sol hasta el dulzor con el que la visión cansada empieza a quedar atrapada en brevedades que la detienen. Por eso le declaró la guerra a los sueños y empezó a buscar formas de terminar con ellos, costara lo que costara.

Su primera embestida estratégica fue un sitio con tés, según sé. Y los probó todos: orientales, occidentales, boreales y de donde fueran, siempre que le prometieran un sueño sin visiones. Fracasaron uno tras otro. Se batían contra las puertas del fuerte enemigo pero se desbarataban. Y Segismundo terminaba soñando tan clara y aborreciblemente como cuando más. Pero cada derrota avivaba su rabia. Segismundo había declarado la guerra y marcharía hasta la victoria o la muerte. Cuando vio que los tés no le servían, comenzó a estudiar sus naturalezas y sus efectos, las relaciones entre ellos, las leyendas, los rumores. Consiguió desde libros de botánica hasta escritos de los chamanes que protegen los secretos del Amazonas. Dominó toda variedad de procedimientos y brebajes. Logró reproducir humores ancestrales que dotaban a la noche de toda suerte de colores. Y siempre soñaba. Todo esto tomó años, y nadie a su rededor se percató más que de una imprecisa extrañeza en su trato. En su cocina, pimienta, sal y especias fueron reemplazadas por pasiflora, valeriana y barbitúricos; su sartén quedó hasta abajo de la pila del desuso, mientras sobre la estufa estaba siempre un caldero; los platos casi no se usaban, más eran las tapas de distinto grosor, las ollas con y sin boquilla, los molcajetes y pistilos. El lugar se tornó laboratorio de alquimista, para acabar pronto. Pasado un tiempo consiguió remedios medicinales más potentes. Compró pastillas, fermentos, diversos químicos catalizadores o inhibidores, y combinaciones de todo ello en menjurjes preparados. Aun así, el resultado era el mismo: con o sin dolor de estómago, pero sus sueños lo esperaban todas las noches. Pronto, a su creciente investigación se unieron también ejercicios de meditación, rutinas respiratorias, prácticas de cansancio, etcétera. Todo lo intentó. Y todo, aunque no contribuyera ni un poco a su objetivo, lo iba registrando en un cuadernito. El cuaderno empezó siendo una suerte de recetario para su herbolario interior recién puesto en libertad; pero para cuando la guerra de Segismundo contaba ya diez años, era este texto el grimorio de un hechicero experto en las artes de Hypnos.

La guerra de Segismundo no cejó. Si acaso, el constante encuentro con sus hondos terrores le templó el ánimo hasta que nada pudiera sesgarlo. Se volvió una suerte de caudillo nocturno, de fantasma del campo de batalla que noche a noche recrea la lucha siendo siempre vencido con la frente en alto. Y por fin, una tarde que se le iba en registrar sus investigaciones en el grimorio, algo lo inspiró. No se sabe con seguridad qué entendió, así que nos quedamos solamente con sospechas. El hecho es que velozmente bajó a su laboratorio a confeccionar la más impresionante poción de la que jamás se ha tenido noticia. Los ingredientes se vertieron por cientos, todos incorporados en proporciones finísimamente medidas. Los tratamientos duraron varios días. La factura fue sobrehumana. El propósito de todo era aguzar los sentidos, restaurarlos, y en suma, extenderlos sin fin previsible. Y eso logró Segismundo Febrija: su visión, su oído, su olfato, su gusto y su tacto sufrieron tal alteración, que no podría exponerse con razones sin entregarse al escepticismo de los entendidos. Y sin embargo, funcionó. La bebió como mira un general la ciudad del enemigo derrumbarse. Nunca más volvió a dormir. No volvió a sentir el cansancio de la sensibilidad. Se mantuvo en una actividad constante, perenne, por días sin fin. Con mucha literalidad quedaron sus días sin fin, pues más bien se le tornó el tiempo en una sola constancia indisoluble. Ése fue el accidente del alquimista Febrija: ganó la guerra contra el sueño. El primer síntoma de su transformación fue la mudez. Después de un mes, había perdido por completo la razón y comenzó a notarse que su piel se endurecía. Nadie volvió a verlo en el trabajo, ni caminando cerca de su casa. Lo último que hizo fue meter los pies en la tierra de su jardín y desvanecerse. Cuando se dieron cuenta de lo que le había sucedido, ya era demasiado tarde. Segismundo Febrija ya había florecido con la primavera y pronto, si el clima lo favorecía, daría fruto.

El vendaval (tres intentos)

Versión 1: prosa poética

Sufrió la voz tantos años el vendaval de matanza y tormento, martirio y tristeza, masacre y tortura, que los nombres se le fueron desgastando; hasta que llegó el tiempo en que el terregal que se levantaba era lo mismo polvo de huesos que de palabras.

 

Versión 2: soneto

El vendaval de matanza y tormento,
truena su fuerza, y nubla los ojos,
ciñe la voz, traga ruina y despojos
de la que fuera ciudad y ahora es cuento.
El vendaval de masacre y tortura,
ha desgastado los nombres, las formas,
ha resecado ley, hábito y norma
con la insistencia de furia y locura.
Bárbaros montan grotescos altares
con los que veneran al cruel vendaval,
bailan de gozo al mirar que los mares
se hinchan de rojo preñando con sal
tierras que fueran ayer manantiales,
y hoy son de hueso y de voz por igual.

 

Versión 3: verso libre

El cruel vendaval se ciñe a la voz:
furioso, la asalta, la embiste su trueno,
la truena en su estruendo. La voz le resiste
mas sigue en su asalto incansable que ruge
de lejos, de cerca, por dentro, por fuera,
y sigue, no agota, no suda, no llora,
día tras día,
año tras año,
tiempo tras tiempo.

El cruel vendaval se ciñe a la voz:
revienta tormenta que rompe y destroza,
es matanza y tormento, es martirio y tristeza,
es motín y traición, es masacre y tortura,
la gasta y desgasta, le quita la forma,
confunde la recta, la cuenta, la altura,
los nombres que fueron ciudades trastocan
en cuentos secretos de ocultos sentidos,
día tras día,
año tras año,
tiempo tras tiempo.

El cruel vendaval se ciñe a la voz:
debajo lo adoran las casas salvajes
de bárbaros mudos que erigen altares
grotescos, tiranos, de monstruos profanos
y bailan al ritmo del roce y desgaste,
obrado por sal con un filo constante,
en cantos, palabras, razones y nombres
que lloran la tierra reseca yaciente
debajo del cruel vendaval que levanta
innúmeras nubes del polvo asfixiante
formado con restos de hueso y de voz.