Ocurrencias del convite

«All true friendliness begins with fire and food
and drink and the recognition of rain or frost».

–G. K. Chesterton

La idea de celebrar comidas comunes entre los que conviven en la ciudad tiene mucho tiempo de haber sido inventada. Por lo menos desde la Antigüedad se discute si conviene, si aprovecha, si será mejor obligarla o mejor procurarla. E «inventada» lo digo con cautela, porque puede sonar a estadistas reunidos en concejo lanzando lluvias de ideas hasta que uno logra articular entre sus sorprendidos compañeros la estrategia, que repica con timbre de inaudita; cuando lo más probable es que la comida en común sea a iguales partes designio y heurística. Por un lado se organiza que los que tienen vida en compañía coman juntos, por el otro se sabe que los que viven en casa suelen hacerlo así con toda naturalidad, sin que nadie les diga nada. La palabra que en el griego de Jenofonte quería decir «vivir bajo la misma tienda» es la misma que se extiende a significar «comer juntos»1. Igual de normal ha sido siempre que quienes son amigos se reúnan a comer con mayor o menor frecuencia. La naturalidad de la política es peculiar así: ni exactamente como la constancia con que crecen las plantas, ni exactamente como la plasticidad de la obra manual. Es Jenofonte quien nos platica cómo Licurgo, en Lacedemonia, llegó a la conclusión de que todo el tiempo que pasaban encerrados los espartanos culminaba en males del carácter y problemas para la ciudad, por lo que se le ocurrió establecer las comidas públicas, abiertas, a vista de todos. En ellas los viejos contaban su experiencia a los jóvenes, mientras aquéstos se preocupaban por lucir siempre bien y saludables frente al resto. Las ordenó para que nunca se sirviera tanto que abundara ni tan poco que escaseara, jamás negando el agua a quien quisiera beber más, y todo de forma que «la mesa no está vacía mientras no se ha separado la compañía»2. Que no nos cueste trabajo entender por qué puede haber funcionado bien un proyecto tal, puede achacársele a la potencia para unir que tienen mesa y sobremesa. La comida se convida. Por esa razón esta celebración tan humana puede ser una fuerza civilizatoria.

Los placeres de la mesa y los deleites de la sobremesa requieren algo de ocio. Tienen un paso jovial que no imita el ritmo esquizofrénico del multitasking ni tampoco hace eco de los frenéticos excesos de la bolsa de valores. En la mesa el tiempo no es oro, es sazón. El apuro hace malas comidas. Hace que sepan lo mismo el dulce y el salado, el agrio y el amargo, el frío y el caliente, en una experiencia gris que fácilmente deja la memoria. «Una mala comida no se recobra nunca. | El águila en su roca ni el tigre en su espelunca, | ni el hombre que no fuere de condición adunca | gozan de amor a medias ni de merienda trunca»3. Con buen tiempo no solamente se nutre uno como un árbol reverdece, sino que se nutren las voces que toman parte de lo mismo; y claro, esto requiere que se acate su justo paso. Se fortalece así la compañía porque se da naturalmente a la conversación. La palabra rebosa en la mesa. En sus acercamientos puede encontrarse la amistad. Podrá ser peor para la productividad (porque el que se queda platicando hace menos gráficas de Excel), pero no hay duda de cuánto mejor es para la vida política, si es que puede amigar a los que viven juntos. Cuando la palabra se tiene por valiosa, el ser humano se apersona. Al revés, la devaluación de la palabra simplifica, seca y embrutece la vida humana hasta la barbarie en la que los otros no son sino útiles. «Las palabras saturadas de mentiras, atrocidades y malversaciones –dice Sicilia–, no pueden hablar de la vida ni rehacer la cultura que han destruido, sólo pueden exhibir el salvajismo de lo inhumano y del estado del terror»4; y como dice Zaid, «hay que reconocer, sin embargo, qué difícil y hasta imposible puede ser levantar el nivel de la conversación en una comunidad embrutecida por los agobios de la supervivencia o la obsesión de la abundancia»5. Las comidas comunes pueden fomentar la comunidad de la vida pública completa: se une y se comparte, se disfruta y se conoce, se apalabra al otro y se le dignifica. De ese modo, tal idea podría ser valiosa para recuperar la convivencia allí donde la vida se nos ha vuelto indigna, allí donde se nos ha fragmentado la comunidad y atrofiado la imaginación6. No parece, pues, ni que la idea sea desdeñable sin consideración, ni que haya razones para pensarnos incapaces de hacer algo con ella, si la apuesta es por la dignidad.

Conviene por eso pensar qué tan benéfico y factible sería para nuestras ciudades que buscáramos maneras de hacer comunes las comidas. Existen los comedores comunitarios, que reciben ayuda del gobierno para ofrecer un menú baratísimo en lugares marginados. Funcionan como una opción para ayudar a quienes no pueden pagar su comida de otro modo (o muchas veces, para los que trabajan cerca). Los atienden voluntarios y la comida es de calidad muy variable, dependiendo del lugar. ¿Podríamos pensar en un modelo que no los tenga por último recurso para los más necesitados, sino como fuentes del encuentro de todos los ciudadanos? Deberíamos aprovechar además que uno de los más grandes motivos de orgullo, comunes entre casi todos los paisanos aquí, sea la comida. Bien preparada, la comida mexicana confirma la bondad de la vida y la riqueza de la variedad humana. ¿Podría de algún modo tenerse en todas partes comedores comunitarios donde se sirviera buena, sabrosa y variada comida, se ofreciera música, y se celebrara la convivencia, para todos? Tendría que haber muchos, para que todo mundo o casi todo mundo tuviera alguno cerca, que sirvieran platillos tan ricos como en cualquier buen mercado, y tendrían que ser gratuitos (completa o prácticamente) de manera que no promovieran la marginación7. Otra ventaja sería que en el contacto de gente tan variada se debilitaría la timagogia que los nichos, populacheros e intelectualoides por igual, fomentan. La música sería importante (no muy alta para no impedir la conversación), no solamente para fomentar el ambiente harmónico de todo el asunto, sino también para contribuir a que los presentes se mezclaran más entre sí; tal vez podrían presentarse bandas locales, o hasta hacerse otras presentaciones públicas como obras teatrales, declamaciones poéticas o muestras de cine. La comida tendría que servirse en un tiempo acotado, quizá de dos o tres horas, para que se concentraran los comensales, que no sirvieran al exceso de quienes quisieran aprovechar todo el día, y para permitir que los que lo atienden tengan el tiempo adecuado de preparar y de recoger. Los encargados deberían ser servidores públicos, con sueldo y prestaciones acordes, de manera que pudiera garantizarse un estándar de calidad de la comida y que se dedicaran a ello sin preocupación, hasta hacerse experimentados en el manejo del comedor. Claro que muchas cosas distan de ser obvias. Por ejemplo: ¿convendría sancionar el consumo de alcohol, permitirlo con límites, dejarlo a discreción del bebedor; y en caso de que se permitiera, se vendería aparte o estaría incluido en la comida? O ¿habría manera de realizar el proyecto, quizá con los recursos que ahora se usan para programas sociales que no tienen en realidad el impacto positivo que persiguen? ¿Los ingredientes vendrían todos del mismo lugar repartidos por un solo proveedor, o cada comedor tendría la posibilidad de buscar los suyos? ¿Los menúes serían iguales en todas partes o a juicio de los cocineros? ¿Habría siempre opciones vegetarianas, avisos en protección de los alérgicos y demás cautelas? Sé que faltan muchísimas cosas y que esta idea está muy lejos de ser viable. Tal vez haya muchas otras maneras convenientes de promover la convivencia. Pero que haya mil detalles que faltan por exponerse y discutirse no debería impedirnos considerarla. En la comida en común podríamos encontrar un respiro a la crueldad de esta barbarie que vivimos; podríamos tener la fortuna de que fortaleciera la palabra, hoy tan desgastada, y nos acercara a amigarnos.


1 συσκηνέω en Liddell-Scott-Jones Greek-English Lexicon (LSJ). La palabra que más comúnmente se usaba era συσσίτιον, literalmente comida en conjunto, como la emplea Plutarco (Licurgo, 12). Muy interesantemente, éste cuenta que los cretenses llamaban hombría (ἀνδρεῖα) a estas comidas comunes. Después especula sobre el posible origen de la palabra que los espartanos usaban para éstas, φιδίτιον, porque le parece que puede venir de que conducen a la amistad (φιλία) o tal vez a acostumbrarse a ser frugales (φειδώ).

2 Jenofonte, La constitución de los Lacedemonios, V. La palabra que traduzco aquí como «vacía» comparte en griego el sentido de solitaria, desierta e incluso huraña. Por ello en el original es más obvio que Jenofonte juega elegantemente con dos clases de vacío. ἐρῆμος en el lexicón LSJ. Digo de paso algo que creo: si esta frase se acuñara como dicho en español, tendría probablemente la forma de «la mesa no está vacía mientras haya compañía».

3 Alfonso Reyes, Proemio de Memorias de cocina y bodega.

4 Javier Sicilia, El retorno a lo salvaje.

5 Gabriel Zaid, Citas exóticas.

6 Mientras platican sobre la sabiduría de las leyes cretenses, el cretense Clinias le dice a su invitado ateniense que las comidas comunes fueron maravillosamente bien pensadas porque sabiendo que toda ciudad está en constante guerra contra todas las demás, en la unidad hallan seguridad los ciudadanos. El ateniense no está convencido de que su compañero esté entendiendo correctamente los bienes de la mesa, ni en general de la ley, por enfocarse en la guerra (piénsese aquello de que para los cretenses las comidas comunes se llamaban hombría, en nota 1). Los convence a él y al espartano que los acompaña de admitir la preeminencia de la amistad contra la de la enemistad en la ciudad y la sabiduría de sus leyes. En la convivencia, argumenta, se fomentan la vergüenza y la reverencia en común. Con ello propone la conveniencia no solamente de comidas comunes, sino de multitudinarias fiestas de beber alcohol (claro que no exento de burla). «Pasar tiempo bebiendo juntos es una gran contribución a la educación, si se hace correctamente». Mucho después en la conversación, el ateniense concede una nueva consideración sobre la guerra y parece admitir que hay un sentido en que lo que el cretense decía, podría ser verdad: todos libramos –afirma el ateniense– una «batalla inmortal» contra la injusticia, ayudados de los dioses como asombrosos guardias del bien. Las leyes, 625e, 648b-c y 906a. En esta dramática guerra inmortal contra la injusticia, la convivencia política es capital.

7 Véase lo que al respecto dice Aristóteles en Política, 1271a 25-40.

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La confusa coexistencia citadina

«A quienes así les es ordenada la vida,
¿no les queda alguna actividad necesaria y plenamente apropiada?
¿O cada uno de éstos ha de vivir su vida siendo engordado como ganado?».

–El extranjero ateniense en Las leyes, de Platón.

La convivencia es el latido natural de la comunidad política. Cosa muy distinta es la coexistencia, aunque haya quienes no encuentren la diferencia. Coexisten sin problema muchos animales, siempre y cuando se encuentren rondando en un mismo lugar1. Coexisten minerales en las venas de la tierra y en la carretilla del minero. Coexisten los astros en el firmamento y los neutrones en un núcleo atómico. Coexisten ruecas, tubos, goznes, cadenas, bandas, pistones y perdigones en alguna máquina ruidosa que alguna incomodidad nos ha de resolver. En verdad, si uno se esfuerza bastante, coexiste prácticamente lo que sea, siempre que ahí esté al mismo tiempo que algo más. Por supuesto que coexisten las personas también: se visita cualquier día laboral el transporte público y listo, fin de la investigación. Ahora, que convivan los que están diario metidos en los autobuses y trenes subterráneos… eso es mucho más difícil. Decir que un grupo coexiste es hablar de una relación coincidental, ya sea que tenga fondo arbitrario («ya estaban esos objetos ahí») o que sea convencional según algún campo semántico en el que uno está interesado («vamos a poner esto y aquello ahí»). Cambia la cosa cuando se dice que hay convivencia. Cambia porque ya entonces se está hablando de vidas que se acompañan. Sólo el muy cínico olvida la vergüenza diciendo algo tan obviamente falso como que es lo mismo estar solos pero amontonados y estar todos amigados. Y con todo, hay muchos no tan cínicos que sin embargo confunden la política con la administración de los coexistentes.

La confusión empieza pensando que el bien común es la conservación. Éste es el primer paso en un camino2 que, de seguirse, lo lleva a uno a la casi natural conclusión de que la felicidad humana está en la máxima extensión de la existencia en la que la mayor cantidad posible de deseos son satisfechos, cueste tal estado lo que cueste. ¿Cómo hallaremos tal cosa? «¡Qué pregunta! –tenemos que contestar medio desdeñosamente–, si es claro y distinto: progresando». El avance se dirige, obviamente, hacia la eficiente organización de los recursos humanos que garantizarán menos dolor y más placer todo el tiempo posible. Cuando cada sujeto funcione de acuerdo al sistema, todos disfrutarán al máximo de este bien. En estos términos, se puede decir que tal bien es común. De ahí parece que se vale decir que las personas viviendo así, conviven. La confusión supone que hay convivencia cuando los coexistentes del montón están tan ingeniosamente administrados y mantenidos, que al atender sus necesidades individuales atienden en ello las de los demás (casi por consecuencia colateral). ¿No es éste un hermoso dominó?: hasta cuando los deseos se descarrilan hacia el espacio prohibido en el que afectarán el derecho ajeno3, se encuentra el alivio en el psicólogo, quien a su vez desea un exitoso consultorio rebosante de pacientes descarriados. Ahora, no hay que malentender: que haya una confusión no quiere decir que este acomodo de nuestra coexistencia sea imposible. Por supuesto que un montón de partes se puede manejar dadas determinadas funciones claramente delimitadas; eso no está a discusión y con un reloj basta de pruebas. Se puede administrar y se puede organizar de maravilla un cúmulo de personas con propósitos muy diversos. Se puede aspirar a que todas las unidades de un compuesto complejo se mantengan sobreviviendo sin dolor por mucho tiempo, y que produzcan mucho, para todos, de manera muy eficiente; pero no es ahí donde está la confusión. Se confunde quien la nombra «convivencia», porque supone que tratando de estas administraciones hacemos lo mismo que tratando acerca de lo preferible. Pues ni el mejor armado reloj humano es preferible junto a la aspiración de una sociedad en la que hay amistad.

La ciudad no se forma solamente para que el ser humano se mantenga, sino para que viva bien. La aspiración por una vida mejor es fuente de convivencia. Convivir difiere de coexistir en la misma medida en que difieren vivir bien y sobrevivir. No importa quién quiera tomarlos como lo mismo ni cuánto se esfuerce en presentarlos así, no lo son. En el diálogo platónico Las leyes, se planea la fundación de una ciudad. Al distinguir en ella entre la supervivencia y la buena vida, uno de los personajes afirma con una convicción entusiasmada que hacer como si fueran lo mismo deberá ser considerado una afrenta impía y deshonrosa, pues quien opina de ese modo tiene a su propia alma por algo vil y despreciable. Puede que sea así. Esa dramática exposición resalta la esterilidad de una vida extendida solamente por amor a la conservación. Bien conservadas, las momias. El bosquejo del alma vil y despreciable está delineado por la sinrazón: la supervivencia a secas es existencia sin razón, desprecio por la palabra. En la vida pública esto es desidia. Si se va a decir con pose solemne que lo mejor para el hombre es mantenerse el mayor tiempo posible, deberíamos estar preguntándonos con toda seriedad si como principio de conservación de las naciones no superaría a las leyes el formol. El problema es que considerar el propósito humano en la mera conservación equivale a deshumanizarnos. Es decir que la vida humana no tiene sentido. Pero esto es un oxímoron. No se puede razonar que no hay razón. Incluso los defensores más cínicos de esta enajenación de la razón nos dan razones, hablan para dar explicaciones, tratan de persuadirnos, intentan mostrarnos el sentido de sus opiniones sobre la existencia. En realidad, en sus esfuerzos lo que llegan a hacer es defender que el propósito humano está malentendido, no que no haya tal. La razón se defiende en la evidencia. En cambio, la defensa racional del despropósito es un despropósito. Eso es obvio. Negando todo principio y finalidad, los nihilistas comprometidos que engendran las consecuencias de sus convicciones no defienden nada, y si acaso hacen ruido alguno, sólo balbucean. Además del que niega los principios y los fines está también el escéptico, que no los niega sino que duda de ellos. Pero igualmente hay dos tipos de escéptico: uno va al doctor cuando se enferma, el otro piensa que tirarse a un pozo y no hacerlo son lo mismo. El primero no es tan escéptico que dude sobre todo en su vida, el segundo ya no está. Si de éstos, o de los nihilistas, o de los demagogos, o de entre cualesquiera otros, alguien finge tener buenas razones para el despropósito, es o un idiota o un miserable4. Y sea lo que sea, es responsable de un mal nefasto para la vida pública. Tal vez por eso el personaje del diálogo platónico, mientras juega a que es legislador de la ciudad que fundan, condena legalmente tales desatinos en el discurso público.

El asalto al sentido desemboca en mudez, locura, sinrazón; y al revés, en su defensa hay razón, propósito y diálogo. Esa apertura nos permite percibir lo preferible en nuestras vidas compartidas. Sobre ello conversamos y elegimos, y finalmente, nos responsabilizamos de las elecciones que se aclaran frente a todos gracias a la ley. Hace poco lo dijo bellamente mi amigo Námaste Heptákis: «Lo mejor del hombre es aquello que lo hace más real, más plenamente humano»5. La vida pública se vivifica en la conversación porque nos es común el bien humano como búsqueda constante. La conversación puede fundar ciudad. Pero para ello, debe confiarse en la palabra, debe venerarse la ley, debe celarse la razón. Estos cuidados no se dan en la coexistencia desde donde no significan nada, sino en la convivencia porque en ella no solamente estamos, nos acompañamos. La supervivencia es a la buena vida lo que la coexistencia es a la convivencia. Sólo en la convivencia aflora la amistad, allí donde los que coexisten a secas buscan la tolerancia (tan políticamente correcta6 y tan conveniente a mercaderes que harán entre ellos un buen bisnes). Una forma de organización sin convivencia conviene más a una botica, a un zoológico, o hasta a un campo militar, que a una ciudad; en ésta vivir así es enfermizo y asfixiante. Es una vida indigna. Si es mejor vivir que no hacerlo, mejor es vivir bien que vivir de cualquier modo; y en esa misma medida, mucho mejor que administrar la coexistencia, es cuidar la razón que nos ayude a convivir. Después de todo, no ha nacido quien pueda honestamente negar lo que todos percibimos, no importa cuan cínico, nihilista, escéptico o pedante sea: que mejor que vivir en soledad es, y por mucho, vivir en amistad.


1 Advertencia: qué quiera decir «mismo lugar» puede variar según el relator.

2 Por cierto, en nuestros días este camino está mantenido en excelente estado, empedrado, limpio, iluminado y abundante de descansillos para evitarle a uno cualquier clase de molestias desde el primer paso hasta el final.

3 En cuyo respeto está la paz, cual nos lo dijo don Benito Juárez.

4 Hay elogiados doctores con su título en filosofía que dicen que el origen de la crueldad es la razón y que el animalismo es la alternativa más justa junto al destructivo humanismo. Así los habrá siempre, no debe sorprendernos. Y las vacas siguen mugiendo.

5 Ver nota 4. Justo arriba.

6 Este concepto de lo «políticamente correcto» es ya tan corriente entre todos, y al mismo tiempo tan especializado en su significado en contraste con los significados de las dos palabras que lo forman, que pienso que debería construirse un neologismo que lo denotara. Debería ser uno chistoso o cuando menos juguetón, para que reflejara el uso irónico que hacemos de la frase. Palabras que me vienen a la mente son la flexiortodoxia, lo ortopolítico, o la doxinestesia, pero no estoy convencido de que alguna sea satisfactoria. [ACTUALIZACIÓN: Námaste Heptákis ha propuesto una palabra mejor que éstas: timagogia. La propuso aquí y explicó sus razones].

¡Celébrese!

Este blog acaba de cumplir sus nueve años. Son nueve años personando letras, apalabrando ocurrencias, letreando tonadas, conviviendo concordias, sugerencias, juegos, y todo lo que se nos viene a los dedos en broma y en serio. El nueve es un número bello por la proporción de sus partes con el todo (es tres veces tres), los dígitos de su cuadrado (nueve veces nueve) suman nueve, porque forman el ochenta y uno, y la frase nueve años tiene nueve letras; pero además, nueve es el número de integrantes de esta gran banda bloguera. A veces harmonizamos tocando notas que caen como gotitas pacientes, y otras más bien nos salimos de tono e improvisamos por unos compases en la disonancia como manantiales de jazz. Es verdad, también nos metemos en laberintos de acordes y fraseos, pero siempre es con esperanza de encontrar la salida. Y como cualquier banda que se respete, ensayamos mucho, que por etimología es algo así como andar pesando para probar qué valor tienen las cosas (con todo el pesar de empujarlas si no tiene uno una balanza). Con cada ensayo, esperamos darnos a entender mejor (o cuando menos, darnos). Y cuando hemos estado tomados, aunque sea un poco, por el pánico escénico, siempre hay quien devuelva la atención a la música y disipe el mareo. Eso, claro, si no resulta que es la música la que tanto nos marea como a quien da vueltas a ciegas y aspavientos a ver si mientras denuncia la fealdad de pronto se topa con la belleza. Dicho todo, pues, dialogamos. Y el concierto empezó así, siendo guisa del diálogo. Por más plan y acuerdo que haya habido, nos encontramos con el diálogo ya ocurriendo. El canto ahí está y nosotros vamos descubriendo la melodía. Bueno, esto es un decir; pero todo lo humano es un decir. Nos mantenemos queriendo decir, queriendo sonar; y no diciendo lo que sea y dándole a este blog larga continuación nomás por el gusto que algunos tienen de la longitud, sino queriendo sonar bien. O más bien, queriendo sonar mejor. Es igual con la vida entera, que es buena por las ganas de vivir bien. Que el concierto sea concordancia y convivencia. Este aniversario es motivo de gusto, de amistad y de celebración, pues siendo tantas las tonadas y tan diverso el ritmo, estamos sin embargo juntos confiando en la palabra, queriendo vivir bien.

La tiranía de Pisístrato

Enemistado de los suyos y muerto a sus manos, lejos de los muros de su tierra, Hipías hijo de Pisístrato supuestamente había caído en este lugar de Lemnos que ahora un campesino y su hijo joven visitaban.

Después de días de viaje en rabioso silencio, por fin el muchacho se atrevió a decir lo que tenía en su mente indignada: «¿Por qué hemos venido hasta aquí a escondidas de todos, a rendir reverencia, padre, a un cobarde traidor, aliado de los persas, enemigo más que cualquier otro del pueblo, de la ley, y de las familias como la nuestra?».

Su padre lo abofeteó. Luego de un respiro dijo: «No te atrevas a hablar así ni de éste ni de ninguno de los Pisistrátidas. Mucho menos de Pisístrato mismo, cuyo régimen fue benévolo como el de Cronos. Ignoras lo que yo, pero ahora te contaré la razón de nuestra fortuna y entenderás tu insolencia.

«Tu abuelo era un labriego pobre pero orgulloso. Él vivió la democracia de Solón y amaba más que cualquier otra cosa la tierra. Llegó el día, no obstante, en que sin siquiera levantar la voz Pisístrato usurpó el poder en Atenas. Siendo un hombre de carácter templado, de acción mesurada y de astucia preeminente, evadió casi cualquier disputa que pudiera darse contra su régimen auxiliado por su inteligencia y el carisma que tanto favor le había ganado entre los ciudadanos atenienses. Decidió fortalecer el campo haciendo que nunca un agricultor requiriera viajar a la ciudad con ningún motivo. El trabajo floreció y se multiplicó como nunca antes, y con ello también prosperó el tirano. A cambio, tan sólo pedía dar en impuesto una porción de lo que produjera la tierra. Dio tierras a los que habían perdido todo y dinero a los campesinos más necesitados, con tal de que pudieran mantener su labor; pero no a tu abuelo. Él, labriego pobre pero orgulloso, resentía la tiranía desde el fondo de sus huesos. Rechazó la ayuda y escupió a los pies de los heraldos del tirano. ‹Lo que produzco en esta tierra es mío –decía tu abuelo–. No hay justicia en que nadie done lo que a cada quien le corresponde›. Sin embargo, no podía resistirse al gravamen. Así que pasaron los años y con cada colecta más dolía su orgulloso corazón.

«Un día su resolución se asentó y decidió morir sin entregar un gramo más de los deleites de su tierra. Salió al campo de madrugada y en vez de arar, en vez de plantar las semillas, en vez de ordenar al boyero, se dirigió al centro del terreno y hundió sus manos en los canales de tierra suelta. Buscó algo por un rato, escarbó y sacó al fin una piedra de buen tamaño y la colocó a su lado. Luego otra. Luego otra más. Una tras otra, desenterró piedras en todo su lote, arruinando las filas del sembradío, hasta que se puso el Sol. Las colocó en una carretilla y las llevó a limpiar. Así pasaron días, mientras tu abuelo comenzaba a enfermar y el hambre empezaba a asentarse en los vientres de todos nosotros en su lote. Su mandato había sido que permaneciéramos desocupados, sin hacer nada, y su palabra era la ley de la casa. En nuestro miedo creímos que el anciano había perdido la razón. Él no lo sabía, pero Pisístrato tenía la costumbre de dar paseos por el campo, arreglando en persona las querellas privadas de los labradores, ahorrándoles el viaje a la ciudad. Este día, Pisístrato venía acompañado de su hijo mayor, Hipías, como ocurría últimamente, pues el mozo ya estaba llegando a la edad del juicio y aprendía a gobernar. Aproximose en su carroza y se admiró al punto en cuanto vio a tu abuelo sacando piedras de la tierra con los dedos ensangrentados y la espalda temblorosa. Hipías miraba atónito con la sorpresa sumada a la curiosidad de ver a su padre hundido en contemplación.

«El tirano bajó, acompañado por su hijo, y se dirigió a pie donde tu abuelo jadeaba concentrado en su inusual actividad. Sin presentarse le preguntó:

«‹Anciano, ¿qué clase de cultivo es éste?›.

«‹Estoy cultivando dolores y pesares –respondió tu abuelo después de un rato. Ignoraba con quien hablaba–. Dolores y pesares, hombre, todos los que pueda producir esta tierra mía, con tal de que una porción de ellos sea de Pisístrato cuando injustamente colecte el impuesto que, según afirma, le corresponde›.

«Hipías, que desde entonces guardaba el fuego de la majestad en su abdomen, estuvo a punto de espetar; pero Pisístrato se soltó a reír. Tu abuelo, pobre pero orgulloso, creyó que estaba siendo insultado. Pisístrato habló cuando calmó su risa y dijo:

«‹Anciano, tu lengua es libre y tu ingenio brillante. Yo soy Pisístrato, el tirano, gobierno todos los lotes en este campo y aquéste es mi hijo Hipías. Veo que nada amas más que la justicia y acorde a ello seré justo contigo. A partir de hoy este lote, único entre todos, estará exento de impuesto. Ya sea que lo cultives tú, o tus hijos, o los hijos de éstos, hasta que el hierro flote en las aguas del mar. –Y después de que sonrió ante la incredulidad de tu abuelo, añadió–: Con la única condición de que nunca más se cultiven aquí pesares en lugar de provechos›.

«Cuando se iban, tu abuelo los siguió de cerca, dudando sobre cómo agradecerles. Así escuchó el principio de la conversación que tuvieron Pisístrato y su hijo camino a su carroza. Hipías preguntó a su padre por qué le habían dado a esta familia lo que no tenía ninguna otra, y a ello Pisístrato respondió: ‹Hipías, un claro al centro de una tormenta es raro y precioso; lo es más el broche dorado de Odiseo con un sabueso y un cervato labrados; más todavía que éstos, un buen consejo en boca de un extraño. Y con todo, lo más insólito es un hombre preocupado por la justicia›. Éstas fueron, sin engaño, sus palabras, tal como me las dijo tu abuelo. Desde entonces nuestro lote es el más rico de todo el campo y la fama de Pisístrato como hombre prudente se acrecentó. A él y a su familia la nuestra le tiene una gran deuda de respeto de aquí hasta el día en que el hierro flote en las aguas del mar».

El joven miraba con deferencia a su padre, callando sus preguntas; y entre éstas calló su confesión: él ya había escuchado esta historia del propio aliento de su abuelo hacía años, en una de sus últimas tardes antes de que sucumbiera a la enfermedad. Y por eso sabía que su padre no conocía el final de lo que el anciano había oído decir a los tiranos. En tal silencio los campesinos rindieron reverencia al Pisistrátida y asistieron a las inmolaciones de esa noche a nombre de Hefesto. Pero en todo, el muchacho tenía la mente prendida de la historia de su abuelo. Éste le había revelado que por más rico que fuera, vivía en la vergüenza, pues nada se atrevió a decir cuando Pisístrato habló así a su hijo: «Y con todo, lo más insólito es un hombre preocupado por la justicia. La mayoría, en cambio, se preocupa únicamente por tener lo que piensa que es suyo. Aprende esto y podrás ser señor sobre cualquier campesino».

Plana ciencia

Ilustrados mucho o poco, solemos pensar que es provechoso para la sociedad que se divulgue la ciencia. En realidad, la información científica divulgada es impactantemente menor a los resultados de las muchísimas investigaciones patrocinadas por gobiernos y concejos universitarios en todo el mundo. Pero desconozcamos ese detalle provisionalmente por la suma complicación de su naturaleza. Será más fácil enfocarnos en esa idea que nos es tan cómoda, tan común, tan suave para nuestro pensamiento como que algo pesado es jalado por la Tierra, de que es provechoso para la sociedad divulgar la ciencia. La causa es muy sencilla: conocer la verdad de las cosas de este mundo nos surte de bienes. De éstos, los que más frecuentemente se ofrecen a la vista son los más útiles (cosa que se entiende porque son los más vistosos); con los que se explica, por ejemplo, que es gracias a nuestro conocimiento de las magnitudes físicas de los materiales que somos capaces de construir puentes kilométricos, o que el conocimiento de los pormenores eléctricos de los órganos humanos nos permite idear soluciones, producidas en masa, que regulan su funcionamiento en casos de enfermedades. Por la difusión de los descubrimientos psicológicos es más probable que halle comprensión un autista y gracias a la ciencia política no toleraríamos nunca más vivir bajo regímenes tiránicos u oligárquicos.

Otra idea, menos difundida aunque no por mucho, es que la ciencia requiere para su realización un ánimo desafiante, un arrojo marcado por la duda antes que la asunción irreflexiva y la apertura al descubrimiento, un ímpetu difícilmente contenido por la ortodoxia o impedido por el conformismo –que no es otra cosa que una corrosión del carácter provocada por esa ortodoxia–. Si tienen oportunidad, hablen con algún científico al respecto. Lo más probable es que les diga que esa imagen es bastante fantasiosa y que el trabajo científico es mucha más rutina, grilla y burocracia de la que uno primero sospecharía; pero aunque ésta sea una importante observación, podemos dejarla al margen mientras consideramos que el paradigma de hombre de ciencia que se nos presenta desde que somos pequeños se parece mucho más a esa fantasía. Nos enseñan a admirar a Galileo prefiriendo la verdad a la propia vida, a Newton descubriendo la llave del universo que permaneció escondida por milenios o a Einstein desafiando las convenciones gravitacionales en contra incluso de antiguos gigantes astrónomos.

Hay una tensión entre estas dos ideas. Cuando la divulgación de la ciencia se realizara por entero, todas las personas por igual aceptarían y aprenderían todo lo que hay por saber tal como es. Se lograría educar en el terminado y comprehensivo dogma de la verdad universal. Pero al mismo tiempo, el ánimo científico estaría eternamente desafiando el dogma simplemente por ser ortodoxo, sin atender si es o no verdadero, y jamás la gente educada para desplegar tal ímpetu podría aprender lo que la ciencia divulga. Esta contradicción frente a la ciencia resuelve a momentos la tensión devaluando alguna de las dos convicciones o ambas. Por ejemplo, pensemos que la mayoría de las veces la ciencia no se enseña en realidad, sino que más bien se ayuda de imágenes inexactas para persuadir a personas neófitas de asentir ante modelos, conceptos o sistemas que se quieren divulgar. Es decir, se vulgariza la ciencia. Es mucho más fácil concebir distancias en un planisferio representándolas como líneas rectas, aunque no sean así exactamente, que haciendo cálculos de curvas sobre secciones de esfera u ovoide. El resultado no es el conocimiento de la verdad sobre alguna parte de la totalidad universal, sino la aceptación pública de cierta doctrina. Pensando en el otro lado, se educa con el discurso de la belleza del espíritu desafiante, pero al mismo tiempo se caricaturizan algunas doctrinas de manera que se tiene algo para desafiar incluso cuando no se cuenta con muchas ganas de meterse en verdaderos problemas. A los ojos de la opinión común sólo hace falta decir que «la religión no es sino colección de supercherías primitivas» para ponerse la camiseta del equipo de la ciencia. Y celebramos con razón que por decirlo nos echen porras y no piedras. Estos dos suavizantes ‒el de la divulgación y el de la infatuación científicas‒ no solamente alivian la tensión, sino que forman una dinámica perfectamente comprensible y cómoda, hasta lógica, en la que parecería que nunca existió ninguna contradicción. Así, la gente de a pie podemos asentir al proyecto de educar a la humanidad siempre que desafiar tal o cual añeja norma nos rinda los beneficios útiles y vistosos que estamos esperando de nuestra ilustrada civilización. Somos valientes que ponen en duda toda convención… o eso nos dicen y no tenemos por qué ponerlo en duda. Al asentir a lo dicho por los expertos nos convertimos automáticamente en expertos nosotros mismos, ¡y sin haber quemado ni una sola pestaña! Incluso para el autoestima es una ganga: somos parte fundamental del mejor y más benéfico cambio que ha sufrido el mundo humano jamás y lo único que tuvimos que hacer fue ser nosotros mismos.

Una verdadera educación científica de toda la sociedad es imposible, para empezar, porque no existe tal cosa como el científico todólogo que pueda hacerla de maestro mundial. Todos los científicos son especialistas a tal grado de finura que, por así decir, entre un químico electroanalítico y otro podrían no entenderse nunca porque uno se dedica a la formación de sistemas que permitan cuantificar electroquímicamente la concentración de dopamina en una muestra dada, mientras que el otro intenta perfeccionar métodos de electrodeposición para sintetizar catalizadores para celdas de combustible. Los resultados de sus investigaciones se harán más o menos conocidos dependiendo de las instituciones que les den los fondos y de las revistas que los publiquen. Ninguno de los comités a cargo de las revistas prestigiosas de divulgación científica tiene representantes de todas las especialidades, ni tiene por qué esperarse de ellos cosa tan descabellada, que sería como esperar de un vivero que contenga cuando menos un espécimen de cada distinto vegetal sobre la Tierra1. Y todo esto no es demasiado escandaloso porque tampoco es posible que todas las personas sean férreas defensoras de la verdad sin asegunes, en todas sus formas, feas o hermosas, finas o gruesas. Francamente, a pocos les interesa. La ciencia suele interesar por sus efectos, por los resultados que porta2. La resistencia del material del que está hecho el puente kilométrico no importa a prácticamente ninguno de los que lo cruzan más de lo que les importa que el puente esté ahí para ahorrarles la vuelta, esté hecho de concreto, madera o cristales de nitrato de uranilo. A la mayoría de las personas les daría igual si la Tierra girara al rededor del Sol o si fuera viceversa, si todo lo demás en sus días fuera igual. Ésa es la vida real de la mayoría de nosotros los ilustrados contemporáneos.

Con todo, últimamente ha estado dando vueltas la noticia de la existencia de los Flat-Earthers. Entre la sorpresa, la incredulidad y el escarnio de todos los demás, se trata de un grupo considerablemente numeroso de personas, especialmente en Inglaterra y Estados Unidos, que dedican sus esfuerzos a contravenir la doctrina de que la Tierra es redonda y a sostener que más bien es plana. No son una sociedad nueva, pero últimamente han estado llamando la atención por su incremento (de hecho hay varios de estos grupos más o menos serios, pero por ahora consideremos solamente la Flat Earth Society como representante del resto). Las redes sociales han ayudado mucho a compartir su discurso, entre los que lo creen y los que lo toman a guasa. En una convención recién celebrada este noviembre, miles de personas asistieron gustosas a conocer a sus congéneres y a disfrutar conferencias acerca de las implicaciones lógicas y prácticas de que la Tierra sea plana. Y créanme, ellos son en verdad más ilustrados que los ilustrados contemporáneos. El mismo valor que se admira en Galileo es necesario para decirle al mundo entero, con todo y sus agencias de exploración espacial y su tradición educativa centenaria, que están equivocados quienes suponen que la Tierra es redonda. La agrupación se presenta con la intención de fomentar el pensamiento crítico, de negar el dogma que no ha sido probado y de confiar en las capacidades propias para realizar razonamientos científicos antes de acceder a ninguna conclusión. Y esto no es cosa ligera: ¿qué fuerza puede tener la tradición, por más que sea centenaria, si es irreflexiva, contra un instante de visión en ojos propios para contemplar la verdad? (Que no se diga que es imposible para un ilustrado ponerse romántico). Las consideraciones de este grupo son, a su propia vista, muy serias y comprensiblemente mal recibidas por la mayoría de las personas; después de todo, esa mayoría es la que está educada desde la niñez para repetir doctrinas que no entiende. Argumentan tanto positiva cuanto negativamente. Los sentidos, dicen, son nuestra primera aproximación al mundo y su verdad, y nunca ha de desconfiarse de ellos si no se presenta antes una razón para ello tan convincente que no deje ninguna duda; el peso de la comprobación recae en los que nos quieren convencer de que no vemos lo que vemos, no al revés. Y si uno se fija bien, toda observación personal que se haga, siguen diciendo, del horizonte o de la perspectiva al escalar una montaña, nos mostrará sin reservas que no hay ninguna curvatura a todo lo largo del mapa que no sea solamente un accidente geográfico. Los experimentos que proponen trazar una recta de la visión para después corroborarla a lo lejos o a lo cerca usan telescopios, boyas, faros, observaciones del mar y movimientos de banderas o velas de barcos; y éstos siempre concluyen que no podría ser redonda la Tierra, pues de lo contrario la visión se perdería allá donde no se pierde: la recta de la visión coincide siempre en el punto de la observación independientemente de la lejanía o cercanía de los objetos hallados en una recta correspondiente a la planicie terráquea, por más alejado que esté el horizonte. ¿Y las fotos de los astronautas, los estudios astronómicos, los cálculos de aviación o de predicción meteorológica? La respuesta que dan los planitérreos es que algunas de estas cosas son resultado de la propaganda política y otros de coincidencias que pueden ocurrir lo mismo para una Tierra redonda que para una plana. La cereza del pastel retórico es esta consideración de aire conciliatorio: ellos dicen que la doctrina de la Tierra redonda no es un intento malintencionado para engañar a la población (¿qué se ganaría con ello?); lo que en realidad pasa es que las grandes fuerzas políticas que apoyan el dogma creen que la Tierra es redonda pero, aunque no tengan los medios para comprobarlo, fingen que lo han hecho porque lo que les interesa en realidad es un discurso internacional fuerte, cuya raíz fue la carrera de expansión que en la Guerra Fría libraron EEUU y la URSS y cuyas ramitas son todas las querellas políticas entre potencias mundiales de hoy.

Los experimentos que aquí refiero, lectores, son todos derivados de los que dio cuenta Samuel Birley Rowbotham3. Apenas uno considera que todos son el mismo experimento, nomás maquillado por acá o por allá, y que en él se cae en la tremebunda omisión de las distancias continentales, queda todo su fondo demostrativo sin un gramo de crédito. Y leer la explicación que los planitérreos ofrecen de las observaciones de la gravedad es apenas un paso menos irrisorio que escuchar a algún compañero pedestre explicar la teoría de las supercuerdas. Sin embargo, eso no es lo importante. Es un deleite observar que en tantas personas sobrevive tan vivo el fuego ilustrado de la divulgación científica y el desafío a las convenciones, que están dispuestos a poner a prueba con todo el rigor del que son capaces, la que muchos propondrían como la más ridícula de las nociones en la ciencia natural. No son intransigentes ni absurdos, al contrario, actúan con mucha congruencia. A menos de padecer de una mente poco reflexiva, de golpe caerá uno en la cuenta (apenas se pase la risa), de que la mayoría de los que desprecian a la Flat Earth Society de hecho no podría demostrar matemáticamente ni el movimiento de la Tierra al rededor del Sol, ni la necesidad de su forma ovoidal para que la intensidad de su campo gravitatorio acelere 9.81 metros sobre segundo al cuadrado los objetos a ella sometidos4. Podrá la vida llana alejarnos de las verdades del universo, pero la tendencia naturalmente humana a conocer no dejará de aparecer en nuestras sociedades, por más que las contradicciones en las que vivimos parezcan haberla sofocado por entero. ¿Y no son una lúcida, brillante muestra ellos que en pleno siglo XXI defienden que la Tierra es plana? ¿Importa si están bien o no?5 ¡Celebremos que nuestra educación aún puede rendir estos frutos! Y es que con éstos que han aprendido todo lo importante del furor por el mejoramiento de la humanidad y el reparto de mercedes a su género, ¿quiénes dirán entonces, hombres de poca fe, que la Ilustración no ha sido todo un éxito?


1 Eso por no mencionar que aquello de la rutina, grilla y burocracia de la profesión científica domina aquí con máxima fuerza.

2 No es gratuito tampoco que usemos como usamos la palabra ‹importar›, con la idea de que si nos interesa es porque nos da algo que viene de fuera.

3 Parallax, Earth Not A Globe, 3ª edición de 1881. Más exactamente dicho, muchos son derivados de estos experimentos, pero varios razonamientos que ofrecen tienen también otras rutas, algunas más antiguas.

4 Con más exactitud, son 9.80665 m/s2, al nivel del mar.

5 «La ilustración estaba destinada a convertirse en ilustración universal. Parecía que la diferencia de dotes naturales no tenía la importancia que le había adscrito la tradición; el método probó ser el gran igualador de mentes naturalmente desiguales» y «La nueva ciencia política pone en preeminencia las observaciones que pueden hacerse con la máxima frecuencia, y por lo tanto, por personas con las capacidades más mediocres. De este modo culmina frecuentemente en observaciones hechas por personas que no son inteligentes sobre personas que no son inteligentes». Leo Strauss en Liberal Education and Responsability y An Epilogue, respectivamente.

La rana, la Parca y dos mil cuentos más

Líneas

Poema

Letras

Sílabas

Cuentas varias

1

Es un juego ambiguo el cantar de la rana,

32

12

2

de un lado se cuenta; del otro, también.

30

11

3

Pero unos son cuentos, las otras son cuentas:

36

12

4

se cuentan las letras que lleva uno escritas

37

12

5

y se les refiere en el mismo poema,

27

12

6

o bien si se quiere, se cuentan palabras

32

12

7

(aquí, por ejemplo, van cincuenta y seis).

31

11

56 palabras (líneas 1-7)

8

Y ya es otra cosa el contar de los cuentos,

33

12

9

como si uno fuera a contar que una rana

31

12

10

saltó al viejo estanque y regó alrededor

34

12

11

sus aguas, que un día durmieron tranquilas,

35

12

12

en jaras brillantes, ya esquirlas de paz

33

11

13

perdida, empapada, estrellada; y la rana

32

12

14

sembró olas nuevas en vieja quietud

30

11

15

(aquí ya llevamos cien, diez y seis más

30

11

116 palabras (líneas 1-15)

16

y contando letras: quinientas y quince).

32

12

515 letras (líneas 1-16)

17

O puede cantarse, tal vez, en haikú

27

11

18

y todo contarse de muchas maneras

28

12

19

ya que hasta lo ambiguo es ambiguo en la rana

36

12

20

(¿será por anfibio?) como estas tres líneas:

33

12

 

 

21

Antiguo estanque.

15

5

22

Rana de cuatro letras…

18

7

23

¡Zas! Diecinueve.

13

5

 

 

24

Nos faltan onomatopeyas de agua.

27

12

25

Estoy divagando, regreso al conteo,

29

12

26

al cuento y al juego que es muchos juegos

33

12

27

pues tiene además una calaverita

28

12

28

de letras macabras y embrujos rimados

32

12

29

que pueden sumar cuatrocientas cuarenta:

35

12

 

 

30

Las aguas gozaban de un hondo tinaco

30

12

31

confiando que nunca habrá quien les demulce

37

12

32

o insulte su calma, la ofusque o la fulce;

32

12

33

pero se olvidaban del ser más bellaco.

31

12

34

Detrás de los setos, por la margarita,

30

12

35

la rana fraguaba su plan: «no serán

27

11

36

por mucho felices, ¿qué, creen que sin pan

32

11

37

pueden presumirle a quien lo necesita?

32

12

38

Mi sed y mi hambre no habrán sido en vano

32

12

39

si ahora me ayuda mi amiga Maruja».

27

12

40

Pues ése fue el nombre que diole el lejano

34

12

41

verdugo, la Parca, fingiendo, el granuja.

32

12

42

La rana posó entonces sobre su mano

29

12

43

y de ahí ésta dio un salto: envidia y burbuja.

35

12

440 letras (líneas 30-43)

 

 

44

Pero contar letras no tiene gran chiste

33

12

45

si el número no es autorreferencial

30

11

46

como que estas letras nos dan treinta y seis,

36

11

47

o que nuestras sílabas son sólo doce,

30

12

48

que aquí no son cinco; y aquí: nomás tres,

31

11

49

y el cuento refiere a sí mismo también

31

11

50

diciendo que el paso es a veces de doce

31

12

51

y a veces de once cuando cierra así

28

11

52

(arriba se cambia pa’ que entre el haikú),

31

11

53

y que ya llevamos cincuenta y tres líneas

34

12

54

saltando la rana por sabia o por necia

31

12

55

con la consonante rimando muy poco,

29

12

56

más bien asonando con mucha frecuencia,

33

12

57

con tal de que habiendo contado las letras

35

12

58

nos den en su suma dos mil, ni una más,

26

11

59

y cuenten sesenta con cinco las líneas,

33

12

60

en sílabas: veinticuatro treintaiunos,

33

12

61

sumando además a un juego los otros,

29

12

62

echando clavados, goteando a los lados

32

12

63

contando de cómo se hace contar

26

11

64

de cuentas, de cuentos, de parcas, de brujas

34

12

65

y de un viejo estanque al que hay que saltar.

35

11

2000 letras, 744 sílabas (líneas 1-65)