Haciendo sonar un ruido

Leyendo las muchas traducciones que nos compartió aquí Námaste Heptákis sobre el haiku de Matsuo Basho, me quedé con ganas de escuchar alguno en el que el agua brincara y salpicara más, como la rana; así que aquí les comparto el que me imaginé.

Ah, antiguo estanque,

una rana se echa un chapuzón:

¡chapoteo de agua!

El hombre que perdió el sueño

Les contaré la historia de Segismundo Febrija y su extraño accidente. Pintar su retrato no es cosa tan complicada: moreno y enjuto, alto sin exagerar, de un pelo muy negro que, si pudiera, seguro suspiraría de melancolía recordando cuan tupido llegó a ser. El hombre era en toda apariencia una persona común y corriente, de ésas que hablan sobre el estrés del trabajo y las bendiciones de la añorada familia; que viven en una casa que no terminarán de pagar con el sueldo del empleo al que se entregaron para tener esa casa; que prefieren vestir discretamente más por temor a llamar la atención que por algún sentido del recato. En fin, era Segismundo tan merecedor de atención para el viandante como la posición de Marte en el firmamento. Entre tanto lugar común que basta para imaginarlo, era casi cosa de admirarse que no sufriera insomnio. Sin embargo era verdad. Nunca quedó Segismundo, antes de su accidente, sin dormir profundamente. Mucho más sería más cierto: dormía abismalmente.

La realidad es que Segismundo pasaba noches formidables. Después de su divorcio no hubo quien lo mirara dormir, quien atestiguara los trances en los que uno juraría que su cuerpo era de yeso, o cuando aullaba y pataleaba como quien se ahoga con bocanadas del humo caliente de un incendio, o cuando tensaba las mandíbulas aferradas a la almohada hasta que le amanecía en un destejedero algodonado que parecía nevada doméstica. Junto a la cama lo aguardaban una toalla y un tazón con agua listos para devolverle el alma. Todas las tardes, toalla limpia y tazón relleno. Y si hacía esfuerzos por no dormir en nada le aprovechaban, pues ni cuenta se daba cuando ya había naufragado su vigilia. Su sopor era pesado como el de un recién nacido. Tan grave llegó a ser su malestar que el pobre acabó por declararle la guerra a los sueños.

Segismundo siempre se acordaba de todo lo que soñaba. Nunca pensó que sus descripciones tuvieran interés para nadie, pero hubieran arrancado exclamaciones por aquí y por allá. Primero los llamaba pesadillas, después creyó más apropiado decirles terrores nocturnos. Finalmente se quedó sin saber ni qué decir, más allá de sugerirles a los preguntones que no había dormido bien. Y de que el descanso refrescaba sus miembros no había duda, pero no así sentía tranquila la mente de tener en la memoria tan espantosas visiones. Cada que dormía, miraba de cerca todo lo que más odiaba, de miles de formas, monstruosas, imposibles, de tamaños cambiantes y de lógica innatural, se le fugaba el orden en infiernos de fragantes azufres y se le iban de las manos sus acciones sin poder detenerse, se le secaban los gritos, se le desolaba el mundo y todo le parecía haber perdido el sentido para siempre y sin remedio. Despertaba y era otro. Todas las mañanas sentía que era otro, después de estos espeluznantes episodios. Tanto miedo le daban las imágenes que le desfilaban de madrugada, que temía desde la puesta del Sol hasta el dulzor con el que la visión cansada empieza a quedar atrapada en brevedades que la detienen. Por eso le declaró la guerra a los sueños y empezó a buscar formas de terminar con ellos, costara lo que costara.

Su primera embestida estratégica fue un sitio con tés, según sé. Y los probó todos: orientales, occidentales, boreales y de donde fueran, siempre que le prometieran un sueño sin visiones. Fracasaron uno tras otro. Se batían contra las puertas del fuerte enemigo pero se desbarataban. Y Segismundo terminaba soñando tan clara y aborreciblemente como cuando más. Pero cada derrota avivaba su rabia. Segismundo había declarado la guerra y marcharía hasta la victoria o la muerte. Cuando vio que los tés no le servían, comenzó a estudiar sus naturalezas y sus efectos, las relaciones entre ellos, las leyendas, los rumores. Consiguió desde libros de botánica hasta escritos de los chamanes que protegen los secretos del Amazonas. Dominó toda variedad de procedimientos y brebajes. Logró reproducir humores ancestrales que dotaban a la noche de toda suerte de colores. Y siempre soñaba. Todo esto tomó años, y nadie a su rededor se percató más que de una imprecisa extrañeza en su trato. En su cocina, pimienta, sal y especias fueron reemplazadas por pasiflora, valeriana y barbitúricos; su sartén quedó hasta abajo de la pila del desuso, mientras sobre la estufa estaba siempre un caldero; los platos casi no se usaban, más eran las tapas de distinto grosor, las ollas con y sin boquilla, los molcajetes y pistilos. El lugar se tornó laboratorio de alquimista, para acabar pronto. Pasado un tiempo consiguió remedios medicinales más potentes. Compró pastillas, fermentos, diversos químicos catalizadores o inhibidores, y combinaciones de todo ello en menjurjes preparados. Aun así, el resultado era el mismo: con o sin dolor de estómago, pero sus sueños lo esperaban todas las noches. Pronto, a su creciente investigación se unieron también ejercicios de meditación, rutinas respiratorias, prácticas de cansancio, etcétera. Todo lo intentó. Y todo, aunque no contribuyera ni un poco a su objetivo, lo iba registrando en un cuadernito. El cuaderno empezó siendo una suerte de recetario para su herbolario interior recién puesto en libertad; pero para cuando la guerra de Segismundo contaba ya diez años, era este texto el grimorio de un hechicero experto en las artes de Hypnos.

La guerra de Segismundo no cejó. Si acaso, el constante encuentro con sus hondos terrores le templó el ánimo hasta que nada pudiera sesgarlo. Se volvió una suerte de caudillo nocturno, de fantasma del campo de batalla que noche a noche recrea la lucha siendo siempre vencido con la frente en alto. Y por fin, una tarde que se le iba en registrar sus investigaciones en el grimorio, algo lo inspiró. No se sabe con seguridad qué entendió, así que nos quedamos solamente con sospechas. El hecho es que velozmente bajó a su laboratorio a confeccionar la más impresionante poción de la que jamás se ha tenido noticia. Los ingredientes se vertieron por cientos, todos incorporados en proporciones finísimamente medidas. Los tratamientos duraron varios días. La factura fue sobrehumana. El propósito de todo era aguzar los sentidos, restaurarlos, y en suma, extenderlos sin fin previsible. Y eso logró Segismundo Febrija: su visión, su oído, su olfato, su gusto y su tacto sufrieron tal alteración, que no podría exponerse con razones sin entregarse al escepticismo de los entendidos. Y sin embargo, funcionó. La bebió como mira un general la ciudad del enemigo derrumbarse. Nunca más volvió a dormir. No volvió a sentir el cansancio de la sensibilidad. Se mantuvo en una actividad constante, perenne, por días sin fin. Con mucha literalidad quedaron sus días sin fin, pues más bien se le tornó el tiempo en una sola constancia indisoluble. Ése fue el accidente del alquimista Febrija: ganó la guerra contra el sueño. El primer síntoma de su transformación fue la mudez. Después de un mes, había perdido por completo la razón y comenzó a notarse que su piel se endurecía. Nadie volvió a verlo en el trabajo, ni caminando cerca de su casa. Lo último que hizo fue meter los pies en la tierra de su jardín y desvanecerse. Cuando se dieron cuenta de lo que le había sucedido, ya era demasiado tarde. Segismundo Febrija ya había florecido con la primavera y pronto, si el clima lo favorecía, daría fruto.

El vendaval (tres intentos)

Versión 1: prosa poética

Sufrió la voz tantos años el vendaval de matanza y tormento, martirio y tristeza, masacre y tortura, que los nombres se le fueron desgastando; hasta que llegó el tiempo en que el terregal que se levantaba era lo mismo polvo de huesos que de palabras.

 

Versión 2: soneto

El vendaval de matanza y tormento,
truena su fuerza, y nubla los ojos,
ciñe la voz, traga ruina y despojos
de la que fuera ciudad y ahora es cuento.
El vendaval de masacre y tortura,
ha desgastado los nombres, las formas,
ha resecado ley, hábito y norma
con la insistencia de furia y locura.
Bárbaros montan grotescos altares
con los que veneran al cruel vendaval,
bailan de gozo al mirar que los mares
se hinchan de rojo preñando con sal
tierras que fueran ayer manantiales,
y hoy son de hueso y de voz por igual.

 

Versión 3: verso libre

El cruel vendaval se ciñe a la voz:
furioso, la asalta, la embiste su trueno,
la truena en su estruendo. La voz le resiste
mas sigue en su asalto incansable que ruge
de lejos, de cerca, por dentro, por fuera,
y sigue, no agota, no suda, no llora,
día tras día,
año tras año,
tiempo tras tiempo.

El cruel vendaval se ciñe a la voz:
revienta tormenta que rompe y destroza,
es matanza y tormento, es martirio y tristeza,
es motín y traición, es masacre y tortura,
la gasta y desgasta, le quita la forma,
confunde la recta, la cuenta, la altura,
los nombres que fueron ciudades trastocan
en cuentos secretos de ocultos sentidos,
día tras día,
año tras año,
tiempo tras tiempo.

El cruel vendaval se ciñe a la voz:
debajo lo adoran las casas salvajes
de bárbaros mudos que erigen altares
grotescos, tiranos, de monstruos profanos
y bailan al ritmo del roce y desgaste,
obrado por sal con un filo constante,
en cantos, palabras, razones y nombres
que lloran la tierra reseca yaciente
debajo del cruel vendaval que levanta
innúmeras nubes del polvo asfixiante
formado con restos de hueso y de voz.

La música para el profano

«Pero en tu alma de verdad, poeta,
sean puro cristal risas y lágrimas;
sea tu corazón arca de amores,
vaso florido, sombra perfumada».

‒Antonio Machado.

La música lleva mucho tiempo ya de no ser entendida como ‹sacra y profana›. No sólo eso, cada vez es menos común quien pueda expresarla como ‹culta y popular› sin ser tenido por pedante. No es de sorprender, pues somos generaciones profanas. Dos son las imágenes que me parecen encarnar la palabra «profano». Una es el exterior del templo rodeado por los tesoros que le fueron saqueados; la otra es la del lego, especialmente si es al que le falta tanto aprendizaje cuanto ganas de aprender. De este lado están los ignorantes, siempre listos a correr con mínima provocación a donde indique el experto y, una vez allá, al por éste señalado revestirlo de adulaciones o embestirlo hasta quebrarlo; del otro lado tal experto, el erudito, quien con vena antropológica de la más alta filantropía organiza excavaciones al interior de tumbas antiguas y templos antes venerados, de los que extrae todo el oro y, espléndido en su ánimo de divulgar, lo pone en circulación como moneda. «¡A dar en tierra con los cantos sacros!: antes proclamaban inspirar el entusiasmo ante el misterio, hoy aburren». «¡A dar en tierra con la música culta!: lejos de hacer eco de las grandezas posibles del ánimo humano, prodiga el mensaje de un odioso clasismo que desdeña temas simples, penas corrientes y deseos pedestres». Ambas son profesiones de profanidad. Hoy, como un niño al que sus padres distraen con juguetes, dulces y aparatos coloridos para que deje de atosigarlos en su aburrimiento; así escuchamos nosotros nuestra música.

Esta profanidad es «no estar abierto al mundo», escuché alguna vez. Sin dar por un buen tiempo con la fuente de algo tan serio, de esta idea solamente me hacía de una imagen vaga. Pensaba yo en un individuo con aquellas cerrazones del testarudo que jamás aceptará nada sino lo que él crea que se le ocurrió a él solito. Una obstinación tal, esta cerrazón al mundo, que no le dejara probar su gusto de otras expresiones, su deleite con sonatas u óperas por ejemplo, o su posible sorpresa ante una obra sinfónica o una pieza tradicional del oriente. «De lejos habrá decidido lo que le digusta sin siquiera conocerle», decía de éste. Pero no caía yo en cuenta de que esta imagen no es menos profana que el terco al que acusa. El error fue concebir al que está abierto al mundo como un individuo bien dispuesto a dejarse mover por lo que está afuera. Probar si a uno le gusta Beethoven tiene lo mismo de sagrado que bailar quebradita por primera vez; o dicho de otro modo, cultos hay que oyen lo mismo a Bach, a Prokofiev o a Iannis Xenakis. Y la razón es que un individuo siempre está cerrado, esté o no bien dispuesto a meter lo exterior. Está cerrado precisamente por ser individuo, o «sujeto individido» si se prefiere. El que se concibe individuo se piensa completo, cree que nada puede dársele que no sea él mismo en cuanto se haga de ello. El que se concibe individuo sólo puede verse a sí mismo en la música que escucha, y por eso, la música no puede ser nada más que materia de gusto: el gusto es la potestad únicamente individual. Es precisamente el individuo el que oye a Bach desde fuera, sea lego o erudito, creyendo como lo hace que todos estamos afuera de todos los demás. El lego dirá que «ese tipo de música» no es lo suyo, mientras que el erudito explicará que Bach creía en un dios cuya perfección alababa la música que él imperfectamente componía. Y que digan estas cosas no es de sorprender, pues somos generaciones profanas.

A las generaciones profanas nada maravilla. La maravilla está en el umbral de la apertura a la que las palabras que malentendí se referían. Si imaginamos un templo, lo más probable es que pensemos en un edificio suntuoso de altos y sólidos muros; nos es difícil evocar un templo sin paredes. La idea del templo cerrado con nosotros fuera, su interior lleno de reliquias, íconos y tesoros enjoyados guardados en solemne silencio, delata nuestra atrofia. El que tiene al templo por sagrado sabe que su sitio en la tierra es un símbolo, y que el templo está siempre abierto. Ése es el que está abierto al mundo y a la maravilla. La música en particular y la poesía en general pueden aún tocarnos en esta profundidad misteriosa, si acaso rara vez, aunque por legos o por eruditos seamos ineptos para hablar de ello. No por poco ha despertado las más extrañas descripciones: Josef Pieper, por ejemplo, habla de «una guía hacia el bien por cuya gracia nuestro anhelo existencial interior encuentra realización»; John White refiere a una sabiduría «más profunda que el conocimiento, una que habla sobre otra clase de inmortalidad»; Kurt Riezler menciona la «vida, y no una que ocurre tan sólo en algunos lugares de un mundo sin vida, movimiento vivo, el contrapunto del ser y el devenir en una sola canción»; Antonio Machado escribe «Y en toda el alma hay una sola fiesta, tú lo sabrás, Amor, sombra florida»; y Platón sugiere en voz de Sócrates un alma que debe cuidarse siempre de no profanarse en las aguas del río del olvido. La obsesión profana del individuo olvida el mundo como una clase de Narciso. Por otra parte, el que está abierto al mundo es quien no es solamente él mismo. Obviamente esto causa ora estupor, ora asombro, ora terror. Esto maravilla. A diferencia del profano, quien tiene al templo por sagrado sabe que sus tesoros no pueden saquearse. El que saquea una tumba primero ha de profanarla: no puede robar la maravilla, tan sólo hurtar el oro y fundirlo para venderlo luego en el mercado negro. Para él un ícono no simboliza nada, por las mismas razones por las que en la música no hay ningún peligro y en su banalidad no puede sospechar ningún barato autoengaño. ¿Cómo podría tocarlo la canción más allá del cosquilleo de su humor? ¿Cómo podría ser conmovido por la verdad de la poesía?

Permítame el lector evocar una imagen más. Alcibíades fue acusado de mutilar las imágenes de Hermes en Atenas. Esta denuncia fue escandalosa y severa; tanto, que terminó con una condena de muerte a la que el acusado escapó. El que entienda que este cargo fue por daño a propiedad ajena no entiende nada. El que explique, sintiéndose más aguzado que aquél, que los atenienses tenían la creencia de que les acaecería mala suerte por culpa de las transgresiones del aristócrata, entiende lo mismo. Alcibíades no encontró a su verdugo en Atenas. Murió en el exilio, cremado por el fuego de la casa en llamas de la que escapaba cuando fue atravesado por flechas enemigas. ¡Qué imagen del profano! El encierro en el exilio contra la apertura del templo. Uno está confinado a los muros de lo que siempre es extranjero, el otro tiene en todo el mundo su casa. Para el individuo la «vida interior» significa una verdad personal, un secreto que nadie puede ver, incomunicable. Para él el alma está cerrada y no tiene nada más que ella y sus fantasmas. Para él, lo más sagrado que puede haber es siempre invento suyo. Si el mundo está afuera, no lo sabe más que por los ecos que éste hace en las paredes de su celda. Sócrates, a quien tanto se culpó de la perversión de Alcibíades, habló una vez del alma humana proponiendo que dentro del hombre que se mira hay un monstruo de numerosas cabezas pegado a un león pegado a un hombre. ¿Y no tendrá este hombre también dentro un monstruo y un león y un hombre? Esta alma, si bien es tan sólo «un modelo de palabras que más fácilmente que la arcilla se modelan», tiene dentro de sí una multitud de almas. Está abierta porque no es solamente ella, es el mundo, por decirlo así («el alma es, en cierto modo, todas las cosas»). El mismo Sócrates dijo a Alcibíades que nuestro rostro se refleja en la mirada del otro. Para Alcibíades, el profano, esto no es sino obviedad superficial. El profano no acepta la verdad de la totalidad, por eso mutila las imágenes. Lo mismo mutila su música: sus diferencias no son sino distinciones de género, rupturas que obedecen a la variedad del gusto. La música podrá entibiarnos o hacernos arder, podrá todo lo que está en medio y tal vez más, mientras estemos encerrados; pero sin tenerla por sagrada nunca podremos maravillarnos, «vueltos ya de espaldas a la vida», nunca escucharemos en ella algo que nos sugiera que nosotros no somos solamente nosotros.

Camaleón

Fue tan hipócrita mientras vivió, que al morir hubo que enterrarlo en varios cementerios.

Ciudad partida

Partieron de la democrática idea, los recién revolucionados, de pensar que por fin podía decirse lo que se pensaba y debatirse lo que se defendía. Se agruparon tras los discursos y se ofrecieron razones a caudales. Cuando Porfirio Díaz acababa de dejar el poder en el México del joven siglo XX, se vivió un momento de inusitada apertura. Los grupos con diferentes intereses y posturas políticas empezaron a aparecer por montones. Durante el poquito tiempo que Madero presidió al país, muchas diferentes corrientes además de la que ejecutaba el poder se hicieron sentir hasta que pareciera que todos los que contaran con una opinión podrían ofrecerla a la consideración seria de sus conciudadanos. Públicamente, estas corrientes se proclamaron como distintas convicciones al respecto del mejor modo de gobernar y de la mejor vida a la que aspirar: el Constitucional Progresista, el Colectivo Nacional, el Popular Evolucionista, el Liberal Rojo, etcétera. Estos proyectos políticos pretendieron ser partes de una comunidad política que dialogara, deliberara y tras la confrontación, eligiera qué conviene más hacer. De ahí que a éstos y a los que les siguen se les llame partidos políticos.

La democracia no reconoce el mérito de los hados sobre el mérito de la elección, ni el de la casta o abolengo sobre el de la voz o el acuerdo, ni mucho menos el de la hacienda sobre el de la ley. En comparación con otras formas de gobierno, en la democracia la elección radica en una mayor cantidad y diversidad de personas. Por ello, su vida política es efervescente y también por ello, la comunidad democrática está necesariamente partida. Antes de la alarma del sensacionalista: no todo lo partido está en guerra consigo mismo. El lenguaje español es brillante en este punto: las partes que son comunes se comparten, y se participa en cualquier conjunto del que se es una parte. Esta cercanía de las partes que somos, nos permite con-sentir la existencia del otro, sentir compasión, imaginar su dolor y su placer: nos permite amistarnos. La comunidad democrática vive la amistad a través de la palabra que comunica sus partes. Así, los partidos políticos pretenden, en principio, asentar la amistad posible entre la diversidad de la palabra. Diversidad que no es variedad por el placer de lo distinto, ni por la emoción del capricho; sino más bien diversidad en que se admite la dificultad de hacernos bien. A través de este ejercicio del debate y la búsqueda seria de la expresión clara de convicciones políticas, llega a unir a la comunidad, si no otra cosa, la elección de tal unión en la búsqueda. La comunidad partida está de acuerdo en que todos sus miembros pueden ejercer su voz buscando la mejor vida. Inclusive en una comunidad de tamaños inconcebibles, la representación ministerial pretende (insisto, en principio), reconocer la voz de cada miembro y con ello, permitir el ejercicio libre de la ciudadanía.

La voz sin significado es otra cosa, no voz. El discurso sin razón es también otra cosa. Ambos son usos perversos de la palabra. El hombre no puede ser cualquier cosa y no puede hablar bien de cualquier modo tampoco. La confusión de la razón provoca fracturas a lo largo de todo el tronco político, lo va secando y debilitando. El discurso se obscurece. En una democracia así obscurecida, la natural turbulencia se torna ciclón. En este blog lo ha leído el lector, de varias voces además de la mía: la política se nos ha vuelto tiránica y el gobierno degenera en administración de la violencia. No es escándalo (aunque sí merezca alarma), sino llamado: hace falta sentido, hace falta razón. Y se nota: una democracia cuyos ciudadanos eligen a sus ministros sin deliberación, cuyos comicios son comedia, cuyos debates no tienen pies ni cabeza, cuyos partidos están convencidos de mucho pero nunca de convicciones políticas; una democracia así, es otra cosa. No sé si en el pasado, cuando el ánimo de libertad abrazó a los recién revolucionados, los partidos políticos fueron diferentes; pero sé que nuestros partidos políticos no tienen dirección ni programas para un orden que busque el bien. Sé que son grandes negocios y que a sus miembros no les interesa la ley sino por cuanto no caiga pena sobre ellos. Sé que no tenemos candidatos a ministros que entiendan su papel; que cuando discurren no dialogan y que no lo hacen ni cuando dicen dialogar; que declaran estar en guerra unos contra otros, y que se nombran ganadores al recibir la corona del más alto porcentaje, como si fuera éste un premio personal; y que se ufanan de pisotear al que llaman vencido con plena ostentación de su violencia. Y quienes a ningún puesto aspiramos, de todos modos seguimos el mismo juego ya en la acedia, ya en la desidia, ya en la indignación. Nada puede defenderse cuando no se piensa nada. Ningún deseo es justificable en la mudez (que no es lo mismo que silencio). Vemos la representación de la guerra y mantenemos el simulacro si descuidamos la palabra. Y eso pasa diario, pero aun más conspicuo es durante las campañas de los «políticos» de los partidos en sus promesas, sus actos y muy importantemente, en sus apelaciones a lo que saben que quiere quien los oye. Los partidos políticos no están poblados de gente superior (eso sería antidemocrático), sino de gente común y corriente. El deseo que atrae a sus partidarios es igual de común y corriente: el deseo de poder. Pero no pueden conservarse al mismo tiempo la ciudadanía y la voracidad por el poder. El orden sin idea del bien, la agitada vida pública sin verdad, la normalización de la mentira en el discurso, la seguridad y la hábil administración de los recursos en la censura y la opresión, no apaciguan la violencia; ésta sigue de cerca hasta al conformista y al obediente. Por ello estamos partidos. Toda democracia lo está; pero nuestra fractura es la que separa a los enemigos. No hay peor mal para la comunidad que la enemistad. La barbarie arruina la ciudad: empieza hendiendo una fractura, pero tarde o temprano, la parte.

La ruina del progreso

Los que descubrieron las ruinas del complejo fueron celebrados en el pueblo, y el recuento de lo que allí se había encontrado pronto pasó a ser parte de la memoria viva. De lugares como éste sólo se sabía por menciones dispersas en algunos documentos, o por historias heredadas. Ahora podían recorrerlo y ponerse en el sitio mismo, como si participaran de una jornada en el lugar. «Alguna vez ‒explicaba con aire orgulloso el conocedor del pasado‒ edificaciones como ésta agrupaban personas que ocupaban sus días en tareas sin fin. No sabemos bien por qué. Pero parece que eran muchísimos y había que meterlos a algún lado, probablemente para que ni murieran de letargo ni se alebrestaran demasiado». Una muchacha que escuchaba con la curiosidad desbordándosele preguntó «¿qué clase de tareas?». Pasaron entre los cuerpos momificados separados por sombras en el piso, que habían pertenecido alguna vez a particiones que, según daba de verse, dividían a esos cautivos en cubículos. Muchos de ellos aún tenían restos de tela mezclados con lo que alguna vez fue piel y aunque ningún asiento o soporte se había conservado completo, algunos cuerpos delataban la posición en la que habían hallado el fin. La chica notó que uno tenía las trazas en el pecho de lo que seguramente fue una corbata. «La mitad de sus tareas ‒fue la respuesta del hombre‒, consistía en inventar nuevos procedimientos con abundantes pasos, no se sabe con seguridad para conseguir qué. La otra mitad consistía en seguirlos y velar por el apego a los procedimientos». Ella lo miró. Le hizo saber que no estaba satisfecha. No tenía sentido para ella. Trató de contrarrestar la falta de la curiosa participante: «Pensaban diferente. ‒Pensó un poco antes de continuar‒. Mira, si tú tienes que lograr algo, te inventas los pasos para conseguirlo ¿no? Ellos hacían algo así, nomás que al revés: tenían que seguir ciertos pasos, entonces se inventaban el objetivo». «Pero ¿por qué tenían que…». El guía sabía que no había manera de explicar lo que la muchacha quería entender. No había muchas razones que ofrecer. Se esforzó de todos modos: «Quién sabe, tal vez creían que le debían gratitud a la máquina de archivo, el Sistema. Pues si éste les dictaba qué hacer, qué se podía y qué no, y de qué modos, ellos así tenían que hacerlo. ¡Si hasta para cambiar el modo de hacer las cosas tenían que hacerlo de cierto modo preestablecido!». La muchacha había venido porque algo en los vestigios de los últimos días de pueblos y ciudades la cautivaba. Ya había visto antes las ruinas de Pompeya, las de Tulum, las de Petra… pero nada se le parecían a esto: aquéllas sugerían propósitos. Caminaron así hasta llegar al pie de un arco muy grande sobre el cuál aún se leía en una lengua antigua «oficina del sindicato». El conocedor explicó los restos y objetos valiosos encontrados ahí, que se creía había sido el lugar más sagrado del edificio. Cerró subrayando que si eran tan importantes estas ruinas para dar testimonio del pasado era por la prodigiosa conservación en que se encontraban sus muchos ocupantes, que se habían mantenido ahí, todos en un mismo lugar. Al terminar esta exposición la muchacha preguntó «pero ¿cómo fue que se quedaron aquí hasta morir?». El conocedor sonrió. Ésa era una pregunta cuya respuesta sí estaba documentada y él podía darla con seguridad: «Se les cayó el Sistema».