Una de villanos

El sol se sonrojaba una vez más por abandonar a los viajeros, éstos, en sus caminos costumbristas, lo veían declinar tras las ventanas del autobús. Sus rostros aún permanecían pálidos, sus labios secos, y su corazón parecía el de un niño recién nacido. Con temor uno de los pasajeros volteó a ver a su vecino al mismo tiempo que le preguntaba: ‘¿Se encuentra usted bien?’, ‘sí, respondió éste, sólo un poco asustado’.

Ya van dos veces en este mes, indicó alguien al fondo de la unidad.

De esta manera, el asalto fue motivo de una gran charla entre todos esos desconocidos, que al parecer iban al mismo lugar, cada uno se fue enterando de la opinión de su compañero acerca de qué pensaba de la violencia actual, el papel del gobierno, así como de sus experiencias pasadas. Mientras esto ocurría, el camión llegó a un obscuro túnel que perdía a todos en las sombras.

Yo le iba a proponer –le dijo un hombre corpulento al hombrecillo de traje gris– que mientras yo amagaba al que se colocó delante de mí, usted hiciera lo mismo con el que se encontraba allá atrás, pero no contaba con que hubiera un tercero sentado entre nosotros. Habríamos sido héroes, pensó –pero olvidó decir: salvando a las demás personas. Mientras se decía esto, el último rayo de sol iluminó el borde de sus anteojos, pero pronto se apagó, devolviéndolo a la obscuridad.

Una mujer de aproximadamente cuarenta años, al escuchar lo anterior se santiguó y les dijo: -así es mejor, lo bueno es que no pasó nada, ¡ya ven a cuántos han matado por resistirse!, ¡lo bueno es que todos estamos bien! Y le vino el espantoso presentimiento de que sólo ella hubiera sido la asesinada.

Cuando llegaron a su destino, las luces de la ciudad estaban ya encendidas, y una suave brisa se llevó su falsa preocupación por los demás, pero al bajar cada uno se cuidaba del que había sido su acompañante en este último viaje, no  fuera a ser que un asaltante siguiera a cada uno.

Javel

La carta (primera parte)

Escribir una carta es una actividad actualmente infravalorada. Antes, según veo cartas de décadas pasadas y me cuentan las personas de varias décadas, era muy común escribir cartas, así como escoger el papel adecuado para hacerlo, pensar qué se iba a decir y cómo sería la mejor manera de expresarlo; según cuentan, algunas misivas eran perfumadas amorosamente. La escritura era casi un ritual, un momento especial cuando se confiaba en que las palabras llevarían algo de una a otra persona; no era difícil usar horas enteras en dicha actividad.
En la actualidad preferimos teclear. Aunque pudiera ser más cómodo escribir en computadora, celular, tablet, etc., parece que es una tortura, pues hasta tenemos contados los caracteres para escribir. Pero esto no hace conciso nuestro recuadro tecleado, sino que lo vuelve incompleto; lo escrito con prisa está pensado con prisa y no lo podemos evitar porque presurosamente exigen, al menos así creemos, nuestra respuesta. Nuestro vicio por el tecleo breve nos dificulta el escrito extenso, pues al extender la idea de los pocos caracteres la reiteramos sin explicarla (véanse los comentarios a los escritos del periódico colgados en la red). Si no atendemos pacientemente la explicación una idea, mucho menos nos detendremos a imaginar qué sentirán las personas al leernos; nuestras palabras son escritas y leídas sin mucha pasión o con confusas pasiones. La carta también podía sufrir las mismas presurosas carencias, pero los trazos y dobleces propios de aquélla podían expresar, quizá reforzado con lo escrito, subrepticias pasiones. ¿La tecnología nos condena a la inexpresividad? ¿No más bien nos altera incontrolablemente nuestras trémulas pasiones? ¿No estará escrito todo esto sin una gota de sangre?

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