Sueños de Guerra

Eran trazos largos, afilados y demasiado tristes los que pintaba esa crayola negra sobre la hoja de papel. Nadie creería que ese círculo dibujado representaba una cara sonriente. Era lo de menos lo que pensara la gente, tenía que hacer otros cien dibujos similares para que sus conciudadanos los vistieran a modo de máscara, para después ir a alistar los fusiles y las granadas. Todos estaban impacientes porque la revolución enmascarada comenzara.

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A lo Hipster

Cuando corro no pienso en nada, simplemente corro.

Así como cuando escribo, tampoco pienso en nada.

Norteado

Tal vez era algún tipo de maldición, nadie hubiera podido decirlo a ciencia cierta: frente a Enrique yacía un mono, un simio diminuto, como un mono araña. Tenía la vista perdida y cada uno de los pelos de su cara, cubiertos de hielo. Sus dientes parecían estar más filosos que el frío viento que cortaba la piel. Enrique se quedó atónito, horrorizado por la visión y perdido en los pequeños ojillos negros del animalito. El tiempo transcurrió y la muerte lo envolvió con escarcha convirtiéndolo en una estatua a mitad del Ártico.

La Siembra

Nadie sabe el verdadero secreto de la tierra: muy en el fondo, se esconde una antigua tribu de magos gnomos, cuyo oficio consiste en tomar las semillas que se siembran y transformarlas en legumbres y frutas de temporadas. La agricultura para ellos es, arte de magia.

Ego

—De verdad, escuché la voz de un hombre pidiendo ayuda en esa coladera.

—¿Y por qué no lo ayudaste?

—Pues porque no hay modo de salir de ahí, si lo hubiera…

—Buen punto.

Descuidado

La certidumbre lo asaltó a medio camino de su vuelo a Colombia. No había cerrado la llave del gas. Lo más seguro es que ya no tuviera un hogar a dónde volver cuando aterrizara.

Farol

“¡All in!” Gritó Justino con el pecho lleno de alegría. En su mano descansaban una jota y un diez de corazones que completaban la Flor que descansaba en todo su esplendor sobre la mesa. El ambiente era tenso, y los doscientos dieciséis mil dólares que había sobre la mesa eran suyos, absolutamente suyos. Su oponente lo miró y sin dudarlo, igualó la apuesta. En su mano solo tenía un lastimero par de reyes; sin embargo, sus hombres se encargarían de que Justino no dejara el Barrio Chino sin pagar una cuota de salida.