Retrato del amor moderno

 

Retrato del amor moderno

 

 

Still standing in the wind

But I never wave bye-bye

 

Hoy que tantos tienen tantas opiniones tan fundadas de sí mismos, que todo es fácilmente desmitologizable, que el autoconocimiento es un modo de autoproducción y la vida privada es mercancía. Hoy que lo público se puede abaratar tanto, que las ideas se confunden con las ideologías, que la responsabilidad y el progreso pautan la vida. Hoy que casi nadie conoce la intimidad. ¿Qué es hoy el amor? ¿Quién podría enseñárnoslo? No con afán de enseñanza, pero sí con la claridad con que muestra la poesía, es que Luis Antonio de Villena [Madrid, 1951] escribió Autorretrato ahora mismo.

 

 

Me encuentro más que viejo y muy cansado,

y no estoy ni en uno ni otro extremo.

Cierta melancolía —me lo temo—

ha de ser la causante de mi estado.

 

Vivo pero me escoro al otro lado,

y aunque a ratos en buen fervor me quemo

esperando un instante aún supremo,

siento que todo viene malogrado.

 

Sé que busco todavía un lucero,

de la belleza el sutil concierto,

y del sexo y los libros el sustento.

 

Pero el mundo no es nunca el que yo quiero.

Amor me tiene casi manco y tuerto.

Y es humo la amistad y desaliento.

 

Veamos primeramente al soneto en su figura. Cada estrofa se inscribe en una actividad intelectual diferente. La primera, por ejemplo, se forma en una dialéctica causal: juicio sobre lo que se percibe y búsqueda de la causa del fenómeno; por ello se forma de dos oraciones. La segunda, en cambio, parece una oración completa y es presentación de la vida. No hay pregunta por la causa, sino descripción del fenómeno. Entre encontrarse y vivir hay una diferencia importante: lo que uno sabe de sí mismo. De ahí que, más allá de la vida, la tercera estrofa ahonde en la sabiduría mostrando lo que sabe el personaje del poema. ¿Cómo se encadenan los tres saberes enunciados en el primer terceto? La sola figura no lo dice, así como tampoco lo dice la apariencia de la última estrofa: tres sentencias. ¿Cómo se pasa de la visión de la sabiduría a la expresión de un conocimiento en una sentencia? Por su figura, el soneto va de la inmediatez del encuentro a la concreción de los enunciados, mediando la vida y la sabiduría. Por su figura, el autorretrato es más que una mera producción y no sólo un acto introspectivo. Si el poema puede mostrarnos algo sobre el amor, sin duda lo hará haciéndonos evidente cómo hablamos de lo que creemos saber de nosotros mismos. El poema, a mi juicio, nos permitirá retratar al amor moderno. Veámoslo con calma.

         El verso inicial parece claro: el personaje se encuentra a sí mismo viejo y cansado. Pero no sólo se encuentra así, cual lo indica el adverbio. ¿Cómo se encuentra uno a sí mismo “más que viejo”? No se trata de una vejez desmesurada, pues eso cancelaría la posibilidad misma del encuentro. Se trata de un reconocimiento distinto de la vejez. Encontrarse más que viejo es sorprenderse por la vida transcurrida, no asir la cuenta del tiempo y reconocer con dificultad el propio estado respecto de lo que uno cree haber realizado. “Me encuentro más que viejo y muy cansado” expresa la situación en la que un hombre se encuentra cuando su vida, por mucho esfuerzo que se le suponga, no se ve reflejada en la propia situación. Demasiado cansado para seguir viviendo, demasiado viejo como para que vivir haya valido la pena.

         El personaje del poema compensa la sorpresa del primer verso con un intento de mesura: “no estoy ni en uno ni otro extremo”. Si el lector cree que los extremos son la vejez y el cansancio, el lector se engaña. Los extremos son los que permiten situar la realidad de la vejez y el cansancio. No sólo no hay reconocimiento de la propia vida, ni siquiera es claramente explicable cómo es que uno ha podido llegar a tal estado. El personaje del poema no está en el extremo de la vida llamado vejez, sin embargo es viejo; no está extenuado, sino incomprensiblemente cansado. No sólo se duda si la vida ha valido la pena, sino que se sospecha que la vida no ha sido lo que uno esperaba.

         Fallando el intento de mesura, el personaje del poema intenta explicar su estado y en un primer ejercicio de introspección reconoce una causa posible. Problema del lector es reconocer la causa. ¿Melancolía o temor? La redacción de los tercero y cuarto versos da la impresión de asignar la causa a la melancolía. Sin embargo, ¿el melancólico puede temer? ¿No es precisamente la posición destacada del temor en el verso tercero lo que nos permite pensar que la melancolía no es la causa genuina? Como buen moderno, quien habla en el poema tiene una opinión formada de sí mismo que le permite ocultar lo que a sí mismo le pasa: cicuta y pasión de amarga ciencia. Si puede engañarse para hacer de la melancolía la causa, habrá ganado la distancia de sus propios sentimientos, aminorando la sorpresa del encuentro. Porque el hombre moderno es educado, son muchas las imágenes a la mano que le impiden conocerse. El solo cree que él sólo es el asunto de su soledad. Modernos melancólicos que no quieren temer. Introspecciones fallidas de quienes no se atreven a amar.

         Genialidad del poeta: donde el hombre común se queda asido a la imagen que le impide pensar, el poeta da un paso más a la propia experiencia y nos enfrenta, en la segunda estrofa, a la vida del personaje que habla en el poema. El personaje se reconoce: vivo. Y se reconoce en toda su especificidad moderna: vivo pero me escoro. El moderno no puede simplemente vivir, sino que requiere de la técnica necesaria para su vida. Por ello, el viviente de la segunda estrofa complementa su vida con la metodología aprendida: se escoran los buques de guerra, el especialista ve escorarse a la marea. Escorarse a la vida es prepararla para lo imprevisto, considerar a la vida una batalla, al viviente un afanoso de éxito. Escorarse a la vida como la marea baja es rendirse porque de alguna manera se tiene una estrategia para volver a flotar. Escorados, no podemos vivir la vida; sólo malvive el solo con su propia técnica. El poeta lo reconoce y se lo hace ver al personaje del poema: frente al escoro sitúa el fervor. Fervoroso, no por sí mismo, pues sólo nos hace ebullir genuinamente lo otro, el otro. Fervoroso por esperar un instante aún supremo sobre la sombra de nuestras conciencias. Pero el moderno sólo espera instantes: la eternidad le es tan sólo un mito. ¿Qué es un instante supremo para el moderno? Un momento siempre malogrado. El moderno desprecia lo efímero no por su comparación con algo mejor, con lo eterno, sino porque sabe que en el imperio de lo efímero todo pasa y lo único bueno es resistir el paso, aferrarse a la moda. Escorarse nos permite administrar nuestro afán por lo novedoso.

         ¿Es ya el personaje del poema un último hombre? La tercera estrofa presenta tres tipos de conocimiento que corresponden a las facultades del alma platónica. Digamos que la búsqueda del lucero es la facultad que permite la vida contemplativa. Si el personaje realmente puede contemplar no bostezará al mirar las estrellas. El sutil concierto de la belleza sólo puede captarse por el thymos, que nota lo bello conforme al gusto y el concierto conforme al movimiento. Si el personaje no es un hombre exangüe disfrutará las sutilidades más allá de las moralidades. Por ello la epithymía toma la forma que toma: el sexo y los libros. Eros no se subordina al honor; la ciudad no debería amurallar a los enamorados. La diferencia entre amistad y erotismo es análoga a la diferencia entre thymos y epithymía. Pero para el hombre moderno nada de esto es accesible. Eros es un mito griego; la amistad un ideal romano. Las estrellas sólo son rocas incandescentes. El saber es una imperfección del conocimiento. El amor, si no es tecnificable, manipulable o instrumentalizado, es una insensatez, una inmensa imprudencia. Enamorarse podría ser pérdida de lo que se tiene. El moderno es quien se mira tanto a sí mismo y a sus necesidades que nunca ve la necesidad del otro, de un otro. Ningún cálculo permite asumir el riesgo del amor. Lisias es el auténtico sustento.

         Nuevamente, ante la afirmación de la tecnificación del amor, la sabiduría del poeta nos ayuda. Como no todo es retórica, el poeta concluye haciendo al personaje del poema enunciar tres afirmaciones. El poema no concluye: nada hay que demostrar, de nada hay que convencer. El poema se presenta para ver. Eros nos hace ver lo inalcanzable. “Pero el mundo no es nunca el que yo quiero” puede pensarse como un reproche, el imperioso reproche del moderno, reproche que permite no conformarse con la contemplación del mundo y afirmarse en el afán de transformarlo. También puede ser, por cierto, el aprendizaje del hombre que sí puede amar, que se atreve a amar: no es el mundo lo que quiero, porque mi amor incluso podría oponerse al mundo. “Amor me tiene casi manco y tuerto” podría ser una afirmación romántica, la afirmación del moderno enamorado que se avergüenza de lo que el poema le ha mostrado de sí mismo. Se afirma con romanticismo porque se quiere presumir que uno es capaz de pasarla muy mal por su amor. En cambio, desde eros, la frase se explica por la necesaria incompletitud: soy manco hasta que mi mano recibe a la tuya, soy tuerto hasta que te puedo ver. El amor terrible del moderno avergonzado frente a la belleza del erótico. “Y es humo la amistad y desaliento” es un verso que coloca deliberadamente a la amistad en el centro. Desde la incomprensión moderna del amor, la amistad se evapora cuando el amor llega, lo que produce tragedia segura, des-aliento. Porque el moderno confunde inevitablemente las cosas: no sabe que la amistad no puede ser ni pública ni privada; no sabe que el amor necesita de lo íntimo. El moderno no sabe reunir alientos en lo íntimo, sólo imagina el grito de las masas en lo público. En cambio, una amistad que es humo puede ser la parte visible de la otra lectura: es humo la amistad porque envuelve nuestras vidas. ¿Y el desaliento? El aliento del amigo es una motivación a una parte de la vida, no el sustento que recibe el enamorado. La amistad orienta la vida; eros la pone en movimiento. Las sentencias son huecas cuando carecen de sustento. Las sentencias no dejan ver nada cuando no ahúman. El humo y el sustento de la vida son los de una cierta ceremonia quizás inaccesible al hombre moderno, al hombre que no ve qué es el amor. Si acaso puede verlo, como el personaje del poema, habrá de deshacerse de sus fundadas opiniones sobre sí mismo. No se trata de fundar opiniones, sino de que el amor sea fundamento; no hay fundamento solitario. Se trata de ver, no de demostrar. Se trata de ver, no de persuadir. Se trata de amar.

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. Fernando Escalante reflexiona sobre la retórica en la tetratransformación. 2. Celebré la semana pasada que haya un católico inteligente. Alguien me preguntó: ¿quieres decir que los hay no inteligentes? Pues el lector podrá juzgar. 3. Se engaña el especialista que no ve correspondencia entre el diagnóstico de Ratzinger y la historia de Alemania, pues el Papa emérito no dice que el 68 sea causa de la pederastia, sino que desde el 68 se tomaron decisiones teóricas que ocultan la visibilidad de la causa. ¿Acaso no hubo casos de abuso sexual en la Iglesia antes del 68? Claro que sí, pero fue después del 68 que dentro de la Iglesia comenzó a creerse que la resolución del asunto es específicamente secular. O dicho de otro modo, Ratzinger reconoce como origen de la actual incomprensión de la fe las dos distensiones del arco. (Cfr. Nietzsche, Más allá del bien y el mal, Prefacio)

Coletilla. “En la soledad nace el amor que muere en el aislamiento”. Francisco García Olvera (cuyo recuerdo conmueve a este imperfecto e imprudente discípulo).

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Como un sol con forma humana

 

Como un sol con forma humana

 

A veces hay días en que las manos se sienten más vacías. No son manos ligeras, sino ahuecadas. No son manos torpes, sino de cierto modo entumecidas. Manos que extrañan el calor y las caricias. Manos que quieren otras manos. Manos que palpan ausencias, empapadas de anhelos, resecas de ilusiones, quizás en su soledad polvosas. Me lo hace pensar un bello poema de Emilio Prados [Málaga, 1899 – Ciudad de México, 1962] que leí a media tarde, en la banca de un jardín extrañamente desolado. ¿La gente huyó del calor? ¿Los habituales del jardincillo rehuyeron del sol? A veces hay días con un sol y un calor que hacen más plena la vida. A veces el calor y el sol más comunes nos hacen recordar al sol y al calor más humano. Copio el poema.

 

 

El desierto comienza por los ojos.

Tu carne, ¿es aún más dulce bajo el sueño?

 

 

…Cerca como tu propia imagen,

lejos como tu propio cuerpo,

mi soledad me ha sorprendido

como una forma humana:

como un ser invisible.

 

El poema es notable en sus contrastes. Contrasta la primera estrofa con la segunda, no sólo por su extensión, sino principalmente por su forma: a primera vista la primera estrofa carece de centro, mientras que la segunda se forma en función del sorprendente verso “mi soledad me ha sorprendido”. Nótese que el verso central de la segunda estrofa es el único en que explícitamente aparece el yo. En la figura de la segunda estrofa se contraponen los tu de los dos primeros versos a los un de los dos últimos. Mi forma la mediación. ¿Mediación de qué? Precisamente, considerar la respuesta nos permite ver que yo permea por el poema tácitamente, en especial en la primera estrofa: yo es el agente de los ojos y el sueño; es el centro de la primera estrofa. Así, el poema tiene unidad en la relación entre y yo posibilitada por los centros de sus estrofas, relación que muestra el movimiento todo del poema.

         El poema inicia con un hombre mirando solitario. El mundo se cubre con la aridez de quien no ve frente a sí a quien quisiera ver. No es lo mismo ver un mundo árido, caluroso y soleado en la soledad, que mirar juntos el pleno medio día del mundo. La aridez solitaria reseca inevitablemente la garganta, irrita los ojos, dificulta respirar. En compañía, en cambio, la expectación es la que dificulta la respiración, los ojos se dilatan sorprendidos admirando, la garganta, las bocas… En el día soleado del solitario aparece el mundo interminable: vasto desierto ilimitado. Cuando dos comparten el día soleado, el mundo y su tiempo son finitos, mínimos, insuficientes. Y el calor, del calor digamos que ya lo puede imaginar el lector.

         ¡Aparece la carne! No es la carne propia, pero tampoco es ajena. La carne propia no sorprende, pues nunca es carne, para serlo se requiere una abstracción, un juicio muy distinto al de nuestro hombre mirando solitario. La carne ajena no sorprende, pues tampoco es carne, sino objeto, abuso, emplazamiento. La carne sólo es carne cuando dos se encuentran, cuando dos se descubren en la aparición de lo que realmente son. Por ello la pregunta: “¿es aún más dulce bajo el sueño?” El sueño figura un encuentro. La dulzura de la carne se encuentra o bien en el encuentro real o en el imaginado, pero nunca en el planificado objetivamente, en la distancia utilitaria. La carne es dulce: tierna, como la emoción de los enamorados; plácida, como el tempo de las caricias; suave, como el sabor de un caramelo que despliega sus olores para deleitar el tacto. “Tu carne, ¿es más dulce bajo el sueño?” evoca el recuerdo del encuentro, la calidez que se contrasta con el sofoco del solitario día soleado.

         Los puntos suspensivos lo mismo son la entrada del sueño que su salida. Si el encuentro del poema es imaginario, la segunda estrofa muestra la experiencia interna de nuestro hombre mirando solitario. Si el encuentro del poema es real y los dos puntos señalan la llegada de quien se espera, la segunda estrofa muestra la experiencia interna del hombre sorprendido por el descubrimiento de la soledad. En el primer sentido, la separación entre y yo produce la sorpresa de saberse solo. En el segundo sentido, la inminencia del encuentro entre y yo exhibe la dilución de lo que yo había sabido de mí mismo. En ambos sentidos, yo se conoce a sí mismo; sólo en el segundo, el conocimiento de yo confirma una realidad.

         Leamos conforme al primer sentido. La estrofa contrasta sus partes. De los dos primeros versos, el contraste entre imagen y cuerpo aumenta la distancia entre el hombre mirando solitario y la experiencia interna del ensueño. La imagen está cerca, pues quien ensueña la trae a la presencia. Ante el agobio caluroso, el hombre mirando solitario se refresca imaginando la presencia. La imaginación, en cambio, el ensueño más que el sueño, hace evidente la inmaterialidad del anhelo: sólo hay cuerpo propio ante las propias fantasías. De ahí que el hombre mirando solitario sea sorprendido por su soledad. El ensueño gravitó la ausencia. Sabiéndose solo, el solitario se reconoce humano. La limitación del propio anhelo, la realidad opuesta al deseo, el límite claro de la voluntad, son muestra de la forma humana. El solitario no quisiera su soledad, pero la ausencia le hace evidente que está solo. En su soledad concluye: es un ser invisible. De no serlo, no estaría ausente, pues sabría de la soledad de yo y estaría ahí presente. El ensueño del encuentro fue el oasis de la trágica condición humana.

         Leamos ahora conforme al segundo sentido. Los contrastes del primer sentido emanan de la sorpresa en el segundo. O para decirlo de otro modo: el hombre que miraba solitario pasa de la imagen al cuerpo y luego a la sorpresa, de la sorpresa a una plenitud humana y luego a algo no visible. Es decir, el hombre esperaba solitario y tuvo la fortuna de que llegase el esperado, la brisa refrescante de quien uno quiere ver. Llegando lo primero en aparecer es la imagen, pues ahora el yo del poema puede comparar su ensoñación con lo presente: la presencia se apropia de la imagen y con ello descubre el cuerpo. Frente al cuerpo radiante de , yo se sorprende por su soledad. Yo, definido desde una soledad conceptuada por la ausencia, descubre con sorpresa las nuevas posibilidades de ser: le descubre a yo que no ha de ser un solitario, que puede ser un yo plenamente entregado a . La sorpresa es la refutación de la opinión sobre uno mismo. Yo junto a descubre su forma humana. ¿Qué descubren y yo en el encuentro? Se descubren invisibles. La carne sólo es visible cuando dos que se aman se encuentran; el desierto es exterior para los que se aman. Sólo por un amante yo puede conocerse. A veces el desierto comienza por los ojos; a veces tu mirada me habita plenamente.

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. La Oficina de la Presidencia contestó a Animal Político que no tiene obligación legal de contar con documentos sobre lo que diga el presidente. Así, como lo dije ante la presentación de la Estrategia Nacional de Lectura, tantos eventos para presentar el nuevo curso de la historia patria son puro cuento. Régimen de la simulación. 2. Pues la Presidencia mintió, otra vez. En la presentación del militar que ostentará el “mando civil” de la Guardia Nacional se omitió parte importante del currículo del general Rodríguez Bucio: estudió en una escuela militar que enlista entre sus egresados a 11 dictadores latinoamericanos. Detallito. Error de dedo. Régimen de la simulación. 3. Y no sólo miente, sino que manipula. Tras las preguntas de Jorge Ramos en la mañanera de ayer, se comenzaron a modificar las cifras del Secretariado Ejecutivo de Seguridad Pública para que coincidiesen con lo que afirmó el presidente. Una vez que Raymundo Riva Palacio advirtió que la modificación se estaba llevando a cabo, desaparecieron las cifras de la página oficial. Miente, simula, manipula… ah, pero es honestidad valiente. 4. El presidente pide a Reforma que revele sus fuentes. Sí, el mismo que cuando es cuestionado dice que tiene otros datos que no va a presentar. Si fuera chiste, se contaría solo. 5. Perdida entre las notas pequeñas, pero importante para nuestra cultura política. La encontré en un diario local. El Instituto Nacional Electoral, la Secretaría de la Función Pública y la Secretaría del Bienestar, con Olga Sánchez Cordero como testigo, firmaron un acuerdo por el que se prohíbe que los partidos políticos usen el dinero público para comprar los frutsis y las tortas para los acarreados. No hace falta comentario irónico. 6. Para Enrique Krauze “en las urnas, el ciudadano decidió contra sí mismo. Vivimos una nueva biografía del poder”.

Coletilla. “La Iglesia está muriendo en las almas”, afirma Joseph Ratzinger en su artículo sobre la Iglesia y los abusos sexuales. No, no culpa a la revolución sexual de los sesentas (como simplonamente se ha reseñado en medios), sino que muestra que frente a la revolución de los sesentas el catolicismo tomó decisiones teóricas que explican la confusión actual. Confusión que produce el emplazamiento efectista de las preguntas, emplazamiento que hace ineficiente el plan contra la pederastia. Y confusión fundada en el olvido del centro de la vida cristiana: la eucaristía. Si la Iglesia ha de hacer frente al problema de los abusos sexuales lo ha de hacer desde el misterio de la vida cristiana, desde el misterio de la carne. La teología no puede ocultarse en la psicología, ni siquiera en la que se presume humanista. La teología debe ser capaz de dar una respuesta teológica. ¡Qué alegría saber que todavía hay un católico inteligente!

Color de las ideas

 

Color de las ideas

 

Revisito “Diciembre de 1903” de Constantino Petrou Cavafis. Lo dedico, claro está, a quien claro esté.

 

Así que no puedo hablar de mi amor,

de tus cabellos, tus labios, tus ojos;

llevo en el alma, adentro, tu rostro,

y en la cabeza muy clara tu voz.

Los días de septiembre, luego del sueño,

forman mis frases, palabras, color,

en cada tema, idea, pasión.

Escenas del terruño. 1. “El presidente piensa que la autoridad es autoritaria o simplemente no es”, apunta José Woldenberg. 2. Para simular la simulación, el simulador se volvió nutriólogo. Martha Anaya interpreta una foto. 3. Dice La Jornada del miércoles 3 de abril sobre las pensiones a adultos mayores: “Aumentará el monto en Ciudad de México: AMLO”. Pero, ya lo sabemos, los números son fifí. Hasta el mes anterior, los adultos mayores de la CDMX recibían mensualmente $1209 de un programa federal y $1789 de un programa local. Ahora se anuncia un “aumento” en un pago bimestral de $2550, anulándose el programa local de apoyo. Hasta el mes pasado, la suma de apoyos era de $1789 al mes. Con el “aumento” el apoyo mensual será de $1273. Un “aumento” que resta $516 mensuales. Régimen de la simulación, no cabe duda. 4. Ojo en el Congreso del Estado de México, pues la mayoría morenista ha presentado una iniciativa de reforma de la ley constitutiva de la Universidad Autónoma del Estado de México por la que, a 30 días de su promulgación, será obligatorio nombrar un nuevo rector y reorganizar los organismos de gobierno. Quizá la UAEMex será la primera de las universidades que dejarán de ser autónomas. La 4T también controlará las universidades. 5. “Heredero de Ibargüengoitia, practica el humor con lúcida irreverencia y ejerce una erudición nunca agobiada por el tedio. A su manera, es conservador y radical”, dice Juan Villoro para celebrar a Guillermo Sheridan, quien hoy recibe el premio Jorge Ibargüengoitia.

Coletilla. “Cuando un amigo se va, se detienen los caminos y se empieza a revelar el duende manso del vino”. Alberto Cortez [1940-2019]

Conjurados

 

Conjurados

Por la idea, dos pueden pensar en lo mismo cuando hablan. También es por la idea que la retórica, la hermenéutica y la “ciencia” de la comunicación encuentran su límite. El diálogo, cuando es de ideas, está más allá que un acto de persuasión, que una interpretación o que la transmisión de un mensaje. Cuando dos dialogan sobre ideas lo importante es que las palabras no oscurezcan las ideas, que sean tan claras como las ideas lo permitan. Sin embargo, hay un rastro que conduce a una cierta comunidad, una cierta conjura, que va más allá del diálogo sobre las ideas: una cierta integridad erótica. Nos ayuda a pensarlo un poema de Emilio Prados.

Levántame despacio

una punta del sueño…

Míralo por debajo.

                   Sentirás

mi memoria latiendo,

igual que un pulso tuyo

conservado.

                   Cuéntalo bien…

Ajústalo a tu paso…

Deja caer de nuevo

la punta de mi alma.

En su apariencia, el poema gravita en torno al encabalgamiento de los versos centrales. En ese centro, notamos la única referencia al del poema que no está acentuada. En este poema de encuentro y comunidad, el aparece en sus acentos: cinco imperativos y un futuro. El futuro es la condición de la comunidad que apunta al centro del poema. El poema se construye desde su encabalgamiento para mostrar la reunión de los involucrados, para hacer patente la comunidad.

         El inicio del poema podría presentarse simplemente como un símil de las sábanas y el sueño. Así como se invita a alguien al propio lecho, el poeta invita a alguien al propio sueño. Aunque no llegamos del mismo modo al sueño que a la cama. Algo ha de pasar, ajeno a nosotros, para que en la cama se produzca el sueño. El sueño aparece cuando nos entregamos a él en la cama. La invitación del poema es la de una cierta entrega, en la cama y en el sueño, a un cierto misterio que da vida al poema.

         Al sueño se le mira por debajo. Quizá nadie ignora que los sueños, más que la naturaleza, gustan de ocultar. Quizá cualquiera podría aceptar que entre los pliegues de las sábanas del sueño es posible encontrar sorpresas y terrores, alegrías y esperanzas, lo sabido y lo por saber. Sin embargo, en la noche, cuando el se aproxima a la cama y levanta la sábana, el sueño se mira por debajo. No es un indiferente, no es un que no me conoce, no es un que no me ha soñado. Mirando al sueño por debajo aparece el yo del poema. Ni ni yo somos nadie o cualquiera. Mirando por debajo nuestros sueños nos encontramos.

         Sólo en el encuentro puede sentir. Sentir la memoria latiendo es la sensibilidad de un pasado común: el sueño torna en memoria cuando nos pensamos juntos. Sólo la memoria hace posible el reconocimiento. Ahí el centro del poema: yo sueña con el pulso de , la memoria reúne a y yo en un mismo pulso. Nos reconocemos en el mutuo palpitar del corazón, en la emocionada compañía, en la mano sudorosa, en la atracción de la mirada, en la vida que pulsa al unísono lo que juntos conservamos. Sólo en el encuentro yo puede sentir.

         Los dos imperativos siguientes indican el cuidado del reconocimiento. Ahora yo pulsa igual que . se conoce en el pulso de yo. Yo y se reconocen en el espejo de las caricias. La caricia como cartografía de la autognosis. Y en el último imperativo las caricias, la memoria, el sueño, la cama, caen en la comunidad que funda el poema: Ícaro se precipita; Eros se concentra. Por ello, “deja caer de nuevo” no es un imperativo como los demás. Ahora yo no ordena a , sino que es el misterio, aquello que permite la comunidad que funda el poema, lo que deja caer. Al final de la sincronía de nuestras pulsaciones sostenemos por la punta nuestra alma. ¿Y no es acaso sólo nuestra alma la que sueña?

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1.  Ya lo hemos dicho: la indignación es selectiva. Fernando García Ramírez, sujeto a una campaña oficial de linchamiento, enumera varias indignaciones selectivas de nuestra tetratransformación histórica. 2. Que 2021 será el año de la reconciliación, dijo el presidente. También será el de las elecciones intermedias, elecciones en cuya boleta quiere aparecer el presidente. Ofrecer reconciliación para afianzar el poder. ¡Qué buenos sentimientos! 3. Régimen de la simulación, eso es. En los próximos días se publicarán los datos oficiales sobre homicidios y la versión de la propaganda oficial será que han disminuido. Y claro que podrán probarlo, porque el número que presentarán será el de las carpetas de investigación, no el de individuos asesinados. Así, la ejecución de cuatro personas en un bar de Guanajuato la semana pasada se contabilizó como un homicidio, no cuatro asesinatos. Régimen de la simulación. 4. ¿De veras los funcionarios de la Secretaría de Salud demandarán legalmente a todos los residentes del Instituto Nacional de Psiquiatría para romper un paro en demanda de la protección de sus derechos laborales? Y eso que la 4T decía estar con la clase trabajadora. 5. Desde diciembre se dejó de actualizar. El pasado fin de semana simplemente desapareció el servicio. El régimen de la simulación, que supuestamente tiene el apoyo de la intelectualidad y hasta un presidente historiador, no ha dado explicación alguna. Parece que se ha cancelado la biblioteca Digitalee, uno de los mejores proyectos culturales de la administración de Peña Nieto, quien no podía presumir de sus lecturas.

Coletilla. “México y España comparten un corazón sangrante, un idioma que se multiplica en todas las lenguas indígenas de siglos, un mestizaje de sabores y palabras, párrafos y pensadores; España y México se miran sin necesidad de traducción ni subtítulos… y así pasen otros cinco siglos, nos amanecemos a diario con verdaderas ganas de conocernos”, dice el nuevo director del Instituto de México en Madrid, Jorge F. Hernández. Una buena decisión y una buena noticia.

José de la Colina, colorista

 

José de la Colina, colorista

 

Él ha dicho que la literatura es una libertad imaginaria, que su escritura es como la práctica del surf o que la actividad del escritor es un juego: ¡como si la creatividad del artesano de las palabras fuese plena!; pero él sabe que los juegos —establecidos, programados o espontáneos— tienen reglas, que el mar picado tumba al surfista o el apacible lo aburre, que al escribir la imaginación se piensa libre… sin que nadie sepa bien a bien qué sea eso de la libertad —que siempre es cosa de imaginaciones. La caracterización de la literatura como un acto recreativo, como la liberación imaginaria de quien decide jugar con las letras, es una presentación deliberada del anarquista José de la Colina para no ensuciar el panorama con molotovs, sino estallar la realidad con las metáforas; para huir de las ruindades de las ruinas hasta alcanzar lo risueño de las risas; para que la lectura sea el acto imaginario por el que hacemos frente al absurdo habitual de nuestros ensueños y obsesiones. Deliberadamente, insisto, el colorista José de la Colina resalta los matices más vivos de la experiencia para hacer de la huida del feísmo estético una libertad imaginaria, para propiciar la creatividad lectora. ¿O no es eso la experiencia: la vida de la lectura y la experiencia de leer?

         Ahora que José de la Colina cumple 85 años y en tiempos en que la obsesión historicista hace que todo sea memorable —falsamente memorable, pues cuando cada cosa tiene su tiempo de celebración, la celebración misma calla y se empequeñece; todo tendrá su tiempo de grandeza cuando sólo aspiremos a la altura mínima—, sin duda se presentará por todos lados el listado de sus olvidadas (perdón, pero es lo cierto; raro sería que en un ambiente como el nuestro tan cautivado por la catástrofe, emplazado por la tetratransformación histórica y extenuado al compromiso ideológico sea lo más común leer un cuento sin signos de puntuación —no porque así se le lea al mood cente, sino porque deliberadamente así fue compuesto—, barajar las versiones —contadas y recontadas; Sherezada que hace de Penélope— de un cuento juguetón o divertirse con las nasalidades de un sonetillo agripado y agripino —¿en qué país estamos, Agripina?—: no señor, estos tiempos no hacen que lo más común sea el juego) obras, no faltará quien desde Wikipedia cifre su labor editorial o quien le dé valía por su “contribución” a la historia del cine —¿no sonaría muy de él aquello de “Quiero portarme bien, pero no sé cómo”?—. Pocos serán los que —y en una genuina y divagadora (porque claro que don José es un divagador, quizás un muy preciso divagador más que un divagador preciso; la diferencia, dicho sea de paso, es muy importante y no sólo un juego de palabras [¿acaso de la Colina compartirá el podio de los palabreros juguetones mexicanos con Ulalume y Deniz?], pues divagar con precisión es como la elegancia de la plática, la gracia en la conversación, la danza en torno a una taza de café, mientras que ser un divagador preciso es como la técnica del reportero, el arte del espía o la habilidad del psicoanalista [¿será entonces el reportero un psicoanalista de la sociedad?, ¿o acaso el terapeuta reportea la intimidad?, ¿o serán los traumas la nota roja del alma? ¡Alto, que así descubriremos a ciertos profesionales como la prensa rosa de nuestra personalidad! Y yo respeto a todos los progresistas], y de la Colina escribe más bien como alambicado, ingenioso y divagante conversador, que como un puntilloso, taxidermístico y bistúrico predicador) experiencia de lectura— escriban de su encuentro literario con el escritor, es decir pocos serán los que entiendan con la precisión imprecisa de su estilo o la exagerada sencillez de sus letras, la poderosa e imponente rapidez estupefacta de ciertas certeras líneas del autor, o la jubilosa y juguetona jiribilla que es jolgorio en don José, o que al menos retoce disfrutando el ruido rubicundo de su risa. ¿Quién nos explicará su afición al ramonismo y su adhesión a las oraciones largas? ¿Quién hará notar que la admiración que se extiende por el cuento de hasta mil noches produce cuentos mínimos de hasta una línea? Quizás entre tantas celebraciones, historias, recuentos, valoraciones, desplegados, denuncias, alusiones, deslindes, afinidades, declaraciones, críticas, réplicas, complotes, conferencias, estudios, investigaciones, protocolos, consultas, aclaraciones, repeticiones, mañaneras, balbuceos y tetratransformaciones históricas no haya tiempo de jugar con la literatura. ¡Quién celebrará a de la Colina jugando!

         Yo, y tú lo sabes, lector, no puedo señalar a nadie responsabilidades. Pero también sabes, lector (y no creas, en absoluto —¿notado has el uso enantiosémico de la expresión “en absoluto”? Etimológicamente nombra una libertad plena, la plena libertad de lo no abarcable; como Dios en la teología escolástica [¿la teología escolástica en un ensayo {¿o será una divagación?} sobre José de la Colina?]. Mientras que en su uso actual casi refiere a una privación absoluta, casi como negación; como el absoluto indeterminado de Hegel [bueno, ya no te has de sorprender, lector. ¿En este ensayo {¿o será una divagación?} cabe cualquier cosa? Sépalo Hegel]—, que presumo saber suficiente de ti, sino que supongo que aquí nos reúne la lectura, ahí donde nos conocemos y desconocemos, somos y nos olvidamos, el lugar de la libertad imaginaria), que creo es nuestra responsabilidad celebrar los 85 años de José de la Colina platicando, leyendo y escribiendo con el gusto que su lectura nos produce. Como cuando uno mira un cuadro colorista, leer a José de la Colina debería permitirnos conversar tranquilamente con los tonos de la alegría que se ilustran con su pluma. Para afirmar que en la literatura todo es posible, la literatura debe ser plenamente posible y José de la Colina ha sido el surfista que colorea las posibilidades.

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. Importante observación de Ricardo Raphael: “Fifilandia está pagando por los pecados, las desigualdades y las equivocaciones del Mirreynato”. 2. Interesante la anécdota que narra Martha Anaya: el comisionado para la paz en Chiapas palideció al recibir la noticia. Inmediatamente fue a reunirse con el obispo. Dialogaron solos. El ejército vigiló al comisionado. Todo eso aquel atardecer shakespereano del 23 de marzo de 1994. 3. Hablando de los intelectuales que se han unido al régimen para linchar a Enrique Krauze, el periodista Humberto Padgett atinó la descripción de la transformación de la intelectualidad, cuyos miembros pasaron “de furiosos opositores a recalcitrantes oficialistas”.

Coletilla. Impresionante el trabajo de Ángel Gilberto Adame. El sustantivo con mayor número de apariciones en la obra de Octavio Paz es “tiempo”, con 4350 apariciones. El segundo lugar lo tiene “poesía”, con 4332 apariciones. El tercer lugar es para “mundo”, con 4182 apariciones. Impresionante.

La risa del final

 

La risa del final

 

donde están los arrecifes de conchas blancas,

donde todas las frutas están maduras,

nos encontraremos los dos.

«Nunca es la inspiración la que empuja a nadie a contar una historia, sino, más bien, una combinación de rabia y claridad», dice la ensayista migrante. Ahora me rindo y eso es todo [Anagrama, 2018] es la clara y rabiosa rendición de Álvaro Enrigue [Guadalajara, 1969] a la novela. Si en Los niños perdidos [Sexto Piso, 2016] de Valeria Luiselli [Ciudad de México, 1983] preguntábamos azorados por la necesidad del fin de una historia; en la nueva novela de Enrigue encontramos todos los finales posibles, todas las respuestas imaginadas, y con ello el azoro de que al final eso es todo. El problema, claro, es reconocer lo que se acaba. El problema es aceptar con alegría que a veces parece que eso es todo.

         Ahora me rindo y eso es todo es la vida novelada —y perpendicular— de Gerónimo, el famoso jefe apache. El título de la novela reproduce la frase que el jefe apache enunció al entregarse a la milicia estadounidense. La expresión final eso es todo permea a lo largo de la novela, casi como en nuestra vida diaria solemos situarnos frente a los finales… con la única diferencia de que el novelista reconoce la oscuridad del final, lo ridículo de nuestras declaraciones del fin, la impostura necesaria de quien cree que ha visto a algo realmente terminar. Por ello, la novela tiene una forma tan caprichosa, tan inasible, tan complicada como la vida: eso es todo.

         En un sentido, la novela narra la formación de Gerónimo, lo mismo como chamán de guerra que como ser humano. Vemos a un joven Gerónimo preparándose para luchar, practicando el acecho, formando el carácter de quien puede ser terrible. Pero también vemos al joven Gerónimo abriéndose al mundo, como puente entre la Apachería, México y Estados Unidos; como inteligencia que permea entre el apache y el español; como estratega que aprende a ver a dos lados a la vez. La formación de Gerónimo es un tópico complicado para la novela: el lector acostumbrado a los finales sólo quiere ver al hombre pleno y ya formado; el lector psicologizante mira a la formación para comprender el carácter; el lector del drama humano quisiera mayor transparencia en los sentimientos, mayor claridad en los episodios que formaron al hombre terrible. Enrigue no satisface a esos lectores (por ello alguna crítica lo acusa, injustamente, de recrear al buen salvaje), al contrario, a través de la novela nos muestra las limitaciones de esos modos de lectura. Mirar en Gerónimo algo distinto a lo terrible e inexplicable, a lo incomprensible y patente, es reducir el misterio de Gerónimo. Precisamente, el hombre que aparece en esa línea argumental de la novela es el hombre misterioso que disfruta a plenitud el descubrimiento de la vida al mismo tiempo que padece con integridad la aspereza de la guerra; sólo así, sólo un hombre tan misterioso, puede afirmar sin ramplonería ahora me rindo y eso es todo.

         En otro sentido, la novela narra el final de la vida de Gerónimo, la aridez de la existencia del hombre derrotado, de quien ha aceptado la sumisión disfrazada de paz para al menos compartir lo que queda con los familiares. El final de la vida de Gerónimo es al mismo tiempo el final de la Apachería: destrucción de una nación, exterminio de una raza, declive de un hombre. Ahora me rindo para poder vivir el final. Eso es todo, aunque de nadie dependa que el final sea definitivo. “Hay apaches”, se dirá pensando en reservaciones y casinos. Eso es todo, nos contesta con sabiduría la novela. ¿Qué nación es posible como una reservación? ¿Qué familia sobrevive a la fascinación por la ganancia que hace girar la suerte en los casinos? Un viejo cansado y decadente, sí; un asesino despiadado, sí; un hombre de un mundo que no puede sobrevivir a nuestro mundo, sí; todo eso fue Gerónimo… y eso es todo. La segunda línea argumental de la novela nos reitera el misterio del hombre, la ridiculez del decreto de todo fin.

         En otra línea argumental, la novela presenta al narrador viajando a lo que fue la Apachería, acompañado de su esposa y sus hijos. Un padre que quisiera salvar a su familia ante la inclemencia del afán de ganancia de nuestro mundo. Por un lado, el narrador quisiera salvar la unidad de su matrimonio: él y ella coinciden en la comprensión del drama humano de la crisis migrante, ambos ven la destrucción de una nación, el exterminio de una raza y el declive del hombre; pero ella confía todavía en las instituciones, en la posibilidad de enfrentar civilizadamente el drama que la propia civilización ha gestado; él ve que la administración civilizada es equivalente a la rendición de Gerónimo, que salvar la unidad de su matrimonio es rendirse y aceptar que eso es todo. Por otro lado, el narrador quisiera proteger a su hijo mayor, quien con el afán de independencia y el deseo de éxito necesario para sobrevivir en este mundo ve a su padre como un acobardado reaccionario, como un hombre incapaz de atenerse a las nuevas circunstancias de un mundo que demanda hacerse efímero, acomodaticio, libre de desafíos; claro, para un narrador que piensa de la escritura como un desafío, salvar la relación con su hijo es, precisamente, un acto de rendición y aceptación de que eso es todo. (Y aquí nuevamente falla una de las críticas severas, que con afán de joven libertario reprocha a Enrigue intentar una “novela total” y no conseguirlo, es decir renunciar a su estilo desafiante de Hipotermia [Anagrama, 2006] para entregar un texto aparentemente facilón y mal armado, tan mal armado que —según esa crítica— bien podría haber prescindido de la trama familiar. Oh problema, esa lectura es tan descuidada que no lee lo que la novela sí dice: no sabemos si el narrador se rindió firmando la lealtad al rey de España. Señor crítico: ¡lea con cuidado!). Por otro lado, el narrador quisiera que sus hijos pequeños pudieran apreciar el drama apache para entender el drama migrante; conseguirlo implica la rendición de la inocencia. La ocurrencia final de los hijos nos señala la obcecación del padre: no hay rendición posible cuando el hombre no puede entender los finales. (Y aquí falla otra crítica, que cree que el cuidado de la inocencia de los niños sabios es de corte plenamente moderno. ¿No vio el crítico que el niño ha desarrollado, a la sombra del fantasma de Gilberto Owen, la sabiduría de “el mediano” de Los ingrávidos [Sexto Piso, 2011]? Por ello, la bella escena de Dylan protegido por el brazo de Miquel en la parte trasera del auto es tan clarificadora sobre la diferencia generacional. Hay críticos que creen que todo se lee desde una postura política). La tercera línea argumental de Ahora me rindo y eso es todo deja claro que el drama apache, el misterio de Gerónimo y la indeterminación del hombre tienen en común la posibilidad de la risa.

         A partir de un pensamiento del personaje más interesante de la novela, el más ridículo y risueño, el narrador hace la siguiente reflexión: «Los finales, no importa cuán cantados estén, nunca portan la calidad de lo terminal, cuando menos no para quien los va remontando. La última hora de intimidad con el otro siempre parece otra en la línea: un episodio repetible y sin consecuencias. Nunca nadie piensa que esa fue la última vez que se bebió esa saliva ni que lo que sigue es extrañar hasta la muerte el olor de la piel que se arremolina tras el lóbulo de una oreja. No registramos la última ocasión en que nuestros hijos nos dieron la mano para cruzar una calle. Cuando cambiamos de ciudad, de país, siempre pensamos que vamos a volver, que los demás se van a quedar fijos, como encantados, y que a la próxima los vamos a abrazar y van a seguir oliendo a la misma loción, tabaco y café quemado. Pero los amigos cambian, progresan y se compran lociones caras, dejan de fumar, dejan el café, huelen a té verde cuando volvemos. O se vuelven locos, los meten a hospitales psiquiátricos y tienen muertes horribles de las que nos enteramos por correo electrónico. Hay una última conversación lúcida viendo un partido cualquiera de futbol con el abuelo y un último plato preparado por la mano maestra de la abuela, una última llamada telefónica con el profesor que nos hizo lo que somos y que una madrugada se resbala en la bañera y muere». Asumir que estamos al tanto de nuestros finales, que controlamos el término de las cosas, que la vida se ciñe a nuestras decisiones, es absurdo, y la exhibición de ese absurdo resulta ridícula para quien lo entiende. Entender este absurdo parece imposible sin mucha claridad y cierta rabia. Ahora me rindo y eso es todo es una excelente novela cómica sobre quien cree conocer los finales. Claro, siempre podemos leer la novela y la vida como una tragedia, asumiendo que el saber y la verdad son terribles, que nos enceguecen y nos castran. Pero también podemos rendirnos al límite mismo de la vida y afirmar con una sonrisa que al parecer eso es todo.

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. “Lo que sí está mal es que se me acuse de ordenar los abucheos”, dijo el presidente. No está de acuerdo con los abucheos, aunque no estén mal. Claro, el show y la simulación del Lic. López. 2. Recupera Carlos Puig una mañanera: una reportera acusa a otro periodista con el presidente. Y la censura irá. 3. Y la censura va de la mano de la mentira. Por una diferencia de 12 mil pesos, el SAT investiga a los dueños del Reforma. En su edición de ayer, el diario preguntó si acaso era un medio de presión. El presidente, en la mañanera, atacó a Reforma. Mintió, cual lo demostró el diario unas horas después. 4. Lo más importante del reportaje aquel sobre el espionaje que se hizo a Vicente Fox es que la nota no es el expresidente, sino que por el reportaje nos venimos a enterar que el analista tan enterado, opinador con muchas fuentes, fue agente de espionaje para el Estado mexicano. 5. Por cierto que el analista juega a divulgar la versión de que entre Alito y Narro sólo una carta es del presidente. ¡Ah, qué ganas de servir al nuevo régimen!

Coletilla. “¡Cuán rápido envejecen las revoluciones! Peor, ¡cuán rápido se vuelven respetables!”. G. K. Chesterton