La confianza liberal

La confianza liberal

 

Confían los liberales, con la notable excepción de Christopher Domínguez Michael, en que la institucionalidad puede ser límite suficiente al afán autocrático del futuro administrador del país. Los liberales suelen recomendar a quien tendrá el poder en los meses siguientes la limitación de sí mismo a partir de la construcción de instituciones. Nuestros liberales nos recomiendan vigilar la construcción de instituciones, incluso colaborar en la misma. Nuestros liberales han asumido la derrota de un proyecto, renunciando al esfuerzo por consolidar una democracia liberal y admitiendo que la decisión democrática por una “cuarta transformación” es aceptable en tanto sea institucional. Creo que a nuestros liberales les falta imaginación.

         El futuro administrador ha fundado la posibilidad de su triunfo en el descrédito de las instituciones, y desde ahí exige la transformación de las mismas. Sin diagnóstico de por medio, el futuro administrador redujo la complejidad del país al problema de la corrupción, presentó a la corrupción como un problema moral y se presentó a sí mismo como la única solución posible al problema. Si él es origen de la solución, él será origen de la institución. De aceptar la recomendación de los liberales, atestiguaremos la edificación idolátrica del autócrata (berrinches a petición, ha dicho Maigo con muy buen tino). Promulgar leyes a modo, construir instituciones a la medida de la propia ambición, podría parecer legal, puede aparentar espíritu democrático, pero la posibilidad no es criterio político suficiente.

         Entre los planes que el futuro administrador ha hecho públicos, encuentro dos que pueden ejemplificar muy bien la aparente institucionalidad de las decisiones y el trasfondo autocrático de las intenciones. Como parte de la reordenación del aparato administrador del Estado, se ha planteado paralelamente la descentralización de las dependencias públicas, la liquidación de más de la mitad de los empleados de confianza y la retabulación de los salarios de los servidores públicos. Ante el cuestionamiento por la inconformidad de los trabajadores, el futuro secretario de Turismo respondió claro: si no les parece, que se vayan a la iniciativa privada. Quien no sea despedido, debe aceptar la retabulación del salario y la reubicación geográfica para conservar su empleo. De no aceptar alguna de las dos, será desempleado. En las actuales condiciones, tanto los despedidos como quienes sean presionados para renunciar pueden ser defendidos por sus sindicatos. Problema para la próxima administración serán los juicios laborales que el reordenamiento genere. Sin embargo, en el periodo en que se desarrollarán los juicios laborales, las dependencias en su nueva ubicación requerirán de nuevo personal. Ahí nacerán los nuevos sindicatos del nuevo régimen. Para evitar los “quinazos” (bueno, concesión para los millenials que creen que la historia comenzó en 2006: la caída de Elba al inicio del sexenio de Peña es análoga a la caída de La Quina al inicio del sexenio de Salinas, a esa caída se le llama “quinazo”. ¿Estamos?), el nuevo régimen descentralizará las dependencias: la reordenación es la máscara de la disolución de los sindicatos. ¿Será institucional? Ahí es donde le falta imaginación a nuestros liberales. Tanto los liberales como los adeptos al nuevo régimen han coincidido en las ventajas de la reordenación: están contra los sindicatos (pues suelen ser corruptos) y no tienen aprecio por la burocracia (por su proclividad a la corrupción, o por su improductividad). Tanto a los liberales como a los adeptos del nuevo régimen la reordenación les parece buena idea. Y podría serlo, si no tuviese una intención antidemocrática.

         El segundo de los planes es la presumida conciliación y pacificación que el nuevo régimen plantea. Hasta donde se ha dicho, el plan consiste en la convocatoria a diversos foros en que una pluralidad de opiniones encuentre una expresión común que delineará las acciones futuras. Sin embargo, las acciones futuras ya están decididas. Los foros no serán un encuentro plural de opiniones, sino la validación de la opinión del líder ante la presencia de quienes opinan diferente. El futuro administrador lo ha dicho: los vamos a convencer. Para él, dialogar es convencer. Los foros, y lo dijo certeramente Javier Sicilia esta semana, serán un espectáculo. Las decisiones las tomará el líder, pero se presentarán públicamente como resultado de la conciliación. ¡La conciliación de los vencidos! Si no se aceptan los lineamientos del líder, si no se coincide en el planteamiento, la voz minoritaria se apagará entre gritos. Allá tú si no te dejas convencer. Retórica indecisa entre el garrote y la oportunidad perdida. Por ello los liberales andan creyendo que se puede tomar la palabra del futuro administrador y confiar en su invitación al diálogo. Por ello creen que en lugar de criticarlo, en estos meses necesitan persuadirlo, aconsejarlo. A los liberales les falta imaginación. Cuando se descubran engañados y quieran denunciarlo públicamente, serán vituperados por la unanimidad mayoritaria. Engañados y vituperados, rumiarán sus frustraciones con banales dicterios al gobierno reaccionario.

         Sugieren los liberales que el futuro administrador ha de levantar diques institucionales y constitucionales a su propio poder, pero no imaginan que para él la constitución y la institución serán expresión de su propio poderío. A los liberales les falta imaginación, tienen demasiada confianza en el fair play para ver la realidad de lo político. ¿Qué necesitamos imaginar para la crítica del nuevo régimen?

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño.1. El jueves siguiente se cumplen 46 meses de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa. En la siguiente administración, Alejandro Encinas será el encargado de dar seguimiento al caso. Cabe recordar que el 9 de noviembre de 2014, en Xalapa, un grupo de jóvenes reclamó a Encinas por su apoyo a José Luis Abarca. Poco después los entonces perredistas y ahora morenistas comenzaron a modificar el discurso para exculpar a Abarca, señalar otro culpable y tomar el control de las protestas por el caso. El 9 de septiembre de 2015, desde la tribuna del Senado, Encinas concluyó que la PGR mintió en la investigación del caso, por lo que sentenció: fue el Estado. ¿Hay alguna duda del camino que la investigación tomará? 2. Ya lo dije: la nueva administración intentará controlar a la oposición. Señalé que sus candidatos azules eran dos: Miguel Márquez y Marko Cortés. El primero declinó en la semana. El segundo será, además, el candidato del Yunque (acercamiento permitido por la senadora electa Alejandra Reynoso). ¿Cómo es que Morena y el Yunque podrían apoyar a un mismo candidato? El Frente Nacional por la Familia es la respuesta. 3. Una vez más el reportero Humberto Padgett ha hecho un gran trabajo. En preparación de su próximo libro entrevistó a 47 presos de casos representativos en la historia reciente: el asesino del padre Machorro en la Catedral de México, un delincuente devenido actor, una luchadora que terminó en asesina. 4. ¿Dónde estáis, indignados de la patria mía? Un partido político creó un fideicomiso que utilizó para financiar ilegalmente sus campañas, y no es todo: el fideicomiso se anunció para ayudar a los damnificados del terremoto del año pasado, pero los recursos se desviaron al partido. ¿Cómo ven, indignados, marchamos? ¿Pedimos que se les quite el registro? Ah, claro, el partido es Morena y, ya lo hemos dicho, la indignación es selectiva. Ahí está su cambio. 5. De risa loca. Hace dos semanas comenté que el Dr. Lorenzo Meyer anda acomodando la historia para endulzar los oídos del sátrapa del momento. Y como ejemplo ponía que en el afán de simular la popularidad del movimiento de AMLO omitía sospechosamente ciertos movimientos populares, entre ellos el EZLN. Ahora, dice el historiador que el morenismo es el verdadero zapatismo. Viéndolo con humor, ¿no resulta hasta tierno?

Coletilla. En uno de sus últimos homenajes platiqué con Max Linares, creador de una de las máscaras más bellas de la lucha libre mexicana. “Viendo los achaques y padecimientos de una vida dedicada a la lucha, ¿se arrepiente?”, le pregunté. “Por un momento sí, pero los recuerdos, el cariño de la gente y las nuevas generaciones hacen valer cada golpe”, me contestó. “Amigos, compañeros y discípulos, ¿lo valen?”, añadí. Sonriendo me dijo que sí. Algo envidio al Rayo de Jalisco, que en paz descanse.

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Política de la selfie

Política de la selfie

 

En 1982 Fidel Velázquez mexicanizó una frase mencionada cinco años antes en España por Alfonso Guerra: el que se mueve no sale en la foto. En la versión original, la frase denotaba el orden interno del PSOE, cuestionado por los detractores de la transición democrática. En la versión mexicana, la frase tomó tintes esotéricos señalando el carácter iniciático necesario para captar las decisiones tomadas en la tenebra, aquel sitio donde unos cuantos prohombres de la Revolución Institucional tomaban las decisiones con las que salvarían a la patria. Contemporánea, la frase de Jesús Reyes Heroles penetraba en la dialéctica interna del sistema priista y exhibía la posibilidad hermenéutica del mismo: en política la forma es fondo. El priismo requería que las decisiones privadas tuvieran una imagen pública que refrendara la posición de los poderosos, escudara del incumplimiento de la ley y señalara, para unos cuantos, lo decidido en la tenebra: simulación y disimulo como pericia política (cfr. Francis Bacon, Of Simulation and Dissimulation, 3). De ahí la necesidad del fotógrafo oficial en los eventos de los grandes hombres. De ahí los reporteros certificados para cubrir la fuente. De ahí la necesidad de la prensa oficial, las ocho columnas elogiosas y el pie de foto sibilino. Los eventos “públicos” de los políticos devinieron publicidad de la carrera privada de los hombres del partido. La política vino a ser el arte de aparecer en la foto.

         Con la llegada de la prensa libre y la democracia, el uso político de la fotografía se modificó: las fotos comprometedoras acompañaban al titular escandaloso. Un hermano incómodo, la grabación en la que un político fijaba con ligas los fajos de billetes o la diputada que pedía una bolsita para guardar un soborno rompían el pacto de silencio: el arreglo privado se volvía público, la presumida bonhomía de la familia revolucionaria se desdibujaba ante el ejercicio desvergonzado de los negocios privados en los puestos públicos. En política se desfondaron las formas. Los políticos aspiraron a no moverse para no ser captados en la foto. Judicialización de la tenebra; la legalidad como práctica de la complicidad. La impunidad reforzó la impudicia. Y de la prole impune nació la sobrerreacción moral que ahora ha llegado al poder.

         Podría pensarse que las fotos de unidad y conciliación de los días siguientes a la elección del pasado primero de julio son una restauración de la política de la fotografía. La foto del presidente electo con los empresarios, la foto de los gobernadores con el presidente electo, los mensajes de compromiso, sumisión y complicidad a nombre de la patria parecerían formas adecuadas al fondo del asunto, poses estudiadas para no quedar fuera de foco, anhelo de asistir al retrato de la inauguración de los nuevos tiempos. Sin embargo, la restauración todavía no es posible: quedan resquicios democráticos y todavía hay ejemplos de prensa libre. De hecho, no considero que la restauración se esté buscando. Creo que la política fotográfica que ha comenzado a gestarse adopta las características del actual imperio de la selfie.

         La proliferación de los medios fotográficos, así como la abundancia de medios para compartir instantáneamente las fotografías, ha modificado la relación del hombre con las fotos. Vivimos los tiempos en que cualquiera puede fijar la mirada sobre cualquier cosa, fijar las cosas desde cualquier mirada, los tiempos en que todo se desliza por las pantallas aspirando a eternizar los instantes, en que la vida se cuenta como la sucesión de lo efímero. Fotos por todos lados, fotógrafos por todas partes. Cualquiera es testigo de nada; nadie atestigua todo. En medio de ello, el hombre quiere hacer válida su presencia en una foto mal encuadrada que se toma por sus propios medios, a sí mismo, para sí: efimeriza sus momentos olvidables para sellar su propio olvido. Que cada quien cuente su historia. Que nadie sepa nada. Que todos sean don nadie.

         Don nadie se toma la selfie con el presidente electo. El presidente electo placea para darse baños de pueblo y gustoso se deja fotografiar por los nadies. Que cada quien tenga su propia historia con el nuevo gobernante para que todos se sientan parte del gobierno. Que los empresarios quieren sentirse parte de la mayoría unánime: selfie del evento. Que los gobernadores quieren anunciar su compromiso con la nueva administración: selfie del evento. Que cualquiera quiere ser parte del cambio: selfie con el presidente electo. Nada más “democrático” que la igualdad de la selfie. Forma “democrática” para ocultar el fondo autocrático. Donde todo lo público es publicitario, la tenebra es el consenso que valida la publicidad. Patriotismo del celular. Selfie como símbolo nacional. Nada más vano. Y la prensa, tan confundida sobre sí misma que se autointerpreta como el timeline de la nación, no se da cuenta de nada. Y la intelectualidad, tan asidua al autoelogio que lo confunde con la selfie, no se da cuenta de nada. Y la oposición, si queda, imitará las formas, aspirará a replicar los fondos. Que todos salgan en la foto para testimoniar lo efímero. Estamos ante la política de la selfie, el empoderamiento de don nadie, el paso anterior a la timagogia laocrática.

Námaste Heptákis

 

La letra yerta. Laocracia, lo sé, se utiliza desde hace un siglo en la plataforma del Kommunistikó Kómma Elládas (que en noviembre cumplirá 100 años). Sé también que desde abril de este año el término ha sido utilizado por una organización populista de España. Sin embargo, yo no lo pienso ni como los comunistas, ni como los populistas. Difiero de los primeros porque no creo en la lucha de clases como explicación suficiente del fenómeno político, ni en que la solución al problema político sea primeramente económica (¡la ciudad de los cerdos!); además considero dicha explicación como esencialmente antidemocrática. Difiero de los segundos porque les falló su diccionario de griego (si es que lo consultaron, aunque creo que usaron el traductor automático): laos no es el pueblo en oposición a la organización burocrática del demos, sino que nombra a la tropa en general, a la muchedumbre, con indiferencia a la libertad o la esclavitud. Una laocracia en los términos del populismo español puede ser el régimen pretendidamente libertario que mantiene esclavos a los esclavos… ¡chin! Yo sí sé lo que las palabras de Tersites le hacen al pueblo.

Coletilla. Cuarta transformación. Nuevos tiempos. Cambio y esperanza. Y Elba Esther estará ahí acompañando a López Obrador.

Apertura democrática 2.0

Apertura democrática 2.0

 

Contra el poder y sus abusos,

contra la seducción de la autoridad,

contra la fascinación de la ortodoxia.

Octavio Paz

 

En política, la unanimidad es consecuencia del error o del engaño. La mayoría, en democracia, es peligrosa cuando no es democrática. La unanimidad mayoritaria en una democracia sólo es real en la situación límite, la del mayor peligro, la de la supervivencia. No siendo el caso la supervivencia, la unanimidad mayoritaria de nuestros días, sea error o sea engaño, es un producto digno de reflexión. Dos son las posiciones que tras la más reciente elección han permeado entre opinadores, especialistas y analistas, posiciones generalizadas, aparentemente conciliadoras, pretendidas como garantes de la unidad nacional. Las dos posiciones popularizadas son, a mi juicio, un producto mimético. En la medida en que no reconocemos su origen en el contagio mimético del lopezobradorismo, no podremos ni explicar la apariencia de unidad de los meses por venir, ni identificar los peligros de nuestra situación. Ambas posiciones tienen una interacción importante, pues aunque públicamente se presentan como complementarias, su relación real es de falsa consecuencia. ¿La falsa consecuencia es producto de un error o de un engaño?

         La primera posición afirma que el triunfador ha llegado al poder con una inequívoca legitimidad, adjudicando la legitimidad tanto al número de votos, como a una pregonada madurez del sistema democrático. ¿Por qué sería necesario afirmar la madurez del sistema democrático? ¿A qué demócrata le sorprende que los votos cuenten? Quienes afirman que el triunfo de Andrés Manuel López Obrador es la madurez del sistema democrático replican miméticamente la posición que el triunfador propaló durante los últimos doce años: la inexistencia de la democracia (mientras él no gane), la ilegitimidad de todo ganador (mientras el ganador no sea él). La democracia no es, como piensa el lopezobradorismo, la derrota del sistema, ni la llegada al poder de un grupo de políticos que pretende encarnar a la mayoría unánime. Afirmar que el triunfo de López Obrador es la genuina transición democrática es vituperar los esfuerzos democráticos en la vida política de los últimos veinte años, menospreciar la ciudadanización de los órganos electorales, restar valía a los mecanismos de transparencia: que los votos cuenten, que los funcionarios rindan cuentas y que se puedan hacer públicos el fraude, la corrupción y las componendas. Quien afirma que la elección del pasado domingo es el paso a la democracia ha imitado la posición del ahora ganador, de quien negó toda legitimidad a quienes lo vencieron, de quien despreció la ley, las legislaciones y las instituciones a fin de situar el fundamento de la legitimidad en la pretendida exclusividad de la unanimidad popular que él afirma representar. El contagio mimético del lopezobradorismo nos deja frente al peligro de una legitimidad que se asume por encima de las instituciones, las legislaciones y la ley; frente al peligro de quien podría fundar a su medida las nuevas reglas “democráticas”. Si él representa el origen de la legitimidad democrática, él será la fuente de las nuevas reglas “democráticas”. Vivimos el contagio mimético que reescribe la historia reciente, que pronto modificará las condiciones para la democracia.

         La segunda posición, por su parte, es una falsa consecuencia de la primera, pues ha llegado a proponer “por el bien de México” la colaboración con el nuevo gobierno, lo que quiere decir que ante la transición y el arranque de la nueva administración es necesaria la unidad nacional, siendo la unidad un ejemplo de la buena voluntad ante el grupo de políticos que ahora se empoderará. Nuevamente se trata de mimetismo: el ánimo disruptor del ahora ganador configura el umbral en que se gesta el cambio. Para que el cambio sea ordenado, se dice, es necesario colaborar con el nuevo régimen, darle oportunidad, dejarlo hacer. Unidad para el cambio ordenado; sin conciliación, el desorden. ¿Acaso el orden no se garantiza por la ley? Precisamente es este mimetismo el más peligroso, el que más engaña a través de sus consensos y conciliaciones. Cabe una comparación. La “ruptura” de Luis Echeverría Álvarez con Gustavo Díaz Ordaz hizo que se asumiera colectivamente un compromiso de cambio, un consenso general para garantizar la estabilidad: la apertura democrática. Pasado el tiempo se reconoció que la ruptura no fue tal, que la apertura fue cerrazón y el consenso fue extorsión: que la pretendida unidad fue el intento de cancelar la pluralidad (Nunca mejor dicho, lector: a Echeverría le molestaba tanto Plural que la suplantó: la pluralidad se decretó desde Palacio Nacional). ¿Cómo es que los demócratas han llegado a creer que se requiere un trabajo distinto al de la misma ley? Por desgracia, muchos han asimilado la retórica del tigre y el diablo, o están dispuestos a conceder el beneficio de la estabilidad sobre el perjuicio de la ley, suscribiendo la afirmación echeverrista: “no hay que perder la paz”. Y así será mientras la paz siga siendo mejor negocio. ¿Acaso se puede conservar la paz perdiendo la ley? Vivimos el contagio mimético que idolatra la unanimidad mayoritaria frente a un peligro fabulado por el nuevo gobierno. Vivimos un engaño.

         Las posiciones predominantes ante el nuevo gobierno mimetizan las posiciones que lo hicieron posible. El riesgo del candidato es ahora el riesgo de la nación. ¿Nación sin ley? Banalización de la ley: “Ahora que habrá nuevas leyes, ¡que vengan!, directas de arriba, en tablas o en piedras, videos o pancartas, no tiene importancia”. Viviremos la comodidad unánime de quien se resigna a descubrir que no hay un lugar próspero sin ley (Esquilo, Euménides, v 895).

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño.1. Comenté la semana pasada que el día de la elección serían traicionados los dos candidatos presidenciales que no encabezaban las encuestas. Javier Tejado revisó las cifras de votación por los partidos pequeños coaligados con PAN y PRI, la revisión permite comprobar que la traición ocurrió. 2. También comenté que el nuevo gobierno intentará controlar a los partidos de oposición. Contra los naranjas, ya logró la ruptura de Enrique Alfaro, quien ahora trabajará con el lopezobradorismo; falta ver si pierden el registro o los subyuga. Contra los azules, Puebla será la manzana envenenada con la que Marko Cortés buscará la dirigencia nacional. 3. Hace tres años resalté que Enrique Vargas, entonces aspirante a la alcaldía de Huixquilucan, había sido el único entre todos los candidatos que avisó a su electorado la intención de reelección inmediata. El pasado domingo, el panista Enrique Vargas fue el único alcalde del país que logró la reelección. Notable que, nuevamente, los candidatos a alcalde omitieron declarar si pensaban en su reelección inmediata. La omisión es especialmente grave en el caso de los senadores, quienes podrían ocupar su cargo por 12 años. 4. Ya comenzó a reescribirse la historia. Ahora resulta que la elección del pasado domingo es la apertura del México profundo. Que el episodio anterior de esa apertura fue el gobierno de Lázaro Cárdenas, que tomó al México profundo como base de su organización (y, por supuesto, que no creó el sistema corporativista que dio identidad al PRI). Que no hubo campaña popular en 1988. Que el zapatismo no tuvo profundidad. Que no existió el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. El doctor Lorenzo Meyer escribe la historia que quiere escuchar el nuevo príncipe. 5. El EZLN ha emitido un comunicado sobre el triunfo de López Obrador.

Coletilla. “Escribir es haber leído. Es muelle, aeropuerto, las primeras calles del pueblecito, las vías rápidas que entran a la ciudad y se ven torres y edificios, bloques para los hombres de hoy, las puntas de los árboles estáticos en la distancia. Es la reconocencia de las piedras preciosas recogidas en la imaginación del que lee vidas e historias antes contadas por otro que escribió el principio del mundo”. María Luisa La China Mendoza, de quien extrañaré la adjetividencia sabatina.

 

Asinus imperium

Asinus imperium

 

Revisito libremente la fábula XV de Gayo Julio Fedro. Ya lo sabe el lector: mi único fin declarado es compartir la cultura romana. Es importante señalar que la obra de Fedro se desarrolló tras la muerte de la república. ¿Ya será contemporánea?

 

Cuando cambia el gobierno

sólo cambian a los pobres

los modos de sus señores.

Para explicarlo a la gente

presento un asno tierno

charlando con un vejete.

Temeroso el anciano

apacentaba su asno,

pues un ruido de repente

provino desde el gentío.

Queriendo huir del lío

y el viejo tan insistente,

tuvo que decir el burro:

“¿Tú crees que el vencedor

me mande a doble curro?”.

Y el viejo, tan sabedor,

lo negó muy complaciente.

Dijo el asno, sabiamente:

“Si al fin seguiré cargando

cualquiera que esté al mando,

¿qué me importa lo inclemente

o el gobierno del demente?”.

El anciano consolado

y el burro sabihondo

se resignaron al hado

de un tirano orondo.

 

Escenas del terruño. No ha ganado y… Le entregaron la cabeza editorial de un diario. Dos empresas de entretenimiento le produjeron un espectáculo que la revista sensacionalista de la que podría ser la próxima administración llamó “reivindicación de los movimientos sociales” (¿de veras no vio la prensa crítica [ja, ja] en el espectáculo su publicitada telepresidencia?). Siete gobernadores panistas le dieron la espalda al candidato azul y se ofrecieron a colaborar con él. Además, un partido entregó una senaduría plurinominal a un gobernador que es su aliado (al tiempo que bajó al candidato oficial a la gubernatura para apoyar al candidato de su nuevo aliado), anunciando así que el domingo próximo el otro candidato también será traicionado. ¿Qué sigue? Si gana, intentará controlar los partidos de oposición: al Verde con los chiapanecos, al PRI con los hidalguenses, al PAN con un queretano (que entregará al ahora candidato) y el turquesa volverá a su legítima dueña. Además, extorsión para naranjas por la gobernabilidad de Jalisco y uvas verdes para los amarillos que no sigan resentidos. ¡Ahí está su cambio!

Coletilla. “Arrastrado por la inspiración, seguirá insultando, aunque su incontinencia tenga costos políticos”, anticipa Gabriel Zaid. “El autopostulado adalid de la honestidad es en realidad un plagiario”, descubrió Fernando García Ramírez. “Si queremos evitar más efectos perversos, lo sensato sería no votar ni por el priismo tecnocrático ni por el priismo regenerado”, sentencia Roger Bartra. “La fe en sí mismo contrasta con la sospecha por todo lo demás: las instituciones son juguetes de la mafia, las leyes son irrelevantes, la sociedad civil es sospechosa. Sólo él y el pueblo que él encarna le merecen confianza”, retrata Jesús Silva-Herzog Márquez.

Cierre de campaña

Cierre de campaña

 

Revisito libremente siete versos de las sátiras de Cayo Lucilio, quien advirtió a tiempo la terrible realidad política que enfrentó Cicerón: la decadencia de la república. Son los versos 1228 al 1234, tomados de la edición de Fridericus Marx editada en 1904.

 

A la sinvergüenza que facturó

sus colorados tintes

 

Ahora, de la mañana a la noche,

lo mismo entre la fiesta que el trabajo,

todos los senadores por igual

se jactan en el foro, amotinados,

expertos todos en eso de engañar,

estafando con palabras de arte,

por hombres buenos querrían pasar.

Trampas, fraudes, triquiñuelas y moches:

enemigos todos; puros derroches.

 

Coletilla. Anótenme tres puntos, que sí que clasifico. Primer punto. El pasado 21 de abril comenté, tras el olvido de la investigación de Roberto Zamarripa, que para estas fechas se intentaría revivir el caso de Ayotzinapa, pues era sospechoso que los políticamente correctos ya se hubiesen olvidado del asunto. En días recientes se revivió el caso por la resolución de un tribunal conforme a la estrategia de defensa que esbocé el 21 de enero de 2017. El martes siguiente se cumplen 45 meses de la desaparición de los normalistas. Los detenidos pronto estarán libres, la investigación oficial se retomará hasta la administración siguiente y concluirá con que “fue el Estado”. Segundo punto. El 18 de noviembre de 2017 señalé el conflicto de interés entre el presupuesto para la cultura, el financiamiento de Fundación Azteca y la relación entre Esteban Moctezuma Barragán y Andrés Manuel López Obrador. Esta semana el grupo de periodismo independiente 5°ElementoLab presentó una investigación extensa sobre el caso. Tercero, el 27 de septiembre de 2014 desarrollé la etimología de “competente”, pero mi amigo Cantumimbra lo olvidó y el lunes la presentó nuevamente, pero ahora en el contexto de una situación política.

Las hojas se arrastran tarde

Las hojas se arrastran tarde

 

Crece el desasosiego en el espectador que comprende que ya es demasiado tarde. Desasosiego de quien ve la hoguera de la propia vida, quien siente arder la pira mas se sabe insacrificable, quien se percata del fin demasiado tarde. La dictadura moral exhibe la ruina y la oportunidad perdida, condena a la resignación o al cinismo, aterra. Y para el aterrado los días también se arrastran tarde. Imposible el final feliz. O al menos eso logro ver en El pacto de la hoguera [ERA, 2017] de Alfredo Núñez Lanz [Ciudad de México, 1984].

         El pacto de la hoguera presenta el trenzado de dos modos en que la dictadura moral destruye la vida. Destruye las vidas de los individuos, devasta las amistades, infecta a las comunidades y desgarra a las familias. La dictadura moral lo descompone todo a nombre del bien. El hedor de la descomposición se llama olor a nuevo a nombre del dictador. El deleite perverso del dictador es la moral pública. La dictadura adviene cuando un hombre cree encarnar el bien. El pacto de la hoguera exhibe la desencarnada realidad de los hombres sometidos a la moral del dictador, la miseria de los hombres que arrastran sus vidas en la dictadura moral.

         La dictadura moral narrada en la novela se origina en el gobierno de un tabasqueño que, escudado en el cambio, el progreso y la revolución, organiza brigadas populares que intervienen al margen de la ley en las poblaciones. Las brigadas populares sustituyen, o incluso subyugan, a los órganos legales de administración. Por ejemplo, para garantizar los derechos laborales se dejan de lado la legislación y los tribunales especializados (y para ello basta el pretexto de la austeridad, la reducción burocrática o el combate a la corrupción) y se crean comités populares que regulan la actividad de los trabajadores, de modo que el trabajador no perteneciente al comité no puede tener garantía de sus derechos, por lo que desaparece el problema legal de evitar su contratación: si quisiera trabajo lo reclamaría como derecho, y toda reclamación se canaliza en el comité, y todo comité opera únicamente sobre sus miembros, por lo que… Internamente, las brigadas populares se constituyen por sus propias reglas (todas fundadas en la apelación general al principio revolucionario: lo que se excluye, es antirrevolucionario; lo aceptado, es revolucionario, la revolución misma: extra revolutionem nulla salus) y en función de los objetivos de la moralidad dictada. En el caso del tabasqueño, al menos, esos objetivos contienen los vicios que frenan el proceso revolucionario: la religión y el alcoholismo. La religión aparece antirrevolucionaria en tanto no tiene a la Patria, al Estado o al Pueblo como lo superior. El alcoholismo, por su parte, corrompe las costumbres, dilapida la riqueza e impide la presteza en la acción directa. Consiguientemente, la dictadura moral ataca cada uno de los hábitos que no hacen de cada individuo un soldado de la Causa. A través de las brigadas populares el dictador afianza su poder, se enriquece, corrompe la vida legal y crea una modalidad del progreso en que abundan la delación y la crueldad. El dictador tabasqueño es real, gusta del béisbol y, ya se habrá adivinado, se llama Tomás Garrido Canabal.

         La novela nos narra la destrucción de una amistad por la dictadura moral, así como la corrupción de los amigos por la reacción ante la dictadura. La amistad destruida por la dictadura no deja inermes a los hombres en ella involucrados: los amigos se hacen peores hombres cuando la dictadura sobrevive a la amistad. ¿Acaso puede sobrevivir la amistad ante la dictadura moral? La tiranía no tiene amigos; la amistad es perfección de la política. El drama de la dictadura moral es aterrador; quizá nos aterramos demasiado tarde.

         Del par de amigos de la novela, uno —como es de esperarse— se enrola en las brigadas de la dictadura, el otro —ya se habrá adivinado— se niega a enrolarse. Sin embargo, Núñez Lanz no produce una oposición simplona, pues la adhesión o diferencia con la causa nunca tiene la sencillez de la abstracción histórica. Los complicados pliegues de la vida humana, la dificultad de conocernos a nosotros mismos, impiden hablar simplonamente de la vida política. El enrolado, por ejemplo, tiene en claro que su participación en las brigadas da seguridad a su afán de ascenso social. Al enrolado no le importa la Causa, sino sus beneficios. Los igualitarios de la dictadura moral claman por marcar la diferencia. El opositor, en cambio, no puede creer en la Causa, mas no por inconformidad con ella, sino por desengaño. El opositor desengañado sólo cree en sí mismo. Los pragmáticos sobreviven en la dictadura moral porque nunca se preocupan lo suficiente por el otro: huyen cuando hay que huir, engañan cuando hay que engañar; su única verdad es la ausencia de verdad. La dictadura moral afianza el relativismo y debilita la honestidad: delación y crueldad: deseo de poder.

         La novela de Alfredo Núñez Lanz no se queda en la simpleza de presentar el conflicto amistoso en su superficie política. Así como no hay comunidades sin hombres, no hay ciudadanos sin pasiones: el drama de toda comunidad es la pasión política. La dictadura moral entiende erróneamente la pasión, es un fracaso político. El amigo que se niega a enrolarse en las brigadas no reconoce la oscuridad de su pasión, por ello nunca se preocupa lo suficiente por el otro, por ello puede ser tan pragmático. El pragmático alisa los pliegues de su ser, confunde la honestidad con la simpleza, en el espejo sólo ve la superficie de sí mismo. El enrolado, por su parte, ha visto claramente su pasión y encuentra en el extremismo moral el ensalmo a su terror. Sostiene firmemente la moralidad para obcecar su pasión, para torturarse moralmente, para descargar en el castigo al otro la frustración de sí mismo. ¿Qué lo frustra? Lo frustra la imposibilidad de declarar su amor, la imposibilidad de vivir conforme a quien él es: arruga emberrinchado su ser, confunde la franqueza con rudeza, sólo puede verse en el espejo porque no tiene ojos que lo miren, ojos en que se mire. Ninguno de los dos amigos puede amar: uno vive del engaño de los otros, otro vive del engaño de sí mismo. El pragmático engaña a los otros ocultando la inanidad de sus deseos. El moralista se engaña a sí mismo ocultándose sus deseos. El ocultamiento del deseo deriva en la delación y la crueldad. Crueldad con uno mismo cuando no se es capaz de ser feliz. Delación de uno mismo cuando nos atemoriza ese que somos. Delación del otro ante la envidia de quien es. Crueldad con el otro ante el temor de quienes somos. Delación y crueldad son los hitos de la dictadura moral. Y frente a la dictadura moral nos invade el desasosiego de entender que quizá ya es demasiado tarde.

 

Námaste Heptákis

 

Coletilla. Considérese el movimiento dialéctico de la historia: Fidel tuvo a Silvio, Hugo cantaba solo, Andrés Manuel tendrá a Belinda. ¡Ya para qué me burlo!

Tercer debate

Tercer debate

 

Revisitando tres epigramas de Marco Valerio Marcial en tiempos políticamente correctos, timagógicos y todavía sin dictadura moral.

 

Honestidad valiente

Nerón quiso a Roma honrada;

por él solo fue saqueada.

 

 

Primero los pobres

Grande es tu pobreza,

pronto lo será más;

en cuestión de riqueza

los ricos ganan más.

 

 

A favor de la familia

Basta, que te has divertido.

Cásate ahora, culo lascivo.

Amores castos son todos

los que se te permiten ahora.

¿Venus casta, cosa de locos?

Con Ligdo se casa Litoria:

antes amante, ahora esposa,

más desvergüenza, señora.

 

 

Coletilla. De Nexos de este mes, una buen párrafo de Jesús Silva-Hérzog Márquez.

Anticipo una presidencia seductora, fuerte, ambiciosa, torpe y enmarañada. Tendrá un respaldo popular inusitado en nuestra historia reciente. No sentirá la restricción de las reglas ni de los hábitos. Enfrentará una oposición débil y confundida. Los límites que puede enfrentar serán más económicos que políticos. A pesar de su fantasía, México no es una isla: tendrá poco espacio para jugar con la irresponsabilidad. Desplegará magistralmente una política de símbolos que será recibida con júbilo por una sociedad indignada por el recuerdo del pasado reciente. Sostendrá en la mano la conversación pública. Seguirá provocando polarización, definirá toda intervención pública como una lucha entre el pueblo y las mafias defendiendo privilegios. Las organizaciones de la sociedad, las instituciones de la imparcialidad, los medios críticos sufrirán el embate de una política belicosa. Al mismo tiempo, los grandes proyectos, las causas magníficas serán obstaculizados por las distracciones y las incompetencias de un equipo de novatos y trasnochados. La magia del voluntarismo se exhibirá muy pronto, ineficaz.