La gracia de la alegría

La gracia de la alegría

 

A mi maestro

Francisco García Olvera

in memoriam

 

Ante la plena

mar, una sola lágrima…

Brota la niebla.

José Luis Rivas

 

Vi con claridad la felicidad. Francisco García Olvera fue un hombre feliz. Por ello fue siempre tan dichoso todo encuentro con él. Por ello, estamos todos tan agradecidos de la dicha de haberlo tenido en nuestras vidas. Nosotros, tan imperfectos, nos maravillábamos de su radiante alegría, nos inspirábamos con su paciente esperanza, agradecíamos su tenaz disciplina, su corrección directa, su reconvención amable, su planeada simulación, la inteligencia que espontánea iluminaba nuestras vidas. Yo, en particular, deberé siempre a mi maestro lo mejor de mi vida: la confianza en la palabra. Fue él quien me llevó a los diccionarios, fue por él que descubrí en los términos pasado, en las palabras sentido, en lo dicho posibilidad. Fue Francisco García Olvera quien ideó la simulación original por la que fue posible que los amigos se reunieran a leer, a trabajar juntos, a pensar en compañía: a que la palabra fuera común a todos. Por García Olvera tengo a los mejores de mis amigos, tuve los mejores momentos, casi fui feliz… Fue su confianza la que me dio profesión. Si llegué a estar frente a un pizarrón, si pasé horas corrigiendo trabajos, si comencé a ser docente, sólo fue posible por la confianza del maestro Francisco. Y en la más terrible crisis, sintiendo lejos a mis amigos, perdiendo el sentido de la profesión, empañando la esperanza en la vida, fue mi querido Panchito quien me ayudó. “¿Cómo conserva la esperanza un profesor?”, le pregunté dolido a quien ejerció la profesión por más de sesenta años. “Uno sabe que nunca es suficiente. Las definiciones son perfectas, los hombres no lo son. La educación siempre está en lo imperfecto”, me contestó alegre y me ofreció un chocolate. ¿De dónde venía su alegría? Francisco García Olvera contagiaba su alegría, extendía la mano de su inteligencia y sus palabras nos endulzaban el gusto sin empalagarlo: ahí el secreto de la definición perfecta, de la metáfora viva, de la enseñanza sabia. Irradiaba alegría para deslumbrar el buen gusto: pensar como la alegría del hombre que sabe sus propios límites, el hombre contento. Educaba el gusto por el orden mediante la correcta exageración. Exageraba educando porque nosotros, tan imperfectos, tan exagerados, sólo así podríamos comenzar a conocernos, a reconocernos, a pensarnos. El gusto por pensar: la gracia de Pancho. La gracia de la alegría de Francisco García Olvera fundó en sus discípulos una cierta fe, una esperanza, una cierta confianza en la palabra. La gracia de su alegría nos hace deseable la felicidad, confiable la vida y entrañable la amistad. Yo deberé siempre a mi maestro lo mejor de mi vida.

 

Námaste Heptákis

 

Coletilla. Aurelio Asiain escribió el siguiente poema sobre los tres estudiantes de cine secuestrados y asesinados, cuyos cadáveres fueron disueltos en ácido, en Jalisco.

 

EMPÁTICO

 

La irreparable pérdida

y la pena que embarga

y las sinceras condolencias.

 

Estos hechos terribles

no quedarán impunes.

 

He girado instrucciones

y lugares comunes.

 

La cosa está resuelta.

La realidad disuelta

 

en ácido.

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Mirada de Paz III

Mirada de Paz III

 

A veinte años del fallecimiento

de Octavio Paz

 

Nunca volvemos al mismo sitio tras leer un buen poema. Leer poesía colorea heraclítea la realidad, de ahí que nos sorprendan los nombres que da el poeta. En el poema se nombra lo real aparentando algo más y mirando en la apariencia refulge misterioso lo que de real se había olvidado: la mirada del poeta es espejo del hombre que refleja y especula, que muestra y demuestra, que al decir nos dice y diciendo nos enseña a decir. De ahí que el buen poeta que dirige bien su mirada a otros buenos poetas nos resulte tan clarificador. De ahí que sea indudable la vocación magistral del poeta Octavio Paz leyendo a otros poetas. La mirada de Paz se posa en las obras, atraviesa los versos, entona los acentos, especula, muestra, señala y nombra; nosotros, lectores del lector, nos la habemos entre nombres, entre señales, miramos el juego de miradas en la casa de espejos que son los grandes libros esperando que quizás alguna nos vea de modo tal que algo se nos haga claro. Del buen poema, quizá, volvemos con alguna claridad.

         Octavio Paz describió del siguiente modo al joven poeta José Carlos Becerra: “Me sorprendieron su calor, su capacidad para admirar y maravillarse, la inocencia de su mirada y sus facciones un poco infantiles. A veces la pasión centelleaba en sus ojos y lo transformaba. Hombre combustible, el entusiasmo lo encendía y la indiferencia lo apagaba. […] José Carlos lo oía todo con los ojos brillantes. Descubría el mundo ―y el mundo lo descubría. […] No el mundo, sino el yo: la marea verbal mece al joven poeta que, en un estado de duermevela, se dice a sí mismo más que a la realidad que tiene enfrente”. La mirada de Paz se posa en la mirada de Becerra para reconocer entre sus versos la incandescencia del mundo; el lector, mirando la mirada que mira la mirada, recorre el mundo de José Carlos Becerra admirándose de un fuego nunca visto, guiado sólo por un humo sospechado, confrontado con el recuerdo y la nostalgia del entusiasmo.

         Leo el poema intitulado El otoño recorre las islas:

A veces tu ausencia forma parte de mi mirada,

mis manos contienen la lejanía de las tuyas

y el otoño es la única postura que mi frente puede tomar para pensar en ti.

 

A veces te descubro en el rostro que no tuviste y en la aparición que no merecías,

a veces es una calle al anochecer donde no habremos ya de volver a citarnos,

mientras el tiempo transcurre entre un movimiento de mi corazón y un movimiento de la noche.

 

A veces tu ausencia aparece lentamente en tu sonrisa igual que una mancha de aceite en el agua,

y es la hora de encender ciertas luces

y caminar por la casa

evitando el estallido de ciertos rincones.

 

En tus ojos hay barcas amarradas, pero yo ya no habré de soltarlas,

en tu pecho hubo tardes que al final del verano

todavía miré encenderse.

 

Y éstas son aún mis reuniones contigo,

el deshielo que en la noche

deshace tu máscara y la pierde.

Poema de nostalgia y serenidad. José Carlos Becerra señala a la soledad con el nombre del otoño y transfigura en ello el drama de la ruptura amorosa en la contemplación sosegada del orden. A nuestras vidas, afanadas y surtas, señeras y habitables, de amor y desamor, las recorre el otoño: vemos resquebrajarse las hojas de la costumbre, los vientos barriendo nuestras seguridades, en su desnudo las ramas intimidando la esperanza y la luna coqueta de octubre asoma con un sediento sabor a promesa. El poeta nos brinda un espejo orleando nuestra nostalgia.

         Al inicio del poema miramos la mirada del poeta reconociendo en su luz la soledad. El solitario mira al mundo desde la ausencia del amado. No puede asirlo, el mundo escapa: lejanía contenida, recuerdo que roza las manos hormigueantes. El otoño es la postura que anticipa los días fríos de soledad, la fragilidad triste de las ramas resecas, el encorvado dolor de quien extraña. Miramos al poeta viendo al mundo con su soledad a cuestas. De ahí que encuentre ese rostro entre los rostros, tal apariencia entre las apariciones, los lugares del nunca, los tiempos truncos del futuro, las noches en que late fosca la soledad presente.

         En mejores días, el poeta se mira sonriente, cristalino; ahí la ausencia lánguida se filtra amenazando ignición. El poeta lo sabe, por ello lo acepta: “es la hora de encender ciertas luces”. Recorre cuidadoso los espacios, escabulle los vistazos entre escondrijos, puntos ciegos y resguardos. Pasa lista de lo hallado, inventario de lo que sigue en pie. Finalmente acepta: nunca más hacerse al amor como a la mar. El ausente ha dejado de ser puerto seguro. Se mira hacia lo lejos la señal de las naves encendidas. ¡Somos islas!

         Concluye José Carlos Becerra con una sabía ironía: “éstas son aún mis reuniones contigo”. Que las islas se sepan islas, que se prevengan de la inundación en el deshielo de la noche. Ya perderán su seguridad, su confianza. Ya despertarán cuando amaine para encontrar su máscara deshecha. Ya mirarán la ausencia en la mirada, el otoño recorriendo las islas.

         Octavio Paz miró en la poesía de José Carlos Becerra un humor incendiario. Becerra no negó la realidad del mundo, sino que la vio para iluminarla con su mirada, para encender lo sombrío de la experiencia, para incendiar la experiencia de lo sombrío. Sombras iluminadas entre la certidumbre y la duda. “La certidumbre se alimenta de la duda ―mejor dicho, la duda es la prueba, la llama, donde se quema la certidumbre. Los dedos en la llama”. Becerra mira al fuego e incendia, al incendiar ilumina: la claridad del lector es un incendio que permea por los recovecos del alma. Concluye Paz que los poemas de Becerra “lo revelan como un hombre que vivió cara a la muerte y que, frente a ella, quiso rescatar los misterios del tiempo humano y oír el rumor de los cuerpos encontrados en la memoria, en el chasquido de la nada”. ¿No es precisamente la soledad un misterio del tiempo en que la nada sorprende a la memoria? En el juego de miradas de los poetas el fuego ha mostrado su orden.

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. El jueves siguiente se cumplen 43 meses de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa. Tras la revelación, por Roberto Zamarripa, de las conversaciones de miembros de Guerreros Unidos, la discusión sobre el tema ha sido nula. ¿Será que algunos están callando en la esperanza de que se olvide y vuelvan en un par de meses con el puño en alto a culpar al Estado? 2. Las unanimidades políticas siempre son sospechosas. Me extraña, por ello, que nadie se pregunte cómo fue posible el “consenso” en la propuesta de eliminación del fuero en la Cámara de Diputados. Más que afán celebratorio, sospecho afán persecutorio. Creo que surge de la adicción a los escándalos mediáticos. 3.  Importante atender a las modificaciones a la Ley de Asociaciones Religiosas. Piénsese que se beneficiarán principalmente los grupos reunidos en torno al Frente por la Familia y al PES. 4. Buena nota de La Jornada: los jóvenes prefieren las dictaduras. ¿Será que eso explica la reacción de la juventud en redes ante la encuesta entre jóvenes que Reforma publicó en la semana? 5. No tengo pruebas, pero la presurosa lectura que se ha hecho de los dichos no me cuadra con los hechos pasados. No creo que el adinerado ingeniero juegue tan mal con el que las encuestas ponen tan arriba. No creo que el candidato necesitado de apoyo decida pelearse con uno de sus promotores tradicionales. Creo que en realidad fue un teatrito para las galeras y que nos lo dice el único punto en que ambos estuvieron de acuerdo. Según Carlos Slim, el problema del nuevo aeropuerto es que el modelo de inversión no fue una concesión al sector privado, por lo que la posible cancelación del proyecto genera incertidumbre; según López Obrador, el nuevo aeropuerto no sería problema si fuera una concesión al sector privado. Especulando, porque especular es bien sabroso (Jorge G. Castañeda dixit), si gana Andrés Manuel y sigue adelante con la idea de cancelar la construcción del nuevo aeropuerto se planteará una solución negociada por la que Carlos Slim se quedará con la concesión. ¿No tiene eso más sentido?

Coletilla. Julio Hubard recuerda a Octavio Paz: el hombre en crisis.

Mirada de Paz II

Mirada de Paz II

 

A veinte años del fallecimiento

de Octavio Paz

 

La crítica es, lo sabemos desde Jorge Cuesta, la actividad política de la inteligencia. La crítica literaria, de modo semejante, siempre es una posición pública sobre el hecho literario. El poeta que lee a otros poetas presenta lo poético públicamente, políticamente. En la mirada del poeta que lee a otros poetas encontramos también una crítica política. Así podemos verlo, por ejemplo, en la lectura que el poeta Octavio Paz hizo de la poesía de Efraín Huerta.

         Dice Paz: “A mi generación, que fue la de Efraín Huerta, le tocó vivir el crecimiento de nuestra ciudad hasta, en menos de cuarenta años, verla convertida en lo que ahora es: una realidad que desafía a la realidad […] Fuimos amigos y nunca dejamos de serlo […] Más tarde las pasiones políticas nos separaron y nos opusieron pero no lograron enemistarnos. Vi en él siempre al Efraín de nuestra adolescencia: al poeta apasionado e irónico, al amigo un poco silencioso y afable. En su trato Efraín era cortés y discreto, como buen mexicano. La violencia de algunos de sus poemas y epigramas contrastaba con su finura personal […] Hay un Efraín Huerta poco conocido, oculto por lecturas más fervorosas que atentas”. La crítica literaria de Paz busca hacer visible al poeta apasionado. La fama de Huerta creció como la ciudad: distorsionando la realidad. La lectura del amigo debería darnos ojos para leer bien a Huerta. ¿Será?

         Leo el poema “Ternura”, del poemario Estrella en alto de 1956.

Lo que más breve sea:

la paloma, la flor,

la luna en las pupilas;

lo que tenga la nota más suave:

el ala con la rosa,

los ojos de la estrella;

lo tierno, lo sencillo,

lo que al mirarse tiembla,

lo que se toca y salva

como salvan los ángeles,

como salva el verano

a las almas impuras;

lo que nos da ventura e igualdad

y hace que nuestra vida

tenga el mismo sabor

del cielo y la montaña.

Eso que si besa purifica.

Eso, amiga: tus manos.

El poema todo proviene de la vista. Quien habla en el poema mira unas manos. Manos son, pero no por su materia, tampoco por su acción, sino por una posibilidad propia de ellas: la ternura. Lo tierno aparece en la tercera de las cinco partes del poema. La tercera parte, y central, articula la mirada y el alma, lo que mira y lo que no se mira, con un toque inmaterial. Las manos son el medio inmediato del toque; las manos tiernas son ángeles.

         Visto en su conjunto, el poema desciende por un camino que conduce a las manos en que se mira la ternura invisible. Los pasos del camino descendente son lo breve, lo suave, lo que salva, la vida, las manos. Sólo las manos carecen de la levedad de breve, suave, salva y vida. Pero se trata de aliviadas manos que en ternura purifican. Huerta llega a la tierna caricia de las manos por un camino silencioso y afable.

         La caricia tierna siempre es breve: como el mensaje en la paloma, que apenas vuelve confirma en su pequeñez la inmensidad del mundo; como la vida de la flor, que apenas esplendente se marchita inapelable; como esa mirada atónita de los amantes en la desvelada noche. La caricia tierna siempre es suave: decidida y natural como el chupamirto, expectante y sorprendida como quien con la mirada confirma su entrega. La caricia tierna salva estremeciendo, como el espíritu sobre las aguas, como la pila del bautismo, como cuando los amantes son una misma nota… De ahí la vida, de ahí que la caricia tierna nos iguale en ventura. En el amor, la pareja de amantes se aventura a la vida. Sólo así volvemos a las manos, tras recorrerlas recorriendo en la imaginación su camino. Volvemos a las manos a admirarlas, a desearlas. Volvemos por fin a las manos puras.

         Octavio Paz consideró que Efraín Huerta era en realidad un poeta fino al que es necesario rescatar de la batahola antipoética. Si bien el influjo infrarrealista tiene una constancia en la arena política, eso no significa que el lector de poesía deba aceptar el canon antipoético de una postura política. Afirma Paz: “Nada más alejado de los gustos poéticos y del temperamento de Huerta que el didactismo de la literatura doctrinaria […] El poeta acaba siempre por vencer al ideólogo”. Manos impuras las del ideólogo que distorsiona la mirada para hacerse de un lugar en la plaza pública. Manos impuras las del lector que permite que su ideología anuble su experiencia del poema. Manos puras las del amante entregado, las del lector cuidadoso, las que acompañan a la mirada en la ternura apasionada de los mejores días.

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. A continuación un enigma. Primero. El jueves 12 de abril, en Reforma, Roberto Zamarripa presentó un reportaje en que se revela el contenido de conversaciones privadas entre miembros de Guerreros Unidos en torno a los hechos de la noche del 26 de septiembre de 2014 en Iguala. Entre los datos se tiene que: no serían 43, sino hasta 60 desaparecidos aquella noche; que los normalistas de Ayotzinapa fueron confundidos con miembros de Los Rojos por los sicarios de Guerreros Unidos; que Guerreros Unidos recibió la ayuda de policías de Iguala, Cocula y Huitzuco. Además, se añadió que la PGR y la CIDH ya habían recibido la información. Segundo. El viernes 13 de abril, en Reforma, Sergio Sarmiento apuntó en torno al reportaje de Zamarripa: “Esos mensajes confirman en lo esencial la llamada verdad histórica. Los normalistas fueron identificados como integrantes de Los Rojos. Fueron privados de la libertad con apoyo de policías municipales y entregados a Guerreros Unidos. Al parecer fueron asesinados”. Tercero. También el viernes 13 de abril, también en Reforma, Carmen Aristegui también escribió sobre el reportaje de Zamarripa, afirmando: “En el expediente quedaron registradas comunicaciones en las que se muestra la manera en que coordinaron, desde allá, la intervención de policías en Guerrero para frenar el presunto avance, para tomar la plaza, de otro grupo delictivo conocido como Los Rojos. En una trágica confusión, dieron por hecho que los jóvenes estudiantes formaban parte de una operación comandada por Los Rojos que pretendía tomar la plaza. Estas comunicaciones muestran de qué manera se ordenó la actuación de policías para atacar con armas de fuego a los estudiantes”. Y ahora el misterio. ¿Por qué habrá olvidado la señora Aristegui ponerle sujeto a quienes “dieron por hecho que los jóvenes estudiantes formaban parte…”? ¿Por qué dejó en la vaguedad el “se ordenó la actuación de policías”? ¿De dónde sale su acusación de complicidad “desde las altas esferas”? Claro, doña Carmen cree que si la realidad no corresponde con sus prejuicios, peor para la realidad.

Obituario. Dijo ayer Enrique Krauze: “Ha muerto Joy Laville. Llenó de belleza y luz la pintura de México. Llenó de amor la vida de nosotros, sus amigos. Ahora se reencuentra con Jorge Ibargüengoitia, en algún lugar”. Hoy la recuerda bellísimamente Jorge F. Hernández.

Coletilla. “La redacción no tiende a intensificar la vida; la escritura tiene como finalidad esa tarea. La redacción difícilmente permitirá que la palabra posea más de un sentido; para la escritura la palabra es por naturaleza polisemántica: dice y calla a la vez; revela y oculta. La redacción es confiable y previsible; la escritura nunca lo es, se goza en el delirio, en la oscuridad, en el misterio y el desorden, por más transparente que parezca”. Sergio Pitol, el hombre salvado por los libros.

Mirada de Paz I

Mirada de Paz I

 

 

A veinte años del fallecimiento

de Octavio Paz

 

Aprendemos a leer poesía leyéndola. Los poetas son los maestros de lectura de la poesía. Los poemas son el lugar en que los poetas enseñan. El poeta lector de poetas es maestro de lectura de la poesía en su sentido más público, más político, más crítico. Octavio Paz, poeta, meditador sobre la poesía y crítico, fue un gran lector de poetas y con su mirada a la poesía de los otros también nos enseña sobre eso que es poético.

         Leyendo la poesía de Ulalume González de León, Paz afirma: “para ella el lenguaje no es un océano, sino una arquitectura de líneas y transparencias […] sus poemas son objetos hechos de sonido, pero el ritmo poético que los mueve no es un oleaje sino un preciso mecanismo de correspondencias y oposiciones. Al oírlos, los vemos: son geometría etérea. No obstante, si queremos tocarlos, se desvanecen. La poesía de Ulalume no se toca: se ve. Poesía para ver”.

         Leo el poema Huellas:

Tu ausencia

se espesa si la pienso:

huella visible de tu cuerpo

 

Tu presencia

borra todas las huellas

quiere ser recordada como luz

 

La huella de la luz está en un sitio

donde tú

no estás ni presente ni ausente

Si nos ceñimos a la oposición señalada por Paz, el poema presenta claramente la diferencia entre lo que se puede tocar y lo que se puede ver. Lo que puede ser tocado, empero, no es meramente táctil: tocar no es dinamismo automático de los cuerpos en el espacio, sino actividad libre de los hombres en el tiempo. Sólo el hombre toca porque evoca. Lo visible, en cambio, sólo se evoca porque provoca: ver es la provocación imaginaria del deseo. “El poeta ve al tiempo mismo en el momento de su desvanecimiento”, añade Octavio Paz. Las huellas, en Ulalume, en Paz y en la vida diaria, son siempre una tensión entre lo visible y lo tocable. Ni cualquier marca es una huella, ni todo lo que deja huella se ve fácilmente. De ahí que reconozcamos imprevistas huellas insospechadas, de allí la dificultad para borrar nuestras huellas.

         El poema tiene una huella inquietante: los dos puntos. ¿Qué dibuja Ulalume con esos solitarios dos puntos? Primera respuesta, y sencilla, Ulalume dibuja la soledad que se presenta en el poema. Los dos puntos son la pareja equidistante cuya separación se sabe y se comprende huella. No es huella por el mero pasado compartido, que el pasado no es necesariamente equidistante; sólo equidista el pasado que nos importa, el que nos hace ser lo que todavía somos. No es huella como la marca indeleble que identificaría un psicologismo romántico, que eso es empobrecimiento del presente. Ni es huella como el desgarre a futuro de lo insatisfecho, que eso es una vana obsesión. Hay que pensar la huella de la pareja equidistante.

         Los dos puntos del poema tensan la correspondencia y oposición entre el pensamiento y lo corpóreo. El pensamiento espeso no es solamente una metáfora, sino una descripción precisa del sentimiento de la ausencia. Caemos en la cuenta de la ausencia cuando la espesura de los pensamientos, como la del bosque, no permite claridad alguna. Mientras que en la ausencia, lo corpóreo es lo plenamente claro: queda en la mano el vacío de la caricia, entre los dedos sopla la vacante del juego, los brazos se alivianan de abrazos, entre las piernas vahea un desértico silencio… La claridad de lo corpóreo contrapuesta a la emboscadura del pensamiento: la huella de la ausencia.

         La huella de la presencia, en cambio, sólo sale a la luz en la evocación. “Tu presencia borra todas las huellas” no habla de la presencia material, sino de la presencia corpórea, de ese cuerpo que es materia evocada, tiempo vivido (Xirau dixit), caricia pasada. La presencia que borra todas las huellas es la del recuerdo de la persona amada que viene a la presencia por el amor mismo, por los caminos tantas veces recorridos. En la evocación amante, el cuerpo hace presencia en los labios anhelantes, en la inhalación fragante, en esa suspensión de la vida que llamamos suspiro. La presencia “quiere ser recordada como luz”, no como una imagen, no como un recuerdo, sino como esa experiencia cegadora que nos hace cerrar los ojos ante la totalidad corpórea y presente de quien ama. La luz no es, por tanto, un instante que sólo pueda ser recordado, no es un punto desvanecido en el tiempo. La luz es un lugar: el lugar en que se encuentran los amantes. Por ello en la luz “tú no estás”: estamos. La falta de luz, ahí donde el amor no enceguece, es donde no es posible vernos y sólo puede verse cada uno, donde cualquier marca es una huella, donde toda huella se ve fácilmente.

         Concluye Paz su lectura de Ulalume González de León: “la poesía no es ni puede ser sino el parpadeo del tiempo, el signo que nos hace el tiempo en el momento de su desaparición”. Octavio Paz señaló los signos de la construcción ulalumeana, los parpadeos que son difíciles de notar para el lector primerizo. El lector, encaminado por la mirada de Paz, puede andar entre los signos para orientar su vida. El lector, de la mano de Paz, puede descubrir que a veces el poema es un guiño del pensamiento.

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. ¡Bravo! Por primera vez alguien le escribió un discurso bien planeado al presidente. Tan bien estuvo el discurso sobre la decisión de Donald Trump de enviar a la Guardia Nacional a la frontera con México que los críticos de Peña Nieto tuvieron que amenazar a una nube (Jorge G. Castañeda), apurar la intemperancia (Julio Hernández), o simplemente inventar un chisme (el directivo de Reforma tras F. Bartolomé). Claro, hay que entender que entre los críticos, quienes no están en campaña, juegan su propio juego de periodismo ficción.

Coletilla. “Quien lee de modo superficial palabras maravillosas, hace que también su corazón se vuelva superficial”. Isaac de Nínive

Caracterología

Caracterología

 

Definió la autoestima como confianza en ci-nismo.

 

Odiaba mirarse al espejo: siempre encontraba un fraude.

 

Era tan erudito que coleccionaba frases célibes.

 

Ya no sé si soy escéptico.

 

Leyendo Platero y yo me descubrí un niño para libros.

 

 

Námaste Heptákis

 

 

Coletilla. El pasado lunes 26 de marzo se cumplieron 42 meses de la desaparición de los normalistas de Ayotzinapa; no hay novedades en la investigación del caso. El pasado miércoles 28 de marzo se cumplieron 7 años del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad. Y ayer, 30 de marzo, el MPJD convocó a los candidatos presidenciales a pronunciarse sobre las víctimas y a reunirse con ellas. Es importante la convocatoria del MPJD, pues durante la semana se atacó en medios a tres de los fundadores del movimiento. El martes, los ataques se dirigieron a Emilio Álvarez Icaza, por la alianza de Ahora y el Frente. El miércoles, un medio electrónico divulgó la noticia falsa de una alianza entre Javier Sicilia y López Obrador. Y el jueves, un periódico sirvió para injuriar a Julián Le Barón. Aprovechando las vacaciones, algunas personas inventan rumores que servirán para la guerrilla electoral.

 

Promesas

Promesas

A quien no sabe amar más le vale que el alma no exista, pues sólo así la materia bastaría para cuadrar excusas y explicaciones. Habiendo alma, en cambio, la explicación posible del amor es difícil de ajustar con el descuido, la negligencia o el autoengaño. Habiendo alma, la infelicidad de quien no sabe amar es problema de autoconocimiento. ¿Por qué es infeliz, empero, quien sabiendo amar ha perdido el amor?

Una pena en observación es un bello libro de C. S. Lewis en que se da respuesta a la pregunta anterior. La ocasión del libro es la reflexión de un hombre honesto quien en diálogo consigo mismo quiere comprender la pena rayana en infelicidad que lo atribula tras la muerte de su esposa. Lewis escribe para aquilatar las promesas del enamorado en el momento en que la muerte parece despreciar todo aprecio.

La evidencia inicial en la reflexión sobre la pérdida del amor es la tristeza que acompaña al sentimiento de ausencia: no está aquí a quien uno ama, nadie enciende las luces del día, nos desgarra la desesperada búsqueda de la mirada que alegra, de la caricia que enternece, de la palabra en que al cabo se pudo confiar… Siendo la tristeza de tal dimensión, parece natural que el hombre dude de la felicidad pasada. Lewis se pregunta: ¿qué tipo de felicidad es esa que al final es fugaz?, ¿cómo afirmar haber sido feliz cuando se sabía que la felicidad terminaría?, ¿la tristeza de la separación no es realmente evidencia de la tragedia de la vida humana, de la imposibilidad de ser feliz? Y precisamente a dichas preguntas el hombre irreflexivo responde irreflexivamente: es una falsa felicidad, nunca sabemos lo suficiente, estamos destinados a la tragedia. Al responder así, el hombre irreflexivo se regodea en la crueldad.

C. S. Lewis va más allá del hombre irreflexivo, no sólo por ser más inteligente sino por su peculiar sentido de la decencia. Lamentarse del amor perdido y concluir la tragedia de la vida parece limitarse a suspirar por la privación del placer y recalcitrar amargamente la propia miseria. En cambio, ahondar en el sentido del placer perdido permite tres descubrimientos importantes al autor de La abolición del hombre: el placer del amor es plenitud absoluta, de ahí que los amantes se prometan eternidades, de ahí que el amor siempre apunte más allá del mero hecho material. Eros es metafísico o, como en Platón, intermedio entre la vida y lo eterno.

La plenitud del placer de los amantes es la que da pleno sentido a la vida amorosa. El amor de pareja busca naturalmente el más pleno placer. La pareja vive para su placer amoroso. Toda la vida del enamorado es búsqueda plena del placer pleno con la pareja que lo hace pleno. Se engaña quien piensa que el placer ha de ser limitado, que la felicidad temporal es defectuosa, que el placer calca con timidez la plena felicidad. Otra cosa es que el hombre maleducado confunda la vida con lo efímero, la felicidad con las bajezas y el placer con las ruindades.

Precisamente como es el enamorado, cuando es justo, quien reconoce la plenitud de lo material es que adquieren sentido las promesas amorosas. Amarse para toda la vida es amarse para la plenitud de la vida. Amarse hasta que la muerte los separe es amarse plenamente en la temporalidad de la vida. Pero amarse eternamente, amarse atestiguando el amor a Dios, es embarcarse en la entrega absoluta de lo que se sabe no solamente material, no solamente temporal, del alma. Las promesas de amor eterno son la entrega confiada en lo plenamente desconocido que será la vida eterna. Precisamente, insiste Lewis, sólo quien vive plenamente el placer del amor temporal podrá esperar vivir la felicidad plenamente otra del amor eterno. Quien es incapaz de vivir a plenitud el amor temporal, supone a la eternidad una prolongación de la vida, supone tener más oportunidades para amar que la oportunidad del amor verdadero. A quien no sabe amar no le bastarían infinitas vidas para ser pleno.

La eternidad, la vida eterna, la felicidad eterna del creyente, muestra Lewis en Una pena en observación, sólo es posible, comprensible y alcanzable si la felicidad y la plenitud temporales son alcanzables, comprensibles y posibles. Sólo sabiendo amar podemos ser felices. Sólo siendo plenamente felices podríamos aspirar a la felicidad eterna. Sólo el amor colma de tal modo la vida que nos permite vislumbrar la eternidad. Amar es siempre una promesa de eternidad.

 

Námaste Heptákis

 

Coletilla. “Meditar por escrito de ninguna manera está reñido con su ejemplo”. Charles de Foucauld

Soledades de alto vuelo

Soledades de alto vuelo

 

A Menón le gustaban las respuestas de alto vuelo, por ello no podría aceptar una explicación sencilla sobre los colores. Cuando abrir los ojos no es suficiente para ver, algunos creen en la necesidad de mantenerlos cerrados mientras se fragua el discurso adecuado para asegurar que sí se está viendo. Y no sólo es cruel la ceguera voluntaria, lo es más cuando roza lo terrible, cuando cuenta cuentos cruentos que obligan a cerrar los ojos. Así son los malos trágicos, los que no aprendieron de los buenos a presentar lo noble, los que sólo saben aderezar lo vil.

         Algunos malos trágicos han escrito elogiosamente sobre La soledad de los números primos [2008], primera novela de Paolo Giordano [Turín, 1982]. Entre las explicaciones de alto vuelo con que promueven la novela predominan dos lugares comunes: que la novela es un prodigio en la composición de la psicología de los personajes y que a partir de la imagen matemática enunciada desde el título ―y, lo que no suelen observar, que un personaje expone en el capítulo central― se ofrece una representación adecuada del problema de la soledad, pues los solitarios nunca se encuentran. El predominio de ambos lugares comunes en la descripción de la novela oculta el auténtico logro literario de Giordano.

         Volvamos a Euclides. En la proposición 20 del noveno libro de los Elementos, el Geómetra demuestra la infinitud de los números primos. La demostración tiene dos implicaciones importantes para cualquier uso literario posible. Primero, que el conocimiento de la definición de número primo no determina el conjunto posible de los mismos, lo cual quiere decir que al usarse como metáfora de la soledad sólo se está representando un caso típico que de ningún modo agota las condiciones posibles en que la soledad aparece; es decir, la soledad metaforizada en números primos ofrece siempre una representación aproximada de las causas de la soledad, nunca una causalidad definitiva. Segundo, que la determinación de toda compañía posible, en tanto contraria a la soledad, se realiza a partir de la metáfora (proposición 31 del séptimo libro: todo número compuesto es medido por algún número primo), es decir, que la presentación poética de la soledad involucra la anagnórisis de la propia disposición a la vida en común. La teoría de los números primos poetizada por la novela es, por tanto, una teorización sobre las condiciones de la vida en pareja, sobre aquello que, ya no en el plano geométrico, podría reconocerse como amor.

         Sin embargo, la tendencia a la explicación de alto vuelo hace que la mayoría confunda la proposición 20 del noveno libro con el postulado quinto del libro primero. ¿O no es digno de sospecha que en casi todas las reseñas del libro se confunda a los números primos con las paralelas? Quien entienda la novela reconocerá que las paralelas son una mala metáfora de la soledad: la vida en paralelo no permite el conocimiento de la propia soledad, sólo motiva la envidia. En cambio, la teoría de los números primos permite conocer las condiciones de la propia soledad. Si pensamos, por ejemplo, la definición del número primo de Aristóteles (96a37: lo que no se deja medir por número alguno), podemos reconocer en la imposibilidad de entrega, en el egoísmo, la causa de la soledad. Quien sólo se mide por sí mismo no podría nunca vivir en la compañía de alguien más. Quien sólo se mide por sí mismo es tan evidente para sí como desconocido para los demás. Quien no puede amar sólo sabe de sí mismo.

         Precisamente es en el saber de uno mismo, en la posibilidad del autoconocimiento, donde la teoría de los números primos se vuelve una teoría psicológica. La celebrada composición de la psicología de los personajes de la novela pasa por alto dos elementos fundamentales para cualquier intimidad literaria: los personajes nunca saben lo suficiente de sí mismos, por ello parece que las cosas les pasan; el pasado de los personajes los define al modo en que las cicatrices marcan el cuerpo, pero sin que los hechos hirientes se hinquen en el alma. Los personajes principales de la novela no conocen el olvido, sólo la negación. Quien nunca sabe lo suficiente de sí mismo, quien sólo puede negarse a sí, no hallará nunca el perdón, pues es como los números: carente de interioridad. La evidencia de sí que puede tener todo número es necesariamente inconsciente, como quien nunca formó el carácter a pesar de las heridas del pasado, como quien asume que el destino alguna vez puede ser evidente. El poeta nos ofrece personajes representables matemáticamente porque enseña la imposibilidad de la vida feliz para quien cree que la propia vida se explica con suficiencia mediante palabras de alto vuelo. Comenzar a entender la opera prima de Paolo Giordano pide mantener los ojos abiertos para reconocer que asumimos la soledad cuando nos negamos al amor. Lo esforzado es que el amor no sea un lugar común, que el amor sea vida en común.

 

Námaste Heptákis

 

 

Escenas del terruño. Y la clerecía timagógica se lanza contra Christopher Domínguez Michael en cinco, cuatro, tres…

Coletilla. Podemos anotar un corolario a la teoría de los números primos. Siguiendo a Aristóteles, el número 2 no es únicamente el primero entre los números, sino el primer número primo y el primer número compuesto: el 2 es el único número que es medido como compuesto por aquello mismo que lo compone. ¡Debe ser el número del amor!