Visión del mundo y crítica Nietzscheana.

Para llegar a tratar con la filosofía es necesario tomar en cuenta los elementos que la constituyen en su unidad y por sí, es decir, aquellos que están implícitos en ella de manera orgánica y no sumatoria, de tal suerte que solamente son elementos en tanto que nosotros los diferenciamos y les damos nombre, posición y función dentro de un esquema armado igualmente por nosotros mismos. La filosofía de Nietzsche tiene como rasgo distintivo y único esa forma de expresión que sólo se encuentra en lo vívido de la lectura, lo inasible de su pensamiento para pretensiones escolares cuyo objetivo sea presentarlo claro y distintamente, por lo cual todo intento de presentarlo claramente –incluido el presente ensayo— es una fractura y disección del flujo viviente de su pensamiento.

 

El fundamento de todo filosofar es la palabra, el lenguaje, pues es con este que el hombre ha creído adueñarse del mundo. La palabra (lógos) es el modo en el cual denominamos aquellas cosas que percibimos, las experiencias que padecemos, e incluso las relaciones con otras personas, pero fundamentalmente y ante todo es una construcción de nuestro intelecto la cual, a través de una ilusión sustentada por nosotros mismos, nos persuade de que somos poseedores del conocimiento certero de todo lo que nombramos. Aceptamos que cuando lo que decimos concuerda con lo que es “decimos verdad”. La noción de que hay identidad entre lo que decimos y lo que hay en el mundo es la base sobre la cual se levanta la lógica. Nietzsche lo expresa como la identificación de dos mundos: el de las palabras y el real[1]. Ahora bien, aquí cabe hacer una aclaración que retomaremos más adelante: la incompatibilidad que existe entre lo experimentado y lo dicho. Por lo anterior, la palabra es el sustento de toda ciencia y filosofía posibles

 

La lógica es posterior a la palabra en cuanto al desarrollo cultural de la sociedad[2] pero también es elemento constituyente de la filosofía. Así pues la lógica se abre paso a través de esa fe que tenemos del poder de la palabra y de su alcance para adueñarnos del mundo. La lógica como la tecnificación de la palabra, esto es, la palabra subordinada a la consecución de verdades… o al menos a la correcta argumentación a través de un camino en el cual esta se identifica con el ser de las cosas, la realidad, es puesta en duda según lo dicho en el párrafo anterior, todas las bases del saber más ampliamente aceptadas quedan en duda al momento que se cuestiona que la naturaleza de nuestro pensamiento sea la misma que la del mundo en el cual estamos inmersos. Es necesario seguir más adelante de estas consideraciones, no quedarnos con la simpleza de afirmar que la lógica y la filosofía son vanas únicamente por la aporía de la posible incompatibilidad de la palabra con el mundo.

 

Internamente lo que Nietzsche critica de la lógica es en primer lugar, los juicios que construimos a partir de las impresiones que captamos, en segundo lugar, el cómo atendemos a formarnos explicaciones causales de los hechos. Construimos los juicios a partir de lo que observamos o pensamos, es la atribución de una cosa a otra distinta. Nuestro conocimiento de las causas, pretende también tecnificarse a partir del desarrollo de la lógica. Las causas y los juicios los extraemos de la realidad y los comprobamos en ella.  La formación de la hipótesis en la experiencia viva y su comprobación, son tan rápidas que parecen un evento simultáneo, sin embargo cuando la deducción de las causas a partir de los efectos está mediada únicamente por la razón (aspiración y mayor triunfo de la lógica), corremos el peligro de actuar en vigilia como lo haríamos en sueños, pues Nietzsche nos dice en su aforismo Lógica del ensueño[3] que los sueños no son otra cosa sino la búsqueda de una explicación a lo que percibimos en ese momento, con la diferencia de que nuestra razón se encuentra en un estado en el cual no cumple con las exigencias del pensamiento: determinar si nuestra interpretación de lo percibido es correcta; en su lugar, tenemos una versión ficticia que es causada aparentemente por nuestra imaginación a partir de los remanentes de las sensaciones. Independientemente si creemos o no en esta teoría de los sueños, lo que subyace tanto en los sueños como en las explicaciones causales y el enjuiciamiento de la realidad, es una impulso o instinto del hombre para interpretar la realidad en la que se encuentra, indiferentemente si estamos dormidos o despiertos. Por un lado aceptar esto al pie de la letra nos revela que el hombre tiene una necesidad de saber equiparable a un instinto que domina tanto en sueño como en vigilia, pero por el otro lado (y en mi opinión algo más factible), la observación que Nietzsche hace acerca de que hay en el enjuiciamiento durante el sueño vestigios de la humanidad primitiva, nos revela que el desarrollo del pensamiento occidental ha sido cambiante, pero aún queda en duda si su carácter es de una evolución progresiva.

 

Paralelamente en el segundo aforismo de El viajero y su sombra, nos demuestra de conjunto lo que hemos dicho anteriormente, a continuación lo cito para un mejor análisis:

 

La Razón del mundo.— El mundo no es el substratum de una razón eterna, es lo que se puede probar definitivamente en virtud del hecho de que esta porción del mundo que conocemos –me refiero a la razón humana— no es demasiado razonable. Y si ella no es, siempre y enteramente, prudente y racional, el resto del mundo no lo será tampoco; el razonamiento a minori ad maius, a parte ad totus, es aplicable aquí y con una fuerza decisiva.[4]

 

Como podemos observar aparece nuevamente la separación natural entre el mundo y discurso que podamos hacer acerca de él en tanto que se niega que puedan erigirse razones eternas, por otro lado, se reconoce que la razón humana no es tan racional como la hemos considerado, y por tanto el reflejo que podamos ser del mundo, se hallará irremediablemente trastocado por nuestra irracionalidad creando así una imagen tan contingente como nuestra naturaleza, misma que por estar delimitada en una muy pequeña porción de tiempo, contrastante con la magnitud de la temporalidad del mundo, se muestra como labor imposible emitir alguna razón de carácter igualmente eterno. Por otra parte, hacia el final esta idea es reforzada cuando nos indica que el campo de acción de estos dos razonamientos sólo se aplican a nuestra razón, a su modo de ser, no como un modo de inducir y deducir leyes eternas a partir de observaciones particulares.

 

Ahora bien, hasta aquí he expuesto una breve interpretación de lo que Nietzsche opina respecto a la sola posibilidad de asumir que podemos hablar con verdad del mundo, el alcance real que tiene la palabra para conseguir el conocimiento de la realidad y el cómo es que la lógica y la filosofía se sustentan desde sus fundamentos. Sin embargo, sería un error afirmar que el conocimiento es imposible del todo, hasta este momento mi intención ha sido explicar el carácter del conocimiento que nos puede reportar la razón, es decir, un saber que se produce únicamente a partir de la facultad de la palabra, pero que evidentemente no se limita a esto.

 

Este modo de proceder reflejado en la creación de la lógica y la filosofía se sustenta no solamente en nuestras posibilidades y limitaciones intelectuales, ni en el instinto que nos lleva a la búsqueda de saber, también depende –inclusive de manera más fundamental— del modo en el cual asociamos nuestras experiencias, pues es lo que le da contenido a las manifestaciones humanas anteriormente mencionadas, mismas que obviamente no pueden existir sin un contenido vivo. La realidad se nos muestra como la máxima complejidad posible, pero mediante asociaciones habituales de hechos y de cosas nosotros atribuimos un cierto orden y unidad a las cosas. Es mediante el recuerdo de situaciones y eventos que se suceden unos detrás de otros (unos causados por otros), que relacionamos parte de esa complejidad de manera casi inmediata, convertimos así un fenómeno complejo por sí en una unidad, es decir, nos permitimos hablar de moral, bioética, industrialización, informática, filosofía, farmacéutica, arte, religión, tecnología, deportes, estadística, y una infinidad de etcéteras.

 

Establecer la relación entre hechos y sentimientos como unidad, es aquello que permite cimentar manifestaciones humanas tales como la filosofía, una complejidad ordenada por la costumbre y el pensamiento con metas establecidas y una escala de valores fijos. En una complejidad de esta índole lo que prevalece es el sentimiento y no la razón pues, en el fondo, es aglutinante, articulación y motor de dicha unidad. Los pensamientos –nos dice Nietzsche— son la sombra de los sentimientos, siempre serán más oscuros, vacíos y simples que estos[5].

 

Ahora bien, ya hemos dicho que el entendimiento de la complejidad como unidad permite que asociemos ideas, acciones y sentimientos que consideramos afines a un cierto ejercicio, situación o manifestación, pero para quien reconoce esto, quien puede hacer análisis de una unidad de esta índole, está tentado a buscar la causa, o mejor dicho, el origen a esta manifestación; este es el principio de lo que Nietzsche llama metafísica.

 

La metafísica es para Nietzsche la búsqueda del ser de estas unidades determinadas, en un origen o fundamento de orden más elevado que las propias cosas de las que se está hablando. Es buscar el sustento de esta unidad de complejidades en algo invariable e incondicionado: la contraposición entre la esencia y lo aparente en el mundo. Este nuevo paso sólo se justifica en tanto que se busca un fundamento eterno e inmutable que sea la causa de la permanencia en el cambio. Podemos observar en esta actitud un afán de construir una verdad más sólida a partir de la abstracción de los elementos inaprensibles para nosotros; como  en un principio se planteó el origen de la palabra en el afán primario de adueñarnos de la realidad, el surgimiento de la lógica como un esfuerzo por tecnificar la palabra y mejorar los alcances de la palabra así como el desarrollo de las explicaciones causales para una mejor articulación de nuestro discurso del mundo; la metafísica es hasta aquí el máximo esfuerzo por abstraer los sentimientos profundos que rodean y forman nuestra experiencia de la realidad, la separación de nuestro ser finito de la realidad eterna de las cosas. Cabe mencionar que en algunos aforismos Nietzsche utiliza la palabra metafísica para designar también a la ciencia. Este esfuerzo por entender las fuerzas y razones eternas que sustentan nuestro mundo, evidentemente es menos posible en proporción directa a nuestra naturaleza finita y el carácter de nuestra palabra, pues el lenguaje metafísico está impregnado de intuicionismo, crea la ilusión de que se puede hablar de un dentro y un fuera, es decir de una realidad incausada, del incondicionado que condiciona a todos los demás. De ideas, motores inmóviles y demás conceptos que es inútil refutar desde su discurso, pues es la más abstracta de las lógicas la que permite la construcción de argumentos tanto a favor como en contra. Recordemos que Kant se esforzó por acabar con el problema de la metafísica a través de sus antinomias y aunque desde sus fueros puede asegurar que acabó con los problemas planteados por la metafísica, lo que hizo en efectos prácticos fue coronar su filosofía como el nuevo modelo para la recta interpretación del mundo.

 

Paradójicamente el conocimiento de los orígenes y de las leyes eternas, que suponen de suyo ser el conocimiento más profundo del mundo, nos orillan a un doble alejamiento de este, pues si bien a través del lenguaje construimos al mundo a imagen y semejanza del que vivimos, la exigencia de nuestras explicaciones metafísicas es la construcción de un mundo esterilizado de trazas sensibles, pensemos en la interpretación popular del mundo de las ideas de Platón y de la metafísica de Aristóteles, los Philosophiae Naturalis Principia Matemática de Newton. Si esto aún no parece lo suficientemente contradictorio, ¿qué podríamos decir sobre no dos sino muchos mundos que son La verdad absoluta? Quizá pueda sonar ridículo desde donde comenzamos este planteamiento, pero para la física moderna, concretamente desde los trabajos de Einstein y, más aún, desde el principio de incertidumbre de Heisenberg, no podemos hablar de una física aplicable a todo el universo[6] pues la realidad funciona distinto en distintos campos. Actualmente se habla de realidad campal y las distintas físicas que surgen como respuesta a cada una de sus crecientes nuevas necesidades. A pesar de que la metafísica y la ciencia tienen un origen históricamente común en el pensamiento, los motivos de sus crisis son distintos.

 

La crisis de las ciencias adviene tras la falta de un principio común que les diera unidad a tal grado que podemos ver en un nivel cómo es que se hacen distinciones que pueden sonar falsas como la diferencia entre la ciencia natural y la física, en otro nivel más claro las disputas entre comunidades científicas por denominar a la ciencia que ha de ser la reguladora de las demás. Del lado de la filosofía la crisis de la metafísica está sustentada fundamentalmente en dos cosas que van de la mano: primera, la construcción de un mundo trascendente para explicar el mundo de la experiencia, como se le denominó en su momento a la realidad; segunda, el alejamiento de la resolución de los problemas de la vida cotidiana, comprendidos en el cultivo de una ética falsificadora de la realidad.

 

Ahora bien, hasta aquí he pretendido dar una visión panorámica de algunas de las críticas que ha hecho Nietzsche al pensamiento occidental, de las objeciones en cuanto a la validez de sus propuestas y del alcance de la visión y lo limitado de la expresión humanas para dar con aquello que podemos considerar verdadero, todo esto con la finalidad de caracterizar la propia filosofía de Nietzsche. Considero que para apreciar mejor cualquier autor o corriente filosófica que me proponga estudiar, se deben conocer al menos su lugar dentro de la filosofía en cuanto a las ideas que proponen, los problemas que pretenden resolver y las complicaciones que puedan traer con su pensamiento al panorama hasta entonces establecido. La satisfacción de estas consideraciones no es posible desde una lectura temprana por obvias razones, y considero que aunque es quizá aún muy temprano para intentar dar una descripción de las características principales del pensamiento de Nietzsche, me parece que es posible dar una descripción de su filosofía desde las consideraciones que el propio Nietzsche hace de su filosofía de Nietzsche. Nietzsche,  Nietzsche.

Nietzsche.

 


[1] Nietzsche, Friedrich, Humano demasiado humano, aforismo 11.

[2] Me permito llamarle de este modo, pues Nietzsche acepta cierto desarrollo o evolución en la humanidad como lo ilustran los aforismos 11 a 15 y el 24

[3] Op. Cit., aforismo 13.

[4] Nietzsche, F., El viajero y su sombra, Madrid, Edad, 1999. pp. 149.

[5] Tomado de la compilación de Aforismos Ideas fuertes de Nietzsche, página 19 en edición electrónica de Libros Tauros (http://libros.port5.com). La cita completa dice: “Un pensador es aquel que sabe conside­rar las cosas más sencillas de lo que son. Como los pensamientos son la sombra de los sentimientos, siempre serán más oscuros, vacíos y simples que estos.”

[6] La máxima contradicción de esto se encuentra en la sustitución que hizo Kepler del término “mundo” por “universo”. El cambio consiste precisamente en contrarrestar las teorías relativistas desprendidas del modelo pseudoaristotélico del sistema solar según el cual los distintos cuerpos celestes obedecían a distintas leyes, Universo es, como la etimología lo sugiere, aquella realidad en la cual un sistema de leyes es válido para la totalidad. Esta revolución científica es el fundamento gracias al cual Newton pudo desarrollar su obra.

Tiene sentido hablar de felicidad hoy en día?

Hace algún tiempo fue publicado un artículo científico donde se menciona que encontraron a la persona más feliz del mundo, o al menos a la que más se acerca a ellos según sus cálculos. En el estudio que hicieron a varias personas los estudiosos de Neurología de la Universidad de Wisconsin, hallaron a una persona que rebasó los estándares previstos en la medición de la felicidad. Lo interesante no es hayan descubierto al “hombre más feliz de la tierra”, ni que este sea un consumado monje budista, sino los parámetros que fueron utilizados para dicho experimento.

 

Los parámetros que eligieron para definir el estándar en la medición de impulsos cerebrales, contemplaron en su mayoría las áreas del cerebro asociadas con lo placentero y la satisfacción de necesidades. Si bien, el placer es clave en la concepción de la felicidad, no es lo fundamental. La advertencia que nos hace Aristóteles en el primer libro de su Ética Nicomaquea, no nos deja muy bien parados pues, efectivamente, quienes identifican a la felicidad con los placeres y con el tipo de vida voluptuosa son, en general, vulgo. El índice es claro y se ve no sólo en las actitudes y el desenvolvimiento de las personas, sino también, y en mayor escala, en las manifestaciones culturales de una sociedad en concreto.

 

Las explicaciones que dan a este hecho son más elocuentes por las actitudes que por lo que dicen. En la perplejidad de quienes no conciben otro tipo de vida feliz más allá de la vida voluptuosa podemos encontrar a la mayoría de la gente, cosa que no ha cambiado desde que el hombre es hombre. Uno de los científicos involucrados sostiene que su felicidad radica en la plasticidad del cerebro, la posibilidad de moldearlo para que sólo tenga en mente cosas positivas. Por otro lado, el monje atribuyó su estado a la clase de vida contemplativa –no confundirla con el modo aristotélico— que acostumbra llevar. Ambas posturas requieren de la ilusión para explicar la felicidad.

 

Para el Dr. Davidson, el fenómeno de la plasticidad cerebral explica que los impulsos cerebrales positivos se impongan a los negativos tras el régimen de vida que algunos religiosos budistas pueden imponerse. El criterio para decidir cuáles son impulsos positivos y cuáles son negativos está basado en la salud corporal, en algunas consideraciones psicológicas y en la observación de muestreos obtenidos mediante imágenes de la actividad cerebral. La psicología positiva empleada en la evaluación del caso agrupa bajo el rubro de lo positivo a aquellas emociones y  motivaciones que producen sensaciones placenteras no dañinas para el sujeto. La neurociencia afectiva denomina como positivos al conjunto de impulsos asociados con el bienestar y correcto desarrollo del cerebro y, por extensión, del cuerpo. Esto pone en relieve que los tres componentes del criterio, por más sofisticados que sean, en última instancia evalúan en términos de placer-dolor, desarrollo-decrecimiento. Es decir, sólo es una forma más sofisticada de la valoración vulgar de la felicidad. Inclusive podríamos considerarla una versión ilusoriamente abstracta de la felicidad vulgar en tanto que ignora, o al menos pasa a segundo plano, el aspecto social de la persona.

 

El monje Ricard hace una justificación del fenómeno que en un sentido es más vital y en otro no. El motivo de su felicidad se encuentra en el ejercicio de su vida religiosa, en una clase peculiar de dietética espiritual. Sería infructuoso pensar su respuesta en términos de contradicción con el Dr. Davidson, puesto que ambas respuestas no se implican ni se anulan. Donde creo que debemos poner atención es en las tendencias individualistas de la religión budista. Si bien, el budismo no es radicalmente apolítico, parece que no es un tipo de vida que cualquier tipo de persona puede seguir. El budismo, a diferencia de otras religiones occidentales como el cristianismo, no representa una propuesta política implícita, en este sentido, no aporta un proyecto salvo el pacifismo y la concordia.

 

A manera de conclusión, parece que ambas posibles perspectivas de la felicidad resultan incompletas, la primera por reducir la felicidad a términos de placer y dolor, la segunda por ser principalmente una abolición de los sentimientos adversos mediante la reducción de algunos aspectos del mundo. Ambas explicaciones tienen en común que son apolíticas, y con ello incompatibles con las visiones clásicas de la felicidad. El problema de éstas no está en que no se ajusten a un canon o doctrina específica, sino que resultan irreales en tanto que niegan una de las cualidades fundamentales de la humanidad.

Hablar de la felicidad hoy en día tiene sentido e importancia no sólo porque sea a lo que tiende toda vida humana, sino porque en ello se va nuestro ser y la elucidación de ella bien podría ser un primer paso en el esclarecimiento de la solución a la crisis de occidente.


Positiva en cuanto a la división de las emociones en positivas y negativas, no en cuanto al positivismo.