Noche Tibia

Sus pupilas se dilataron al instante. Ambos eran el uno para el otro, y a su vez eran dos completos desconocidos en una fiesta sin reglas. Él se acercó sin quitarle la vista de encima, recorriendo suave y discretamente el bien delineado cuerpo que se escondía debajo de un atrevido vestido de noche negro. Ella, disimuló la mirada a la vez que una sonrisa le indicaba al galán que no se detuviera sin importar que algún comensal los descubriera. Ninguno de los dos dijo nada, simplemente dejaron que sus cuerpos extraños se fundieran en el más familiar de los abrazos. La respiración se agitó, cada uno perdido en la mirada del otro se entregaron en un beso profundo, auténtico y fogoso, de esos que los dioses envidian cuando los ven. El mundo desapareció para los amantes, y sin importar que se encontraban en una reunión de alta alcurnia, dejaron que la naturaleza los guiara por los caminos prohibidos del pecado. Las caricias fueron celestiales, los besos deliciosos. El encuentro fue un sueño del que nadie hubiera querido despertar; sin embargo, ella lo hizo.

Un capricho de felicidad

Un capricho de felicidad

 

Leía a San Agustín comentando a Cicerón y caí en la cuenta: el término latino beatus no debería traducirse por felicidad, pues ya el latín tiene felicitas para ello. Igualmente inadecuado sería traducir beatus por santo, pues la santidad romana es piedad familiar y la cristiana reconfiguración interior (ya algo de esto ha explorado Arnaldo Momigliano en Religion in Athens, Rome, and Jerusalem in the First Century B.C.). Y más inadecuado parece, todavía, trasladarlo a bienaventurado, que nos cerraría a la posibilidad de pensar en la otra vida. Beatus, como juicio moral de una vida, se parece a la felicidad, pero en algo se distingue de ella.

Etimológicamente, beatus es la forma supino (infinitivo de fin) de beo que nombra el tener propiedades, ser reconocido por lo que se tiene y, por ende, ser “feliz”. Beo, por su parte, proviene de la raíz indoeuropea *dweos, que los manuales suelen referir como “felicidad”. Felicidad, por su parte, comparte raíz con feto y fecundidad, por lo cual no nombra propiedades, sino producciones: la mujer con muchos hijos es fecunda; Odiseo es fecundo en pretextos. La forma antigua de la raíz *dweos es *dwejos y no es muy seguro su significado, aunque produjo en griego el término deinós, el término para lo terrible aterrador, la antesala al abismo de la tragedia. ¿Beatus y deinós provienen de la misma raíz? ¿Cómo puede ser posible? ¿Qué podría significar eso?

Se dice que el equivalente griego de beatus es eudaimonía, compuesto del prefijo eu que califica lo bueno y daimon, la divinidad intermedia entre los mortales y los dioses. La eudaimonía, empero, no nos libra de preocupaciones, pues daimon proviene de la raíz indoeuropea *dwey, que a su vez comparte el origen con la forma antigua *dwejos: *dwe, que produce en sánscrito la palabra sagrada para la maldición. ¿La eudaimonía y la maldición se reúnen en una misma raíz? ¿Qué podemos pensar a partir del hecho de que la raíz común de beatus y eudaimonía, que tradicionalmente se traducen por felicidad, están relacionados con lo terrible y la maldición?

Creo haber encontrado un camino. La raíz indoeuropea *dwe produce en armenio antiguo erkn, que nombra la labor de parto. Cuando en la labor de parto se alumbra la bendición de la vida se la nombra beatus; cuando la labor de parto se oscurece en la maldición de la muerte se la nombra deinós. Lo beatus nunca estará separado de lo deinós; su posibilidad es mutua, su inherencia práctica es evidente. Categorialmente puede decirse que beatus nombra un estado; felicitas una situación. Quizá cuando se reflexiona que la felicidad puede desembocar en lo terrible se comienza a considerar la necesidad de perseverar en la beatitud.

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. ¿Tucídides para pensar nuestro actual conflicto? Así lo propuse el pasado sábado en este blog, así nos lo propuso el domingo Julio Hubard en Milenio. A leer a Tucídides, pues. 2. Quizá se trata de la columna de opinión más heterodoxa de toda la semana. Quizás es la mezquindad intelectual por lo que no se le reconoce. Pero el pasado lunes, Sergio Sarmiento se preguntó: ¿cuándo se jodió México? Su respuesta: el 5 de febrero de 1917. Creo que antes de él, nadie lo había dicho tan claro. 3. ¿Acaso cabe en la cabeza de alguien mandar a los marinos a asesinar a dos capos y propiciar la ruptura en un cártel, mediante una emboscada, para mostrar que México sí sabe qué hacer con los bad hombres? 4. El secretario de Movilidad del Gobierno del Estado de México puso dos propuestas sobre la mesa en la más reciente reunión con los dueños de las rutas del transporte público: o aceptan dos pesos de aumento al pasaje a partir del lunes 13 y no vuelven a pedir un aumento en años, o esperan al siguiente aumento a la gasolina para aumentar cuatro pesos, pero asumiendo ellos el costo político (pues no sería un aumento “oficial”). Los concesionarios aceptaron la primera. Los operarios quedaron entre dos fuegos. 5. No es broma, por desgracia el señor presidente lo dijo en serio: “El cadete que se desmayó, cayó con honor al no meter las manos”. Ahora entendemos lo que es un gobierno honorable.

Coletilla. “Somos yunkies de los megabytes”. Valeria Luiselli

La tempestad del silencio

La tempestad del silencio

A la política nunca le falta la razón. Le puede faltar la razón correcta, mientras vaga en el mar de la justificación que es incomprensión. Por más que fracase y que requiera de pensarse para su comprensión, nunca le hace falta la razón. Puede estar vinculada al crimen, a los dogmas liberales de manera que la autocrítica se convierta en una grave falta cuyo lenguaje sea la censura o la represión, pero no le faltará la razón. La dictadura, que es el mar de la sinrazón en medio de la tempestad del homicidio y el poder, tiene una razón. La presencia de la fuerza necesita de la razón, y por eso el Estado puede ser un pacto. Ni los pensadores modernos renunciaban al pensamiento político en la dictadura. La vida moderna requiere de razón ante las razones equivocadas. Ante el cataclismo, pide de la razón que puede tener incluso la compasión. Porque en todo acto humano hay algo de razón. El vicio no es animalidad, sólo el acercamiento a lo irracional, la degradación de la razón con las razones equivocadas. Tener razón en la práctica no equivale a imponerse. El mal es banal por parecer gratuito, por ser una desmesura que se repite abiertamente. Modernamente, no nos libramos de la pasión ante el enfrentamiento con el mal. Por eso la política podría parecernos cuestión pasional. Por eso modernamente pedimos de la razón para controlar tiranos. ¿Qué pasa cuando la razón se nos ha vuelto un ídolo y no es la verdad de la experiencia política?

Como verdad de la experiencia política, la razón no puede cerrarle el camino al amor. Es decir, no puede decir que la política sea ajena al acto amoroso. Idólatras somos cuando creemos que la práctica tiene la razón en sí, por eso renunciamos a la verdad en nombre de la fuerza, pero cobijados por la sensación de la verdad moral, tan cómoda al ídolo como es cómoda a nuestro ego. El laberinto del amor y la verdad puede, por un juego moral de espejos, parecernos una extensión del orgullo. Pero nada nos muestra tanto la diferencia como la obra: no hay un modo de actuar definido para el hombre; el amor no ha sido impuesto como un imperativo. De hecho, amar es indeseable para quien no está dispuesto incluso a ser tan radical como para llegar a entender que amar es dar también la vida. La idolatría de la razón es también un modo de la tiranía: lo muestra muy bien el horror de la guerra. No somos idólatras en tanto que pedimos razones; los somos en tanto que estamos convencidos plenamente de que ellas se dan en lo que vemos.

Por esa idolatría podremos estar convencidos de que la unidad depende de la identidad de un odio común, absurdo que termina atropellando la seriedad. Por la misma idolatría podremos estar convencidos de que el cambio político en las democracias está viciado, o que depende de una solución a corto plazo. Pero si la política no carece de razón, es porque exige que veamos lo perenne en lo transitorio de manera acertada. Una democracia funciona dentro de sus propios límites, que están marcados por el ciudadano y el poder. Si nos cegamos a lo que lacera nuestra consciencia moral, no habrá posibilidad de evitar la idolatría y, por ende, la tiranía será constante. Lo que realmente lacera nuestro ser es nuestra ignominia. No la falta de dinero, ni de progreso (que ese sí lo hay, de uno u otro modo), sino lo que el mal ha hecho en nosotros. Todo es parte de esa lógica en que nuestra vida está amarrada, con todas sus convicciones más cotidianas. Lo que la razón común parece exigirnos nunca deja de ser contradictorio: mantener un estilo de vida que ha sido impuesto y que deja de lado otros mejores y hasta más prácticos también nos aleja de los excluidos de nuestra consciencia y de nuestra vida. Por eso la razón es idólatra cuando se vuelve ciega, cuando se aliena de la verdad práctica que es el fundamento para pensar la posibilidad de la ética en la buena vida. La verdad de la práctica muestra algo que moralmente no se ha de permitir, si se aspira a lo justo: el otro no puede valer nada, absolutamente nada, como para pagarle con la nada injusta del olvido. Sólo el amor asume ese ir en la nave entre el crispado mar cuyas aguas son el elemento de la amnesia.

Tacitus

Sublimación

El fuego indómito consume a nosotros y la yerba; hastiados de lo que somos, en cada inhalar breve, renunciamos.

Ensayando la mezquindad..

Mezquino es aquel que hace algo esperando el agradecimiento de los demás, ya que considera la gratitud como deuda, que si no es pagada por los otros ha de serlo por la vida o por Dios.

Maigo.

El pueblo del rebuzno

En fechas recientes hemos escuchado muchos discursos de persuasión y algunos otros de disuasión. La persuasión se puede ver como una manipulación o como un modo de exaltar algo en lo que se cree; la disuasión siempre es su hermana apocada, débil, indecisa, cobarde. Interesante es notar que los discursos para disuadir, al menos dentro de nuestra política actual, siempre son más pensados, como si quien los profiere ya supiera que siempre es más fácil convencer para hacer que para dejar de hacer. No por ello creo que los discursos de disuasión de nuestros políticos actuales son buenos ni que las arengas donde intentan convencer para hacer sean perjudiciales en su totalidad. Si los discursos no son justos, sean para persuadir o para disuadir, siempre resultarán perjudiciales.

Venganza es quizá la palabra que mejor sintetice el problema del capítulo XXVI de la segunda parte del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. El pueblo del rebuzno se quiere vengar mediante la guerra de quienes se han burlado de dos de sus políticos por la capacidad de estos para rebuznar. La burla que le hicieron a sus políticos los habitantes de otros pueblos, unificó de una manera extraña a todo un pueblo. ¿Veían en sus Alcaldes rebuznadores algo que los representara a ellos?, ¿se veían ellos en sus Alcaldes? O ¿sólo fue la burla y el deseo de revertirla, de que no fueran vistos como un pueblo de rebuznadores, lo que los unió para armar camorra? Don Quijote, andante caballero que busca hacer justicia, se percata de las intenciones del pueblo que ondea sus banderas con la imagen de un burro soberbio y les da un discurso para intentar disuadirlos de su empresa. Antes de ello, se ubica al centro de los soldados y les dice que si quieren interrumpirlo en medio de su discurso, lo hagan, que él no tendría inconveniente. Los otros aceptan escucharlo y él habla. Primero señala que él es caballero andante que busca ayudar a quienes lo necesiten, como diciéndoles que no desconoce el mal en la tierra y está dispuesto a actuar; les hace saber que no desconoce su desgracia, que va contra las leyes del duelo el que un pueblo se tome las burlas hechas a unos cuantos, y para reforzar su idea recurre a un ejemplo literario donde un personaje se venga hasta del río de pueblo cuando sólo uno de sus pobladores fue quien lo injurió. Un villano no define la condición de un Pueblo. La cólera motiva a actuar, pero si uno siempre actuara movido por la cólera nunca podría actuar con justicia. Una vez que ya lo han escuchado, que algunos han visto en lo que hacen lo ridículo y tiene su total atención, les da concejos marciales. La guerra sólo es justa en cuatro instancias: la primera tiene que ver con las cruzadas; la segunda es cuando se intenta defender la vida; la tercera por defender la honra, la familia o la hacienda (notemos que el aspecto económico es el último, pues sin honra uno no puede defender a su familia y sin ésta de poco importa el dinero); y la cuarta es cuando el mandatario impulsa a los demás a hacer una guerra injusta. ¿Cómo saber si la guerra es justa o injusta? La respuesta se encuentra en que no se debe pelear por venganza, por dominio o por dinero, es decir, las primeras tres indicaciones definen a la cuarta. La venganza nunca es justa. Mucho menos si hacemos caso al mandamiento de hacer bien a nuestros enemigos y amar a quienes nos aborrecen, pues fue dictado por un Dios humano que sólo puede dictar cosas que los hombres pueden hacer. En este punto Quijote está cansado y espera a ver lo que dicen los demás, pero Sancho, motivado por el discurso de su amo, ignorante de la situación actual, que están en un campo de batalla, se le ocurre echar un breve discurso y rebuznar, causando que lo golpeen los del pueblo del rebuzno. Aunque Sancho y Quijote tenían la misma intención, Quijote reconoció mejor la situación; además, parece que nos sugiere que la justicia es algo divino y sólo Jesús nos puede ayudar a entender en qué consiste el actuar justo. Sancho se ve movido mayormente por su emoción y ahí se ve su condición asnal. Lo curioso es que los del pueblo no ven en Sancho una figura de ellos mismos. Se golpean a sí mismos cuando golpean a Sancho. Aunque no batallen dejan traslucir su injusticia.

Don Quijote ve fracasar dos veces su empresa de caballero que busca la justicia, pues no disuade y no ha podido educar a Sancho. Pero Sancho aprenderá. ¿Nos quiere decir Cervantes que un pueblo entero no puede aprender a actuar justamente cuando se sienten injuriados? O ¿simplemente nos muestra el fracaso de toda disuasión? Al menos nos muestra que la palabra puede ayudar a mover los ánimos hacia la injusticia y hacia la justicia.

Yaddir

Gazmoñerismo Armagedón

El problema no es la muerte, la destrucción, sino la lenta agonía con que el mal carcome nuestras vidas. Como la gangrena que va amputando miembros sin culminar piadosamente en el deceso.

Gazmogno