El Arca

Con cada gota de lluvia que cae, la habitación se achica cada vez más. No sé qué es peor, si morir aquí adentro triturado por la constante expansión de lo que prometía salvarnos de morir ahogados, o estar allá afuera a merced de la Ira de Dios. Tal vez, si el arca no estuviera hecha de madera, ésta no se hincharía con la humedad.

Palmera en el museo

Palmera en el museo

 

Se sabe que Abu Jafar al-Gurasici murió en el exilio; probablemente escondido en el Imperio Bizantino. Sin embargo, los expertos insisten en que su amistad con Abu Nuwas es determinante del tipo poético mudhakkarat. Obviamente, quedará a los investigadores determinar las causas que llevaron a uno lejos del mundo árabe y al otro a Las mil y una noches. Ya en región bizantina, se sospecha que al-Gurasici entró en contacto con el neoplatonismo cristiano y ordenó su poesía conforme a criterios numerológicos. Así lo leyó, por ejemplo, Pletón, quien lo censuró gravemente. Revisito a continuación dos poemas de la colección “Museo” de al-Gurasici, desde las versiones griegas y con las guías de los deteriorados textos árabes.

 

Sin título, fragmento 25 del “Museo”

¿Por qué ocultas tu cuello

desnudo de mis besos?

¿Por qué huyes a mis ojos

vestidos de deseo?

¿Será nuestro paseo

del amor un trofeo,

o nuestra vida juntos

un futuro, un torneo?

Cera (título griego), fragmento 32 del “Museo”

Tú no serás estatua

ni yo seré desierto.

Tampoco será fatua

la luz del Libro abierto.

Condena nuestro amor,

condena las estatuas,

condena que tu olor

a cera de fogata

derrita mi virtud

olvide mi decoro

y en tu juventud

encuentre mi tesoro.

 

Escenas del terruño. 1. Tercera semana consecutiva en que las protestas en torno a los desaparecidos normalistas de Ayotzinapa tornan violentas. Ahora hubo petardos en la puerta del Senado. 2. Honestidad valiente, le dicen. Dirán que son calumnias, complotes, miedo de los enemigos… pero el plumaje no se mancha, pero no por límpido, sino porque ya no puede con tanta suciedad: las plumas se le hicieron costra. Gina Morett cuenta que diputados de Morena en Oaxaca cobran doble. ¡Pues qué cobrones! Y Reforma hizo público, el martes 9 de mayo, un video en que Rafael Ochoa Guzmán, exdirigente del SNTE, pide a los profesores apoyar a Delfina Gómez en la elección del EdoMéx. ¡La profesora Gordillo aliada del Rayito de Esperanza! Además, López Obrador defendió el lunes la represión en Venezuela. 3. Interesante reportaje de Contralínea. El sexenio del Lic. (sic) Enrique Peña Nieto es el de mayor violencia contra sacerdotes y religiosos católicos. ¿Qué es eso que no se cuenta, señor presidente? 4. Héctor de Mauleón narra la historia de lo que probablemente será el fin de una empresa con experiencia de 80 años en la explotación sexual. 5. Anótese bien: el miércoles 10 de mayo de 2017 La Jornada publicó su primer artículo de opinión crítico de la dictadura de Venezuela. Tras semanas de una defensa idiota basada en una supuesta línea editorial de izquierda, y que ha dejado en ridículo al medio de las causas populares, Claudio Lomnitz tuvo la honestidad de decir las cosas como son: el chavismo es caudillismo desbocado del siglo XXI. 6. Un grupo ecoanarquista se adjudicó el asesinato de la mujer que apareció muerta en la CU de la UNAM la semana pasada. Hace un año, tras otro asesinato, ya se había dado cuenta del mismo grupo. 7. Ay, qué cosa. Le contestan nuevamente, la semana pasada comenté el caso, a la Dr. Rivero Weber, a la filósofa, señalándole que en la propaganda para su grey argumenta falazmente. Caray, seguro dirán los posmos, ¿apoco todavía hay quien cuide sus argumentos?

Coletilla. Vi en el periférico un espectacular con la frase “Mano dura contra la delincuencia” junto a la foto de Alfredo del Mazo. Tardé en darme cuenta que era propaganda política. ¡Pensé que ofrecía recompensa!

 

El espejo ardiente

El espejo ardiente

Empezó con un sorbo de café. Se quemó la boca en su intento desmedido. Esperaba que esa agua transmutada ejerciera su efecto: disipar el sueño, producir entusiasmo, quizá soltar las palabras como caballos destemplados en carrera hacia una conversación que no recordaría. El ardor en la lengua le hizo pensar si beber café era necesario para quien intenta sobrevivir modernamente: una droga más inocente, producida en masa por su sabor y su efecto traicionero. ¿Por qué esa ansiedad en incorporar la cafeína a su sentido común? No se lo preguntaba. Tenía que quemarse la lengua para sacudirse pronto algo. No era su consciencia. Decía que era el sueño, el aburrimiento. Nadie espera más de una porción de café. Quizá sólo su sabor, misteriosamente dulce cuando se ha pasado la prueba que impone su amargura a la misma lengua que se quemará por el descuido del propietario de la guarida en que descansa, amurallada entre un marfil insensible a ese calor. Sabía que le aguardaba una espera prolongada, pero aun así no dudó en apresurarse.

Un sujeto se apresura cuando está enamorado. También espera pacientemente por interés amoroso. Comparó ambos efectos con su vehemente deseo de beber. ¿Qué cauterizaba la quemadura del café? Tal vez un corazón roto, dolido y todavía renuente a enterrar una oración cuya herencia fue la desdicha. Pero también un deseo: quien no se quema no aprende la regla. Notó su exageración. El efecto del fuego no sólo consume o lastima los tejidos, el tacto. La comparación del fuego con el amor, recordó, llega también a la imagen del martirio. El fuego que permanece encendido en la oscuridad. A Cupido lo pintaron como un niño de ojos cubiertos. La oscuridad de la vista y el fuego eran elementos integrados en una experiencia. El corazón roto era una fábula. Un melancólico no trata de sacudirse su tristeza de esa manera.

Tomó un periódico. La primera plana le recordó una frase que su generación convirtió sin saberlo en publicidad: el silencio de Dios. Después estalló una risa que contuvo. En algún sentido le parecía ridículo su recuerdo. El ardor del café cauterizaba la ansiedad que genera silenciosamente el desmoronamiento. Se pensaba cercano a la crisis, pero ajeno en el dolor. El café era un fármaco para la desgracia simulada. Sus palabras desbocadas llenaban el silencio de Dios. Pero era inútil. Esta opción había sido insertada por una enseñanza trágica, paralela a la de su fingida melancolía. El silencio de Dios era un prejuicio para interpretar la maldad. No tenía consciencia trágica. La cauterización del silencio de Dios era un alivio vano para su corazón intranquilo. Sumido en su meditación, casi olvida que estaba ahí sentado esperando.

Al fondo del vaso, como sabía por reminiscencia, no quedaba nada, más que el fin del recipiente. No era desconsolador saber que tendría fin aquel café. ¿No es la gracia de todas las cosas que ellas tengan siempre un final? La gracia de lo inmortal se contempla por otros caminos. En la sensación vive el ardor de la lengua, parte de la materia. Se quemó con gusto, porque deseaba probar ese amargor. Todo el tiempo -pensó- estoy yo para escuchar mis pensamientos. No era nuevo. Para eso se quemaba la lengua: para romper pronto el silencio, el hielo que necesita del fuego de las palabras dulces, melifluas, esperanzadoras o a veces más heladas que el frío del silencio, como el hielo seco. ¿En dónde esperaba? Lo hacía en la posición común de espera: sentado. Afuera caía el agua como si estuviera en un nuevo diluvio. Pensó si su asiento era el arca que lo mantenía en espera, con la vida entera, dispuesta para su nuevo origen. Si el amor es ansia y espera, haría falta la sabiduría en él para saber qué nos dice en su dualidad de nosotros. El amor lo hacía esperar, pero también ansiaba salir, olvidar el ardor en su lengua con una palabra.

Llegó. Estaba su cuerpo húmedo como quien saliera del mar. No importa su nombre, ni su género. Sabía de su espera y de su ansía; con un silencio lo revelaba. Había hablado todo. Lo acompañaba ahora. Podía irse, pero nunca abandonarlo: el amor es así. Apareció como si lo convocara en ese silencio que deseaba la palabra. Una oración hacía temblar su lengua herida: “líbranos del mal”. Sintió el regocijo de la presencia amada. El amor y la tragedia se fundían en un gesto amable. Recordó la situación vana en la que se encontraba. Observó que no había banalidad en esa sensación, en la que su confusión seguía latente. ¿Quién había llegado? Porque esa presencia no podía arribar sólo en la espera, de manera tan repentina. La situación se puede repetir indefinidamente. No necesitaba el ardor de un fuego líquido, ni la revelación de su entorno en un papel. La lluvia sigue. Con el ardor todavía presente, sale acompañado de su refugio. La bebida misteriosa era el combustible de las vidas ajetreadas. En ese ajetreo, azotado e impedido por la lluvia, tuvo que caminar a casa. Dios no está en un vaso de café. Al menos no literalmente.

Tacitus

Amor y economía

Amor y economía

Uno de estos días en que veía la televisión ya pasadas las diez de la noche, escuchaba en uno de estos programas de opinión pública lo que me pareció un interesante debate sobre las funciones de los gobernantes. La pregunta a que respondían las dos posturas ahí vertidas era sobre un asunto que en verdad todos nos hemos cuestionado ¿Qué debe hacer la autoridad para combatir la injusticia, ya sean delincuentes organizados o impunidades? Uno de los debatientes decía que si él no veía “que los políticos se emocionaban (en el sentido de indignarse, preocuparse, enojarse) con los sucesos del hoy” estos sujetos no le interesaban, y de hecho se le hacían “ineptos para la política”. El otro le respondía que él, en lo personal, “prefería un político serio, que supiera resolver la economía y la corrupción”, “lo siento, dijo, pero yo soy un tecnócrata”, “que mi predicador me hable de amor y los políticos de estadísticas.”

Esta discusión que se suscitaba en la televisión, creo yo que resume más o menos bien el por qué han fracasado las administraciones gubernamentales en por lo menos los últimos diez años. Pues veamos que desde que se desató la guerra contra el narco lo que han buscado las autoridades no es erradicar la inseguridad, sino administrar la violencia, de tal manera que los números no se vean tan afectados… pero esto no ha funcionado. Las muertes dolosas han aumentado, en ocasiones, más del 300% en comparación a fechas anteriores a la guerra contra el crimen organizado; el desempleo, por más que el presidente se encargue de prometer millones de puestos, no deja de ser un número alarmante las personas que no pueden encontrar trabajo. Los desaparecidos son más de 27,000.

Las administraciones no atienden a la violencia, inseguridad, desempleo, injusticias, como un problema Ético, sino como una sumatoria de productos. Los tecnócratas son más darwinianos que aristotélicos y ése es el problema, pues se adaptan a las pérdidas. Hay que trabajar con lo que hay, dicen ellos. Pero ¿y lo que hemos perdido?, ¿la dignidad, la paz, la confianza en nosotros mismos como vecinos, hermanos?; trabajar con lo que hay significa que si del 100% de confianza en las autoridades que había, ahora sólo queda el 25%, éste se vuelve el todo, los otros no existen. Nosotros 25%, felicitémonos por el triunfo de ser lo que somos. Si del 100% de la población a ha desaparecido el 36% a causa del crimen organizado, paguemos la pérdida, buscarlos es más caro, pues mostraría los números que no queremos ver: el número de políticos coludidos en esto, de policías, de particulares que creíamos nuestros amigos.

Sonreírle a todo, sólo por la certeza del número, igual nos hace indiferentes. La tecnocracia administra dádivas. Por eso los problemas no se solucionan con datos que sólo nos muestren lo salvable, sino con acciones que nos permitan recuperar lo que los números ignoran: la justicia, el amor, la dignidad. Hablar de amor en la ciudad, no es sólo de poetas. ¡Bueno, señores, ya vieron que los números no solucionan nada! ¿Cómo imposibilitar la injusticia, sin que ésta se convierta en una cifra, y por lo tanto en un negocio?  ¿Cómo hacer para que el hombre sienta culpa verdadera, por lo que hizo o está a punto de hacer?

Javel

10 de mayo

Sólo en el regazo de María es posible encontrar el cobijo que la modernidad es incapaz de proporcionar.

El dolorido corazón del hombre, acude tembloroso a los brazos de la madre, antes de presentarse con el padre y pedir el perdón, que amorosamente se le concede en el momento de la salvación.

Sólo en el regazo de María la salvación encuentra el calor materno y amoroso de la madre que nos fue entregada en el dolor y que nos disculpa por hacer lo que no sabemos cuando lastimamos a nuestro salvador.

Sólo en el regazo de María nosotros renacemos como hijos de Dios, ya que el hijo bien amado del padre desde la cruz nos lo otorgó. Benditos somos por tener el regazo de María, porque nos entregó a su hijo y nos mostró la dulzura del servicio desde antes de la venida del salvador.

Pero ingratos, celebramos a las madres exigiendo las perlas que la virgen jamás pidió.

Maigo.

 

 

 

 

Sobre los bienes y males y nuestra percepción de ellos III

Uno de los peores males que nos imaginamos, como personas que nos gusta la comodidad, es el encontrarnos sin un centavo. El dinero y su obtención es una de las principales actividades humanas. Lejos está de ser la mejor actividad humana, pues los ricos no necesariamente son buenas personas. Ya no importa cómo se obtenga el dinero, sino obtenerlo, por eso el narcotráfico es una actividad que nunca se acabará, pues es un negocio efectivo. Aunque como se puede ver con el narcotráfico, así como con la corrupción, es que resulta más difícil cuidar el dinero que obtenerlo. ¿De cuántas intrigas, complots, y traiciones no tienen que estarse cuidando las personas adineradas?, ¿pueden saber cuándo su hombre de confianza los va a traicionar? Resulta mayor tormento tener dinero que carecer de el.

El problema no se resuelve si se procuran las leyes necesarias para cuidar del dinero, pues los mayores delincuentes siempre encuentran el modo de volver legal el robo. Más bien se debe pensar cuál es la finalidad para la que se obtiene el dinero. Si se trata de vivir bien, es mejor hacerse con el dinero suficiente para alimento y vestido, sin que aquél vuelva demasiado avaro a quien lo obtiene. Aunque algunos piensen que es bueno acumular, tener un ahorro, ante alguna situación que esté en las vaporosas manos de la fortuna, parece que nunca sabremos qué tan mal o qué tan bien puede tratarnos aquella jovenzuela. Lo que no soluciona el problema, pues ante la fortuna, aceptando que es totalmente caprichosa y siempre estamos en sus manos, no podemos hacer nada. En la tercera parte del complejo ensayo XIV, Michel de Montaigne sugiere que no hay que preocuparse por la fortuna, pues el mal no lo provoca la mala fortuna, sino el constante temor que se le tiene. Aunque haya mala fortuna, se puede colegir de la segunda parte del ensayo, lo importante es enfrentarse con valentía a sus inconstantes dictámenes. Al dolor se le enfrenta con ánimo de hierro. Cómo pensemos que se debe enfrentarse a la fortuna, nos ayuda a entender cuál es nuestra idea del mejor modo de vida.

Según lo que nos dice Montaigne sobre la fortuna, pensamos que podría ser un digno heredero de las heroicas ideas del imperio romano. Pero en el ensayo XV cuestiona la valentía y se decanta por la prudencia; de tal modo que parecería que su idea de la prudencia es cobardía, pues señala que no debería defenderse una plaza pública si se está en tremenda desventaja. Incluso aprueba que se castigue a ese tipo de temerarios. Coriolano hubiera sido castigado, pese a su triunfo, según la idea de Montaigne. El francés no es un estoico cualquiera. Nos hace pensar complejamente la pregunta central de la filosofía: ¿cuál es el mejor modo de vida?

Yaddir

Señales de humo

El calor del alba se le impuso como la necesidad. No lo había sentido tan intolerable en mucho tiempo. Apagó el radio cuando el reportero cambió al tema de algún nuevo desfalco millonario. No le interesaba. Los detalles ofrecidos sobre el incendio de madrugada en el parque de diversiones lo habían dejado tan satisfecho como había deseado: eran pocos y eran magros. Rebosaban de esa seguridad que sólo la ignorancia puede dar. Refrescante, el aire templado de la mañana se dejó sentir por fin, entrando por la ventana de la camioneta, despejando el olor del reciente racimo de cigarros; pero más refrescante aún fue la risa suspirante del alivio que se le extendió desde el pecho hasta las puntas de sus dedos. Aún dolían, pero eso ya no parecía tan malo: seguramente requerirían tan sólo un poco de pomada para las ampollas y descanso propicio para cicatrizar, y con eso estarían listos de nuevo para apretar ahí donde la tenacidad se vence. «Alguien dijo que las acciones eran manantiales de infinitas series de efectos ‒le dijo a su mudo copiloto, con esa voz cadente que cuidaba cada tono con esmero‒, mira bien que las traiciones son así, nomás que el manantial mana gasolina».