Hacer sonar un ruido

Hacer sonar un ruido

 

En el prólogo a La balada de la cárcel de Reading [Quimera, 2010] en versión de Hernán Bravo Varela [México, 1979], José Emilio Pacheco -¿cuántos prólogos escribió? Se necesita un antologador dedicado, pues la reunión de sus prólogos indudablemente sería uno de los más inteligentes panoramas literarios- afirma: “Cada época y cada generación lee de manera diferente los mismos textos. Las traducciones deben renovarse sin tregua. Al hacerlo prolongan la vida de sus originales”. Más allá del falso dilema entre literalidad y sentido literario, Pacheco sugiere que el verdadero fin de las traducciones es poner en conversación las obras; traducir un texto literario no es trasladarlo al idioma de llegada, sino aproximarlo a nuevos hablantes; traducir es conducir, compartir, invitar a dialogar. Cuando las traducciones se deterioran, se deteriora el diálogo. Cuando las traducciones se aferran a la literalidad, se reduce la riqueza expresiva de la palabra. Cuando las traducciones se olvidan, la originalidad se reduce a extrañeza, la comprensión a autoelogio, el diálogo monologa. Para que la traducción prolongue la vida del original, la traducción debe buscar la efectividad poética. Podemos verlo, por ejemplo, con un vistazo a algunas traducciones del haiku más famoso.

         El más famoso haiku fue compuesto por Matsuo Basho. Esta es la versión que en el número de abril de 2011 de la Revista de la Universidad de México publicó Aurelio Asiain [México, 1960]:

 

El viejo estanque,

el salto de una rana,

ruido del agua.

En su versión se presenta el haiku de cuerpo entero. Nos confirma la afirmación de Octavio Paz: el haiku es un instante privilegiado. En la versión de Asiain, el poema presenta tres elementos sólo reunidos por la totalidad del poema. No hay causalidad, no hay sucesión temporal. El todo se conforma en la mirada del poeta y su representación se delinea al aparecer de los versos. La efectividad poética arroja la luz sobre el instante: la efectividad poética es visibilidad.

         Por su parte, Mariano Antolín [Gijón, 1943] ofrece la siguiente versión:

 

El estanque antiguo,

salta una rana.

¡El ruido del agua!

En su versión aparece la sorpresa. Su versión nos presenta un nuevo rostro del poema de Basho. No faltan ni el estanque, ni la rana. Aparece la sorpresa en el tercer verso. Presenta sorpresivo al ruido del agua. La sorpresa se marca tanto por el signo, como por la independencia del verso. La efectividad poética de la versión de Antolín reúne al estanque y la rana en una realidad que se expresa sorpresiva, que se presenta a sí misma tan inusual como puede ser. La efectividad poética renueva al mundo.

         Algo más puede verse en la versión que Alberto Manzano [Barcelona, 1955] ofreció en Haikú de las estaciones [Teorema, 1985]:

 

El viejo estanque;

una rana salta adentro,

el sonido del agua.

El poema adquiere dimensión, una profundidad no sólo física: la profundidad de la conciencia zen. El amigo de Leonard Cohen introduce pliegues en la realidad. El primer pliegue lo marca con un “punto y coma” que sitúa al estanque en su concreción material, en su realidad. La rana viene de fuera. La rana es totalmente otra. La rana, en su viva independencia, irrumpe en la concreción material del estanque. La realidad adquiere un segundo pliegue: la vida produce interioridad; la rana salta dentro del estanque. Sucesión temporal, mas no causal, en la versión de Manzano el ruido se vuelve sonido. Tercer pliegue de la realidad: la interioridad es conciencia: sólo para la conciencia el ruido se vuelve sonido. La efectividad poética ya no es visual o expresiva, es interioridad. La realidad material en que irrumpe la vida nos hace sabernos vivos, vivir es la conciencia del todo.

         En otro panorama espiritual, el cristiano, está la versión del teólogo jesuita Antonio Cabezas García [Huelva, 1931-2008] presentada en Jaikus inmortales [Hiperión, 1983]:

 

Un viejo estanque.

Se zambulle una rana:

ruido de agua.

El centro está en la acción. Lo importante es que la rana se zambulle. Hay poema porque hay acción. El poema gira en torno al zambullimiento. ¿Difiere en algo saltar de zambullirse? Quien salta, lo hace con dirección y sentido, siempre en oposición, siempre como otro. Zambullirse es llevarse a sí mismo, conducirse: hacerse responsable de sí en la inmersión de lo otro. Quien salta puede esquivar; quien se zambulle se entrega. La rana que se zambulle en el viejo estanque hace el mundo por su acción. La consecuencia es indecible: lo indecible está en el ruido. Cuando la acción produce lo indecible, el juicio se suspende. La casuística irrumpe en el poema. La efectividad poética proviene de la irrupción. El poema logra un silencio diferente.

         El problema del sonido en el poema, entre el silencio y el ruido, buscó una solución ejemplar en la versión de Octavio Paz [México, 1914-1998]:

 

Un viejo estanque:

salta una rana ¡zas!

chapaleteo.

En la versión de Paz, primero se presenta el lugar, la situación: los dos puntos son la puerta al instante privilegiado. Si bien aparece una onomatopeya, lo más importante es la sonoridad del lenguaje. ¿Cómo se nombra la innovación del poema? Paz resuelve: chapaleteo. El poema absorbe la acción y la destila en sonoridad. La efectividad poética distiende el instante, lo despliega, sin que por ello pierda unidad. La efectividad poética de la versión paceana es plenamente sonora.

         La plenitud sonora toma un nuevo camino en la versión que José Luis Rivas [Veracruz, 1950] presenta en Raz de marea [FCE, 1993]:

 

Un sapo salta…

Tirado de la lengua,

el charco chasca.

El salto es la totalidad del poema, una totalidad aorista: los puntos suspensivos disuelven los límites del todo. La totalidad del poema es una totalidad del habla: el charco tiene lengua. El poeta ha dado la vuelta al poema: primero está el acto, la rana; el actor hace presente al lugar, el lago. La relación entre el lago y la rana es una correspondencia tensa, un equilibrio frágil, el instante en que nace la palabra. Nótese el sonido: el charco chasca. La efectividad poética nos presenta en su sonoridad al habla y al instante. El poema es un ojo de agua, borbotón de sonoridades.

         Un recurso más en el esfuerzo de hacer sonar un ruido es el de la versión que José Emilio Pacheco [México, 1939-2014] presentó en Como el viento que pasa [Visor, 2015] de Matsuo Basho (la versión difiere en la edición de Aproximaciones de 1984. Por Marco Antonio Campos me enteré de una tercera versión en edición limitada distribuida por Era en 2013, pero no he tenido acceso a ella):

 

Viejo estanque dormido.

         Pero de pronto

         salta una rana.

Pacheco plasma gráficamente la expresividad sonora. Abre un espacio. Su poema es una visualidad que canta, una visualidad que sorprende, una sorpresa sonora. El lector está ante el asiduo “viejo estanque dormido”. Es el mismo estanque viejo, pero está por primera vez dormido. No hay oportunidad de mirarlo dormir: de pronto salta una rana. El poema tantas veces traducido, el poema tan famoso, el viejo estanque, la vieja rana y el viejo salto todavía pueden sorprendernos. En la versión de Pacheco, el poema sorprende a la memoria. La efectividad poética atrapa el instante frente a la anticipación hermenéutica. La efectividad poética rehabilita al poema para el ejercicio de la memoria. La sonoridad y la visibilidad del instante se congregan en la palabra del poeta; las palabras del poeta conforman la memoria.

         En 1920, don Ramón María del Valle-Inclán presentó una versión del haiku dentro de su censurada obra teatral Farsa y licencia de la Reina Castiza:

 

El espejo de la fontana,

al zambullirse de la rana,

¡hace chas!

¿Cómo aparece el ruido en el drama? Aparentemente, Valle-Inclán no logró hacer sonar el ruido. El último verso podría parecer insuficiente. Sin embargo, en la versión de don Ramón aparecen juntos el ruido y la rima. La rima marca el desenlace del ritmo del verso, el desenlace produce la cadencia del poema y la cadencia puntúa la expectación posible: el ruido sólo puede aparecer inesperado porque la rima nos ha acostumbrado a lo esperado. En la versión menos cercana al haiku, el poema logra una efectividad del instante privilegiado probablemente insuperable. La rima da luz sobre el ruido; el ruido sólo se escucha en la rima. La efectividad poética de la versión valle-inclaniana regresa a la poesía lo que el haiku llevó al mundo.

         Queda por investigar, claro, si el más famoso de los haikus puede ser expresado en otras formas poéticas tradicionales. ¿Cómo hacemos sonar el ruido del haiku en un soneto? ¿Cómo lo presentamos en un poema en prosa? ¿Es traducible el poema de Basho en un cuento? Quizá sean aproximaciones necesarias.

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. El Yunque quiere medir sus fuerzas en la Ciudad de México. Para ello, su precandidato azul se ha lanzado contra una posible alianza PAN-PRD en la Ciudad. Si, como es de esperarse, el precandidato azul del Yunque no logra la designación en su partido, menos de la mitad del PAN capitalino apoyará la alianza. Y en ese escenario, probarían sus fuerzas con otro candidato, el propuesto por el Frente Nacional por la Familia. Aunque el lector no lo crea, el enemigo no es Morena, sino el PRD: sólo los amarillos han defendido el matrimonio igualitario. Para la derecha capitalina, el triunfo de Morena -especialmente si lleva a Monreal como candidato- sería buena noticia. 2. Cuando se afirma que Rius fue el educador político de la mayoría de los mexicanos, ¿quién se atreve a decirlo como elogio? 3. Carlos Zúñiga ha sido el primero en notarlo: la propaganda ideológica rusa se ha filtrado en los medios públicos porque no pudo hacerlo en los medios privados, lo cual se explica por las limitaciones presupuestales de los medios públicos. ¿No es, a la larga, un problema político para quien limita los recursos a los medios públicos?

Coletilla. Tres juegos sobre el mismo tema.

Un piropo

salta al chat:

friendzone.

 

Buena conciencia

que protesta en twitter

se llama chairo.

 

Viejo estancado

en medio del tránsito:

claxonazo.

El hilo de Sócrates

El hilo de Sócrates

Es empresa compleja la de verse en el espejo de un amigo del saber, como Apolodoro, ese que se siente capacitado para recordar los encuentros de Sócrates sin dejar de propinar ironías trasnochadas, artificiales por no tener capacidad para dialogar, sino para transmitir. Es compleja porque parece rechazable, porque parece bastar con recordar a Sócrates para decirse amigo suyo, como si Sócrates fuera el saber. Uno de los recovecos de ese diálogo en que Apolodoro rescata de los años los encomios al dios Amor esconde la urdimbre que se teje entre la amistad de Sócrates y el deseo de Sócrates. Evidentemente, esa urdimbre está elaborada con la naturaleza del amor, que no es la misma que la de la amistad. Alcibíades elogia a Sócrates convirtiéndolo en sátiro, dando al lector la necesidad de apreciar su enamoramiento y el modo en que aquél resalta las virtudes de éste en la intimidad y en lo público, como si ente la capacidad para la guerra, la gracia de la palabra y el deseo de lo bello estuvieran emparentados de manera evidente, lo cual genera despecho en quien no puede poseerlo. No sorprende que el tema de los encomios anteriores al de Sócrates gire en torno a la naturaleza de la relación entre los amantes, la posesión y el deseo enmarcados en la naturaleza del hombre.

¿Qué desea Alcibíades de Sócrates? Parece evidente, pero no lo es. Estar enamorado de Sócrates no es filosofar. El deseo del hombre bello es fiel a la verdad pero el beneficio que puede obtener de Sócrates, como él mismo le explica, no proviene de convertirse en su amante. ¿Acaso no parece que a Apolodoro le basta su amistad con Sócrates para sentirse seguro de su espíritu de reflexión? Las cualidades admirables del filósofo nos llaman a pensar en la relación entre el encomio de Eros que él dice aprender de Diotima en el que el deseo de procrear en ese mar de lo bello pide escalar desde los cuerpos bellos, la moral a lo que se traduce por lo bello en ese pulso que cabalga por engendrar. La posesión del saber no sería fiel a esa imagen si el límite de lo erótico fuera el contacto nocturno de la piel, como en el recuerdo de la cercanía socrática que Alcibíades guarda. El deseo noble y la gallardía del joven adjudican a la soberbia socrática el rechazo de su amor, cuando lo que reluce en su amargura es su propia vanidad: no desea un cuerpo bello, envoltorio rústico del sátiro, sino el ídolo de oro que se devela en el obrar y hablar. El problema es que no alcanza a notar que eso, que mueve al amor, no puede darse en el amor que da piruetas en la cama; los ídolos de oro sólo pueden abrazarse para dormir tranquilos. Sócrates no es un encandilador de jovencitos, aunque no esconda su predilección por ellos.

El elogio de Alcibíades no parece destacar que las cualidades de Sócrates sean efecto del deseo socrático. Su admiración por ellas es, otra vez, una limitante en el amor. La escalada erótica, consecuencia de la naturaleza intermedia de Eros muestra que hablar de la posesión de lo bello no tiene nada que ver con el abrazo de Alcibíades ni con su insistencia que urde trampas para convencer a Sócrates. La lección socrática en torno a lo bello y el amor no se comprende en la interpretación tradicional que hace de la dialéctica un método para llegar a la idea de lo bello. La moderación es amor: la disuasión socrática no es imposición para la genuflexión moral, sino la condición erótica que ilumina no sólo lo que algunos ven como el abismo del filósofo, sino también la naturaleza de Alcibíades y de todo hombre, que desea lo bueno porque su alma ama, probando la presencia de lo inmortal. La confusión de Alcibíades es algo a lo que todo corazón e inteligencia están expuestos, en tanto que desean. Precisamente porque lo bello no es una idea en ese sentido moderno que separa entendimiento de alma, la racionalidad socrática resulta valiosa para pensar nuestros deseos.

Si la amistad no produce privilegios, es porque la memoria privativa, exclusiva, no sirve si no es palabra que entrelaza, confunde, burla, ironiza el sentido de nuestras ideas para probar su verdad, lo cual es imposible sin esa gradación que hay entre la ignorancia y el saber. La amistad es el privilegio mismo de la fortuna. El mayor placer es no defraudarla. Apolodoro no desea a Sócrates, pero tampoco sabe hacer otra cosa que remedarlo con presunción. La amistad consiente la vida racionalmente en medio aun de lo innecesario que resulta lo irracional: las copas de vino se chocan con gusto al celebrarla, no al consumarla. Nos son importantes las palabras y obras de nuestros amigos porque abarcan nuestra vida, nuestras horas y pensamiento, porque nos permiten ver esa genuina dialéctica entre las almas que hay pintadas con lazos afectivos. En la conversación y las horas juntos se consiente la existencia como en la ausencia, porque la amistad no es sólo presencia continua, sino oro dulce derramado en el ocio, que mantiene viva la memoria, que abre nuestra voz a otra admirándonos, no idolatrándonos.

 

 

Tacitus

La hoguera y los intelectuales

A propósito de su muerte, Ciro Gómez Leyva conversó al aire con uno de los mejores amigos de Marcelino Perelló. Joel Ortega compartió generación con él. Polemistas en privado que sus hijas los protegían de sus mismas discusiones. Su espíritu sesentero, aguerrido, se hizo presente hasta en las discusiones de sillón. Ortega comentó que el linchamiento mediático fue la causa de la muerte de su amigo. Si bien es cierto que se encontraba enfermo, la tormenta lo arrojó a la tumba. Vino, se llevó su cátedra, derrumbó su programa de radio y Marcelino pereció. Sus defensas se vulneraron por la tristeza y no resistieron a su padecimiento.

Quise revisitar su última gran entrevista al preguntarme si había sido excesivo el linchamiento. El mismo Gómez Leyva le prestó voz a Marcelino en medio de la tormenta. Era el apestado en cabinas, foros de televisión, periódicos. Un exiliado que cualquier vecino repudiaba. Y hubo una oportunidad única, áurea; lástima que fue desaprovechada. Cuando la escuché en vivo, no pude evitar reírme. Vi a un hombre asfixiándose en sus dichos mientras intentaba librarse de ellos. Trataba de responder a las denostaciones y sólo ofrecía más flancos débiles. Esta segunda vez tampoco pude frenar mi risa, sin embargo sentí pena. Hacia el final la entrevista se vuelve rara y desafortunada. Compartí el mismo bochorno que traslucía el rostro de Gómez Leyva. Entreví los argumentos con que intentaba defenderse. En efecto, no promovía que tomáramos las mujeres del cabello y nos abalanzáramos —contra su voluntad— sobre ellas. No obstante, el descuido en su reflexión y torpeza al hablar defendían la violación. Quizás indirectamente, involuntariamente, pero la defendían. Su honestidad ácida que lo volvía claro y provocador, terminó por arruinarlo.

Ciertos intelectuales creen nutrirse de sus fricciones con el vulgo. Su revolución toma fuerza al dar puntapiés a los reaccionarios. Es aliciente en la búsqueda por la verdad romper los candados; nadar en sentido contrario para gozar del manantial. Confunden la censura y represión con la mesura y prudencia. Perelló recurrió a Bataille en su apología, como si todos fuéramos lectores ávidos de su obra. Peor aún: quiso volver a su costa de origen para protegerse de la tormenta. Desechó el argumento para resguardarse en la falacia de autoridad. No se retractó, no se disculpó por su torpeza. Prefirió echarnos en cara, sutilmente, nuestra ignorancia. Y si no le creíamos, son puras malinterpretaciones. Sus declaraciones no fueron erróneas e imprudentes, en realidad no las entendimos. Las sacamos de contexto. Él no cree la sexualidad monstruosa. Es un gatito que ronronea. Por apachurrados o doblez no lo entendemos. Ciertos intelectuales modernos miran en su público al no-yo. Es decir, a un interlocutor inexistente. La culpa la tiene el vulgo al no consumar el desdoblamiento de la consciencia. Sí, fue excesivo el ardor de la hoguera, pero él mismo se entregó a los tribunales. Nunca imaginó un linchamiento. Otra vez, su honestidad ácida y necedad terminaron por arruinarlo.

 

Altruismo egoísta

Ayudar a otros para que el cerebro libere sustancias por satisfacción, es usarlos para sentirse bien, y sentirse bueno sin realmente serlo.

Maigo

Reflexiones generales

Una afamada antropóloga dijo en alguna ocasión: “todos los hombres son iguales”. En cierta medida tenía razón; todos respiramos, bombeamos sangre al corazón y pensamos. Pero pienso que el alcance de su observación era ilimitado. ¿Qué clase de humanos conoció para no querer explicar un poco más su críptica frase?, ¿se trata acaso de un aforismo? No conozco antropólogos que hagan aforismos, tal vez por las limitaciones del estilo. El hombre no es limitado. Pero la frase parece limitarlo, encadenarlo. ¡Eso es! Por eso no entendía la frase. Se trata de un enunciado irónico que busca descalificar a quien la dice, pues si afirmamos la igualdad humana, está sentenciándose, firmando su propia condena, pidiendo un préstamo con impuestos imposibles, hipotecando su alma. Obviamente, al tratarse de una distinguida antropóloga (de la que no diré su nombre para no disponer a la aceptación general, pues fieles a nuestros tiempos, nos rendimos a las autoridades) no está traicionando su inteligencia, se está burlando de ella; quien no entienda su burla cae en la burda generalidad. Pero, ¿y si la antropóloga no se refiere a toda la humanidad?, ¿si sólo se refiere a la aproximada mitad de la población, es decir, al género masculino? De ser así, no tengo más remedio que confesar que soy un tonto, un gran zopenco, por deducir razonamientos que a mí me parecían elevados de un alma elevada. Seguro que eso quería hacer: evidenciar al hombre como el ser tonto que es; ahí radica el que los hombres sean iguales; no es casualidad que la frase haya sido dicha por una antropóloga. Permítanme salvar un poco de la inteligencia del género masculino, dándome tan sólo la oportunidad de preguntar: ¿qué distingue a la mujer del hombre? Sospecho que se trata de la posibilidad que éste tiene de inseminar y lo poco que le importa; por el contrario, la mujer, al concebir, se toma más enserio ese papel. Tal vez ahí radica la diferencia, en la falta de importancia que tiene de la humanidad en general el hombre. Vaya que no es casualidad que tal frase la haya dicho una antropóloga. Aunque todavía no estoy seguro de haberle entendido completamente a la frase; seguro tiene un significado mayor. Hace mucho que no reflexionaba tanto.

Yaddir

Oscuridad dhármica

Cansado, Avalokiteshvara fue cerrando todos y cada uno de los ojos que tenía en todas y cada una de las palmas de todas y cada una de las miles de manos que se abrían compasivamente hacia los infinitos seres sufrientes. 

Gazmogno

Orden Natural

— ¿Qué más da si me llevo a este pobre niño? — Se dijo el soldado desobedeciendo la orden directa de su superior. Todo el escuadrón debía entrar, arrasar la aldea y salir de allí en el menor tiempo posible. No había tiempo para detenerse a salvar a las víctimas del ataque, ni siquiera para llevar a cuestas a los compañeros heridos o mutilados. Órdenes son órdenes, le quedó muy claro cuando el enemigo descubrió a su batallón en mitad de la selva gracias al niño llorón que aquél soldado de buen corazón llevaba cargando a cuestas desde hacía ya más de cinco horas.