La Mosca

Aquí estoy de nuevo, sin palabras, sin sentido alguno. Sentado inerte ante esta inerte taza de café, tratando de encontrar en mi cabeza algo coherente que decir, que compartir; pero la lucidez nunca ha sido una de mis cualidades y lo único que puedo hacer es contemplar una mosca que vuela a mí alrededor.

 

De cuando en cuando se posa con sus patitas sobre la mesa. Intrigado, la acecho con la mirada. La escudriño y la analizo tratando de encontrar algo diferente en ella, algo oculto, único. Una verdad tal vez. Veo sus movimientos, sus poses, su color; me deleito observando su trompa que busca algo para comer, mientras sus alas transparentes se agitan de cuando en cuando, y sus ojos fijos y rojos reflejan un universo infinitamente multiplicado.

 

Sigo mirando, y en mi búsqueda percibo sus patitas delanteras acicalando su cabeza… justo entonces sucede: La mosca comienza a crecer, a expandirse; de la nada surge otra mosca, se duplica. En este éxtasis surge una tercera, una cuarta, se multiplican cada vez más rápido, una infinidad de moscas aparecen ante mis ojos, me acechan y no dejan de multiplicarse. Súbitamente su forma cambia adquiriendo la de un rostro humano, un rostro igualmente multiplicado y que reconozco. Es mi rostro que me analiza; mi rostro embobado y boquiabierto que me escudriña minuciosamente.

 

Pero no soy yo; es un ser que deja de tener forma, un ser que no alcanzo a comprender, ni siquiera lo concibo ya. Miro a mi alrededor y descubro que todo está multiplicado. Es un universo infinito, lleno de posibilidades y de misterios. Formas gigantes, contornos inalcanzables, movimientos, superficies, locura. Me observo y descubro unas protuberancias en el abdomen que me sostienen al piso. Me asombro de unas alas que crecen por mi espalda, y emprendo el vuelo.

 

Todo es enorme y mi único pensamiento es encontrar algo, algo para comer. Por todos lados busco con la trompa. Me acerco hacia algo blanco y profundo que contiene un líquido oscuro. Mirando perplejo aquél líquido, sumido en la necesidad del azúcar, percibo algo enorme que se acerca a gran velocidad. Trato de volar, de huir; la angustia se apodera de mí; muevo mis alas cada vez con más fuerza pero todo es inútil, ya es demasiado tarde.

 

 

El golpe me noquea, me deja sin conciencia y en mi desesperación miro mi mano descubriendo una pequeña mancha negriroja. Me limpio con una servilleta y sigo bebiendo mi café tratando de encontrar en mi cabeza algo coherente que decir, maldiciéndome por haber matado al único objeto de mi inspiración.

 

Gazmogno

UN REFLEJO ES DISTANTE

UN REFLEJO ES DISTANTE

Ya no puedo detenerme más, no sé cómo hacerlo, tengo miedo de estar solo con él pero lo estoy, me angustia saber que cada día soy más como es. El mundo que conocí, ya no parece familiar. Hay veces que siento miedo de él, no sé porque se ha convertido en alguien que no conozco, un rostro al cual sé que estoy acostumbrado, al mismo tiempo que me es ajeno. Un híbrido sumergido en su yo, no puede escapar de sí mismo ni de los demás. Me encuentro aterrorizado frente a él, he olvidado como soy pero tengo la imagen clara de cómo es; frio y desinteresado de sí, escapa al dolor bajo un escudo mientras ondea su bandera, rodeado por el miedo, la desilusión, y las ganas de no estar aquí, refuerza sus muros, un solitario e infranqueable guerrero cansado por la lucha, peleando por tantos y para tantos, dispuesto a morir ha olvido por quien debe de pelear. Hay días que lo ayudo a recordar, aunque no sé si todavía combate por ambos o lo hace solamente por él, quizá en ocasiones no se dé cuenta que sigo aquí. Me encuentro muy herido por sus batallas, espero no perder la ilusión de volver a caminar bien por el sendero correcto.
Algunos días intento acordarme cómo fui, pero ya no sé cómo era entonces, no tengo una imagen mía sin él, pues parece que hemos estado juntos desde siempre, solamente puedo creer en el cambio, poder verlo, sin saber cuál ha sido el punto de partida, eso exigiría saber cómo era antes. Ahora sé que soy más como él y menos como yo. Sinceramente desearía que fuese a la inversa. No me gusta pensar que el equilibrio, el cual se ha perdido, jamás se restaurará, me veo obligado a enfrentármele, pero no puedo, ¿Cómo vencerle, si aquel, a quien le temo no solamente ha defendido sus muros, sino también mi mundo que se encuentra dentro de ellos?
Él no había dejado de caminar por la oscuridad, aunque se veía cansado, por lo cual no me costó mucho trabajo seguirlo durante cuatro años, los dos últimos el paso se fue haciendo más lento, pero ahora estamos en una encrucijada, se ha detenido, aun permanece de pie, no sé si ya no quiere caminar más o no sabe cual camino tomar porque la noche no lo deja ver, creo que influye que los caminos se encuentran al límite de nuestra muralla. Este es el momento donde debo tomar yo la decisión, sé que no puedo separármele, aun con miedo tengo que hacer que ahora él me siga o hacer que caminemos juntos para intentar recobrar el equilibrio. Siempre creí que él me había protegido, quizá era yo quien se escondía detrás de él. Tengo mucho miedo por ser yo quien dirige el rumbo, ahora que los muros se quedarán tras de nosotros o que no me acompañe y por lo tanto quedar encallados, pero también tenía miedo cuando solamente le acompañaba y me encontraba dentro de los límites. Espero no perderlo, aunque no quiero ser como él y tengo miedo de serlo, lo necesito para sentirme protegido y pelear.
No sé cómo llamarle. Aunque compartimos el nombre, resulta diferente a mí, la imagen frente al espejo es la misma, pero por alguna razón no puedo reconocerla así, ni puedo darle mi nombre -eso sería perderme-, debo nombrarlo de una forma distinta. En algún tiempo fuimos uno solo, pero me ha superado, tengo que restablecerme y enfrentarlo. No puedo perderlo pero no debo dejar que me domine o ignore. Debo pelear porque el espejo de una imagen la cual pueda reconocer como solamente mía.

Visión del mundo y crítica Nietzscheana.

Para llegar a tratar con la filosofía es necesario tomar en cuenta los elementos que la constituyen en su unidad y por sí, es decir, aquellos que están implícitos en ella de manera orgánica y no sumatoria, de tal suerte que solamente son elementos en tanto que nosotros los diferenciamos y les damos nombre, posición y función dentro de un esquema armado igualmente por nosotros mismos. La filosofía de Nietzsche tiene como rasgo distintivo y único esa forma de expresión que sólo se encuentra en lo vívido de la lectura, lo inasible de su pensamiento para pretensiones escolares cuyo objetivo sea presentarlo claro y distintamente, por lo cual todo intento de presentarlo claramente –incluido el presente ensayo— es una fractura y disección del flujo viviente de su pensamiento.

 

El fundamento de todo filosofar es la palabra, el lenguaje, pues es con este que el hombre ha creído adueñarse del mundo. La palabra (lógos) es el modo en el cual denominamos aquellas cosas que percibimos, las experiencias que padecemos, e incluso las relaciones con otras personas, pero fundamentalmente y ante todo es una construcción de nuestro intelecto la cual, a través de una ilusión sustentada por nosotros mismos, nos persuade de que somos poseedores del conocimiento certero de todo lo que nombramos. Aceptamos que cuando lo que decimos concuerda con lo que es “decimos verdad”. La noción de que hay identidad entre lo que decimos y lo que hay en el mundo es la base sobre la cual se levanta la lógica. Nietzsche lo expresa como la identificación de dos mundos: el de las palabras y el real[1]. Ahora bien, aquí cabe hacer una aclaración que retomaremos más adelante: la incompatibilidad que existe entre lo experimentado y lo dicho. Por lo anterior, la palabra es el sustento de toda ciencia y filosofía posibles

 

La lógica es posterior a la palabra en cuanto al desarrollo cultural de la sociedad[2] pero también es elemento constituyente de la filosofía. Así pues la lógica se abre paso a través de esa fe que tenemos del poder de la palabra y de su alcance para adueñarnos del mundo. La lógica como la tecnificación de la palabra, esto es, la palabra subordinada a la consecución de verdades… o al menos a la correcta argumentación a través de un camino en el cual esta se identifica con el ser de las cosas, la realidad, es puesta en duda según lo dicho en el párrafo anterior, todas las bases del saber más ampliamente aceptadas quedan en duda al momento que se cuestiona que la naturaleza de nuestro pensamiento sea la misma que la del mundo en el cual estamos inmersos. Es necesario seguir más adelante de estas consideraciones, no quedarnos con la simpleza de afirmar que la lógica y la filosofía son vanas únicamente por la aporía de la posible incompatibilidad de la palabra con el mundo.

 

Internamente lo que Nietzsche critica de la lógica es en primer lugar, los juicios que construimos a partir de las impresiones que captamos, en segundo lugar, el cómo atendemos a formarnos explicaciones causales de los hechos. Construimos los juicios a partir de lo que observamos o pensamos, es la atribución de una cosa a otra distinta. Nuestro conocimiento de las causas, pretende también tecnificarse a partir del desarrollo de la lógica. Las causas y los juicios los extraemos de la realidad y los comprobamos en ella.  La formación de la hipótesis en la experiencia viva y su comprobación, son tan rápidas que parecen un evento simultáneo, sin embargo cuando la deducción de las causas a partir de los efectos está mediada únicamente por la razón (aspiración y mayor triunfo de la lógica), corremos el peligro de actuar en vigilia como lo haríamos en sueños, pues Nietzsche nos dice en su aforismo Lógica del ensueño[3] que los sueños no son otra cosa sino la búsqueda de una explicación a lo que percibimos en ese momento, con la diferencia de que nuestra razón se encuentra en un estado en el cual no cumple con las exigencias del pensamiento: determinar si nuestra interpretación de lo percibido es correcta; en su lugar, tenemos una versión ficticia que es causada aparentemente por nuestra imaginación a partir de los remanentes de las sensaciones. Independientemente si creemos o no en esta teoría de los sueños, lo que subyace tanto en los sueños como en las explicaciones causales y el enjuiciamiento de la realidad, es una impulso o instinto del hombre para interpretar la realidad en la que se encuentra, indiferentemente si estamos dormidos o despiertos. Por un lado aceptar esto al pie de la letra nos revela que el hombre tiene una necesidad de saber equiparable a un instinto que domina tanto en sueño como en vigilia, pero por el otro lado (y en mi opinión algo más factible), la observación que Nietzsche hace acerca de que hay en el enjuiciamiento durante el sueño vestigios de la humanidad primitiva, nos revela que el desarrollo del pensamiento occidental ha sido cambiante, pero aún queda en duda si su carácter es de una evolución progresiva.

 

Paralelamente en el segundo aforismo de El viajero y su sombra, nos demuestra de conjunto lo que hemos dicho anteriormente, a continuación lo cito para un mejor análisis:

 

La Razón del mundo.— El mundo no es el substratum de una razón eterna, es lo que se puede probar definitivamente en virtud del hecho de que esta porción del mundo que conocemos –me refiero a la razón humana— no es demasiado razonable. Y si ella no es, siempre y enteramente, prudente y racional, el resto del mundo no lo será tampoco; el razonamiento a minori ad maius, a parte ad totus, es aplicable aquí y con una fuerza decisiva.[4]

 

Como podemos observar aparece nuevamente la separación natural entre el mundo y discurso que podamos hacer acerca de él en tanto que se niega que puedan erigirse razones eternas, por otro lado, se reconoce que la razón humana no es tan racional como la hemos considerado, y por tanto el reflejo que podamos ser del mundo, se hallará irremediablemente trastocado por nuestra irracionalidad creando así una imagen tan contingente como nuestra naturaleza, misma que por estar delimitada en una muy pequeña porción de tiempo, contrastante con la magnitud de la temporalidad del mundo, se muestra como labor imposible emitir alguna razón de carácter igualmente eterno. Por otra parte, hacia el final esta idea es reforzada cuando nos indica que el campo de acción de estos dos razonamientos sólo se aplican a nuestra razón, a su modo de ser, no como un modo de inducir y deducir leyes eternas a partir de observaciones particulares.

 

Ahora bien, hasta aquí he expuesto una breve interpretación de lo que Nietzsche opina respecto a la sola posibilidad de asumir que podemos hablar con verdad del mundo, el alcance real que tiene la palabra para conseguir el conocimiento de la realidad y el cómo es que la lógica y la filosofía se sustentan desde sus fundamentos. Sin embargo, sería un error afirmar que el conocimiento es imposible del todo, hasta este momento mi intención ha sido explicar el carácter del conocimiento que nos puede reportar la razón, es decir, un saber que se produce únicamente a partir de la facultad de la palabra, pero que evidentemente no se limita a esto.

 

Este modo de proceder reflejado en la creación de la lógica y la filosofía se sustenta no solamente en nuestras posibilidades y limitaciones intelectuales, ni en el instinto que nos lleva a la búsqueda de saber, también depende –inclusive de manera más fundamental— del modo en el cual asociamos nuestras experiencias, pues es lo que le da contenido a las manifestaciones humanas anteriormente mencionadas, mismas que obviamente no pueden existir sin un contenido vivo. La realidad se nos muestra como la máxima complejidad posible, pero mediante asociaciones habituales de hechos y de cosas nosotros atribuimos un cierto orden y unidad a las cosas. Es mediante el recuerdo de situaciones y eventos que se suceden unos detrás de otros (unos causados por otros), que relacionamos parte de esa complejidad de manera casi inmediata, convertimos así un fenómeno complejo por sí en una unidad, es decir, nos permitimos hablar de moral, bioética, industrialización, informática, filosofía, farmacéutica, arte, religión, tecnología, deportes, estadística, y una infinidad de etcéteras.

 

Establecer la relación entre hechos y sentimientos como unidad, es aquello que permite cimentar manifestaciones humanas tales como la filosofía, una complejidad ordenada por la costumbre y el pensamiento con metas establecidas y una escala de valores fijos. En una complejidad de esta índole lo que prevalece es el sentimiento y no la razón pues, en el fondo, es aglutinante, articulación y motor de dicha unidad. Los pensamientos –nos dice Nietzsche— son la sombra de los sentimientos, siempre serán más oscuros, vacíos y simples que estos[5].

 

Ahora bien, ya hemos dicho que el entendimiento de la complejidad como unidad permite que asociemos ideas, acciones y sentimientos que consideramos afines a un cierto ejercicio, situación o manifestación, pero para quien reconoce esto, quien puede hacer análisis de una unidad de esta índole, está tentado a buscar la causa, o mejor dicho, el origen a esta manifestación; este es el principio de lo que Nietzsche llama metafísica.

 

La metafísica es para Nietzsche la búsqueda del ser de estas unidades determinadas, en un origen o fundamento de orden más elevado que las propias cosas de las que se está hablando. Es buscar el sustento de esta unidad de complejidades en algo invariable e incondicionado: la contraposición entre la esencia y lo aparente en el mundo. Este nuevo paso sólo se justifica en tanto que se busca un fundamento eterno e inmutable que sea la causa de la permanencia en el cambio. Podemos observar en esta actitud un afán de construir una verdad más sólida a partir de la abstracción de los elementos inaprensibles para nosotros; como  en un principio se planteó el origen de la palabra en el afán primario de adueñarnos de la realidad, el surgimiento de la lógica como un esfuerzo por tecnificar la palabra y mejorar los alcances de la palabra así como el desarrollo de las explicaciones causales para una mejor articulación de nuestro discurso del mundo; la metafísica es hasta aquí el máximo esfuerzo por abstraer los sentimientos profundos que rodean y forman nuestra experiencia de la realidad, la separación de nuestro ser finito de la realidad eterna de las cosas. Cabe mencionar que en algunos aforismos Nietzsche utiliza la palabra metafísica para designar también a la ciencia. Este esfuerzo por entender las fuerzas y razones eternas que sustentan nuestro mundo, evidentemente es menos posible en proporción directa a nuestra naturaleza finita y el carácter de nuestra palabra, pues el lenguaje metafísico está impregnado de intuicionismo, crea la ilusión de que se puede hablar de un dentro y un fuera, es decir de una realidad incausada, del incondicionado que condiciona a todos los demás. De ideas, motores inmóviles y demás conceptos que es inútil refutar desde su discurso, pues es la más abstracta de las lógicas la que permite la construcción de argumentos tanto a favor como en contra. Recordemos que Kant se esforzó por acabar con el problema de la metafísica a través de sus antinomias y aunque desde sus fueros puede asegurar que acabó con los problemas planteados por la metafísica, lo que hizo en efectos prácticos fue coronar su filosofía como el nuevo modelo para la recta interpretación del mundo.

 

Paradójicamente el conocimiento de los orígenes y de las leyes eternas, que suponen de suyo ser el conocimiento más profundo del mundo, nos orillan a un doble alejamiento de este, pues si bien a través del lenguaje construimos al mundo a imagen y semejanza del que vivimos, la exigencia de nuestras explicaciones metafísicas es la construcción de un mundo esterilizado de trazas sensibles, pensemos en la interpretación popular del mundo de las ideas de Platón y de la metafísica de Aristóteles, los Philosophiae Naturalis Principia Matemática de Newton. Si esto aún no parece lo suficientemente contradictorio, ¿qué podríamos decir sobre no dos sino muchos mundos que son La verdad absoluta? Quizá pueda sonar ridículo desde donde comenzamos este planteamiento, pero para la física moderna, concretamente desde los trabajos de Einstein y, más aún, desde el principio de incertidumbre de Heisenberg, no podemos hablar de una física aplicable a todo el universo[6] pues la realidad funciona distinto en distintos campos. Actualmente se habla de realidad campal y las distintas físicas que surgen como respuesta a cada una de sus crecientes nuevas necesidades. A pesar de que la metafísica y la ciencia tienen un origen históricamente común en el pensamiento, los motivos de sus crisis son distintos.

 

La crisis de las ciencias adviene tras la falta de un principio común que les diera unidad a tal grado que podemos ver en un nivel cómo es que se hacen distinciones que pueden sonar falsas como la diferencia entre la ciencia natural y la física, en otro nivel más claro las disputas entre comunidades científicas por denominar a la ciencia que ha de ser la reguladora de las demás. Del lado de la filosofía la crisis de la metafísica está sustentada fundamentalmente en dos cosas que van de la mano: primera, la construcción de un mundo trascendente para explicar el mundo de la experiencia, como se le denominó en su momento a la realidad; segunda, el alejamiento de la resolución de los problemas de la vida cotidiana, comprendidos en el cultivo de una ética falsificadora de la realidad.

 

Ahora bien, hasta aquí he pretendido dar una visión panorámica de algunas de las críticas que ha hecho Nietzsche al pensamiento occidental, de las objeciones en cuanto a la validez de sus propuestas y del alcance de la visión y lo limitado de la expresión humanas para dar con aquello que podemos considerar verdadero, todo esto con la finalidad de caracterizar la propia filosofía de Nietzsche. Considero que para apreciar mejor cualquier autor o corriente filosófica que me proponga estudiar, se deben conocer al menos su lugar dentro de la filosofía en cuanto a las ideas que proponen, los problemas que pretenden resolver y las complicaciones que puedan traer con su pensamiento al panorama hasta entonces establecido. La satisfacción de estas consideraciones no es posible desde una lectura temprana por obvias razones, y considero que aunque es quizá aún muy temprano para intentar dar una descripción de las características principales del pensamiento de Nietzsche, me parece que es posible dar una descripción de su filosofía desde las consideraciones que el propio Nietzsche hace de su filosofía de Nietzsche. Nietzsche,  Nietzsche.

Nietzsche.

 


[1] Nietzsche, Friedrich, Humano demasiado humano, aforismo 11.

[2] Me permito llamarle de este modo, pues Nietzsche acepta cierto desarrollo o evolución en la humanidad como lo ilustran los aforismos 11 a 15 y el 24

[3] Op. Cit., aforismo 13.

[4] Nietzsche, F., El viajero y su sombra, Madrid, Edad, 1999. pp. 149.

[5] Tomado de la compilación de Aforismos Ideas fuertes de Nietzsche, página 19 en edición electrónica de Libros Tauros (http://libros.port5.com). La cita completa dice: “Un pensador es aquel que sabe conside­rar las cosas más sencillas de lo que son. Como los pensamientos son la sombra de los sentimientos, siempre serán más oscuros, vacíos y simples que estos.”

[6] La máxima contradicción de esto se encuentra en la sustitución que hizo Kepler del término “mundo” por “universo”. El cambio consiste precisamente en contrarrestar las teorías relativistas desprendidas del modelo pseudoaristotélico del sistema solar según el cual los distintos cuerpos celestes obedecían a distintas leyes, Universo es, como la etimología lo sugiere, aquella realidad en la cual un sistema de leyes es válido para la totalidad. Esta revolución científica es el fundamento gracias al cual Newton pudo desarrollar su obra.

Reflexiones en una tarde fria.

Cada dia que pasa nos hacemos infinidad de preguntas, tratamos de cuestionar hasta lo mas obvio. Me parece importante, en esta ocasión, preguntarme acerca de la vida y la muerte. Hace una semana corría la noticia de un espectacular asalto en un centro comercial, por el norte de la ciudad, en esta ocasión los ampones lograron llevar consigo una buena suma de dinero, y de paso, algunas vidas, las cuales fueron catastróficas. Este hecho no paso inadvertido entre los pobladores de esta zona, ya que, algún periódico bastante amarillista mando a un escuadrón bien capacitado para alardear la noticia por las calles, como si se tratara de  una festividad próxima, algún concierto masivo, o algo parecido. EL hecho fue indígnate, aunque en lo personal no repare en aquellas personas que perdieron la vida gracias a este hecho.   Nunca me imagine el dolor que pudieron sufrir, familia, amigos, y todos aquellos que los conocieron. EL fin de semana pasado, sin embargo, el hecho se repitió. Un fuerte accidente le quito la vida a un joven excelente, y muy ciertamente, un buen amigo. Este lamentable hecho me puso a pensar en la vulnerabilidad a la que estamos expuestos dia a dia. 

Es un hecho que no podemos encerrarnos en nuestras casas y esperar la muerte como algún proceso natural. Seria excelente que en ese momento evitáramos el dolor o sufrimiento y “descansemos en paz”; sin en cambio, las cosas son totalmente distintas. Nos reconocemos en un entorno social violento, amenazador, inhumano, e irresponsable. No podemos dejar de preocuparnos por nosotros mismos ni un solo momento. Lo peor del caso es que nos hacen olvidar lo malo de nuestro entorno con baratijas y objetos que en algún momento desearemos. Es decir, consumir es la clave para poder olvidar nuestros problemas.

EL punto es que, sin ningún empacho disfrutamos nuestras vidas, de la manera más vulgar e irresponsable que se pueda imaginar. Nos creemos merecedores de arruinar nuestras vidas y las de los demás. No nos importa nada. Es por eso que en momentos en los que este hecho se pone ante tus ojos, la reflexión comienza. Aunque no me he de salvar de mis acusaciones, he comenzado con la reflexión. Apreciemos mas la vida, antes que a la muerte. Ser una buena persona no significa rezar y pedirle a Dios misericordia; me parece mejor respetar tus valores y a los de los demás. No es vida el estar tristes, mal humorados, o de “genio”, y aunque se piense que no podemos alcanzar la felicidad, construyámosla a momentos, no estamos seguros si mañana los podremos vivir. Y, finalmente y  a mi parecer lo más importante, no olviden a sus seres queridos, demuéstrenles amor y cariño sin que ellos lo pidan. Sera una buena despedida si es que parten pronto.

Con esto, no es mi intención dar una cierta lista de cosas que deben de hacer para ser felices ne la vida y superar la muerte. Lo que pretendo es que comiencen esa reflexión, que valoren la vida y sus momentos, que hagan lo que hagan sonrían y disfruten por hacerlo. Simplemente quiero que en el perecer de algunos comience el nacimiento de muchos.     

Volver a confiar

Together we stand, divided we fall

Parece verdad consabida: la vida democrática se expresa en las urnas. De ahí, según pretenden algunos, se sigue, invariablemente, que el abstencionismo es un malestar democrático. Y podría ser, pero algo así de general debería, mejor, movernos a sospecha. ¿Por qué sería necesariamente antidemocrático el abstencionismo? Supongo que la mayoría pensará que un gran abstencionismo es signo inequívoco de ilegitimidad de las instituciones democráticas. Y puede ser. Sin embargo, ni el abstencionismo tiene una sola cara, ni las instituciones democráticas tienen una sola forma de ser legitimadas. Hay abstencionismo electoral y abstencionismo político, que ni son lo mismo, ni tienen entre sus filas -necesariamente- a los mismos participantes. Los abstencionistas electorales son aquellos que simplemente no participan en las elecciones. Los abstencionistas políticos son aquellos que no se meten en política. De los últimos, no todos son abstencionistas electorales. De los primeros, no todos son abstencionistas políticos. Y hay tanto quienes participan en ambos bandos, como en ninguno. Veamos. Quien no se preocupa por lo que hacen los funcionarios públicos, quien no pide cuentas a sus representantes, a quien ni le va ni le viene lo que los profesionales del gobierno hacen o dejan de hacer, es un abstencionista político; aun cuando vote puntualmente en cada elección. Quien se identifica con la primera parte de la descripción del caso anterior, pero no vota, es un abstencionista tanto político como electoral, llamémosle un abstencionista absoluto. Quien se preocupa por lo que hacen los funcionarios, y pide cuentas a sus representantes, y está al tanto de las hechuras de los profesionales del gobierno, y vota en cada elección, no es abstencionista, es el demócrata puro. Y quien comparte las características anteriores, pero no vota, es un abstencionista electoral. Ahora bien, desde la óptica popular, antidemocrático es tanto el abstencionista absoluto, como el abstencionista electoral. Sin embargo, dada la diferencia exhibida en la clasificación de los tipos de abstencionismo, es sencillo ver que el abstencionista absoluto y el electoral no son iguales, y que más genuinamente democrático es el segundo sobre el primero, pues su interés es ante todo la cosa pública. Así mismo, comparando al abstencionista electoral con el abstencionista político podemos ver que el primero es más genuinamente democrático que el segundo, pues su interés por lo público va más allá de las urnas. De acuerdo a ello, hasta aquí, el abstencionismo -al menos el electoral- no es necesariamente malo para la democracia; además se deduce que la vida democrática no se expresa necesariamente en las urnas. De acuerdo a lo anterior, puede haber elecciones y no por ello haber democracia. Conviene tener presente lo dicho para reflexionar en torno a las elecciones federales intermedias de este año.

Regularmente, se dice, las elecciones intermedias son el equivalente a un modo de evaluación del gobierno en turno, es decir, la modalidad mediante la cual los electores premian o castigan a sus gobernantes. De acuerdo a esto, se les premia votando por el partido al que los gobernantes pertenecen y se les castiga votando por la oposición. Cuando se afirma esto se están suponiendo, mínimamente, dos cosas. Por una parte, al interpretar la actividad electoral como una modalidad de premiación o castigo se supone al ejercicio del poder como una dádiva, y con ello se supone además un desprendimiento de la responsabilidad operativa del ejercicio del poder; en otras palabras, si en las elecciones los electores castigan o premian el desempeño de los profesionales del gobierno en las actividades públicas, entonces suponen que ellos no son los que han hecho las actividades, que esas actividades no les incumben ni los involucran, y por tanto escinden de sí mismos la vida pública. Por otra parte, se supone que la relación entre el elector y los elegidos es necesariamente grupal, lo que supone a su vez a la administración pública como una instancia partidista, no ciudadana; de clanes, corporaciones y clientelas, no de individuos; de arengas, cohetones y bullas, no de voces razonadas. Por lo anterior, se valida a los profesionales del gobierno para actuar partidístamente, para gobernar buscando el beneficio de los suyos, aun cuando sea contrario al bien común. Por ello, además, se explica que en el legislativo los posicionamientos sean de bancada, no de individualidades representativas; que los legisladores busquen votos de unidad más que debates en tribuna. Por ello, también, se vota por partidos, no por candidatos; por eslóganes, no por propuestas; por salvatores, no por viri. Por ello, a los ojos de la mayoría el abstencionismo electoral es malo.

De acuerdo a lo dicho ya se puede comenzar a ver el problema que la perspectiva anterior representa para la vida democrática. De una concepción tal del ejercicio del poder es casi imposible que nazca una rendición de cuentas transparente, una vida pública realmente pública: el ejercicio del gobierno torna un negocio personal. Quien, pensando así, se entrega al servicio público, lo hace con fines escalonarios, para ir ganando poder paulatinamente de manera que, tras un periodo de trabajo y lealtad efectiva a su grupo, de mandar obedeciendo, sea premiado con un tiempo limitado de ejercicio ilimitado de poder. Quien, pensando así, se entrega al servicio público encuentra su legitimidad en la fidelidad grupal, en las prebendas, los bonos y los posicionamientos de bancada. Quien, pensando así, acude a las urnas, evalúa la meritoriedad del castigo o el premio de acuerdo a los beneficios personales que ha recibido del grupo en el poder y las promesas de gratificaciones por parte de los grupos opositores en campaña. Pueblo que así piensa no tiene acciones efectivas de los comisionados al gobierno, sino otorgamiento de plazas para aumentar o disminuir la notoriedad política en la eterna campaña que substituye a los periodos de acción gubernamental: sus gobernantes salen en la televisión lo mismo para hornear galletas que para presumir su noviazgo con tal o cual farandulera; colman los espacios oficiales en radio para hacer oír su nombre y colocar su marca en el mercado; tapizan los espacios públicos con la presunción de los programas cuya implementación tan sólo idean a voces. Así, ya podría quedar claro, no puede afirmarse con verdad que las elecciones son el único modo de legitimidad democrática.

Puede haber otro modo: el de la ciudadanía responsable. Sin embargo, las condiciones dadas para bloquear al ciudadano responsable parecen imposibilitar su llegada. Enterado de las cuestiones más cercanas a su vida, de su núcleo político más concreto, el ciudadano responsable está prácticamente imposibilitado a actuar: sus representantes no lo representan, sus funcionarios no le funcionan. Tal pareciera que al ciudadano responsable estuviesen destinados los menesteres comunes y a los representantes y a los funcionarios los grandes temas de la política, pero ni nuestros representantes y nuestros funcionarios entienden los grandes temas de la política, ni el ciudadano responsable puede correr el riesgo de agraviar a sus representantes y a sus funcionarios con denuncias de incompetencia o peticiones de rendición de cuentas. Denunciar es inefectivo, ampararse largo y costoso. El ciudadano responsable ya no sirve, siquiera, para rellenar las urnas.

Así, el abstencionismo electoral que se complementa con activismo político es casi un suicidio. Con todo, negarle la legitimidad que aún conserva a la representación partidista, renunciando definitivamente a la vía electoral, y entregarla a los coribantes de la movilización popular y la asamblea constituyente es negar la legitimidad de la palabra razonada en la vida pública para ofrecérsela a la fuerza y a la arenga caudillistas. Que no se vea sencilla la vida del ciudadano responsable en el actual estado de las cosas no es suficiente para recular los afanes democráticos. Antes de que la fuerza divida nuestra casa contra sí misma, sería bueno que pudiésemos recuperar la confianza. Sin embargo, no sabemos cómo volver a confiar, las cosas no están fáciles y tenemos todo por perder.

Námaste Heptákis


Humanismo y Religión: ¿pugna o relación?

Por: Raïssa Pomposo.

 

La historia se convierte para nosotros, como hombres modernos, en un instrumento de análisis para comprender nuestro presente. Sin embargo, ella es también un trazo perfecto de las contingencias del tiempo y del acto humano, los cuales se encuentran involucrados mutuamente, pues tanto la historia nos conforma a nosotros como ella está construida a través de nuestros actos. De esta manera, parece que su estudio ayuda al ejercicio filosófico por comprender al hombre mismo como concreción en el tiempo.

Si es la historia la que permite comprendernos y desarrollarnos en aquello que llamamos presente, ¿en consiste entonces el ser del hombre moderno? Sin pretender dar una respuesta a esta pregunta, analizaremos el significado del concepto “humanismo” dado por Santo Tomás y su papel en nuestros tiempos.

El Humanismo ha tomado varias facetas que dependen de su aplicación, es decir, se ha transformado en humanismo ateo, humanismo cristiano, humanismo existencialista, etc. Sin embargo, si pensamos en su significado como aquello que tiene naturaleza humana, no es necesario poner apellidos al humanismo, pues éste ha existido desde que el hombre dio sus primeros pasos de vida. Pero ¿por qué entonces se habla de la necesidad de él ante un panorama obscuro dibujado por las guerras, las injusticias sociales, la tortura, etc.? Es ahí donde viene bien recordar un segundo significado de Humanismo: la humanidad no es sólo una condición natural al hombre, sino es también una virtud que consiste en una ayuda exterior y un abierto interés por el bienestar humano. No debemos perder de vista que el camino que el Aquinate sigue para llegar a esto es el camino de la religión cristiana, en donde la figura de Dios se personifica, dando así un significado importante para el desarrollo de la civilización humana, es decir, de la persona en su mundo. Jesús se hace hombre para trascender en nosotros y vernos como imagen y semejanza de Dios, como cuerpo y alma, como razón y entendimiento.

¿Es esto un indicio de que la persona en su actuar humano requiera de una guía trascendente como Dios dejando ver que la religión es parte constitutiva de su existencia? ¿Es posible un humanismo completamente ateo o éste es tan sólo un intento de dar significado a al acto humano como trascendente independientemente de su relación con una religión?

Para seguir con esto será necesario pensar en la sentencia de la muerte de Dios para pensar en la posibilidad o no de un humanismo en donde se desarrolle por completo el libre albedrío del hombre. ¿Qué es aquello que ha provocado la muerte de Dios y qué consecuencias ante nuestra libertad tendría su muerte? ¿Será el Dios de una religión particular el que ha muerto o es el carácter ontológico que lleva consigo la concepción de Dios?
La sentencia “Dios ha muerto” ha sido producto de interpretaciones que varían dependiendo, a mi parecer, de la concepción de lo que es un hombre libre, pues habrá lectores para los que la muerte de Dios signifique la posibilidad de que el hombre sea liberado de las cadenas de la determinación divina, de leyes que limitan el desarrollo completo del hombre en el mundo; habrá otros que, en cambio, piensen que el hombre es libre precisamente gracias a la voluntad divina, y con esto podemos recordar la concepción agustiniana que consiste en decir que Dios se hizo hombre para que el hombre fuera Dios.

Pensemos primero en esta sentencia como una metáfora, pues ella traslada lo característico del modo de ser de los hombres hacia aquello que puede entenderse como lenguaje poético. La metáfora le da un sentido distinto a las palabras que se nos presentan en el lenguaje, llevándolas más allá de lo que pretendían alcanzar, poniendo en duda aquello y es ahí donde entra el papel hermenéutico, cuando las palabras se agotan en el habla.

Toda hermenéutica tiene la tarea de extraer el sentido de lo interpretado, y en el ámbito de la metáfora esto se complica. Para lograrlo debemos encontrar el sentido que la palabra misma dibuja, pues ésta es expresada de tal manera que no puede ser dicha de otra forma en boca de un profeta, es decir, el constante uso de la metáfora al hablar del fenómeno de la acción implica que lo entendido como completamente perceptible y asido por el lenguaje categórico, resulta ser insuficiente al momento de darle el máximo peso en la realización humana.

Es en la acción en donde buscamos el sentido que nos llevará a construir nuestro andar dentro del mundo, y es ahí en donde nos vemos en la necesidad de recurrir al análisis de la historia, al recuerdo o al olvido. Pero qué es aquello que hay que olvidar si en nuestra visión contemporánea el olvido es precisamente el que impide que nuestro hacer sea coherente, pues la conciencia histórica es ahora la que gobierna nuestro sentido. Pensemos en el papel que Nietzsche tomó ante el asunto del olvido: en su Zaratustra no se refiere a una conciencia histórica olvidada, sino que es en el olvido de valores y leyes construidas por una conciencia divina y no por el hombre mismo donde comienza a esbozarse la sentencia de la muerte de Dios. Recordemos que Aristóteles nos dice que hay una ciencia que contempla al Ente en cuanto ente y lo que le corresponde de suyo , y pensemos que esto no sólo es lo que estudia la ontología y metafísica, sino que es también pensado por la teología, en tanto que implica el estudio de la causa primera, en este caso suprema, ¿no será el Ente en cuanto ente en el sentido teológico el que deberá quedar olvidado para dar paso a una reconstrucción de valores? Es ahí en donde el humanismo ateo desarrollará su papel en la historia del actuar humano.

¿Por qué el niño no se pregunta por la dirección de su vida? o ¿acaso pensamos que no se lo pregunta, pero realmente su acción es la construcción constante de un camino? El niño simplemente es lúdico, encuentra en la pequeñez de una cosa, el mundo imaginario que jamás pensamos, simplemente porque las leyes convenidas entre los mayores no le atañen, no le afectan mientras se divierta, mientras sea él mismo quien dirija el juego. En el niño no cabe la pregunta por un ser supremo y principio de todo el universo en donde los valores son impuestos.

El olvido se presenta para sugerir que es necesario comenzar a buscar un nuevo sentido a la propia existencia, “un nuevo comienzo” en donde el peso ontológico recaiga ya no Dios, sino en la creación que se encuentra en las manos del mismo hombre, pues ese será el ser que estará bajo nuestro propio gobierno y valores.

Regresemos a la tradición racionalista en donde Dios era ubicado en un puesto completamente incognoscible para el hombre, como pasa por ejemplo en la visión kantiana, completamente alejado de su condición humana, y en ese sentido Dios muere. Se olvida el ser supremo creador de todo lo existente, y se inicia el camino por repensar el ser, nuestro propio ser. ¿No nos llevará esto a un solipsismo?

Es aquí donde pensamos en una analogía entre el comportamiento del niño y el del que se le denomina como “loco”, pues éste es tal por el hecho de vivir su locura para él mismo de manera completamente cuerda, rigiéndose de modo ajeno a los valores comunes, viviendo en un mundo que los demás no pueden ver. El loco está solo; finalmente lo sano acordado no coincide con lo que él vive, la ridiculez de su locura ante los otros lo deja completamente solo. ¿Dónde se encuentra la barrera entre lo cuerdo y la locura, entre lo permitido y lo prohibido?

Es ahora cuando analizamos la soledad y nos preguntamos por la necesidad del misterio en la vida del hombre, pues el fenómeno de la muerte parece lanzar su daga mostrando la finitud de la existencia, y nos obliga a pensar en el sentido que lleva consigo nuestro hacer sin la confianza en el otro (pensando en la soledad), en su mirada, no para reconocernos, sino para reconocerlo a él mismo como parte de nosotros, lo que nos lleva a la posibilidad de una vida en comunidad y de la realización del humanismo. Precisamente al aclarar que vemos la mirada del otro no para reconocernos, es en donde cabe el misterio, donde el lenguaje hablado no expresa todo sino que sede su lugar al silencio que guarda la mirada.

Entendiendo el misterio como aquello en lo que nos vemos comprometidos de por sí y no buscamos resolver como un problema, la pregunta por el sentido de la existencia y por aquello que pueda ser realmente la muerte, pone en duda el hecho de que el hombre pueda bastarse a sí mismo por completo.

Sabemos que la fe dentro del cristianismo es un factor fundamental para la relación entre Dios y el hombre, sin embargo, esto no significa que Dios le sea completamente desconocido al hombre y por ello éste ubique su existencia sólo en la fe.

Es ahora cuando la sentencia “Dios ha muerto” se vuelve insuficiente. Tal vez muere el Dios que impone valores para determinar de esa manera al hombre, y parece que con el olvido matamos aquello que olvidamos, pues es el recuerdo lo que hace posible la permanencia en nuestra memoria. La muerte de Dios ha sido sustituida por el pensamiento que en la época contemporánea ha tomado su auge: la agonía del hombre. Ahora ya no es “Dios ha muerto” sino además “el hombre agoniza”. ¿Qué quiere decir esto? De alguna manera podemos darnos cuenta de que agonizamos en un primer plano de la existencia que nos atañe a todos, y es el nuestra condición finita, moriremos y somos ignorantes ante el cómo, cuándo y dónde de nuestra muerte, ignorancia buena o mala, pero que permite que nuestra acción no carezca de sentido. Sin embargo, el hombre no agoniza por algo que le sea externo a él, por el calentamiento global o la posibilidad de la destrucción del universo, sino por la posibilidad de destrucción completa de sí mismo, del humanismo.

El mal uso que hoy en día se da del avance científico o de los potenciales humanos es el que hace posible la destrucción del hombre, como pueden ser las armas nucleares, las técnicas bélicas, etc. Podemos decir que el anuncio de la muerte de Dios se da en respuesta a un abuso de parte de los hombres al convertir a Dios en el asidero por excelencia, pero aún así, tanto la muerte de Dios como la agonía de los hombres no deja cabida para la libertad humana por completo, pues la trascendencia que promete la religión no dependerá de leyes ni mandamientos a seguir, sino del mismo hacer del hombre. Es decir, el artista, el filósofo, o cualquier hombre en tanto creador, experimenta de la manera más profunda la relación con lo trascendente, pues la apertura al otro es lo que hace posible que la obra, por pequeña que sea ésta, permanezca en él, y mediante la creación se traduzca su libertad, abriendo la posibilidad de eliminar la agonía de la que hablamos anteriormente.

Dolor y Arte

El arte y el hombre guardan una relación tan estrecha que es complicado distinguir qué situaciones en la vida del ser humano influyen para que se forme una obra. El arte podríamos definirlo como una forma de expresión humana de la visión del mundo. Haciendo un juicio, quizá apresurado, el arte es una facultad netamente humana, es la capacidad para interpretar a la realidad por medio de la poesía, la música, la pintura, entre otras. Si decimos que esto es correcto, habrá que atender que la vida del hombre tiene diversos matices, un hombre puede estar rodeado de un entorno favorable que le permite crear o interpretar su visión de las cosas, acorde con su realidad, en algunos casos podemos observar una obra de arte jovial, amena, que nos proporciona una serie de imágenes que son agradables a los sentidos, nos transportan a ese momento en el que el autor percibió una situación de su espacio y la plasmó para nosotros. Por otro lado, habrá ocasiones en las que el artista y su mundo se encuentren en alguna situación caótica, desfavorable o dolorosa y que, sin embargo es fuente de inspiración para recrear esta realidad para otros. El hecho de que existan extremos en la vida como los anteriores, ayudan al espectador a obtener un contexto para interpretar a la obra de arte, es necesario que se atienda a los detalles que envuelven una labor artística, darles seguimiento si se desea comprender aquello que está frente a nosotros, si esto no se realiza, la visión que se tendrá de la obra pudiera llegar a ser pobre y faltante de recursos interpretativos.

 

Dicho lo anterior, deseo compartir con ustedes una serie de inquietudes que me surgieron al leer la correspondencia entre Wagner y Liszt, ya que, entre muchos otros temas que se pudieran exponer de esa lectura, uno que particularmente llamó mi atención fue la manera en la que el dolor funge como el elemento más importante en las obras musicales de Wagner, quiero ensayar aquí el cómo la vida adversa del compositor pudo, en muchas ocasiones convertir a su capacidad de crear una obra de arte en, una labor que carcomía su ánimo, si anteriormente he dicho que el arte es una manifestación del hombre y su realidad, puedo suponer entonces que el arte es una manera de liberar al espíritu de las adversidades en las que se encuentra y si esto fuese correcto, puesto que el quehacer artístico no podría ser penoso o tormentoso, a menos que éste sea la única manera para sobrevivir. Con lo dicho ya, quizá podríamos cuestionarnos el valor del arte dentro de este supuesto, si el arte se realiza  bajo estas condiciones, si es más un producto para comerciar y así sacar provecho de él, o es una visión personal del artista que desea ser expuesta.

 

Definir la utilidad o el valor del arte, observando la situación de un artista que, exiliado de su país y viviendo una situación tan precaria como fue la vida de Richard Wagner da como resultado, un asalto al juicio ¿cómo comprender el valor de la obra bajo estos supuestos? El propio Wagner en muchas de las cartas que envía a su gran y afectuoso amigo Liszt, describe que se ve presionado ante sus deudas monetarias, su relación con el gobierno de su país, su deficiente salud, entre otras, por lo cuál su producción artística se ve mermada, corrompida por la angustia de tener que hacer  y no por el desear hacer. El hecho de realizar su obra con fines a que ésta sea comercial y bien remunerada aflige de sobre manera al compositor alemán puesto que él mismo no tiene una visión clara del valor –no monetario-de sus obras, ya que, al realizarlas con el fin de sobrellevar su situación económicamente precaria y no por el arte en sí. Tal vez esto suene como un juicio errado, puesto que podríamos cuestionar que si estando en penurias, se pudiese buscar otra manera de conseguir dinero y abandonar el quehacer artístico, sin embargo Wagner, como sabemos, no optó por esta opción, continuó con su labor artística, aún cuando ésta se cimentaba en un agobiante tener que.

 

El tener que implica que la sensibilidad del artista se encuentra corrupta por el entorno, quizá faltante de goce y soltura. Cuando se realiza cualquier actividad teniendo el carácter de obligación, lo realizado pierde significado, se ve el modo más competente  y apresurado para darle fin, no permite el ser detallado, ni mucho menos ser placentero. Pero ¿qué sucede cuando lo que se hace por esa obligación tiene como resultado una obra magnífica? Aún con los factores dolorosos que envuelven a la composición, el artista goza de su creación, Wagner mismo acepta que pese a las dificultades en las que se ha visto al realizar cada una de sus composiciones, el tener la visión completa de las mismas lo lleva un estado de satisfacción y desea exponerlas ante los demás.

 

Las obras de Wagner son piezas sublimes musicalmente, podemos notar es su Walkyria o en su Oro del Rhin el resultado de la época más lamentable del compositor alemán. Su lúgubre andar por su entorno que golpeaba su ánimo, que le atormentaba, pero que, sin embargo, fue una etapa fecunda para su música -aunque algunas de ellas perseguían fines netamente monetarios-. Acaso, podríamos demeritar el valor de una obra cuando ésta busca ser remunerada ¿pierde su esencia? El dolor aquí tiene dos extremos; uno: como inspiración, el segundo, cuando la visión del artista se ve frustrada ya que su obra es por un deber.  Es el segundo punto el que puede meternos en aprietos si deseamos emitir un juicio o comprender la obra. O quizá ¿podríamos separar el contexto del artista de ésta? No creo que sea posible, y el poner en tela de juicio el valor de una obra que ha sido envuelta en circunstancias como las que fueron descritas, me es un tanto ambiguo, ya que momentáneamente se contempla una obra sin preguntarse en qué situación fue realizada, o si el artista era dichoso o infeliz, o si buscaba reconocimiento o remuneración. Es necesario cuestionar más factores de lo que han sido expuestos aquí para tener una visión completa de la relación entre arte y dolor, y su influencia en la obra –como producto de esta relación-.


Me refiero a una sensación de catarsis, un desprecio por lo mundano, un brote de sensibilidad.