Prueba de amor

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Celebrando el amor

Hace poco un amigo de espíritu crítico me preguntaba: “Hey, tú, quien se ha relacionado con estudios humanísticos ¿se puede celebrar el amor?” Antes que prestarle atención a su pregunta, me desagradó el tono con el que me habló y pensé que lo habría llevado a hacerse esa pregunta. Creyendo que tenía una idea completa de lo que estaría pensado, supuse que estaría dolido porque fechas como estas le recuerdan su soledad; él dice estar al margen de toda celebración popular, pero el mundo, con toda su artificialidad, sigue afectándolo. Después pensé que su situación, su aceptación y rechazo de las costumbres de las que no puede esconderse, lo habían llevado a una buena pregunta: ¿se puede celebrar el amor?

Deambulando en posibles respuestas, no le encontré defecto a celebrarlo, si es que es algo que le hace bien a las personas. Pero como en casi toda celebración, el éxtasis del momento, el saberse parte de un movimiento que se subsume al modo de vida aceptado por el mundo en el que se vive, condiciona lo que debería ser una celebración del amor. Es decir, el que haya un día específico para el amor, puede llevarnos a creer que ese día es suficiente para celebrarlo y que en los demás hay que vivir de acuerdo a la búsqueda del éxito. Por otro lado, también se puede ver en la celebración del amor una consagración de ese éxito, pues quien más puede participar en todas las celebraciones y de manera envidiable es quien tiene los medios para celebrar. ¿Qué va a celebrar el pobre hombre que anhela comprar rosas y no se puede procurar ni el listón para envolverlas? Exagerando esta postura, vemos que la celebración está limitada a quienes pueden celebrar; los demás están vedados. Pero esa fue sólo una respuesta con la que choqué. Otra fue que en el día en el que se celebra el amor había una aceptación tácita a cualquier modo de expresión posible; si a una persona se le ocurría cantar en el metro alguna canción de Armando Manzanero a su pareja, eso se podía considerar como un gesto del más dulce y valiente romanticismo y casi inmejorable manera de celebrar dicho día; en cualquier otro momento, el tipo sería tildado de loco, ridículo o muchos insultos más. Finalmente llegue a la conclusión de que celebrar el amor no debería ser un asunto público, toda celebración es pública y política, que más bien se trata de una unión íntima, de dos personas que siendo plenas son felices.

Yaddir

Amigos

En vista de tan insigne festividad, cabalmente me he puesto a pensar cómo es que surge la amistad. Del amor el comienzo es medianamente claro: miras a alguien con agrado, intentas conocerlo mejor, salidas, cortejos y si hay química –aquí está lo inexplicable– simplemente se da. Podríamos reducir, al menos el comienzo, groseramente a la visión. Pero la amistad es diferente, no se escoge un amigo por ser atractivo o porque viste de tal forma o porque tiene cierto auto (en una amistad decente), parece pues que la afinidad amistosa surge de otro modo. Afinidad, lo he mencionado, para entonces he de sobreentender que debe entre los amigos haber alguna clase de ánimo compartido, ya bien sea en música, comida, deporte o lo que sea, convienen en algo. He aquí una primera respuesta. La amistad surge en una afinidad. Así si encuentras a alguien en el mismo pasillo en una librería o tomando la misma caja de cereal en el supermercado, podría decirse que tienen algo en común y por ende, podría surgir de allí una amistad.

Aunque la anterior se figure como resolución, francamente no lo es. Muchas veces es evidente la semejanza en gustos o aficiones con personas con quienes no cruzaríamos siquiera palabra. Así un grupo de clase e incluso, extremándolo, las personas con quienes se abordaría el tren. El fin y el interés es el mismo: abordar cierta temática y arribar a igual destino, pero ciertamente eso no hace de los compañeros o próximos, amigos. Y por el contrario, también sucede que dos o más personas no posean entusiasmo por idénticas cosas y que, no obstante, abrigan una buena amistad. Quizá radique también en la clase de ánimo compartido que se posea, no es lo mismo comprar en la misma zapatería que leer a los mismos autores, las charlas –médula del trato– presumirían ser muy diferentes. Al final, la interrogante sobre el surgimiento de una amistad ya no es tan fácil de resolver. De pensar es la posibildad de que tenga incidencia alguna clase de química equivalente a la del amor.

He pensado que tal vez la respuesta podría verse al advertir quién puede ser llamado con propiedad ‘amigo’, empero la cuestión es análoga, cómo explicar quién es éste. Los problemas implicados en la pregunta son graves, a veces los enemigos se hacen pasar por lo contrario con fines algo perversos o no se sabe que alguien es amigo hasta tiempo después o no se consideraría a alguien así sino luego de hacer algo más; como si la amistad necesitase comprobación (¿la necesita?). Llamar a alguien ‘amigo’ no es cuestión de un momento, lleva mucho tiempo, compañía, conversación, diversión, confianza y variadas de esas cosas que hacen saber a uno que tiene a alguien a su lado y que no le traicionará, puesto que la verdadera quiere ser permanente. El amor de amigos es duradero, relajado e íntimo. En lo particular creo que todos sabemos a quiénes se les denominaría tales y quizá hasta las razones de por qué, pero de ahí a descifrar qué es lo que hace de un amigo, ‘amigo’, se me ha complicado harto más.

La cigarra