Charla con el Espejo

Una discusión es de cierto modo un intercambio. Los dos o más que intentan llegar a un acuerdo no podrían hacerlo si no tuvieran algo que dar y disposición además para recibir algo más. Una discusión, por eso, involucra a quienes están abiertos cambiar de parecer. Siempre que escuchamos con atención intentamos entender al otro, y eso nos cambia aunque sea en la pequeña medida de lo que antes no sabíamos y ahora creemos conocer. También tenemos una convicción por mostrar por qué pensamos lo que pensamos, y por lograr ese cambio en quien nos escucha a nosotros. Las conversaciones nacen entre interesados, y los interesados no abandonan lo que les concierne tan de cerca. La mayor parte de lo que vemos, sin embargo, ocurre al contrario: muchos dicen lo que “opinan” sin reparo en las consecuencias de su manifestación, y muchos disfrutan de más la estimulante tensión de la contienda (se dé en una pelea de box o en una riña de palabras, es lo mismo). Sin embargo, esto no quiere decir que la verdad del mundo sea que las conversaciones son imposibles y que nunca han sido en realidad de ningún provecho; eso puede parecerle a algunos porque por su abundancia estamos más acostumbrados a los simulacros de las discusiones. Estamos rodeados de cosas que parecen ser diálogos y que tienen su forma en el encuentro de dos que hablan, pero que carecen de la intención de acordar. Nos invaden estas charlas falsas que tienen cosas que parecen respuestas y cosas que parecen puntos de vista. Tenemos la semejanza, como en un espejo opaco, de posiciones respecto a temas de interés común. Es muy fácil dejarse llevar por la apariencia. Lo más preocupante no es la falsedad en “las oraciones”, por así decirlo: la disposición de cada quién está en juego. Nadie abandona a drede una conversación que verdaderamente le interesa. Hay que aprovechar las señales de la farsa para observarnos a nosotros mismos, pues querámoslo o no, estamos muy expuestos a convertirnos sin habernos dado cuenta en simulacros de conversadores.

Mariconada

“Que ser valiente no salga tan caro,
que ser cobarde no valga la pena.”

Joaquín Sabina

Lo había olvidado por completo: esa noche había toque de queda. Tan atareados estábamos con todo lo que había que entregar que pronto perdimos la noción del tiempo. Lo único que logró sacarnos de nuestro trance fue el ulular de la sirena que anunciaba que todo el mundo, sin excepción, debía permanecer donde estuviera.

Por un momento suspiré de alivio, pues a pesar de todas las horas trabajadas, no veíamos para cuándo terminar y era primordial que el trabajo estuviera listo mañana a primera hora, con lo que quedarnos toda la madrugada nos sacaría del apuro. No obstante, cuando vi el rostro horrorizado de mis colegas alrededor mío, recordé lo que realmente significaba el toque de queda: cortarían los suministros de agua y energía eléctrica, por lo que las idas al baño estarían prohibidas y ni siquiera tendríamos oportunidad de terminar nuestro trabajo. Por si eso fuera poco, pasaríamos la noche en vela con hambre y frío en el pequeño cubículo que nos correspondía dentro de aquel solemne edificio de oficinas corporativas, cuidándonos los unos a los otros de que no fueran a llevarnos los militares con ellos. ¡No, no! ¡Eso era! El pavor reflejado en sus caras era a causa de los militares, ellos eran lo peor del toque de queda: nadie que se fuera con ellos regresaba… vivo.

Ni me enteré quién o cuándo, pero la puerta ya estaba atrancada cuando me acerqué a ella. Como si fuera la señal que hubieran estado esperando, los militares cortaron la luz y al pequeño cubículo se lo tragó la penumbra. No quedaba más que esperar a que la noche menguara y al final la mañana vendría. Lamentablemente, no llegaría para todos…; eso era un hecho. Porque los militares, ellos sólo buscaban un pretexto para llevarse a cualquiera; se hubieran llevado a su propia madre de haber podido, no me cabe la menor duda. Por suerte, ninguna de ellas vivía, pero nosotros… Pues no era un secreto para nadie que para enlistarse como militar había que cumplir un solo requisito: ser huérfano de madre, y aunque nadie sabía realmente por qué, todo el mundo tenía su teoría al respecto. Yo, por ejemplo, pensaba que se debía a…

-¡Cueeelloooo!- Nadie que escuchara ese grito en el toque de queda podía augurar nada bueno. La sangre en mis venas se congeló al instante y por un momento no supe qué hacer. Simplemente atiné a desviar la mirada hacia la ventana que se encontraba a un costado mío y entonces vi pasar una sombra corriendo despavorida por el pasillo hasta que se perdió entre la muralla de cubículos contiguos. El corazón comenzó a latirme desbocado y sentí fluir la adrenalina por todo mi cuerpo. Quería huir, cerrar los ojos, gritar, ¡algo!, pero era imposible: mis ojos estaban fijos en la ventana como si ésta me hubiera hipnotizado. Segundos después, una luz comenzó a iluminar tenuemente el codo del pasillo. En ese momento salí de mi trance y, tan pronto como recuperé la movilidad, por instinto, me dejé caer de espaldas en el rincón que había entre la puerta y la pared para esconderme con los latidos de mi corazón perforándome los oídos. Caí precipitadamente al suelo y, para cuando mis nalgas tocaron el piso, mi cuerpo temblaba frenéticamente de pies a cabeza sin que yo pudiera controlarlo. Entonces noté que mis colegas, tan desesperados como yo, buscaban refugio inútilmente, pues por el vidrio traslúcido de la ventana cualquiera que se asomara podría vernos.

Después de eso, todo ocurrió demasiado rápido. Escuchamos claramente cómo el eco de unas pisadas aumentaba de manera estruendosa con cada segundo que pasaba y finalmente los dueños de ellas aparecieron frente a nosotros. Seis o siete figuras deformadas por la luz proveniente del pasillo carcajeaban al unísono mientras se divertían hostigando a un bulto que caminaba dando tumbos. Lo siguiente que supe fue que el bulto cayó al suelo con un golpe sordo y, por la angosta rendija situada debajo de la puerta, alcancé a ver el rostro del bulto aquel. Horrorizada, abrí los ojos y ahogué un grito de terror mientras intentaba pegarme lo más posible al rincón. Habría reconocido esa cara en cualquier parte, incluso con toda esa sangre que ahora chorreaba de ella, pues le pertenecía a Germán, mi mejor amigo en este mundo de porquería.

Reconociéndome a su vez, Germán intentó estirar la mano hacia mí mientras me suplicaba ayuda con la mirada y yo, en vez de acudir lealmente a su llamado, llena de miedo, me hice para atrás en un acto reflejo y lo último que vi en sus ojos antes de que los militares lo arrastraran lejos de allí fue el dolor de saberse decepcionado y abandonado por la única persona que le juró que nunca lo dejaría solo: ésa era yo…

Germán había muerto abatido a golpes por haber sido acusado falsamente de “marica” ante los militares y no había cosa que ellos odiaran más que a un homosexual, fuera éste hombre o mujer. Lo cierto es que yo resulté ser la verdadera marica y mi penitencia consistía en vivir sabiendo esta terrible verdad.

Hiro postal