Austeridad a la francesa

Conforme el rey en palacio se empelucaba, la austeridad, en el sentido lato del término,  de la corte se apoderó.

Dicen los que saben que por ahí del siglo XVIII el hambre de los habitantes de la hexagonal en compañera inseparable se tornó, mientras que en palacio otra realidad es la que la familia real anunciaba, entre bailes y festines, entre polvos, oropeles y cortesanos aspirantes a delfines.

A veces pareciera que esta ceguera palaciega no es privativa de los reyes que en Versalles habitaron, quizá los vientos de ese absolutismo a los trópicos se mudaron.

Maigo

El pasado rey de Francia

Cuentan los entendidos que sobre espejos y pasteles hablan, que hace muchos años había un rey en Francia, por nombre llevaba Luis, y luises fueron sus monedas.

Este rey construyó un castillo enorme sobre terrenos que de caza eran y para aderezarlo mandó traer a toda la realeza, a fin de que sus buenas costumbres adoptara

Dicen los más chismosos, que el rey el sol se sentía, y que cada acto de su día lo veía como un rayo de luz que a sus gobernados iluminaría, desde muy temprano cuando se levantaba, el rey hacía ceremonia para usar la ropa que lo adornaba, los cortesanos solícitos a la vestimenta del rey elogiaban y en las excelencias de sus hábitos cada exceso justificaban.

La vida en el castillo, que moda imponía desde Francia, se fue enfrascando en el encierro, los nobles y la realeza vivián un mundo de ensueño, mientras afuera otros platos se cocinaban, entre hambre, frío y despojo, aderezado con amargo odio contra el encerrado monarca.

Aunque el sol francés brillaba entre los espejos, los oropeles lo cegaban y no lo dejaban ver la realidad que el verdadero astro rey alumbraba, este encierro entre espejos, jardines, fuentes y aderezos a la realeza cegaba y la dejaba indefensa en contra de lo que se le preparaba.

El final del rey de Francia, nieto de aquel rey sol que a muchos deslumbrara, por todos es sabido, pero eso no impide que en otras latitudes haya hombres que viven en palacios y que salen de los mismos sólo para escuchar alabanzas, sintiendo molestias cuando lo que llegan a sus oídos son sabores de otras trazas, con el señalamiento de errores o de imperdonables faltas.

¡Ay de aquellos que se hacen castillos con alabanzas, se encierran y se ciegan como en su momento lo hicieron los reyes en Francia!

¡Ay de aquellos que en lisonjas a sus hábitos pierden para todos la esperanza, pues no por levantarse temprano o dormir tarde se cumple con el deber que corresponde a un buen monarca!

¿Qué cuál es ese deber? Hasta donde sé es prestar oído a todos los asuntos que debe gobernar, porque es escuchando más que hablando como se entiende a la realidad.

Maigo