Nuestra luminosa actualidad

Nuestra luminosa actualidad

 

Quizás el rasgo más característico de la modernidad política sea la persuasión sobre la imposibilidad del saber político del ciudadano. Ya sea por el convencimiento de que los sucesos cotidianos encubren las decisiones de la élite (cuya presentación novelada ha sido realizada por Nir Baram en La sombra del mundo, que reseñé aquí), ya por la convicción de la educación necesaria para entender la política (que Iván Illich reconoció como consecuencia del principio de escasez y el Papa Francisco ha ubicado como fundamento de la cultura del descarte), ya por el imperio de la efectividad del especialista (que terminará en lo que Eduardo Nicol llamó “régimen de razón de fuerza mayor”), los modernos estamos persuadidos de la imposibilidad del saber ciudadano. Y por dicha persuasión nuestras disposiciones ante la crisis se reducen o bien al desistimiento, o bien al acatamiento de las decisiones de los “expertos”. El panorama se complica en el conflicto actual y el análisis intelectual que comienza a ponerse en boga oculta su complicación.

The Guardian, el mejor medio informativo de lo que todavía se llama Reino Unido, fue el foro en que inició la discusión: ¿cómo se puede explicar que la mayoría británica votara a favor del Brexit? El electorado inglés es medianamente culto. Los medios británicos practican aceptablemente la discusión política. No faltó información y debate sobre las consecuencias –económicas, políticas y sociales- del resultado de la elección. Los pronósticos, las encuestas y los estudios académicos apuntaban a un resultado diferente. ¿Cómo se puede explicar que la mayoría británica votara a favor del Brexit? El primer intento de respuesta fue una descarga generacional: fue culpa de la apoliticidad de los millenials, acusó la generación esbozada en Trainspotting. Nada pudo confirmar la responsabilidad millenial. El segundo intento de respuesta fue una compensación de clase: fue la clase media afectada por el desempleo. Nuevamente faltaron los elementos para la comprobación. El tercer intento de respuesta sólo intenta explicar que no hay explicación porque no se sabe analizar a la sociedad actual. El triunfo electoral de Donald Trump reanimó la discusión. Y ahora se está estableciendo un consenso: vivimos la época de la posverdad. Según explican los intelectuales, nuestra actual vida política se caracteriza por que para la mayoría no tienen valor los hechos y las elecciones se realizan en función de las emociones y los sentimientos. ¡Casi descubren la retórica!

La posverdad, empero, encubre un elemento de nuestra modernidad política que no se le oculta al planteamiento clásico de la retórica en política. Tanto Aristóteles como Hobbes sabían que las emociones y los sentimientos son fundamentales en la práctica política, pero ninguno de los dos suponía imposible el saber del ciudadano; no por nada, dicho sea de paso, para ambos fue tan importante pensar el papel de la retórica en los discursos de la historia de Tucídides (no afirmo, con esto, que ambos tienen la misma estimación del saber del ciudadano; alguien debería investigar ambas retóricas y explicarnos las diferencias). Nuestros intelectuales suponen, en cambio, la imposibilidad del saber del ciudadano y la necesidad de la Ilustración. Creo que no llevan al final su razonamiento: si realmente vivimos la época de la posverdad, el hecho es el fracaso de la Ilustración. Y fracasada la Ilustración… queda la fuerza.

La posverdad oculta el supuesto de la imposibilidad del saber del ciudadano y con ello la imposibilidad de la racionalidad política. La posverdad, como renuncia a las explicaciones, justificará el manejo profesional de las emociones en función de la efectividad, y con ello la cancelación definitiva de la vida pública. La posverdad abre el camino de la adulación solitaria impuesta por la necesidad: la luz azul de las pantallas de nuestros dispositivos será nuestro reflejo y al final seremos soles.

 

Námaste Heptákis

 

Escenas del terruño. 1. Semana de mucha información sobre el narco, el problema más grave del país. Primero, el semanario Río Doce alerta sobre los reacomodos del narcotráfico en Sinaloa. A través de un canal de YouTube se presenta un sistemático plan de exterminio de presuntos narcotraficantes rivales: se graba la tortura y días después aparece el cadáver del desaparecido. De acuerdo a los videos, se trata de la alianza del «Mayo» con los Beltrán. En segundo lugar, El Norte fue el primero en advertirlo: por amenazas del cartel del Noreste (o Zetas de la vieja escuela) el diario El Mañana de Nuevo Laredo tuvo que suspender su publicación durante dos días. En tercer lugar, Héctor de Mauleón reportó las amenazas de muerte al comisionado de Seguridad de Morelos. 2. Y semana de mucha información sobre Donald Trump. Primero, el pasado martes 31 de enero, Excélsior presentó una encuesta que destaca la cifra de desaprobación del presidente Donald Trump entre la población mexicana: 88%. Diez días antes, Reforma había presentado una encuesta que destacaba la cifra de aprobación del presidente Peña Nieto entre la población mexicana: 12%. Y así podemos jugar a ver el vaso medio lleno… En segundo lugar, me parece interesante la lectura de Roberto Blancarte sobre las implicaciones de las decisiones del presidente Trump respecto a los migrantes musulmanes y los refugiados cristianos de Medio Oriente en la religión civil de Estados Unidos. No coincido con él en que sea un retroceso a la guerra de religión, pero creo que sí es un cambio en la comprensión de esa invención rousseauniana llamada religión civil. En tercer lugar, conviene leer los análisis de Raymundo Riva Palacio y Liébano Sáenz sobre la «filtración» que fue el escándalo de la semana: la filtración es el estilo de hacer política del principal asesor de Trump. Y por último, lo dijo con claridad Mario Maldonado: el ingeniero Slim llama a la unidad mexicana, pero no anuncia aumentos en la inversión en el país, al contrario, confirma la disminución de sus inversiones al tiempo que lleva adelante sus negocios (y sus inversiones) en EU, claro, como socio de Trump. ¿Cómo explicarnos los aplausos que recibió el viernes pasado? 3. Ayer, en La Jornada, Enrique Galván Ochoa adelantó el desprecio de los progres a la marcha «Vibra México», convocada para el domingo 12 de febrero como protesta por las posiciones antimexicanas de Donald Trump. Curioso que para fundar su desprecio la compare con la marcha contra la violencia de junio de 2004, y que al recordarla omita accidentalmente lo más notable de aquella marcha: el jefe de gobierno del DF -Andrés Manuel López Obrador- no atendió a los reclamos de la población y despreció la manifestación como un asunto de «pirrurris». Ah, qué memoria tan terca la mía y qué memoria tan caprichosa la de don Enrique, ¿no?

Coletilla. Estaba entre mis planes presentarte, lector, una reseña del libro póstumo de Luis González de Alba, pero Juan Carlos Romero Puga ha hecho una reseña que da en el punto.

La escuela milenaria

«Fue el último sabio de su tiempo quien se halló barriendo hojas,
muy tarde contempló lo que sabios de otros tiempos habían perdido:
lo que nadie del suyo tuvo tiempo de entender».

–Al-Fahayut, Historias breves de días y de noches memorables

Estos tiempos modernos no son garantía de que no se encuentre uno un día rodeado de rituales arcaicos, por más que se vistan de burocracia y tecnología de punta como el verdugo de guantes blancos que administra la inyección letal. Y es que son muchos los que se creyeron la mentira de que el poder y su ejercicio son lo más importante y verdadero en la vida humana. Éste es un decreto salido de las profundidades del tiempo que, sea tan antiguo como sea, debe haber venido de un grupo de infelices, engañadores, desconfiados que rondaban detrás del mayor de todos ellos olfateándolo ansiosamente en la espera de que cayera muerto para substituir su trono, montado sobre la más reciente pila de carroña. Estos hombres seguramente eran más bien como quimeras: risa de hiena, plumas de pavo real, palmas de foca y lágrimas de cocodrilo, y deben haber pasado todos los días de su vida perfeccionando el arte de la adulación.

Me los imagino fácilmente: vociferando en la constante competencia por los aplausos subiendo y bajando la intensidad de sus gritos, patrullando con ritmo y pompa en salones engrandecidos por espejos, llenos de divanes, jergones, hamacas y cojines, tapizados con colores en combinaciones que saturan la vista y hundidos en humos que saturan el olfato. Quizá adornaron los muros con lemas incomprensibles de sabia apariencia que ninguno aprehendía: «el amo de llaves de la sabiduría es un ciego» o «por aquí ha pasado todo lo que figura o fulgura» o «que mi espíritu hable por mi sangre» o cosas como ésas. Con tarimas deben haber separado por miríadas los niveles dentro de las estancias para hacer obvio hasta a la vista más débil quién de ellos estaba más cerca del cielo. Al cuarto lo llamaban ‹cámara›, al dormitorio ‹auditorio› y al edificio ‹palacio›. Sin dificultad habrían transformado un hogar en un mercado. Seguramente comerciaban con honores, complacencias y favores que contra la naturaleza rodaban hacia arriba de los escalones con mucha más frecuencia que con la que bajaban. Ofrecían al incauto armas para hacer más miserable a quien llegara después y de este modo prometían la mejor vida denigrando todas las otras. «Ni modo, jóvenes –decían los viejos aferrados a su dominio–, la vida es dura». Regaban por los desnivelados suelos agua limpia para evitar las polvaredas, y por las almas vinos al punto de vinagre para aguantar la mohína. Y seguramente embaucaban enseñando a cuidarse de ser embaucado, proveyendo los secretos para asestar el primer golpe. Así este triste grupo debe haberse vuelto rápidamente una solfatara de enseñanzas.

Los más hondos misterios de la adulación deben habérseles mostrado en sus meditaciones a los altos magistrados de esta compleja asociación y, díscolos, ofrecían apenas las migajas de sus descubrimientos. Pero el que supiera gatear por ellas podía dar a sus señores lo que entre enigmas le pedían, a la vez que se volvía más y más docto. Surgieron probablemente así las especializaciones: el lisonjero conoció las partes teatrales de la loa para que actores fingieran la probidad de su mentor; el halagador hizo investigaciones sobre qué obsequios convenían mejor con qué aspectos de la vanidad; se abrió también una plaza para el zalamero que aprendió con quién codearse (y a quién sobar); el cobista, el melifluo y el lambiscón se reunían en público a dar conferencias, presentaciones y exhibiciones de erudición sobre temas y en idiomas que los escuchas desconocían (sin que esto impidiera después las risotadas y la ovación). Condescendiendo con los rezagados, la honorable institución debe haber abierto carreras técnicas y talleres manuales para el arrastrado, para el servil, para el achichintle y para el lamebotas. Se abrieron posgrados y posposgrados en grandilocuencia, brevilocuencia, aforismos y galimatías. A todos les enseñaron con cuáles palabras se debía delatar a un farsante, con cuáles reconocer a un experto y con cuáles librarse de acusaciones de lo uno (con indignación) o de lo otro (con modestia). Entre clase y clase todos celebraban sonrientes, y en las noches soñaban con subir el siguiente peldaño. Con diplomas, incentivos, medallas, aplausos, y palomitas en hojas oficiales, esta corporación de la educación robó por centenares los corazones de hijos e hijas de todas las familias. Prometía nobleza y cumplía con títulos nobiliarios. A lo largo del tiempo debe haber concedido tantas dignidades, que no creo que haya hoy una sola bestia sobre la tierra que no haya sido elevada alguna vez a la condición de señor.

Es notable cómo esta asociación se ha multiplicado, regándose como el fuego en días airosos. Se prende de todas partes y en todos lados abre sus sucursales, por más que sea tan arcaica y nosotros disfrutemos de una civilizada vida moderna por la que somos mejores que todos los hombres anteriores a nosotros, cuyas vidas fueron bastante más miserables. Eso solemos pensar. ¿Cómo, pues, ha sobrevivido esta institución por tanto tiempo? Ella tiene su propia respuesta: porque ha comprendido al hombre como es, naturalmente. Pero igualmente es natural que un gato castrado engorde. Cuando la norma es que los poderosos sean comprendidos como los mejores hombres, lo normal es la violencia. ¿Y qué es la violencia si no un movimiento contra lo natural? La escuela de la adulación propone que el mejor está en su sitio por ser el más fuerte, pero en ello esconde que la fuerza es reconocida en la acción. En su argumento, el que llegó arriba lo hizo porque merece estar ahí, y sabremos quién merece estar ahí porque llegará arriba: la razón y los discursos sobran aquí o, en el mejor de los casos, son un adorno que acompaña la guerra violenta. En este argumento recursivo, que nada tiene de malo en la perspectiva de la escuela de la adulación siempre que convenza, la retórica es útil para someter sin mucho riesgo a los que no están dispuestos a derramar su sangre. La palabra se denigra a una más de las muchas armas con que se domina al débil y se vuelve comparable con todas ellas. Por supuesto saldrá perdiendo contra las multitudes, las espadas, las armas de fuego o las bombas atómicas. La razón de fuerza mayor es el discurso del que vive para deshumanizar. Los hombres poco a poco asfixian su imaginación hasta que les es amputada, y no pueden concebir ningún deseo que no sea mejor mientras más grande y dominante. La imaginación es amputada y el deseo cae en la demencia. De esta manera se transforma en norma hacerle mal a otros. Se los consume como alimento y se los disfruta como prostitutas. Dentro de los templos de estos doctos inmemoriales todas las ficciones de la adulación son necesarias como ficciones, nunca como verdadero acercamiento a los demás, precisamente por ser éste el modo para hacer visibles los honores y confundirlos con los méritos que encumbran al poderoso. Esta práctica asienta el deseo de dominio como la naturalidad del pecho que se llena de aire. Así se mueven todos los que participan del juego, y en el fondo se legitima la disminución de los demás para que el poder se ejerza a la luz. En el peor de los casos, la fuerza que se presume como principio de superioridad se hace visible en la destrucción de otro. Lo que la farsa vulgar del poder oculta es la naturalidad de aspirar a hacerle bien a quien queremos.

Así pues, estos tiempos modernos no son garantía de que no se encuentre uno un día rodeado de tales rituales arcaicos. El alivio de nuestra civilización es que es incansable en su batalla contra la ignorancia. ¡Ojalá toda esta ignorancia fuera conjurada con nuestras numerosas universidades, programas de estudios y reformas educativas! Pero aunque el asediado por los males clame que la solución a la violencia del poder es la educación, y hace votos por que se abran más y más escuelas, antes uno debería ser reservado y preguntar ¿de qué tipo de escuelas estamos hablando?

Adulación.

Tengan cuidado con los falsos profetas,

que vienen a ustedes disfrazados de ovejas,

cuando en realidad son lobos feroces.

Mateo 7,5

 

La sabiduría popular nos enseña que hemos de cuidarnos de aquellos seres que nos elogian, y esto se debe a que sus dulces palabras nos conducirán o bien a la autodestrucción, en tanto que por causa de ellas olvidamos los límites propios de lo que somos, o a la desgracia que trae consigo la traición de quien parecía amigo nuestro pero sólo lo era de sus intereses particulares.

A lo largo de la historia, no importa de qué pueblo, podemos encontrar a tiranos que caen estrepitosamente, unos por una autocomprensión insuficiente, que ve poder y grandeza donde no los hay , como ocurrió en su momento con Nerón y su proyecto de que Roma tomara el nombre de Nerópolis, y otros por la traición de aquellos a los que consideraron en su momento más fieles y allegados, tal es el caso de  Sansón confiando su secreto a Dalila. Lo que vemos en los dos casos es que el adulador se finge amigo del adulado, y que este acto se monta para beneficiar al adulado, ya sea con la obtención del poder que ostenta el otro, o con la diversión que puede desprenderse de ver caer a quien separa los pies del suelo.

Que la adulación es peligrosa por agradable, es algo bien sabido por todos, pero siempre que decimos esto centramos nuestra atención en el peligro que corre el adulado y olvidamos por completo los peligros a los que se enfrenta constantemente el adulador para poder ser un adulador exitoso y para conseguir aquello que parece buscar.

Acerquémonos por un momento al adulador y preguntémosle qué es lo que busca al adular, un poder que siempre se oculta tras la espalda del otro, o la caída de ese otro, aún a costa de la propia caída. Seguramente nos respondería que busca lo que nosotros queramos que busque, pero sin caer en el intento de lograrlo.

Para responder a esta pregunta sin la evasión propia del adulador, es mejor que en lugar de preguntar a su lengua preguntemos a sus actos, iniciando por su presencia; si nos fijamos en el lugar que ocupa el adulador respecto del adulado, veremos que en los actos públicos aquél siempre se ubica a la espalda de éste, de tal manera que pueda dictar al oído del adulado las más dulces palabras y los mayores elogios siempre que el adulado lo desee. Así pues, podemos ver que políticamente el adulador se encuentra siempre tras el que ostenta el poder político, ya sea un monarca, un grupo de individuos o todo un pueblo, y que su ubicación no le da el lugar que ocupa el pastor que arrea a un rebaño, pues la efectividad de su conducción depende siempre del humor del que ostenta el poder realmente.

Además si nos fijamos bien en lo que hace del adulador un adulador exitoso, veremos que este éxito depende de la capacidad que tenga quien adula para mostrarse siempre servil con el adulado, para no ser impertinente con el elogio y para no exagerar al elogiar de tal manera que el que ostenta el poder crea en lo que se le dice. De estos tres elementos quizá el de mayor importancia sea el de la servicialidad, la cual no se desprende de un genuino reconocimiento de la superioridad del otro, sino por contrario del desconocimiento del otro como digno de ostentar el poder y del deseo de ser quien tenga el poder que el otro no merece, lo que hace de la servicialidad una carga aún más pesada de llevar.

Como el adulador desea tener un poder que no ha conseguido por sus propios medios, vemos que éste depende en gran medida del adulado, pues bien se percata de que no puede apoderarse  de lo que tanto desea sino hasta que el otro, el adulado ha caído, ya sea a causa del olvido de lo que es, o bien por causa de una traición tan bien pensada como para mantener el poder en las manos de quien traiciona.

Aquí se asoma un problema que debe considerar quien pretenda vivir adulando, y éste consiste en que la pesada carga que lleva al mantenerse siempre siendo servil, puede en algún momento asfixiarlo, ya sea por lo intolerable que ésta se troque o porque el adulado pierda a tal grado los pies del suelo que considere en algún momento innecesaria la acción del adulador, lo que lo hace ser prescindible.

Por otra parte, suponiendo que el adulador es traidor más allá de las palabras, en tanto que traiciona la confianza que el adulado tiene en su buen juicio, vemos que éste a su vez corre el riesgo de ser traicionado por aquellos que le ayudaron en primer lugar a quitar el poder a quien adulaba; el adulador no puede tener garantía alguna de lo con él pase una vez que cae el adulado, pues bien puede ser traicionado por sus compañeros, quizá muchos de ellos aduladores también, o bien puede acompañar al caído en su declive, pues en caso de que sean otros y no él quien quite el poder al adulado, éste se verá en la necesidad de buscar nuevamente la posición que pierde con la caída del gobernante, lo cual es casi imposible.

Es pues claro que hay que cuidarse de la adulación y de los aduladores, pero es necesario que el primero en tomar precauciones en el acto de adular sea el adulador mismo, pues su vida no sólo corre peligro si se equivoca y acaba por desagradar a quien tiene poder, sino también al obtener lo que busca, porque nada le garantiza que no será traicionado por aduladores o por él mismo en tanto que se olvida con facilidad de sus límites una vez que ha conseguido lo que pretendía con la ayuda de su lengua y del juicio de ésta como omnipotente.

Maigo.