Hermandad

El llanto de tus ojos propicia angustia en mi alma, la ausencia de tu voz me agüita el corazón, el sudor de tu frente me mueve y amilana. Mis egoísmos se pierden cuando veo tu dolor, quisiera calmarlo y veo que no puedo hacer nada, sólo puedo tomar tu mano y acompañarte en tu dolor, mi impotencia y tu sufrimiento en algún sentido nos hermanan, porque sin sentir siento y sin sufrir sufro y porque tu alegría me alegra y tu salud me devuelve la mía.

 

Maigo

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El último adiós.

Vivo sin vivir en mí,

Y de tal manera espero,

Que muero porque no muero.

 

Podría hacer un doloroso panegírico para ella. De hacerlo quizá buscaría adornarlo con frases que encomien sus virtudes y que me hagan cerrar los ojos ante aquellos vicios que en algún momento vi. Después de todo casi siempre pasa eso cuando alguien fallece, se adorna una fría tumba con flores y palabras bonitas.

Pero, mis ojos no ven flores, mi nariz no respira un delicado aroma y mis oídos no escuchan nada más que los lamentos que naturalmente acompañan a un funeral; en especial cuando éste es de alguien que se ganó el aprecio de los dolientes.

A mi cabeza no llegan bellas palabras, no tengo la frialdad de quien escribe obituarios, y tampoco la habilidad de quien puede encerrar el contenido de toda una vida en unas cuantas palabras. De momento no puedo tener la serenidad que exige la composición de un bello discurso, ni por frialdad ni mucho menos por habilidad, pues los recuerdos que se agolpan en mi cabeza no dejan que piense claramente.

Si dejo a un lado esos recuerdos, la presencia de sus fríos restos me llevan a reparar en quienes padecen su ausencia, sus lágrimas se contagian y más se nublan mis pensamientos. Hay momentos en los que quisiera dejar de sentir lo que siento, pero para ello tendría que desarraigarme y dejar de lado lo que ha significado encontrarme con tan bella amiga.

Quisiera decir algo bonito que me permita despedirme de ella, pero me doy cuenta de que cualquier cosa que pueda ahora articular está de más. Ya no tiene caso hablar, y menos cuando a falta de fe, una fe como la de San Juan en el Carmelo, sólo resta ver los restos que la tierra cubrirá.

 

Maigo.

Morir honradamente.

Unamuno nos dice en la agonía del cristianismo que agonía es lucha, y como tal es la búsqueda por conservar la vida antes de ver cómo todo ha sido consumado y exhalar el último aliento. Si pensamos en la agonía de una persona, vemos que ésta lucha por conservar su ser a pesar de la inminencia de la muerte, y que ésta lucha es necesariamente solitaria y, en ocasiones infructuosa.

Es solitaria, porque aquellos que ven al agonizante no pueden asistirlo en su lucha con la finalidad de que salga victorioso; en ocasiones la asistencia que se da al agonizante radica en ayudarle a bien morir, lo cual resulta paradójico, porque el cariño que mueve al asistente a estar con el agonizante sólo le permite procurar que la lucha contra lo inminente cese lo más posible. De alguna manera busca que el que luchador descanse en paz.

Es infructuosa, porque el que agoniza lucha para no vencer, lo que significa que lo hace para ser vencido honradamente, finalidad sin la que no es posible comprender por qué el que agoniza acepta la asistencia de quien le ayudará a ser vencido.

Si nos deshacemos de la finalidad que tiene la agonía como lucha para ser vencido honradamente, la asistencia que se pueda dar a un moribundo no pasará de ser un montaje teatral en el que la posibilidad de divertirse se vea muy borrosa. En esos montajes todo importa menos el sujeto que lucha, y su presencia en medio de ese teatro sólo se justifica bajo la premisa de que quien acompaña a alguien mientras agoniza lo hace para reafirmar que también puede morir, aunque aún no sea su hora.

Por desgracia para quienes no vemos con claridad el valor que tiene el bien morir, entendiendo esto como morir honradamente, la muerte del otro y nuestra presencia ante ella no pasará de ser un montaje teatral, de modo que el respeto que se pueda tener ante algo o alguien que agoniza es nulo.

Maigo